SODALICIO: DE VÍCTIMA A VICTIMARIO

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Alberto Gazzo Baca

Cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó entre lágrimas en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco), entré a formar parte de un grupo heterogéneo entre los cuales se contaban miembros de la generación fundacional del Sodalicio: José Ambrozic —el superior de la casa—, Virgilio Levaggi, José Antonio Eguren y Alberto ‘Beto’ Gazzo, encargado de formar a los tres “novicios”: Alfredo Draxl, Eduardo Field y yo.

Beto, que sufría de cojera debido a una poliomelitis contraída de niño, fue objeto de burlas crueles en el Sodalicio. Burlas que estaban avaladas desde lo más altos niveles, pues según Figari había que ayudarlo así a superar su complejo de inferioridad.

El primer día, durante la cena, Field —quien había estado leyendo un libro de espiritualidad escrito por el jesuita Alonso Rodríguez en el siglo XVI— comentó lo recios que eran los jesuitas de antaño. «Recios, ¿no?», le replicó Gazzo. «Para que veas lo que es ser recio, tú y Alfredo van a comer ahora en el piso». Yo me libré del castigo gratuito, pero no de algunas humillaciones posteriores que Beto infligió a los tres.

Pedro Salinas recuerda que fue su formador en San Bartolo, y que era implacable en sus métodos. Entregaba cartas abiertas de familiares y leía sin avisar las reflexiones de los cuadernos privados que se usaban para la meditación. A Pedro, una noche mientras dormía, le bañó la cabeza con agua oxigenada para ridiculizarlo, pues amaneció con el pelo de color naranja.

¿Cuándo terminará este círculo vicioso iniciado por Figari, donde personas como Gazzo y Draxl pasarían de ser víctimas a ser crueles victimarios?

(Columna publicada en Exitosa el 10 de septiembre de 2016)

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Beto Gazzo también fue formador de sodálites “novicios” en San Bartolo en el año 1985, antes de ser enviado a Brasil. Pedro Salinas, quien estuvo en esa época en la comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe mientras yo vivía en la comunidad Nuestra Señora del Rosario, también sufrió el ensañamiento de los “métodos de formación” que, con un cierto regusto sádico, aplicaba Beto a sus discípulos. En su novela Mateo Diez, lo transforma en el personaje de Roberto Univazo, y recuerda varias anécdotas que yo mismo puedo confirmar que sucedieron realmente, aunque los detalles tengan bastante aderezo literario. He aquí algunos textos seleccionados de la novela.

Quien apareció al rato en la casa fue Roberto Univazo. Beto era el asesor espiritual de los dos centros de formación. Vivía en El Rosario. Era diácono y en poco tiempo iba a hacerse sacerdote. Iba a convertirse en el tercer cura del movimiento, después de Julio Bertie, quien fue el primero en ordenarse y en lograr una figura especial para mantenerse dedicado a tiempo completo a la Milicia. Como la Milicia de María no era una orden ni una congregación religiosa, sus clérigos eran diocesanos y dependían del obispo. Bertie, quien además de tener buenos contactos en el empresariado nacional, también los tenía en la cúpula eclesiástica peruana, consiguió independencia de acción para abocarse a las necesidades materiales y espirituales del movimiento. Bertie era lo más cercano a la figura de un empresario con sotana. Descendiente de una distinguida familia de empresarios mineros, su energía e indiscutible carisma lo convertían en un poderoso motor para empujar todos y cada uno de los proyectos apostólicos de la Milicia. El segundo en vestirse de negro con su televisor al cuello fue José María Eguiguren, un gordo con look obispable, y con una voz de barítono que estremecía y podía quebrar vidrios.

El mismísimo Juan Pablo II iba a ungir como sacerdote a Beto, junto a veinte diáconos más, en su primera visita al Perú. Univazo era conocido al interior del movimiento como “el apóstol de los niños”. Como profesor de Religión del Markham, el colegio más pituco de Lima, Beto tenía buena llegada con los chiquillos, a quienes llevaba a los denominados DINA, que eran campamentos-retiro concebidos para niños. Se llamaban DINA porque las las siglas significaban “Dios y la Naturaleza”. Beto también gozaba de simpatía dentro del movimiento. A muchos les encantaban sus bromas y era un gran narrador de cuentos. Pero a mí nunca me inspiró confianza. Siempre me pareció fingido y disforzado.

Por alguna razón nunca hubo química entre Beto y yo. Me quedaba claro que tenía instinto apostólico y don de gentes, sobre todo con los púberes, pero sus reflexiones me parecían las de un imbécil. No hay nada peor que un estólido que se cree inteligente. “De repente por eso quiere ser cura; si estudia para otra cosa, el cerebro no le da”, pensé.

Sin embargo, mi sentimiento hacia Beto no llegaba al encono. Por lo menos no al principio. Al contrario, a veces me inspiraba lástima y conmiseración por su condición de minusválido. Beto tuvo polio de pequeño y la enfermedad le afectó la pierna derecha. Cuando caminaba parecía que esquivaba losetas, porque hacía un extraño efecto con el empeine. En el Markham le pusieron, además de Pata con Truco, el apelativo de Matute, por el policía que aparecía en Don Gato y su Pandilla, quien solía dar vueltas y vueltas al garrote cuando hacía sus rondas por el vecindario. Los despiadados markhamians decían que la pierna de Beto se asemejaba a la vara de Matute.

[…]

Roberto Univazo ya era cura. Se había convertido en el tercer clérigo mílite. Beto, además, había sido ordenado por el mismo Papa. “Por vosotros, Cristo se ha consagrado a sí mismo, para que también vosotros seáis consagrados en la Verdad. ¡Permaneced fieles a Él!”, le dijo Juan Pablo II a Beto y los otros veinte diáconos que se ordenaron en el hipódromo de Monterrico.

Su primera misa la realizó al día siguiente en la vetusta iglesia de San Bartolo con las dos comunidades. Fue una ceremonia privada. Sólo para nosotros. La idea era, además, corregirle todos sus defectos como sacerdote, antes de celebrar la eucaristía del domingo con la gente del pueblo. Los errores saltaron a la vista desde el inicio, pero descollaron al momento de la homilía. Beto era un pésimo orador. Era un extraordinario narrador de cuentos para niños, pero era malísimo dando el sermón desde el púlpito. No convencía. Hablaba como para un público adolescente, estaba lleno de muletillas y seseaba. “Este de cura de parroquia no pasa. Y si la parroquia queda en Huancasancos, mejor”, pensé.

[…]

A la hora del desayuno Santiago me miró y se echó a reír. Lo mismo hizo Santiago. Hasta Massieu. El padre Beto se carcajeó y con una inflexión malévola me preguntó:

—¿Ya te viste en el espejo, Mateín?

—¿Qué pasa? —pregunté, confundido.

—Anda, mírate —me dijo el padre Beto, quien disfrutaba más que nadie de la situación.

Fui al baño y me di con la desagradable sorpresa de que el pelo lo tenía color naranja, como cucaracha de grifo. Era denigrante ver mi reflejo. Recién entendí de dónde provenía el olor extraño que percibí en la mañana. Era agua oxigenada que alguien había derramado en mi cabeza mientras dormía. Y ese “alguien”, no cabían dudas, había sido Beto Univazo.

—Ese color te queda bien —me dijo Beto, quien salpicaba saliva cuando hablaba, y un par de idiotas se rieron del chiste.

—Muy gracioso —respondí sin inmutarme.

—Puedes ir a la peluquería más tarde —me dijo René.

—Gracias —respondí escuetamente y no comenté nada más durante el desayuno.

[…]

Luego de que se fue José Hernando, quien se despidió entre rudos apretones de manos, […] nos tocaba limpiar la casa. A mí se me había asignado barrer la terraza, el patio y las escaleras de El Rosario. Lo más trabajoso era la limpieza de la terraza, porque ello suponía pasarle trapo, lija y cera, para que quede brillante. Cuando terminé, luego de un par de horas, satisfecho por la pulcritud de mi labor, me encaminé al depósito a guardar todos los implementos de limpieza, pero Beto Univazo me interceptó.

—¿A dónde crees que vas? —me arrostró.

—A guardar todo esto —le dije, mostrándole la escoba, el trapeador, las bolsas de cera y las lijas.

—Pero todavía te falta la terraza, ¿no?—me dijo con un airecillo que no me gustó nada.

—Si vas a la terraza y miras el piso, te aseguro que te vas a sentir como que estuvieses parado encima de un espejo —dije.

—No lo creo —me dijo Univazo—. Anda a verla.

Obediente, salí a ver la terraza. Alguien había echado sobre ella el contenido de los tachos de basura de la casa, incluyendo un pedazo de estiércol fresco, que parecía de perro.

—¿Quién mierda ha hecho esto? —pregunté, ofuscado, contemplando la destrucción de mi obra.

—Nadie. Simplemente, límpialo —me dijo, con acento autoritario.

—¿Sabés qué, Beto? Si quieres que la terraza se vea limpia como la dejé, aquí tienes —le dije, y tiré a sus pies deformes la escoba, el trapeador y el resto de utensilios de limpieza.

—¡¿Qué cosa?! —exclamó Univazo, el sacerdote ordenado por Juan Pablo II, anonadado, con su seseo insoportable.

—Lo que oíste. Chau —le dije, y me dirigí hacia mi habitación.

—¡Mateo, ven inmediatamente! ¡No sabes lo que estás haciendo!

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —respondí, harto del abuso y de las vejaciones.

—¡Mateo! —gritaba Univazo desesperadamente.

Reaparecí a los tres minutos, cambiado con ropa de baño.

—Me voy a meter un chapuzón y vuelvo —le informé a Roberto Univazo.

—¡Lo que has hecho es gravísimo, Mateo! ¡Has desobedecido una orden! ¡Se te puede expulsar por ello!

—Hazlo —le dije, retador, a Beto.

—No voy a olvidar esto —me dijo.

— Yo tampoco —le respondí.

—Te voy a hacer la vida imposible —amenazó.

—Hace rato que me estás haciendo la vida imposible —le respondí, contenido.

Un vez en el muelle, me lancé contra las olas y sentí quebrarme como una copa se estrella contra la apred. Pensé en lo ue había hecho. Curiosamente, no me arepentí. Estaba harto de los vejámenes de Roberto Univazo. Una a una empecé a recordar todas las arremetidas contra mí, que no eran pocas, y nunca vi que las hiciera con otras personas. Yo las acepté todas porque la voz del superior era la voz de Dios. “Pero Dios no podía hablar a través de alguien tan cruel como Beto Univazo”, me dije.

Recordé todas las veces cuando, al acostarme, descubrí que me había hecho “cama chica”. Recordé aquella oportunidad cuando, al levantarme, descubrí que me había pintado con esmalte la uñas de los pies. Recordé aquella otra cuando, también al levantame, me encontré untado con crema de afeitar en todo el cuerpo. Recordé la vez que lo descubrí leyendo mi correspondencia personal. Recordé que, en otra ocasión, rompió en mi cara una de las contadas cartas que mi padre me envió desde Caracas , sin que yo la hubiera leído. Recordé todos los “huracanes” que me hizo desde que llegué. Llamábamos huracán al estropicio que encontrábamos en nuestra habitación generado por una mano negra, usualmente la de Beto. El huracán hacía que el orden militar que imperaba en nuestro pequeño espacio se convirtiera en caos total. […] Recordé también cuando husmeaba en mis exámenes de conciencia, que eran cuadernos en los que anotábamos nuestros pecados y pensamientos personales. Recordé todas las veces que me arrojó agua helada en la cara, con una jarra, desde el segundo piso a la hora de la siesta de treinta minutos, luego del almuerzo. Recordé, de igual forma, aquella vez que me ordenó echarle pimienta y ketchup a mi arroz con leche por haberme olvidado de recoger un salero de la mesa. Recordé asimismo que, en una situación análoga, me hizo tragar cinco pedazos de torta de chocolate con espuma de afeitar, que terminaron conmigo en el baño con un cólico insufrible. Recordé aquella vez que me hizo lavar uno de los sanitarios y antes de pasar el sarro, me obligó a lavarme la cara con esa agua. Recordé también la noche que me envió a nadar solo a la isla, vestido y con piedras en los bolsillos y sentí terror en medio de la oscuridad. Recordé que fue uno de los principales en oponerse a que fuese padrino de confirmación de Antonio Colmenares, uno de mis pupilos del María Reyna. La amenaza de la expulsión tampoco me preocupaba.

En San Bartolo pasé muchos momentos que eran como para hacer trepidar a los que no eran firmes. Yo los resistí, reciamente. Lo que no podía tolerar ni digerir era la humillación gratuita y sin sentido. “¿José Hernando estará al tanto de todas estas barbaridades?”, me pregunté.

[…]

En la noche, después de comer, Beto, dueño y señor del poder ante la ausencia de René, decidió iniciar una dinámica de grupo que consistió en proveer a todos de plumones gruesos y de colores para hacer lo siguiente: había que ponerle en la cara a Adrián Garagorri cosas que pensábamos de él o que tuvieran que ver con sus complejos o defectos más notorios. Él no podía verse en el espejo hasta terminar el juego. Uno a uno nos fuimos aproximando para escribirle algo.

El primero en acercarse fui yo, y escribí en su cachete izquierdo: COCHINO. Santiago, quien compartía cuarto con él, al igual que yo, me siguió y le escribió en el otro cachete: HUEVONAZO. Raúl Unamuno le puso en la frente: LÁVATE LA BOCA. El Mono le puso en el tabique y en vertical: PEZUÑENTO. Santino le dibujó en el cuello una bacinica con un pedazo de mojón. MacKay, como gran insulto, le escribió detrás de la oreja derecha: TONTO. Y luego continuaron el ritual Jorge Lossio y Richard Peckerman.

