INCONSISTENCIAS Y FALSEDADES EN LOS INFORMES DEL SODALICIO

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Ian Elliott y Kathleen McChesney, autores junto con Monica Applewhite de los informes del Sodalicio

A lo largo del tiempo, el Sodalicio siempre ha ido acomodando su propia historia de acuerdo a su visión cambiante de la institución, arrancando las páginas incómodas del pasado, ocultando hechos y reinterpretando otros de manera benigna. Sin embargo, en la actualidad le resulta imposible negar hechos luctuosos que han sido documentados y verificados por la investigación periodística y corroborados por testimonios de innegable verosimilitud. Sólo les queda el recurso de reinterpretar los acontecimientos. Y para estos fines son muy útiles los dos informes evacuados por los tres expertos internacionales, contratados por una suma en dólares que desconocemos, pero que suponemos tan alta y escandalosa, que el Sodalicio no se atrevería a hacerla pública.

Ambos informes, dados a conocer a la opinión pública el 14 de febrero de este año, tienen fecha del 10 de febrero, último día del reciente cónclave sodálite realizado desde el 7 de febrero en la Casa de Retiros de los Pasionistas en La Molina, estando presente el delegado vaticano, el cardenal Joseph William Tobin (ver http://caretas.pe/sociedad/78233-diluyendo_el_pecado).

Los informes llevan como título, a saber:

  • Abusos Perpetrados por el Sr. Luis Fernando Figari y el Abuso Sexual a Menores por parte de Ex Sodálites
  • Abusos Perpetrados por Sodálites y Respuestas del SCV a las Acusaciones de Abuso

Si bien el primer informe presenta abundante información que valida no sólo lo que relata el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, sino también lo que yo escribí en mi blog Las Líneas Torcidas a partir de noviembre de 2012, también presenta inexactitudes sobre la reacción que tuvieron las autoridades sodálites ante los casos de abusos.

Por ejemplo, se dice que Figari le prohibió en el año 2008 al entonces Vicario General Eduardo Regal reunirse con Rocío Figueroa, quien había dado a conocer un caso de abuso de una joven de 16 años por parte de Germán Doig, ante lo cual Regal decidió desobedecer a Figari e iniciar una investigación para determinar si había otras víctimas. Según el primer informe, tras investigar durante dos años, «Regal determinó que Doig había abusado de otros menores de edad y en 2011, en contra de los deseos de Figari, informó a la comunidad del SCV y al público que Doig había cometido actos que eran “contrarios a su promesa de celibato”, aunque no reveló que Doig había abusado de menores. Esta noticia conmocionó a la mayoría de los miembros de la comunidad del SCV, y a unos cuantos sodálites aún hoy se les hace difícil creer que Doig era un abusador».

Asimismo, Regal sería el artífice de la renuncia de Figari, pues en el año 2010 él «y otros en el Consejo Superior se encontraban extremamente preocupados por el comportamiento y las acciones de Figari, particularmente por su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad y personas en la familia espiritual del SCV. Ellos creían que la conducta de Figari, que era bien conocida por muchos de los miembros, era totalmente incompatible con la vida de un sodálite. Como resultado, Regal tomó el paso radical y sin precedentes de pedir a Figari que se retirara de la vida pública para llevar una vida de conversión, retiro y oración. Le prohibió aparecer en actividades públicas del SCV, del Movimiento de Vida Cristiana o en los eventos de la familia SCV, le prohibió presentarse a sí mismo como autoridad del SCV o en representación de la misma, así como asistir a Misas de aniversario o Misas públicas, publicar libros nuevos y participar en el Consejo Pontificio de Laicos. Pero los demás miembros de la comunidad no conocían estas medidas y creían que su retiro obedecía a motivos de salud».

La verdad es otra. En el libro Mitad monjes, mitad soldados se cuenta que fue Rocío Figueroa, —que había seguido investigando y contactando a más víctimas de Doig— quien le habría exigido a Regal el cierre de la causa de beatificación de Doig y la renuncia de Figari. Ésta se concretó el 8 de diciembre de 2010 y fue anunciada por el mismo Figari, aduciendo motivos de salud, tal como informó oficialmente ACI Prensa (ver https://www.aciprensa.com/noticias/fundador-anuncia-nueva-etapa-para-la-familia-sodalite/).

El 15 de julio de 2016, el mismo Regal hizo declaraciones en la Fiscalía que contradicen el papel heroico que le atribuyen los informes:

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si conoce el motivo de por qué Luis Fernando FIGARI RODRIGO dejó de ser Superior General.
Dijo: Que sí, conozco. En el año 2010 FIGARI sufrió una operación médica complicada al abdomen, luego de dicha operación se le presentaron infartos cerebrales múltiples que lo dejaron incapacitado para el gobierno, sus capacidades intelectuales y físicas quedaron disminuidas y por lo tanto era indispensable poder contar con un Superior general en ejercicio, es así que varios sodálites, entre ellos yo, le recomendamos encarecidamente que deje el puesto de servicio de Superior General para poder tener un gobierno efectivo.

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si en el periodo que fue usted Superior General, recibió denunciados por miembros del SCV por abusos cometidos contra ellos por Luis Fernando FIGARI.
Dijo: Que recibí denuncias y en cada caso procedí según el debido proceso en el marco ya explicado de las atribuciones del Superior General en el que debe existir verosimilitud, pruebas suficientes para, según eso, verificar si hay delito tipificado y vigente y abrir proceso o descartar dichas denuncias o proceder a medidas disciplinarias o administrativas. En ninguna de las denuncias que recibí, luego de investigar, encontré los elementos señalados.

Que Regal desestimó las denuncias contra Figari lo confirma el P. Jean Pierre Teullet en su célebre carta interna del 20 de octubre de 2015 (ver UNA CARTA DEL P. JEAN PIERRE TEULLET, SODÁLITE):

«En mayo del 2012, luego de varios meses de dialogo infructuoso con las autoridades, 4 sodálites presentamos formalmente “pedidos de investigación” contra el Hno. Luis Fernando Figari por actos graves e inmorales cometidos por él […]. Estos pedidos fueron desestimados, primero por el superior general de entonces, el Hno. Eduardo Regal, y luego, al ser presentados nuevamente por mí de modo formal en abril del 2013 al nuevo superior general, el Hno. Alessandro Moroni, fueron también desestimados por él. En ambos casos, nunca se realizó una investigación formal […]. Nunca se erigió un jurado, nunca se nos solicitó el testimonio formal, nunca hubo actas, nunca se dio un dictamen, y menos se nos respondió de modo formal la conclusión de dicho proceso».

Respecto a la interrupción del proceso de beatificación de Doig, tampoco hubo transparencia de parte del Sodalicio. El proceso fue interrumpido recién a fines de 2010, aduciendo que Doig no había alcanzado la heroicidad de virtudes, siendo que ya habían desde antes claras evidencias de los abusos perpetrados por él. Mientras tanto, se siguió promoviendo su figura como la de un sodálite ejemplar —«el mejor entre nosotros» según Figari— hasta el último momento.

El comunicado de Regal se hizo sólo internamente y de manera discreta —supongo que para “evitar el escándalo”—, no de manera pública, como señala falsamente el informe correspondiente. La noticia recién se dio a conocer a la opinión pública con la edición del 1° de febrero de 2011 de Diario16, gracias a que Rocío Figueroa pudo filtrar la información a la prensa con la ayuda de Pedro Salinas. Hasta ese momento, todos los esfuerzos de las autoridades del Sodalicio se habían concentrado en evitar que se dieran a conocer los hechos, a saber, que Doig había abusado sexualmente de jóvenes a su cargo.

Respecto a Jeffery Daniels, se cuenta que estuvo aislado en San Bartolo desde 1998 hasta poco después de la muerte de Germán Doig en el año 2001. El primer informe señala que «fuera de algunas autoridades como Figari y Doig, nadie sabía la verdadera razón por la cual Daniels se encontraba aislado o la amenaza que representaba para los menores».

Sin embargo, poco antes se señala que en el año 1997 un amigo de una de las víctimas le contó a un sodálite que Daniels había abusado de su amigo, y este sodálite se lo contó al Superior Regional. «El Superior regional contactó a Doig, quien al momento se encontraba en Roma con Figari. Doig le indicó al Superior regional que enviara al agresor al centro de formación de San Bartolo para un período de retiro hasta que se pudiera determinar un mejor curso de acción y que él, Doig, se encargaría de las familias de las víctimas. Doig también informó a Figari sobre el tema. El Superior regional realizó investigaciones adicionales y determinó que Daniels había abusado de hasta ocho jóvenes menores de edad. Después de que Doig y Figari regresaron de Roma, asistieron a la siguiente reunión del Consejo Superior donde la situación de Daniels fue tema de discusión».

¿Quiénes, además de Doig, formaban parte del Consejo Superior en ese momento?

De las declaraciones ante la Fiscalía de los acusados penalmente en el caso Sodalicio, se desprende que los otros miembros del Consejo Superior eran Jaime Baertl, José Ambrozic, Erwin Scheuch y una cuarta persona cuyo nombre desconocemos. Además, Oscar Tokumura ha declarado que tuvo conocimiento de los abusos de Jeffery Daniels en el año 1997, y cuando asumió el cargo de superior en San Bartolo, Daniels ya se encontraba allí. Su predecesor en el puesto de superior, Miguel Salazar, también habría conocido los motivos que llevaron a su aislamiento.

Salvo el primer sodálite mencionado de nombre desconocido, al cual se puede considerar inocente dado que comunicó de buena fe y adecuadamente el primer abuso conocido de Daniels a la autoridad correspondiente, los demás sodálites con cargos de responsabilidad —un total de 9 personas— no hicieron absolutamente nada para que Daniels fuera sancionado y serían cómplices de encubrimiento y haberlo ayudado a sustraerse a la justicia.

Después de verificar esto, uno se pregunta si los sodálites que tuvieron o tienen puestos de responsabilidad en la institución les dijeron toda la verdad a los expertos. O al contrario, como ocurrió en la Fiscalía, mintieron a diestra y siniestra. Pues cuesta admitir como cierto lo que dice el siguiente texto tomado del segundo informe: «Desafortunadamente, algunos imitaron el comportamiento manipulador y cruel de Figari durante estos diálogos, a pesar de que se sentían incómodos al hacerlo. Sólo un pequeño número de sodálites, por ejemplo, Doig, Regal, el P. Jaime Baertl, y algunos de los secretarios más cercanos a Figari, se sintieron empoderados para confrontarlo sobre su conducta». Resulta difícil creer que alguien como Regal —quien no le dio crédito a las denuncias contra Figari— se haya enfrentado a él. Pero aún más difícil resulta creer que lo haya hecho el P. Baertl, de quien no conozco que nunca jamás haya hecho ninguna crítica contra Figari, que lo ha defendido a capa y espada, y —según recuerdo— solía mantener una actitud aduladora hacia el fundador. Además de que se le parecía mucho en la manera como manipulaba las conciencias ajenas, y era tanto o más vulgar y procaz en su lenguaje que el mismo Figari.

El intento de salvar a la institución a como dé lugar —constante perversa que ha estado presente a lo largo de toda la historia del Sodalicio— también se halla presente en varias partes de los informes. Como, por ejemplo, en el siguiente texto del segundo informe: «La mayoría de los sodálites eran, y son, personas piadosas, con un carácter bueno y moral, atraídos por el Evangelio y los aspectos positivos de la cultura del SCV. Estos sodálites inspiraron y sirvieron como modelos y directores espirituales para los jóvenes, los aspirantes y sus compañeros sodálites. No fue, entonces, la cultura del SCV la que causó que los agresores cometieran actos de abuso, pero hubo autoridades o sodálites mayores que permitieron o alentaron abusos físicos y psicológicos».

Lo que sigue a continuación contradice este enunciado, pues se analizan elementos de la cultura institucional que crearon un ambiente favorable a que se cometieran abusos: el carácter icónico de Figari como personificación de la cultura del SCV, que debía ser imitado por todos; la naturaleza reservada del SCV y su falta de transparencia; el esfuerzo por desarrollar una organización religiosa casi militar; la obediencia total que se exigía a los sodálites. «A la luz de sus promesas de total obediencia a las autoridades del SCV, algunos sodálites se sintieron presionados a obedecer a sus superiores en todos los asuntos, incluso cuando se les ordenaba que trataran a sus hermanos de manera nociva para su bienestar físico o mental».

Es decir, la misma cultura del Sodalicio favoreció que personas buenas, piadosas y moralmente rectas cometieran actos repudiables. La bondad y rectitud moral de muchos sodálites —de lo cual yo mismo puedo dar fe— no puede ser considerado argumento para negar que la enfermedad estaría en el sistema, en la misma arquitectura institucional y cultural del Sodalicio.

«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», señala Alessandro Moroni en la carta preliminar a los informes. «Los expertos identificaron ciertos elementos de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir». Lo cual no hace más que confirmar que el problema sí estaba en la cultura del Sodalicio, generada desde arriba por el mismo Figari. Pues el hecho de que personas que no se coludieron cometieran abusos similares apunta a que la raíz del problema se halla en el sistema en que están insertos, como señala el testimonio de un formador: «Abusé y fui duro porque así me formé, de hecho mi formación fue aún peor. Simplemente no conocía otra manera. Me avergüenzo de lo que hice».

Finalmente, cuando uno revisa las fuentes de los informes se puede verificar una omisión grave. Los expertos no hablaron en ningún momento con ninguno de los integrantes de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Era de esperarse, pues el Sodalicio ha estado siempre interesado en quitarle peso al informe emitido por esta Comisión, y esto se refleja en el segundo informe cuando se dice que ésta «no llevó a cabo una investigación exhaustiva de todas las denuncias reportadas ni examinó la cultura actual del SCV». Esta conclusión se basa sólo en el texto del Informe Final, y no tiene carácter concluyente desde el momento en que no se convocó a ninguno de los comisionados para interrogarlos sobre la manera en se realizaron las sesiones de trabajo. A diferencia de los expertos contratados por el Sodalicio, trabajaron de manera independiente sin recibir remuneración alguna. Lo único que para ellos personalmente estaba en juego era su reputación, la cual ha quedado indemne al comprometerse en la búsqueda de la verdad sin concesiones a intereses institucionales.

Los informes del Sodalicio no dan respuesta satisfactoria a todos los interrogantes, dejan muchas verdades en la sombra y generan muchas preguntas que requerirían de una investigación más a fondo. De ahí la urgencia y necesidad de que se establezca una comisión investigadora en el Congreso de la República. Para que se sepa al fin toda la verdad, sin maquillajes ni interpretaciones interesadas.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de febrero de 2017)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Declaraciones indagatorias de Alessandro Moroni, José Ambrozic, Erwin Scheuch, Eduardo Regal, Óscar Tokumura y Jaime Baertl ante la Fiscalía de la Nación
https://scvleaks.wixsite.com/scvleaks

EL PELIGRO DE SER SODÁLITE

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Cascada en el Cañón de Autisha

Cuando yo tenía tan sólo 15 años, el Sodalicio me ofreció un mundo de aventuras en territorios incógnitos de la existencia. Y no sólo aventuras espirituales, sino también una que otra osada aventura terrena, donde —sin ser yo plenamente consciente de ello— mi vida correría peligro. Guardo un recuerdo muy vívido de una de esas aventuras.

En ese lejano año de 1978, un joven José Ambrozic era animador de nuestra agrupación mariana, de la cual saldrían varias “vocaciones” sodálites. Sólo una de esas vocaciones ha permanecido hasta el día de hoy en la institución, a saber, Miguel Salazar.

José, a quien conocíamos coloquialmente como “Pepe”, de barba poblada, trato amable y gesto tímido, tenía una personalidad tranquila pero enigmática, como si continuamente estuviera mirando un secreto que guardaba celosamente en lo más recóndito de su alma. Tenía una sonrisa franca, pero aún en conversaciones íntimas irradiaba una especie de distancia impenetrable, que me inspiraba a la vez respeto y admiración. Pero cuando se ponía al volante de un coche, que manejaba con la destreza de un Fittipaldi, era capaz de ponernos el corazón en la boca. O los huevos de corbata, como decíamos en nuestro coloquial y vulgar lenguaje adolescente.

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José Ambrozic

No era extraño que condujera por avenidas de la urbe limeña a más de 80 kilómetros por hora. Dios sabe por qué nunca tuvo un accidente. Y si se trataba de conducir un coche en carretera, era a tal punto de temer, que el P. Armando Nieto SJ llegó a decir que tuvo más miedo cuando Pepe lo llevó a un retiro por la Carretera Central que cuando una vez casi se cae la avioneta en que volaba sobre la selva peruana. Y lo más increíble es que Pepe era miope como una tapia y usaba lentes de contacto de gran aumento.

Un fin de semana, Pepe decidió llevarnos a correr una aventura en un remoto lugar de la sierra, a sólo dos horas en coche de Lima. Nuestro destino: Autischa, a 2200 metros de altura sobre el nivel del mar en el distrito de Huarochirí. En ese entones Autisha todavía no se había convertido en la ruta de turismo de aventura que es ahora, donde los viajeros son guiados a través de escarpados caminos de montaña hasta llegar a un austero puente de hormigón, sólido pero sin barandas, que cruza el cañón de más de 100 metros de profundidad, para finalmente descender por las escalerillas metálicas de un profundo y oscuro pozo que llega hasta la herrumbrosa sala de máquinas de una antigua represa abandonada, desde la cual se puede salir a través de una oquedad, previo cruce de unos rieles tendidos a cierta altura, hacia un claro en las profundidades del cañón donde la caudalosa corriente de un río subterráneo sale de la roca formando una estruendosa cascada.

Ninguno de nosotros contaba con los equipos especiales (cascos, lentes de protección, arneses y cuerdas, etc.) que se utilizan actualmente para efectuar ese recorrido. Teníamos tan sólo 15 ó 16 años de edad, y ni siquiera sabíamos los peligros a los que nos íbamos a exponer bajo la guía de Pepe, a quien algunos apodaban “Huevos de Acero”, porque cuando jugaba fulbito y le caía un pelotazo en la zona genital, ni se inmutaba y seguía jugando con la rudeza que lo caracterizaba, como si nada hubiera pasado.

No recuerdo exactamente cuántos fuimos los participantes a esa excursión, pero si la memoria no me falla, estaban allí Miguel Salazar, Eduardo Field, George Wille, Alfredo Bushby, Tato Felices y un joven de sonrisa abierta y trato cariñoso y acogedor, Gonzalo “Canito” Velaochaga, que no pertenecía a nuestra agrupación pero que en ese entonces era una de las vocaciones más prometedoras del Sodalicio. Y que no duró mucho, pues al año siguiente, cuando formábamos parte del mismo grupo de sodálites mariae, tomó la decisión de dejar la institución. Se despidió con una amplia sonrisa, pero nunca nos dijo las razones que motivaron su decisión. Espero que la vida le haya sonreído de ahí en adelante. Por lo menos, tuvo la suerte de irse en una época temprana del Sodalicio y le fueron ahorrados los abusos psicológicos y físicos que sufrimos quienes permanecimos durante décadas en la institución.

Fuimos a Autisha a través de una carretera afirmada no pavimentada en dos coches, en uno de ellos Pepe Ambrozic al volante, conduciendo a su manera acostumbrada, y en el otro, Alfredo Garland.

