SODALICIO: LA FAMILIA QUE ALCANZÓ A CRISTO

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Juan Carlos, Fabiola y Gonzalo Len Álvarez

La familia que alcanzó a Cristo, novela del monje trapense M. Raymond de lectura obligatoria en el Sodalicio, cuenta la historia de San Bernardo de Claraval, quien en el siglo XII siguió el camino de la vida monacal, atrayendo a él a sus padres y a sus seis hermanos.

Ésa historia parece haberse repetido en la historia de la familia Len Álvarez, donde el camino de cinco de los siete hijos se cruzó con el del Sodalicio: Juan Carlos, que fue secretario personal de Luis Fernando Figari; Javier y Gonzalo, sacerdotes sodálites; Álvaro, que fue agrupado de Jeffery Daniels y después por un tiempo aspirante sodálite antes de desvincularse; y Fabiola, laica consagrada en la rama femenina, la Fraternidad Mariana de la Reconciliación.

Recuerdo a los hermanos Len Álvarez como personas cordiales y simpáticas. Eso no ha impedido que la íntima cercanía de tres de ellos a la persona de Figari haya terminado por embarrarlos.

Juan Carlos, Javier y Gonzalo, además de ser sus engreídos, habrían tenido carta libre de Figari para manejar ciertos dineros.

Gonzalo, como vocero del Sodalicio, no dijo la verdad en el año 2011 cuando le declaró a la revista Caretas que lo de Germán Doig era un caso aislado, si bien ya sabían lo de Jeffery Daniels, Daniel Murguía y quién sabe qué cosas más. Además, fue uno de los que estuvo recientemente viviendo con Figari en Roma.

Juan Carlos está entre los representantes de algunas de las nada transparentes empresas del Sodalicio. Además, nunca realizó estudios, pues durante años estuvo sumisamente al servicio de Figari sin remuneración alguna, casi como un esclavo.

¿Víctimas o cómplices?

(Columna publicada en Exitosa el 15 de octubre de 2016)

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No sólo los hijos varones mencionados de la señora Teresa Álvarez de Len, católica devota muy cercana al Opus Dei, gozaron de la pleitesía de Figari, sino también Fabiola, la hija mujer, quien todavía no habría aceptado las dimensiones de la crisis en que se ve sumida el Sodalicio y seguiría defendiendo rabiosamente por motivos puramente sentimentales a la institución que cobija a sus hermanos. En la foto que reproduzco a continuación, tomada en Roma el 11 de diciembre de 2012, aparece en el centro junto a Carlos Polo Samaniego —director de la Oficina para América Latina del Population Research Institute (PRI), quien ha negado hasta ahora toda vinculación con el Sodalicio—, el sacerdote sodálite Juan Carlos Rivva, el adherente sodálite e “intelectual” Alfredo García Quesada y José Ambrozic, actual Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana.

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SODALICIO: EL OCASO DEL INNOMBRABLE

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Virgilio Levaggi Vega

En 1986, Virgilio Levaggi había llegado a ser prácticamente el número tres en el Sodalicio después de Figari y Doig. Era responsable del área de Instrucción, tenía contactos importantes a nivel de jerarquía eclesiástica y estaba encargado de la consejería espiritual de un nutrido número de jóvenes sodálites y aspirantes al Sodalicio.

Pero de un día para otro todo cambió. Los cuatro aspirantes sodálites que —bajo su supervisión— estaban realizando su mes de prueba en la comunidad sodálite de Magdalena del Mar fueron trasladados de inmediato a la comunidad sodálite de Barranco, donde yo vivía. Germán Doig, el superior de esa comunidad, nos había informado que Levaggi había cometido una “falta grave contra la obediencia” y que Figari lo había relevado de todas sus responsabilidades.

Levaggi se quedaría donde estaba bajo un régimen especial. Yo fui trasladado a esa comunidad, debido a que era poco “influenciable”, pero quizás hayan pensado que yo era un “marciano” que no me iba a dar cuenta de nada. Aún así, se me ordenó vigilar a Levaggi.

Se vivió un tiempo de continua tensión, pues se desconfiaba de Levaggi y se pretendió controlar todo lo que hacía. El superior, José Ambrozic, andaba paranoico preguntando si Levaggi había telefoneado con alguien y frecuentemente le daba órdenes humillantes que debía cumplir.

Levaggi terminaría largándose del Sodalicio, no obstante que Figari le pidió que se quedara. A partir de entonces se le llamaría “el Innombrable”, para posteriormente desaparecer todo rastro de su recuerdo.

Nunca se supo cuál fue la falta de Levaggi. Pero una “falta de obediencia” no explica el ostracismo que le aplicaron ni su repentino ocaso.

(Columna publicada en Exitosa el 8 de octubre de 2016)

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En el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas, el testigo identificado con el seudónimo de Bernardo, después de relatar lo que vio sobre la reclusión de Jeffery Daniels en San Bartolo, describe una situación anterior que encaja con lo que sabemos sobre la caída en desgracia de Levaggi:

«Fíjate. Me acabo de acordar de cuando LE también fue puesto “en cuarentena”. Lo digo así porque nadie nos daba una explicación sobre esta situación. Y por esas coincidencias de la vida, también me tocó vivir un tiempo en esa comunidad donde ocurrió aquello. Era penoso. Ni siquiera la dejaban bañarse y LE andaba todo sucio, seboso. La versión oficial decía que “había faltado a la obediencia”. Pero más tarde, HdC me dijo: “Lo único que te puedo decir es que no se trata de un asunto de faldas”. Eso también fue raro», dice Bernardo.

El mismo Bernardo relata un extraño incidente que le ocurrió durante una de las tantas sesiones de dirección espiritual con LE.

«Otra situación extraña que recuerdo es cuando LE era mi director espiritual y yo recién había entrado formalmente al Sodalitium. En una sesión de dirección espiritual, en una pequeña salita de una de las comunidades sodálites limeñas, a puertas cerradas, me puse a llorar. No me acuerdo por qué ni de qué estábamos hablando, pero la cosa es que me quebré. Y LE trata de consolarme tomándome de la mano. Al poco, comienza a acariciame con uno de sus dedos, cuando en eso alguien, pensando que no había nadie en la habitación, abre la puerta de improviso, y LE rápidamente retrae la mano como si le hubieran descubierto, o algo parecido. Después de eso, nunca más volvió a hacerlo. Pero mirando las cosas a la distancia, interpreto ahora ese “cariño-consuelo” como un gesto de aproximación», expone Bernardo.

Algo similar cuenta quien se identifica como Cristóbal en el libro de Salinas.

A la luz de la revelación mediática de la doble vida que mantuvo Germán Doig Klinge, el número dos de la organización, me cuenta Cristóbal algo que, viendo las cosas en retrospectiva, nunca dejó de parecerle extraño. «En una de las comunidades sodálites, en una salita donde se realizaban las reuniones con los directores espirituales a puertas cerradas, una vez que estaba conversando con LE sobre la tensión y las técnicas de relajación, me pidió que me levante la camiseta, y yo accedí sin ninguna malicia: y él se quedó mirándome un rato, hasta que de pronto alguien tocó la puerta para saber si la sala estaba ocupada, y al toque me dijo “vístete”. Lo dijo con nerviosismo. Y siempre me quedé pensando que, si eso era normal, ¿por qué se mostró inquieto? Nunca llegué a pensar que podía estar en una situación de acoso sexual o en el comienzo de algo así. Pero sí, fue raro lo que pasó».

Según ha sido revelado por el periodista José Alejandro Godoy (ver http://www.desdeeltercerpiso.com/2016/10/sodalicio-el-caso-levaggi/), existen dos testimonios sobre abusos sexuales cometidos por Levaggi que no fueron incluidos en el libro Mitad monjes, mitad soldados, debido a que los testigos decidieron no figurar en el libro.

Finalmente, vale la pena reproducir aquí la descripción que hace Pedro Salinas de Eugenio Poggi, el personaje basado en la figura de Levaggi, en su novela Mateo Diez, pues —de acuerdo a lo que yo vi— coincide en gran medida con las características de la persona real. Para saber las nombres de las personas reales en que se inspiran otros personajes, sugiero revisar mi GUÍA DE LECTURA NO AUTORIZADA DE “MATEO DIEZ”.

