ACTUALIDAD DEL MARQUÉS DE SADE

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Donatien Alphonse François de Sade (1740-1816), conocido como el marqués de Sade, no fue muy distinto a muchos de sus contemporáneos en lo que a costumbres éticas se refiere. Y si bien sus biografías suelen citar un par de escándalos relacionados con burdeles y prostitutas, no es nada que se saliera de lo común dentro de la moral sexual de la nobleza francesa del siglo XVIII.

Sin embargo, ha pasado a la historia como símbolo de perversión y libertinaje, incluso derivándose de su nombre un término para designar ciertas actividades marginales de la sexualidad humana: el sadomasoquismo.

Pues sus novelas, narraciones y piezas de teatro están repletas de descripciones literarias detalladas de actos sexuales en todas sus formas y posiciones, unidas con frecuencia a castigos físicos, torturas y abusos, hasta el punto de que el pensador francés Georges Bataille calificó sus novelas de «apología del delito». Pues sus personajes no sólo actúan, sino que también filosofan y expresan ideas que justifican no sólo su entrega desenfrenada a los placeres carnales, sino también el sometimiento sexual de hombres y mujeres, incluyendo a menores de edad. Además de que se justifican otros crímenes como el fraude, el robo y el despojo, e incluso el asesinato.

Una constante presente en sus obras es que la virtud atrae la infelicidad y los sufrimientos, mientras que el vicio es recompensado con placeres y éxito en la vida. En Justine o los infortunios de la virtud, la joven protagonista huérfana que sólo busca hacer el bien es continuamente víctima de abusos de parte de aquellos a quienes ha auxiliado, en un par de ocasiones incluso salvándoles la vida. No deja de llamar la atención que en un momento de la historia sean cuatro monjes los abusadores, quienes mantienen sometidas a servidumbre y esclavitud sexual a un grupo de ocho mujeres, amparados en que nadie intentará averiguar lo que ocurre detrás de las paredes de su monasterio y presentando siempre una imagen externa de piedad y devoción. Cuando Justine descubre la trampa en la que ha caído, exclama: «¡Ay, cielos! … ¡tendré que ser de nuevo la víctima de mis buenos sentimientos, será de nuevo castigado como un crimen mi deseo de acercarme a lo que la religión tiene de más respetable!…»

De Sade vivió en una sociedad marcada por la corrupción, atravesada por enormes desigualdades sociales, donde los fallos judiciales eran muchas veces decididos por las autoridades en base a influencias y favores, y rara vez triunfaba la justicia. Y eso lo experimentó en carne propia, cuando fue encarcelado en 1777 en la fortaleza de Varennes por deseo de su suegra. Trasladado posteriormente en 1784 a La Bastilla, será prácticamente el único reo de esta simbólica prisión hasta poco antes de su caída el 14 de julio de 1789, fecha que marca el inicio de la Revolución Francesa, la cual no tenía buen concepto de la Iglesia católica.

Pero tampoco en la sociedad monárquica pre-revolucionaria el clero católico gozaba —justificadamente— de muy buena reputación, como lo expresa uno de los personajes de su novela Historia de Juliette o las prosperidades del vicio:

«¿Quiénes son los únicos y verdaderos perturbadores de la sociedad? -Los curas-. ¿Quiénes son los que pervierten diariamente a nuestras mujeres y a nuestros hijos? -Los curas-. ¿Cuáles son los enemigos más peligrosos de cualquier gobierno? -Los curas-. ¿Cuáles son los culpables e instigadores de las guerras civiles? -Los curas-. ¿Quiénes nos envenenan constantemente con mentiras y engaños? -Los curas-. ¿Quiénes nos roban hasta el último suspiro? -Los curas-. ¿Quiénes abusan de nuestra buena fe y de nuestra credulidad en el mundo? -Los curas-. ¿Quiénes trabajan constantemente en la extinción total del género humano? -Los curas-. ¿Quiénes se mancillan con más crímenes e infamias? -Los curas-. ¿Cuáles son los hombres más peligrosos de la tierra, los más vengativos y más crueles? -Los curas-.»

El marqués de Sade se guardó muy bien de identificarse con las opiniones que expresaban sus personajes: «…es el personaje quien habla y no el autor, …es lo más normal del mundo, en ese caso; que ese personaje, absolutamente inspirado por su papel, diga cosas completamente contrarias a lo que dice el autor cuando es él mismo quien habla» (A Villeterqué foliculario).

En buen momento, pues una generalización de tal cariz no condice con la lógica. Aún así, uno se siente tentado de avalar esas palabras, sobre todo en la época actual, cuando la revelación de abusos y encubrimientos por parte del clero católico se han convertido en moneda corriente a nivel mundial, hasta el punto de que, por ejemplo, en el caso de Chile, todo el episcopado se ha visto obligado a presentar su renuncia al Papa Francisco.

