INDULTANDO A HITLER

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En la hipótesis contrafáctica de que Adolf Hitler hubiera sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, hubiera sido condenado por sus crímenes a cadena perpetua y tuviera la misma edad que Alberto Fujimori, eso nos ubicaría en el año 1968, cuando Kurt Georg Kiesinger —antiguo miembro del partido nazi— era canciller de Alemania, el cual, finalizada la guerra, fue categorizado como “simpatizante” del nazismo, y si bien pasó 18 meses en campos de prisioneros, al final superó exitosamente el proceso de “desnazificación”, por lo menos en lo formal, y se enroló en la Unión Demócrata Cristiana (CDU), partido conservador fundado por Konrad Adenauer.

El año ‘68 fue también el de las protestas estudiantiles, sobre todo de jóvenes idealistas de izquierda que abominaban de la indolencia que tenían muchos miembros de la generación de sus padres hacia los crímenes del nazismo.

El 7 de noviembre de 1968, la activista Beate Klarsfeld —esposa de un francés de ascendencia judía-—lo abofeteó públicamente en el transcurso de una Convención de la CDU, gritándole: «¡Kiesinger! ¡Nazi! ¡Renuncia!» Klarsfeld fue condenada a un año de prisión, pero la pena nunca se aplicó, porque la apelación interpuesta implicaba sacar los trapitos sucios de Kiesinger al aire. El proceso fue aplazado indefinidamente, y Kiesinger nunca hizo aclaraciones ni habló públicamente sobre este incidente en todo el resto de su vida.

En 1968 el tema del régimen nazi era tabú en Alemania y ni siquiera se abordaba en las clases de historia. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, Hitler seguía teniendo muchos admiradores en secreto, incluso entre algunos jóvenes, admiración que se ha mantenido hasta el día de hoy. ¿Razones? Hitler estabilizó la economía deteriorada de un país que venía de una democracia inestable, donde los partidos tradicionales habían perdido credibilidad y apoyo. Cuando en 1930 el partido nazi se convirtió en la segunda fuerza política en el Parlamento, no sólo comenzaron a financiarlo varios empresarios, sino también la aseguradora Allianz, el Deutsche Bank y el Dresdner Bank.

Hitler fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933, siguiendo procedimientos constitucionales en un régimen democrático, pero una vez en el poder buscó la manera de controlar los poderes legislativo y judicial desde el ejecutivo. El incendio del Reichstag, ocurrido el 27 de febrero, le permitió a Hitler obtener del presidente Hindenburg un decreto de urgencia, «mediante el cual podía abolir la libertad de prensa, el derecho a la libre expresión, el derecho a la privacidad de las comunicaciones y el respeto a la propiedad privada» (Wikipedia).

Sin haber obtenido aún una mayoría parlamentaria en las subsiguientes elecciones del 5 de abril, en aplicación del decreto de urgencia removió a los 81 diputados comunistas de sus curules y la cantidad necesaria de socialdemócratas para obtener mayoría y votar una ley habilitante que transfería las funciones del Reichstag al canciller por cuatro años. Luego vendría la designación de jueces favorables al gobierno.

Durante la dictadura hitleriana se beneficiaron grandes empresas alemanas que todavía existen (BMW, VW, Audi, Bayer, BASF, Hugo Boss, Deutsche Bank, Degussa, etc.), algunas de ellas sobre todo por la mano de obra barata suministrada por los campos de concentración.

En conclusión, se puede estabilizar la economía a la vez que se socava la democracia y se violan derechos humanos fundamentales. Y eso es algo que repitió Fujimori en otro contexto, promoviendo el capitalismo salvaje que postula el neoliberalismo —con la aquiescencia de la mayoría de empresarios peruanos—, flexibilizando los estándares de protección ambiental y dejando sin protección a los trabajadores mediante el recorte de derechos adquiridos y generando un aumento de la desigualdad social, uno de los principales enemigos del desarrollo.

Que se puede generar riqueza de otro modo, sin afectar el bienestar social, lo demuestran los países nórdicos de Europa, donde existe una economía social de mercado.