Poggi, egocéntrico impenitente, un gordo inmenso de rasgos mestizos, cara de panadero y voz aflautada, disfrutaba mucho de la política. Más aún: le gustaba el poder. Quería ser el heredero de José Hernando. El sucesor del fundador. Pero tenía un contrincante de peso: Kauffman K. Siempre me sorprendió con sus críticas de grueso calibre contra Kauffman. Si escribía un libro, éste carecía de solidez intelectual. Si profería un discurso, se burlaba de la poca capacidad gestual de Kauffman, quien, paradójicamente, había escrito publicaciones sobre el lenguaje corporal. Si alguno de sus discípulos tenía dudas sobre su vocación, cuestionaba la labor de Kauffman como director espiritual. […]

Para Poggi, Kauffman no merecía ser el sucesor natural de José Hernando. Para Poggi, el sucesor natural del fundador de la Milicia era él. Y siempre trabajó en esa línea, formando a un núcleo de fieles que lo respetaran más a él antes que a ningún otro, incluyendo a José Hernando.

El perfil psicológico de Poggi era algo complejo, de un narcisismo de campeonato. Personalista, autoritario, creía poseer siempre la razón. Imponía siempre su criterio y tenía facilidad para entrar en la voluntad de los demás como un cuchillo en la mantequilla. Sus monólogos siempre estaban atiborrados de expresiones de poderío, con un sentido grandioso, y muchas veces gracioso, de autoimportancia. Si bien poseía una inteligencia aguda y sofisticada, exageraba sus propios méritos a la vez que infravaloraba los ajenos, sobre todo los de aquellos como Kauffman, que sentía como competidores. Tendía a explotar a los demás para su provecho, manteniendo relaciones verticales, jamás horizontales. A José Hernando era al único que reconocía como un par, aunque también solía criticarlo a sus espaldas.

Era, además, incapaz de asumir sus errores, por lo que solía proyectar en los demás la culpa de sus fracasos. Tenía una necesidad excesiva de ser autosuficiente y una urgencia compulsiva de controlar la situación. Su arrogancia, siempre acompañada de fantasías delirantes, lo llevaba a estar pendiente de los temas de poder y jerarquía. Y cuando escuchaba, parecía hacerlo por compromiso, con desgano ante las opiniones ajenas. No tenía idea de lo que era la humildad. Era el derroche de la soberbia a todo trapo.

Poggi era, asimismo, un arribista y un oportunista nato. […]

Pese a todo, con Poggi llegué a establecer una relación amical, aunque en un principio, cuando recién lo conocí en Huaraz, me cayó mal y me incomodaban sus amaneramientos contenidos. Mi amistad con Poggi no era como la que tenía con Luigi. Era más utilitaria. Poggi parecía más interesado en formarme para ser su lugarteniente dentro de la organización que en mi crecimiento espiritual. Eugenio se hizo cargo también de la formación espiritual de Pepe Castilla, Juani Villacorta, Miguel Ciriani y Duilio Castagnola. […]

De prominente papada, su tono discursivo y afectado era parecido a una emisión en onda corta, perdiéndose a ratos y volviéndose audible alternativamente. Ello, a veces, era exasperante, porque no se le escuchaba muy bien. No obstante ello, Poggi solía ser locuaz y elocuente. Eugenio, además, fumaba clandestinamente cigarrillos Dunhill, a pesar de la prohibición que estableció José Hernando en un retiro de silencio. “Los mílites no deben fumar, porque el que fuma no se santifica”, decretó el fundador en dicho retiro.

LA CULTURA DE LA IGNORANCIA EN EL SODALICIO

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Alfredo García Quesada, adherente sodálte y uno de los “intelectuales” del Sodalicio

El Sodalicio nació en los años ‘70 a partir de un diagnóstico negativo del mundo y su cultura —lleno de «errores y males provenientes de la permanente seducción del pecado»— como «un intento de ensayar la verdad». El Sodalicio tenía la pretensión de ser «una santa milicia, en los tiempos en que vivimos, que atraiga a los hombres a Cristo, por intermedio de nuestra Santísima Madre, y por medio de ellos ordenar todo el universo hacia Él». Así está indicado en el Folleto Azul “Sodalitium Christianae Vitae”, uno de los documentos fundacionales de la institución.

Posteriormente se especificaría que el trabajo apostólico de los sodálites estaba dirigido principalmente hacia los jóvenes, para con el paso de los años —a partir de década de los ‘80— ir añadiendo paulatinamente a su ideario las otras áreas en las realizan su labor proselitista… ejem, evangelizadora: cultura, pobres y familia.

Sabemos que han sido efectivos con los jóvenes que han logrado reclutar, arruinando la vida de cientos de ellos. Asimismo, también son evidentes las consecuencias sobre numerosas familias, donde los lazos familiares se han visto resentidos debido al compromiso fanático —“radical” en lenguaje sodálite— de algún familiar con los ideales de la institución. Y su labor con los pobres —que es preferentemente de corte asistencial y paternalista— parece estar más al servicio de un proselitismo cristiano espiritualista que en función de una auténtica promoción humana de los más necesitados que los considere como verdaderos protagonistas de su desarrollo social.

El Sodalicio afirma estar comprometido con la «evangelización de la cultura» y se jacta de tener entre sus miembros a «intelectuales, historiadores, escritores, literatos, pintores, escultores, músicos, así como profesionales en diversas áreas» (ver http://sodalicio.org/evangelizacion-de-la-cultura/). La mayoría de ellos, además de desconocidos e irrelevantes, no sobrepasan la mediocridad. Y no puede ser de otra manera, debido al concepto de cultura que se ha manejado en el Sodalicio y que tiene su fuente en el mismo Luis Fernando Figari, el cual cimentó durante mucho tiempo entre sus seguidores la falsa reputación de ser «uno de los principales pensadores católicos de América Latina» (ver https://en.wikipedia.org/wiki/Luis_Fernando_Figari).

En el Sodalicio se asumió muy pronto el término «cultura de muerte» que acuñó el Papa Juan Pablo II para descalificar de manera general la cultura occidental moderna, sobre todo cuando sus manifestaciones no están inspiradas por la fe cristiana. Bajo este criterio, una valoración objetiva de las expresiones culturales del mundo moderno se hace casi imposible. Y eso es lo que ha ocurrido en el Sodalicio. Los miembros de la institución no comprenden el mundo en el que viven, pues interpretan la cultura sobre la base de los binomios de pecado-gracia y muerte-vida, juzgándola según criterios éticos y relegando a un segundo plano los criterios estéticos. Además, su consigna de «estar en el mundo sin ser del mundo» los convierte prácticamente en extraterrestres llegados a un planeta incógnito.

Es así que la única cultura válida para los sodálites es la que se inspira en la fe cristiana. Y ni siquiera eso, pues los contenidos tienen que ser afines a la ideología conservadora y fundamentalista que les ha legado Figari. Por ejemplo, los sodálites “intelectuales” conocen relativamente bien la obra de escritores católicos como Léon Bloy, Charles Péguy, Paul Claudel, Georges Bernanos y Gilbert Keith Chesterton. Pero no suelen prestarle atención a los libros de autores más ambiguos, pero también católicos, como Kahlil Gibran, François Mauriac, Julien Green, Graham Greene o Heinrich Böll. Los escritores ajenos al catolicismo —salvo aquellos cuyos libros estaban incluidos en una lista de lecturas obligatorias que había sido autorizada por Figari, como Antoine de Saint-Exupéry, Hermann Hesse, Aldous Huxley y varios narradores de ciencia-ficción— eran considerados autores mundanos y sus obras tratadas como si fueran mierda, es decir, algo que no debía ponerse debajo de las narices de uno para dedicarle el placer de la lectura. «¿Qué haces leyendo esa mierda?», fue una pregunta que escuché varias veces en comunidad cuando el superior descubría que estaba leyendo algún libro de Ernesto Sabato, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez.

Por otra parte, en el área musical los sodálites sólo cultivan música religiosa —a veces imitando melodías folklóricas—, o a lo más música antigua de los períodos barroco y clásico. Todo el desarrollo musical a partir del romanticismo en adelante les parece incompatible con la sobriedad de sentimientos que propugna la disciplina sodálite. Durante gran parte de los once años que viví en comunidades sodálites estaba prohibido escuchar esa música. Ni qué decir, casi toda la música popular contemporánea carece de interés para ellos o es simplemente ignorada. Un sodálite nunca reconocerá el aporte a la cultura musical de los Beatles, Led Zeppelin, Queen o Pink Floyd, por mencionar algunos ejemplos.