La cara de Adrián había quedado más colorida que la de un hooligan y más pintarrajeada que pared de baño de cantina. Terminado el juego, que iba arrancando las risas burlonas y crueles de nosotros, quienes asumimos la dinámica como una suerte de venganza por todas las cosas que nos disgustaban de Adrián, Beto le dio permiso para ir al baño y mirarse en el espejo.

Adrián entró al baño, pero no daba señas de querer salir, mientras que el resto celebraba el despiadado pasatiempo. Ante la demora, Beto conminó a Adrián a salir. Cuando apareció frente a nosotros, reunidos en la sala de la casa, Adrián estaba llorando desconsoladamente. Y me sentí mal. Beto intentó explicarle, delante de todos, que la dinámica de grupo apuntaba a ayudarlo a liberarse de sus defectos más notorios y que molestaban a la comunidad. Le dijo además que el juego se hizo para su bien. Pero la explicación no era lo suficientemente persuasiva. Nunca había visto a una persona en tal estado de fragilidad, llorando como un niño, herido en su amor propio, maltratado psicológicamente por aquellos que, supuestamente, éramos sus hermanos. A partir de ese momento, decidí ser más comprensivo y tolerante con Garagorri.

José Enrique Escardó relata un incidente muy parecido a este último cuando él estuvo en San Bartolo, sólo que esta vez quien dirigió la dinámica de humillación psicológica de la víctima es Alfredo Draxl (ver http://elquintopie.blogspot.de/2016/01/draxl-el-deformador.html y http://docslide.us/documents/los-abusos-de-los-curas.html).

También es cierto que Beto carecía de aptitudes intelectuales, mucho menos tenía capacidad para la investigación académica, por lo cual yo recibí el encargo —de parte de Luis Fernando Figari— de preparar el borrador de la tesis que tenía que presentar Beto en Brasil para obtener el grado de licenciatura en teología. El hecho de estar sometido interiormente al código de obediencia vigente en el Sodalicio borró en mí todo reparo para efectuar esta acción moralmente reprochable. Si Figari decía que algo tenía que hacerse, inmediatamente se accionaban en mí los mecanismos psicológicos que me indicaban que lo que Figari ordenaba siempre tenía que estar bien, y que negarse a obedecer una orden era el mayor pecado posible dentro de la institución. Era una de las consecuencias del lavado de cerebro al que había sido sometido, al igual que todos los sodálites.

Lo mismo pasó cuando Figari nos ordenó a mí y a Gustavo Sánchez, teólogo sodálite y actual miembro de la Comisión Teológica Internacional, que ayudáramos a Emilio Garreaud a modificar la tesis sobre relaciones Iglesia-Estado que él mismo había presentado en la Pontificia Universidad Católica del Perú para obtener un título en derecho, a fin de ajustarla a los requerimientos de una tesis de teología pastoral para obtener el título de licenciado en teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Se trataba de un auto-plagio en toda regla. Se puede verificar esto consultando en los respectivos centros de estudios mencionados ambas tesis del P. Emilio Garreaud, actual Rector de la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica.

Varias veces le oí a decir a Luis Fernando Figari: «¡Necesitamos licenciados y doctores!» Parece que no le interesaban en absoluto la honestidad académica ni el rigor científico, pues para él la única clave de interpretación de la realidad estaba en su pensamiento, que no pasa de ser una ideología religiosa fundamentalista de sesgo derechista, conservador y retrógrado. Pero sí que le interesaba el poder que otorga el disponer de una pléyade de sodálites con títulos académicos, adoctrinados rigurosamente y sin libertad de pensamiento.

En todo caso, Beto se prestó a este juego sucio, así como maltrató —en nombre de Figari— a varios de los que estuvimos bajo su férula de formador.

No sé qué vida tenga ahora, ni qué responsabilidades, pero eso no borra los hechos luctuosos del pasado en los cuales participó. Alberto Gazzo Baca, actual Gerente Corporativo de Gestión Humana de Volcan Compañía Minera, tiene muchas preguntas que responder.

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GUÍA DE LECTURA NO AUTORIZADA DE “MATEO DIEZ”

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Pedro Salinas, periodista y autor de la novela “Mateo Diez” (2002)

En junio de 2002 fue publicada la novela autobiográfica Mateo Diez del periodista Pedro Salinas, donde narra el paso de su alter ego Mateo Diez a través de la Milicia de María —el Sodalicio de Vida Cristiana en la realidad—. En ese entonces leí el libro casi de un tirón, y si bien literariamente me pareció mediocre —juicio que el mismo Salinas comparte en la actualidad sobre esta obra salida de su pluma—, me pareció un buen recuento de hechos y anécdotas que ocurrieron realmente.

El 2 de abril de 2013 escribí lo siguiente en mi post SODALICIO: LA CONEXIÓN MEXICANA (II):

«Más allá de su cuestionable calidad literaria, que se adscribe el estilo light y poco profundo de la novelística de Jaime Bayly, el libro proporciona una visión correcta aunque parcial de lo que era la vida dentro de las comunidades sodálites. Si bien se trata de ficción, y por lo tanto hay una adaptación de la realidad en base a los requerimientos de una narrativa ágil y amena, omitiendo personajes de la vida real, cambiando nombres e incluso circunstancias de tiempo y lugar, también es indudable que todo lo que allí se cuenta tiene un correlato real en anécdotas que efectivamente sucedieron y que yo mismo puedo testimoniar como ciertas a partir de mi propia experiencia. Pues una cosa que no menciona Pedro Salinas en su novela es que yo viví en 1985 durante meses en una de los casas de formación que el Sodalicio tenía entonces en San Bartolo, un balneario al sur de Lima, cuando él pasó por las experiencias que narra. Asimismo, el hecho de que haya un tono desenfadado y burlón en lo que él narra no le resta veracidad a los hechos en que se basa. Ni tampoco la circunstancia de que Salinas sea un agnóstico y anticlerical declarado, posición que yo no comparto.»

Por consiguiente, una manera de sacarle provecho a la novela es leerla como una historia verdadera donde ningún personaje e incidente es puro fruto de la imaginación del autor, aunque los diálogos sean inventados —no sus contenidos— y las circunstancias y tiempos en que ocurren los hechos —relatados tomándose algunas libertades— no sean minuciosamente exactos, sino ajustados a fines narrativos.

A continuación, pongo una lista de los nombres de los personajes de la novela, seguidos de los nombres de las personas en las que se inspiran. He de aclarar que esta guía y la lista han sido hechas sin consultar al autor y sin su autorización.

Miembros del Sodalicio
  • Adrián Garagorri – Julián Echandía
  • Alesso Bertonelli – Alejandro Bermúdez
  • Alfiero Dammert – Alfredo Garland
  • Alfredo Moncloa – Alfonso Figueroa
  • Carlo D’Acunha – Carlos Acuña ‘Wara Wara’
  • Colorado Muñiz – Jorge ‘Colorado’ Muñoz
  • David Ferrand – Daniel Murguía
  • Duilio Castagnola – Javier Chichizola
  • Ed Still – Eduardo Field
  • Elias Rosas – Enrique Elías
  • Esteban Garland – Emilio Garreaud
  • Eugenio Poggi – Virgilio Levaggi
  • Franz Schereiber – Frank Schreier
  • Gabriel Lecca – Gonzalo Len
  • Gastón MacKay – Germán McKenzie
  • Kauffman K. – Germán Doig
  • Klaus Einzenberger – Klaus Berckholtz
  • Kurt Beck – Jürgen Daum
  • Jajo Aranda – Javier Leturia
  • JJ Lecca – Juan Carlos Len
  • José Lecca – Javier Len
  • José María Eguiguren – José Antonio Eguren
  • Juani Villacorta – Juan Viacava
  • Jorge Lossio – José Carlos Ossio
  • José Hernando Ferrari – Luis Fernando Figari
  • Joseph Kisik – José Ambrozic
  • Julio Bertie – Jaime Baertl
  • Kiko Fernández – Quique Hernández
  • Lalo Ferraro – Luis Ferroggiaro
  • Luigi Sanguinetti – Luis Cappelleti
  • Mateo Diez – Pedro Salinas
  • Max Roig – Martin Scheuch
  • Miguel Ciriani – Mario Solari
  • Nando Tríveri – Juan Fernando Trivelli
  • Negro Rivas – Juan Carlos ‘Chaly’ Rivva
  • Pepe Castilla – Humberto ‘Pepe’ del Castillo
  • Pepito Miró – Mario ‘Pepe’ Quezada
  • Raúl Unamuno – Rafael Ísmodes
  • René Massieu – Raúl Masseur
  • Richard Peckerman – Ricardo Trenemann
  • Roberto Univazo – Alberto ‘Beto’ Gazzo
  • Rodrigo Bustamante – Alonso Quintanilla
  • Sandro Ferreira – Sergio Ferreyros
  • Santiago Bedoya – Enrique Delgado
  • Santino Marotta – Sandro Moroni
  • Tato Valverde – Héctor ‘Tito’ Velarde
Otros personajes
  • Gregorio Rodríguez – Gustavo Gutiérrez
  • Luciano Peral – Mariano Queirol
  • Manuel Gurruchaga – Miguel Cruchaga
  • Mons. Alberto Vicente Mora – Mons. Augusto Vargas Alzamora
  • Mons. Ignacio López de Romaña – Mons. Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio
  • P. Arturo Prieto – P. Armando Nieto
  • P. Harald Nuggent – P. Harold Griffiths
Entidades
  • Agregaciones Marianas – Agrupaciones Marianas
  • Cantapueblo – Takillakkta
  • Comunidad mílite El Rosario – Comunidad sodálite Nuestra Señora del Rosario (San Bartolo)
  • Comunidad mílite Guadalupe – Comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe (San Bartolo)
  • Comunidad mílite Nuestra Señora de la Evangelización – Comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco)
  • Comunidad mílite San Atanasio – Comunidad sodálite San Aelred (Magdalena del Mar)
  • Comunidad mílite San Bernardo – Comunidad sodálite San Agustín (Jesús María)
  • Concilium – Convivio
  • Libro “Con Piel de Cordero” – Libro “Como Lobos Rapaces”

Finalmente, la única mención en la novela al personaje que me representa se da en un breve párrafo, en el cual no salgo muy bien parado:

«Luego de entonar el himno de la Milicia siguieron como una decena de canciones, todas nuestras, casi todas compuestas por Max Roig, un mílite que nació con un talento extraordinario para la música y la literatura, pero que adolecía de un terrible defecto: en la interacción social era un marciano. No sabía cómo relacionarse con la gente e ignoraba lo que era el sentido común.»

Ésa era la imagen prejuiciosa de mí que se tenía en las comunidades sodálites. El tiempo ha demostrado que esa presunta desadaptación era más bien —dentro de mi peculiaridad personal— un signo de salud mental que me permitiría encontrar mi camino hacia la libertad.

GERMÁN DOIG: UNA INTERPRETACIÓN

Cuarta y última entrega de una serie de cuatro artículos sobre el caso de Germán Doig.
Primera entrega: LUCES Y SOMBRAS DE GERMÁN DOIG
Segunda entrega: GERMÁN DOIG: ENTRETELONES DE UNA REVELACIÓN ESCANDALOSA
Tercera entrega: ¿HISTORIA DE ENCUBRIMIENTOS EN EL SODALICIO?

gdk_cristoCuando el 1° de febrero de 2011 Diario16 dio a conocer a la opinión pública que Germán Doig, Vicario General del Sodalicio y Coordinador del Movimiento de Vida Cristiana, fallecido el 13 de febrero de 2001, había cometido abusos sexuales en perjuicio de jóvenes adolescentes, se desencadenó una crisis en la Familia Sodálite, cuyas consecuencias se viven hasta ahora. Si aquel que fue considerado unánimemente el mejor entre todos y fue venerado durante una década como un candidato a santo había sido un pervertido sexual, ¿qué autoridad se tenía para seguir considerando la espiritualidad y la disciplina sodálites como un camino de santidad? ¿Qué es lo que había fallado? ¿Se trataba de un caso aislado? ¿Quién era ahora el modelo a seguir?

Para evitar que el edificio institucional se hiciera trizas y a fin de superar el problema que se presentaba, la Oficina de Comunicaciones del Sodalicio de Vida Cristiana emitió el 2 de febrero de 2011 un comunicado oficial manifestando que saber de la doble vida de Germán Doig —la cual supuestamente les era desconocida— les había causado sorpresa, dolor y desconcierto. Allí se decía lo siguiente (ver https://web.archive.org/web/20160115071412/http://diario16.pe/noticia/1320-sodalicio-confirma-inconductas-sexuales-de-su-la-der-espiritual):

«Queremos dejar en claro que estas conductas contrarias a nuestra vocación cristiana y nuestros compromisos libremente emitidos ante Dios no sólo no pueden tener cabida en nuestra comunidad sino que deben ser denunciadas y rechazadas con energía, claridad y transparencia.»

De esta manera, se desligaba la vida de Germán Doig de toda la estructura institucional, que debía quedar indemne de antemano. Basta tener dos dedos de frente para darse cuenta de que las conductas indebidas de Germán Doig son contrarias a cualquier vocación cristiana y a los compromisos que formalmente se asume en el Sodalicio. Sin embargo, ello no descarta que los conflictos interiores que empujaron a Doig a sucumbir a unos impulsos sexuales desordenados no guarden ninguna relación con el estilo de vida que tienen los sodálites consagrados en las comunidades. Me pregunto si la misma disciplina sodálite, no obstante sus pretendidos fines buenos y santos, no portaba el germen de los desórdenes personales de Doig que se manifestarían en actos delictivos contra menores. Pues ejemplos sobran en la historia de instituciones que han buscado fines sublimes, donde esta misma búsqueda de perfección y santidad, preñada de puritanismo y exigencia extrema, ha sembrado la semilla de aberraciones y perversiones morales. No en vano decía Pascal que «el hombre no es ni ángel ni bestia. Y la mala suerte dispone que quien quiere hacer el ángel hace la bestia».