Una mirada retrospectiva hacia el marqués de Sade nos permite reconocer en él una inteligencia lo suficientemente perspicaz como para desenmascarar las motivaciones de personajes ambiguos en sociedades decadentes, donde practicar el bien o el mal se ha vuelto algo indiferente. Como ejemplo final, este texto de La filosofía en el tocador, que podría aplicarse sin reservas a la forma en que actuó Luis Fernando Figari para construir ese monstruo llamado Sodalicio:

«…la falsedad es casi siempre un medio seguro de triunfar: quien la posee adquiere necesariamente una especie de prioridad sobre quien comercia o tiene tratos con él: deslumbrándole con falsas apariencias, lo convence: desde ese momento triunfa. Si me doy cuenta de que me han engañado, sólo me culpo a mí, y mi engañador triunfará, sobre todo, porque yo, por orgullo, no habré de quejarme; su ascendiente sobre mí será siempre notable; tendrá razón cuando yo esté equivocado; progresará, mientras que yo no seré nada; él se enriquecerá mientras que yo me arruinaré; siempre, en fin, por encima de mí, cautivará pronto a la opinión pública; una vez logrado, por más que lo inculpe, ni siquiera me escucharán. Entreguémonos por tanto audazmente y sin cesar a la más insigne falsedad; mirémosla como la llave de todas las gracias, de todos los favores, de todas las reputaciones, de todas las riquezas…»

(Columna publicada en Altavoz el 9 de julio de 2018)

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LA CADUCA MORAL SEXUAL DE LOS CATÓLICOS CONSERVADORES

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En diciembre del año pasado Albrecht Freiherr von Boeselager, Gran Canciller de la Orden de Malta, fue destituido por el Gran Maestre Matthew Festing gracias a una maniobra del Cardenal Patrono de la Orden, el estadounidense Raymond Burke, a quien recientemente se le ha designado como el Donald Trump de la Iglesia católica por su defensa de posiciones conservadoras y de extrema derecha, que le han llevado a oponerse frontalmente al Papa Francisco. Una de las acusaciones que se le hizo a von Boeselager fue la de haber permitido el reparto de condones entre mujeres en condición de esclavitud sexual en Myanmar (antigua Birmania), para evitar que contraigan el SIDA.

Hemos de suponer que el cardenal Burke pretende que esas mujeres en situación de cautividad y extrema miseria deban ceñirse a lo que propugna la moral católica actual, a saber, que está prohibido usar condones en el acto sexual, el cual supuestamente debe ser siempre una puerta abierta a la vida. Aunque en este caso puede convertirse para ellas en una puerta abierta de par en par a la muerte, pues dudamos de que la Orden de Malta cuente con recursos suficientes para costear los medicamentos necesarios que evitarían el deceso de esas mujeres en caso de que se infecten con el VIH. Otra circunstancia más en que a un eclesiástico conservador no le importa que mueran personas inocentes de carne y hueso con tal de mantener incólume la doctrina.

Lo peor del caso es que no se trata de una doctrina infalible e incuestionable que se sustente en las enseñanzas del Jesús de los Evangelios ni en la Tradición de la Iglesia. La enseñanza católica sobre los condones se remonta a lo que el Papa Pablo VI declaró en 1968 en su cuestionada encíclica Humanae vitae: «queda […] excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación». Es así que la prohibición de los condones para los católicos tiene apenas 48 años en vigencia.

En el momento de la promulgación de la encíclica, no todos estaban de acuerdo con el Papa. Una comisión convocada por el anterior Papa Juan XXIII para estudiar el crecimiento poblacional y la regulación de la natalidad —en funciones de 1963 a 1966— había llegado a la conclusión de que no había nada de inmoral en los métodos anticonceptivos artificiales. A la misma conclusión llegó una comisión de obispos establecida por el mismo Pablo VI, la cual recomendó dejar a la conciencia de los esposos los métodos para regular la natalidad. Diez años después, sólo el 29% del clero estaba de acuerdo con que los métodos anticonceptivos artificiales eran inmorales y la mayoría prefería no hablar de este tema con los fieles.

Lamentablemente, no primó el sentido común, y aunque el mismo Pablo VI reconoció que no todos los “actos conyugales” eran fecundos, decidió por cuenta propia promulgar una norma que les ha causado más de un quebradero de cabeza a los católicos que quieren vivir plenamente su sexualidad. Además, al vincular excesivamente el acto sexual con la fecundidad de acuerdo a una interpretación estrecha de la biología humana, dejó en la sombra que la sexualidad se enraíza antes que nada en nuestro deseo de amar y ser amados, de sentir el calor humano de alguien a quien respetamos en su libertad, de compartir el placer y la alegría de una pasión que nos lleva al éxtasis y a la belleza.

Por el contrario, no hay nada de digno en una sexualidad centrada exclusivamente en la procreación, como la que practicaron los soldados nazis con mujeres de la Noruega ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, sólo con el fin de engendrar hijos de raza aria para mayor gloria del Führer. Ni tampoco en las violaciones masivas de mujeres realizadas por la soldadesca soviética en su avance final contra la Alemania de Hitler. Con toda seguridad no aplicaron ningún método para evitar la concepción, lo cual al final se tradujo en una generación traumada de posguerra, donde a cientos de miles de niños alemanes no les se preguntaba quién era su progenitor.

Lo cierto es que la gran mayoría de los católicos de a pie se han zurrado, con justa razón, en una normativa que condenaba como inmoral algo que ellos en conciencia no veían como tal, y han seguido usando condones a la vez que seguían con sus prácticas religiosas, en caso de ser creyentes fervorosos. Esto se ha visto reflejado hace no mucho tiempo en una encuesta que el Papa Francisco envió a las diócesis para ser contestadas por los fieles antes de la realización del Sínodo de Familia del año 2015.