En lo referente al cine, la mayoría de los sodálites no tienen conocimientos más allá de lo que ofrece Hollywood comercialmente. La aversión hacia el cine clásico y el cine de autor que tenían Figari y Germán Doig —con la excepción de dos películas de genero religioso: Los diez mandamientos (Cecil B. DeMille, 1956) y Ben-Hur (William Wyler, 1959)— todavía influye en las preferencias cinematográficas de la mayoría de los sodálites, así como su devoción por Star Wars y otras películas de ciencia-ficción.

En general, en el Sodalicio se valoraban determinadas películas por su “mensaje”, aún cuando su puesta en escena fuera mediocre. No debe extrañar, pues, que muchos sodalites consideren ese pastiche ecléctico de espectacularidad sanguinolenta que es La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004) como una de las mejores películas de la historia. He de admitir que El Padrino (1972), obra maestra Francis Ford Coppola, gozaba de bastante popularidad en las comunidades sodálites, aunque creo que más por la representación de los códigos de lealtad y silencio que manejaba la mafia italiana antes que por sus méritos artísticos propiamente dichos. Pero en general, el moralismo y la inopia campeaban a sus anchas cuando se trataba de evaluar una película. Además, que a un sodálite le hablen del cine de Orson Welles, Buñuel, Fellini, Pasolini, Bertolucci, Woody Allen, Terrence Malick, David Lynch o Lars von Trier es como que le hablen en chino.

Y si nos vamos a otras áreas de la cultura, se podrá constatar que la aproximación sodálite al respecto es de un nivel paupérrimo, tal como se ve reflejado en la anodina web del Centro de Estudios Católicos (http://cecglob.com), entidad gestionada por sodálites que dice haber nacido en Lima en el año 1969, haciendo referencia a los círculos de estudios que inició Figari junto con otros en esa época.

Dado que en el Sodalicio todo libro que se lee o toda película que se ve requiere de la autorización de un superior, la única manera de cultivar una auténtica cultura es haciéndolo en secreto, como lo hice yo leyendo literatura latinoamericana sin avisar y viendo —a escondidas o escapándome al cine— algunas obras maestras del Séptimo Arte como Ladrones de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984), Terciopelo azul (David Lynch, 1986) y varias películas de Woody Allen.

En fin, la pretensión de los sodálites de evangelizar la cultura —al igual que todas sus demás pretensiones evangelizadoras— es sólo una ilusión, pues desde el momento en que siguen interpretando el mundo de acuerdo a la ideología que Figari evacuó en sus mentes, continúan haciendo gala de una ignorancia supina sin parangón. Y para colmo, se atreven a calificar de “raros” o “locos” a quienes no comparten su misma aproximación. «Dejadlos; son ciegos guías de ciegos» (Mateo 15,14).

(Columna publicada en Altavoz el 1° de octubre de 2016)

SODALICIO: LA EXTRAÑA MUERTE DE GERMÁN DOIG

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Germán Doig Klinge (1957-2001)

En la madrugada del 13 de febrero de 2001 falleció Germán Doig mientras dormía en su habitación en la comunidad sodálite del Centro Pastoral “Nuestra Señora de la Evangelización” (San Borja, Lima). La causa: una insuficiencia cardíaca.

Ésa es la versión que circuló en la Familia Sodálite.

Desconocemos el nombre del cardiólogo que trataba a Doig. Pero de buena fuente sé que quien habría firmado el certificado de defunción, sin inspeccionar el cadáver, sería un ginecólogo-obstetra perteneciente al Movimiento de Vida Cristiana; sólo se le habría permitido ingresar al área de visitantes, donde habría preparado el documento correspondiente según instrucciones de personas responsables del Sodalicio. Por orden expresa de Figari, a nadie se le habría permitido ver el cuerpo de Germán, ni mucho menos se permitió una autopsia.

Que sufría del corazón se lo había comentado Germán a algunos sodálites de confianza. Sin embargo, su tren de vida no era el de una persona enferma. A tal punto que lo primero que se me ocurrió allá en el año 2001, cuando con consternación me enteré de su muerte, fue que el stress ocasionado por la norma sodálite de esforzarse «según el máximo de mi capacidad y al máximo de mis posibilidades para así responder al Plan de Dios en todas las circunstancias de mi vida» —sin consideración a la salud física y mental—, le habría ocasionado indirectamente la muerte. O quizás contribuyeron a ello los enfrentamientos verbales con Figari, el último la noche anterior.

A la luz de lo que se supo posteriormente de su vida, otra podría ser la causa de su muerte. ¿Hablarán algún día los testigos?

(Columna publicada en Exitosa el 1° de octubre de 2016)

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Sobre la figura de Germán Doig, se puede leer la serie de artículos que publiqué hace tres años en este blog:

EL EXORCISMO

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Cuando uno pasa por la experiencia de tener un hijo adolescente, recién comprende lo difícil que debe haber sido para los padres de uno lidiar con los problemas que genera un hijo que está en proceso de desarrollo y de conquista de su propia independencia, muchas veces a trompicones, más aún cuando este hijo decide a los 15 años de edad unirse a un grupo católico más papista que el Papa, que fomenta el fanatismo y que amenaza con convertirse en un obstáculo para que viva una juventud normal y siga una carrera profesional que le permita desarrollar sus talentos y ganarse el pan en la vida.

Pues eso es lo que prácticamente sucedió cuando yo en mis años mozos me uní al Sodalicio y me interesaba más salir con gente del grupo católico que participar de actividades profanas propias de la edad juvenil. Lo cual ciertamente también hacía al comienzo, pues no fue de un día para otro que dejé de ir a fiestas e interesarme por salir con chicas, pero a medida que iba avanzando el proceso de involucración con el grupo, dejé de sentir el gusto por estar con gente normal y me fui identificando con el modelo de militante cristiano ajeno a las preocupaciones mundanas que proponía el Sodalicio.

Mi padre, aquejado por una enfermedad degenerativa que paulatinamente iba minando sus capacidades —a saber, el mal de Parkinson—, nunca me hizo problemas, pues no se hallaba en situación de oponerse a las decisiones que yo estaba tomando. Además, yo no sé si le importaban las opciones religiosas de las demás o si él mismo tenía fe, pues consideraba las escasas prácticas religiosas de la cuales él participaba —como ir a Misa, por ejemplo— solamente como buenas costumbres sociales. Aún así, me consta que era un hombre de buen corazón, trabajador, tranquilo, risueño y de una paciencia extraordinaria.

Mi madre, una mujer rebosante de vida, extrovertida, generosa, pero de un carácter fuerte, dominante e impredecible, miraba con suspicacia al nuevo grupo de amigos y, con la intuición catherine_pool_andujar_de_scheuchque le daba una conciencia ética indoblegable, olía que algo no andaba bien en el grupo. Educada en el Sophianum, un colegio para mujeres gestionado entonces por monjas de un catolicismo puritano y una moral conservadora que castigaba con bajar la nota de conducta a las chicas que levantaran la mirada para dirigirla hacia cualquier joven que desde la calle se acercara a las rejas del centro educativo, mi madre había terminado vacunada contra toda mojigatería piadosa y fanatismo religioso, y si bien se consideraba católica y cumplía con los deberes religiosos mínimos, también mostraba una flexibilidad muy humana, al punto de que no le importaba llegar a Misa recién durante el sermón del cura, pues con eso bastaba para que la asistencia a la ceremonia religiosa le valiera para poder decir que había cumplido con el precepto dominical. O si nos íbamos de campamento un fin de semana y no podía ir a Misa el domingo, argumentaba que Dios era comprensivo en esas circunstancias y, por consiguiente, no había motivo para tener sentimientos de culpa.

En el Sodalicio que yo conocí no sólo no había comprensión para este tipo de actitudes, sino que en general considerábamos a la mayoría de los católicos que participaban regularmente de las actividades de sus parroquias como cristianos mediocres que no aspiraban a la santidad y no seguían el mensaje de Jesús hasta sus últimas consecuencias. En cierto sentido, el Sodalicio fomentaba un sentimiento de élite entre los jóvenes que reclutaba, como ocurre con frecuencia en las sectas cristianas: nosotros somos los elegidos que seguimos fielmente a Jesús, mientras que la mayoría de los demás mortales, aunque digan ser cristianos, lo son solamente de mentira, pues no asumen el seguimiento de Cristo con radicalidad. Y para recalcar que nosotros seguíamos sin medias tintas todas las palabras de Jesús, se repetía continuamente el siguiente eslogan: «No hay que arrancar las páginas incómodas del Evangelio». Por supuesto, esas páginas eran interpretadas de una manera peculiar, casi al pie de la letra, de acuerdo a una lectura rígida y fundamentalista.

Uno de los textos preferidos era el capítulo 10 del Evangelio de Mateo, del cual transcribo el siguiente texto:

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada, porque he venido a poner en enemistad al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Así que los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halle su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» (Mateo 10, 34-39)

De arranque se nos planteaba que el seguimiento de Jesús, como primera prioridad, debía necesariamente llevar a conflictos en nuestro entorno familiar, y que eso era una señal de que estábamos en el buen camino. No debe extrañar, pues, que desde un inicio se excluyera a los padres del proceso de reclutamiento que efectuaba el Sodalicio entre los adolescentes. Mis padres nunca fueron consultados sobre sí estaban de acuerdo con que su hijo menor participara de un grupo particular de la Iglesia católica, grupo que tenía entonces la categoría de asociación pía de fieles aprobada por el entonces arzobispo de Lima, el cardenal Juan Landázuri Ricketts.

En este punto quisiera reproducir unos párrafos de la denuncia que presenté ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación y ante la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma):

«Entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, fui sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.

Asimismo, emití una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores a la edad de 15 años, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.

Se me fomentó la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propios a su pensamiento y su voluntad.»

Muchos de los jóvenes candidatos al Sodalicio de ese entonces ya traíamos, como es común entre los adolescentes, una carga de conflictos con por lo menos uno de nuestros progenitores, y el Sodalicio se encargaba de ahondar aun más el conflicto y nos hacía sentir que éramos nosotros los que teníamos la razón en todo. Esto se expresaba más o menos así: si tú quieres seguir al Señor Jesús, vas a tener la oposición de tu padres porque ellos son cristianos mediocres —o escépticos, agnósticos o ateos, dependiendo del caso— y no entienden que tú quieras seguir una vocación a la vida consagrada. E incluso cuando el candidato gozaba de una relación saludable y armónica con sus padres, era frecuente que el mismo Sodalicio se encargara de introducir la discordia y hacerle creer al adepto que la institución era el único hogar donde podría encontrar una familia con todas las de la ley, una familia espiritual donde todos estaban animados por los mismos ideales, tenían el mismo pensamiento, una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo destino, una sola meta.

Creo que mi madre se dio cuenta de esta situación, pero, al igual que muchos padres de familia que frecuentemente se sienten sobrepasados por los problemas que ocasiona la adolescencia de los hijos, no supo manejar bien el asunto y al final terminó perdiendo la batalla, quedando yo atrapado en la telaraña de un ente colectivo absolutista durante más de una década.

Aún así, mi madre siempre estuvo dispuesta a ayudarme para que yo saliera adelante y, todo el tiempo que mi vida se desenvolvió dentro de los parámetros de la institución, ella pagó los costos de mis estudios de teología y me pasaba una mensualidad para solventar algunos gastos.

He de reconocer que mi madre tomó algunas situaciones con humor e ironía. Recuerdo que en mayo de 1978 iba a celebrar mi cumpleaños y había invitado a los compañeros de mi agrupación mariana, a los cuales se sumaron también José Ambrozic, Germán Doig y Rafo Martínez. Mi madre me preguntó si iba a invitar chicas, a lo cual dije que no. Eso fue motivo para varios comentarios humorísticos y burlones. Les decía a mis dos hermanas menores que si entraban a la sala cuando todos estuviéramos reunidos, íbamos a salir corriendo despavoridos ante la presencia de dos féminas adolescentes. No faltaron las ocurrencias sobre una posible homosexualidad de los miembros del grupo —recuérdese que en la década de los ’70 la sociedad limeña era tanto o más homofóbica que ahora—. En un momento determinado mi madre entró con una bandeja y se puso a preguntar con sonrisa insinuante y socarronería inconfundible: «¿Quieren tecito o cafecito?» Para colmo de los males, uno de los muchachos de la agrupación no tuvo mejor idea que traer una rosca para el lonche. Y en el habla coloquial de la clase media limeña la rosca se asociaba despectivamente con personas del tercer sexo o del otro equipo —como se les designaba en son de burla—, por lo cual en la memoria colectiva de las comunidades sodálites ese cumpleaños mío sería recordado entre sonrisas cómplices como la “fiesta de los rosquetes”.

Mirando para atrás, veo que mi madre, en lo tocante a su percepción de la realidad, no andaba tan descaminada, pues a lo largo del tiempo se han verificado prácticas de sometimiento homosexual en el Sodalicio, además de que era relativamente frecuente por parte de algunos guías espirituales inducir dudas sobre la propia identidad sexual. Recuerdo que Humberto del Castillo, cuando vivía en una de las casas de formación de San Bartolo, nos decía burlonamente durante la siesta, cuando nos echábamos boca abajo a dormir en nuestras camas: «Cuidado, que el aire es macho».

Lo que terminó enturbiando irreparablemente las relaciones con mi madre fueron las recomendaciones que me dio Jaime Baertl, quien fue mi consejero espiritual durante mis primeros años de sodálite. Según él, yo tenía que rebelarme contra mi madre a fin de romper el dominio que ella ejercía sobre mí, y la mejor manera era haciendo uso de la ironía y el sarcasmo. De este modo, lo que pudo haber sido una situación pasajera producto de la crisis de la adolescencia terminó convirtiéndose en una brecha que nos separaría afectivamente durante décadas, un abismo donde el diálogo cordial era imposible y la reconciliación una meta inalcanzable. Con la distancia de los años compruebo que conquisté mi autonomía y logré una alcanzar una cierta libertad, pero se trataba de una libertad aparente, lisiada, pues quedaría atrapada entre los barrotes de un sistema que me impediría decidir en conciencia sobre mi propia vida, al haber enajenado mi voluntad en beneficio de una institución totalizante donde la obediencia ciega era la norma suprema.

De entre las muchas anécdotas que tachonan este camino de ruptura puedo señalar dos como las más significativas, aunque hay otras más.

Yo realicé estudios escolares en el Colegio Peruano-Alemán Alexander von Humboldt. En la década de los ’70, durante el gobierno militar, se implementaron algunas medidas experimentales. De este modo, en el año 1976 se creó la Escuela Superior de Educación Profesional (ESEP) Ernst Wilhelm Middendorf, que debía formar en un oficio de mando medio a los alumnos que terminaban 3er. año de secundaria en el Humboldt. En consecuencia, dejaba de haber 4to. y 5to. de secundaria en el colegio. A fin de evitar la migración a otras escuelas, se logró que el Ministerio de Educación aceptara convalidar el primer año de ESEP como equivalente a 4to. de secundaria. Pero quien no quería hacer los cuatro años de ESEP para poder postular a una universidad, tenía que terminar 5to. de secundaria en otra escuela. Y ése fue mi caso.

Dado que yo tenía amigos en el Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico y éste quedaba cerca de mi casa, se decidió que yo terminara 5to. de secundaria en ese colegio. Pero la cosa no era tan fácil, pues había que hacer varios trámites en el Ministerio de Educación para convalidar mis estudios de 1er. año de ESEP como equivalentes a 4to. de secundaria. Además, la cosa se complicaba, porque en ese verano de 1980 Jaime Baertl me había asignado para participar en un viaje de misiones a Sabandía y Characato (departamento de Arequipa) a cargo de Emilio Garreaud. Iba a ir un grupo mixto de estudiantes que participaban de la Coordinadora Universitaria, entre los cuales se encontraba Gaby Cabieses, una persona buena y cariñosa de la me hice amigo durante el viaje y a quien siempre he tenido en gran estima. Nuestra tarea iba a consistir en ayudar al párroco de la zona en actividades pastorales y catequéticas .

Mi madre insistió en que yo tenía que quedarme en Lima para ayudarla con los trámites, pero yo me moría de ganas de participar de ese viaje de misiones, no sólo por lo aventurero sino también por el hecho de sentirme un apóstol de veras, trabajando codo acodo con jóvenes universitarios. Así que, ante las continuas y acuciantes objeciones que me ponía mi madre, llamé por teléfono a Baertl y le pregunté qué es lo que tenía hacer. “¿Tú quieres ir?” “Sí.” “Entonces, anda”, fue su escueto consejo. No tenía por qué hacerle caso a mi vieja, qué era cómo él irrespetuosamente la llamaba.

