ENTREVISTA: EL CASO SODALICIO

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Recientemente Luis Enrique Baca, estudiante de Derecho en la Universidad de Lima y subdirector de coyuntura nacional en el medio digital Punto y Coma, ha publicado un artículo sobre la situación actual del caso Sodalicio (ver “Análisis: La impunidad del Sodalicio. Víctimas sin justicia”, 26 de julio de 2017), donde cita algunas declaraciones mías que yo le envié el 16 de junio como parte de las respuestas a un cuestionario que me hizo llegar el 8 de junio.

Considerando que la situación sobre el Sodalicio no ha cambiado en nada hasta el momento —y dado que mis reflexiones podrían ser de interés para más de uno—, publico ahora la entrevista completa.

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¿En qué situación está el caso Sodalicio?

La situación del caso Sodalicio es la que ya conocemos a través de los medios de prensa. Una sentencia suave y condescendiente de parte de la justicia eclesiástica, y un stand-by por el momento de parte de la justicia peruana.

¿Por qué cree que la Iglesia encubre a los pederastas?

El tema es muy complejo. Por una parte, la Iglesia se siente representada por aquellos que ostentan un cargo eclesiástico, ya sea que hayan recibido la ordenación sacerdotal o hayan hecho compromisos en una institución de vida consagrada. Todavía se sigue considerando los delitos de pederastia más que nada como faltas graves en las que caen las personas mencionadas y, por lo tanto, como piedras en el camino que no les impedirán restituirse y volver a su situación anterior, donde supuestamente seguirán sirviendo a la institución eclesial después de la prueba por la que el demonio los ha hecho pasar. Hasta ahora, no obstante algunos tímidos progresos, la Iglesia no ha asumido la perspectiva de las víctimas, a las cuales se ha presionado para que guarden silencio (y eviten el escándalo), a fin de evitar dañar la debida reputación que debe acompañar a esos elegidos de Dios. Y el buen nombre de la institución sigue poniéndose como prioridad, aunque se tenga que crucificar a las víctimas.

¿Cree que son efectivos los tribunales eclesiásticos? ¿Por qué?

Los tribunales eclesiásticos sólo han sido efectivos cuando se trata de censurar a teólogos disidentes o de suspender a clérigos díscolos, que se salen de la línea doctrinal y moral impuesta por el obispo de turno. Pero en lo que se refiere a delitos graves contra los derechos humanos de las personas, lo más normal es que los jueces se tomen todo el tiempo del mundo, se concluya que no hay pruebas tras una investigación que consiste básicamente en no hacer nada, o los delitos prescriban. He escrito sobre este tema en una columna publicada en Altavoz, que lleva el título de JUSTICIA ECLESIÁSTICA: LA IMPUNIDAD PROGRAMADA.

¿Por qué no se le juzga a Figari en fueros civiles? ¿Crees que lo verás preso algún día?

El proceso contra Figari está todavía en “veremos”. El Ministerio Público tiene que determinar todavía si procede una denuncia penal que dé lugar a un proceso judicial. Todo esto puede demorar años. No creo que nunca veamos a Figari tras las rejas, pues aún cuando hubiera una sentencia, la cosa derivaría en un asunto diplomático complicado, pues la Santa Sede, con su vergonzoso pronunciamiento sobre el caso, lo ha blindado de por vida.

¿Qué tanto te marcó el Sodalicio?

El Sodalicio me marcó, como ha marcado a tantos. Más aún, es prácticamente imposible pasar por el Sodalicio sin que eso deje huella en la psique personal de uno. Hasta ahora sigo lidiando con las consecuencias.

¿Los abusos del Sodalicio han cambiado tu percepción sobre la Iglesia católica en general?

Mi percepción sobre la Iglesia católica no ha cambiado básicamente debido a los abusos del Sodalicio. Ya antes de ocuparme del tema a fondo, yo me había informado sobre los abusos cometidos dentro de los Legionarios de Cristo (antes incluso de que la Santa Sede se pronunciara sobre el P. Marcial Maciel), y también de otros abusos psicológicos que son moneda corriente dentro del Opus Dei. Más bien, al contrastar esos datos con lo que yo había vivido dentro del Sodalicio, fue que poco a poco pude darme cuenta de que yo mismo había sido víctima de abusos psicológicos y físicos. Aún así, sigo siendo católico por convicción y motivos personales, que he explicitado en la columna POR QUÉ SIGO SIENDO CATÓLICO publicada en mi blog. Ciertamente, mi percepción de la Iglesia ha evolucionado, a la cual considero principalmente como un pueblo formado por fieles creyentes seguidores del Jesús de los Evangelios. Y lamentablemente, en la jerarquía eclesiástica abundan quienes no pueden ser considerados como tales, pues con sus actos traicionan las palabras de Jesús y crucifican a las víctimas de abusos. Ante esto, sólo se puede seguir siendo católico si uno asume como programa las palabras que Juana de Arco les dirigió a los jueces eclesiásticos que la condenaron a la hoguera: «Los hombres de Iglesia no son la Iglesia».