En noviembre del año 2001, en una entrevista televisiva con la periodista Cecilia Valenzuela, la cual conducía el desaparecido programa periodístico “Entre Líneas” en Canal N, el psicólogo Jorge Bruce declaró lo siguiente sobre el Sodalicio (ver https://web.archive.org/web/20020113224231/http://www.agenciaperu.com/entrevistas/2001/nov/bruce.htm):

«Yo tengo serias sospechas que detrás de toda esa fachada de puritanismo y represión hay otras cosas. No me cabe la menor duda y pongo mis manos al fuego de que ahí deben haber, por algún lado —claro que es mi hipótesis— prácticas de sujeción homosexual. Estoy prácticamente seguro. Me estoy arriesgando con lo que digo, porque no me consta, pero no me sorprendería para nada que así sea porque creo que va con el paquete.»

Habiendo transcurrido más de una década, sus palabras parecen haber dado en el clavo, aunque el asunto es complejo y suscita interrogantes de difícil respuesta.

Lo primero que resulta difícil entender es cómo pueden convivir en una persona las aspiraciones más nobles con los deseos más perversos. Pues parece que fue eso lo que sucedió en el caso de Germán Doig. La imagen que él proyectaba de una persona que buscaba la santidad y tenía una vida espiritual profunda tiene visos de ser auténtica y real, tan real como los impulsos desordenados que lo llevaron a cometer los abusos sexuales que han sido dados a conocer a la opinión pública. ¿Era Germán Doig un farsante, que aparentaba una vida cristiana para poder cometer sus fechorías? ¿O tenía auténticos deseos de alcanzar la santidad y era víctima de deseos irrefrenables, que lo impulsaban a cometer actos reprobables? ¿Es posible que convivieran de manera esquizofrénica en una sola persona el santo junto con el perverso? Si es así, ¿que influencia habría tenido el estilo de vida sodálite para que esto se diera? ¿Fue lo de Germán un caso que se les pasó por la coladera al Sodalicio, o estuvieron estos problemas vinculadas a la manera como está estructurada la disciplina y espiritualidad de la institución sodálite? Son preguntas difíciles de responder. Aquí intentaré dar una interpretación en base al conocimiento que tengo de Germán Doig al haberlo tratado personalmente junto con otros datos provenientes de sus escritos póstumos.

gdk_prestale_tu_corazonLos textos más personales de Germán Doig son indudablemente los dos poemarios publicados después de su muerte en los años 2006 y 2007 por la Asociación Vida y Espiritualidad, que llevan los títulos de Préstale tu corazón y En búsqueda de Dios. Si bien como literatura no superan la mediocridad lírica, pues las figuras, metáforas y comparaciones carecen de originalidad y son muy trilladas, como testimonio personal tienen un inmenso valor, pues estos textos —escritos entre los años 1974 y 2000— fueron concebidos en un principio como oraciones privadas de uso personal sin la intención de darlas a la imprenta. En ese sentido, reflejan de manera auténtica la vida interior de Germán. En la presentación del primer libro se mencionan unas palabras del mismo Germán, quien alguna vez dijo, refiriéndose a algunos de estos textos, que son «unas poesías —si acaso les cabe el nombre— que había escrito a manera de oraciones. Y eso son, palabras que expresan mi sincero deseo de conformarme más cada día con Él…» Posteriormente, Germán comenzaría a ordenar estos textos con la idea de publicarlos, pues pensaba que así como le habían ayudado a él en su vida cristiana, podrían servir de ayuda a otras personas. Entre sus anotaciones se encontró la siguiente reflexión, como se indica en la presentación del segundo libro: «Al mirarlas varios años después descubrí sentimientos parecidos a los que hoy tengo… Pero siento que he ganado en profundidad y amplitud. El camino recorrido no ha sido en vano… Sólo me admira descubrir que muchos de los temas vuelven a aparecer. No sé si me abandonen alguna vez. En todo caso serán figuras de un mismo anhelo que sólo encuentra su plenitud en el Señor. Recordando mi pasado debo confesar que algunas veces me fue difícil no perderme en las figuras… Gracias a Dios siempre terminé llegando a Él. Incluso cuando creía que no lo buscaba; vana ignorancia, pues siempre he sido un buscador de Dios».

gdk_en_busqueda_de_diosCuando uno revisa más a fondo estos escritos se encuentra con textos que reflejan una religiosidad limpia y pura, sencilla, e incluso ingenua, en el mejor sentido de la palabra. Sin mayores complicaciones, asoma en ellos el alma de alguien que se siente como un niño ante las maravillas que obra Dios en su vida y que busca en todo momento su presencia. Germán no parecía preocuparse por plasmar sus impresiones con calidad literaria, o tal vez no tenía talento para la poesía, pero lo que escribe rezuma tanta autenticidad, que llega a conmover. Además, llama la atención que el lenguaje que utiliza no sea el propio de la terminología sodálite. Germán prescinde de ese lenguaje estereotipado, que encontramos en los textos publicados por sodálites, comenzando por el mismo Luis Fernando Figari, y que también se expresa en las letras de muchas de las canciones compuestas por miembros de la Familia Sodálite. El lenguaje de Germán se halla lejos de ese encasillamiento; es más bien de talante cotidiano y fluye con naturalidad.

A modo de ejemplo, una breve oración escrita en 1975, que puede resumir el impulso religioso que llevó a Germán a tener un compromiso de fe a lo largo de toda su vida.

Oración (1975)
Siento que quisiera vivir
con el alma en un hilo,
esperando un soplo
de viento divino
que empuje mi alma
al abismo del Amor.

En otro poema tardío de la década de los ’90 sigue manifestándose esa búsqueda de Dios, unida a una enorme ansia de libertad.

Te necesito, Señor (1994)
Tengo necesidad de ti, Señor,
como de una cumbre
donde respirar aire puro
y contemplar el horizonte vasto
con libertad y desprendimiento.
Te necesito otro día, más,
Señor.
Te necesito hoy y siempre,
mi Dios.

Pero el corazón de Germán también conocía la culpa, una culpa que le avergonzaba a tal punto, que se sentía incapaz de mirar al Señor de frente, a los ojos. Una culpa para lo cual no encontraba ninguna excusa ni justificación. Una culpa que le impulsaba a buscar una salida, que encontraba en el amor de Dios la fuerza para seguir luchando y llenarse de esperanza.

De rodillas (1992)
De rodillas ante Ti,
Señor.
Postrado a tus pies,
inclinado mi espíritu.
Sin excusas, ni justificaciones;
simplemente de hinojos,
humildemente ante Ti.
De rodillas ante Ti,
como un niño,
desprotegido,
pero confiado.
Avergonzado,
mirándote sufrir clavado,
esperando, tu mano abierta
y tus brazos extendidos.
De rodillas ante Ti.
Tengo necesidad de tu perdón
y tu misericordia.
Me duele separarme de tu amor
y quiero decírtelo.
Pero qué avergonzado me siento…
no puedo mirarte de frente,
a los ojos.
Por eso me postro en tierra,
sin defensas, anhelándote,
de rodillas.
De rodillas ante Ti.
Espero tu amor compasivo.
Arrepentido me acojo
a tu dulce perdón.
Sí, me afligen mis caídas,
con tu amor me levantaré,
y tomaré de él fuerzas
para seguir luchando.
No miraré atrás.
Con tu ayuda,
aprenderé de mi debilidad,
me llenaré de esperanza,
de tu esperanza.
Y esperaré confiado, como un niño,
tu dulce ternura.

Efectivamente, ese corazón que deseaba lo más sublime, y que tenía una gran sensibilidad religiosa, también era un corazón atormentado por la culpa, como se ve en el siguiente poema:

Dios está triste esta tarde (1993)
I
Dios está triste esta tarde.
Parece que no quisiera escucharme,
parece cansado del mismo llanto;
tarde de pena.
Dios está hoy con mucho dolor,
como la tarde aquella,
la del dolor atravesado
y la soledad enrojecida;
tarde sufrida.
Dios está triste esta tarde.
Porque he pecado
y ha recordado la tarde aquella;
tarde de llanto.
Dios está hoy con mucho dolor,
por mi pobre vida;
y he aquí que absurdamente yo sentí
que no me quería más;
tarde soledad.
II
No estés triste,
Dios bueno.
Recuerda también
que el dolor de aquella tarde
fue el pórtico del triunfo.
No, Dios querido,
no sufras más.
No olvides
que al levantar la Cruz aquella
fuimos hasta ti alzados
y fue la tragedia
puerta del Cielo.
No dejes
que la pena te gane,
amado Señor.
Que ya me levanto
y me pongo en marcha,
que el recuerdo
de la tarde aquella,
de tu amor sin precio,
me hace andar.

Llama la atención en este poema tardío que Germán describa su existencia como «mi pobre vida» y manifieste que no se quiere más a sí mismo. Se trata de un corazón dividido, hasta el punto de sentirse disgustado de sí mismo, hasta el punto de que considera que sólo tiene sentido seguir viviendo en virtud del amor del Señor que murió en la cruz. Y es un corazón que, aún así, se levanta después de haberse hundido en miserias que desconocemos.

Germán era un hombre tentado continuamente por la melancolía y la tristeza, pero trataba de vivir la alegría e irradiarla hacia los los demás, como se ve en el siguiente pema:

Déjame… (sin fecha)
Déjame, triste poeta,
que estoy cansado
de tu melancolía.
Déjame de forma discreta,
que hoy me siento alado
y es canto mi poesía.
Déjame, que estoy de fiesta
y para la pena no hay lugar,
ni soledad en el corazón.
Déjame, que ya despierta
y está al llegar,
y tengo lista mi canción.
Déjame, que esta tarde
ya llega el Dueño
y lo quiero de pie recibir.
Déjame, que no hay alarde,
pues se acaba el sueño
y en sus brazos me quiero ir.
Déjame, amigo, emprender la travesía
y cantar emocionado
el tránsito anhelado
alegre y dulce de la gran Poesía…
Palabra eterna.
Verbo creador.
Poesía santa…

Lo que destaca en este último poema que he reproducido son las alusiones veladas a la muerte, extrañas en un hombre que era relativamente joven y no llegó a una edad avanzada. Como si la muerte, ese «tránsito anhelado», fuera a traer una alegría inmensa, una liberación, el cumplimiento de un sueño. Todo lo cual puede ser cierto, pero resulta inusual que alguien con la edad que tenía Germán desee ardientemente que ese momento llegue.

Todo el cuadro que he descrito pinta al Germán que muchos guardan con cariño en su memoria, incluido yo. Me pregunto si todo esto queda anulado declarándolo «persona no ejemplar», como lo hizo el comunicado oficial del Sodalicio. ¿Fue la vida de Germán una farsa, como lo señaló el vaticanista Andrés Beltramo (ver http://archivo.e-consulta.com/blogs/sacroyprofano/?p=406)? ¿Podemos definir la compleja existencia de un ser humano sólo partiendo del lado oscuro de su personalidad? ¿No fue su lado luminoso tan o incluso más real que su faceta subterránea? ¿Pueden convivir en una persona los deseos más sublimes con impulsos inconfesables?

Sé que estoy entrando en terreno pantanoso, pues podría malinterpretarse lo que digo como que quisiera excusar a Germán de los actos perversos y condenables que realizó. Nada de eso. Evidentemente, los graves delitos sexuales cometidos por Doig ocurrieron en la realidad y no pueden ser negados. Mis esfuerzos están puestos en comprender al hombre de carne y hueso que conocí personalmente, en el cual vi tanto virtudes como defectos y debilidades, y al cual recuerdo entrañablemente por haber sido un instrumento del cual se valió Dios para hacerme avanzar en el camino de mi desarrollo personal y de mi travesía hacia el encuentro con Dios, sin quitar que también en ocasiones cometió errores como superior. En fin, una línea torcida más.

Sucede que la mayoría de nosotros tendemos a simplificar la realidad y a trazar una línea divisoria entre los buenos y los malos. Cuando en realidad esa línea pasa por en medio del corazón humano, como pasaba por el corazón dividido de Germán. Y muchas veces lo que llamamos realidad es en verdad una interpretación subjetiva de datos seleccionados, orientada a darnos un cuadro fácilmente comprensible de las cosas. Un ejemplo de esto sería la posición que asumió el Sodalicio: Germán, de ser “el Apostol de la Nueva Evangelización”, pasó a convertirse en el “abusador sexual” que engañó a todos. A decir verdad, creo que Germán fue las dos cosas, pero ésta es una realidad difícil de admitir y soportar, por lo que tendemos a definirlo ya sea por su lado positivo como un hombre bueno que tuvo sus deslices como todo ser humano, o describirlo por su lado negativo y poner en segundísimo plano todo lo bueno que haya podido hacer. Esta dificultad que tenemos para aceptar la realidad sin mediación de interpretaciones la describe muy bien Antonio Ruiz Retegui, quien fuera sacerdote del Opus Dei hasta su muerte en el año 2000, pero cuyas últimas obras no han sido dadas a la imprenta por la Obra debido a sus contenidos críticos (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/indice.htm):

«Efectivamente, “la condición humana no soporta demasiada realidad”, y por eso tiende a enmarcarla en una visión esquemática, ordenada y limpia, fácil de entender y de aceptar. Además, quizá esos intentos de “visiones claras” respondan al empeño por lograr una armonía en el mundo, que en realidad no existe, pero que se experimenta como necesaria para poder vivir sin demasiado compromiso y esfuerzo.