En cuestiones de moral sexual, al no reconocer los avances de las ciencias biológicas y psicológicas, la Iglesia se ha pegado un tiro en el pie y ha perdido relevancia y autoridad moral. Lo que repiten muchos curas y obispos desde sus púlpitos y torres de marfil sobre esta materia no suele tener llegada entre los fieles, más aún cuando quien habla no se presenta como alguien que tenga experiencia sexual, y si la tiene, despide el mal olor de la clandestinidad o bordea el delito y la violación de los derechos humanos de menores de edad.

Ciertamente, han habido atisbos de sensatez, como cuando en 2010 el Papa Benedicto XVI admitió en su libro-entrevista Luz del mundo que era legítimamente moral que personas en condiciones de promiscuidad sexual utilicen el condón para evitar contraer o contagiar el VIH. Aunque, por cierto, no faltó el cargamontón de los conservadores que se apresuraron a dar explicaciones enrevesadas y bizantinas de qué es lo que realmente había querido decir el Papa. Para todos estaba claro; sólo para ellos no.

O el hecho de que el Papa Francisco haya recibido afectuosamente a personas homosexuales o transgénero. En otros tiempos eso hubiera sido impensable, así como las siguientes palabras tomadas de su exhortación apostolica Amoris laetitia: «El más sano erotismo, si bien está unido a una búsqueda de placer, supone la admiración, y por eso puede humanizar los impulsos. Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Siendo una pasión sublimada por un amor que admira la dignidad del otro, llega a ser una “plena y limpísima afirmación amorosa”, que nos muestra de qué maravillas es capaz el corazón humano y así, por un momento, “se siente que la existencia humana ha sido un éxito”».

Sin embargo, aún no se ha producido un viraje revolucionario y la cúpula eclesial sigue estando lejos de la actitud del difunto cardenal jesuita Carlo Maria Martini —tachado alguna vez de “hereje” por ACI Prensa y otras escorias conservadoras—, quien dejó dicho lo siguiente en su libro-entrevista Coloquios nocturnos en Jerusalén (2008): «Estoy firmemente convencido de que la conducción de la Iglesia puede mostrar un camino mejor del que logró mostrar la encíclica Humanae vitae. La Iglesia recuperará con ello credibilidad y competencia. […] En los temas en que se trata de la vida y el amor no podemos esperar de ninguna manera tanto tiempo. Es un signo de grandeza y de seguridad en sí mismo que alguien pueda admitir sus faltas y la estrechez de su visión de antaño».

Visto el desempeño de la Iglesia católica en las últimas décadas, tengo pocas esperanzas de que ello ocurra. Lo digo yo que soy católico, que también fui miembro casado del Sodalicio de Vida Cristiana y compartí durante mucho tiempo su visión estrecha y opresiva de la sexualidad humana —con Figari diciéndonos a los sodálites casados que debíamos tener la mayor cantidad de hijos posibles—, que tengo sólo dos hijos, que nunca he usado un condón, que disfruto de una vida sexual sana sin miedos y sin tapujos —aun cuando sea más serena y con menos sobresaltos que en mis años mozos— y que tampoco me considero quién para juzgar la vida sexual de nadie.

Pues lo que vale es lo que decía San Agustín en el siglo IV: «Ama y haz lo quieras».

(Columna publicada en Altavoz el 22 de diciembre de 2016)

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FUENTES

Religión Digital
El cardenal Burke, ¿el Donald Trump de la Iglesia católica? (03 de enero de 2017)
http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2017/01/03/religion-iglesia-mundo-vaticano-eeuu-el-cardenal-burke-invito-al-polemico-asesor-antisemita-de-trump-steve-bannon-a-una-conferencia-en-el-vaticano.shtml

Wikipedia
Humanae vitae
en español: https://es.wikipedia.org/wiki/Humanae_vitae
en inglés: https://en.wikipedia.org/wiki/Humanae_vitae
en alemán: https://de.wikipedia.org/wiki/Humanae_vitae

Pablo VI
Carta encíclica Humanae vitae (25 de julio de 1968)
http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html

Francisco
Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia (19 de marzo de 2016)
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html

Benedicto XVI
Luz del mundo (Herder, Barcelona 2010)
http://img89.xooimage.com/files/f/e/4/luz-del-mundo-lib…icto-xvi-37b8cab.pdf

Congregación para la Doctrina de la Fe
Nota sobre la banalización de la sexualidad
A propósito de algunas lecturas de «Luz del mundo»
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20101221_luce-del-mondo_sp.html

Carlo Maria Martini / Georg Sporschill
Coloquios nocturnos en Jerusalén (San Pablo, Madrid 2008)
https://es.scribd.com/doc/103798927/Martini-Carlo-Maria-Coloquios-Nocturnos-en-Jerusalen

LA HOMOSEXUALIDAD, EL SODALICIO Y LA IGLESIA CATÓLICA

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Hace algún tiempo un joven periodista gay peruano, habiendo leído algunos artículos míos en que abordaba el tema de la homosexualidad, se puso en contacto conmigo para solicitarme una entrevista sobre el tema, pidiéndome que hablara también sobre el Sodalicio y la actual enseñanza oficial de la Iglesia católica al respecto. Accedí gustosamente a este pedido, pues uno de los problemas que se da actualmente consiste en que casi ningún representante de la Iglesia católica ha entrado en diálogo con los homosexuales considerándolos como interlocutores válidos.