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Alfredo Garland

Garland, sodálite de la primera generación que ad intra de la institución tiene fama de ser un hombre de buen corazón, era una persona de carácter timorato y delicado y de costumbres burguesas. Se contaba que, a fin de que endureciera su carácter y venciera sus miedos, Luis Fernando Figari lo había mandado a ver la película de terror Granja macabra (Motel Hell, Kevin Connor, 1980), que cuenta la historia de una pareja de granjeros de la Norteamérica rural que secuestraban a los viajeros que pasaban por la región para luego cortarles la lengua, enterrarlos hasta el cuello y cebarlos adecuadamente, a fin de utilizarlos como materia prima para fabricar la carne ahumada que vendían. El objetivo era someterlo a una especie de terapia de shock con el propósito de adormecer su sensibilidad y hacerlo apto para los rigores de la disciplina sodálite. Y parece que funcionó, pues cuando Garland llegó a ser superior de comunidades sodálites, se convirtió en una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde convivían en una misma persona el lado amable y bondadoso junto con un talante implacable e inmisericorde cuando se trataba de aplicar castigos a sus súbditos.

Una vez yo mismo apliqué esta técnica de tratamiento de shock a través del cine cuando invité a un aspirante sodálite que estaba bajo mi cargo a ver la película Fuerza siniestra (Lifeforce, Tobe Hoper, 1985), donde dos hombres y una mujer extraterrestres se pasean desnudos durante todo el rodaje por un Londres apocalíptico, succionando la energía vital de las personas y convirtiéndolas en zombis, desatando de esta manera una epidemia de muertos vivientes plasmada en escenas terroríficas y desagradables. Esta estrategia de shock fue también aplicada de manera masiva en los dos primeros Convivios (o congresos de estudiantes católicos para escolares de 4to. y 5to. de secundaria) de 1977 y 1978, donde se proyectó respectivamente las películas Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) — clásico moderno que, sin embargo, no deja de ofrecer una visión deprimente de un entorno social determinado y termina en un baño de sangre de violencia inusual para la época— y Centinela de los malditos (The Sentinel, Michael Winner, 1977) —película de terror que presenta escenas de gran impacto, sórdidas y repugnantes—. La exhibición de estas películas en ambos Convivios tenía la intención de generar en los jóvenes participantes una especie de ablandamiento psicológico, a fin de hacerlos tomar conciencia de los “males del mundo” y hacerlos más receptivos al mensaje que se les quería transmitir.

Voviendo a Garland, éste también tenía pretensiones intelectuales. En el año 1978 escribió, bajo la supervisión de Luis Fernando Figari, Germán Doig y Virgilio Levaggi, una investigación periodística —en realidad, un panfleto derechista y reaccionario— contra la teología de la liberación, bajo el título de Como lobos rapaces – Perú: ¿una Iglesia infiltrada? Se trata de un libro cuya existencia el mismo Sodalicio trató de ocultar posteriormente, pues las fuentes que menciona hacen patente el pensamiento católico tradicionalista con dosis de fascismo del cual se nutre su análisis, así como los libros de autores ultramontanos que leíamos habitualmente los sodálites en la década de los ’70.

Por otra parte, Garland era un buen repetidor de ideas ajenas, siempre y cuando fueran relativamente sencillas, pero carecía de la capacidad analítica y creatividad conceptual de quien toma las riendas de su propio pensamiento. «Tu nunca serás un intelectual; sólo eres un diletante», me dijo una vez debido al amplio interés que yo mostraba en varios temas, no todos relacionados directamente con la fe católica. Y a decir verdad, yo nunca he pretendido ser un intelectual, sino solamente un católico que se atreve a pensar por cuenta propia siguiendo su conciencia y mantiene un enorme interés por las manifestaciones culturales y sociales del mundo en que vivimos. Garland tampoco ha cumplido su sueño de ser un intelectual, no obstante que fue fundador y primer director de ACI (Agencia Católica de Informaciones) —la cual, bajo la conducción de Alejandro Bermúdez, se llamaría luego ACI Prensa— y creador del Centro de Estudios Católicos, en cuya página web se ofrecen artículos sobre diversos temas desde una perspectiva católica conservadora y con el denominador común de ser tediosos, con tendencia al didactismo y poco estimulantes de las células grises del cerebro. No obstante sus limitaciones cognitivas —o precisamente gracias a ellas— Garland se convirtió en un buen divulgador de ideas básicas de la doctrina cristiana, siempre y cuando no intentara abordar temas más complejos como las Cruzadas y la teología de la liberación, pues allí es donde suele caer en la pura propaganda ideológica disfrazada de análisis intelectual.

Retomemos el hilo de nuestra historia.

Cuando llegamos a Autisha, lugar que se nos presentaba cargado de misterio por su paisaje inhóspito y sobre todo por lo que Garland contaba de las ratas grandes como perros que merodeaban de noche en la zona, éste se quedó cuidando nuestras cosas y leyendo, mientras todos los demás nos dirigimos en fila india, guiados por Ambrozic, hacia un camino que iba subiendo pegado a una ladera. Para el trayecto que íbamos a realizar, donde no sabíamos lo que nos esperaba, nuestro único equipo consistía en un par de linternas de bolsillo.

El camino iba subiendo cada vez más y se hacía más escarpado y estrecho, mientras a nuestro a lado izquierdo la pendiente se iba convirtiendo poco a poco en un precipicio. Hasta que llegamos al borde del cañón que teníamos que cruzar. No sé si entonces existía el arco de hormigón que se usa actualmente como puente para cruzar el abismo, pues eso no es lo que vimos en esa parte del camino. Ante nosotros teníamos un destartalado puente colgante, de estructura metálica y piso de madera. Uno de los cables que lo sostenía estaba roto. El puente estaba peligrosamente ladeado, y la única manera de pasarlo era agarrándose con ambas manos del cable sano y pisando con cuidado las tablas inclinadas para no resbalar hacia una muerte segura. Al principio, nadie de nosotros se atrevía a pasarlo. Hasta que Ambrozic nos dijo que teníamos que demostrar nuestro valor y cruzarlo de todas maneras.

Finalmente, vencimos nuestros miedos y comenzamos uno a uno a cruzar el puente, que se balanceaba ligeramente debido al viento que soplaba en el cañón. Algunos pasamos más rápido que otros, pero siempre con las dos manos agarradas como tenazas al único cable colgante intacto que tenía el puente y evitando en lo posible mirar hacia abajo, mientras movíamos los pies lentamente pero con firmeza. El único de nosotros que cruzó con ligereza y sin señales de miedo en el rostro, como si con él no fuera la cosa, fue “Canito” Velaochaga.

Fue entonces que Ambrozic se agarró con una sola mano del cable sano y alegremente, como quien estuviera paseando por la vereda de su casa, llegó raudamente hasta la mitad. Allí se detuvo, levantó una pierna y la estiró al aire, mientras nos miraba burlonamente como si fuéramos una manada de cobardes. Luego caminó hasta el otro extremo y regresó de manera rápida y desenfadada, con la audacia que la costumbre le otorga al equilibrista que camina por la cuerda floja. Fue el único que cruzo el puente dos veces, cuando a los demás nos bastaba y sobraba con haber alcanzado el otro lado sanos y salvos.

En la otra ladera del cañón, el camino continuaba al borde del precipicio. En unas pocas partes del trayecto las piedras que servían de asiento al camino se habían caído con el tiempo, por lo cual teníamos que saltar para pasar al otro lado. Al poco tiempo llegamos a una pequeña edificación ruinosa, dentro de la cual se abría un pozo que descendía a las profundidades a través de una herrumbrosa escalera metálica. Las únicas indicaciones que recibimos de Pepe fue que tuviéramos cuidado al pisar las rejillas que hacían de descansillos, pues habían piedras en ellos que se habían ido acumulando con el tiempo y podíamos hacer que alguna cayera sobre el que estaba bajando primero que nosotros. Asimismo, no debíamos mirar hacia arriba, pues nos podía caer polvo y tierra en los ojos. Con apenas un par de linternas, el descenso se realizó casi a oscuras, donde uno tenía que guiarse prácticamente por el tacto para poder tomar el siguiente tramo de escalera en el descansillo. No faltó una que otra piedra que cayera, no obstante el cuidado que se tuvo, seguido de un grito de aviso: «¡Cuidado! ¡Piedra!»

Abajo nos esperaba la abandonada sala de maquinarias de la represa, donde se respiraba un olor a moho y humedad. La oscuridad era total. Del fondo venía un poco de luz. Se trataba de una abertura en la roca que daba al otro lado del cañón, a un paisaje de rocas y peñascos iluminados tenuamente por la luz que se filtraba desde lo alto y donde lo más impresionante era el chorro de agua que salía caudalosamente del acantilado pétreo que formaba el cañon a nuestra lado izquierdo. Para llegar al pie de la cascada, donde el agua fresca y cristalina formaba una lagunilla, había que descender de la altura en la que estábamos a un peñón a través de un herrumbroso riel que fue colocado allí cuando la represa todavía funcionaba. «No pisen los travesaños de madera», fue la única recomendación de Pepe, pues con el paso del tiempo y la humedad casi todos estaban podridos, y si uno se apoyaba en uno y perdía el equilibrio, la caída podía ser fatal, o en el mejor de los casos, producir lesiones graves. En ese entonces el riel no había sido dotado de la red con que cuenta ahora, a fin de evitar desenlaces trágicos. De modo que caminando al estilo araña, con los pies por delante sobre los listones metálicos y con las manos atrás apoyadas en los mismos, fuimos deslizándonos lentamente hacia el peñón. No faltó uno que pisara uno de los travesaños de madera, que se partió por la mitad. Afortunadamente, la cosa no pasó de un susto.

El regreso se dio sin mayores sobresaltos. Después de cruzar nuevamente el riel, salimos por el otro lado en la parte baja del cañón y llegamos caminando al sitio donde Garland se había quedado esperándonos, y comimos lo que habíamos traído, comentando la adrenalínica experiencia que habíamos vivido. Por supuesto, mis padres nunca se enteraron de nada. Pues en el fondo yo era consciente de lo peligrosa que había sido la aventura vivida, y me sentía orgulloso de haber vencido el miedo que me habían generado las situaciones de riesgo en las que habíamos estado.

No sería la última vez que visitaría Autisha. Tres años después, Garland se convertiría en el instructor de nuestro grupo de aspirantes sodálites y en una ocasión emprendimos un viaje en coche que tenía como destino a Huancayo. Nunca llegamos a nuestra meta, porque empezó a llover torrencialmente y decidimos acampar en Autischa. La lluvia era tal, que una inundación era inevitable, así que Garland tomó la decisión correcta de levantar el campamento y terminanos pasando la noche en un hotel de carretera.

Las excursiones a Autisha que organizaban otros sodálites serían canceladas de manera abrupta, cuando, estando yo viviendo en la comunidad de Nuestra Señora del Pilar de Barranco, dos integrantes de ella, Rafael Álvarez-Calderon y Mario “Pepe” Quezada, junto con Raúl Guinea, un sodálite casado de la primera generación, llevaron de excursión a ese lugar a un grupo de alumnos menores del Colegio Markham. Al final se quedaron atrapados en una ladera y se tuvo que organizar una acción de rescate con participación del cuerpo de bomberos de Chosica. El superior de la comunidad, Germán Doig, castigó a ambos sodálites de comunidad poniéndolos durante un tiempo a régimen de pan y agua. Y, por supuesto, quedó prohibida toda excursión a Autisha.

Pero eso no significa que se abandonara la mala costumbre de ocasionalmente poner en riesgo la salud, e incluso la vida, de muchos sodálites. Pues la seguridad nunca ha sido una prioridad frente a los retos que había que enfrentar con el fin de alcanzar la santidad. Muestra de ello son muchas de las pruebas por las que tuvieron que pasar quienes estuvieron algún tiempo en las casas de formación de San Bartolo, entre ellas, los recorridos a nado ida y vuelta hacia el islote que había en medio de la bahía hasta el borde del agotamiento, los saltos obligados desde lo alto de un peñasco que había cerca del islote, los chapuzones en horas de la madrugada aun cuando la mar estuviera brava y peligrosa, los ejercicios físicos extremos hasta el punto de generar lesiones físicas y enfermedades, etc. Sin contar los tormentos psicológicos que llevaron a más de uno a pensamientos suicidas.

Definitivamente, ser miembro del Sodalicio ha significado siempre un peligro para la integridad física y sobre todo psicológica de los sodálites. Quienes han pasado por todo eso y han salido relativamente indemnes, sin contar una que otra cicatriz en el cuerpo y en el alma, y todavía son capaces de enfrentar con entusiasmo las dificultades de la vida, merecen el justo apelativo de sobrevivientes del Sodalicio.

SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO.

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Era fines de diciembre de 1992 y mi vida había sufrido cambios dramáticos en el lapso de una semana. Me encontraba viviendo en la comunidad Inmaculada del Rosario en San Bartolo, un balneario situado a 50 kilómetros al sur de Lima. Atrás quedaban mi fuga en la madrugada de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), las horas de angustias pasadas ante el derrumbe de mis sueños e ilusiones, las amargas lágrimas vertidas, y en esos días de fresca brisa marina con que se iniciaba el verano me asaltaban las dudas sobre los pasos que tenía que dar de ahora en adelante y las decisiones que debía tomar en el camino que la vida me deparaba. Me sentía cogido de la mano de Dios, de una presencia siempre cercana y que ahora, más que nunca, percibía a flor de piel. Como si la hubiera visto con mis propios ojos. Había terminado hace poco una semana de ejercicios espirituales, alejado de las preocupaciones cotidianas que a veces no nos permiten concentrarnos en lo esencial y ver qué equipaje llevamos para la ruta, y en esa soledad despojada de requerimientos y urgencias, tuve más que nunca la certeza de que Dios estaba conmigo y nunca me abandonaría.

Miguel Salazar, superior general de las dos casas de formación de San Bartolo que existían entonces y que residía habitualmente en la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, al otro extremo de la Ribera Sur, había sido un amigo muy cercano desde que ambos nos unimos al Sodalicio de Vida Cristiana en el año 1978. Él era el motivo principal por el cual había decidido encaminarme hacia San Bartolo después de mi huida nocturna. En las aciagas circunstancias que estaba viviendo, sentía que él era la única persona en la que podía depositar mi confianza. A diferencia de mí, él hizo una carrera meteórica dentro de la institución, ascendiendo rápidamente dentro de la jerarquía de rangos hasta llegar a emitir su promesa de profeso perpetuo ‒sodálite consagrado que ha emitido de por vida promesas formales de obediencia, celibato y comunicación de bienes‒, ocupando muy pronto puestos de responsabilidad, sobre todo en áreas que tuvieran que ver con el trabajo intelectual y la formación de candidatos a la vida consagrada, mientras que mi ascenso había sido lento y prolongado, pues a criterio de los responsables, yo tenía muchos problemas que resolver y no era tan dócil y maleable como otros. Además, se me catalogaba como un “marciano”, es decir, como una persona que vivía en otro planeta y no andaba con los pies en tierra. Y no es que no percibiera lo que pasaba en la realidad, sino que mi percepción se movía a otro nivel, lo cual, unido a una capacidad reflexiva y una intuición penetrante, me permitía ver con mayor profundidad algunos aspectos que a otros se les escapaban. Este proceso intuitivo podía ser muy lento, pero por lo general era certero. Pero como contraparte, tenía el problema de que pasaba por alto muchos aspectos inmediatos y prácticos de la vida que a otros les eran evidentes. Es algo difícil de explicar para quien no lo ha experimentado. Asimismo, estaba dotado con un cierto don de sensibilidad artística, que ya me había abierto ciertas vetas de libertad interior en un medio donde las ideas, sentimientos y actitudes solían estar parametrados y encorsetados en una ideología que se erigía como único pensamiento válido. Es decir, en el Sodalicio se prescribía qué se debía pensar, qué se debía esperar, qué se debía sentir. Como cuando en las celebraciones litúrgicas sodálites quien dirige la ceremonia indica en cada comentario qué es lo que debe sentir la asamblea: “con alegría”, “con el corazón arrepentido”, “con entusiasmo”, “con actitud reverente”, etc.

Terminado el retiro, Miguel vino a comunicarme que se había decidido a alto nivel que me quedara por tiempo indeterminado en San Bartolo y que entraba en una etapa de “discernimiento vocacional”. Lo cual quería decir que quedaba abierta la posibilidad de que dejara de ser un consagrado con obligación de obediencia y celibato y tendría libertad para casarme si quería, pero en el fondo significaba que iban a mover cielo y tierra para convencerme de que me quedara en comunidad, pues dentro del concepto rígido de “vocación” que se ha manejado en el Sodalicio, quien ha sido llamado por Dios a una vocación determinada sólo puede realizarse personalmente, ser feliz en este mundo y alcanzar la salvación en la otra vida si es fiel y persiste en el camino al que ha sido llamado. Por el contrario, si lo abandona, supuestamente nunca será feliz en este mundo y pondrá en riesgo su salvación eterna. Y así fue como se me plantearon las cosas. En otras palabras, en el tiempo que me quedaba por delante tenía que tomar una decisión que era de vida o muerte, y de ella dependía toda mi vida, mi destino, mi futuro.

Seguir un camino para el cual Dios no lo había llamado a uno significaba optar por la muerte. La vida matrimonial era considerada también una vocación, por lo cual también se pensaba que debía ser objeto de un llamado especial de Dios. En realidad, cualquier camino que se siguiera era considerado una vocación, por lo cual, antes de seguirlo, había que tener alguna señal de que ésa era la senda a la cual Dios lo estaba llamando a uno. Equivocarse de camino constituía una desgracia, pues implicaba atraer sobre sí a los heraldos de una infelicidad segura tanto en esta vida como en la otra.

Al hallarme ante esa alternativa ‒que veía tan real e inexorable como todo aquello que me habían metido en la cabeza‒ y ante el miedo de tomar una decisión equivocada que podría arruinar mi vida por completo, se iría generando en mí una intensa angustia que me acompañaría durante todo el tiempo que estuve en San Bartolo, hasta el punto de desear que me sobreviniera algún accidente fatal que segara mi vida y me hiciera descansar plácidamente en brazos de la muerte, con la certeza de haber sido fiel a mis promesas hasta el último momento. Me aterraba la posibilidad de tomar una decisión equivocada y prefería que ese momento nunca llegara. Sentí que me hallaba entre la vida y la muerte. Ideas suicidas nunca pasaron por mi cabeza. La muerte tenía que llegarme de la mano de Dios, y diariamente rezaba para que en su misericordia tuviera a bien acogerme pronto en su seno. Tenía la sensación de haber llegado al final del camino.

A partir de ese momento, cumplí con todas las actividades, incluso la más riesgosas, sin importarme mi integridad física. Cuando un ser humano siente que no tiene ya nada que perder, está dispuesto a soportar la pruebas más duras sin importarle nada. A decir verdad, nunca estuve en real situación de riesgo, dado que en ese entonces contaba con un físico saludable acostumbrado a los ejercicios corporales. Y sabía como moverme en la mar cuando ésta estaba movida y las olas reventaban con bravura. Una muerte por ahogamiento en el mar era altamente improbable. Confiaba más bien en que ocurriera un fatal accidente de tránsito en el momento más inesperado. O una caída con consecuencias letales. En fin. Todavía no sabía que la muerte asomaría fugazmente por un segundo de una manera insólita, para irse sin dejar huella ni sombra en esas circunstancias de mi vida.

De la comunidad Nuestra Señora del Pilar de Barranco (Lima) ya me habían enviado mis enseres personales, principalmente ropa y zapatos. Mi nutrida biblioteca personal todavía se hallaba allá y no sabía qué iba a ser de ella. Lo que sí se me comunicó es que Alfredo Garland, superior de esa comunidad, había decido donar al Colegio Santa María de Chincha (Ica) ‒que estaba bajo responsabilidad del Sodalicio‒ mi colección de música clásica, conformada en su mayoría por cassettes originales de colecciones de Salvat ‒Los Grandes Compositores, Musicalia y Los Grandes Temas de la Música‒ en aplicación de un artículo de los estatutos del Sodalicio de Vida Cristiana que estipulaba que el uso de los bienes personales de los sodálites de vida consagrada se regían por la obediencia. Como se recordará, mi caída en desgracia estaba relacionada con una “desmedida” afición por la música. Y a grandes males, grandes remedios.

Esto contribuyó a aumentar mi sensación de desamparo. Ya había sido despojado de mi anterior vida y de toda certeza y seguridad respecto a mi futuro, para además ser despojado de una de las cosas que más apreciaba entonces: la música clásica. Aún así, no protesté y me mantuve en silencio, alimentando sin embargo el deseo de recuperar algún día mi colección cuando hubiese salido del hoyo en que me hallaba ‒si es que lograba salir‒. Garland había interpretado los estatutos en el sentido de que tenía la potestad para disponer como creyera conveniente de mis pertenencias, sin consultarme previamente. Mi propia interpretación era distinta: como superior mío, Garland podía darme una orden respecto a qué hacer con mis pertenencias, ante lo cual yo podía obedecer, o simplemente negarme a hacerlo ‒lo cual podría hacerme merecedor de una sanción‒, pero de ninguna manera podía hacer con mis cosas lo que quisiera prescindiendo de mi voluntad y pasando por encima de mi libre albedrío. Pues si algo se rige por la obediencia, entonces debe haber un acto de voluntad y respuesta libre por parte de la persona que está sometida a régimen de obediencia. Y a mí no se había ordenado nada. Además, en ese momento Garland ya no era mi superior. Aún así, había dispuesto de mis pertenencias sin respetar mi libertad, condición esencial para que se pueda hablar de obediencia consciente y voluntaria. Yo estaba convencido de la ilegitimidad de lo que había hecho Garland. Pero no me hallaba en situación de protestar ni de reclamar lo que me correspondía. Debía tener paciencia y esperar a que llegara el momento oportuno.

Esta forma de proceder con los bienes de aquellos sodálites que han entrado en crisis o han decidido desligarse de la institución no era cosa nueva en la institución. Eso lo sabe el primer profeso perpetuo que decidió salirse de una comunidad sodálite. La persona a la que me refiero vivía en la comunidad San Aelred en Magdalena del Mar (Lima) allá en el año 1983, cuando yo también era uno de sus integrantes. Poseía una camioneta que había comprado con dinero propio a nombre de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), una de las entidades fachada del Sodalicio que tenía como fin captar donaciones para poder cubrir gastos diversos ‒como, por ejemplo, los presupuestos de las comunidades‒. La adquisición del vehículo se había hecho a través de esta modalidad a fin de reducir el precio a pagar, ya que APRODEA, como asociación sin fines de lucro, estaba exenta del pago de impuestos. El día en que decidió irse de la comunidad, buscó las llaves del vehículo y no las encontró. El encargado de APRODEA las tenía en sus manos y no quiso devolvérselas. Si se iba, la camioneta se quedaba. Y así sucedió. Legalmente no se podía hacer nada. El Sodalicio “adquirió” de esta manera una camioneta relativamente nueva a costa del bolsillo ajeno.

Algo similar, aunque en menor escala, pasó en ocasiones con las bibliotecas personales de quienes renunciaban a la vida consagrada, adquiridas con dinero propio. Sucedía a veces que esos libros terminaron engrosando las bibliotecas de las casas sodálites. Algunos libros de mi biblioteca personal, por ejemplo, habían pertenecido a la persona que Pedro Salinas llama Eugenio Poggi en su novela Mateo Diez. Poggi recuperaría posteriormente gran parte de su biblioteca personal, pero no sin que hubiera un pequeño saqueo previo. El mismo José Enrique Escardó ha detallado esta práctica en su caso personal (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/del-sodalicio-luis-fernando-figari-y-de.html):

«Otro mandamiento que no respetan los líderes del SCV es “no robar”. Cuando vivía en sus comunidades, recibía un dinero mensual de la renta de un departamento de mi propiedad que en ese momento tenía alquilado. Unos 250 dólares mensuales. Entregaba la mitad al superior de la casa, Miguel Salazar, y la otra mitad la guardaba para mis gastos personales. Y todos los meses compraba solo dos cosas: ropa y libros. Considerando que viví en comunidad alrededor de un año y gastaba unos cien dólares en literatura, mi inversión total en lectura fue de unos 1 200 dólares. Además, llevé todos los libros que había comprado antes, incluyendo colecciones completas de uno que otro autor. Mi colección de libros costaba en total unos dos mil dólares. Días después de irme del SCV, solicité la devolución de los textos y me la negaron. En buen cristiano, se los robaron. Y, por supuesto, en ese momento yo aún tenía mucho miedo de enfrentarme a ellos.»

No siempre se procedió de esta manera. Me parece que mucho dependía de quién era la persona que se iba. De todas maneras, siempre había una categoría de publicaciones que eran requisadas en el momento en que se sabía de la defección de un miembro: todas las publicaciones sodálites de uso interno, entre ellas los folletos conocidos como Memorias de Luis Fernando Figari. Si algunos ejemplares de las Memorias de Figari lograron superar esta purga, hasta ahora no hay ‒que yo sepa‒ ningún ejemplar de los Estatutos o Constituciones del Sodalicio de Vida Cristiana que lo haya hecho. Se trata de uno de los documentos más celosamente guardados en el Sodalicio, que rige todos los aspectos de la vida institucional, pero cuyos contenidos se mantienen en secreto. El texto es inaccesible incluso para gran parte de los sodálites de comunidad, pues sólo tienen derecho a poseer un ejemplar quienes hayan emitido por lo menos la promesa de profeso temporal. A los demás sólo les era permitido acceder a los 16 primeros artículos que forman la primera parte, y se llegaba al conocimiento de algunas normas meramente por transmisión oral. Lo cual constituía un problema y se prestaba a abusos, pues la vida de los sodálites de rangos inferiores terminaba siendo regida por normas cuya formulación textual exacta les era desconocida.

En fin, retomando el hilo de mi relato, a partir de ese momento formaría parte de la comunidad Inmaculada del Rosario y me convertiría, con 29 años de edad, en su integrante de mayor edad, por lo cual recibiría durante el tiempo que pasé allí el apodo de “El Abuelo”. Ni siquiera el superior, Gonzalo Len ‒quien sería posteriormente ordenado sacerdote‒, me superaba en edad. Sin embargo, debido a mi situación particular, mi régimen de vida iba ser distinto. Iba a compartir la disciplina de los “monjes”, dentro de la cual se hallaban en esa comunidad otras dos personas: Rafael Ísmodes y Francisco Rizo-Patrón. Lo cual significaba, en primer lugar, que nuestro horario era distinto que el de los demás miembros de la comunidad. Nos levantábamos temprano, a eso de las cuatro de la madrugada, nos dábamos un chapuzón en el mar, después nos duchábamos y aseábamos, y luego nos dedicábamos a actividades espirituales durante unas dos horas más o menos, cumpliendo con algunas de estas cosas: oración mental o lectio divina, lectura bíblica, lectura de algún autor espiritual, lectura de un texto de Figari, rosario y, sobre todo, debíamos recitar las horas principales de la Liturgia y de las Horas, que comenzaban con Maitines. Las Laudes las rezábamos después, poco antes del desayuno, junto con la comunidad. Y las demás horas (Hora Intermedia, Vísperas y Completas) las intercalábamos en el transcurso del día. Cuando los demás miembros de la comunidad se levantaban, hacíamos ejercicios junto con ellos, pero después asumíamos las actividades de servicio como preparar el desayuno, y más tarde en el día poníamos la mesa para el almuerzo y la cena. El resto del día lo dedicábamos a completar las actividades de oración que nos faltaran y a los estudios de teología, espiritualidad y temas de formación. Nos acostábamos para dormir a las ocho y media de la noche, después de la cena, mientras que el resto de la comunidad recién se iba a la cama poco antes de la medianoche.

Si bien Luis Fernando Figari había propuesto la categoría de “monjes” como un estilo de vida que quería incluir en el Sodalicio, esta propuesta nunca llegó a cuajar del todo. Resulta curioso que quienes vivieron en el Sodalicio bajo un régimen “monacal” eran personas que estaban pasando por una crisis, que habían cometido alguna falta grave o que, como supe después, tenían tendencias homosexuales. Lo cual me lleva a preguntarme si alguna vez hubo la intención de oficializar este estilo de vida dentro del Sodalicio, o simplemente fue una fachada para justificar a ojos de los demás sodálites la disciplina especial a la que se sometió a ciertas personas. Lamentablemente, no dispongo de datos suficientes para sustentar una u otra posición, y la pregunta queda abierta.

Que a mí se me consideraba inmerso en una crisis existencial grave lo demuestra el hecho de que Miguel Salazar me propusiera someterme a un examen psicológico. Pues según la mentalidad sodálite aquel que se sentía inclinado a abandonar el camino de la vida consagrada no podía estar mentalmente sano. Se partía del principio de que Dios no se equivoca y, por lo tanto, el llamado divino a una vocación como la sodálite era irrevocable. En consecuencia, quien quería abandonar ese camino tenía que estar mal de la cabeza. Ahora bien, tampoco me podían enviar donde cualquier psicólogo. Luis Fernando Figari siempre nos había inculcado que un buen psicólogo debía tener una concepción filosófica correcta y verdadera del ser humano. De lo contrario, podía hacer mucho daño al recetar soluciones contrarias a la naturaleza humana. De ahí su desconfianza hacia la mayoría de los psicólogos, sobre todo si seguían principios de la teoría freudiana. Dado que el único concepto del hombre que se admitía como válido es el que postulaba la doctrina cristiana, el psicólogo tenía que ser expresamente cristiano para poder ayudar terapéuticamente a las personas. En opinión de Figari, los demás psicólogos, por más profesionales que fueran, junto con el bien que pudieran hacer terminaban también haciendo daño a las personas. Con el paso del tiempo, el Dr. Carlos Mendoza, miembro de larga trayectoria en la Familia Sodálite, ha terminado convirtiéndose en el psicólogo del Sodalicio. A él le envían los casos problemáticos, asegurándose también de esta manera en la medida de lo posible que nada de lo ocurrido al interior de las comunidades llegue a conocimiento de psicólogos profesionales independientes y ajenos a toda la parafernalia del estilo de vida sodálite.

En mi caso, la persona elegida para hacerme el análisis psicológico en ese entonces fue una estudiante de psicología, Liliana Casuso, que actualmente forma parte de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la asociación de vida consagrada para mujeres fundada por Figari. Los resultados de los tests que me tomaron le fueron enviados a Miguel Salazar, quien se reunió después conmigo para comentarlos. No hubo ninguna sorpresa ni novedad, nada fuera de lo común ni que yo no supiera antes, salvo el hecho de que se indicaba que yo podía tener una cierta tendencia homosexual. Miguel, quien siempre se ha caracterizado por poseer grandes dosis de sentido común, relativizó este dato, indicándome que no le diera importancia, pues tanto el como yo sabíamos perfectamente que yo era heterosexual.

Aunque en su momento no le di ningún peso a este detalle, con el paso del tiempo y luego de haber recibido algunos testimonios, se ha convertido en un asunto que me ha llamado la atención. Han habido varios casos en de jóvenes que estuvieron en el Sodalicio, a los cuales se les hizo dudar de su orientación sexual, sugiriéndoles la posibilidad de que fueran homosexuales. Ciertamente ha habido muchachos homosexuales en el Sodalicio, a los cuales se admitía teniendo los responsables conocimiento de su orientación sexual, e incluso hubo quien fue admitido como candidato al sacerdocio. Si bien en lo doctrinal el Sodalicio siempre ha sido explícitamente homófobo, a Figari y compañía no parecía molestarles en lo absoluto tener entre sus filas a homosexuales. Pero en los casos a los que me refiero más arriba, se trata de jóvenes que tenían cierta indefinición sobre su identidad sexual ‒cosa que ocurre con cierta frecuencia en la adolescencia‒ o eran claramente heterosexuales. Cito al respecto dos comentarios que se han hecho en mi blog en el post SODALICIO Y SEXO.

Santiago dijo: 30 de enero de 2013 en 7:57

«A modo de anécdota recuerdo que en un consejo comunitario a los que habíamos pasado a vivir una experiencia comunitaria (de 5 a 10 chiquillos), a uno de nosotros a voz en cuello le preguntaban si ya había comenzado a soñar con hombres desnudos, que eso era común cuando en comunidad se vive…»

Isaias dijo: 2 de febrero de 2013 en 17:59

«Cuando entré a vivir a comunidad siendo muy joven, en la pared de la casa había una frase grandota al lado de una imagen de Luis Fernando que decía: “EL SODALICIO ES LO QUE LOS SODÁLITES SON”, lo que me pone a pensar mucho, cuando dicen que esto es sólo de casos aislados y no de la comunidad.

Yo siento que fui agredido sexualmente de una manera muy cruel y nunca me tocaron mis partes íntimas (pues la sexualidad no sólo es el acto carnal), ya que entré al Sodalicio sin ninguna experiencia sexual carnal y salí de la misma manera, pero en los 10 años de mi estadía no hubo un día en que no se me insistiera en el mismo tema, con las preguntas casi enfermizas de si me gustaban los hombres, de si los miraba y que si lo hacía en qué parte los miraba, hasta llegar al punto de que en una reunión de comunidad el superior afirmó que él sabía los actos indebidos que yo hacía en la ducha, cuando puedo jurar que en el tiempo que estuve en comunidad nunca ni siquiera me masturbé. Siento que fue tal su insistencia, que en el momento de salir de comunidad me generé la necesidad de pagarle a una mujer trabajadora sexual para salir de la duda, pero de igual manera accedí a tener relaciones con un hombre para sopesar qué me gustaba más. Para lo cual hoy después de haber madurado un poco veo innecesarios los métodos que utilice de autoafirmación, pero en ese tiempo tenía bien poca información sobre lo sexual, sólo las voces contantes de prohibir la homosexualidad pero siempre estar hablando de ella. Pero creo sinceramente que tanta insistencia en el tema generó grandes dudas en mí, que me llevaron a vivir en una inseguridad constante sobre mí mismo.

Recuerdo también como mi consejero, hoy sacerdote sodálite, disfrutaba a cabalidad de que le contara con detalles mis sueños nocturnos para después terminar con una bofetada en mi cara.»

Otro caso lo cuenta un ex-miembro de las Agrupaciones Marianas ‒que forman parte del Movimiento de Vida Cristiana (MVC)‒ a través de un testimonio que me ha llegado por correo electrónico, el cual, durante un viaje de misiones a algún lugar de la serranía peruana, fue involuntariamente testigo de un acto indebido por parte de Jeffery Daniels, un ex-sodálite a quien varios testimonios señalan como un abusador sexual. Reproduzco los párrafos correspondientes con autorización del testigo, aunque por razones evidentes deba omitir su nombre:

«Lo que siguió a ese evento fue una obra de arte de manipulación psicológica por parte de un depredador sexual como Jeffery.

Ese mismo día en la noche Jeffery nos juntó alrededor de él, sacó una Biblia, puso cirios y comenzó a hablar del pecado y dijo que sentía la presencia del demonio entre nosotros. Por supuesto, todos con miedo y hasta llanto… Él controlaba todo… Luego dijo que cada uno de los presentes estaba en falta con Dios y los mandó a dormir a todos menos a mí. Quería conversar conmigo. El camino ya estaba trazado psicológicamente: ya me sentía pecador.

Fue en ese momento que me preguntó sobre lo que había visto y me dijo que eso no ocurrió, que yo estaba mal, me dijo que yo podía tener tendencias homosexuales… ¡Cómo será de astuto ese huevón que llego a explorar en mi pasado y sacar un evento en el cual el tío de un amigo del colegio una vez me tocó el trasero y yo me asusté, y por miedo y por vergüenza no se lo conté a mi padre! Y como era algo que me perturbó de niño y en parte era mi secreto, se valió de eso para decirme que yo era cabro y que veía en otros cosas que no pasaban y que él no iba contar nada, que esto era un secreto entre los dos. Y así fue de ese momento en adelante. Nada tenía sentido. […]

Regresé de misiones pensando que podría ser cabro, que veía cosas que no eran y para colmo tenía un secreto con este pata que no podía contar por mi bien y por el bien del MVC (Movimiento de Vida Cristiana), ya que si yo estaba equivocado, podría causar mucho daño. […]

Semanas después ya no continué en el grupo de posibles sodálites. […] [Mi instructor] me mandó donde Carlos Mendoza, el cual, como era psicólogo, me iba ayudar a sacar el pecado, ya que su teoría era que cómo de niño me manosearon, yo pude sentir placer y ése era mi pecado. Y por esa razón me mandó donde un Padre que decían que era santo y se llamaba Muguiro. Fui donde el Padre, confesé mi supuesto gran pecado, que ‒a decir verdad‒ tuve que aceptar. Cuando se lo dije al Padre, ni le prestó atención . Al final, pecado inventado quedó reconciliado, pero de mi cabeza nunca salió la imagen de Jeffery tocándole el trasero a ese futuro sodálite. Lo peor es que nunca se lo dije a nadie, porque pensaba que él revelaría lo que me había ocurrido de chibolo.»

Sea o no sea verdad lo que aquí se cuenta, lo cierto es que hay indicios de que la insinuación de una orientación homosexual en personas que no lo eran supuestamente se usó en ocasiones como un medio de manipulación de las conciencias en el Sodalicio. Miguel Salazar nunca se prestó a esto. En mi caso, él consideraba que el resultado mencionado del test al que yo había sido sometido entraba dentro del margen de error.

Como ya he señalado, yo tenía clara mi orientación heterosexual. Incluso, en eso meses de angustia donde deseé a diario estar muerto, algo que fue alimentado en mí el deseo de vivir y la esperanza de un futuro mejor fueron las ilusiones de poder amar a una mujer como nunca lo había hecho en mi vida. A medida que pasaban los días, esa mujer ideal comenzó a tener nombre, el de una chica de ancestros alemanes a la cual en algún momento de mi vida había ayudado personalmente. Por supuesto que ella no sabía nada de lo que me estaba sucediendo, ni yo tenía ninguna importancia en su vida, salvo el hecho de ser un amigo que la había ayudado en un momento crítico de su vida. Más bien, los pensamientos que comenzaron a rondar mi cabeza tenían mucho de amor platónico, de construcción idealizada e inmadura de una relación que se me presentaba como un salvavidas en medio de las turbulencias que agitaban mi paisaje interior. Yo nunca había tenido una enamorada antes de conocer al Sodalicio, aunque sí me enamoré perdidamente una vez de una joven chica de mi salón de clase en el Colegio Alexander von Humboldt, sin ser nunca correspondido. En este aspecto, mi afectividad se había estancado en la adolescencia y no había madurado, debido a que desde muy joven me entregué al ideal sodálite. Gracias al control mental que allí se practicaba, muy pronto aprendí que debía controlar mi vida sentimental y guiarme unicamente por criterios racionales. Mi desarrollo afectivo quedó interrumpido en esa área concreta y todo ese mundo quedó sepultado, aunque todavía latente, bajo la disciplina que se vive en las comunidades sodálites. De alguna manera, afloró a través de mi vena artística en las canciones que componía, cargadas de una emotividad que se sustraía al corsé de las prescripciones tácitas que había sobre el tipo de canciones que quería Luis Fernando Figari que se compusieran en el Sodalicio.