Cuando le comuniqué a mi madre la decisión que había tomado, me pidió visiblemente alterada que llamara a Baertl y la pusiera en comunicación con él. Tras pasarle el teléfono, se desarrolló una conversación tensa y chirriante. Finalmente, mi madre tuvo que colgar el teléfono crispada, pues Mario “Pepe” Quezada —quien también iba como participante del viaje de misiones— estaba a la puerta en su automóvil para llevarme al terrapuerto de donde partía el bus hacia Arequipa y yo ya había cogido mis cosas para irme. De modo que que tuvo a aceptar a regañadientes que me fuera y ella se quedó en Lima realizando los engorrosos trámites en el Ministerio de Educación. Antes de irme me dio una suma de dinero para gastos eventuales que pudiera tener durante el viaje.

Posteriormente sabría a través de Jaime las cosas que él había hablado con mi madre. En un momento ella le espetó: «Me están robando a mi hijo». «Los ladrones creen que todos son de su misma condición», le replicó Jaime sonriendo irónicamente. Y esto me lo contaba matándose de risa.

Pero ésta no había sido la gota que había colmado el vaso. Había otra circunstancia anterior a ésa que probablemente había abierto una brecha más honda en la relación materno-filial. Me refiero al exorcismo que le practiqué a mi madre. Tal cual.

Sucedió que yo vivía apesadumbrado por los continuos conflictos y discusiones que tenía con mi progenitora debido a mi involucración con el Sodalicio y mi temprano deseo de seguir una vocación de vida consagrada, cosa que mi madre no veía con buenos ojos. Lo de laico consagrado, al igual que el común de la gente, no llegaba a entenderlo del todo. Ella pensaba que yo iría a terminar formando parte de esa casta de gente intelectualmente mediocre y de aura grisácea que constituían la mayoría de los curas que ella había conocido. Creía que si uno tenía inteligencia y talentos, era un desperdicio seguir una carrera clerical. Razón y sentido común no le faltaban. Pero yo estaba obstinado en ser laico consagrado y llevar una vida donde pudiera dedicarme a un intenso trabajo intelectual y a la docencia de alto nivel, anhelo que nunca se cumplió, pues el nivel promedio de vida intelectual en el Sodalicio era mediocre, ya que estaba hecho a la medida del pensamiento de Luis Fernando Figari, que no pasaba de ser un sumario ideológico de unas cuantas ideas básicas formuladas en un lenguaje complicado y repetidas hasta la saciedad. Aún no sabía que allí tendría en algún momento que luchar a contracorriente para sacar adelante algunas inquietudes intelectuales y sería tratado como una persona díscola que no tiene claro lo que quiere, además de que mi talento musical y literario sería minusvalorado en la medida en que no se ajustaba a los lineamientos y directivas que proponía Figari para la producción escrita y musical de los sodálites, quienes tenían que contentarse con ser meros satélites de su suprema filosofía y espiritualidad, supuestamente inspirada por el Espíritu Santo.

En fin, llorando penas sobre las desavenencias con la autora de mis días en un grupo variopinto de sodálites, entre los cuales estaba Javier Len, y confesando que no sabía cómo lidiar con la oposición que mostraba mi progenitora, algunos de los allí presentes comenzaron a bromear sobre el tema, y entre broma y broma salió la propuesta de hacerle un exorcismo a mi madre. Esto fue motivo de chacota, pero el tema se extendió, y algunos riendo me comenzaron a dar detalles de cómo efectuar el ritual. Tomando el asunto medio en broma, medio en serio, decidí aplicar la medida y así lo dije expresamente, recibiendo como réplica sonoras carcajadas.

De modo que busqué entre los disfraces que se guardaban en mi casa un hábito negro con capucha que me había servido varias veces para disfrazarme de monje loco en las festividades de Halloween. También me proveí de una vela grande y un crucifijo, y con todo ya preparado, una noche entré en acción. Mi madre se hallaba en el cuarto de costura, cosiendo ropas de baño que luego vendía para obtener algunos ingresos adicionales, pues la enfermedad de mi padre hacía cada vez más difícil que éste pudiera seguir trabajando —era ingeniero civil— y eso hacía que la economía doméstica estuviera pasando por algunas dificultades. Ataviado con el siniestro atuendo monacal, caminando lenta y fantasmagóricamente con la vela encendida en una mano y el crucifijo en la otra, entré dónde ella estaba. Sentada ante su máquina de coser, me escuchó entrar, se volteó sorprendida y exclamó: «¡Martin!» «¡Satanás, sal de ella!», declamé con voz fuerte mientras blandía ante ella la vela y el crucifijo. «Martin, ¿qué te pasa?», preguntó atónita. «¡Cállate, demonio, y sal de ella!», repliqué con voz enérgica y más fuerte. Mientras ella no podía pronunciar palabra, me retiré a mi dormitorio y me acosté, satisfecho conmigo mismo por haberme atrevido a tanto y riéndome de las expresiones que se habían dibujado en su rostro. No pasó mucho tiempo antes de se abriera estrepitosamente la puerta del cuarto que compartía con mi hermano Erwin y mi madre entrara anegada en llanto gritándome: «¿Dónde están las velas? ¿Dónde están las velas?» Asustado, le indiqué con el dedo dónde las guardaba, tomó todas las que encontró y las partió de golpe por la mitad. No dijo ni una palabra más y volvió a salir de la habitación hecha un mar de lágrimas.

Al día siguiente ni me mencionó el incidente, pero yo me sentía aturdido por las consecuencias emocionales que había tenido. Así que fue a hablar con Luis Cappelleti, quien entonces era el instructor de mi grupo de sodálites mariae, y le conté lo que había pasado. Luis, una persona muy cálida y sencilla a la cual el Sodalicio nunca pudo arrebatarle la bondad natural que irradiaba, me dijo que estaba mal lo que había hecho y que tenía que ir a pedirle disculpas a mi madre. Así que me tragué mi orgullo y fui a disculparme por la locura de la noche anterior. No recuerdo con qué actitud recibió mis disculpas, pero de alguna manera algo se había terminado por romper de manera irreparable entre nosotros.

En el año 1981, cuando yo ya tenía 18 años y había alcanzado la mayoría de edad, se me comunicó que había sido admitido en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima). Recuerdo que un día de diciembre mi madre me llevó en coche con todos mis bártulos a la casona cercana al Museo Pedro de Osma, se despidió muy afectuosamente de mí y luego partió sin poder contener las lágrimas.

Durante los más de once años que viví en comunidades sodálites, los contactos con mi madre fueron muy esporádicos, como si yo me hubiera ido a vivir a un país extranjero. Para hacer cualquier llamada telefónica, necesitábamos permiso expreso del superior. Estaba prohibido llamar por iniciativa propia a cualquier miembro de la familia carnal. A mis padres yo los veía un sábado cada dos semanas alrededor de la hora del almuerzo por dos o tres horas, y mi actitud era siempre correcta pero distante.

Mi madre siguió tratando de que yo participara por lo menos de eventos importantes de la familia como el cumpleaños de un tío o la boda de una prima o el bautismo del hijo de un primo, por poner algunos ejemplos, pero mi respuesta avalada por órdenes superiores era: «Gracias, pero no puedo ir». Terminé totalmente aislado de la familia que me había visto nacer, ajeno a las historias personales de cada uno de sus integrantes. De este modo, fui derruyendo poco a poco lo que quedaba de la ruina en que se había convertido el vínculo familiar ya antes de que iniciara mi periplo a través de ese mundo extraño de las comunidades sodálites, hasta que no quedó piedra sobre piedra.

Cuando finalmente salí de comunidades y tuve que pasar por la difícil experiencia de reinsertarme en la vida civil, allí estaba mi madre para ayudarme en lo que pudiera. Yo todavía no era del todo consciente de ello, pero traía en la piel del alma los rezagos de la devastación operada por el Sodalicio. De modo que tuve que construir un nueva relación con mi madre. Para ello conté con la ayuda de varios amigos, de mi enamorada y futura mujer, de mis hermanas, a todos los cuales quiero pedirles disculpas por alguna excentricidades y modos extraños de comportarme que tuve. Yo no sabía entonces que durante los años transcurridos el sistema de disciplina sodálite había terminado por lavarme el cerebro, y que se necesitan años para darse cuenta de ello y poder extirpar los patrones antinaturales de conducta que a uno le implantaron mediante una disciplina inhumana que no retrocedía ante prácticas de coerción psicológica.