La doctrina católica sobre la homosexualidad —que no es dogma de fe— se basa sobre una interpretación fundamentalista de algunos textos bíblicos —sin hacer un análisis detallado del contexto en que se escribieron— y sobre un concepto de ley natural que cree conocer a fondo la naturaleza humana, discrepando —cuando lo considera conveniente— de los resultados verificables a los que llegan las disciplinas científicas. De modo que cuando la psicología moderna concluye que la homosexualidad no es un trastorno ni desorden ni síndrome ni nada por el estilo, ni mucho menos impide el sano desarrollo humano de una persona, muchos cristianos fundamentalistas, en vez de reflexionar sobre este dato y tratar de profundizar en él a la luz de los principios morales del Evangelio, sacan a relucir su espada para condenar esta conclusión, y de paso a todos aquellas personas que tienen una tendencia homosexual, la cual ellos mismos no han elegido. Y de este modo, omiten poner en práctica las mismas palabras de Jesús, quien dijo: «No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá» (Mateo 7,1-3). Se trata del mismo Jesús que acoge en sus brazos a todos los seres humanos sin distinción.

Reproduzco aquí la entrevista que fue publicada en el blog La Revista Diversa el 5 de septiembre de este año (ver http://larevistadiversa.blogspot.de/2016/09/entrevista-martin-scheuch.html). Aclaro que sólo se trata de unas reflexiones y cuestionamientos efectuadas en ejercicio de la ley de la libertad que nos trae Cristo (ver Santiago 2, 12-13), sin pretender llegar a conclusiones definitivas, sino con la intención de promover una reflexión más profunda a nivel de Iglesia sobre la homosexualidad, pues lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2357-2359) resulta —a la luz de las investigaciones científicas— insuficiente a todas vistas y no puede ser considerado en conciencia como una enseñanza completa y definitiva, requiriendo de un desarrollo ulterior.

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¿Cómo surge este interés por escribir acerca del tema de la homosexualidad dentro de la iglesia Católica, a raíz de los casos del Sodalicio?

Yo me he ido enterando de los abusos sexuales en época muy tardía, porque no tuve conocimiento de eso en la época en que pertenecí al Sodalicio, y entre las víctimas se encuentran algunas personas que yo conocí personalmente y que no sabía en ese momento que eran gays. Incluso viví con uno de ellos en una comunidad. Y las recuerdo como personas muy correctas, sinceras y que trataron de vivir su vida cristiana de la mejor forma posible como laicos consagrados dentro de la moral sexual de la Iglesia Católica. En el Sodalicio siempre ha habido un discurso homofóbico —lo tenían Luis Fernando Figari y Germán Doig—, es decir, que la homosexualidad era una especie de síndrome psicológico y, por lo tanto, era algo que debía ser tratada de forma terapéutica y que podía ser curada. Esa continúa siendo la posición del portal católico ACI Prensa, dirigido por el sodálite Alejandro Bermúdez. Yo hablé personalmente con dos de las víctimas, que habían tratado de no manifestar su homosexualidad pero se habían dado de cabeza contra la pared porque era algo que no iban a poder cambiar, y que habían llegado a la conclusión de que la única forma de poder vivir en paz consigo mismos era aceptando su condición.

La posición oficial de la Iglesia Católica sigue condenando la homosexualidad —o por lo menos los actos homosexuales— como un pecado, ¿cierto?

La Iglesia Católica ha suavizado su postura desde la época en que la homosexualidad era considerada una aberración, hasta el momento actual en que no la señala como algo intrínsecamente pecaminoso, por lo cual el hecho mismo de ser homosexual no debe llevar a una discriminación de la persona. Pero sigue insistiendo en que los actos homosexuales, como tú lo dices, sí son pecado; por lo tanto, se les exige a los gays vivir en celibato.

Casi como ser eunucos o no tener sexualidad, y eso es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica.

A mí no me gusta lo que dice el Catecismo, porque infiere que las personas homosexuales tienen un problema, una tara, y no habla de tratar con igualdad a los homosexuales, aunque sí con respeto, compasión y delicadeza. Por otra parte, no tengo una explicación de dónde viene la homosexualidad, y comparto lo que dice la Iglesia Católica en que su origen continúa siendo desconocido. Sabemos que la psicología señala que es una orientación sexual que no debería impedir el normal desarrollo de la persona que es gay o lesbiana.

Y a esto se añade el tema reproductivo dentro de la sexualidad humana.

Es otro punto por el cual la Iglesia Católica condena la relación sexual de dos hombres o dos mujeres: porque no pueden alcanzar ese fin, a diferencia de un hombre y una mujer. Pero ese fin puede faltar si existiera una imposibilidad de concebir. La formulación católica actual dice que todo acto sexual debe estar abierto a la vida, lo cual también es un problema, porque el acto sexual no sólo cumple una función procreativa, sino también de unión amorosa, goce, satisfacción y, por supuesto, el intercambio de fluidos favorece el sistema inmunológico, lo cual está demostrado científicamente.