Y precisamente fue en esa época de San Bartolo donde compuse una de mis canciones más sentidas y autobiográficas, a la cual le he puesto posteriormente el título de Sueño de amor en mi soledad desnuda. Esta canción, que refleja mi estado de ánimo de entonces, permanece inédita en la actualidad. La letra, que mezcla simbolismo religioso con pasión y sentimiento, es como sigue:

SUEÑO DE AMOR EN MI SOLEDAD DESNUDA

en mi soledad desnuda
el gusano de la nada
perforaba a bocanadas
un infierno sin salida
por la angustia acumulada
en el fondo de la herida
y la costra envejecida
de mi carne avergonzada
por la llaga tan temida
de la esperanza podrida
en mi espalda lacerada
por la mano abandonada
de vestigios de la vida
y la piel ennegrecida
y mortal

aún confiando en mi resurrección
puse en espera mi muerte anunciada
en alas de una luciérnaga viajera
crucé las sombras de un territorio en guerra
y tembloroso como el ave toqué a tu balcón
mi fiel amor

fue como un sueño de dulce ensoñación
como el encanto de un cuento de hadas
tu voz volando como una mariposa
sobre el dragón en mi oscuridad frondosa
lloviendo flores y los duendes cantándole al sol
mi fiel amor

con tu sonrisa amada
y tu suave mirada
tu ternura encendida
en mi memoria urgida
del sol sin demora
un rayo en la aurora
que calme la ira
de la marejada
en mi sangre caída
por gracia vertida
en tu copa de orquídeas
y fue como el amanecer
que ahuyenta los cuervos de mi tarde
fue como volver a ser
un niño en brazos de su madre
mi fiel amor
mi fiel amor

ya se muere la homicida
mala víbora engendrada
en la entraña avinagrada
por la fiera malparida
que agoniza malherida
por el tajo de la espada
del arcángel y su armada
en cruzada contra el mal

la mujer de la alborada
de luz solar vestida
sobre la luna erguida
y de estrellas coronada
besó con su mirada
mi fe robustecida
mi esperanza crecida
y mi amor

enamorado me puse a caminar
entre las ruinas de un largo pasado
te apareciste en mi senda dolorosa
como la brisa en una mañana hermosa
como el lucero de la tarde que refleja el sol
mi fiel amor

acompañado en mi peregrinar
por los fantasmas de lo derrumbado
tu aparición fue como la primavera
y ahora te canto y te llamo compañera
mi compañera de la espera, mi vida, mi amor
mi fiel amor

Como ya he señalado, no se trataba de una relación sentimental correspondida que existiera realmente, sino de un mundo de fantasía que yo había construido para encontrar una salida a la angustia que me acosaba diariamente. Pues a pesar de que los días transcurrían aparentemente plácidos con su rutina de ejercicios físicos, estudio, oración, meditación espiritual, continuamente me atormentaba la inseguridad de no saber cuándo y cómo iba a terminar todo esto. Yo me sentía atado bajo el peso de la promesa de profeso temporal que había hecho, cuya vigencia vencía en octubre de 1993. En virtud de esa promesa yo me había comprometido a vivir en celibato y obediencia a mis superiores en el Sodalicio. Romper esa promesa me parecía inconcebible, ya sea por dignidad personal ‒pues yo siempre he sido de cumplir lo que he prometido‒, ya sea porque se me presentaba como un rechazo a Dios. ¿No era el quién me había llamado a esa vocación? Además, si por esas cosas del destino tenía que dejar la vida consagrada en comunidades sodálites, debía hacerlo “por la puerta delantera”, después de un discernimiento serio y habiendo cumplido con todas las formalidades del caso. Lo que no me imaginaba era la intensidad de angustia que me iba a acompañar durante esos siete meses. El tener que pasar por este purgatorio es algo que han experimentado muchos de aquellos que decidieron abandonar la vida consagrada “por la puerta delantera” sin escabullirse por “la puerta trasera”, que consistía en tomar las de Villadiego entre gallos y medianoche o aprovechando cualquier oportunidad que se presentara para huir furtivamente de la comunidad. Pero eso significaba convertirse de un día para otro en una especie de “apestado” o “renegado”, ser tratado automáticamente como un “traidor” y perder de golpe todas las amistades que se tenía en la Familia Sodálite.

Lo cierto es que durante ese tiempo el deseo de abandonar definitivamente la comunidad fue madurando en mí. Descubría en mí características personales que encajaban mal dentro del estilo de vida de un sodálite consagrado y que me habían generado más de un problema, como mi libertad de pensamiento, mi espíritu crítico, mi sensibilidad artística ‒con una creatividad musical que se resistía a encasillarse en los parámetros fijados por Figari‒, mi gusto por la literatura no religiosa, mi afición a la música en sus expresiones más variadas, mi afición cinéfila orientada hacia la cinematografía artística y el cine alternativo, mi rechazo hacia todo lo que pareciera censura o restricción de la libertad de expresión, entre otras cosas. Además de que cada vez se me hacía más difícil guardar el celibato. Lo femenino se me presentaba como un misterio que necesitaba descubrir.

En ese tiempo hubo varias personas que conversaron conmigo, tratando de disuadirme de abandonar el camino de la vida consagrada, entre ellas Miguel Salazar, el P. Jaime Baertl y mi hermano. No dudo de que lo hicieran de buena fe y con las mejores intenciones. El problema estaba en que el concepto de vocación que manejaban era muy estrecho y rígido, como he descrito anteriormente. No se concebía una vocación ‒entendida como llamado de Dios‒ que fuera un proyecto de vida compuesto por diferentes etapas, entre las cuales podía estar el pertenecer durante un tiempo a una institución de vida consagrada. El compromiso definitivo con el Sodalicio se entendía como un acto irrevocable, con consecuencias imperecederas. Como un sello que quedaba grabado a fuego en el alma. Por eso mismo, quien decidía abandonar ese camino ‒sin importar lo legítimos que pudieran ser sus motivos‒ era considerado como un “traidor” y se consideraba que ponía en riesgo su salvación eterna. Quienes hablaron conmigo querían librarme de terminar algún día en el fuego infernal, sin importarles mucho el infierno interior que estaba viviendo dentro de la institución. Aun hoy en día hay quien ha manifestado preocupación por mi salvación. Ello es consecuencia lógica de haber absolutizado la institución y haberle atribuido características que sólo corresponden a la Iglesia como un todo.

El deseo de que me sobreviniera la muerte nunca dejó de acompañarme durante ese tiempo, aunque se fue mitigando debido a un incidente que relataré a continuación. Todos los días le rezaba a Dios para que acabara de una vez con mi vida a través de una muerte rápida e imprevista. Ese momento pareció estar muy cerca un día a temprana hora. Después del acostumbrado chapuzón matutino en el mar a eso de las cuatro de la madrugada, fue a darme el duchazo de rigor ‒cuyo sentido no veía muy claro, ya que el agua que salía de las tuberías en San Bartolo no era potable sino salobre como el agua de mar‒. Las duchas, en número de tres, consistían en unas cabinas adosadas al cerro, ubicadas en el patio externo de la casa. Cada cabina estaba conformada por la ducha propiamente, más un espacio previo de reducidas proporciones que hacía de vestidor. Ese espacio estaba iluminado por una bombilla de luz, que colgaba del techo a baja altura. Fue entonces que, después de salir de la ducha desnudo y mojado, cogí la toalla húmeda con las dos manos y la levanté por encima de mi cabeza para secarme la espalda. La toalla tocó la bombilla y sentí el golpe de una descarga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo. Afortunadamente, esa misma descarga ocasionó que doblara las piernas por efecto de la contracción muscular, lo cual hizo que la toalla dejara de estar en contacto con la bombilla. La cosa no pasó de un susto, pero a partir de entonces tuve la certeza de que mi hora definitiva, aunque se sintió cercana, había pasado de largo, pues aparentemente no estaba en los planes de Dios que recibiera la estocada final en ese momento y se me estaba concediendo una nueva oportunidad. No sé si debido a este incidente, o debido al hecho de que durante tanto tiempo la muerte fuera un huésped continuo de mis pensamientos, lo cierto es que le perdí todo miedo a la muerte y aprendí a convivir con ella. Me fui acostumbrando cada vez más a la idea de que algún día tendría que morir, y ese pensamiento le ha ido quitando gravedad a los contratiempos y desventuras que me han sobrevenido en la vida, permitiéndome vivir siempre con una actitud de esperanza. Pues todo lo que sucede, todo lo que uno tiene y acumula es pasajero, y algún día quedará atrás para siempre. Los únicos lazos que me atan a la vida son los que se generan a partir de alguna misión que tenga que cumplir, de la responsabilidad que tenga hacia otros, del deseo de compartir lo vivido, del amor que le debo a las personas queridas y a los amigos. Y a fin de cuentas, todo está en manos de Dios.

Por cierto, comenté el incidente durante el desayuno, pero todos lo tomaron a la ligera y fue motivo de sonrisas y bromas. Pero nadie, ni siquiera el superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒a quien sigo teniendo en alta estima por su actitud respetuosa y su trato humano‒, decidieron que se debía aplicar alguna medida de seguridad para evitar que este tipo de incidentes volviera a ocurrir. No los culpo. Ni yo mismo le tomaba entonces el peso a lo que era seguridad. Como tampoco se le daba mucha importancia en el Sodalicio en general, lo cual hizo que en ocasiones se pusiera en riego la integridad física, la salud y e incluso la vida de la personas. Recuerdo que una vez en San Bartolo a unos muchachos se les hizo nadar tantas veces ida y vuelta al islote que quedaba en medio de la bahía, que comenzaron a tener síntomas de hipotermia. El superior de la comunidad, tranquilo y con actitud risueña, hizo que les midieran la temperatura. El termómetro marcaba alrededor de los 35 grados centígrados. Sin alarmarse ni nada, como si lo que estaba sucediendo fuera la cosa más normal del mundo, hizo que les dieran vino de misa caliente, con lo cual poco a poco recobraron la temperatura normal.

He de admitir que de los tres períodos que estuve en San Bartolo, éste último fue el más suave y tolerable, a no ser por la angustia que me atenazaba a diario. Gonzalo Len y Miguel Salazar me trataron siempre con mucho respeto y me ayudaron, dentro de lo posible, a atravesar el trance por el que estaba pasando. Las actividades del día a día se inscribían dentro de una rutina de costumbre, dentro de la cual no hay ningún acontecimiento destacado que señalar. Tal vez el hecho de que hubiera la sensación de que yo estaba de salida hizo que no se pusiera sobre mis hombros exigencias fuera de lo común bajo cuyo peso terminara sucumbiendo interiormente. Quizá una de las cosas que cabe señalar es una inflamación de los músculos dorsales que me sobrevino, a tal punto que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. Tuve que guardar cama durante varios días y, por prescripción médica, recibir inyecciones dos veces al día. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé postrado, y sólo bajé a estar en la comunidad el día anterior en la noche para recibir esa fecha a la medianoche con saludos y abrazos. Parece que la lesión había sido ocasionada por los ejercicios físicos rigurosos que se acostumbraban en San Bartolo. En fin, nada del otro mundo.

A medida que pasaban los meses, cada vez estaba más convencido de que yo no estaba hecho para la vida en comunidades sodálites. Sin embargo, no tenía la intención de abandonar el Sodalicio, pues éste había orientado mi vida desde que yo tenía 15 años. A través del Sodalicio, una línea torcida más, yo había descubierto la fe cristiana que conservo hasta ahora. En esas circunstancias de mi vida, no concebía una vida fuera del Sodalicio. Además, yo no quería echar por la borda los años que había vivido en comunidad. Lo que viniera después tenía que darse sin solución de continuidad con lo que había vivido hasta ese momento. Y en el Sodalicio había la posibilidad de un cierto modo de pertenencia a la institución dentro de la vocación al matrimonio, a saber, la de los adherentes sodálites. El tiempo transcurrido en comunidades sodálites se me presentaba como una preparación necesaria para el camino que tenía por delante.

Es así que un día Miguel Salazar me comunicó que en julio de ese año podría dejar la comunidad e iniciar una vida en el mundo. Se me concedía licencia para poder reflexionar ante la mirada de Dios y en circunstancias distintas cuál era mi camino. Si decidía retomar la vida consagrada en el lapso que faltaba hasta octubre ‒que es cuando vencía mi promesa de profeso temporal‒ tenía las puertas abiertas para regresar. Si tomaba la decisión de no hacerlo, tenía la opción de entrar a formar parte de un grupo de sodálites que se estaban preparando para el matrimonio. Los once años pasados en comunidades me habían servido para resolver algunos problemas personales que tenía, encontrarme conmigo mismo, recibir mal que bien una formación cristiana, y ahora Dios me llamaba para seguir una senda distinta, que me permitiera no sólo desarrollar personalmente mis talentos y capacidades, sino también estar al servicio de los demás de manera más eficaz. La vida que yo había llevado en comunidades no era precisamente la idea que yo tenía de contribuir a cambiar el mundo, y ahora se me presentaba la oportunidad de aportar mi grano de arena para cumplir con esa tarea.

Lo que yo no sabía era que esta visión de la cosas no era compartida por muchos miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite. Pasaría mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que para ellos yo era solamente un fracasado, alguien que había abandonado el camino para el cual estaba originalmente llamado, una especie de “traidor” arrepentido, y como adherente sodálite mi compromiso era de segunda categoría y no ostentaba la radicalidad y entrega del compromiso de los sodálites de vida consagrada. Sólo Miguel Salazar seguiría confiando en mí, aconsejándome en mi vida espiritual y permitiéndome ayudar en algunas tareas de formación de comunidades sodálites, hasta que las circunstancias de la vida impidieron que siguiera prestándome ese apoyo. Fue enviado posteriormente a Colombia, y la distancia física junto a las obligaciones contraídas hicieron que nuestros caminos se separaran y la comunicación fuera cada vez más rala y distante. Aún así, si hoy me preguntaran a quien considero el sodálite mas honesto, sensato y generoso que haya conocido y que todavía forma parte de las filas del Sodalicio, no dudaría ni un solo momento en mencionar su nombre. Aunque Rafael Ísmodes y Manuel Rodríguez también estarían entre mis candidatos.

Es así que en julio de 1993 me mudé a la antigua casona de mi difunta abuela en El Olivar de San Isidro (Lima), donde vivía actualmente sólo una tía abuela muy querida acompañada de una empleada huancavelina que tenía dos hijos y de la hija adulta de una antigua cocinera de la casa que había muerto tras una larga y penosa enfermedad. De mi biblioteca personal, recuperé algunos libros que me servían para la docencia y todas las obras literarias que había ido adquiriendo a través de los años. El resto de libros, en su mayoría de teología, los doné a la comunidad Nuestra Señora del Pilar. Era imposible encontrar lugar para todos esos libros dondequiera que estuviera. También recuperé mis colecciones de música clásica casi completas. Me comuniqué con Juan Fernando Trivelli, sodálite que estaba a cargo del Colegio Santa María de Chincha, le expliqué la situación y por qué yo consideraba ilegítima la “donación” que había hecho Garland y accedió gentilmente a devolverme los cassettes.

Los pocos ingresos que tenía venían de mis clases como docente de teología en el Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), un instituto del arzobispado de Lima donde se formaba a profesores de religión católica. Durante mi estadía San Bartolo había pedido licencia para el primer semestre del año, y ahora retomaba mis actividades docentes en el segundo semestre a partir de agosto. Tenía sólo un título de licenciado en teología otorgado por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. La tesis para optar al grado la había sustentado en enero de ese mismo año, durante mi estadía en San Bartolo. Y ahora, con 30 años a cuestas, tras haber pasado más de once años de mi vida en comunidades sodálites, debía comenzar una vida nueva, en una realidad en la que me sentía como pez fuera del agua.

Vendrían años difíciles donde retomaría la educación sentimental interrumpida en mi adolescencia, conocería fugazmente el primer amor, sufriría penurias económicas, trabajaría aquí y allá como profesor y docente sin encontrar nunca un lugar donde quedarme, sería poco a poco marginado de actividades intelectuales y formativas en el Sodalicio, sería tachado de “loco” y “excéntrico” en el boca a boca del chismorreo de la Familia Sodálite. De entre los miembros de comunidades sodálites, con los cuales había compartido tantos momentos de mi vida, serían muy pocos los que me tenderían una mano para poder seguir adelante. Pero también conocería a mi mujer, el amor de mi vida, tendría la hermosa experiencia de fundar una familia y ver crecer a dos hijos, Carolina y Alexander. En fin, aprendería a vivir.

Aún así, la experiencia vivida ha dejado heridas en mi psique que se han manifestado en sueños hasta hace algunos años. He tenido pesadillas donde, aún estando casado, se me hacía volver a una comunidad para volver a pasar por una etapa de discernimiento. Sólo que esta vez el discernimiento era eterno y me era imposible salir de la comunidad, atado por unas cadenas invisibles y encerrado tras barrotes interiores, esperando en vano que me dieran la orden de irme y pudiera regresar por fin al lado de mi mujer. He tenido que romper esos barrotes del alma para poder ser libre. Y esa libertad de los hijos de Dios, garantizada por el amor inefable de Jesús, pase lo que pase, nadie me la podrá quitar. Que así sea.

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AGRADECIMIENTOS

Quisiera agradecer a las siguientes personas:

– A Miguel Salazar, por su amistad y comprensión, sin las cuales no hubiera podido salir del hoyo en que me encontraba.

– A mi difunta madre Catherine, que me apoyó y me ayudó en la medida de sus posibilidades, no solo para salir adelante en la vida en momentos aciagos, sino también para poder migrar a Alemania junto con mi familia y siguió preocupandose por nosotros y apoyándonos desde lejos hasta su muerte.

– A Miguel y Patty Rodríguez, amigos que con inmensa generosidad me ayudaron a insertarme en el mundo en momentos en que muchos aún mantenían actitudes de desconfianza y recelo hacia mí.

– A Eliana Elías, amiga entrañable que me dio varias lecciones de vida.

– A la Hna. Julia Estela, directora del Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), por la confianza que siempre depositó en mí, y por su entrega generosa y sacrificada para formar buenos profesores de religión entre la gente de pocos recursos.

– A César Augusto Chiappe, por haber defendido mi capacidad docente y mi libertad académica cuando fue director del Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de la Reconciliación”.

– A José Luis Pérez Guadalupe, por haberme convocado a participar en Santa Anita y San Juan de Lurigancho como docente del Curso de Teología a Distancia organizado por el Instituto de Teología Pastoral Fray Martín de la Diócesis de Chosica, lo cual me permitió tener una experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios como nunca la había tenido en el Sodalicio.

– A Genaro Matute, ex-Contralor de la República, el cual, cuando era decano de ESAN (Escuela de Administración de Negocios para graduados), siempre me dio ánimo y me apoyó para que finalizara la maestría en un área de estudios para la cual nunca me sentí capacitado.

– A Carlos Scerpella, Javier Pinto, Gustavo Kennedy, Julián Echandía y Carlos Aguilar, adherentes sodálites, por haber estado siempre dispuestos a escucharme y darme su consejo de amigos cuando lo necesitaba.

– A Manuel Rodríguez, adherente sodálite que también vivió alguna vez como consagrado en comunidades sodálites, por su amistad, honestidad y comprensión.

– A Gerardo Barreto, amigo leal e incondicional de buen corazón.