Ante la experiencia de estos contrastes entre los convencionales ortodoxos y los denunciadores díscolos y escandalizadores, se intuye que hay en verdad una tendencia a ocultar la realidad real para presentarla convenientemente maquillada y que esta tendencia nos hace muchas veces perder la realidad del mundo, e ignorar unas dimensiones dolorosas, incomprensibles, de la existencia de muchas personas, que es más amplia de lo que se piensa. Por eso parece que los denunciadores se gozan cuando la realidad presenta hechos que rompen las explicaciones convencionales, como el terremoto de Lisboa en medio del optimista siglo XVIII, que suponen un descalabro para la civilización, cuando suceden catástrofes o salen a la luz hechos mezquinos o miserias vulgares en personajes propuestos como modelos convencionales, que desmienten las explicaciones simplistas de los bienpensantes.» (Antonio Ruiz Retegui, El ser humano y su mundo)

Nunca llegaremos a comprender del todo el misterio del corazón de Germán Doig. Etiquetarlo simplemente como «una persona no ejemplar», buscando desligarse institucionalmente de toda responsabilidad como lo hizo oficialmente el Sodalicio, no explica cómo llegó a tener la fama de santidad que tenía, ni tampoco le hace justicia a su persona. Por otra parte, como hemos visto, parece que vivía con sentimientos encontrados en su corazón. Sé, por propia experiencia, que estos intensos sentimientos de vergüenza, ausencia de autoestima, deseo de morir, suelen generarse cuando hay faltas contra la castidad de por medio, sobre todo cuando se asume una visión negativa de la sexualidad, tal como he descrito en mi post SODALICIO Y SEXO. Los otros pecados no suelen despertar sentimientos tan intensos.

Ha sido doctrina común en el Sodalicio durante mucho tiempo que la raíz de los pecados contra el sexto mandamiento en las personas de vida consagrada no se halla tanto en el deseo desordenado de placeres como en los conflictos interiores y presión psicológica que vive una persona, que terminan desfogándose por esta vía. El símil que se nos presentaba para que pudieramos entender este punto era como sigue. Debíamos imaginarnos un cubo que tenía caras hechas de diferentes materiales: piedra, madera, metal, papel, etc. Suponiendo que se generara presión dentro del cubo, ¿cuál es la cara que se rompería? Evidentemente, la más débil, la de papel. Esa cara correspondería a la sexualidad. Por ello, se exhortaba a reconciliarse con uno mismo, buscar vencer en la lucha interior para lograr la paz que permitiría vivir la castidad perfecta.

Sin embargo, en lo que muchos no cayeron es que esta tensión interna podía ser generada por el mismo estilo de vida sodálite, que pretende ser un camino exigente y radical para alcanzar la santidad. Un estilo de vida que, en aras de alcanzar su meta, podía llegar a tensar el material humano de que uno está hecho hasta el límite. Hacer todo «según el máximo de mis capacidades y posibilidades» es uno de los lemas que se repite continuamente en el Sodalicio y en el Movimiento de Vida Cristiana. El problema está en que este vivir al límite de la exigencia puede en algún momento llevar a cruzar una línea que hace que la persona no aguante más y termine rompiéndose. Y esa ruptura puede generar heridas difíciles de curar y desencadenar fuerzas incontrolables en la psique. Generalmente, la persona sigue creyendo en aquel ideal que alguna vez lo encandiló, pero ahora arrastra como un herido de guerra una abertura sangrante en su costado, e intenta seguir luchando, levantándose y siguiendo en la brega, confiando que el mismo combate y la gracia de Dios le permitirán sanar.

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Germán Doig

En el caso de Germán Doig, es evidente que tenía que lidiar con una tendencia homosexual, que —dado el discurso homofóbico imperante en el Sodalicio— le habría llevado a tener un enorme sentimiento de culpa, agravado por el hecho de que en ocasiones no podía controlar ese impulso y lo llevaba a la práctica con jóvenes que estaban bajo su responsabilidad. Pero eso no anulaba el deseo de santidad que tenía y no le impedía esforzarse y entregarse a una vida al servicio de la Iglesia y de los demás. Más bien, resulta probable que a través de todas las obras buenas que realizaba —de las cuales hay innumerables testimonios— buscara redimirse de aquellas acciones perversas que ocasionalmente realizaba en privado. En otra palabras, si se me permite la expresión, German Doig era un “santo perverso”, o una persona que se valía perversamente de su posición de poder y confianza para satisfacer su impulso homosexual con jóvenes adolescentes, y al mismo tiempo anhelaba dejarse llevar por el Amor de Dios y alcanzar la salvación. En fin, algo de patológico podría haber en esto, pues estaríamos ante una especie de esquizofrenia espiritual. El problema está en que una disociación así no se puede arrastrar a lo largo de una vida, pues en algún momento la persona termina quebrándose definitivamente. En menor medida, como ya he relatado en mi post SODALICIO Y SEXO, yo viví esta disociación de manera heterosexual sin involucrar nunca a nadie, y el problema recién comenzó a mitigarse cuando dejé de vivir bajo la férula de la disciplina que se practica en las comunidades sodálites.

¿Estaba Germán en situación de dar a conocer sus malas acciones? Probablemente sabía que admitir abiertamente los delitos que cometía en privado hubiera significado el alejamiento definitivo de aquello a lo que, de buena fe y con las mejores intenciones, le había dedicado y entregado toda su vida, el Sodalicio de Vida Cristiana. El sentido de su vida estaba unido al destino de esta institución, hasta el punto de que el Sodalicio no sería lo que es actualmente sin la figura y el aporte de Germán Doig. Por el puesto y la responsabilidad que tenía, Germán debe haberse sentido atrapado en tales circunstancias y no habría avizorado ninguna salida factible. Sólo le quedaba seguir trabajando como siempre lo había hecho, esperando que Dios le mostrara el camino a seguir. Había probablemente otro candado que le habría sido difícil de romper, que se expresa en el enunciado repetido continuamente por Figari: quien está llamado por Dios a una vocación específica, pone en riesgo su salvación y su felicidad si abandona ese camino. Y ciertamente que este concepto rígido y fundamentalista de lo que es una vocación cristiana suele generar angustia y atar las conciencias, impidiéndoles tomar decisiones acertadas para solucionar problemas graves.

Por otra parte, hay una práctica que se recomienda en el Sodalicio, que en sí misma no es mala, pero que también puede tener consecuencias nefastas para mantener un estado de cosas insostenible, sobre todo cuando se convierte en un paliativo para anestesiar momentáneamente una conciencia atormentada. Me refiero a la confesión sacramental frecuente. A los sodálites de comunidad —y en general a todos los miembros de la Familia Sodálite— se les aconseja acudir al sacramento de la penitencia —o sacramento de la reconciliación, como se le llama ahora— por lo menos una vez por semana, a fin de estar continuamente en gracia de Dios. En la Antigüedad sólo era necesario recurrir a este sacramento cuando el cristiano había cometido una falta gravísima que rompía su vínculo con la comunión de los fieles en la Iglesia y, por lo tanto, la reconciliación se realizaba como un rito comunitario de reinserción en la comunidad eclesial. Cuando el sacramento de la penitencia fue perdiendo su carácter comunitario, adquiriendo un carácter más personal, y su práctica se redujo al ámbito privado, apareció en el siglo XII la práctica de la confesión frecuente, sobre todo entre los franciscanos y los dominicos.

Si bien es cierto que el sacramento perdona en nombre de Dios los pecados de quien está verdaderamente arrepentido, también es cierto que no soluciona el problema que puede ser la causa de que cometamos acciones inmorales y pecaminosas, ni tampoco borra las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, para quien tiene un fuerte sentimiento religioso y a la vez comete acciones reprobables gravísimas, tiene el efecto de sentir que ya no se tiene que llevar esa carga en la conciencia y de que hay una nueva oportunidad. Es como hacer borrón y cuenta nueva. El problema está en que hacer esto semanalmente a la larga puede hacer que el problema persista y no se solucione. Es muy fácil que el “santo perverso” que hace borrón y cuenta nueva semanalmente termine por perder conciencia de la gravedad de su situación, pues siempre cuenta con una tabla de salvación a la mano para limpiar su conciencia, lo cual en casos como este equivale psicológicamente a un auto-engaño, pues el estar arrepentidos y haber sido perdonados por Dios no significa que desaparezcan como por arte de magia las consecuencias de nuestros actos —en el caso de abusos sexuales, el trauma infligido de por vida a las víctimas—. Persiste la obligación de pagar la pena justa por las faltas cometidas y el deber de reparar el daño producido. En otras palabras, Germán debía haberse entregado a la justicia y haber hecho lo posible para las víctimas fueran asistidas psicológicamente y recibieran una indemnización justa. Confesarse sacramentalmente es algo bueno, pero limitarse solamente a esta práctica equivale a pasar las cosas por agua tibia.

En su novela Mateo Diez, el periodista Pedro Salinas menciona cómo el personaje de Eugenio Poggi pretende haber solucionado sus deslices sexuales con esta práctica. Lo que describe sobre la manera de combatir las tentaciones sexuales se ajusta a grosso modo a lo que se enseñaba en el Sodalicio, tanto en charlas, retiros como en la dirección espiritual. Pero a diferencia de Germán Doig, el Poggi de la vida real solía tener actitudes cínicas y desvergonzadas. En la parte del relato a la que hacemos referencia, el personaje de Mateo Diez, avatar del mismo Salinas, le pregunta a Poggi qué hacer cuando se ve sometido a una tentación sexual, a lo cual éste responde:

«—[…] Arremete contra tu carne cada vez que ésta te quiera morder. Arrodíllate sobre chapitas, báñate con agua helada y la ropa puesta, date pellizcos, golpéate. Además, si cedes a la tentación, recuerda que un pecado llama a otro. Ser cristiano no es fácil. No hay seguridad en esta vida, sino pelea. Y entre todas las batallas de los cristianos, las más duras son las de la castidad, donde la pelea es cotidiana y muy rara vez se obtiene la victoria. Por eso hay que andar con actitud de centinela. Navegamos en un mar muy tempestuoso, y en una navecilla demasiado frágil que es nuestra propia carne —dijo Poggi mientras se agarraba sus convexos y desbordantes rollos.
—Cuando dijiste “muy rara vez se obtiene la victoria”, sonó algo derrotista —acoté, porque percibí un brillo raro en la mirada de Poggi.
—La lujuria es un apetito desordenado por placeres prohibidos. No sólo ensucia el alma, sino también el cuerpo, que es templo del Espíritu Santo. Recuerda que, como dice San Gregorio, “un momento dura lo que deleita y eternamente lo que atormenta”.
—Creo que no me has respondido. ¿Nunca has tenido una tentación fuerte?
—Varias veces.
—Te pregunto por una de las más bravas.
—El año pasado tuve que ir a Alemania a palanquear una plata para la Milicia. Se trataba de una donación que nos iba a hacer un grupo religioso conservador. Luego de conseguir unos cien mil dólares para el movimiento, emocionado, de regreso al hotel donde estaba alojado, me invadió un deseo incontenible de sexo, de fornicar, de tirar como loco.
—¿Y? ¿Qué hiciste? ¿Te arrodillaste sobre chapitas? —le dije con sorna y me reí.
—No. Marqué el teléfono del cuarto para solicitar ayuda.
—¿A quién llamaste? ¿Al obispo de Múnich? —seguí con la cachita.
—No. A una puta teutona.
—¡¿Qué?! ¡¿Estás hablando en serio?!
—Sí, pero si dices una palabra de esto lo voy a negar, y puedo hacer que te expulsen de la Milicia por mitómano.
—¿Y por qué me lo cuentas?
—Me preguntaste por un momento de debilidad. Ése fue uno. Y no pasé la prueba. Además, la alemana tiraba como la puta madre —me comentó Poggi, casi salivando, pero sin dejar sus maneras afeminadas. Por un momento pensé que Eugenio me estaba tomando el pelo.
—Por cierto, después me confesé —agregó.»

En resumen, la exigencia extrema del estilo de vida sodálite unido a un concepto negativo de la sexualidad —tal como lo he descrito en mi post SODALICIO Y SEXO—, a lo cual hay que añadir el conflicto que habría tenido Germán sobre su verdadera identidad sexual —pues aun siendo evidente por los abusos que cometió que sus inclinaciones eran de carácter homosexual, él condenaba explícitamente la homosexualidad—, habrían generado en él una tensión interna de tales proporciones, que le habrían llevado a sucumbir a impulsos descontrolados y cometer abusos contra jóvenes adolescentes que estaban bajo su responsabilidad. Esto, unido a la práctica de la confesión frecuente como una manera de mitigar el peso de la conciencia ante los delitos cometidos —de los cuales Germán habría sido consciente como atrocidades que iban contra aquello a lo que aspiraba en su vida religiosa— podrían explicar en parte esta situación de esquizofrenia espiritual. Y si esto ocurrió con Germán Doig, podría volver a ocurrir con otras personas que vivan bajo las mismas estructuras institucionales, aunque cada caso tendría sus peculiaridades personales y el desfogue no necesariamente se daría a través de abusos sexuales, sino también a través de la masturbación —que, por comentarios que escuché cuando vivía en comunidad, era algo frecuente—, el recurso a la pornografía, visitas clandestinas a los burdeles o alguna aventura amorosa con alguna chica conocida. En todo caso, el problema no estaría en el celibato mismo, sino en las condiciones y circunstancias en que se intenta vivir está antiquísima y venerable práctica de la Iglesia, que ciertamente no es para todos.  Como afirmaba el Cardenal Martini en su libro Coloquios nocturnos en Jerusalén (San Pablo, Madrid 2008), ni siquiera es para todos los que se sienten llamados a la vocación sacerdotal (ver http://de.scribd.com/doc/103798927/Martini-Carlo-Maria-Coloquios-Nocturnos-en-Jerusalen).