De otro lado, uno de los rasgos de la sexualidad humana ha sido a lo largo de la historia también la búsqueda de la belleza.

Dentro del mundo católico existen algunos ejemplos de relación entre homosexualidad y belleza. Al respecto te puedo mencionar tres casos. Por ejemplo, el director de cine Franco Zeffirelli, quien dirigió Hermano Sol, Hermana Luna y Jesús de Nazaret es homosexual. Él lo ha reconocido públicamente, sin embargo lo ha tratado de forma discreta, sin demasiada publicidad, ni tampoco ha luchado por los derechos gay. Pero me pregunto si la belleza que encontramos en sus películas no se alimenta del hecho que sea gay. El otro ejemplo es el del escritor estadounidense Julien Green, que vivió en Francia y escribió en francés. En su obra está siempre presente el sentido de la culpa en relación al tema homosexual, pero desde una perspectiva más espiritual que corporal. Describe el enamoramiento platónico entre hombres. Y el tercer ejemplo es el escritor belga Maxence van der Meersch, quien escribió sobre el movimiento obrero católico francés en los años ‘30 en su novela El coraje de vivir, que era un libro de lectura obligada en el Sodalicio. Su última novela, que fue publicada póstumamente, es La máscara de carne, trata el tema de la homosexualidad. Describe allí la experiencia de un homosexual católico que tiene fe y trata de ser santo, pero se siente atraído por otros hombres como él. Al final se da cuenta que no puede cambiar su orientación, porque la homosexualidad no es algo que se pueda o deba combatir, es algo que forma parte de la persona, y aún así considera que personalmente todavía tiene madera para llegar a ser santo.

Al inicio de nuestra conversación mencionaste que las personas heterosexuales que rechazan o condenan la homosexualidad nunca se han preguntado acaso todo lo que vive una persona gay o lesbiana. Es la falta de empatía hacia el otro, lo mismo que observamos en la Iglesia católica.

Esta visión proviene de actitudes fundamentalistas. Hasta hace poco la mayoría de cargos importantes estaban en su mayoría en manos de clérigos muy conservadores, pegados al pie de la letra, que piensan que los textos doctrinales son igual de válidos para todos los tiempos, sin abrir la posibilidad de una reflexión y una evolución doctrinal. Y la evolución pasa por que se vaya profundizando el mensaje que nos ha revelado Cristo. En el caso del Perú existen sectores muy radicales. Un ejemplo muy claro es el cardenal Juan Luis Cipriani.

¿Cuál es la posición del Papa? A algunos católicos progresistas les encanta lo que dice al respecto e igualmente a algunos gays.

El tema es muy sensible. La Iglesia Católica considera que el matrimonio es tan sólo entre un hombre y una mujer. La propuesta de unión civil no implicaba una equivalencia con el matrimonio. Ahora, el miedo frente a la unión civil es que pueda llegar a ser la puerta hacia el matrimonio igualitario.

Y tú sabes que ahora lo que se pide es el matrimonio igualitario…

El problema con los fundamentalistas es que quieren que la ley civil se ajuste a la ley moral, donde rige todavía la Iglesia católica, y eso es peligroso. La moral busca el bien de la persona, la sociedad y la ley buscan el bien común. Las parejas del mismo sexo tienen el derecho a la igualdad ante la ley. Con respecto a la adopción no tengo una opinión definida, no estoy ni a favor ni en contra. Pero se ha demostrado, por ejemplo, que muchas parejas homosexuales han adoptado hijos y éstos han salido heterosexuales. No han buscado imponer su sexualidad, porque el descubrimiento de la identidad sexual se da de forma natural e individual.

En el tema de los curas gay dentro de la Iglesia Católica, David Berger habla de un gran número, entre 20 a 25 por ciento.

Lo más alarmante es que la cantidad de sacerdotes que observan el celibato es mucho más reducido.

Lo cual significa que se ejerce la actividad sexual dentro de la Iglesia Católica. Me pregunto: ¿por qué muchos chicos gays quieren estar en ese ambiente católico sabiendo que existe esta condena moral y religiosa?

Quien siendo gay se mete, piensa y quiere seguir la vocación sacerdotal, por ejemplo, cree que va a poder dejar al margen su sexualidad y llevar una especie de vida asexual, quedando el tema solucionado de esta manera. Lo mira como un camino de redención. El problema es que la mayoría que hacen su promesa de celibato tienen el propósito de cumplirlo, pero luego descubren que no poseen la capacidad de hacerlo. Y entran en una espiral infernal, caen repetidas veces, pero piensan que mientras lo mantengan en secreto, todo irá bien. Creo que una gran mayoría de clérigos tiene un conflicto interior, en la medida que esté oculto. No todos los sacerdotes están llamados a vivir en celibato, esto debería ser opcional.

¿Entonces la Iglesia Católica sabe quienes son los sacerdotes gay?

Muchos obispos lo saben. En el Sodalicio de Vida Cristiana también pasaba lo mismo: algunos superiores lo sabían. Pero mientras ellos permanecieran dentro del clóset, no ocurría nada.

¿Luis Fernando Figari sabía quien era o no gay dentro del Sodalicio?

Parece que sí lo sabía. Y si sospechaban que alguien lo era, lo ponían a prueba como en los casos que has leído en el libro Mitad monjes, mitad soldados, a fin de averiguarlo.