– A todos aquellos que, de una u otra manera, contribuyeron a que me librara del condicionamiento mental fundamentalista y sectario que tuve durante años y que todavía padecen muchos integrantes de la Familia Sodálite.

– Por último quiero agradecer a mi esposa María Eleana, quien me ha soportado durante los 17 años que estamos casados, y que sigue amándome a pesar de todo.

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Sobre el concepto de vocacion como llamado de Dios, vale la pena citar a Antonio Ruiz Retegui (1945-2000), quien fuera sacerdote del Opus Dei. En su libro El ser humano humano y su mundo. Algunas claves de la antropología cristiana ‒nunca publicado por el Opus Dei debido a sus velados contenidos críticos hacia la institución‒ incluye unas reflexiones sobre el sentido de la vocación cristiana, que se diferencian bastante del concepto rígido y esquemático que se ha manejado en el Sodalicio (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/capitulo_11.htm). Reproduzco aquí unos párrafos.

«…cuando se concibe la vocación como una llamada unívoca a una situación en una institución de este mundo, aunque sea con miras hacia la vida eterna, parece que si abandona ese camino, la persona quedaría definitivamente frustrada para Dios. La práctica demuestra que no es así, ni siquiera en el modo de actuar de las instituciones más “sobrenaturalistas”.

El sentido de la perseverancia tiene un fundamento más “humano” y, por eso mismo, más comprometido y divino.

En el caso de la entrega “vocacional”, la irreversibilidad no debe considerarse deducida necesariamente de la relación directa con Dios, como si Dios mismo hubiera llamado explícitamente a esa persona. No tendría sentido, por ejemplo, que San Pablo abandonara la misión recibida de Jesucristo aduciendo, por ejemplo, que no tenía capacidad para realizarla. En su caso, no cabe duda de que la llamada era explícita y que el mismo que le había llamado era el que le daba las condiciones para llevarla a cabo. Pero eso no se puede afirmar, como es evidente, en el caso de la entrega común en las instituciones vocacionales. Por eso, es posible que después de un tiempo de prueba haya que reconocer que no se está en condiciones de mantenerse en ella.

Además es posible que la misma institución vocacional experimente cambios substanciales, al menos en la relación con algunas personas. En cualquier caso hay que tener en cuenta que lo esencial es la unión con Cristo en su Iglesia, y que todas las instituciones que nacen en ella, son esencialmente “parte” de la Iglesia, y nunca pueden arrogarse un carácter absoluto, como única situación posible, para la persona, de unión con Dios.

La presunta irreversibilidad de la entrega vocacional debe deducirse más bien de la naturaleza de las cosas, de modo semejante ‒no estrictamente idéntico‒, a como quien ha hecho una opción importante en su vida, no debe variarla si no es por razones graves. La exigencia de irreversibilidad no es absoluta, ni el abandono del proyecto primero supone necesariamente un apartamiento de Dios. De hecho, a pesar de los vínculos jurídicos o canónicos que haya contraído, hay siempre un camino legítimo, jurídicamente establecido, de “dispensa”. Y, obviamente, emprender un proceso legítimamente reconocido, no puede significar por eso apartarse de Dios. Es cierto que quien se ve inclinado a desistir de un camino vital emprendido años atrás, sufre una quiebra en su vida. Esa ruptura que puede ser muy dolorosa y en ocasiones, casi imposible de soportar, pero no supone inequívocamente y de suyo un mal moral. A veces, la unidad consigo mismo y con Dios puede reclamar una ruptura con muchas relaciones menos radicales o decisivas.

El deber de la perseverancia está normado por la naturaleza de las cosas, en concreto, por la naturaleza del ser humano, cuya unidad reclama una cierta continuidad en los proyectos más importantes. Por eso, en muchos casos ha de contar el deber de mantener la propia identidad, en el sentido de proyecto vital, también ante las personas más próximas y queridas: hay ocasiones en que el cambio brusco de proyecto vital equivale casi a “desaparecer” de la vida de esas otras personas y, en consecuencia, a romperles también a ellas sus vidas. Este deber de caridad puede plantear el deber de aceptar sacrificios personales muy grandes, según sea el vínculo con esas personas cercanas.

Pero la unidad de la historia vital no debe considerarse solamente desde el punto de vista de su coherencia, digamos, narrativa. Su fundamento radical no está en el hecho de que sea una historia unitaria o lineal, sino en que sus actos estén fundamentados sobre la eternidad de Dios. […]

…debería evitarse hablar con excesivo tremendismo de la no perseverancia. Sin embargo, es frecuente referirse al abandono del camino concreto vocacional, en un tono trágico, como si quien lo hiciera estuviera apartándose de Dios y abocándose a una vida necesariamente infeliz, lo cual es probadamente falso. Cuando en el lenguaje institucional se dan muchos juicios de ese tipo, se predetermina además la opinión de las personas sobre los que no perseveraron.

Probablemente ese cúmulo de “expresiones condenatorias” del abandono de la institución vocacional, sea debido a la conciencia implícita de que la perseverancia de muchos está constantemente en peligro, y, en consecuencia, al empeño por asegurar la perseverancia de personas que no pueden estar “atadas” por otros vínculos externos, como es, en el caso de los religiosos, la situación pública y social. Pero el recurso a las presiones referidas resulta contrario a la naturaleza de las cosas, y, en la medida en que incluye esos juicios morales, es además violentador de las conciencias. Éste es uno de los casos en que aparece el intento de dominar a las personas a través de la conciencia.

Por todo esto, una muestra segura de que se protege la libertad de las personas y de que se confía en la voluntariedad actual de los que perseveran, es que no se dramatiza excesivamente la no perseverancia de algunos. Y esto por dos razones. La primera porque, como hemos dicho, no se identifica el abandono de la institución vocacional con el abandono de Dios o con el pecado. La segunda es la convicción de que esos casos no pondrán en crisis la perseverancia de las demás personas que siguen ese mismo camino, porque se presupone que esas personas saben a qué se han entregado y por qué. Si los motivos de la entrega se presuponen vivos y actuales, y además se da la importancia que tiene realmente la perseverancia, no se considerará una tragedia el que algunos se sientan inclinados a abandonar, por los motivos personales que sean.

Ciertamente, todos somos muy influidos por las conductas que contemplamos en el ambiente que vivimos, y cuando un ambiente es dominado por el capricho o la mera emotividad sentimental, la perseverancia se resiente. Pero en la Iglesia hay muchas instituciones que han acogido serenamente en sus propios ámbitos a personas que abandonaron la pertenencia estricta a ellas, sin que eso suponga como una invitación a que los demás abandonen también. Desde luego, si la perseverancia se fomenta sólo a base de quitar de la perspectiva de todos la posibilidad del abandono, esa perseverancia será poco segura y, seguramente en muchos se mantenga en un nivel un tanto “formalista”.

La perseverancia ha de fomentarse ciertamente, pero el cauce propio es cuidar que la finalidad que estuvo en el principio de la entrega, es decir, el ideal de la institución vocacional, esté constantemente vivo y encendido, sin que la misma institución se convierta en un absoluto, es decir, que no tenga ninguna referencia ulterior a sí misma.»

Reflexiones similares sobre la relación entre la vocación y lo institucional, que pueden servir de ayuda a muchas personas que se hallan en proceso de discernimiento vocacional, se pueden leer también en el interesantísmo escrito de Ruiz Retegui Lo teologal y lo institucional. Reflexiones íntimas (ver http://www.opuslibros.org/libros/Teologal/indice.htm).

SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN.

San Bartolo, Ribera Sur

San Bartolo, Ribera Sur

Era la mañana del 21 de diciembre de 1992. Ya había amanecido. Me encontraba al lado de la Carretera Panamericana Sur, en medio del paisaje desértico típico de la costa peruana, a la altura de San Bartolo, balneario situado a unos 50 kilómetros al sur de Lima. Estaba sucio, cansado y con el alma hecha trizas, tras una noche sin pegar ojo, después de haber realizado una larga caminata de madrugada en una ciudad bajo toque de queda y después de un viaje en autobús, donde había dormitado un poco tras vaciar el contenido de una lata de leche condensada Nestlé. Sólo tenía que atravesar un breve trecho de arenal hasta el arco de hormigón que señala la entrada a San Bartolo y caminar aproximadamente un kilómetro hasta llegar a la calle que baja hacia la Ribera Sur, donde se hallan las comunidades Inmaculada del Rosario y Nuestra Señora de Guadalupe, centros de formación para jóvenes que aspiran a una vida consagrada en el Sodalicio de Vida Cristiana.

Ya en el año 1992 esos centros gozaban de una especie de aura mítica entre los miembros de la Familia Sodálite. Eran considerados como lugares donde se aprendía a vivir una exigencia heroica acorde con la espiritualidad sodálite, un compromiso cristiano llevado hasta sus últimas consecuencias, una disciplina que debía ser sustento de la fidelidad dentro de la vocación a la vida consagrada. Ir a vivir a San Bartolo implicaba tener el valor para someterse a prácticas físicas y psicológicas que ponían a prueba la resistencia personal de uno mismo.

Lo que pocos sabían era que San Bartolo también era el centro de rehabilitación de aquellos sodálites de comunidad que pasaban por momentos personales difíciles y entraban en crisis. Y que, por eso mismo, era conocido coloquialmente en tono humorístico como “la Siberia”. Porque una vez superada la etapa de formación, no era un lugar adonde se quisiera regresar. Pues el estilo de vida que allí se practicaba podía llevar a algunos hasta los límites de su resistencia. Si bien muchos jóvenes consideraban como una bendición ser elegidos para pasar un tiempo en San Bartolo, para aquellos sodálites de mayor rango ser enviado de vuelta a ese lugar era percibido como una sanción que usualmente venía acompañada de una sensación de fracaso. Y para algunos fue la última estación antes de iniciar su viaje hacia la libertad.

La primera de estas comunidades de formación, Nuestra Señora de Guadalupe, comenzó a funcionar el año 1983 en una casa ubicada cerca del último espigón o muelle de la bahía, donde terminaba la calzada para vehículos. Posteriormente la casa, que inicialmente contaba sólo con dos plantas, sería ampliada con una terraza y más plantas con dormitorios adicionales, aprovechando la ladera que subía hacia el malecón que recorría toda la Ribera Sur. En medio de la bahía, a unos 300 metros en línea recta desde la casa y cerca del Club Náutico, se eleva un peñón de roca desnuda, donde se posan habitualmente bandadas de gaviotas y alcatraces. Este peñón, conocido como “la isla”, adquiría un significado simbólico para todo aquel que pasaba su etapa de formación en San Bartolo. Era de precepto nadar varias veces al día hacia esta formación rocosa, lo cual implicaba un esfuerzo físico al que no estaban acostumbrados los recién llegados, pero a medida que pasaban las semanas se iba convirtiendo en una cuestión de rutina. La “isla” entraría a formar parte de la mitología sambartolina y, en cierto sentido, dominaría con su presencia simbólica todo el período de formación de los que estaban allí.

Inmaculada del Rosario, la segunda casa de formación, está ubicada en la bajada hacia la Ribera Sur, cerca del primer espigón. Esta casa fue adquirida en 1984 y remodelada para adecuarse a las necesidades de una comunidad de formación. A fines de ese año, cuando los trabajos de acondicionamiento arquitectónico aún no habían terminado, yo fui elegido para formar parte de la primera comunidad que habitaría esa casa de formación, siendo superior de ella Emilio Garreaud, miembro de la generación fundacional del Sodalicio y actualmente sacerdote sodálite. También formaron parte de esa comunidad Alejandro Bermúdez ‒el actual director de ACI Prensa‒, Javier Len, Juan Carlos Quiñe y Juan Carlos Rivva ‒los tres, sacerdotes sodálites en la actualidad‒, Humberto del Castillo, Rafael Álvarez-Calderón, José Luis Zavala y Mario “Pepe” Quezada, uno de los fundadores del grupo musical Takillakkta ‒los otros fueron el mismo Alejandro Bermúdez, Ricardo Trenemann y quien les habla‒.

Las comunidades de formación de San Bartolo fueron en realidad centros de experimentación, donde Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, podía ensayar “métodos de formación” con aquellos que aspiraban a ser sodálites consagrados, con promesas de obediencia, celibato y comunicación de bienes ‒una peculiar manera de querer conjugar el voto clásico de pobreza con la posesión de bienes personales‒. El objetivo era configurar a los candidatos de acuerdo al ideal de hombre que proponía Figari en su ideología religiosa. Y para ello se buscaba modelar todos los aspectos de la persona: el físico, el psíquico, el espiritual. Para lograr esto no se escatimaba en medidas que llegaban hasta el límite de lo humanamente tolerable. Y con el fin de garantizar en lo posible que no hubiera influencias ajenas, se generaba un entorno aislado del mundo externo, lo cual implicaba no tener acceso a periódicos, revistas, televisión, radio durante todo el período de formación. Por lo general, no estaban permitidas las visitas de familiares, aunque ocasionalmente se hacían excepciones. Asimismo, se tenía programadas y controladas todas las actividades de la persona, desde que se levantaba hasta que se acostaba. La vida privada era reducida a su mínima expresión. Ni siquiera era posible recibir correspondencia sin restricciones, pues todas las cartas eran abiertas y revisadas por el superior, quien decidía después de haberlas leído si las entregaba al destinatario o no.

Los ejercicios físicos constituían uno de los mayores retos cuando se pasaba un período de formación en San Bartolo. Tras ser despertados a tempranas horas de la mañana, a eso de las seis, venían dos horas que debíamos dedicar a hacer ejercicios fisicos (abdominales, cuclillas y planchas de diferentes tipos), correr una determinada distancia y, finalmente, nadar una o dos veces ida y vuelta hacia la “isla”. Estos ejercicios se repetían al mediodía durante aproximadamente una hora, con el consiguiente recorrido a nado hacia la “isla”. Poco antes de las cuatro de la tarde, después de la siesta, había que nadar otra vez hacia la “isla”. Al principio, era duro acostumbrarse a esta rutina, pero con el tiempo se conseguía, aunque nunca faltaron problemas de salud o lesiones en alguno que otro de los candidatos debido a algunos excesos en los ejercicios.

Curiosamente, las tres veces que viví en San Bartolo, en la comunidad Inmaculada del Rosario ‒de diciembre de 1984 a mayo de 1985; de agosto a diciembre de 1987; de diciembre de 1992 a julio de 1993‒, me sobrevinieron dolencias de cierta gravedad, aunque sólo dos de ellas estén relacionadas directamente con los ejercicios físicos.

La primera vez se debió a que Emilio Garreaud, observando los materiales de construcción que había por todas partes en los exteriores, debido a que todavía no habían terminado los trabajos de remodelación de la casa, tuvo una ocurrencia y me ordenó que hiciera cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilogramos sobre los hombros. Cuando Garreaud le dijo a Juan Carlos Quiñe que hiciera yo mismo, yo le indiqué lo peligroso que podía ser esto, pues Juan Carlos sufría de la espalda. Garreaud hizo caso omiso de mis indicaciones, y tuvimos que hacer los ejercicios con esta carga, convencidos de que era lo mejor, pues al superior había que obedecerle y «el que obedece, no se equivoca», además de que «el superior sabe mejor que uno mismo lo que es bueno para uno». Paradójicamente, no fue Quiñe quien sufrió las consecuencias de los ejercicios, sino yo, pues me sobrevino ese día un dolor de espalda fuerte y persistente. Y sucedió que en aquellos días el Papa Juan Pablo II venía por primera vez de visita al Perú y se había previsto que los miembros de la comunidad debíamos estar en la Plaza Mayor de Lima para recibir con toda la multitud al Sumo Pontífice. Yo no quería perderme ese momento. De modo que Emilio me prestó una faja ortopédica que él usaba en ocasiones, para que por lo menos ya no sintiera tanto el dolor. El remedio terminó siendo peor que la enfermedad. El día 1° de febrero tuvimos que acudir con anticipación al centro de Lima para poder acceder a la Plaza Mayor de la ciudad. Y cuando digo «con anticipación», me refiero a una cantidad considerable de horas. De este modo, llegamos temprano a nuestro destino y la espera del Papa se prolongó ocho horas, durante las cuales estuve de pie en medio de la multitud, soportando estoicamente los dolores como mejor podía. Al final hizo aparición Su Santidad, hubo la euforia esperada, los gritos de aclamación y la sensación de estar presenciando un acontecimiento único, pero después, cuando regresamos a San Bartolo, mi situación era tal, que no podía doblar el cuello para mirarme la punta de los pies sin que me asaltaran fuertes punzadas en la espalda que me hacían retorcerme de dolor. De modo que durante los siguientes días yo fui el designado para quedarme en la casa, acompañado de Rafael Ísmodes ‒uno de los sodálites de mejor calidad humana que he conocido‒, el cual vivía en la otra comunidad y había sido elegido para quedarse precisamente porque era quien más ansiosamente había manifestado sus deseos de ver al Papa en vivo. Al día siguiente hubo un encuentro de los jóvenes con el Papa Juan Pablo II en el Hipódromo de Monterrico, y Rafael y yo nos quedamos viendo el evento por televisión ‒yo sentado en posición vertical sin apenas moverme‒, mientras todos los demás miembros de la comunidad acudían al encuentro, ante la sana envidia de Rafael. Necesité una semana de reposo para recuperarme.

La segunda vez que estuve en San Bartolo me apareció un punto blanco en la garganta que pronto se extendió hasta convertirse en una bola de materia infectada. No sé qué pudo ocasionar la infección. Lo cierto es que tuve que ser llevado a un médico especialista en Lima y recibir una inyección de antibióticos para luego continuar el tratamiento con pastillas.

La tercera y última vez, probablemente debido a los ejercicios severos y a que yo ya no contaba con el físico requerido ‒estaba por cumplir los 30 años de edad‒, se me inflamaron los tendones de la espalda al punto de que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. El médico que me trató me puso una inyección directamente en los músculos dorsales afectados, y durante la siguiente semana tuve que guardar cama y recibir a diario inyecciones intramusculares. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé en cama.

Desde la primera a la última vez que estuve en San Bartolo, poco cambió en el estilo de vida que se lleva en las casas de formación. He de reconocer que las medidas que se tomaban para salvaguardar la salud e integridad física de los candidatos no siempre fueron suficientes, sobre todo cuando el oleaje era fuerte y el riesgo de estrellarse contra las rocas en la “isla” o en los espigones era grande. Pues la obligación de nadar ida y vuelta hacia la “isla” se mantenía aunque la mar estuviera brava. Si a eso le sumamos otras imprudencias, como, por ejemplo, hacernos entrar de noche al mar en una zona llena de rocas y peñas cubiertas de estrellas de mar y erizos marinos, donde la olas reventaban con fuerza, debemos dar gracias a Dios de que no hayan pasado cosas peores.

Algunas de las lesiones que uno adquiría en San Bartolo eran curiosas, como la costra que se formaba en el lugar donde la espalda pierde su nombre debido a los cuantiosos abdominales que teníamos que hacer, o las fisuras en la zona anal que adquirieron un par de muchachos por saltar desde un peñón de la “isla” al mar, sin tener noción ni experiencia de qué posición adoptar a fin de no hacerse daño cuando se salta al agua desde esa altura. Pero todo eso también era parte de la formación. La seguridad de las personas tenía una prioridad menor que el cumplimiento de los objetivos o el aprendizaje del arrojo y la valentía, aunque ello implicara cometer actos que pusieran en riesgo la integridad física de las personas. O incluso que pusieran en riesgo su vida.