¿Te duele el papel que ha jugado el Congreso al darles la espalda?

No es el Congreso el que nos ha dado la espalda, cortando la posibilidad de una comisión investigadora, sino el fujimorismo, aliado natural de los sectores más conservadores y retrógrados del catolicismo. Una investigación a fondo en el Congreso hubiera sido una ventana abierta para que se sepa toda la verdad sobre el Sodalicio y sobre su sistema doctrinal y disciplinario que atenta contra derechos fundamentales de las personas y favorece la comisión de delitos contra la libertad y la propiedad privada. Esta propuesta ha sido llevada adelante por algunos congresistas de buena ley, entre los cuales destaca Alberto de Belaúnde. Los abusos sexuales, a los cuales tanta publicidad se ha dado, son solamente una consecuencia marginal de problemas más serios y graves, siendo que el problema del Sodalicio no es la pederastia (la inmensa mayoría de las víctimas de abusos sexuales en el Sodalicio eran ya mayores de edad o adolescentes con madurez sexual) sino la manipulación de las conciencias, el abuso de poder y la sujeción de la libertad interior de tantos jóvenes, cuyas vidas son dañadas permanentemente, comprometiendo seriamente su futuro y su desarrollo como personas normales.

¿Te parece contradictorio que los que han cometido abusos o encubierto abusos hoy sean los abanderados de la defensa de los niños en el caso de la ideología de género y #ConMisHijosNoTeMetas?

No me extraña, pues aquellos que cometieron o encubrieron abusos hasta ahora no han tomado conciencia del alcance de lo que hicieron, y siguen justificando esos actos como «rigores de la formación». Para ellos, las víctimas no son tales, sino personas con malas intenciones que malinterpretaron aquello que experimentaron en el Sodalicio. Y precisamente la moral puritana que propugnan, basada sobre una interpretación fundamentalista de los datos bíblicos y ciega a las investigaciones científicas sobre el tema del género, es el humus donde germinan aquellos impulsos enfermizos que terminan en la perpetración de abusos. No puede haber tolerancia ni una actitud sana hacia los demás en una moral represiva de la sexualidad real.

¿Cómo han lidiado los Papas con los casos de abuso?

Recién con Benedicto XVI comienzan a haber medidas que apuntan a combatir los casos de abuso sexual —que, como ya he indicado, es un problema marginal en el Sodalicio—. Las medidas anunciadas por el actual Papa Francisco, aparentemente más radicales que las del Papa Ratzinger, han sido un saludo a la bandera, pues todo parece indicar que han sido neutralizadas con relativo éxito por la Curia Romana. Sin embargo, considero que las medidas siguen siendo demasiado tibias respecto a la gravedad del problema. Y lo peor de todo es que muy poca atención se le ha prestado a los abusos psicológicos y físicos, que son la madre del cordero, pues constituyen el caldo de cultivo de los abusos sexuales, que son más infrecuentes.

¿Eliminar el celibato sería la solución?

La solución a un problema complejo no puede radicar en una medida simple. No podemos eliminar el derecho que una persona tiene a elegir el celibato, si considera que ése es su camino. Pero mantenerlo como una obligación para todos aquellos que quieren ser sacerdotes, no sólo no encuentra sustento sólido en la Biblia o en la Tradición de la Iglesia, sino que puede generar problemas de sexualidad truncada o reprimida en muchas personas buenas que aman su la vocación sacerdotal, pero que tienen que admitir dentro del paquete el celibato obligatorio. Como decía el difunto Cardenal Carlo Maria Martini, él no creía que todos los llamados al sacerdocio estuvieran también llamados al celibato. Por otra parte, el problema va más allá de esta práctica eclesial. Es en la actual doctrina católica sobre la sexualidad donde se hallan los gérmenes de varios abusos. Mientras no haya una reflexión más profunda sobre este tema, que no tenga miedo de revisar y replantear algunos conceptos, con o sin celibato seguirán habiendo abusos.

¿Crees que el Sodalicio es la única organización religiosa peruana involucrada en estos casos?

Toda organización cristiana basada en la autoridad absoluta, con estructuras verticales, con exigencia de obediencia total, con pensamiento único impuesto a todos sus miembros y con una interpretación fundamentalista de los textos bíblicos presentará con alta probabilidad casos de abusos como los que han ocurrido en el Sodalicio. En el contexto peruano, se me vienen a la mente instituciones como el Camino Neocatecumental, el Opus Dei, Pro Ecclesia Sancta y Lumen Dei, aunque no descarto casos de abusos en órdenes tradicionales, especialmente si el ambiente es muy conservador y puritano.

VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

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La violencia sexual contra menores de edad no es sólo un problema en el Perú, sino también a nivel mundial. La historiadora alemana Marion Detjen —especializada en historia de la migración interna en Alemana, en cuestiones de género y en los límites entre el ámbito público y el privado— publicó en junio de este año en el prestigioso semanario Die Zeit una reflexión sobre el contexto social en que se efectúa la violación de una menor de edad, sobre la base de su propia historia personal. Lo que allí dice se aplica también —salvando las diferencias— a la realidad peruana. Una violación no es un mero asunto privado, sino un acto del cual toda la sociedad es responsable. Y, por ende, le compete a toda la sociedad efectuar los cambios estructurales necesarios a fin de garantizarle a los menores de edad una infancia libre de violencia sexual.

A continuación, el artículo de Marion Detjen traducido al español.

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VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

Toda agresión sexual tiene lugar en un contexto social. Lo que se nos escapa de la vista cuando privatizamos el delito.

por Marion Detjen (8 de junio de 2016)

Cuando cumplí 18 años y obtuve mi licencia de conducir, conduje de vuelta a la escena del delito: un claro en el bosque, situado a unos 100 metros de la vía solitaria que unía la fábrica de papel y la casa de mis abuelos con el pueblo y la estación del tren. Estaba comenzando la primavera, los árboles aún no tenían follaje, la misma estación del año que siete años atrás, cuando esa vía era mi camino a la escuela. En el lugar donde yo, la niña, me había arrodillado al alba ante el hombre y luego había escupido el líquido blancuzco, brotaba ahora una pequeña mata. Brotes purpúreos, en febrero, precisamente en ese lugar y sólo allí. Las ramas fibrosas no se quebraban fácilmente, y tuve que ayudarme con los dientes. De vuelta al coche, me ardían la boca y la garganta. La daphne que había mordido, también llamada yerba ardiente [“Brennwurz” en alemán], es venenosa, y los brotes que yo quería llevarme a casa como recuerdo se marchitaron de inmediato.

El sabor del delito. Que del producto escupido de la eyaculación haya crecido una planta venenosa poco común y me trajera de vuelta el sabor del delito, me confirió poder sobre mi historia. El delito puede ser explicado por mí en los contextos sociales y políticos en que tuvo lugar.

Yo ya no sé cómo llegué a casa. En la sala de estar de la casa de mis abuelos me hallaba yo sola, mientras esperábamos a la policía y el estigma de la violación se extendía lentamente. Mi entorno mantenía distancia. Yo notaba cómo los complicados procedimientos desarrollados durante más de cien años, que mantenían en vida la casa grande y la fábrica, continuaban su marcha y no me necesitaban. Ese día no hubo escuela para mí, yo percibía la vida de los demás como ralentizada, en la cocina, en el sótano de planchar, en el jardín, en las habitaciones superiores y en las oficinas al otro lado del canal de la fábrica, en las grandes, ruidosas y humeantes máquinas. La casa, al fin y al cabo, ofrecía protección, era tranquila y segura.

Una niña debería poder atravesar sola sin miedo un bosque oscuro. Dado que esto no se dio, ¿quién envía a una niña al alba sola a través de un bosque oscuro? En muchos niños se trata de la pobreza y el desarraigo, cuando se les envía a la huida, como hoy en día a los menores refugiados sin acompañamiento, que “desaparecen” en gran número. ¿Qué nos une a a ellos, donde está nuestra participación en su pobreza y su desarraigo y su explotación por parte de delincuentes, y en que atraviesen el oscuro bosque no sin miedo? Quisiera saberlo en cada caso particular.

También el contexto que me envió a través del bosque es tan grande y amplio, que nadie puede eximirse de responsabilidad. Son las estructuras puritanas y patriarcales, que constituyen la columna vertebral de la prosperidad alemana, con toda su ambivalencia. También me resulta difícil atacarlas, porque yo también me he beneficiado de ellas así como he sufrido bajo ellas y siempre me parecen mejores que otras plasmaciones del capitalismo, las cuales ocasionan a nivel mundial millones de veces crímenes peores y abusos incluso peores. ¿Pero no deberíamos dejar de comparar unos con otros los contextos que permiten que ocurran los delitos contra niños? Toda violación es una muestra de poder.

Mi violación, por ejemplo, tuvo como premisa que el mando medio empresarial alemán instalara sus fábricas en la provincia y allí obligara a una subsistencia rural a todos los que tenían que ver con ellas. Que en los años ‘70 y ‘80 no se pretendiera de los hijos de esa coyuntura empresarial que fueran a un internado, sino más bien el esfuerzo de ir una escuela secundaria humanista pero de ninguna manera humana en la capital de distrito más cercana. Que el régimen patriarcal ocasionara que las madres se enfermaran y que los padres fueran enajenados de sus hijos y que se considerara como completamente normal que una niña de once años se levantara sola a las seis de la mañana, se preparara sola el desayuno y see fuera sola en bicicleta a la estación del tren. Que predominara un ordenamiento de géneros que consideraba a las mujeres como objetos para satisfacer necesidades masculinas. Que el capitalismo corporativo practicara una especie de conciliación entre propiedad y trabajo, la cual encubría desigualdades y encontraba su clímax absurdo en la violación de la hija del propietario por parte del trabajador que tuvo acceso a esa niña.

Así y todo, cuando regresé a casa al mediodía, me esperaba un almuerzo con sopa, segundo y postre. Mi madre, hija de refugiados, debió en sus años de subsistencia como escolar transeúnte arreglárselas sin almuerzo y pasar las tardes en el otro pueblo antes de que el autobus la trajera a casa. Mi abuela, también hija de refugiados, no tuvo en los años ‘20 ningún hogar en absoluto. En sus memorias señala el abuso del cual estuvo a merced. Esta abuela, eso lo percibía, aún cuando no hablaba conmigo, sentía pánico por mí. Ella tenía de entre todos el mejor motivo para no llevarme en coche a la estación del tren: como casi todas las mujeres de su generación, no tenía licencia de conducir, porque su esposo no quería.

Cuando vino la policía fui interrogada de manera intensiva, pero no tenía palabras para aquello que debía contar. La profunda vergüenza. Más tarde en la mañana me fue traído un hombre que vestía hasta los calzoncillos la misma ropa que llevaba el agresor: jeans, una casaca de cuero rellena de pelaje de oveja, un calzoncillo floreado, los trabajadores no tenían mucha elección en cuestión de guardarropa. Luego los sentimientos de culpa, porque fue acusado erróneamente. Mi padre ofreció una recompensa elevada, finalmente el perpetrador fue aprehendido gracias a las informaciones de otro trabajador, que había visto el coche del perpetrador sospechosamente estacionado en la linde del bosque. Todos en la fábrica sabían. Yo entonces quise recibir también una indemnización por daños personales, dinero para rehabilitarme, yo quería cobrar la recompensa, todavía no sé cómo se lo propuse a mi madre. En teoría, una demanda civil hubiera sido posible, pero el contexto puritano-patriarcal excluía reclamaciones en dinero del dueño de la fábrica hacia los trabajadores.

Fue elogiada por no haberme defendido. Podría haber sido peor. Allí estaba mi viejo y horrible abrigo de paño tirolés, un híbrido entre el puritanismo y el mimetismo con el entorno altobávaro, que debía llevar y que odiaba. Debía quitame ese abrigo, fue la primera orden del agresor. Mi angustia mortal, mientras comenzaba a desabotonarme el abrigo. Entonces ocurrió algo inesperado, un titubear y reflexionar, también de parte del agresor. Yo no sé qué lo movió a eso, pero finalmente dijo que podía quedarme con el abrigo puesto y que debía arrodillarme. Cuando se hubo aplacado y yo hube escupido, tuve que contar despacio hasta cien. Él se esfumó, y yo conté, despacio, exactamente como él había ordenado, antes de ir a buscar mi bicicleta, que él había arrojado en el bosque.

En las semanas después del delito noté en las reacciones de los hombres en mi entorno que a sus ojos había perdido mi inocencia. El estigma de la violación estaba allí antes de que yo hubiera madurado sexualmente en absoluto. Sin preguntarme, se decidió que no era necesaria una terapia. Sin preguntarme, se decidió que yo no debía declarar en el juzgado.