¿Tú nunca hubieras imaginado que Luis Fernando Figari fuera gay?

No. Y sin embargo hubo por ahí algún padre de familia que sí sospechó que Luis Fernando fuera homosexual. Recuerdo un comentario de mi madre que me dijo que tuviera cuidado, que se puede tratar de una secta donde hay maricones (ese era el lenguaje que se usaba por aquellos días). Yo compartía los mismos referentes.

Y felizmente que esto no te marcó de forma tal que luego con el tiempo no hayas desarrollado una empatía hacia el tema. Tú sabes que las personas que no se comunican se enferman, porque no pueden expresar lo que piensan, y eso ha sido una constante en muchas personas gay.

De hecho que sí. La iglesia le coloca el rótulo de origen desconocido, que deben ser tratados con respeto, delicadeza, deben ser integrados a la vida de la parroquia, pero condena el acto homosexual. Ahora bien, el acto homosexual es en sí mismo de carácter privado, y debería ser tratado en el confesionario.

Es como decirle a alguien: sé media persona, no completa. Y está ese morbo o fijación de la Iglesia católica con el sexo y la forma en que juzga la práctica carnal de dos hombres.

No sé por qué razones la iglesia tiene que estar indagando si alguien realiza el acto homosexual, porque eso debe tratarse en el confesionario y el sacerdote está allí para ver cómo ayuda a la persona. Por ejemplo, también se condena la práctica de la masturbación, un acto privado, porque no está abierta a la vida. Pero se tiene más tolerancia hacia este acto y no se discrimina a los masturbadores, indicando que deben recibir un trato especial con respeto, compasión y delicadeza. Yo no entiendo la marginación de los gays. No conozco ningún homosexual que haya tratado de convertir a un heterosexual en homosexual, pero si a heterosexuales que han tratado de convertir a los gays en lo que ellos llaman personas “normales”.

¿Qué crees que debe cambiar en la Iglesia católica respecto a la homosexualidad?

Creo, en primer lugar, que la moral del acto sexual no debe estar reducida al matrimonio, pues sabemos que los jóvenes practican el sexo y también algunos experimentan en la homosexualidad. Tú sabes que Klaus Mertes, jesuita alemán, en 2010 puso en el candelero el tema de los abusos sexuales en instituciones educativas católicas por primera vez en Alemania. Al final llegó a la conclusión de que dos sacerdotes del Colegio Canisio de Berlín, un colegio jesuita de élite, habían abusado de por lo menos cien alumnos. Él les escribió una carta a todos los alumnos de esa promoción para pedirles perdón por lo que pudiera haber pasado pasado. Eso fue el destape. Mertes considera, entre las causas contextuales para que haya abusos de este tipo, la estructura de poder de la Iglesia Católica y la moral sexual, que requiere ser revisada. Mertes, en uno de sus libros, cuenta como un sacerdote de su comunidad se acercó a él para decirle: «Mira, yo soy homosexual y nunca he abusado de nadie». Él lo apoyo porque hacía una buena labor pastoral, pero no otros sacerdotes de la comunidad. El problema está en que se pasa por alto todos los estudios y descubrimientos que ha hecho la psicología moderna. Entonces la imagen que genera la misma Iglesia católica es la de ser una institución retrógrada que no quiere entrar en diálogo con la ciencia. Pero hay sacerdotes que están buscando una apertura. Siempre hay algún clérigo que decide optar por la persona y no por una doctrina que perjudique a la persona.

¿Cómo crees que la Iglesia católica deberían cambiar su actitud respecto a la homosexualidad y defender finalmente los derechos humanos de personas que en miles de casos han sufrido de odio, violencia, tortura, persecución, crímenes de odio y muerte?

No sé cómo lograr estos cambios, especialmente en sociedades donde una fuerte actitud homofóbica va unida a una interpretación fundamentalista y restrictiva de la fe cristiana. En todo caso, una buena señal sería que en las diferentes diócesis se implemente un trabajo pastoral con personas homosexuales, como recomendaba ya en 1986 una carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y el primer paso sería que los mismos obispos convoquen a homosexuales católicos que quieran participar de la vida de la Iglesia a una reunión para escuchar sus inquietudes y mostrarles que la Iglesia está con ellos. O si no quieren hacer esto ellos directamente, pueden designar a algunos sacerdotes para que lo hagan en su nombre. Eso sería algo muy hermoso, pero lamentablemente creo que todavía estamos muy lejos de ello.

MONS. BAMBARÉN Y LOS MARICONES

Mons. Luis Bambarén, obispo emérito de Chimbote, y el congresista homosexual Carlos Bruce

Mons. Luis Bambarén, obispo emérito de Chimbote, y el congresista homosexual Carlos Bruce

No obstante que admiro a Mons. Bambarén por haber hablado claro y haber puesto los puntos sobre las íes cuando era necesario, sin temor de llevarle la contra a Mons Cipriani, sobre todo en el asunto aún pendiente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, no puedo compartir su opinión personal de que la palabra peruana correcta para designar a un gay es “maricón”, término vulgar y ofensivo que se le aplica también despectivamente a cobardes y afeminados.