El 29 de julio de 2011 se ahogó en la playa Santa María ‒ubicada muy cerca del balneario de San Bartolo‒ un muchacho brasileño que estaba en compañía de miembros de las comunidades sodálites de formación. Todo parece indicar que se trataba de un emevecista del Brasil al que se consideraba como un posible candidato al Sodalicio y, por lo tanto, se le había llevado de visita a las comunidades de formación de San Bartolo para mostrarles el lado benévolo y atrayente del estilo y la disciplina sodálites. Era una práctica común hacer esto con muchachos que todavía estaban indecisos, para que se sintieran alentados por el tipo de vida aventurera y la exigencia “heroica” que se practica en San Bartolo, además de hacer que se sintieran acogidos en una comunidad que supuestamente respondía a las inquietudes propias de esa edad. José Enrique Escardó, quien se halla en las antípodas de mis convicciones personales sobre temas como la fe, Dios y el sentido de la existencia, ha hecho sin embargo un análisis con una lógica sólida y rigurosa sobre cómo los medios “informaron” ‒o mejor dicho, “desinformaron”‒ sobre este asunto (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/misterios-no-tan-santos-detras-de-la.html).

En ese entonces, frente a uno de los comentarios de alguien que afirmaba:  «Accidentes así pasan. […] Así que en una noticia [se] diga que existen responsables sobre la muerte de Joao es totalmente injusto y parcial», yo repliqué lo siguiente:

«Es cierto que un accidente es un evento inesperado, no previsto, no deliberado, no querido por nadie. Sin embargo, eso no significa que no hayan responsables, pues en la mayoría de los accidentes hay una fuerte dosis de falta de previsión e irresponsabilidad por parte de alguno o algunos de los participantes. Por eso mismo se suele investigar las circunstancias que llevaron a que ocurriera el accidente para determinar las responsabilidades.

Dado que es peligroso ingresar a un mar con fuerte oleaje y corrientes traicioneras, me pregunto:

  • ¿Se tomaron todas las medidas de seguridad del caso?
  • ¿Se aseguraron los acompañantes de que estuviera presente un salvavidas o alguien con una formación profesional similar?
  • ¿Se contaba con chalecos salvavidas, boyas o botes inflables para prevenir una situación de riesgo?
  • ¿Había la certeza de que el joven brasileño podía afrontar el oleaje con éxito?
  • ¿Se alentó al muchacho a entrar al mar, sin medir las consecuencias que ello podía tener?
  • ¿O se subestimó el peligro, asumiendo la irresponsable filosofía del “no pasa nada”, es decir, como nunca ha pasado nada de trágicas consecuencias, tampoco ahora tiene por qué pasar?

Si me dicen que el muchacho entró por voluntad propia, sin que nadie lo haya alentado a eso, más bien habiendo los otros buscado impedir que lo haga, la responsabilidad recaería principalmente sobre la víctima. Pero no fue esto lo que pasó, según se deduce de los hechos. Lo injusto y parcial sería no investigar nada, y enterrar el asunto como si nadie hubiera tenido la culpa. Porque aquí estamos hablando de algo que podría ser considerado como un caso de homicidio culposo o por negligencia.»

Lo cierto es que parece que el asunto nunca fue investigado a fondo, y, como suele ocurrir en el Perú, no hubo responsables ni culpables del accidente. Sería interesante conocer la versión del Sodalicio, pues podría aportar información que confirme o refute las hipótesis que hemos planteado. Mientras tanto, que cada quien saque sus conclusiones.

Como anéccdota curiosa en relación a los ejercicios físicos, puedo contar lo siguiente. José Luis Zavala, un muchacho alto, simpático y de carácter sencillo, a quien llamábamos con el sobrenombre de “Babalu”, originó, sin quererlo, un término propio de la jerga sodálite y emevecista, que se usa hasta ahora. Como no le era tan fácil hacer los abdominales, con frecuencia hacía pausas prolongadas, quedándose echado. El superior o el encargado de supervisar los ejercicios, cuando se deba cuenta de esto, le decía: «no te eches, Babalu, no te eches». Con el tiempo, la expresión “no te eches” llegó a ser equivalente a “esfuérzate, no te rindas, sigue adelante”, y el adjetivo “echado” comenzó a utilizarse para designar a toda persona que no hacía esfuerzos para superar los retos que se le presentaban. Esta terminología sólo se entiende dentro de los ámbitos de la Familia Sodálite, y resulta extraña e incomprensible para quien viene de otros ambientes. Forma, junto con otros términos, una jerga propia de los sodálites y emevecistas, que no es otra cosa que un un lenguaje plagado de frases hechas o clichés con la función de adoctrinar, a la vez que mantener un cierto control del pensamiento verbal mediante el control del lenguaje.

Una vez terminados los ejercicios, el resto de la jornada estaba dedicado a las actividades espirituales (Laudes, Completas, oración mental o meditación, rosario, lectura bíblica, lectura espiritual y lectura de los escritos del Fundador, visitas al Santísimo Sacramento, ocasionalmente Misa) y al estudio, siguiendo un programa de formación. Quien había estado siguiendo estudios en alguna universidad, solicitaba licencia para dejar de estudiar durante uno o dos semestres. Pero quienes estudiaban en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima, iban temprano en un minibús que pertenecía a la comunidad y regresaban a la hora del almuerzo. También se programaban cursos internos para inculcarnos la visión propia del Sodalicio en temas teológicos, bíblicos, históricos y de doctrina social. A Figari no le interesaba que los candidatos desarrollaran un pensamiento propio, sino que asumieran el que él tenía y usaran sus capacidades intelectivas sólo para profundizarlo y difundirlo, nunca para cuestionarlo.

En líneas generales, se vivía una exigencia extrema, que producía una continua tensión, a lo cual se sumaban los castigos más insólitos frente a cualquier falta. Incluso había sanciones que no obedecían a ninguna falta que pudiera haber cometido el implicado, sino que tenían la única finalidad de romper toda resistencia interna y hacer que el sujeto estuviera dispuesto a obedecer ciegamente sin rechistar. Una de estas medidas, por ejemplo, era conocida como el “huracán”, que consistía en que alguien enviado por el superior ingresaba al espacio asignado a la víctima en alguno de los dormitorios compartidos, cuando ésta se hallaba ausente, desordenaba la cama, incluso retirando el colchón de su sitio, y sacaba toda la ropa de los armarios y la desperdigaba por todas partes, convirtiendo el aposento de la persona afectada en una zona de desastre. Si bien esta medida se aplicaba con toda seguridad al menor desorden que hubiera en el sitio que a uno le correspondía, también era factible que se efectuara cuando todo estaba impecable y en su sitio. El inquilino del cubículo tenía la obligación de volver a poner todo en su lugar, de manera impecable, sin manifestar la más mínima queja, pues ello podía conllevar la aplicación de castigos adicionales.

También podía ocurrir durante alguna de las comidas que el superior le volteara el plato de comida en la cabeza a uno de los comensales. Una vez entré a la cocina durante un almuerzo para traer platos servidos, y cuando regresé quien estaba sentado al lado del superior tenía una raja de tomate encima de la cabeza y una hoja de lechuga sazonaba le colgaba de la oreja. El sujeto permanecía tranquilo con cara de palo, pues protestar o manifestar desagrado podía ser motivo de que se repitiera la medida en otra ocasión o se aplicaran otras medidas penitenciales.

Sea como sea, era frecuente que las penitencias no guardaran proporción con las faltas que se pretendía castigar. Recuerdo que a “Pepe” Quezada le correspondía ir de compras al mercado de San Bartolo y cometió el error de poner una papaya en el fondo de la bolsa. Cuando llegó a la casa, la papaya estaba completamente aplastada bajo el peso de todos los demás productos. Su castigo fue dormir en la noche con la papaya amarrada al cuello. Amaneció al día siguiente embarrado con la pulpa de la fruta y sobre unas sábanas llenas de manchas de color naranja. Otro castigo podía ser, por ejemplo, pasar hasta una semana alimentándose sólo de pan y agua, o incluso peor, de lechuga y agua. Quienes eran sometidos a este régimen debían estar presentes durante todas las comidas y ver cómo los demás se llevaban a la boca los alimentos que a ellos les estaban prohibidos. Uno de los castigos más frecuentes era el incremento de los ejercicios o de las veces que se tenía que nadar hacia la “isla”.

La privación de sueño también era moneda corriente en San Bartolo. Comenzando porque la hora de acostarse siempre se hallaba alrededor de la medianoche. Podía ocurrir que se programara vigilias nocturnas durante la madrugada para rezar en adoración al Santísimo Sacramento en la capilla, en turnos de una hora. Uno se tenía que despertar en la madrugada para cumplir con su turno. Pero también podía ocurrir que, sin motivo alguno, el superior entrara pasada la medianoche a despertar a todos para hacer un poco de ejercicios y luego darse un chapuzón nocturno en la mar fría.

José Enrique Escardó fue el primero que detalló por escrito estas prácticas en unos artículos incendiarios que escribiera para la revista Gente. En estos artículos hay que distinguir entre los mismos hechos que se narran y el estilo anticlerical exaltado y florido que emplea el columnista, empleando el recurso retórico de presentarse como una especie de Anticristo ‒reminiscente del discurso del filósofo alemán Nietzsche‒ que viene a denunciar “proféticamente” a una Iglesia hipócrita y abusadora. Lamentablemente, la forma que empleó fue utilizada como argumento en su contra y finalmente hubieron presiones de tipo económico sobre Enrique Escardó, su padre y director de la revista, para que su hijo dejara de redactar artículos con esa temática. Los contenidos mismos de los artículos quedaron sin respuesta, y José Enrique fue desacreditado como una persona que había perdido los cabales y, que por lo tanto, no era fiable ni creíble en lo que contaba. Es ésta la táctica que siempre ha usado el Sodalicio para silenciar a aquellos que lo critican.

Sin embargo, no obstante que yo mismo no puedo estar de acuerdo con la postura anticristiana y anticlerical de José Enrique, tengo que admitir que los hechos que narra sucedieron efectivamente y eran prácticas comunes en San Bartolo. Entre ellas se cuenta:

  • hacer dormir a algunos miembros de la comunidad en la escalera;
  • burlarse de los complejos y defectos físicos y psíquicos de algunos, con el pretendido fin de que aprendieran a reírse de sí mismos y tener una actitud independiente y desprendida hacia sus propios defectos;
  • pasar la noche en vela en la capilla;
  • hacer mezclas repugnantes con la comida (como, por ejemplo, echarle ketchup, mostaza, sal y pimienta al arroz con leche) y hacérsela comer a la persona afectada;
  • hacer en ocasiones que la gente nadara hasta la “isla” con ropa puesta.

Muchas veces se ha comparado todas estas medidas con las que se aplican en la formación militar. De hecho, el estilo de vida que se llevaba en San Bartolo pretendía ser la plasmación perfecta de la máxima “Mitad monje, mitad soldado”, considerada en el Sodalicio hasta los años ’80 como irrenunciable, pero que sin embargo fue vetada y retirada de circulación en la década de los ’90.

Admito que todo esto no era cosa que una persona joven y con cierto temple físico no pudiera aguantar. Y aún cuando muchas de las prácticas de formación eran humillantes y llevaban la resistencia humana hasta el límite, los que estaban allí formándose aceptaban todo como si fuera lo más normal del mundo. Más aún, sabían lo que les esperaba en San Bartolo ‒aunque nunca faltaban las sorpresas‒. Y tomaban todas las pruebas como retos que había que asumir y superar, con ánimo alegre y entusiasta, sin que se les ocurriera protestar o negarse a cumplir las órdenes. ¿Cómo se explica esto?

Una persona en sus sanos cabales no aceptaría este tipo de trato. Muy distinto es el caso de personas cuya capacidad de decidir con libertad ha sido secuestrada y condicionada mentalmente, sin que ella sea consciente de ello. Veamos. El terapeuta Steven Hassan, autor del libro Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Combatting Cult Mind Control, 1988), señala cuatro componentes de lo que él llama “control mental”:

  1. Control del comportamiento, que «es la regulación de la realidad física del individuo. Incluye el control de su entorno ‒el lugar donde vive, qué ropas viste, qué come, cuántas horas duerme‒ así como su trabajo, rituales y otras acciones que realiza».
  2. Control del pensamiento, que «incluye un adoctrinamiento tan profundo de los miembros que éstos interiorizan la doctrina del grupo, incorporan un nuevo sistema de lenguaje, y utilizan técnicas de interrupción del pensamiento para mantener la mente “centrada”».
  3. Control emocional, que «intenta manipular y reducir el alcance de los sentimientos del individuo. El miedo y la culpa son las herramientas necesarias para mantener a la gente bajo control. La culpa es, con toda probabilidad, el arma emocional más sencilla y eficaz que existe para conseguir la conformidad y la sumisión».
  4. Control de la información, que «es el último componente del control mental. La información es el combustible que utilizamos para que nuestra mente funcione correctamente. Niéguele a un individuo la información que necesita para emitir un juicio acertado y será incapaz de hacerlo. La gente permanece atrapada en las sectas destructivas porque no sólo se le niega el acceso a una información crítica sino que además ha sido despojada del mecanismo interno necesario para procesarla. El control de la información tiene un impacto tan dramático como devastador».

Estos cuatro componentes han estado presentes de una u otra manera en las estrategias que ha empleado el Sodalicio para captar adeptos y mantenerlos. De este modo, todas las actividades de la persona ya están programadas desde que se levanta hasta que se acuesta y se le exige dar cuenta de ella través de un control minucioso que se expresa en el “examen de conciencia” diario y en las listas de actividades cumplidas que había que rellenar, además de que se controla hasta la apariencia física y la ropa que se viste (control del comportamiento). El adoctrinamiento era constante, de modo que había que asumir como propia la ideología religiosa de Luis Fernando Figari, leer y estudiar sus escritos continuamente, y aprender y utilizar una terminología propia de la institución sodálite y organismos asociados y que sólo se usa en esos ámbitos, así como cortar de raíz cualquier pensamiento crítico que a uno se le pasara por la cabeza (control del pensamiento). Las frecuentes intromisiones en la propia psique a través de dinámicas grupales agresivas y conversaciones personales que asemejaban interrogatorios, buscando que uno se autoinculpara continuamente y se sintiera una mierda, así como la inducción del miedo a desobedecer, más aún a irse, por las supuestas terribles consecuencias que ello podría traer consigo, no son otra cosa que un control emocional que disminuye la libertad de los individuos. Y la supervisión de lo que uno leía y veía (libros, revistas, televisión, películas), habiendo incluso libros permitidos y de lectura obligatoria, y otros cuya lectura estaba vetada, no es otra cosa que un control de la información, que llegaba a extremos cuestionables con la interceptación y revisión de la correspondencia escrita.

Todo esto encontraba su máxima expresión en San Bartolo. La mayoría de los muchachos que se han formado allí no eran conscientes de que estaban siendo sometidos a mecanismos de control mental. Por lo tanto, resulta problemático afirmar que todos se encontraban allí por libre voluntad. Y eso se reflejaba en el hecho de que, para muchos de ellos, el período de formación en San Bartolo sólo era soportable gracias a que se sabía que en algún momento iba a terminar. Se aceptaba pasar un año allí, o a lo más dos años, porque se tenía la certeza de que no toda la vida se iba a vivir bajo el mismo régimen. Aunque también se han dado muchos casos de personas que no aguantaron ese estilo de vida y terminaron yéndose antes. Como sucedió en el caso del mismo José Enrique Escardó, o aquel otro caso que él menciona en uno de sus escritos, «cuando uno de los chicos que se escapó de ahí antes que yo y todos nos reunimos para que el superior de nuestra comunidad nos dijera que “ya ni siquiera vale la pena rezar por él porque se ha perdido”».

San Bartolo era incluso para los sodálites un lugar donde valían otras leyes, donde estaba permitido correr riesgos que no se permitirían en otros contextos. Recuerdo que cuando llegué a Inmaculada del Rosario en el año 1987, en Nuestra Señora de Guadalupe tenían un problema serio con los desagües. Como ocurre en muchas casas del balneario, las tuberías de desagüe terminaban en un silo subterráneo, donde se iban sedimentando los excrementos que se degradaban biológicamente y eran absorbidos de manera natural por el subsuelo. Cualquier sustancia extraña que terminara en el silo, como, por ejemplo, papel higiénico, interfería con este proceso de absorción y podía generar incluso un atoramiento del sistema. Y eso era precisamente lo que había pasado. Los excrementos habían llegado a rebalsar el silo y en toda la casa se sentía un penetrante olor a mierda. La solución no fue llamar a un servicio técnico de mantenimiento. Ya sea porque los costos de un servicio de esta naturaleza no estaban en el presupuesto, ya sea porque el superior consideró que se presentaba una ocasión para formar a los miembros de la comunidad en la resistencia y reciedumbre, se dio la orden de vaciar el silo para eliminar los cuerpos extraños que podían estar causando la obstrucción. Pero esto no podía hacerse a plena luz del día. De modo que durante un par de semanas los miembros de la comunidad tuvieron que pasar la noche en vela por turnos de una hora, sacando cubos cargados de mierda que era arrojada directamente a la bahía, en los mismos lugares destinados a los bañistas. Afortunadamente, como era temporada de invierno, casi nadie se metía al mar en esa época. Digo “casi” nadie, porque los miembros de la comunidad siguieron nadando hacia la “isla” todos los días. Pero el mayor riesgo para su salud no estaba en las zambullidas marítimas, sino en el trabajo mismo en el silo. Para poder resistir el hedor y las emanaciones gaseosas provenientes de la mierda acumulada, trabajaban con pañuelos en la cara y ocasionalmente recibían un trago de ron. Finalmente, el problema del silo se solucionó, aunque no creo que la solución haya contribuido precisamente a mejorar el medio ambiente, ni que las autoridades municipales, de haberse enterado, hubieran visto con satisfacción lo que hacían los sodálites de noche.

Figari era consciente del carácter especial que tenía San Bartolo como laboratorio donde podía moldear a los jóvenes de acuerdo al ideal de “hombre nuevo” que él planteaba. Por eso mismo, visitaba con frecuencia las comunidades de San Bartolo, cosa que no hacía con las demás comunidades de Lima. Durante esas visitas, el encargado de temporalidades (el responsable en cada comunidad de administrar el dinero de acuerdo a un presupuesto y de adquirir los suministros necesarios en alimentos y artículos de aseo y limpieza de la casa) debía proveerse de lo necesario para satisfacer cualquier antojo que tuviera Figari. De preferencia, había que preguntarle con antelación, antes de que saliera de Lima y viniera a la casa, qué le gustaría comer. Y había que tener en stock diferentes bebidas gaseosas ‒productos que, por lo general, no se consumían en las comunidades sino muy excepcionalmente‒. En caso de que no hubiera disponible lo que a Figari se le antojaba, el encargado corría el riesgo de ser castigado, pues Figari consideraba que todo sodálite debía adelantarse a los deseos del superior y comenzar a cumplirlos incluso antes de que hubieran sido formulados verbalmente.

Cuando Figari estaba presente, todas las actividades de la casa se paralizaban y todos los miembros de la comunidad se reunían con él y estaban pendientes de cualquier palabra que dijera. No era extraño que el superior preguntara después, una vez que Figari había regresado a Lima, qué era lo que había dicho, y pobre de aquel que no tuviera memoria suficiente para recordarlo. Figari, quien siempre venía acompañado, por lo general de Juan Carlos Len, su sempiterno secretario personal, solía hacer preguntas insólitas que incomodaban a los presentes pero a la vez generaban en ellos una especie de fascinación, desarrollando una especie de juego psicológico que quería transmitir la impresión de que conocía a todos hasta lo más profundo de su alma y nada se le podía ocultar, con la aparente finalidad de inducir una dependencia hacia su persona.