Vendrían después trabajos docentes mal pagados y la precariedad emocional de tener que retomar mi desarrollo sentimental interrumpido durante la adolescencia, junto con otros problemas de adaptación que harían de mi vida un continuo temporal. Me rompería la pierna jugando fulbito y, sin seguro médico, tuve que atenderme en el Hospital de Emergencias Casimiro Ulloa de Miraflores, entidad sanitaria estatal donde no cobran la consulta ni el servicio pero uno tiene que agenciarse los materiales. Mi madre estuvo ahí y fue quien me consiguió unas muletas para poder caminar con la pierna enyesada. Ella misma fue quien me alquilaría posteriormente un departamento a precio módico y quien me animaría a seguir estudios para obtener el Master of Business Administration en la Escuela de Administración de Negocios para Graduados (ESAN), cuyos costos serían asumidos por una tía muy querida y por ella. La guitarra Falcón que hasta ahora poseo fue un regalo conjunto de mi esposa y ella. Fue ella quien me animó a tentar suerte en Alemania y quien pagó el pasaje de los vuelos que me llevarían primero a Múnich en noviembre de 2002. Y cuando estábamos en Alemania y teníamos que mudarnos de Wuppertal al pueblo de Kirrweiler mucho más al sur, pues yo había encontrado trabajo en esa región, ella estuvo al lado de ni mujer ayudándola a empacar nuestras cosas y a prepararse para la mudanza. Y aquí paro de contar, pues la lista es interminable.

En el año 2009 le detectaron a mi madre un cáncer incurable. La enfermedad avanzó rápidamente, y yo recién pude viajar a Lima en enero de 2010. Sólo le quedaban pocos días de vida, pero parece que sacó fuerzas de flaqueza y esperó hasta poder verme y despedirse de mí. Se disculpó por todo lo que me había hecho, aunque —a decir verdad— era yo el que le tenía que pedir disculpas, pues era mucho más lo bueno que ella había hecho por mí que lo que yo había hecho por ella.

En los días siguientes fue entrando en esa nebulosa confusa y agónica que precede al momento definitivo. Y ahí estuve regalándole como un deber filial mis horas, tratando de aliviar con mi compañía un dolor que venía de dentro y que se hacía por momentos intenso hasta besar las playas de la locura. Como si en esos pocos días disponibles yo hubiera querido terminar de recuperar del todo hasta la última partícula de un vínculo que nunca debió romperse de la manera tan trágica en que se rompió.

Cuando regresé a Alemania, a los pocos días nos enteramos del fallecimiento de mi madre. Mi hermano Erwin, superior de una comunidad sodálite, se había encargado de que no le faltara ninguno de los auxilios espirituales que ofrece la Iglesia católica a sus fieles. Continuamente fue visitada por sacerdotes sodálites. Y al final tuvo un entierro solemne, dado que era la madre de un alto cargo del Sodalicio. Era lo menos que se podía hacer por ella, considerando los sufrimientos que tuvo que pasar en varios momentos de su vida por causa del Sodalicio. O por causa de quien se convirtió en la oveja negra de la familia debido a su adhesión fanática y entrega total a una institución sectaria y fundamentalista: su hijo Martin.

No ha sido fácil contar esta historia. Pero era necesario para mostrar mi solidaridad con todos aquellos padres de familia que vieron a sus hijos ser absorbidos por el vórtice sodálite, para luego recuperarlos psíquicamente dañados y enfermos, o para perderlos definitivamente mientras contemplaban el arrasamiento de los vínculos familiares. A todos aquellos padres de familia que también han sido víctimas silenciosas del Sodalicio dedico la memoria de mi amada madre Catherine Pool Andújar de Scheuch.

DESNUDOS POR OBEDIENCIA

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Dibujo del pintor estadounidense Paul Cadmus (1904-1999)

La práctica por parte de algunos guías espirituales del Sodalicio de pedir a jóvenes sodálites que se desnudaran —hasta quedarse en calzoncillos o sin ellos— es una constante en las denuncias que se han presentado. Lo hizo Luis Fernando Figari con “Santiago”, “Lucas”, Óscar Osterling y otros jóvenes; lo hizo su director espiritual con Pedro Salinas; lo hizo Germán Doig con Jorge, hermano de Pedro, con “Tomás” y con José Enrique Escardó; lo hizo Jaime Baertl conmigo.

Hay quienes se preguntan cómo accedimos a obedecer un mandato que iba contra nuestro sentido moral.

En 1961 el psicólogo Stanley Milgram de la Universidad de Yale realizó un experimento para medir la disposición de un participante a obedecer órdenes de una autoridad aun cuando éstas colisionaran con su conciencia moral. Un “maestro” debía suministrar descargas eléctricas en aumento a un “alumno” ubicado en otra habitación cada vez que se equivocaba en una respuesta. Por supuesto, nada era de verdad. Pero eso no lo sabía el “maestro”, quien era instado por el investigador a continuar cada vez que quería detener el experimento. Ninguno paró antes de propinar una descarga de 300 voltios y 65% de los participantes llegaron al máximo de 450 voltios.

«La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos respecto a lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos, la autoridad subyugaba con mayor frecuencia», señala Milgram.

En una institución donde a la obediencia como mandamiento supremo se añadían lazos de confianza con aquellos a quienes creíamos “iluminados”, se entiende que llegáramos a considerar acciones inmorales como perfectamente normales.

(Columna publicada en Exitosa el 23 de enero de 2016)

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Recomiendo el visionado de la excelente película Experimenter (Michael Almereyda, 2015), biopic del Dr. Stanley Milgram que se centra en los contenidos de la reflexión científica del psicólogo social más que en las anécdotas de su vida personal, recurriendo en gran parte a un lenguaje cinematográfico de imágenes compuestas cargadas de semántica poética y experimentación visual.

Asimismo, para comprender hasta qué punto seres humanos normales son capaces de obedecer órdenes contra todo imperativo moral y poniendo su conciencia entre paréntesis, se puede ver el perturbador film independiente Compliance (Craig Zobel, 2012), basado en hechos reales.

La historia verdadera ocurrió en un restaurante McDonald’s de Mount Washington (Kentucky) el 9 de abril de 2004. Un sujeto que se hacía pasar por un agente de la policía llamó por teléfono y le dijo a la administradora que una de las dependientas estaba siendo acusada de haberle robado a una cliente. Dado que por el momento no podían enviar personal para detenerla, le pidió que lo hiciera ella misma. En un almacén trasero, por orden del supuesto policía, la joven fue obligada por la administradora a desvestirse por completo. Posteriormente quedaría a cargo del prometido de la administradora durante dos horas, y por orden del “policía” al teléfono, que habló con el prometido como con la joven, ésta tuvo que quitarse el delantal —única vestimenta que llevaba puesta— para ser examinada, dar saltos de tijera desnuda, mostrar su orificio vaginal para ser examinado, ser castigada con palmadas en el trasero y finalmente hacerle sexo oral al hombre que la vigilaba. Quien llamaba fingiendo ser un agente de la ley impuso su “autoridad” y logró que tanto los “victimarios” (la administradora y su prometido) como la víctima realizaran actos que iban contra su conciencia moral.

Para una descripción detallada de éste y otros incidentes similares ocurridos con anterioridad, ver el artículo “Strip search phone call scam” en la Wikipedia en inglés (https://en.wikipedia.org/wiki/Strip_search_phone_call_scam).

LA PUNTA DEL ICEBERG

la_punta_del_icebergDebo confesar que yo nunca vi nada.

Durante el tiempo que viví en comunidades sodálites no observé nada que me llevara a pensar que se cometían abusos sexuales de gravedad. Yo mismo no puedo confirmar ninguno de estos abusos, salvo el que se cometió conmigo cuando tenía 16 años y que para mí fue más bien un abuso psicológico con una marcada connotación sexual (ver SOBREVIVIENTE DEL SODALICIO).