El problema no son los “maricones”, que aspiran a un trato normal e igualitario tanto en la sociedad peruana como en la Iglesia. Y que prefieren ser designados con el término más objetivo de “homosexuales”. El problema está en el concepto de sexualidad que todavía se maneja en muchos ámbitos cristianos, contemplando esta dimensión del ser humano como una realidad incómoda, que sólo encuentra su justificación en la reproducción de la especie. En ese sentido, la atracción sexual entre personas del mismo sexo aparece como una aberración.

Sin embargo, el erotismo que desprende el bíblico Cantar de los Cantares no menciona ni matrimonio ni hijos, y se regocija en la pura belleza tanto física como espiritual de los amantes, que buscan entregarse y poseerse mutuamente.

No logro entender la atracción entre iguales llamada homosexualidad, por la misma razón de que yo soy heterosexual. Pero dado que «su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado», como admite la Iglesia, prefiero abstenerme de juzgar a quienes he de considerar antes que nada como seres humanos con todo el derecho a amar y a ser respetados. Y a no ser objeto de discriminación ni de “mariconadas”.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 18 de marzo de 2015)

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Las palabras exactas de Mons. Bambarén el 9 de marzo, en declaraciones a Radio Programas del Perú respecto al proyecto de Unión Civil entre personas del mismo sexo promovido por el congresista Carlos Bruce, fueron las siguientes (ver http://www.rpp.com.pe/luis-bambaren-carlos-bruce-noticia_776377.html):

«El congresista Bruce está haciendo un papelón con todo eso, apareciendo —perdón la palabra— como un maricón en medio de todo. Porque él mismo ha dicho que es homosexual, es gay. “Gay” no es palabra peruana; la palabra peruana es “maricón”.»

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En sus lineamientos básicos, la doctrina sobre la sexualidad que enseña actualmente la Iglesia es correcta y conforme con la dignidad humana. Así la resume el Catecismo de la Iglesia Católica:

2332 La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.

2333 Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

2334 «Creando al hombre “varón y mujer”, Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer» (FC 22; cf GS 49, 2). “El hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal” (MD 6).

Sin embargo, hay todavía temas puntuales que deben ser profundizados e incluso replanteados.

Algunos católicos interpretan la comunión de personas y la fecundidad inherentes a la sexualidad propiamente humana como que estos fines deben estar presentes en cada uno de los actos sexuales que realiza la pareja. La experiencia muestra, sin embargo, que la unión amorosa —junto con la alegría y el placer que ella conlleva— es siempre buscada por aquellos que se aman íntimamente, pero no la fecundidad, que viene a ser un fin de la vida conyugal en su totalidad, siempre que no haya algún obstáculo que lo impida (como, por ejemplo, la esterilidad de uno de los cónyuges). A fin de salvaguardar este problema, hay quienes han acuñado la famosa frase de que todo acto sexual debe estar “abierto a la vida”. ¿Pero cómo puede estar abierto a la vida un acto donde los esposos, por razones legítimas, no desean engendrar un hijo y evitan la concepción recurriendo a métodos naturales efectivos admitidos por la Iglesia, o la esposa ya no se encuentra en condiciones de concebir debido a una enfermedad, a una operación o a su avanzada edad? ¿Deja por eso de ser bueno y legítimo el acto sexual?

Un acto sexual cuyo fin sea únicamente la reproducción puede ser inmoral en grado sumo, como el caso de los soldados alemanes que fueron enviados por la dictadura hitleriana a una Noruega ocupada con la misión de fecundar a mujeres consideradas de raza aria a fin de engendrar hijos. En cambio, la unión sexual que es producto de una entrega amorosa y comprometida no es vista como algo reprobable, aunque la fecundidad tendiente a la reproducción de la especie esté ausente en ese acto concreto. A fin de cuentas, sólo el amor justifica la unión sexual, como nos dice el sentido común, sin negar por ello que una fecundidad razonable también forma parte de la vida amorosa de la pareja en el tiempo, aunque no tenga por qué darse en cada acto sexual concreto.

Otro problema que veo en la moral sexual de la Iglesia es que ha sido formulada históricamente por teólogos y moralistas célibes, la mayoría de ellos eclesiásticos o religiosos. Es decir, por hombres ajenos a la experiencia de una sexualidad cotidiana tal como se vive en pareja y muchas veces ignorantes de la dinámica y los problemas concretos inherentes a la vida amorosa y sexual. No debería extrañarnos, por lo tanto, que se haya llegado a una situación como la actual, en la que una cosa es lo que enseña el Magisterio de la Iglesia y otra cosa es lo que viven los fieles comunes y corrientes en su vida amorosa.

Además, debemos tener en cuenta que la moral sexual católica se basa mucho en la Tradición y la “ley natural” —que en el fondo no es más que una interpretación filosófica formulada en la Edad Media— y muy poco en los datos bíblicos. En la enseñanza de Jesús en los Evangelios encontramos muy poco sobre sexualidad humana. Jesús condena la infidelidad, incluso de pensamiento (ver Mateo 5, 31-32), y habla sobre la unión matrimonial del hombre y la mujer (ver Mateo 19, 3-9), condenando el divorcio por cualquier motivo —salvo el caso de porneia, término griego sobre el cual hasta ahora no se han de puesto de acuerdo los teólogos y biblistas respecto a qué significa exactamente—. Pero en ninguna parte señala la fecundidad y la procreación como un deber de los esposos. Y mucho menos menciona el tema de la homosexualidad.