Por otra parte, Figari solía mostrar interés por la contextura física de los jóvenes que estaban en formación y verificaba palpándolos si los músculos abdominales se habían desarrollado y fortalecido lo suficiente de acuerdo a su criterio. O le pedía a alguno de los presentes que le diera un puñetazo en el vientre al candidato que estaba examinando, a fin de verificar la resistencia física del susodicho. Lo paradójico es que el ideal de un sodálite como un hombre sano espiritual y físicamente, expresado en un cuerpo vigoroso capaz de una resistencia por encima del promedio, se aplicaba a los más jóvenes, pues los sodálites de mayor edad ‒incluyendo al mismo Figari‒, salvo algunas excepciones, no tenían contexturas físicas apolíneas ni tampoco la costumbre de ejercitarse físicamente. Una de esas excepciones era Germán Doig, quien siempre mantuvo un físico saludable y practicaba deporte (fulbito) con regularidad, por lo cual su temprana muerte a los 43 años de edad debido a una insuficiencia cardíaca sorprendió a más de uno. Figari quería que los jóvenes fueran corporal y espiritualmente sanos, y sobre todo que le rindieran una obediencia absoluta, que implicaba estar pendientes de su voluntad incluso antes de que la expresara manifiestamente. Algunos de estos jóvenes serían seleccionados posteriormente para ir a formar parte de la comunidad que habitaba la amplia casa de Santa Clara (en las afueras de Lima) donde vivía el mismo Figari, en la misma zona donde se hallan el exclusivo hotel El Pueblo y el restaurante Granja Azul.

Ciertamente era un mundo raro. Y a ese mundo raro me había dirigido yo, no con la intención de quedarme, sino para hablar con un amigo en quien podía confiar, Miguel Salazar, entonces superior de la comunidad de Nuestra Señora de Guadalupe. Llegué como una figura fantasmal al centro de formación Inmaculada del Rosario, donde los jóvenes ya estaban realizando en la terraza los ejercicios de la mañana. Uno de ellos, Antonio, me hizo pasar a la casa, con un rostro que no ocultaba su consternación ante lo inaudito de la situación. El superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒actualmente sacerdote sodálite‒ se comunicó por teléfono con Miguel Salazar, avisándole que yo lo estaba buscando. Después vino Miguel a la casa, donde pude conversar con él y descargar mi corazón entre amargas lágrimas. Me dijo que se había puesto en comunicación con Alfredo Garland, el superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), y habían tomado la decisión de que terminara mi retiro espiritual en San Bartolo. De modo que tomé posesión de una habitación con una sola cama, dispuesta para visitantes o para sodálites que tuvieran que hacer ejercicios espirituales en San Bartolo. El retiro se efectuó sin las restricciones draconianas que me habían impuesto en Barranco, lo cual me permitió reflexionar sobre mi vida, mi situación actual, mis aspiraciones, mi relación con Dios ‒en quien nunca perdí la confianza‒ y mis perspectivas a futuro. La primera noche, en una pesadilla que tuve, sentí que el Diablo en persona se reía cruelmente de mí. Fue algo tan vívido, que tuve la impresión de que efectivamente había sucedido en la realidad lo que había experimentado en sueños. Pero más allá de esto, esos días me permitieron recobrar cierta tranquilidad.

Una vez finalizado el retiro ‒que se extendió hasta después de Navidad‒, esperaba que todo hubiera sido sólo un incidente pasajero y pudiera reincorporarme a la comunidad de Barranco. No fue así. Miguel Salazar vino a traerme la noticia que me cayó como un baldazo de agua fría: se había decidido que me quedara en San Bartolo por tiempo indefinido. Tuve la sensación de haber sido enviado a la Siberia, pues lo que hacía soportable todos los rigores de ese estilo de vida era precisamente su carácter de experiencia temporal. Estar allí sin saber cuándo iba a tener fin la estadía era una idea difícil de soportar, y que poco a poco haría germinar en mí el deseo de abandonar la vida consagrada. Pero ello implicaba un riesgo, pues según lo que nos habían metido entre ceja y ceja, quien estaba llamado por Dios a una vocación determinada, ponía en riesgo su felicidad y su salvación eterna si seguía otro camino. Fue de este modo que se iniciaron siete meses de tortura interior, donde vacilaría entre la opción de encontrarme con la muerte ‒no por mano propia, sino en virtud de algún accidente fatal que ansiaba que me ocurriera‒ o de encontrarme con la vida ‒gracias a alguna señal divina que me indicara que debía recorrer los caminos del común de los mortales, aunque todavía a la sombra del Sodalicio‒. Fue esto último lo que sucedió, aunque el recorrido interior que tuve que realizar fue tortuoso y estuvo cargado de dudas e incertidumbre. Aunque todavía no era plenamente consciente de ello, había por fin iniciado mi largo camino hacia la libertad.

Continúa en SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

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A través de los enlaces correspondientes se puede acceder a los siguientes materiales de referencia:

Los artículos de José Enrique Escardó en su columna “El quinto pie del gato” en la revista Gente (N° 1348-1353), publicados entre octubre y noviembre de 2000.
https://www.scribd.com/doc/286079728/Los-abusos-de-los-curas

Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Steven Hassan, 1988)
https://libroweb.wordpress.com/2007/10/18/como-combatir-las-tecnicas-de-control-mental-de-las-sectas-steve-hassan/

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SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN

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Av. Pedro de Osma, Barranco (Lima)

Ésta es la relación autobiográfica de las dramáticas circunstancias que llevaron a mi salida de comunidades sodálites. Por más increíbles que parezcan los detalles de lo que aquí relato, doy fe de que los hechos sucedieron así, tal como han quedado vívidamente registrados en mi memoria. Pues estas cosas nunca se olvidan.

Era la madrugada del lunes 21 de diciembre de 1992. Me encontraba en una habitación separada de la casa en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar ‒ubicada en una calle que da a un malecón, cerca del final de la Av. Pedro de Osma, en Barranco (Lima)‒. Había recibido la orden del superior de la comunidad, Alfredo Garland, de quedarme allí hasta nuevo aviso. Sólo me estaba permitido salir en caso de que necesitara ir al baño. Sólo me estaba permitido leer la Biblia y los escritos de autores espirituales que se me suministrara, para hacer un retiro que me hiciera reflexionar sobre mis graves faltas. Me estaba prohibido hablar con nadie que no fuera el P. José Antonio Eguren, que vivía en la misma comunidad. Asimismo, me llevarían allí los alimentos y no podría desayunar, almorzar ni cenar junto con toda la comunidad. Estaba solo y me había invadido la desesperación, pues unas cuanta horas antes había quedado destruida en mí la figura de la comunidad como una familia en la cual me sentía gusto y ocupaba un lugar, para convertirse en una cárcel sin esperanzas, donde ya casi no podía confiar en nadie. Y se trataba sobre todo de una cárcel interior, pues las comunidades sodálites no son recintos que estén vigilados y de dónde uno no pueda irse cuando quiera. Los muros estaban construidos en el alma, e irse sin más generaba la sensación de estar cometiendo un suicidio espiritual. Y eran estos muros los que había que sortear para alcanzar una libertad nunca soñada ni imaginada en la languidez cotidiana y rutinaria de la vida de una comunidad sodálite.

¿Cómo se había llegado a una situación así? ¿Como había caído en una situación desesperada, en la misma comunidad en Barranco donde se había iniciado mi recorrido a través de comunidades sodálites ‒pasando por Magdalena del Mar, San Bartolo y Miraflores‒ once años atrás, cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó allí en su automóvil y se marchó anegada en llanto? Pues he de reconocer que ella nunca estuvo de acuerdo con la decisión que había tomado, pero respetó mi voluntad. Para mí había sido el inicio de una nueva vida, de un largo camino que debía llevarme al estado de laico consagrado, con promesas formales de obediencia y celibato, para así poder servir a Cristo y a la Iglesia bajo la guía de Santa María, y, de esta manera, poder transformar el mundo. Para ella había significado tener que abandonar a un hijo a un futuro incierto.

Once años más tarde el mundo ciertamente había cambiado, pero el Sodalicio no había tenido nada que ver con este proceso. Más aún, aunque seguían repitiendo a los cuatro vientos que iban a convertir el mundo de salvaje en humano, y de humano en divino, el tren de la historia había seguido su marcha, indiferente a sus intenciones y proclamas y sin variar para nada de rumbo. El Sodalicio sí había cambiado. Había pasado de ser un grupo reducido de jóvenes inconformistas de estilo bohemio e ideas radicales y críticas de la sociedad, con raíces católicas tradicionalistas y fascistas, a ser una institución más del status quo eclesial, que buscaba tener el visto bueno de los obispos conservadores y mantener buenas relaciones con la clase pudiente limeña. El Sodalicio había encontrado su lugar en la sociedad, y se guardaba muy bien de criticar a aquellos sectores de la Iglesia y de la burguesía limeña que apoyaban a la institución con donaciones, influencias y relaciones.

Yo también había cambiado. Había emitido mi promesa de profeso temporal, y, por lo tanto, pasaba a ser miembro de derecho pleno del Sodalicio ‒es decir, de esa élite reservada que tenía acceso completo al texto de los Estatutos de la institución, a diferencia de los demás miembros de menor rango‒. No obstante, nunca me había sentido satisfecho con la obediencia casi ciega que era impuesta desde los más altos niveles ni con el conformismo eclesial y social que había ido invadiendo el espíritu originario del grupo. Si bien era un hombre hecho y derecho a punto de ingresar en la tercera década de la vida, con inquietudes intelectuales y contestatarias que seguían vivas desde mis tiempos de juventud y que no parecían encajar en la disciplina del pensamiento único que se practica en el Sodalicio, en otros puntos no había madurado, pues la falta de contacto con la vida real en ese mundo protegido de las comunidades sodálites, donde no había que preocuparse por el sustento diario y se era ajeno a las preocupaciones terrenales del común de los mortales, habían detenido el desarrollo de algunos aspectos de mi personalidad en la adolescencia. No había aprendido todavía a tomar plenamente las riendas de mi propia vida, pues no concebía la existencia fuera del marco de la obediencia, donde un superior me tenía que decir lo que tenía que hacer o por lo menos aprobar lo que fuera fruto de mi propia iniciativa. Y cualquier iniciativa tenía que plantearse dentro de la misión del Sodalicio y estar subordinada a sus fines. Pues Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, había dicho claramente que lo primero antes que nada era ser sodálite, y eso debía estar por encima de la profesión que uno eligiera, el puesto de trabajo que uno ocupara, los talentos de los cuales uno estuviera dotado, los sueños que uno soñara, las aspiraciones personales que uno tuviera, por más legítimas que fueran. No se podía ni siquiera decidir donde quería uno vivir. Al final de cada año se realizaban los cambios de tripulación en las comunidades. Figari decidía que sodálites iban a ser trasladados de una comunidad a otra, sin consultar para nada a los implicados. Actuaba como un ajedrecista que mueve sus fichas sobre el tablero, como un estratega omnipotente en el campo de batalla. Y nosotros debíamos aceptar como la cosa más normal del mundo no tener ni arte ni parte en nuestro destino. Así como no estaba en nuestro poder lo que debíamos hacer cada día, pues todo estaba programado, decidido de antemano, y la vida privada había sido reducida al mínimo. No es de extrañar que una disciplina así termine por generar casos de doble vida, pues siempre hay un fondo de personalidad que busca hacerse valer, que no puede ser anulado por esa nueva identidad impuesta a través de prácticas similares a las técnicas de control de mental, identidad que en el Sodalicio designan con el término bíblico de “hombre nuevo”. Y ese fondo de personalidad auténtica que permanece y lucha por sobrevivir, si se ve sometido a presión excesiva, puede terminar rompiendo las paredes de su encierro por el lado más débil, a saber, el de la sexualidad.

Confieso que yo también había desarrollado una doble vida. Aunque, en mi caso, ésta no llegó a los extremos de abusar sexualmente de menores de edad, realizar visitas clandestinas a los burdeles o tener una amiga secreta. Lo mío fue mucho menos dramático. Me interesaba la literatura y el cine no como entretenimiento, sino como expresión de aquello que no se podía explicar a través de textos teóricos o filosóficos, como una ventana artística para conocer la savia palpitante de las realidades humanas. En secreto leía sin permiso novela y poesía, en su mayoría de escritores latinoamericanos. Pues en las comunidades era norma que, para leer alguna obra literaria que no estuviera en la lista oficial de libros recomendados, se tenía que contar con permiso del superior. Asimismo, hacía escapadas eventuales a algún cine de arte y ensayo, generalmente el cine Julieta en Miraflores, donde podía ver aquellas películas que consideraba enriquecedoras de la existencia, mientras que en las comunidades sodálites se seguía consumiendo mayormente productos cinematográficos comerciales de Hollywood, en los tiempos libres que había en las noches de los viernes y los sábados, cuando los ánimos estaban demasiados cansados como para ver una película que fuera exigente con el espectador. Y ciertamente, no me entusiasmaba ver las películas de acción con Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Jean-Claude van Damme que a veces recomendaba el mismo Figari, o comedias del estilo de Locademia de policía. Alguna que otra vez me aventuré a alquilar películas de arte, que veía a escondidas en un reproductor de VHS cuando me quedaba solo en la casa, como, por ejemplo, la magistral Ladrones de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), que me emocionó hasta las lágrimas con su desgarrador final.

Debido a ciertas obsesiones sexuales que me asaltaban muy esporádicamente, también recurrí en ocasiones a revistas pornográficas. Sin embargo, se trataba más bien de algo a lo que me sentía arrastrado de manera irresistible, y que luego confesaba arrepentido como un pecado, pues entonces como ahora considero las representaciones pornográficas como una manera degradante de presentar el sexo, todo lo contrario del auténtico erotismo, que permite reconocer la chispa de la dignidad humana en su aproximación a la sexualidad. Entonces creía que era sólo cuestión de tiempo para que esas obsesiones momentáneas desaparecieran, pues mi deseo de alcanzar la santidad era sincero y supuestamente la disciplina sodálite, con su fuerte incidencia en la vida espiritual, terminaría por arrancar de raíz lo que yo consideraba obra del demonio. No sospechaba entonces que el mismo estilo de vida consagrada sodálite, así como una concepción errada de la sexualidad, podían estar en las raíces del problema, pues esas obsesiones se fueron mitigando recién cuando comencé a compartir la vida cotidiana de la gente común y corriente.

Fuera de eso, ya me había acostumbrado a la rutina de las comunidades sodálites. Levantarse temprano, hacer ejercicios, ducharse y vestirse, bajar puntual a la oración de la mañana o Laudes, alguna veces Misa, desayuno en comunidad. Y todo esto tenía que hacerse con minuciosa puntualidad. Quien se demoraba un minuto y llegaba tarde a las Laudes, era castigado. Quien no estaba sentado a la mesa en el momento de iniciarse el desayuno, era castigado. Y si los encargados de turno de poner la mesa del desayuno cometían algún error, como, por ejemplo, que faltase una taza, un vaso, un plato, un cubierto o alguna vianda, eran castigados. Se aplicaba una norma de tolerancia cero frente a cualquier pequeño error. Y los castigos iban desde no tomar desayuno, pasar una hora en oración en la capilla haciendo penitencia por la falta cometida, o tomar el desayuno sentado en el piso o debajo de la mesa.

Después de un breve momento de descanso, le dedicaba la mañana a las actividades de precepto (oración mental o meditación, lectura bíblica, lectura espiritual, rosario, visita al Santísimo), además de estudiar y preparar mis clases, hasta la hora del almuerzo, en que otra vez nos reuníamos a comer juntos, donde también se aplicaban castigos si algo no estaba en orden. Uno terminaba acostumbrándose a fijarse en el más mínimo detalle a fin de evitar las sanciones. El superior hacía la oración inicial, y luego había que esperar a que fuera él el primero en echar el diente, pues si por inadvertencia o error uno comía o bebía antes que el que presidía la mesa, se corría el riesgo de ser castigado con no almorzar.

Después del almuerzo había tiempo para descansar o echarse una siesta, a no ser que a uno le tocara quedarse despierto para atender las llamadas telefónicas o abrir la puerta en caso de alguien tocara el timbre. Después continuaban las actividades en la tarde, con la misma rutina. Quienes habían estado fuera de la casa durante la mañana, ya sea por estudios o por trabajo, hacían sus actividades espirituales en la tarde. Yo salía a dar clases en el Instituto Superior Pedagógico Catequético o en la Universidad Marcelino Champagnat. Por ese motivo, a veces no podía estar para la cena a las siete y media de la noche, donde regían las mismas reglas.

A veces durante el almuerzo o la cena se leía algún texto de algún autor espiritual o del mismo Luis Fernando Figari, que debíamos luego comentar, sin espíritu crítico por supuesto. Por lo general, el ambiente era cordial, alegre y suelto durante las comidas, así como también lo era en las reuniones comunitarias al final del día, después de la oración de Completas a las diez y media la noche, donde se comentaba en un ambiente familiar lo que se había hecho durante el día u otros acontecimientos de importancia para el Sodalicio y la Iglesia. Estas reuniones finalizaban cuando el superior se iba a dormir. A nadie le estaba permitido acostarse antes, a no ser que tuviera permiso expreso del superior, ya sea porque estaba enfermo o porque había participado en actividades extraordinarias que le habían generado un agotamiento extremo. En general, estos permisos se concedían muy rara vez.

Antes de esta tertulia nocturna, entre la cena y las Completas, siempre quedaba algún tiempo en la noche ya sea para estudiar, o para reunirse con algún grupo de agrupados marianos o aspirantes al Sodalicio en el pequeño salón de la casa dispuesto para estos fines. Pues en las comunidades sodálites suele haber uno o más ambientes para reunirse con gente de afuera, separados del resto de la casa por una puerta con un letrero que dice PRIVADO. Esta puerta es un símbolo palpable de esa separación que suele haber entre el núcleo interno de los consagrados y el resto del mundo, pues lo que ocurre dentro de las casas sodálites, de acuerdo a la disciplina del Sodalicio, debe estar a cubierto de toda mirada ajena, y nada puede ser dado a conocer sin permiso expreso de los superiores.

Sea como sea, esta rutina diaria ‒algo más relajada los sábados y domingos‒ no era lo que yo me imaginaba como una vida dedicada a “cambiar el mundo”. El Sodalicio pretendía lograr ese cambio a través de la transformación de los “corazones”, que entendía más que nada como labor proselitista a favor de la institución y, de manera más amplia, a favor del Movimiento de Vida Cristiana. Para conseguir prosélitos no se escatimaba en esfuerzos, llegándose incluso a la manipulación de las conciencias mediante tácticas cuestionables que no retrocedían ante la violencia psicológica. Ello ha hecho que la influencia del Sodalicio haya quedado restringida a aquellos que han tomado contacto directo con la institución, y en algunos casos han quedado huellas que no se borrarán nunca más en la vida. Pero el “mundo” en sí mismo, en toda su amplitud, era totalmente ajeno a los sodálites consagrados. Vivir en comunidad era como vivir en otro planeta.

Ahora bien, en caso de que en estos últimos veinte años hayan habido cambios respecto a lo que he descrito, corresponde a los responsables hablar de lo que saben, pues si bien toda institución debe ser sigilosa con la vida privada de sus miembros, también existe el deber de ser transparente respecto a su ideario, su disciplina y sus estructuras institucionales, lo cual implica permitir que se eche una mirada al estilo de vida que se lleva dentro de las comunidades sodálites.