Quisiera saber hoy si se pagó un precio y si el agresor hubiera sido castigado más duramente con mi declaración. Anteriormente a mí había abusado de otra niña. Finalmente, fue condenado a dos años de prisión, no sé si bajo libertad condicional. Para poder examinar el expediente judicial necesitaría un abogado. ¿Por qué no tengo derecho, incluso sin asistencia legal, a examinar el expediente? A través del proceso judicial el Estado tiene participación en el contexto a partir del cual yo me explico a mí misma el delito.

Sólo puedo suponer que el juzgado favoreció al agresor debido a que yo no me resistí. Sólo puedo suponer que el juzgado no se imaginó que una niña hallara los actos sexuales forzados, incluso con la boca, como menos amenazantes que la idea de estar ella misma desnuda.

Este delito, que pudo haber sido peor, me empujó hacia una juventud que no fue hermosa, pero que ciertamente pudo haber sido peor. Al final de esta juventud la daphne venenosa me dio una señal y ésta señal quisiera transmitírsela a todas las otras víctimas de violación: está en nosotros el que se acabe con la privatización del delito. El delito no es un asunto que debamos arreglar solos con el perpetrador, con Dios o con la naturaleza, sino que es algo que se relaciona con toda la sociedad.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Artículo original en DIE ZEIT
Der Geschmack des Verbrechens (8. Juni 2016)
http://www.zeit.de/kultur/2016-06/sexueller-missbrauch-kind-vergewaltigung-10-nach-8

UNA COMISIÓN PARA EL OLVIDO

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Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación

Hay un cuasi dogma en el que creen los sodálites, a saber, que el Sodalicio es una obra querida por Dios dentro de un Plan preconcebido por el pensamiento divino y, por lo tanto, siempre es guiado por el Espíritu Santo. En consecuencia, el Sodalicio se concibe a sí mismo como una entidad buena en esencia, cuya legitimidad es un asunto que queda fuera de discusión. Pues su existencia se halla avalada por el poder divino.

Eso explicaría por qué siempre se ha buscado defender la institución a toda costa, y los abusos cometidos por sus miembros han sido entendidos como acciones ajenas a la estructura y disciplina del Sodalicio, como excrecencias que pueden ser extirpadas de un cuerpo sano por naturaleza.

Sin embargo, quienes han cometido abusos psicológicos dentro de la institución lo han hecho siguiendo la disciplina que se practica habitualmente en el Sodalicio desde sus inicios y han actuado en muchos casos de buena voluntad, sin tomar conciencia de lo errado de ciertas prácticas. Y la misma estructura verticalista, donde la obediencia incondicional es el valor supremo, constituye el caldo de cultivo donde pueden germinar los abusos sexuales, ciertamente mucho menos frecuentes que los abusos psicológicos y físicos, pero igualmente enraizados en una estructura de poder que facilita la manipulación de quienes se hallan sometidos a ella.

Aquí conviene citar a Alberto Moncada, ex miembro del Opus Dei, quien opina que la causa principal de la pederastia eclesial es el poder irrestricto sobre personas confiadas al cuidado del personal religioso, no el celibato (ver http://www.rebelion.org/noticia.php?id=86202):

«Los curas y monjas pederastas lo son no tanto por su eventual represión sexual cuanto por gozar de una situación de poder respecto de los menores que les están confiados. Es posible que si estuvieran emparejados hubieran sido menos pederastas pero también hay casados pederastas que tienen en común con los clérigos y monjas su fácil acceso a los menores y su situación de poder respecto a ellos».

Además, se ha de tener en cuenta que los abusos psicológicos y físicos cometidos en el Sodalicio —a diferencia de los sexuales— no se efectuaron a puerta cerrada, sino de manera abierta a vista y paciencia de otros sodálites. Y la mayoría de esos otros sodálites consideraron esos sucesos como lo más normal del mundo. Un mundo extraño con leyes propias que gozan de validez sólo ad intra de las comunidades sodálites, donde sus miembros han pasado por un proceso de “formación” que ha moldeado su mente y su psique en el formato de un pensamiento único que justifica los excesos como ayudas para forjar el carácter. Y que se zurra en la libertad individual y en los derechos humanos de las personas, por lo menos de aquellas que aceptaron formar parte de una comunidad sodálite. Es la plasmación en carne viva de la célebre frase “los derechos humanos, esa cojudez…”

El problema no sólo es de personas individuales, sino de un sistema institucional que requiere de una reforma a fondo. Y probablemente es tanto lo que haya que reformar, que lo mejor sería suprimirlo e iniciar algo completamente nuevo con aquellos sodálites que hayan tomado conciencia de la gravedad del problema y quieran seguir prestando su colaboración al Pueblo de Dios y seguir entregando su vida a una generosa misión apostólica.

Ante todo esto, resultan patéticas las palabras que pronunciara Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, en una entrevista concedida al diario El Comercio (ver http://elcomercio.pe/lima/sucesos/como-diablos-pudo-pasado-esto-sodalicio-noticia-1850794): «Sufrimos por las víctimas de violencia o abuso y por la toma de conciencia sobre la situación. Uno se pregunta cómo diablos pudo haber ocurrido esto en el Sodalicio. Parece de locos». Digo “patéticas”, porque los abusos ocurrieron en el Sodalicio desde sus inicios. No se trata de actos a los cuales se llegó progresivamente a lo largo del tiempo, sino que estuvieron presentes como un estigma desde la época fundacional. Y fueron posibles gracias a la estructura verticalista y autoritaria que el Sodalicio asumió desde un principio. Moroni debería más bien analizar por qué durante tanto tiempo se consideraron normales los abusos psicológicos y físicos de los cuáles él mismo fue testigo —e incluso ocasionalmente perpetrador— y cómo es posible que durante décadas casi nadie se haya dado cuenta de abusos sexuales o que éstos hayan sido encubiertos por aquellos pocos que sí estaban enterados.

Por el momento, el Sodalicio está prácticamente desfondado. La base teórica en que se fundamentan su pensamiento —o ideología— y su espiritualidad proviene casi en su totalidad de Luis Fernando Figari. Hemos de suponer que sus escritos deben haber sido proscritos actualmente y no se sigue recomendando su lectura. Al igual que ocurrió en el pasado con los escritos de Virgilio Levaggi —ex sodálite que se separó de la institución por motivos aún no aclarados— y con los de Germán Doig, que fueron sacados de circulación y dejados de mencionar, como si nunca hubieran existido. De este modo, todos los miembros Familia Sodálite se quedan sin textos donde puedan conocer las ideas que los guían institucionalmente. Salvo que sigan circulando textos oficiales o semi-oficiales anónimos o de otros sodálites, que —como suele ocurrir con todo escrito generado dentro del recinto institucional— no contendrán ninguna idea que no tenga sus raíces en el pensamiento de Figari.

La creación de una Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación —si bien presenta el aspecto de una iniciativa loable que va más allá de lo que el Sodalicio ha hecho habitualmente en el pasado— resulta insuficiente si no se toma al toro por las astas y no se va al fondo del problema.

Tal como se indica en los procedimientos de la Comisión convocada por el Sodalicio de Vida Cristiana, su labor «debe centrarse en el alivio, recuperación y confortación de las presuntas víctimas» y, en caso de que se presuma razonablemente que haya delito, se informará a las autoridades judiciales correspondientes. Todo esto, siempre y cuando sea la víctima quien decida presentar su caso ante la Comisión en un sobre de manila enviado a una casilla postal, cumpliendo con los requisitos indicados.

La Comisión no tiene como objetivo determinar el alcance de los abusos cometidos por Luis Fernando Figari y otros sodálites en agravio de menores de edad y jóvenes, calcular un estimado del número de víctimas, ni investigar hasta qué punto la misma estructura y disciplina del Sodalicio podrían ser la causa de que algunos sodálites se hayan convertido en abusadores sistemáticos que maltrataron psicológica y físicamente —y en algunos casos sexualmente— a quienes estaban bajo su responsabilidad.

Para emitir sus decisiones, la Comisión tendrá únicamente como fuente el testimonio de la víctima, la documentación que ésta pueda presentar y los documentos que le proporcione el Superior General del Sodalicio. Con todo esto, la Comisión no investigará la verdad de los hechos sino que únicamente decidirá si la queja es «ciertamente no válida» o «potencialmente válida». Si bien se escuchará a la víctima, no se interrogará al acusado, ni se convocará a otros testigos, y sólo en caso de que se informe a las autoridades judiciales, se le informará por escrito de las acusaciones al Superior General del Sodalicio.

Todos los procedimientos serán confidenciales, y no se revelará el contenido de las acusaciones —salvo que se proceda a una denuncia judicial— ni tampoco los nombres de las víctimas. Lo cual es hasta cierto punto correcto y aceptable. ¿Pero qué pasa si una víctima quiere que su caso sea puesto al alcance de la opinión pública o incluso que se revele su nombre?