A la luz de todas estas reflexiones, se abre todo un abanico de preguntas sobre la muerte de Germán Doig. ¿Cómo murió realmente? ¿Por qué en ninguna de las noticias que dieron cuenta de su fallecimiento se informa sobre la causa de su muerte, ni siquiera sobre si padecía alguna enfermedad que hubiera podido ocasionar el deceso? Si tenía alguna insuficiencia cardíaca —según la versión semioficial que circuló en la Familia Sodálite—, ¿por qué su vida se desarrollaba como si no tuviera ninguna dolencia y por qué no se informó de esta dolencia a los medios? Ante todo esto, ¿cabría la posibilidad de contemplar la hipótesis de un suicidio? Son preguntas que los responsables del Sodalicio deberían responder, a fin de despejar dudas.

Luis Fernando Figari

Luis Fernando Figari

La otra hipótesis que también aparece en el horizonte es que Germán no sólo haya sido perpetrador, sino también víctima de abusos sexuales. Ciertamente habría sido víctima de un sistema ideológico y disciplinario que facilitaría el surgimiento y desarrollo de problemas psicológicos en las personas, los cuales en algunos casos devendrían en una especie de esquizofrenia espiritual, y ese mismo sistema le habría impedido encontrar una salida razonable a esa situación. La pregunta que nos hacemos es si fue víctima de una persona concreta, quien le habría iniciado en las prácticas homosexuales. De ser cierto esto, los indicios apuntarían en dirección a Luis Fernando Figari, Superior General del Sodalicio hasta el año 2010. En nota informativa del 22 de agosto de 2011, Diario16 da a conocer la denuncia contra Figari presentada ante el Arzobispado de Lima (ver https://web.archive.org/web/20160308072219/http://diario16.pe/noticia/8687-denuncian-a-fundador-del-sodalicio-vida-cristiana-por-abuso-sexual), donde la víctima, que curiosamente tenía 16 años cuando sufrió los abusos, afirma que tenía «serios cuestionamientos sobre su orientación sexual. Precisamente por ello acudió a Luis Fernando Figari, a quien le confesó que era homosexual. […] …en una ocasión, tras negarle enfáticamente que fuera homosexual, Figari le preguntó repetidamente cuál era ‘su tipo de hombre’ y para que se lo explicara más claramente le mostró revistas pornográficas, que un joven como él nunca había visto y que lo incomodó sobremanera. Pese a esto, Figari lo admitió en el Sodalicio, “convirtiéndose oficialmente en mi director espiritual”». Si esto es verdad, me pregunto: ¿qué hacía Figari en posesión de esas revistas pornográficas? A esto se suman otras preguntas: ¿por qué le había prestado a Germán Doig libros sobre yoga tántrico, que es una rama del yoga que busca controlar la energía vital mediante la práctica del sexo y el amor? También vienen a cuento anécdotas que cualquiera consideraría extrañas y sospechosas. Recuerdo que en el año 1983, durante las reuniones sabatinas en la Comunidad San Aelred, cuyo superior era entonces Germán Doig, Figari hizo en algunos momentos comentarios tan fuera de lo usual, que hasta ahora guardo memoria de ellos. Una vez nos contó, riéndose obscenamente, de la mancha de semen que había quedado en uno de los libros que tenía, en una ocasión en que se había masturbado. Hasta ahora me pregunto cuáles serían los contenidos del libro mencionado. Asimismo, una vez mostró interés en saber quién se había afeitado alguna vez los vellos de los órganos genitales, siendo así que uno de los presentes manifestó haberlo hecho. Ante comentarios como los mencionados, no hubo ninguna reacción por parte de Germán, que aparentemente consideraba este tipo de frases como algo normal en Figari.

No existe por el momento ninguna evidencia de que Figari haya estado al tanto de los abusos sexuales cometidos por Doig. Lo que cuesta creer es que no haya sabido nada de las contradicciones interiores que habrían aquejado el espirítu de quien fuera su mano derecha, aquel a quien siempre llevaba consigo en sus viajes al extranjero y con quien se reunía en privado con suma frecuencia —bastaba una llamada telefónica para que Germán dejara lo que estaba haciendo y acudiera donde Figari, sin importar qué hora era—, aquel a quien en su misa de exequias llamó “hijo predilecto, hermano y amigo entrañable” (ver http://web.archive.org/web/20101122133556/http://eclesiales.org/germandoig.html).

Queda pues este escrito como homenaje a un ser querido, a quien esperamos que Dios le haya perdonado sus gravísimas faltas y le haya acogido en su seno, pues el bien que hizo a muchos durante su travesía terrenal es grande —como podrán testimoniar la mayoría de las personas que lo conocieron personalmente—, así como son condenables sus graves delitos en contra de personas inocentes, a las cuales el Sodalicio debería indemnizar por la responsabilidad que pueda tener en que Germán haya hecho lo que sabemos que hizo. Su recuerdo no merece ser borrado de la historia. Por el bien del Sodalicio, que no sería lo que es sin su aporte, y por el bien de todas aquellas personas que lo conocieron desde su lado luminoso. Y por el bien de las víctimas, para que se pueda investigar y determinar responsabilidades, y de este modo tomar las medidas para que casos semejantes no vuelvan a ocurrir.

________________________________________

APÉNDICE

Quisiera transcribir un largo poema que tal vez pueda resumir lo que fue la vida de Germán Doig —o lo que él hubiese querido que fuera—. Hay una primera versión que desconocemos. Esta segunda versión data del año 1992 y resume varios de los temas que he tocado en este artículo.

¿Dónde estás, Señor? (1992)
Busco tu rostro, Señor.
Siento dentro de mí
crecer con fuerza
una nostalgia,
un anhelo,
de tu presencia, Señor.
No podría
apartarme
de tu camino, Señor,
pues queda en mí el recuerdo,
queda en mí un hondo vacío
que te reclama, con fuerza.
Te busco
en la creación,
en el horizonte infinito,
en las estrellas lejanas.
Te busco
en los rostros sufrientes,
Cristos heridos
que despiertan tu clemencia
y recuerdan tu presencia.
Te busco
en los hombres que buscan,
en sus miradas anhelantes,
en sus gestos confiados,
en la ternura de sus manos.
¡Muéstrame, Señor, tu rostro!
De rodillas ante Ti,
pero sin poder mirarte…
Quiero descalzarme
y subir tu monte.
No me importa si me quemo…
Quiero escuchar tu voz,
hablándome en el silencio,
llamándome en la noche…
Quiero sentir tu paso
y correr tras de Ti.
Quiero tocar tu mano
y sentir tu ternura.
Quiero apoyarme en Ti
cuando regreso cansado.
Quiero sentir tu consuelo
cuando me siento abatido.
Quiero descubrir mirándome
y sentir que me amas.
Quiero escuchar tu Palabra
mostrando mi camino.
Te he sentido, Señor,
pasar en silencio,
pero al voltear la mirada
sólo quedaba tu huella.
Te he escuchado, Señor,
en el viento,
y en las voces perdidas,
pero al callar
sólo el viento quedaba.
Te he mirado, Señor,
en el Santuario
de tu Iglesia,
pero mis torpes ojos
no han podido olvidar las apariencias,
sólo con la fe te adoraba.
Quedé siempre anhelante…
esperando,
pidiendo,
buscando…
Perdona mi atrevimiento.
Soy un impaciente buscador
de seguridades.
Vehemente y atolondrado
quiero tocar
y ver
y escuchar,
y sentir…
No me basta tu silencio creador,
ni tu discreta huella,
ni tu humilde reposo
tras el velo del Santuario.
No soy malagradecido,
lo sabes mejor que yo.
Todo me maravilla,
tu huella en el mar infinito,
en los colores del crepúsculo,
en el cielo y las estrellas,
y más tu presencia escondida
en la humildad del Santuario.
Te agradezco, Señor.
Es que quiero ver tu rostro,
sentir tu mano,
escuchar tu Palabra.
Ya sé, Señor, que al buscar
puede que no siempre te busque a Ti.
O que te cambie
en medio de mi impaciencia,
y termine tras falaces ilusiones.
Te he cambiado tantas veces,
por tantos ídolos;
falsos consuelos.
Si, recuerdo bien,
con dolor,
cómo en el pasado
he perseguido quimeras,
soñado con idílicos paraísos,
perseguido ilusorias utopías.
Creí encontrarte,
pero no eras Tú.
Tú estabas por ahí,
pero no eras mis mentiras.
En mi intensa ansiedad
olvidé mirar en el santuario de mi interior.
Huí de mí mismo,
me negué a ver la huella
que tu paso había dejado en mí.
Inquieto busqué en vano
sin saber que ya te tenía.
Me perdí por senderos sin fin.
Conforme más me alejé de tus huellas en mí,
más creció mi ansiedad.
Mientras más creció mi ansiedad,
más febril fue mi huida.
Busqué sin saber
que Tú ya me habías encontrado.
Te creí perdido
y oculto.
Pero el perdido era yo,
que me había ocultado
hasta para mí mismo.
Cuando cansado
después de tanto correr tras ilusiones
me senté
y en silencio
quedé sin palabras,
rendido,
sentí tu presencia.
Y en la quietud
del crepúsculo
luminoso
descubrí
la huella que tu mano creadora
había dejado en mí.
Busco, Señor, tu rostro.
No dejes que me oculte de Ti,
como Adán.
Llámame a tu presencia,
como a Samuel.
No dejes que me engañe,
como el joven rico.
Pídeme que te siga,
como los Apóstoles.
Sosténme los brazos,
como a Moisés.
Enséñame a arrepentirme,
como Pedro.
Y permíteme encontrarme
con tu Hijo,
como Isabel,
a través de María.

¿HISTORIA DE ENCUBRIMIENTOS EN EL SODALICIO?

Tercera entrega de una serie de cuatro artículos sobre el caso de Germán Doig.
Primera entrega: LUCES Y SOMBRAS DE GERMÁN DOIG
Segunda entrega: GERMÁN DOIG: ENTRETELONES DE UNA REVELACIÓN ESCANDALOSA

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El caso de Germán Doig no era el primer escándalo sexual de un miembro del Sodalicio de Vida Cristiana que saltaba a la prensa escrita. Ya en octubre de 2007 había habido un precedente con la detención del sodálite Daniel Murguía en el centro de Lima, en el momento en que estaba fotografiando a un niño de la calle desnudo en la habitación de un motel (ver https://web.archive.org/web/20160303231233/http://peru21.pe/noticia/69754/capturaron-pedofilo-cuando-fotografiaba-menor-11-anos). Murguía, aunque pertenecía al círculo íntimo de Figari y vivía en su misma comunidad, era sólo un subordinado sin mayores responsabilidades. Se le expulsó inmediatamente de la institución, a fin de que quedara claro que el Sodalicio no avalaba este tipo de conductas. Y, por supuesto, para que la imagen institucional quedara incólume. Como siempre.

En cambio, el caso de Doig, el segundo en la cadena de mando después de Figari, tocaba el corazón mismo del Sodalicio, pues Germán había sido una de las columnas de la institución, tanto por su aporte a la configuración histórica e institucional del Sodalicio como al desarrollo de su doctrina y espiritualidad. La difusión pública de su caso a través de los medios de comunicación no tenía parangón. Pues ya anteriormente en su historia el Sodalicio habría tenido que lidiar con casos de abusos sexuales relacionados con miembros importantes de vida consagrada. Sólo que en el pasado estos casos habrían sido cubiertos por el manto de la discreción y entregados al silencio y al olvido, ofreciéndoles a los abusadores una salida honrosa y digna y, de paso, salvaguardando la imagen institucional ante la opinión pública. Y también ante la mayoría de miembros subordinados del Sodalicio, pues sus estructuras verticales y autoritarias conllevan una falta de flujo interno de información, de modo que son pocos los sodálites que llegan a enterarse de muchas cosas que han sucedido y están sucediendo en su misma institución y que son sólo de conocimiento de aquellos que están en la cima de la pirámide de mando. La falta de transparencia es una práctica que se da no sólo hacia el exterior de la institución, sino también hacia el interior de la misma.

Uno de estos casos es relatado por el periodista Pedro Salinas en su novela Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002). Como ya he indicado en otra ocasión, si bien se trata de una obra de ficción, todo lo que el autor narra está basado en hechos reales, muchos de los cuales yo mismo puedo corroborar. Salinas no inventa los hechos y anécdotas que pueblan su novela, sino que reviste de ficción e incorpora a una estructura narrativa subjetiva acontecimientos de la realidad, que son modificados y acomodados en función de la trama, sin perder por ello su valor testimonial ni su núcleo de verdad. De modo que lo que narra puede ser inexacto en cuanto a los detalles, pero suele ser verídico en sus trazos esenciales.

El caso concreto a que me refiero ocurrió en el año 1985. En la novela, el personaje principal Mateo Diez, un trasunto del mismo Salinas, después de terminar su período de formación en San Bartolo, es enviado a vivir en la comunidad de Arequipa. Allí recibe una carta de su amigo Santiago Bedoya, que vivía en la comunidad de Barranco (Lima).

«Querido Mateo:

Aprovecho la oportunidad de que la delegación de Arequipa que participó en el Concílium está por acá para enviarte unas breves líneas.

Primera cuestión: si tú preparaste a estos patitas de Arequipa para el Concílium, ¿por qué no viniste tú en vez de Jajo Aranda? A veces no entiendo nada.