Sin embargo, en el año 2008, tres años antes de que se diera a conocer que Germán Doig había abusado de jóvenes a su cargo, yo ya había llegado a la conclusión de que podían haber varios sodálites con una sexualidad desbordada que los llevaba a tener una doble vida. El caso de Daniel Murguía, atrapado in fraganti por la policía en octubre de 2007 cuando fotografiaba a un menor de edad al cual le había practicado una felación, me trajo a la memoria los años de angustia que yo había vivido en comunidad, acosado por obsesiones sexuales que aparecían con fuerza inusitada cada cierto tiempo y me hundían en abismos de culpabilidad y tragedia. Hasta ese momento había considerado lo mío como un caso aislado, como expresión de una debilidad personal que me había llevado al fracaso en mis deseos de plasmar el ideal sodálite dentro de un estilo de vida propio de un laico consagrado y célibe.

Lo de Murguía me llevó a replantear este supuesto. ¿Era yo el que que había fallado o eran más bien el estilo y la disciplina sodálites los que habían generado las condiciones para que yo desarrollara esas tendencias enfermizas, alejadas de un desarrollo sano de la sexualidad? Murguía, a quien yo recordaba como un joven de carácter dulce y bondadoso, se convirtió para mí en ese entonces en la punta del iceberg. Él también era uno de aquellos en quienes la sexualidad se había salido de su cauce.

Más aún, al ir reconstruyendo en base a mis recuerdos la manera cómo se trataba el tema de la sexualidad en las comunidades sodálites, fui armando un cuadro con una serie de indicios inquietantes que hacían presentir algo turbio en el fondo (ver SODALICIO Y SEXO). Recordé entonces los casos de sodálites consagrados que habían tenido problemas de faldas y que habían vivido en las mismas comunidades donde yo estaba: un joven considerado sodálite ejemplar que fue traído de Chincha para estar en observación en la comunidad Nuestra Señora del Pilar por haberse liado con una chica; otro que sintió atracción por una mujer casada que trabajaba en su oficina y no resistió la tentación de acostarse con ella y echar todo por la borda; otro que se enamoró de una joven vecina y fue visto besándose en la boca con ella en la camioneta combi en la cual había salido a hacer unos encargos. Éste último pasó sus últimas noches en la comunidad sufriendo pesadillas; yo mismo escuchaba sus gritos cuando se despertaba angustiado en medio de la noche. Y en San Bartolo, a donde eran enviados para “discernimiento espiritual” todos estos casos problemáticos, vi a otro consagrado que también había sido traído de Chincha, el cual siempre estaba bajo vigilancia de otros dos sodálites cuando salía a rezar el rosario en el malecón. En ocasiones, no pudo evitar quedarse mirando a alguna que otra chica en bikini que se soleaba en la playa. Algo sumamente normal. Pero dada su condición de vida, esta normalidad había degenerado en algo obsesivo.

Aun cuando no sabía cuántos eran los sodálites obsesionados con lo sexual y tampoco hasta dónde eran capaces de llegar a fin de satisfacer sus pulsiones, tuve la certeza de que el sistema de disciplina del Sodalicio era una bomba de tiempo que podía explotar en cualquier momento, si no se tomaban medidas correctivas.

¿Cómo había llegado yo a este punto, que me permitió romper el control mental o influencia social que ejerce el Sodalicio sobre aquellos que han seguido sus derroteros? Se trata de un largo proceso que ya se había iniciado en Lima cuando pasé de ser un laico consagrado con promesas temporales a ser un simple sodálite con vocación al matrimonio —y, por ende, dejé de vivir en comunidad—. Este proceso se profundizó cuando me radiqué en Alemania —todavía considerándome miembro activo del Sodalicio— y comencé a leer literatura crítica sobre el Opus Dei, lo cual me llevó a tomar conciencia de las características sectarias y fundamentalistas de esta organización de la Iglesia católica. Curiosamente, estas características coincidían con muchas que yo veía en el Sodalicio y en el Movimiento de Vida Cristiana.

Por ejemplo, he encontrado un e-mail mío del 15 de febrero de 2005, en el cual le escribía a un amigo mis reflexiones sobre el Christian Life Movement USA (Movimiento de Vida Cristiana en Estados Unidos) en base a los mensajes que había leído en el Yahoo Group CLMUSA, que fue creado por el Dr. Luis Ráez a fin de mantener la comunicación entre miembros del Movimiento de Vida Cristiana que residían en los Estados Unidos y en otros países del extranjero:

Se me han ocurrido [algunas] características que acercan al Christian Life Movement USA al fundamentalismo, en base a lo que he observado en el Yahoo Group:

  • Excesiva preocupación por que todos piensen lo mismo, incluso en asuntos discutibles en los cuales es legítimo tener diversidad de opiniones.
  • Actitud paternalista de las personas que se sienten “formadas” con respecto a los que son nuevos o recientes en el grupo; eso lleva a falta de disponibilidad para aprender de esas personas en lo que pueden aportar desde su bagaje cultural y su formación.
  • Preocupación excesiva por temas de moral familiar y sexual: de hecho, temas como el aborto, el preservativo, la homosexualidad, etc. son tocados con bastante frecuencia, especialmente por quienes conducen el CLM (MVC) en USA.
  • Acento bastante marcado sobre temas espirituales y poca atención a los problemas cotidianos con que el común de la gente se topa en el mundo.
  • Reducción espiritualista: muchos problemas son explicados puramente desde una interpretación espiritual (el demonio, el pecado, el mundo, el paganismo como causas, por ejemplo). Si bien éstas son causas remotas, es necesario ir también a las causas próximas para poder enfrentar los problemas.
  • Preocupación “farisaica” por la santidad ajena. Algunos de los “antiguos” o “formados” me escribieron preocupados por mi santidad, asumiendo que algunas de mis reflexiones eran producto de una crisis espiritual. Por supuesto, sin atender a los contenidos mismos de mis mensajes ni a la lógica implicada en ellos.

Este e-mail, cuyo contenido también se puede aplicar a la Familia Sodálite en general, fue enviado con copia a un sodálite que es actualmente sacerdote. Pues mis reflexiones de entonces nunca fueron clandestinas, sino que siempre fueron compartidas con personas vinculadas al Sodalicio o al Movimiento de Vida Cristiana. Lo cual no se tradujo en esfuerzos de cambio, sino más bien en que yo fuera calificado de loco problemático que estaba pasando por una crisis espiritual.

Al mismo tiempo, ya me había enterado de las acusaciones que había contra el P. Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, las cuales me parecían absolutamente verosímiles. También había leído sobre las características que presentaba esta organización católica. Otra vez las semejanzas con el Sodalicio saltaban a la vista.

Cuando el 19 de mayo de 2006 el Papa Benedicto XVI condenó a Maciel a «una vida de oración y penitencia» sin especificar cuáles eran los delitos que había cometido, envié a varios miembros de la Familia Sodálite información que había encontrado en Internet sobre los delitos de pederastia cometidos por el cuestionado fundador. En general, casi ninguno de los destinatarios quiso darle crédito a las acusaciones, considerándolas una especie de complot contra la Iglesia por parte de personas mal intencionadas. Nadie creía que el fundador de una institución tan ideológicamente cercana al Sodalicio hubiera cometido delitos de semejante calibre. Si uno revisa las noticias que publicaba ACI Prensa en ese entonces, comprobará que la agencia de noticias se hizo eco de la versión de los Legionarios de Cristo, quienes seguían creyendo que su progenitor espiritual era un santo y que la sanción era un especie de prueba divina para afianzar su fidelidad a Dios y a la Iglesia. Eso cambiaría recién en febrero de 2009, cuando los mismos Legionarios de Cristo confirmaron la vida sexual secreta de su fundador. Cosa que da que pensar, pues el Sodalicio no ha confirmado todavía con absoluta claridad la culpabilidad de Figari en los abusos cometidos, sino sólo de manera indirecta y en términos bien diplomáticos y tibios.

Como anécdota puedo contar que en julio de 2007, cuando andaba buscando trabajo, postulé a un puesto de asistente de recaudación de fondos para una oficina católica con sede en Colonia, que resultó ser la filial de los Legionarios de Cristo en Alemania. Tuve una entrevista con Charles Mollenhauer, responsable de la oficina, y luego fui invitado a visitar el seminario de la congregación en Bad Münstereifel, cerca de Colonia, donde mantuve una breve conversación con un sacerdote que me sondeó personalmente, a fin de ver sí yo era la persona adecuada para ocupar el puesto vacante. El estilo y la decoración del seminario, con salitas externas para recibir a los visitantes, me parecieron muy similares a las de las comunidades sodálites. De igual manera, el tipo de preguntas que me hizo el clérigo así como el estilo de comportarse me dieron la impresión de esta hablando con un sacerdote sodálite. Finalmente, el trabajo no llegó a concretarse, aun cuando en ese momento yo estaba dispuesto a colaborar con una institución de la Iglesia católica no obstante los cuestionamientos que había en torno a su fundador.