No nos hallamos, pues, ante una auténtica “comisión de la verdad”, de esas que finalmente elaboran un informe de conocimiento público para que la historia no se repita. Mucho menos se harán sugerencias al Sodalicio para que haga las reformas estructurales del caso, por lo menos en lo referente a ciertas prácticas. Como ya lo he indicado, el enfoque con que está concebida la Comisión es la de que el problema no radica en la institución, sino en algunas personas individuales que han cometido abusos aprovechándose de su cargo y amparándose ilegítimamente en ella. Se está asumiendo el supuesto de las “manzanas podridas”, cuya eliminación solucionará el problema y dejará como residuo la imagen impoluta de una institución que nunca ha cuestionado a fondo la misma armazón que la sostiene, pues se parte por axioma de que es buena en sí misma. Anteriormente se hablaba de “casos aislados”, tumores cuya extirpación evitaría el avance de la enfermedad y devolvería la salud a una institución sana por esencia. El enfoque parece no haber cambiado. En el fondo es el mismo concepto de antes el que ha asumido ahora el Sodalicio: la institución es santa e intocable, mientras que son las personas las que fallan, traicionando el espíritu con que fue creada.

Finalmente, ¿cuál es la solución que la Comisión les ofrecerá a las víctimas? A quienes lo requieran, se les ofrecerá «una sanación espiritual, que sólo puede ser ofrecida por un sacerdote». Por ese motivo «la Comisión incluye a un obispo. El Sodalicio de Vida Cristiana cree que esto es apropiado porque el enfoque de la Comisión, junto con la búsqueda de la verdad y la justicia, está en la ayuda concreta, la reconciliación y la caridad cristiana». Se trata de un motivo débil, pues sólo las víctimas que hayan mantenido la fe —aunque no todas— buscarán la ayuda de un sacerdote, y en ese caso se tratará probablemente de un sacerdote amigo o recomendado por alguien cercano, que no tenga ninguna cercanía al Sodalicio. Y esto no parece cumplirse en Mons. Carlos García Camader, que no sólo es obispo de la diócesis de Lurín donde funcionan las casas de formación de San Bartolo, sino que también parece estar en buenas migas con el Sodalicio. Además, fue uno de los obispos que firmaron una carta de apoyo al cardenal Cipriani cuando El Comercio informó que no iba a publicar ningún artículo suyo más debido al escándalo ocasionado por haber plagiado de un libro del Papa Ratzinger, que ni siquiera forma parte del Magisterio oficial de la Iglesia (ver http://www.zenit.org/es/articles/peru-obispos-respaldan-a-su-cardenal-tras-acusacion-de-plagio). A decir verdad, ser atendido espiritualmente por un clérigo que justifica faltas contra la honestidad intelectual y mira con buenos ojos a Cipriani, cuya actitud hacia las víctimas del Sodalicio ya es de todos conocida, está probablemente muy lejos de ser una experiencia reconfortante y reconciliadora.

Otra solución será el ofrecimiento de una compensación económica, que —de ser aceptada— requerirá de la víctima que firme un acuerdo de solución ante Notario Público. Se trata en el fondo de un acuerdo extrajudicial, el cual implicaría que la víctima acepte no tener nada más que reclamar al Sodalicio. Lo que no queda claro es si se obligaría a la víctima a mantener la confidencialidad respecto a su caso, es decir, a guardar silencio —por lo menos en público— de los detalles de su historia. El hecho de que los mismos comisionados deban firmar un acuerdo de confidencialidad nos lleva a suponer que así es.

Los procedimientos de la Comisión no contemplan otro tipo de soluciones para las víctimas. No tienen en cuenta que algunas víctimas no buscan una compensación económica, sino que el Sodalicio reconozca públicamente su responsabilidad en los abusos de los que esta persona fue objeto, pida disculpas e implemente las medidas pertinentes para que esas cosas no vuelvan a suceder. Lo cual ciertamente implica que sus casos se pongan en conocimiento de la opinión pública.

Cito textualmente un párrafo de los procedimientos: «La información compartida por las presuntas víctimas es personal y privada. Para proteger los intereses de las presuntas víctimas, ninguna información proporcionada a la Comisión será compartida con ninguna otra persona fuera de la Comisión, salvo para los casos indicados en el presente documento». Se refiere a aquellos casos donde se determine un delito que origine una denuncia que deba ser elevada a los tribunales civiles o eclesiásticos. Y en este caso, sólo el Superior General del Sodalicio será informado.