Segundo (y esto es top secret; sólo para tus ojos; absolutamente confidencial; después de leer esto, incinera la carta, ¿ok?): parece que Eugenio Poggi ha cometido una falta gravísima y ha sido recluido en la comunidad de la avenida Brasil. Esto no ha trascendido a las agregaciones, ni siquiera a todos los mílites que vivimos en comunidad. Pero sí te puedo decir que ha sido bien jodida la cosa: parece que EP tuvo relaciones homosexuales con Renato Falcone, un mílite menor que nosotros. Parece que se aprovechó de su condición de subalterno. ¿Te acuerdas del pata? Uno de ellos se la chupó al otro, no sé. No tengo mayor información. Pero te digo esto porque yo he tenido unos días de mierda, porque han estado hablando con las personas cercanas a Poggi, y, como tú eres uno de ellos, te lo adelanto para que estés preparado. Falcone ha dejado la comunidad, y probablemente la Milicia. Ojo: esto entre nos y no te olvides de incendiar la carta apenas termines de leerla. Yo sé que no lo puedes creer. Pero mi fuente es fidedigna: yo lo sé por el propio Julio Bertie, quien es la persona más cercana a Eugenio y ahora es mi director espiritual.

Yo, por mi parte e independientemente de esta escandalosa noticia, no estoy bien. No estoy contento. Tengo todo el feeling de que, haga lo que haga, tarde o temprano, la Milicia terminará por saturarme.

Aparte de mis reuniones de asesoría espiritual con Julio, estoy yendo donde un psiquiatra. Bertie me lo sugirió, no te asustes. En fin, estoy con terapia para discernir en serio sobre mi vocación y cuando esté más cuerdo te vuelvo a escribir.

Pero quiero que sepas que te escribo no para contarte el chisme de la década, sino para pedirte que me escribas. Hoy más que nunca necesito de un amigo.

Un abrazo y nada de huevadas de “en Cristo y María”,

Santiago

No lo podía creer. Eugenio Poggi, ¿gay? Todos sabíamos de los amaneramientos de Poggi, pero de ahí a dar el paso para salir del clóset… Alucinante. Terminé de leer la carta y la quemé, tal como me indicó Santiago. Si esto trascendía, el escándalo que iba a suscitar iba a ser terrible. Ya me imaginaba el titular de Expreso: LA MILICIA DE MARÍA: TODAS ERAN LOCAS. Si yo fuese periodista habría titulado la nota: PRÁCTICAS HOMOSEXUALES ENTRE EL CLERO CATÓLICO. O quizás: ABUSO SEXUAL EN LA MILICIA DE MARÍA.

Increíble. El mismo Poggi, quien me había hablado sobre la importancia de la castidad, primero, y sobre sus relaciones sexuales con una alemana, después, terminó siendo un lascivo homosexual. ¿O bisexual? Daba lo mismo. Lo aterrador era que, quien quería suceder a Ferrari en el trono resultó ser un personaje oscuro, sombrío, abusador de su posición de poder, un pederasta. “¡Puta madre, pudo pasarme a mí!”, razoné. ¡A este depravado lo eligieron como mi director espiritual!»

San Aelred de Rievaulx

San Aelred de Rievaulx

El individuo que correspondería en la realidad al personaje que describe Salinas en la ficción vivía efectivamente en la Comunidad San Aelred en la Av. Brasil, en Magdalena del Mar (Lima). En cuanto a esta comunidad, no sé si porque alguien se dio cuenta de que la figura de San Aelred, un monje cisterciense del siglo XII que había escrito sobre la amistad espiritual, era reivindicada por los homosexuales católicos como su santo patrón, o simplemente porque se decidió desde las altas esferas que todas las comunidades sodálites llevarían el nombre de una advocación mariana, lo cierto es que de un momento a otro la comunidad cambiaría su nombre por el de una de las tantas advocaciones con las que se designa a la Virgen María. Pero en ese momento, cuando todavía llevaba el nombre del santo de los gays, habían cuatro jóvenes aspirantes a la vida consagrada que estaban pasando su mes de prueba allí, bajo la responsabilidad y dirección de la persona mencionada, a quien seguiremos llamando con el nombre que usa Salinas en su novela: Eugenio Poggi.

Recuerdo cuando esos jóvenes fueron trasladados inesperadamente de un día para otro a la Comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), de la cual era superior Germán Doig y en la cual yo vivía en ese entonces. Antes de la llegada de los muchachos, el mismo Germán nos había comunicado que Poggi había cometido un acto grave contra la obediencia, y por eso mismo se le estaba quitando la responsabilidad no solamente sobre los muchachos que estaban de prueba, sino también sobre todos aquellos jóvenes a los cuales dirigía espiritualmente, y que iba a vivir bajó un régimen especial en la Comunidad San Aelred. Por supuesto, los chicos que estaban de prueba no sabían nada de esto. Germán les preguntó mientras desayunábamos juntos cuál pensaban que era el motivo por el que habían sido trasladados, y uno de ellos dijo que formaba parte de la dinámica de formación, porque les enseñaba a no tener una actitud instalada y a no aferrarse a un domicilio determinado. Germán encontró perfecta esa explicación como para no tener que dar más explicaciones, y le dijo que había acertado, que ése era el motivo. Así que se quedaron contentos de haber dado en el clavo. Y a decir verdad, ni ellos dieron en el clavo ni a nosotros se nos habría dicho los verdaderos motivos que llevaron al ostracismo que se le aplicó a Poggi, quien comenzó a ser vigilado continuamente y tenía que dar cuentas de todo lo que hacía. Viendo las cosas desde la distancia, una falta de obediencia no justifica las medidas tan extremas y radicales que se tomaron.

Yo fui traslado a la Comunidad San Aelred, de la cual era superior José Ambrozic y que estaba conformada por una variopinta tripulación: Alejandro Bermúdez, actual director de ACI Prensa; José Antonio Eguren, alias “el Cura Gordo”, futuro arzobispo de Piura y Tumbes; Ernesto Vallejo, un sodálite leal a la institución, de carácter risueño y acogedor; un amigo mío que había crecido en un barrio de clase media baja y que tiempo después huiría de una comunidad sodálite por vivir una aventura pasajera con una mujer casada, para después arrepentido retomar una vida cristiana como miembro del Movimiento de Vida Cristiana; un simpático joven de nacionalidad extranjera, homosexual —aunque yo no lo sabía en ese momento—, quien algún tiempo después sería discretamente invitado a retirarse del Sodalicio y regresar a su país de origen, debido a que le habría sido difícil controlar sus impulsos y habría tenido un incidente vergonzoso con un agrupado mariano. Oficialmente, se dijo que tenía vocación de monje —como San Aelred— y que iba a buscar un monasterio que lo acogiera.

Es preciso señalar que los homosexuales que ha habido en el Sodalicio no se colaron en la institución sin que se supiera de su orientación sexual. A través del sistema de dirección espiritual, que hurgaba también en la problemática sexual de los candidatos, Figari llegaba a enterarse de quiénes eran homosexuales, lo cual aparentemente no constituía un obstáculo para ser admitido en el Sodalicio. No sé si Figari pensaba que la práctica del celibato era suficiente para manejar los problemas que pudieran presentarse o si tenía otras razones personales para admitirlos. Lo cierto es que esta maravillosa muestra de tolerancia no se reflejaba a nivel doctrinal en la institución, pues el Sodalicio siempre ha tenido un discurso homofóbico y machista, junto con una falta de comprensión profunda de la problemática homosexual.

Todavía no me queda claro por qué yo fui elegido para vivir en la misma comunidad donde se tenía “recluido” a Poggi. Se me dio a entender que yo era poco influenciable y, por lo tanto, iba a ser difícil que Poggi me manipulara mentalmente. O tal vez porque se me consideraba un “marciano”, una persona que supuestamente no tenía los pies en tierra, que vivía en las nubes y no me daba cuenta de lo que sucedía a mi alrededor. A decir verdad, yo era capaz de percibir muchas cosas que se le pasaban por alto a los demás, aunque me demoraba en procesarlas mentalmente y ubicarlas con sentido en el cuadro de la realidad. Lo cierto es que en ese entonces me creí a pie juntillas lo de la falta de obediencia de Poggi. Aún no había encontrado motivos para desconfiar de mis superiores sodálites.

Poco tiempo después Poggi abandonaría el Sodalicio e iniciaría una nueva vida. Su recuerdo fue borrado de la memoria histórica de la institución, como era costumbre hacer ya desde esa época con aquellos que se iban, y los escritos que había publicado fueron sacados de circulación. Las pocas veces que se le mencionaría en conversaciones privadas sería designado como “el Innombrable”, nunca por sus verdaderos nombre y apellido. No era el primero en la historia del Sodalicio al que se le calzaba tal apelativo. Lo peor de todo es que no creo que se haya hecho nada por la víctima o posibles víctimas de tal sujeto, pues lo único que parece haberle interesado al Sodalicio en casos como éste es enterrar el asunto lo más rápido posible y hacer que el transcurso del tiempo hiciera el resto.

Otro supuesto caso de abusos, que ha llegado a mi conocimiento a través de comentarios dejados en este blog bajo la entrada SODALICIO Y SEXO, incriminaría a un tal Jeffery Daniels, egresado del Colegio Santa María de Monterrico (Lima) —al igual que Figari, Doig y la mayoría de los miembros de la generación fundacional del Sodalicio—, a quien se sindica como presunto responsable de haber abusado sexualmente de casi todos los integrantes de una agrupación mariana que estaba a su cargo. Recuerdo que Daniels era muy popular entre niños y adolescentes menores de edad, y se dedicaba en los años ’90 al apostolado juvenil en el Colegio San Pedro en La Molina (Lima), centro educativo para varones de familias pudientes que está bajo responsabilidad del Sodalicio de Vida Cristiana, y en otros colegios privados.

He reproducido en orden cronológico los comentarios sobre el tema posteados entre el 30 de enero y el 4 de febrero del año en curso en mi blog bajo la entrada SODALICIO Y SEXO. Sólo he corregido la ortografía y en algunos casos he hecho ligeros retoques y añadidos a la redacción, requeridos por el sentido de las frases, además de cambiar un par de nombres.

No conozco la verdadera identidad de aquellos que dan testimonio a través de estos comentarios, los cuales se identifican a través de seudónimos, a saber:

La Ciudad te Habla
Presunta víctima de violación por parte de Jeffery Daniels.

F.U.
Presunta víctima de abuso sexual no especificado.

J.A.
Víctima de abusos psicológicos que no especifica, a consecuencia de los cuales ha tenido que seguir un tratamiento.

JPS
Testigo que asume una posición favorable al Sodalicio, pero que, no obstante, confirma los supuestos hechos mencionados por las víctimas.

Al transcribir los mensajes, no pretendo llegar a conclusiones sobre hechos que yo mismo desconocía y que no puedo corroborar. Los testimonios tienen señales de ser auténticos, tanto por su forma y estilo, como por los contenidos y los detalles que señalan. Lo cual ameritaría que se investigue qué hay de cierto en los hechos que cuentan. Respeto la decisión de quienes, por razones personales y a fin de evitar inconvenientes, han preferido guardar el anonimato, lo cual no invalida sus testimonios. Ojalá se animen a presentar las denuncias del caso ante las autoridades competentes —las cuales están obligadas a mantener discreción sobre la identidad de los denunciantes—, a fin de que sus testimonios adquieran el peso jurídico necesario para iniciar un proceso.

La Ciudad te Habla dice:
30 de enero de 2013 a las 22:21

Yo conozco a otro pedófilo sodálite, Jeffery Daniels. Seguirá siendo sodálite, lo habrán botado o se habrá ido, ¿quién lo sabrá? Abusos a niños, agrupados del MVC [Movimiento de Vida Cristiana], se cometieron dentro de comunidades sodálites y no creo que sólo fueron Jeffery Daniels, Germán y Daniel.

Es difícil saber de estos abusos, porque varios de los abusados (compañeros de mi ex agrupación y supongo que de otras) que ahora son sodálites, fueron abusados por el consejero que era o es sodálite perpetuo (digo “era” porque fácil [que] lo botaron). [Se refiere al rango de profeso perpetuo, que es el que tienen los sodálites consagrados que han hecho promesas formales de obediencia y celibato a perpetuidad. Según los estatutos del Sodalicio se puede ser liberado de esa promesas con autorización del Superior General, si existe una causa gravísima que lo amerite, teniendo esto como consecuencia que la persona deje de pertenecer al Sodalicio y no pueda volver a ser admitido en él.]

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Guillermo Montezuma dice:
31 de enero de 2013 a las 5:42

Tú puedes decir y mencionar nombres y no puedes escribir el tuyo. A eso le llamo cobardía, quizá ése es tu otro nombre y apellido.

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La Ciudad te Habla dice:
31 de enero de 2013 a las 16:20

¿De qué sirve que ponga mi nombre? El hecho es que una o varias personas se aprovecharon sexualmente de niños gracias a su posición de guía espiritual.

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Santiago dice:
31 de enero de 2013 a las 18:16

El señor en mención ya no [forma] parte del SCV [Sodalitium Christianae Vitae]. Recuerdo que cuando preguntábamos qué había sido de él —pues de un momento a otro desapareció—, nos informaron que él quería ser monje y que lo enviaron a San Bartolo para meditar y discernir sobre su “nuevo llamado”. Amigos míos que habían entrado a Formandos [tercera etapa de formación en la escala de rangos del Sodalicio] en San Bartolo me comentaron que el señor paraba recluido en una habitación, que rara vez salía, pero que tenían prohibido hablar con él. Año y medio más tarde nos dijeron que Luis Fernando [Figari] le había dicho que no, que la espiritualidad sodálite no acogería esa nueva rama (monjes) y que por ello dejó el SCV y partió fuera del país a fin de desplegarse en lo que sería su nuevo llamado. Al menos esa fue la explicación que a mí y a mi grupo de discernimiento nos dieron.

Si paso algo más, si lo ocultaron, lo negaron, lo trataron, no lo sé.