Ni Hitler ni Fujimori mataron a nadie con sus propias manos, pero ambos fueron —en diferente medida— autores mediatos de crímenes inexcusables. Y de prácticas eugenésicas atroces —en el caso de Hitler con los judíos, en el de Fujimori con las esterilizaciones masivas de mujeres autóctonas—. ¿Es lícito olvidar esos delitos en aras del bienestar producido? De ninguna manera. Indultar a Fujimori es como que Kiesinger hubiera indultado a Hitler.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de enero de 2018)

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RUDOLF HESS Y ALBERTO FUJIMORI

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Rudolf Hess (1894-1987)

Cuando en 2008 conocí a Odfried Hepp —en la atención telefónica de un servicio técnico de la Siemens, donde trabajamos juntos—, no sabía nada de su pasado. Ignoraba que junto con Walter Kexel y Peter Naumann, militante neonazi y experto en explosivos, había planeado la liberación del criminal de guerra Rudolf Hess para el 8 de mayo de 1982. El plan preveía la voladura del portón principal y de las torres de la prisión militar de Spandau en Berlín, a cargo de los aliados desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

Rudolf Hess llegó a ser en la Alemania nazi el tercero en la cadena de mando después de Hitler y de Hermann Göring, y firmó varias de las Leyes de Nuremberg de 1935, que recortaron los derechos de los judíos alemanes y en cierta manera prepararon el camino para el Holocausto.

Sería condenado a cadena perpetua en 1946 por haber planeado una guerra de agresión y haber conspirado contra la paz mundial. En fin, uno de los tantos criminales que no mató a nadie con sus propias manos, pero que tomó decisiones que ocasionaron la muerte cruenta de millones de personas.

En los Juicios de Nuremberg, al ser confrontado con las crueldades de los campos de exterminio, no sólo se mostró inconmovible, sino que manifestó estar satisfecho de haber servido a Hitler, «el más grande de los hijos que ha engendrado mi pueblo en su historia milenaria», así como de haber cumplido su «deber como alemán, como nacionalsocialista, como fiel seguidor de mi Führer».

Su hijo Wolf Rüdiger Hess buscó su liberación, reivindicar su memoria y conseguir mejores condiciones carcelarias. No faltaron tampoco las voces de representantes de la política y de las iglesias que en los años 70 y 80 pidieron un indulto por razones humanitarias, considerando la salud y la edad avanzada del único prisionero de Spandau.

El plan de liberación de Hepp, Kexel y Naumann nunca se realizó. Y Rudolf Hess murió en 1987, no por enfermedad. Se suicidó a los 93 años en su privilegiada prisión, sin haberse arrepentido de nada.

Como Alberto Fujimori, quien nunca se ha arrepentido de las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, y de otros crímenes que han quedado impunes, como es el caso de las esterilizaciones forzadas.

Al fin y al cabo, sacar de prisión a un criminal impenitente que no ha purgado su pena, favoreciendo así la impunidad, sólo puede ser obra de mentes terroristas. O de intereses políticos del mismo cariz.

(Columna publicada en Exitosa el 13 de mayo de 2017)

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La razón por la cual se frustró el intento de liberación de Rudolf Hess fueron de corte puramente ideológico. Odfried Hepp y Walter Kexel, ambos neonazis a la vez que anti-imperialistas, habían decidido sacar a Hitler del pedestal en que lo tenían la mayoría de los grupos de extrema derecha y pasarlo al basurero de la historia. Para ellos, Hitler era quien había echado a perder el nacionalsocialismo, que debía ser sustituido por un nacionalbolchevismo abocado a una lucha de liberación nacionalrevolucionaria y anti-imperialista que terminara con la ocupación estadounidense de Alemania. Estas ideas las formularían en el único escrito teórico conocido del terrorismo neonazi alemán: Der Abschied von Hitlerismus (La despedida del hitlerismo).

En consecuencia, Rudolf Hess, hasta entonces admirado por su lealtad incondicional a Hitler, ya no podía ser considerado un modelo a seguir, mucho menos alguien por quien valiera la pena arriesgar la vida.

Hepp y Kexel fundarían ese mismo año el Grupo Hepp-Kexel, que cometería asaltos a mano armada contra bancos para financiar sus actividades y realizaría una serie de atentados terroristas contra soldados norteamericanos estacionados en Alemania. El grupo fue desmantelado en 1983 por la policía alemana y todos sus miembros aprehendidos, a excepción de Hepp, que logró huir a Alemania Oriental vía Berlín.

Kexel se ahorcaría en 1985 en la cárcel tras ser condenado a 14 años de prisión.

Hepp fue atrapado ese mismo año en Marsella (Francia) y luego extraditado a Alemania Occidental, donde pudo acogerse a beneficios penitenciarios gracias a que declaró como testigo en contra de antiguos camaradas del terrorismo neonazi. Salió de prisión en el año 1993, arrepentido de su vida pasada y convertido en un pacifista.

Para mayor información sobre Odfried Hepp, se puede leer mis posts anteriores: