ACTUALIDAD DEL MARQUÉS DE SADE

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Donatien Alphonse François de Sade (1740-1816), conocido como el marqués de Sade, no fue muy distinto a muchos de sus contemporáneos en lo que a costumbres éticas se refiere. Y si bien sus biografías suelen citar un par de escándalos relacionados con burdeles y prostitutas, no es nada que se saliera de lo común dentro de la moral sexual de la nobleza francesa del siglo XVIII.

Sin embargo, ha pasado a la historia como símbolo de perversión y libertinaje, incluso derivándose de su nombre un término para designar ciertas actividades marginales de la sexualidad humana: el sadomasoquismo.

Pues sus novelas, narraciones y piezas de teatro están repletas de descripciones literarias detalladas de actos sexuales en todas sus formas y posiciones, unidas con frecuencia a castigos físicos, torturas y abusos, hasta el punto de que el pensador francés Georges Bataille calificó sus novelas de «apología del delito». Pues sus personajes no sólo actúan, sino que también filosofan y expresan ideas que justifican no sólo su entrega desenfrenada a los placeres carnales, sino también el sometimiento sexual de hombres y mujeres, incluyendo a menores de edad. Además de que se justifican otros crímenes como el fraude, el robo y el despojo, e incluso el asesinato.

Una constante presente en sus obras es que la virtud atrae la infelicidad y los sufrimientos, mientras que el vicio es recompensado con placeres y éxito en la vida. En Justine o los infortunios de la virtud, la joven protagonista huérfana que sólo busca hacer el bien es continuamente víctima de abusos de parte de aquellos a quienes ha auxiliado, en un par de ocasiones incluso salvándoles la vida. No deja de llamar la atención que en un momento de la historia sean cuatro monjes los abusadores, quienes mantienen sometidas a servidumbre y esclavitud sexual a un grupo de ocho mujeres, amparados en que nadie intentará averiguar lo que ocurre detrás de las paredes de su monasterio y presentando siempre una imagen externa de piedad y devoción. Cuando Justine descubre la trampa en la que ha caído, exclama: «¡Ay, cielos! … ¡tendré que ser de nuevo la víctima de mis buenos sentimientos, será de nuevo castigado como un crimen mi deseo de acercarme a lo que la religión tiene de más respetable!…»

De Sade vivió en una sociedad marcada por la corrupción, atravesada por enormes desigualdades sociales, donde los fallos judiciales eran muchas veces decididos por las autoridades en base a influencias y favores, y rara vez triunfaba la justicia. Y eso lo experimentó en carne propia, cuando fue encarcelado en 1777 en la fortaleza de Varennes por deseo de su suegra. Trasladado posteriormente en 1784 a La Bastilla, será prácticamente el único reo de esta simbólica prisión hasta poco antes de su caída el 14 de julio de 1789, fecha que marca el inicio de la Revolución Francesa, la cual no tenía buen concepto de la Iglesia católica.

Pero tampoco en la sociedad monárquica pre-revolucionaria el clero católico gozaba —justificadamente— de muy buena reputación, como lo expresa uno de los personajes de su novela Historia de Juliette o las prosperidades del vicio:

«¿Quiénes son los únicos y verdaderos perturbadores de la sociedad? -Los curas-. ¿Quiénes son los que pervierten diariamente a nuestras mujeres y a nuestros hijos? -Los curas-. ¿Cuáles son los enemigos más peligrosos de cualquier gobierno? -Los curas-. ¿Cuáles son los culpables e instigadores de las guerras civiles? -Los curas-. ¿Quiénes nos envenenan constantemente con mentiras y engaños? -Los curas-. ¿Quiénes nos roban hasta el último suspiro? -Los curas-. ¿Quiénes abusan de nuestra buena fe y de nuestra credulidad en el mundo? -Los curas-. ¿Quiénes trabajan constantemente en la extinción total del género humano? -Los curas-. ¿Quiénes se mancillan con más crímenes e infamias? -Los curas-. ¿Cuáles son los hombres más peligrosos de la tierra, los más vengativos y más crueles? -Los curas-.»

El marqués de Sade se guardó muy bien de identificarse con las opiniones que expresaban sus personajes: «…es el personaje quien habla y no el autor, …es lo más normal del mundo, en ese caso; que ese personaje, absolutamente inspirado por su papel, diga cosas completamente contrarias a lo que dice el autor cuando es él mismo quien habla» (A Villeterqué foliculario).

En buen momento, pues una generalización de tal cariz no condice con la lógica. Aún así, uno se siente tentado de avalar esas palabras, sobre todo en la época actual, cuando la revelación de abusos y encubrimientos por parte del clero católico se han convertido en moneda corriente a nivel mundial, hasta el punto de que, por ejemplo, en el caso de Chile, todo el episcopado se ha visto obligado a presentar su renuncia al Papa Francisco.

Una mirada retrospectiva hacia el marqués de Sade nos permite reconocer en él una inteligencia lo suficientemente perspicaz como para desenmascarar las motivaciones de personajes ambiguos en sociedades decadentes, donde practicar el bien o el mal se ha vuelto algo indiferente. Como ejemplo final, este texto de La filosofía en el tocador, que podría aplicarse sin reservas a la forma en que actuó Luis Fernando Figari para construir ese monstruo llamado Sodalicio:

«…la falsedad es casi siempre un medio seguro de triunfar: quien la posee adquiere necesariamente una especie de prioridad sobre quien comercia o tiene tratos con él: deslumbrándole con falsas apariencias, lo convence: desde ese momento triunfa. Si me doy cuenta de que me han engañado, sólo me culpo a mí, y mi engañador triunfará, sobre todo, porque yo, por orgullo, no habré de quejarme; su ascendiente sobre mí será siempre notable; tendrá razón cuando yo esté equivocado; progresará, mientras que yo no seré nada; él se enriquecerá mientras que yo me arruinaré; siempre, en fin, por encima de mí, cautivará pronto a la opinión pública; una vez logrado, por más que lo inculpe, ni siquiera me escucharán. Entreguémonos por tanto audazmente y sin cesar a la más insigne falsedad; mirémosla como la llave de todas las gracias, de todos los favores, de todas las reputaciones, de todas las riquezas…»

(Columna publicada en Altavoz el 9 de julio de 2018)

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EL SADISMO DE FIGARI

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Christopher Lee como Dolmancé en “Eugenie …the Story of Her Journey Into Perversion” (Jesús Franco, 1970)

1983. Un sábado en la noche en la desaparecida comunidad sodálite de San Aelred, ubicada entonces en la Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar (Lima).

Como todos los sábados, era día de visita de Luis Fernando Figari, quien se había hecho presente con su por entonces inseparable secretario Juan Carlos Len, el segundo de los hermanos Len Álvarez. Toda la comunidad estaba reunida en una oscura salita de la primera planta. Entre otros, estaban allí Germán Doig (superior de la comunidad), Alejandro Bermúdez (actual director de ACI Prensa) y Gustavo Sánchez (actual director del Centro de Investigación de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima). Y yo estaba en el centro de ese grupo, a cuatro patas como un perro, con el polo levantado, luego de haber recibido por orden de Figari un correazo en la espalda propinado por Miguel “Paco” Pallete (ex-sodálite), a quien le picó la conciencia y dudó antes de ejecutar lo mandado, por lo cual Figari tuvo que repetir la orden.

Yo no podía ver la marca roja que el cuero había dejado en mi espalda, pero los otros presentes sí. Y cuando vino el segundo correazo, aguanté el castigo estoicamente. Cuando “Paco” iba a propinar el tercer azote con la correa, me vinieron temblores musculares sólo ante la idea del dolor incluso antes de haberlo sentido, visto lo cual Figari decidió abortar el experimento. Pues precisamente eso era lo que supuestamente estaba haciendo. Yo no estaba siendo azotado por haber cometido ninguna falta, sino porque Figari quería demostrar con un ejemplo práctico que los castigos corporales no sirven para avanzar en el camino de la perfección cristiana, sino que mucho mejores son las mortificaciones espirituales. Eso lo explicó mientras yo estaba de pie a su costado y él me abrazaba con el brazo derecho.

Sin embargo, hay quien, al conocer los hechos que describo, me ha preguntado: «¿Eso lo hizo Figari por tu bien o porque le producía placer a él? Pues lo que describes parece un acto sadomasoquista.» La duda me ha acompañado desde entonces.

El informe final elaborado por los expertos contratados por el Sodalicio dice que «Figari fue descrito por muchas personas como alguien que parecía disfrutar al observar a aspirantes y hermanos más jóvenes experimentar dolor, incomodidad y miedo. Un ex sodálite [Pedro Salinas] reportó que una vez Figari le quemó el brazo con una vela prendida para que demuestre ser “obediente” y “recio”. Varios hermanos reportaron que Figari deliberadamente le permitía a su perro amenazarlos, incluyendo hacer que el perro muerda a dos de ellos. A las víctimas les parecía que Figari pensaba que estas acciones reforzaban su poder sobre ellos o que eran perversamente graciosas. Varios sodálites recordaron que en ocasiones Figari parecía ser sádico.»

Un testimonio señala que Figari a veces usaba un látigo de paja entretejida con puntas metálicas para castigar en el torso desnudo a algunos sodálites, o le indicaba a otro sodálite que aplicara el castigo mientras él se dedicaba solamente a observar.

En esto no hace más que manifestarse como un fiel seguidor de los protagonistas de las novelas del Marqués de Sade.

He visto recientemente dos espléndidas adaptaciones cinematográficas de sus obras, ambas dirigidas por el polémico cineasta español Jesús Franco: Marqués de Sade: Justine (1969) y Eugenie: Historia de una perversión (1970). En esta última, Dolmancé —interpretado magníficamente por Christopher Lee—, líder de una secta que sigue los principios sadianos, culmina la obra de educación a la inversa de la joven protagonista, es decir, pervertirla mediante prácticas sexuales que incluyen castigo físico hasta convertirla en asesina de su tutora y maestra. Y de este modo alcanzar la felicidad. Pues para los libertinos sadianos, la virtud sólo conlleva padecimientos en esta vida, mientras que la práctica del vicio con fines egoístas, sin retroceder ante el delito, lleva al placer máximo y al éxito.

«Sostuve mis extravíos con razonamientos. No me puse a dudar. Vencí, arranqué de raíz, supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres.» Son palabras del Marqués de Sade que podría suscribir el mismo Figari. Pues las virtudes que él defendía en público eran sólo fachada de los vicios que practicaba en privado.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de septiembre de 2017)