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La Ciudad te Habla dice:
31 de enero de 2013 a las 18:40

Hola, Santiago:

Si te refieres a Jeffery Daniels, lo que te dijeron sobre su vocación es mentira. Esta persona hizo atrocidades, abusos y aberraciones con casi todos los de su agrupación. Te digo “casi todos”, porque sólo se salvó uno, que ahora es sacerdote sodálite en Ecuador. No creo que una persona así tenga vocación de monje.

Todos los sodálites no son como él, por suerte, pero debido a falta de normas de seguridad dentro de sus comunidades y de todo el rollo que tienen con el sexo, se han cometido atrocidades a niños agrupados que, como yo, lo denuncian. Parte de la culpa también la tiene el Sodalitium, no sólo Jeffery.

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J.A. dice:
31 de enero de 2013 a las 13:39

Guilermo, te recuerdo que el mismo Señor nos exhorta a denunciar. Somos muchas personas afectadas psicológicamente y que tenemos daños que hemos sufrido en el SCV —por correo interno te puedo dar mi nombre y mencionarte el tratamiento que tengo que seguir—, así que lo que menos podemos hacer como cristianos es DENUNCIAR. Denunciar no es sinónimo de no perdonar o de resentimiento, pero si no denunciamos, entonces seríamos cómplices de abusos, atropellos y malos procedimientos y en el fondo seríamos otros Pilatos más que nos lavaríamos las manos. No estoy de acuerdo con tu posición. La lógica que utilizas es darle el significado [de] silencio al perdón, y definitivamente ése no es el significado del perdón. El mismo SCV, ACI [Agencia Católica de Informaciones] y el MVC han denunciado y denuncian muchas cosas que en la Iglesia y en las personas no están bien. Entonces de acuerdo a esto, ¡¡¡el SCV, ACI y el MVC son resentidos!!! ¿¿¿Tú les dirías a ellos que se callen y que perdonen??? No te entiendo; no entiendo tu proceder, ni tu lógica.

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La Ciudad te Habla dice:
31 de enero de 2013 a las 21:39

Santiago, además si el Sodalitium sabía de las atrocidades, violaciones y demás cosas que hizo Jeffery Daniels, se convertirían en cómplices de esos delitos. Y estoy seguro de que en el Sodalitium sabían, porque sé que dos de mi ex agrupación son sodálites de diferentes vocaciones, uno sacerdote sodálite y otro casado. Me da pena que en una institución donde existen personas tan buenas, también existan personas sin valores que destruyen el buen trabajo que otros hicieron y hacen. Dices que Jeffery Daniels ya no pertenece al Sodalitium. Por lo que sé, este violador es Sodálite Perpetuo, y el concepto de perpetuo es [para] toda la vida.

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Jorge dice:
1 de febrero de 2013 a las 5:11

[…] Claro, ¿cómo van a permitir un ataque a Martin, si él es quién tuvo la valentía y el coraje de escribir, lo que ellos no han escrito? ¿Cómo van a decir que los escritos de Martin son exagerados, tediosos narrativos, puritanos y chismosones? Eso no es posible.

Lucas le responde a Guillermo que debe quedarse callado, ¡no se puede opinar en contra de lo escrito por Martín! Dan por sentado que todo lo que escribe Martin es verdad y es como se vive en las comunidades sodálites. Guillermo les dice que no es cierto, gran osadía la de Guillermo; responden: “él solo quiere defender al SCV”; por lo tanto, su testimonio es inválido. Incluso aparece un señor que inicia una argumentación psicologista sobre sectas, generaliza, tira barro, da muestras de su “gran conocimiento” y pretende tener la razón sobre lo que se vive en las comunidades del SCV. Él tiene más razón que alguien que ha vivido en ellas. Aparecen víctimas de los abusos de la forma de vida en las comunidades sodálites, escriben con dramatismo, tratamientos psicológicos de 15 años por culpa del SCV y no es sólo el que escribe, sino que él conoce un montón de personas más. ¿Cómo se puede refutar eso? Si lo refutas, eres un maldito, pues no comprendes que el SCV trauma a las personas y los lleva al psiquiatra.

Finalmente, aparece alguien que utilizando su cuenta de Facebook, endosa delitos sexuales a una persona sin pruebas sólo con su dicho y, para terminar de embarrar al resto, nuevamente manifiesta sin pruebas: ”y no creo que sólo fue Jeffery Daniels, Germán y Daniel”. Lo curioso es que no pone su nombre. Claro, es fácil ocultarse en el anonimato. Podría yo también señalar que esta persona cometió equis delitos y tranquilamente esconderme tras un seudónimo. Mi estimado anónimo, si eres víctima de los abusos de un delincuente sexual, denúncialo, úbicalo y mételo preso, pero por favor no tires barro a personas que no tienen nada que ver en el supuesto delito que cometieron contra tu persona. […]

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La Ciudad te Habla dice:
1 de febrero de 2013 a las 15:42

Hola, Jorge:

Las pruebas las puedes escuchar de boca de todos los agrupados del Colegio Santa María que pertenecieron a la agrupación de Jeffery Daniels hasta el año ’96. Algunos de ellos son sodálites y, como buenos cristianos católicos, te podrán decir la verdad. Los abusos sexuales se cometieron en la comunidad de San Borja, en las misiones [a las] que fuimos un año a La Joya, Camaná [Arequipa], y al año siguiente a Quilca, también en Camaná. Pruebas puedes encontrar dentro del Sodalitium. Mi último contacto con alguien del Sodalitium fue cuando [un sodálite] fue a mi casa a tantear si le decía algo de las atrocidades que Jeffery me hizo y le hizo a casi toda su agrupación, y amablemente lo invité a irse de mi casa. Eso fue en el 2000. Saber quién soy es fácil y saber de las pruebas también. Sólo realiza las preguntas, como dice Santiago, y llegarás a la verdad. Hablo ahora porque no me gustaría que a mi hijo o a nadie le suceda lo que pasó con esa agrupación.

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Martin Scheuch dice:
1 de febrero de 2013 a las 15:58

…quisiera comentar algo sobre el anonimato. El poder expresarse de manera anónima es algo a lo que se tiene derecho, sobre todo en el ámbito de Internet. Hay muchas cosas ciertas que algunos no se atreverían a decir o testimoniar, si no se garantizara su anonimato, pues existe el temor de represalias, medidas punitivas, acoso, etc. De ninguna manera es un acto de cobardía. Lo que alguien dice de manera anónima puede ser discutido, debatido e incluso contradicho. La atención se centrará en los contenidos y no en la persona concreta que los haya emitido. Y admito que sobre el caso de Jeffery Daniels no sé por el momento absolutamente nada. Pero dada la cantidad de testigos que hay, es algo que merecería ser investigado. No estamos hablando de meros vicios privados, sino de delitos que en cualquier sociedad sana se ventilan en el fuero penal.

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F.U. dice:
1 de febrero de 2013 a las 20:54

Jorge, el dramatismo con que dices que hablamos es cierto. Yo fui víctima, y ya te he dicho en alguna ocasión que si quieres pruebas de mi caso te las puedo dar. Mi caso no es aislado. No me siento tranquilo frente a una institución que por su proceder ha causado tantos males a tantas personas. Si de verdad quieres saber una lista de nombres verificables, pues contactémonos y hablamos. Eso no es un secreto ni siquiera para muchos sodálites que están en comunidad y que están saliendo, porque definitivamente su conciencia no los deja [tranquilos]. Así que si quieres sincerarte y dejar las pasiones a un lado, date la oportunidad de abrirte a la verdad y sus hechos. Yo y muchos más te lo podemos decir. Con respecto a las denuncias formales, créeme que las hay tanto en Lima como en Roma, por abuso psicológico, abuso de poder, abuso sexual y corrupción de menores. Eso ya está hecho. Acá venimos a comentar algo que se mantuvo reprimido por mucho tiempo y que no queremos que pase en vano o que pase a otras generaciones. Con respecto al hecho de que estas denuncias recaen sobre particulares y no sobre la institución, déjame decirte que la formación en San Bartolo era llevada bajo la política del SCV. Además se nos tenía dicho que todo lo que dijeran LF [Luis Fernando Figari] y GDK [Germán Doig Klinge] era política del SCV y vaya que se seguía esa política a pie juntillas. Así que, mi estimado Jorge, si quieres evidencias y pruebas, con mucho gusto [te las doy]. Si en verdad buscas la honestidad y no defender tu pasión por el SCV, pues aquí hay uno dispuesto a darte pruebas, nombres, muuuuuuuuuchos nombres de afectados que están dispuestos a dar su testimonio. Ahora no me vendrás a decir que nos juntamos un montón de gente que a las justas nos conocíamos a hundir al SCV. En verdad te preguntaría lo mismo que le he preguntado al SCV: ¿tu interés es ser fiel a la Iglesia y a Cristo por medio del SCV, o tienes al SCV como un fin, al que no quieren cambiar por un no-se-qué extraño? Porque es innegable que es contundente el hecho de que hay vicios que hacen mucho daño en el SCV. Y si no fuera así, pues entonces no hay nada que temer. Todos nosotros nos hundiríamos por nuestro propio peso, y el SCV con una simple muestra de transparencia rebatiría todas estas acusaciones. Tanto me temo que no lo pueden hacer.

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JPS dice:
1 de febrero de 2013 a las 21:18

Confieso que lo que cuenta Martin me ha dolido mucho.

Y no porque considere que sea un “traidor” ni nada por el estilo, sino porque habiendo vivido muchos años en comunidad, puedo decir que fueron años muy felices y de los que guardo el mejor de los recuerdos. Años exigentes, ciertamente, pero cuya exigencia tenía un sentido y daba grandes frutos en el apostolado y en el deseo de ser cada día más santos.

Es verdad que algunos hermanos podían ser presa de la vanidad y que ello desvirtuaba los grandes beneficios de las exigencias y el ascetismo. Esa vanidad, que en algunos superiores podía combinarse con un desmedido énfasis en el rigor, puede haber afectado a algunos. Eso es comprensible y es lo que parece haber sucedido con Martin. Pero es solo una suposición y no es motivo de estas (torcidas) líneas.

Lo que quiero decir es que, como Martin, nunca supe de los abusos sexuales durante mi pertenencia al SCV y, ahora que se sabe lo de Germán, Daniel y Jeffery, sólo puedo decir que es lo único que sé. Sé que son casos aislados y minoritarios. Gravísimos y condenables, pero aislados. Por eso pienso que atribuirle al SCV como institución las barbaridades de esos tres enfermos es incorrecto. Y si no son minoría y surgen más casos, lo asumiré con el mismo dolor con el que asumí los otros.

Entiendo el dolor de gente como Gonzalo Cano, cuyo hermano parece haber sido abusado por Daniels, pero no tanto la actitud de Pedro Salinas ni la de JEES [José Enrique Escardó Steck], porque en ellos el rencor se torna por momentos pueril. Entiendo el repudio a Murguía y a Jeffery por las conductas que se les atribuyen. Pienso, sin embargo, que se exagera al decir que sólo uno de los agrupados de Daniels se salvó. He conversado con algunos de esos agrupados, y aunque es cierto que Daniels es culpable, también es cierto que no todos fueron víctimas. De quien se dice que fue abusado y que hoy es sacerdote, solo puedo decir que tengo fundadas razones para pensar que esa afirmación no es cierta, pero no puedo afirmarlo con la categoría y convicción de La Ciudad te Habla.

En cuanto a ti, Ciudad, concuerdo con Martin en que tu anonimato en nada afecta tus opiniones, y por eso me tomo la libertad de dirigirme a ti, de anónimo a anónimo: quienes sabemos quién eres (o por lo menos creemos saberlo), entendemos tu actitud. Jeffery fue un mal hombre. Pero entiende que fue Jeffery, no el SCV, quien les hizo daño a ti y a tu agrupación. Recuerda también que las acusaciones a Jeffery por parte de [Orlando] fueron directamente transmitidas no a Luis Fernando, sino a Germán, de quien en ese entonces se tenía el mejor concepto. Como seguramente te pasa, de sólo pensar en eso se me escarapela el cuerpo. La complicidad y la suciedad de esas almas me espeluznan. Pero ése no es el SCV, por lo menos no el que viví. Esos son Daniels y Doig traicionando el espíritu y la misión del SCV. Amarrándose una soga al cuello.

Además creo, sin temor a equivocarme, que el deseo de muchos de los críticos es encontrar más mierda de la que realmente existe. Pienso también que el resentimiento de Pedro y JEES por habérseles “cerrado las puertas” luego de su salida (práctica que sí existió por mucho tiempo) han encontrado en las miserias de Germán, Daniels y Murguía ua nuevo aire. Pienso que periodistas como Paola Ugaz se regocijan encontrando basura, pero que se desesperan cuando no encuentran tanta como quisieran. Pero ésas son sólo opiniones.

En cuanto a lo que dice F.U., sería bueno que aclare si los “muuuuuuuuchos” afectados son por temas de índole sexual o también por los temas psicológicos y de abuso de poder por él mencionados. Ayudaría mucho al foro.

Finalmente, te mando un abrazo, Martin. Aunque no conozco tus actuales composiciones, tengo el atrevimiento de refutarte y discrepar contigo: tus composiciones dentro del SCV son una verdaderas joyas. Grandes herramientas para la oración y el apostolado pero, sobre todo, grandes ventanas hacia tu corazón de artista. Hasta hoy las escucho y descubro en ellas no sólo la fineza y valía de su autor sino, sobre todo, las insondables realidades de la fe y de la Iglesia.

Saludos.

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La Ciudad te Habla dice:
1 de febrero de 2013 a las 21:46

El único que se salvó fue [EC], y Jeffery lo afirmó y se lo dijo al frente de todos sus agrupados un día antes de su Misa por sus votos perpetuos en Camacho, en casa de [EC]. Además de haber sido abusado por él. Por eso lo afirmó.