¿Qué es lo que al final me arrancó de esa existencia donde todo parecía ocupar su lugar, pero que en el fondo era sólo una ilusión, pues mi ser más auténtico yacía encadenado a una ideología totalitaria que se plasmaba en unas normas y reglamentos que no me atrevía a cuestionar? ¿Qué circunstancias desencadenaron, en un momento dado, una reacción en cadena que terminaría por incendiar todas mis seguridades y arrojarme a un abismo donde tenía que decidir entre la libertad ‒con todas sus incertidumbres‒ y el limbo de una falsa seguridad? ¿Qué fue lo que pasó para que me replanteara toda mi vida pasada, la viera con nuevos ojos y al final tuviera el valor de arriesgarme para dar un salto al vacío, confiando en que Dios me haría caer sobre terreno firme aunque desconocido, donde se abriría una senda que me llevaría arduamente hacia la libertad, que es la llave de la felicidad?

Yo mismo no pude prever todo lo que iba a suceder. Pero Dios tiene sus caminos. Y mientras más torcidos parezcan, más probable es que sean parte de los trazos con los que escribe la historia de nuestras vidas.

Todo ocurrió así. En ese entonces estaba vigente en las comunidades sodálites la absurda norma, proveniente de Luis Fernando Figari, que prohibía escuchar otra música que no fuera de carácter religioso. Incluso la música clásica estaba prohibida, pues, según Figari, podía despertar sentimientos intensos y pasiones en los sodálites consagrados, y eso constituía una peligrosa tentación, pues un sodálite debía regirse siempre por criterios racionales. Curiosamente, los superiores de las comunidades siguieron escuchando la música que les pareciera, aunque, a decir verdad, sus gustos musicales eran muy conservadores y la música que preferían era de tipo melódico tranquilo. Eso sí, la música rock, pop y bailable que se escuchaba en el “mundo” era rechazada de plano. Pues en este aspecto, como en otros, el círculo de las comunidades sodálites se regía por otras reglas muy distintas a las que rigen en el mundo de los simples mortales.

A mí me fue prácticamente imposible cumplir con esa norma. La música fue siempre para mí uno de los nutrientes esenciales de mi vida interior, más aún cuando me había convertido en compositor de canciones y estaba comenzando a plasmar mis inquietudes más personales en ellas, con melodías más complejas y un lenguaje más poético, razón por la cual el mismo Luis Fernando Figari consideraba que mi talento para la música estaba en decadencia, pues lo que él siempre pretendió es que las canciones que se compusieran dentro de la Familia Sodálite reflejaran su ideología, emplearan su lenguaje y sirvieran como apoyo de la labor proselitista. Y, sobre todo, que fueran musicalmente muy elementales, a fin de poder anidar fácilmente en la memoria. Éstos parecen ser algunos de los motivos por lo cuales le gustaban las marchas y por los cuales rechazó varias de mis canciones para que fueran interpretadas por Takillakkta, pues, según me contó Javier Leturia, sodálite y director de este grupo de música popular católica, Figari no entendía lo que yo quería expresar a través de la letra de mis canciones más recientes.

A mi doble vida se añadió el hecho de escuchar música no religiosa a escondidas, en su mayoría clásica, aunque también durante mi última etapa en comunidad hice el descubrimiento personal de un ritmo que muchos consideran la música clásica del siglo XX: el jazz. Toda esta música la escuchaba yo en secreto, pues privarme de ese manantial sonoro que encierra una riqueza espiritual inefable era para mí como un atentado contra el alma, considerando que siempre he tenido una gran sensibilidad musical y que la música de otros siempre me ha servido de inspiración para componer mis propias canciones. Con el tiempo había reunido una colección personal de música clásica, formada al principio por copias en cassette de CDs originales, pero luego había obtenido varios cassettes originales, siendo mi gran tesoro un par de colecciones de Salvat ‒Los Grandes Compositores y Los Grandes Temas de la Música‒, con lo mejor de la música inmortal que la historia nos ha legado.

Ocurrió que un día fui sorprendido in fraganti cometiendo una falta contra la norma de Figari. El superior de la comunidad, Alfredo Garland, tenía en su habitación algunos CDs originales de música clásica, a los cuales les eché el ojo. Me propuse sacarles copia, mediante el procedimiento que consistía introducirme en su habitación cuando nadie me viera, dejar un cassette en su equipo de música con el volumen puesto en cero y dejar que grabara. Después recuperaba el cassette ya grabado y devolvía el CD a su lugar. No era la primera vez que hacía esto. Pero esta vez fui descubierto. Esta falta se consideraba muy grave, aunque no tuviera como consecuencia ningún daño para nadie, pues la obediencia debía ser guardada a toda costa, sin mediar objeciones de conciencia, de manera absoluta y perentoria. Las medidas que se tomaron fueron drásticas. A partir de ese momento entraba en un régimen de retiro espiritual, donde sólo me sería permitido leer la Biblia y a unos cuantos autores espirituales, además de que debía tener un horario más estricto de la cuenta para dedicarlo enteramente a la oración (meditación, visitas al Santísimo, rosario, lecturas espirituales), con mayor intensidad y frecuencia que en la rutina normal. El objetivo era lograr que tomara conciencia de la gravedad de mi falta y tomara la firme resolución de obedecer las disposiciones de los superiores de forma más radical y completa. Quedaba excluido de las reuniones de los viernes, sábados y domingo en la noche, donde se veía televisión o una película. Aún así, tenía libertad para moverme dentro de la casa y podía participar de las comidas y otros momentos comunitarios junto con los demás miembros de la comunidad.

Reconozco que todas estas medidas fueron aplicadas con buenas intenciones por parte del superior y apoyadas de la misma manera por el resto de la comunidad, pues se trataba de un procedimiento considerado normal para esos casos. Quien ha vivido en comunidades sodálites sabe que la mente de las personas ha sido modelada de tal manera, que todas estas cosas se dan por supuestas. A nadie se le pasa por la cabeza levantar objeciones. Y si alguien las tiene, se las calla, pues, en ese sentido, los sodálites de comunidad suelen estar cortados con una misma tijera. Y yo mismo las acepté como la cosa más normal del mundo, sabiendo que pasado el retiro, que iba a durar una semana, la vida podía continuar como siempre. Pues en el fondo de mi ser, tenía la intención de seguir escuchando música no religiosa. Era como si mi verdadero ser, escondido bajo una personalidad que me había sido impuesta, buscara las vías para aflorar y hacer valer su libertad. Pero separarme del Sodalicio era una idea que ni siquiera asomaba por mi mente, pues tenía la idea, impresa como un sello en el alma, de que eso constituía una especie de suicidio espiritual, que estaría condenado a una existencia atormentada y a ser infeliz en esta vida, y pondría en riesgo mi salvación eterna.

La noche del domingo 20 de diciembre, último día del retiro, después de la cena y de la oración de Completas, los miembros de la comunidad subieron a la habitación de recreo, que estaba situada en la azotea de la casa. Yo me quedé en la planta alta, junto a la escalera, sentado en un sillón leyendo la Biblia. Según la norma, me estaba prohibido irme a dormir antes de que el superior de la comunidad lo hiciera. Ya era cerca de la medianoche y nadie bajaba por la escalera. Cansado después de una semana que había sido tensa y agobiante, entré a mi habitación y me recosté en la cama, sin intención de dormirme. La habitación estaba acondicionada para tres personas, con armarios haciendo de divisiones entre cada cama, a fin de garantizar un mínimo de privacidad. Por norma, los dormitorios de las casas sodálites debían albergar por lo menos a tres sodálites, nunca a dos, pues el mismo Luis Fernando Figari había indicado que de esa manera quería evitar conductas impropias. ¿De dónde había sacado esas ideas? No sabía si era por algo que hubiera leído, por experiencia propia o por simple sentido común.

No sé en qué momento me quedé dormido. Lo único que recuerdo es que poco después de la medianoche irrumpió en la habitación el superior de la comunidad, Alfredo Garland, seguido de José Antonio Eguren, mientras los otros miembros de la comunidad miraban lo que pasaba desde la puerta. Fui despertado violentamente con llamadas de atención y amonestaciones verbales de tono agresivo. No sabía lo que estaba pasando. Se me ordenó que tomara lo necesario para trasladarme a una pequeña habitación que estaba separada de la casa y a la cual se accedía a través de la terraza que daba a la escalera de servicio, en la cual yo debía vivir aislado del resto de la comunidad hasta nuevo aviso, con permiso sólo para ir al baño y sin que me fuera permitido hablar con nadie, a no ser con el P. Eguren. Lo drástico de la medida se debía en parte a que ese día era el cumpleaños de Garland, y como era costumbre en esas ocasiones, la comunidad se había quedado despierta hasta la medianoche para darle las felicitaciones correspondientes. El hecho de que yo me hubiera quedado dormido, olvidándome de esa magna ocasión, se interpretaba como una grave afrenta contra la dignidad de aquella persona a la que le debíamos obediencia absoluta. Lo que me hicieron a mí, en cambio, no representaba ningún agravio contra nadie, sino más bien se consideraba un acto de justicia que reparaba la grieta dentro de la constelación jerárquica institucional que yo había ocasionado.

La forma en que fui tratado en esta ocasión fue la gota que rebalsó el vaso y algo se quebró dentro de mí. Me quedó claro que ya no podía considerar esa casa como mi hogar, ni a sus miembros como mi familia. En pocos minutos, entre el ir y venir entre mi antigua habitación compartida y aquella solitaria frente a la escalera de servicio, terminé fraguando un desesperado plan de contingencia que debía efectuar sin reparos ni demora: la huida. ¿Pero adónde? Regresar a casa de mis padres no era para mí una posibilidad factible. Durante todos estos años me había enfrentado a mi madre, y si bien las relaciones con ella se mantenían cordiales, siempre había una tensión contenida cada vez que me comunicaba con ella. Yo seguía siendo la oveja negra, pues mi decisión de unirme al Sodalicio había sido motivo de durísimos y violentos enfrentamientos verbales y de profundo dolor, tanto para ella como para mí, aunque por diversas razones. De alguna manera yo había allanado el camino para que mi hermano menor, Erwin, también pudiera unirse al Sodalicio ‒del cual sigue siendo miembro hasta ahora‒, y sin pasar por lo que yo tuve que pasar. Con el transcurso del tiempo he comprendido que nos hubiéramos podido ahorrar todos estos sufrimientos, pues su preocupación era la de una madre que veía cómo su hijo era captado por un grupo fanático que presentaba características sectarias. Y yo buscaba encontrarme a mí mismo y seguir mi propio camino, con afanes propios de la adolescencia y la juventud. Sin embargo, creyendo haber encontrado la libertad, terminé metido en una cárcel donde los barrotes estaban puestos en lo mas íntimo de uno mismo y eran mucho mas difíciles de arrancar.

De modo que huir para refugiarme en casa de mi madre significaba para mí admitir mi fracaso. Y tirar quince años de mi vida por la borda. En ese momento yo seguía moviéndome mentalmente dentro de la órbita del Sodalicio, y me aterraba la idea de convertirme en un traidor. No había llegado a comprender del todo que Dios escribe sus historias con líneas torcidas y que todo, incluso lo más absurdo que pueda acaecernos, al final tiene sentido dentro de un destino que escapa a nuestro comprensión. En ese entonces el Plan de Dios ‒concepto central dentro de la ideología sodálite‒ en lo que a mí me tocaba personalmente se realizaba dentro de los límites de la institución, de la cual yo no quería desligarme, pues prácticamente la mitad de mi vida se había desarrollado a su sombra, y yo no concebía una vida sin una vinculación estrecha con el Sodalicio. En el fondo también era una cuestión de lealtad, que mantuve hasta el año 2008. Para esa fecha yo ya había madurado en contacto con la vida real, y había descubierto el sinsentido de una actitud que debía ser en el fondo lealtad a mí mismo y a una Iglesia que se me presentaba con mucho mayor riqueza y diversidad que una institución empobrecida por una ideología religiosa rígida y castrante, y una disciplina que creaba zombis militantes y aburguesados, aunque hubiera honrosas excepciones.

La única opción que me quedaba era acudir donde un amigo cercano, a quien le pudiera abrir mi corazón, ante quien pudiera desahogarme y con quien conversar para encontrar una solución razonable en este callejón sin salida en que me encontraba. Ese amigo, el único en quien podía confiar a ojos ciegas, junto con quien había recorrido el camino del Sodalicio desde aquel lejano año de 1978, era Miguel Salazar. En ese momento era superior de la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe en San Bartolo, una de las casas de formación que el Sodalicio mantiene en ese balneario a unos 50 kilómetros al sur de Lima. Evidentemente, no podía pedirle al día siguiente a Alfredo Garland que se me permitiera ir a San Bartolo, pues en comunidades sodálites a nadie le es otorgada la potestad de decidir por sí mismo adónde puede ir. Tenía que huir esa misma madrugada. Lo cual presentaba algunos problemas logísticos.

A San Bartolo se acede a través de la Carretera Panamericana. Hay líneas de autobuses interprovinciales que recorren esa vía. El paradero más cercano y accesible para mí quedaba en el Trébol de Atocongo, que está a unos 5 kilómetros en línea recta de la comunidad de Barranco. Sin embargo, la zona de Santiago de Surco que hubiera debido atravesar, además de peligrosa, me era desconocida. Debía llegar a Atocongo por calles más seguras, teniendo en cuenta que el recorrido lo iba a hacer a pie, lo cual significaba efectuar un rodeo pasando por Miraflores, haciendo finalmente que la distancia a recorrer fuera de unos 11 kilómetros. A eso se sumaba el hecho de que entonces estaba vigente en Lima el toque de queda entre medianoche y seis de la mañana, medida preventiva mantenida por el gobierno de Fujimori para evitar en lo posible actos terroristas. Eso significaba que durante ese tiempo las calles debían quedar vacías y el ejército asumía la responsabilidad de vigilarlas, con libertad para disparar si veía algo sospechoso.

De modo que antes de quedar totalmente aislado en la habitación del fondo, me aseguré de contar con lo necesario para la huida: zapatillas adecuadas, una chaqueta abrigadora, mis lentes, un cortaplumas, dinero suficiente en la billetera para pagar el boleto y una linterna fluorescente, que me serviría para indicar mi presencia en caso de toparme con algún contingente militar que estuviera patrullando las calles, y a así evitar ser objeto de disparos. Asimismo, me proveí de unas cuantas hojas de papel y un lapicero, para dejar un mensaje. Todo esto fue decidido y hecho en el lapso de unos cuantos minutos.

Por fin, cuando me quedé solo, lloré. Y escribí el mensaje que iba a dejar. No recuerdo lo que allí puse. Esto era algo habitual entre quienes se iban “por la puerta trasera”, como los llamaban a quienes aprovechaban la primera oportunidad que se les presentara, generalmente en horas de la noche, para irse de la comunidad. Era el procedimiento más rápido para desvincularse del Sodalicio, pues la vía de “la puerta delantera”, es decir, manifestar que se tenían dudas sobre que uno fuera llamado a la vocación sodálite en comunidad, tenía como consecuencia el ser sometido durante meses a un régimen especial para que se pudiera hacer un adecuado “discernimiento”, a fin de ver cuál era el Plan de Dios, pues una decisión de tal calibre debía ser tomada luego de haber reflexionado y consultado a Dios en oración, dado que lo que estaba en juego era la salvación eterna. Quienes se iban furtivamente veían cómo de un día para otro perdían sus antiguas amistades, eran objeto de desprestigio por parte de los miembros del Sodalicio y del Movimiento de Vida Cristiana y eran considerados como traidores y prácticamente como carnaza para el infierno. Por otra parte, quienes seguían la vía correcta tenían que pasar por un calvario de meses de incertidumbre, donde no faltaba la presión psicológica y donde la autorización para irse por las buenas demoraba en ser otorgada, mientras que se vivía en una comunidad donde los demás lo miraban ya a uno como un fantasma, como un desterrado que estaba esperando el momento del guillotinazo final. Que yo tenga memoria, nunca han habido despedidas festivas ante la salida de un miembro de una comunidad sodálite, deseándole la mejor de las suertes. Más bien, el aire que se respiraba era similar al de un funeral.

Esa noche no pude dormir, mirando continuamente el reloj. Poco antes de las cuatro de la madrugada, ya debidamente preparado, salí de la habitación y bajé la escalera de servicio hacia el patio que daba a la cocina. Este patio estaba conectado con la cochera a través de un pasillo, en medio del cual se abría la entrada a una pequeña despensa, de la cual tomé una lata de leche condensada Nestlé para el camino. En medio de la oscuridad, llegué a la puerta de cochera, abrí la portezuela que daba a la calle y salí. Me hallaba justo debajo de la ventana que daba a la habitación del superior de la casa. El único obstáculo que todavía me faltaba superar era el portón que daba a la calle, una verja de unos tres metros de altura. Haciendo el menor ruido posible, temiendo en todo momento ser escuchado, trepé la verja y salté al otro lado, mirando en todo momento la ventana del cuarto donde dormía su majestad. Una vez en la calle, que por un lado daba a un malecón sobre el acantilado, me dirigí por el otro lado hacia la Av. Pedro de Osma, con la linterna fluorescente encendida. Sabía que no debía caminar muy rápido, pues, en caso de encontrarme con una patrulla del ejército, debía estar atento a seguir todas las órdenes a fin de evitar ser abaleado. Aún tomando estas precauciones, tenía miedo. Afortunadamente, el toque de queda en esa época era mucho más relajado que aquellos que se habían vivido durante la dictadura militar en la década de los ’70 o durante el primer gobierno de Alan García en los años ’80. En todo el recorrido por calles vacías y tranquilas no me topé con ningún soldado. La noche, aunque húmeda, no estaba muy fría, pues ya estaba entrando el verano. Había un silencio sepulcral interrumpido sólo por el sonido de mis pasos.

De este modo, recorrí toda la Av. Pedro de Osma ‒bordeada de viejos y frondosos árboles, testigos silenciosos de esta fuga nocturna‒, siguiendo después por la Av. Miguel Grau hasta llegar a la Quebrada de Armendáriz, por donde baja una autovía hacia las playas, crucé el puente, seguí por la Av. Reducto hasta la Av. Alfredo Benavides ‒que atraviesa el distrito de Miraflores‒ y subí por ella hasta llegar al Óvalo de Higuereta, luego continué por la Av. Tomás Marsano hasta llegar al Trébol de Atocongo. Eran más de las seis de la mañana, el día comenzaba a clarear y ya se veían los primeros viandantes en las calles. Y yo estaba allí, cansado y sudoroso, desesperado como un alma en pena, esperando junto con otra gente el primer autobús en dirección a Mala, que paraba también en San Bartolo. Finalmente el autobús llegó, subí y me arrellané en uno de los asientos, medio adormilado no sólo por el cansancio y la mala noche, sino también por el olor a rebaño que solía acumularse en las cabinas de estos vehículos sin ventilación ni ventanillas abiertas. Si bien el recorrido hasta San Bartolo duraba menos de una hora, el viaje que había iniciado demoraría más de medio año en tocar puerto. Pues los siguientes siete meses que pasaría en el balneario del sur quedarían en mi memoria como los más duros de mi vida, como un tiempo en que abrigaría el deseo de estar muerto para luego terminar perdiéndole todo temor a la muerte y finalmente lanzarme a recorrer la vida por caminos de barro, sudor y pueblo, donde palpita la verdadera sangre de este mundo. Pero eso ya es otra historia.

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