El modelo tradicional de familia que ciertos grupos de la Iglesia proponen —hombre y mujer con la mayor cantidad de hijos posibles— refleja el concepto burgués de los valores familiares, y está en contradicción con otros tipos de familia que encontramos en la Biblia, como por ejemplo la familia patriarcal al estilo de Abrahán, donde el hombre tenía mujer y concubinas, siendo todos los hijos considerados como legítimos. O la costumbre que existía todavía en la época de Jesús, de que si un hombre moría sin descendencia, su hermano podía fecundar a su mujer para darle un hijo al hermano muerto.

Más aún, el modelo propuesto de la Sagrada Familia presenta varios problemas que ponen en aprietos el modelo de familia burguesa. La historia de la familia de Jesús se inicia con un amago de separación por sospecha de infidelidad. Finalmente, es un ángel enviado por intervención divina el que tiene que confirmarle a José que el hijo de María no es producto de la semilla de otro hombre. José adopta entonces a Jesús como hijo suyo, y tal cual será considerado por la sociedad de entonces. Durante el resto su vida José se verá obligado a ocultar el verdadero origen de su hijo y a representar ante los demás una farsa, a fin de salvaguardar la buena reputación y la vida de la madre y garantizarle un hogar al hijo.

Por otra parte, tal como nos lo han transmitido la Tradición, el de María y José fue un matrimonio donde no hubo intimidad carnal. Es decir, en ellos ni siquiera se cumplen las palabras del Génesis, repetidas luego por Jesús: «Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Génesis 2, 24; ver Mateo 19,5). Según la legislación actual de la Iglesia, este matrimonio hubiera podido ser disuelto a petición de una de las partes por una causa justa. Los cánones correspondientes del Código de Derecho Canónico son bastante claros:

1061 § 1. El matrimonio válido entre bautizados se llama sólo rato, si no ha sido consumado; rato y consumado, si los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole, al que el matrimonio se ordena por su misma naturaleza y mediante el cual los cónyuges se hacen una sola carne.

1141 El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte.

1142 El matrimonio no consumado entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada, puede ser disuelto con causa justa por el Romano Pontífice, a petición de ambas partes o de una de ellas, aunque la otra se oponga.

En la Sagrada Familia hubo un solo hijo carnal de la madre y adoptivo del padre. La familia de Nazaret no fue numerosa, ni estuvo orientada a la procreación. Al contrario, tal como nos lo transmite la Iglesia, estuvo cerrada a ella. José y María habrían vivido en abstinencia sexual absoluta, dedicando su vida al cuidado de Jesús. Además, a diferencia de muchas familias burguesas actuales, los miembros de esta familia habrían vivido durante mucho tiempo en calidad de refugiados en Egipto, para luego desarrollar su vida en el hogar de Nazaret en condiciones de pobreza.

Por otra parte, históricamente no se sabe casi nada sobre los detalles de la vida conyugal y hogareña de la familia de Nazaret, por lo cual difícilmente podría ser presentada como un modelo válido. En realidad, la Sagrada Familia ha sido tratada como un comodín sin muchos contenidos propios y ha sido instrumentalizada por ciertos representantes de la Iglesia para proponer valores familiares —históricamente condicionados— que ellos consideraran vigentes, en la actualidad los valores de la familia tradicional burguesa. Y a decir verdad, no vemos cómo se puedan compaginar estos valores con la realidad de una familia pobre, no numerosa, donde no hay vida sexual activa y donde el hijo ni siquiera ha sido engendrado por ambos cónyuges, sino sólo por la madre fuera de la relación marital, sin negar el hecho de que esto sea por intervención divina.

Más adelante veremos a Jesús relativizar los lazos sanguíneos y proponer nuevos lazos familiares sobre la base del seguimiento de la voluntad de Dios, que no es otra que el amor a Él y el amor entre los seres humanos.

«Entre tanto, llegaron sus hermanos y su madre y, quedándose afuera, enviaron a llamarlo.
Entonces la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo:
—Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan.
Él les respondió diciendo:
—¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo:
—Aquí están mi madre y mis hermanos, porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» (Marcos 3, 31-35)

Si bien Jesús habló de la unión matrimonial de hombre y mujer, nunca propuso un modelo de familia. Simplemente nos dio el mandamiento supremo que debe regir las relaciones humanas, incluidas las familiares, sea cual sea la modalidad que éstas adopten: «Éste es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Juan 15,12)

Ante todo esto, me pregunto cuál habría sido la actitud de Jesús hacia las personas homosexuales, en caso de vivir hoy. ¿Habría tenido la actitud despectiva y discriminatoria que encontramos en varios círculos cristianos? Creo más bien que habría compartido las palabras del Papa Francisco: «Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?»

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La homofobia existente en la sociedad peruana ha sido abordada en toda su crudeza por algunos cineastas peruanos en filmes que vale la pena revisar:

  • Episodio “Los amigos” (Francisco J. Lombardi), en la película Cuentos inmorales (1978)
  • No se lo digas a nadie (Francisco J. Lombardi, 1998)
  • El pecado (Palito Ortega Matute, 2006)
  • Contracorriente (Javier Fuentes-León, 2009)