Como ya he señalado antes, parecería que se busca atender a las víctimas, pero en la práctica esta atención conduce a un mero “dar vuelta a la página” sin consecuencias para la institución, o a una especie de “compra” del silencio del afectado a cambio de dinero en efectivo. Y que todo se mantenga en el más absoluto secreto. A esto le llaman justicia y reconciliación.

Por otra parte, si existe la posibilidad de llegar a un acuerdo extrajudicial, ¿por qué al abogado de la víctima se le relega al mero rol de observador, negándole la posibilidad de meter cuchara en el asunto? ¿Por qué se le obliga también a firmar un acuerdo de confidencialidad en caso de que asista a la presentación de la víctima ante la Comisión? ¿Cuál es el monto del fondo para compensaciones de que dispone la Comisión? ¿Por qué la Comisión no podrá dar información a nadie en absoluto, ni siquiera a la víctima, de cómo se determinó una compensación?

En resumen, sólo los comisionados se enterarán de los abusos, ofrecerán soluciones a las víctimas que implicarían también el silencio de las mismas y —dado que han firmado un acuerdo de confidencialidad— no podrán dar ninguna información sobre los abusos cometidos en el Sodalicio, ni siquiera ocultando bajo seudónimos los nombres reales de las personas afectada. El Sodalicio presentará la imagen de que efectivamente se ha preocupado de las víctimas, aunque en realidad lo único que ha quedado a salvo, por el momento, es la imagen de una institución que no ha cuestionado para nada su estructura doctrinal y disciplinaria y ha cargado la responsabilidad de los abusos sobre personas individuales, las famosas “manzanas podridas” o “casos aislados”. No habrá ningún “informe de la verdad”, ningún cuestionamiento de peso, y el Sodalicio, bien gracias y feliz de la vida.

Sólo resta decir que a quienes hemos sido víctimas del Sodalicio no nos sirve una Comisión donde rijan las normas de un confesionario, donde incluso la documentación que podamos presentar será destruida pasados cinco años. No queremos que nuestras historias sean cubiertas por el manto del olvido y que todos nuestros sufrimientos hayan sido en vano. No nos basta con que los responsables del Sodalicio digan que éste ha cambiado respecto a lo que era antes, y que por el bien de la Iglesia y de todos los miembros de la Familia Sodálite es mejor olvidar la historia pasada. Queremos que se llegue hasta la raíz del problema, que se reconozcan las responsabilidades y se nos pidan disculpas públicas, restituyendo así nuestro honor mancillado, y se garantice mediante un control externo que los cambios institucionales sean efectivos. Queremos que se mantenga la memoria de los abusos y del daño que se nos hizo. No por un afán de revancha, sino simplemente para que la historia no se repita. Nunca más. Que así sea.

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El hecho de que esté previsto que la documentación incluida en el archivo de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación sea destruida en el lapso de cinco años me trae a la mente otro tema delicado también relacionado con documentos confidenciales: el del archivo secreto del Sodalicio. En ese archivo Figari fue coleccionando autobiografías de los sodálites escritas de puño y letra, resultados de pruebas psicológicas —muchas de ellas realizadas cuando el candidato era menor de edad—, informes y anotaciones de los consejeros y directores espirituales, de los fomadores, de los superiores de comunidades, etc.

Gran parte de la documentación generada no se ciñe a ningún procedimiento estipulado en ninguna norma escrita de la institución y su posesión podría tener visos ilegales, pues hay pruebas psicológicas realizadas a menores de edad sin autorización de los padres, además de documentación obtenida dentro del régimen de obediencia sin que haya una autorización explícita de la persona —mucho menos escrita y debidamente firmada— para la conservación de esos documentos en el archivo sodálite.

Lo menos que podría hacer actualmente el Sodalicio, en aras de la transparencia, es devolver toda la documentación pertinente a quienes actualmente ya no son miembros de la institución, y darle copias de los documentos correspondientes a los sodálites en actividad, pues tienen el derecho a saber qué información personal sobre ellos se guarda en ese archivo. Y, sobre todo, deberá garantizarse que Luis Fernando Figari no tenga acceso en absoluto al archivo, sino sólo el Superior General del Sodalicio por el momento, a la vez que se busca la manera de recurrir a una auditoría externa para ver qué hacer con toda esa documentación.

Para concluir, hago manifiesta mi voluntad de que se me devuelva toda la documentación personal sobre mí que se halla en ese archivo, solicitud que haré llegar oficialmente por carta a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana.

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