Por lo que dices, JPS, me queda claro que lo de la vocación de monje de Jeffery era pura mentira.

No te puedo afirmar más cosas, porque no sé si la denuncia de [Orlando] hizo que lo manden a Jeffery a San Bartolo aislado por un año y medio. Y si fue así, las personas que hicieron esto serían cómplices de este enfermo violador por no haberlo denunciado.

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La Ciudad te Habla dice:
1 de febrero de 2013 a las 22:09

Además qué pena que las atrocidades que cometió el Sodálite Perpetuo Jeffery Daniels salgan a la luz ahora en este blog. Y me siento bien y que estoy haciendo lo correcto de hacer estas denuncias y saber que [Orlando], hombre valiente, no se quedó callado y denunció esto antes que yo.

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JPS dice:
1 de febrero de 2013 a las 22:26

Ciudad:

El responsable del manejo del tema Daniels fue GDK. Nadie más que él. Lamentablemente para todos, a él llegaron las denuncias y, como imaginarás, se encargó de manejarlas a su conveniencia. Los sodálites no tenían por qué desconfiar de esa historia. Al igual que Martin en su momento, los demás no sabíamos qué es lo que había pasado.

No voy a poner en duda lo que dices que dijo Jeffery en esa reunión, pues de él espero cualquier cosa. Como dices, es posible que todos los que estaban ahí presentes fueran víctimas, pero Daniels tuvo otras agrupaciones y es injusto para los otros jóvenes que se diga cosas que no fueron. Sin embargo, ahora entiendo que te refieres a esa agrupación específica. Y sí, fue un miserable.

Quiero que entiendas que no reprocho tu actitud, sino que la entiendo. Pero así como sé de lo que hablas, te digo que eso no es el SCV. Muchos de mis grandes amigos son sodálites hasta el día hoy. Mucho de lo bueno de mi vida me lo dio el SCV. Y en ese SCV no debió haber habido lugar para gente como ésa. Es una espina punzante, Ciudad, y lamentablemente tú conoces de cerca su veneno. Pero que toda esa tragedia no te nuble. Principalmente por tu bien.

Que se denuncie a quienes sean culpables y que se haga justicia, pero nada más que justicia. El resto es venganza.

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La Ciudad te Habla dice:
2 de febrero de 2013 a las 16:04

Guillermo:

Supongo que tus comentarios de hace un par de días respondieron a un impulso casi ciego de defensa de una institución a la que de repente perteneces, [y] que las personas con un poco de inteligencia, autonomía y demás cosas estoy seguro —alguien mas ya te lo ha dicho y en este blog lo han debido de tocar varias veces— NO COMETERÍAN. Pero alguna vez fui así. Te entiendo y acepto tus disculpas.

Primero me dijeron cobarde, luego que tiraba barro, que no había pruebas, luego de un día [para otro] lo aceptaron (supongo que las pruebas no eran necesarias) y ya no se hablaba solamente de Germán y Daniel. Ahora se habla de Germán, Daniel y Jeffery. Ya no son dos, ahora son tres abusadores sexuales dentro del Sodalitium. Y ahora tus disculpas.

Lo que no escucho hasta el momento es qué ACCIONES piensan tomar o han tomado para que no vuelva a suceder esto. Las violaciones sucedieron en las misiones que se hacían a mitad de año en Arequipa. En las mismas misiones (en Camaná) y en el Centro Pastoral de Arequipa, donde dormíamos. Una buena accion a tomar podría ser que menores de edad no vayan a las misiones y sólo asistan mayores de 18 [años]. Pero leo eso y me da pena. Mis comentarios no van a buscar venganza; sólo quiero que no sucedan más estas atroces violaciones dentro del Sodalitium. Las violaciones sucedieron en la comunidad sodálite de San Borja [Lima] y en el Centro Pastoral del mismo distrito. ¿Qué acciones han tomado —si, por lo que leo en comentarios anteriores, ya sabían de la denuncia de violación que Jeffery Daniels cometió [contra] uno de sus agrupados— o qué acciones van a tomar para que no vuelva a suceder?

Si [el sodálite mencionado antes] fue a mi casa [en] el 2000, antes [de] que Germán fallezca, a ver si le decía algo sobre las atrocidades de Jeffery, ya no era sólo Germán el que sabía del caso. Germán era el segundo de la institución, y [ese sodálite] en ese entonces recién había empezado a vivir en la comunidad sodálite de Barranco [Lima]. Es difícil creer que sólo Germán sabía de esto, si hasta una persona que recién empezaba a vivir en comunidad lo sabía.

Otra cosa que me gustaría saber es dónde puedo encontrar el informe formal que el Sodalitium ha realizado sobre las violaciones que el Sodálite Perpetuo Jeffery Daniels cometió en comunidades sodálites y en las misiones que el MVC organizaba en Camaná (Arequipa). Si los sodálites sabían de este caso cuando lo denunciaron, ¿dónde lo denunciaron?

Son cosas que no dejan bien parada a una institución, sea cual sea.

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La Ciudad te Habla dice:
4 de febrero de 2013 a las 17:49

Por lo que leo en posts anteriores, el Sodalitium sabía de las violaciones y abusos sexuales que Jeffery Daniels cometió, debido a una denuncia hecha por el hermano del abusado.

Como agraviado de las violaciones hechas [por] Jeffery Daniels, ¿dónde puedo encontrar un informe hecho por el Sodalitium sobre las atrocidades hechas por este miserable?

Quisiera saber dónde y cuándo hicieron las denuncias y si llegaron a algo.

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Jorge dice:
4 de febrero de 2013 a las 20:18

¿No sería mejor que lo denuncies ante la justicia peruana? ¿No sería mejor que sigas un proceso legal para castigar a los culpables? ¿Ganas algo pidiendo información en este blog?

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Tito dice:
4 de febrero de 2013 a las 20:22

Sí, Jorge, gana saber si el Sodalicio hizo algo al respecto. ¿De qué sirve ir a la justicia peruana? ¿Para que todo ocurra como siempre, que se enteren por terceros y luego salga el Sodalicio a decir “no tuvimos nada que ver, no sabíamos, lo sentimos mucho”?

Por si no te has enterado del tema, aquí [se trata de] si el Sodalicio hizo algo o no hizo algo respecto a que su institución da a luz a demasiados pederastas [como] para ser una organización religiosa normal.

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Santiago dice:
4 de febrero de 2013 a las 22:37

Hola, Jorge:

Sí, La Ciudad te Habla gana algo. Que más personas se anden con cuidado, que descubran que los hombres podemos ser santos o sencillamente instrumentos del demonio. Y que cuando se busca ocultar algo, es porque se sabe que es fruto de algo que no esta bien en el interior de la asociación o de la persona.

Es hora de que se salga al encuentro de las necesidades de las personas, sobre todo de las víctimas, de hermanos nuestros de quienes debimos ser sus guardianes, y que con nuestra pasividad y desidia dejamos caer.

Ocultar hechos es negarse a brindar soluciones y explicaciones, peor aún, no buscar abrirse a la corrección fraterna. Dime: ¿crees que lo que aquí se dice no se habló ya con los superiores o personas de relativo cargo? Hay mucha gente buena que lo ha hecho, pero no ha obtenido nada a cambio. Es lamentable, pero cuando a uno no lo escuchan en su propia casa, tiene que abrirse espacios para reclamar caridad, justicia y acción. No debe de hacerse una rutina de ello; no debe esperarse que sea la presión mediática la que tenga que influenciar en tomar acciones cuando lo debería hacer el Amor de Dios.

“¡Humildad!” se escucho en la Asamblea Plenaria del SCV cuando se toco el tema de GDK. ¡Humildad se necesita ahora para aceptar las culpas y plantear soluciones! Soltando ese lastre, el SCV podrá desplegarse y dar más gloria a Dios.

Hasta aquí los comentarios sobre el caso de Jeffery Daniels. Sería interesante conocer la versión del mismo Daniels, el cual, hasta donde tengo entendido, reside actualmente en los Estados Unidos. Sería interesante saber por qué estuvo “recluido” durante un tiempo en una de las casas de formación del Sodalicio en San Bartolo, en circunstancias en que no le estaba permitido ni siquiera comer junto con los demás miembros de la comunidad, sino que le llevaban la comida a una habitación separada y sólo tenía autorización para hablar con una persona determinada, como me ha sido confirmado por otra fuente. Yo mismo he sido testigo de otros casos en que se aplicó esta práctica de aislamiento, en general con sodálites de comunidad que habían entrado en “crisis” y habían tenido algún lío de faldas, resolviéndose la mayoría de estos casos con la salida de comunidad de la persona afectada. Por otra parte, ¿qué relación habría tenido Daniels con Germán Doig, quien parece haberlo protegido y haberse encargado de que nada se supiera de las acusaciones que pendían sobre su cabeza? En vano se pedirá un informe al respecto a las autoridades del Sodalicio, pues ese informe probablemente no exista, así como tampoco hay evidencia de que se haya comunicado nada de esto a las autoridades eclesiales para hacer la denuncia correspondiente.

Entendemos que una institución de vida consagrada, donde sus miembros se han comprometido a guardar el celibato, quiera mantener discreción respecto a faltas graves contra la castidad cometidas por algunos de sus integrantes, con el fin de salvaguardar su propia imagen y la reputación de las personas que han tenido esos deslices en su vida privada. Pero esto debe limitarse a actos privados en los cuales, si hay participación de otras personas, se da un consentimiento mutuo para la realización de tales actos, por más pecaminosos que puedan ser. De este modo, si algún consagrado ha tenido sexo consentido con otra persona de otro sexo —como puede ser una aventura amorosa con una mujer soltera o casada, o comercio carnal con prostitutas—, o incluso si el acto sexual se ha dado de mutuo acuerdo con una persona mayor de edad del mismo sexo que el suyo, no existe la obligación de dar a conocer estas cosas a la opinión pública, pues se trata de vicios y pecados privados, ciertamente graves, pero no de delitos. Es lícito cubrir con el manto de la discreción tales hechos. Pero si los deslices sexuales involucran actos de seducción, abuso de posición y de confianza, manipulación psicológica, extorsión, violación, uso de la fuerza para obtener el objetivo deseado, o si las personas afectadas son menores de edad, entonces nos hallamos ante actos delictivos y, en consecuencia, existe la obligación de hacer una denuncia formal y, eventualmente, dar a conocer los hechos a la opinión pública. Tratar actos de esta categoría como “asuntos familiares” que no deben ser revelados constituye delito de encubrimiento.

Hay que tener en cuenta que también existe la obligación de ayudar a las víctimas, indemnizarlas y tomar la medidas del caso para evitar que esas cosas vuelvan a suceder. Para ello se requiere que haya transparencia y honestidad. Y, evidentemente, el culpable debe ser sancionado de manera justa. Lo cual termina beneficiando a todos: a las víctimas, que pueden de esta manera sanar sus heridas; al culpable, que, pagando su delito, puede rehabilitarse personalmente; a la institución, que muestra que ha actuado de manera responsable y demuestra así su confiabilidad. Y si al final se descubre que las acusaciones eran falsas, la institución queda libre de toda sospecha. En ese sentido, lo peor que puede hacer es encubrir los abusos sexuales cometidos por sus miembros. Para que nadie se entere, ni siquiera los miembros subordinados ad intra, que son la mayoría y que están en la institución de buena fe y con las mejores de las intenciones, sin sospechar que esas cosas también pasan en entidades católicas que aspiran a ser camino de santidad.

Me dirijo ahora a quienes consideran que han sido víctimas de abusos sexuales o psicológicos en el Sodalicio de Vida Cristiana. Es importante vencer el miedo y la vergüenza para poder superar el trauma. Asimismo, hay que hablar sobre las experiencias vividas, a fin de poder objetivar el dolor y el sufrimiento que aún quedan. Quizás el camino a recorrer sea largo, pero al final podremos reconciliarnos con nosotros mismos, quizás también con Dios, y perdonar a los culpables. La recompensa será una libertad interior ganada a pulso. También es importante conversar estos temas con una persona de confianza y, de ser posible, presentar una denuncia formal, a fin de que estas cosas no se repitan y los responsables no queden impunes. Es una obligación pendiente que se tiene no sólo con la sociedad, sino también con aquellos miembros de la institución que todavía permanecen en ella, viviendo bajo un sistema que habría permitido que ocurrieran tales abusos y los habría encubierto. ¿Querremos con nuestro silencio ser cómplices de esta situación?

Confieso que a veces uno quisiera que ciertas hipótesis no se vieran corroboradas por la realidad. Y éste es uno de esos casos, pues para muchos significaría el derrumbe de un sueño y la caída de algo en que muchas personas inocentes han cifrado sus esperanzas y mediante lo cual han afianzado una vida cristiana comprometida. Pero a veces hay ciertas dosis de realidad que es necesario aplicarle al paciente para curarle de su enfermedad, aunque ello implique pasar temporalmente por un estado de shock. Porque sólo la verdad nos hará libres.

Ante todo este panorama que se nos ha presentado con las tres primeras entregas de esta serie de artículos sobre el caso Doig, surgen algunas preguntas. ¿Es posible que un hombre como Germán Doig haya tenido un auténtico deseo de santidad y, a la vez, se haya sentido inclinado a cometer los actos perversos que efectivamente llevó a la práctica? ¿Qué sucedía en el alma de Doig? ¿Qué circunstancias estructurales y disciplinarias del Sodalicio influyeron para que se mantuviera en lo que considero un estado esquizofrénico de santo pervertido? ¿Era su vida espiritual auténtica, o era simplemente una farsa? En la siguiente entrega intentaré una aproximación a estas cuestiones.

Cuarta entrega: GERMÁN DOIG: UNA INTERPRETACIÓN