Con todo este bagaje de conocimientos, sumado a los desórdenes personales que yo mismo había sufrido bajo la disciplina sodálite cuando viví en comunidad, sólo había que sacar las cuentas y la conclusión a la que se llegaba era preocupante.

Cuando en febrero de 2011 se reveló a través de Diario16 que Germán Doig había abusado sexualmente de varios jóvenes sodálites, yo ya había sido informado previamente por un sodálite consagrado que estaba al tanto de las reflexiones que había hecho yo sobre el Sodalicio. Dado que ya sabían por entonces en la institución sodálite que en algún momento iba a salir la noticia en la prensa, habían decidido informar oficialmente sobre el asunto a todos los miembros de la Familia Sodalite.

Poco tiempo después, una persona con la que yo había hablado en muy pocas ocasiones en el pasado y con la cual no guardaba mucha cercanía se comunicó conmigo a través de Skype. Se trataba de Rocío Figueroa. Ella y Pedro Salinas estaban buscando comunicarse con ex sodálites para que hablaran de su experiencia en el Sodalicio. Éste fue el inicio de una comunicación que pronto se convertiría en colaboración a fin de desenmascarar al Sodalicio y, eventualmente, lograr que la Santa Sede tomara cartas en el asunto. Pues tanto ellos como yo estábamos convencidos de que el problema era estructural y no de “casos aislados”.

Durante los años 2011 y 2012 la comunicación se realizó principalmente a través de correo electrónico. Posteriormente varias de las comunicaciones se harían a través de Skype. Compartí con Pedro y con Rocío las reflexiones que hasta ese momento había plasmado en varios escritos. Asimismo, le proporcioné a Pedro los nombres de varias personas que, en mi opinión, podían ser contactadas para obtener información desconocida sobre el Sodalicio. Mi e-mail del 21 de febrero de 2011 terminaba con una advertencia profética:

…si deseas llevar la investigación a buen término, deberás prepararte para la guerra sucia. Los sodálites nunca responden directamente a los argumentos, sino que aplican estrategias para desacreditar a las personas, perjudicarlas económicamente y hacerlas callar. Las agresiones verbales estarán a la orden del día. Pero si nadie se atreve a contar la verdadera historia, no sé quien lo hará. Te deseo suerte.

Asimismo, el 24 de febrero de 2011 le envié a Pedro una lista de preguntas, muchas de las cuales han sido respondidas en el libro Mitad monjes, mitad soldados:

Creo que hay algunas preguntas clave que requieren de una investigación y que ameritan ser respondidas para entender el desarrollo del Sodalicio.

  • ¿Quiénes fundaron el Sodalicio?
  • ¿Quiénes conformaban el grupo de estudios del cual salió el Sodalicio?
  • ¿Qué tipos de estudios hacían? ¿Qué orientación tenían?
  • ¿A qué asociaciones o grupos perteneció Luis Fernando Figari antes de que el Sodalicio fuera fundado?
  • ¿Qué pasó en el Colegio Santa María para que fuera expulsado como profesor a inicios de los ’70? Sólo conozco la versión de Luis Fernando.
  • ¿Por qué también terminó saliendo del Colegio Maristas San Isidro?
  • ¿Qué contactos tenía Luis Fernando en España, Argentina y México, y cuáles eran los grupos con los que había entrado en contacto?

Al principio tuve mis reparos hacia Pedro Salinas, pues sabía que era agnóstico y yo no estaba de acuerdo con algunas de las críticas que había publicado contra la Iglesia y contra el Papa Benedicto XVI. Esto fue lo que le escribí el 7 de marzo de 2011:

A partir de todo el material que te he enviado, habrás visto que mi posición sigue siendo la de alguien que sigue manteniendo la fe, cosa que espero que respetes, así como yo respetaré tu posición, sea cual sea. Pues son temas de conciencia, que no pueden ser juzgados legítimamente por nadie en este mundo.

Así como para unos la Iglesia es la institución, para otros —entre los cuales me cuento— se trata de algo más complicado, que abarca la historia de un pueblo, un colectivo con su pasado/presente/futuro, con todas sus contradicciones, con múltiples tendencias encontradas, donde algo misterioso, incomprensible, inabarcable se manifiesta, y que yo desde mi propia experiencia no puedo negar. Es un devenir histórico con abundantes líneas torcidas, que van armando un rompecabezas cuyo acabado final nunca veremos. Y donde siempre faltará una que otra pieza. Todo lo contrario de la imagen idílica de Iglesia que se nos pintó en el Sodalicio, pues —como en la realidad misma— en la Iglesia no todo parece ser lo que es.

No digo esto por ganas de filosofar, sino porque sólo sobre este trasfondo se entienden algunas de las afirmaciones que aparecen en los textos que te adjunto a este e-mail.

El primero es un e-mail que le envié el 25 de enero de 2011 a Manuel Rodríguez, con mis impresiones sobre el caso de Germán Doig [ver CARTAS A MANUEL].

El segundo texto es más delicado, pues toca el tema de la sexualidad dentro del Sodalicio. Lo escribí en agosto del 2008. Tal vez estén allí algunas de las claves para entender los casos de “doble vida” [ver SODALICIO Y SEXO].

Pedro me respondió ese mismo día:

Que yo haya perdido la fe y me haya vuelto un agnóstico, ojo, no significa que mire con desprecio al resto que no comulga con mi posición de descreído, que, es verdad, también es bastante crítica de la institución eclesial católica. Si algo, creo, he aprendido es a ser tolerante con todo el mundo. Por encima de las ideas creo que está el valor de las personas. Y si ellas me inspiran aprecio y respeto, como en tu caso, las valoraciones ideológicas, filosóficas, religiosas o políticas, o lo que sean, no me van a llevar al sendero de demonizar, etiquetar o calificar o polarizar puntos de vista.

Que me ponga radical en mis columnas, no significa que lo sea en lo personal. Usualmente mis artículos tienen cierta carga de extremismo, o de ironía, o de pesimismo, o de algo así, para provocar y generar reacciones. Nada más. Solamente me pongo intolerante con la intolerancia, aunque la frase me haya salido medio huachafa.

De manera similar a como había ocurrido en otros casos de escándalos sexuales dentro de la Iglesia católica, sabíamos que nada se iba a hacer si el asunto no se ventilaba en la prensa, de preferencia internacional. Uno de los primeros intentos de lograr este objetivo se presentó con el periodista Thomas Seiterich, quien escribe regularmente para la revista Publik-Forum de los católicos críticos alemanes, el cual tenía que escribir un artículo sobre los casos de abusos sexuales en América Latina donde se mencionara al P. Marcial Maciel y el entonces reciente caso de Germán Doig. En comunicación telefónica con él, le conté algo de lo que yo ya sabía y le di los datos para que pudiera contactar a Pedro Salinas, quien le proporcionó información adicional. El artículo apareció en la edición del 21 de octubre de 2011 bajo el título de Absturz eines Papstfreundes [Caída de un amigo del Papa] (ver https://www.publik-forum.de/Publik-Forum-20-2011/absturz-eines-papstfreundes o http://www.wir-sind-kirche.de/?id=393&id_entry=3703) y aunque a grosso modo la información era correcta, el escrito tenía un estilo sensacionalista, algunos datos errados, otros inventados, e iba acompañado de una foto de Germán Doig y otra de unos niños de piel cobriza bien vestidos para su Primera Comunión, lo cual lamentablemente daba una imagen errónea de quienes habían sido las víctimas de Doig.

El artículo no tuvo mayor resonancia y pasó sin pena ni gloria. Pero me confirmó en la convicción de que sólo alguien que había sido miembro del Sodalicio y lo había experimentado desde dentro estaba en capacidad de suministrar un perfil acucioso de la institución y describir con exactitud su problemática. Poco a poco me fui dando cuenta de que lo que yo sabía iba a ser de vital importancia para sacar adelante la investigación de Pedro Salinas y Paola Ugaz. Y que en algún momento tendría que hacer públicas mis reflexiones. ¿Cómo? Aún no lo sabía.

“Dar la vuelta a la página” y olvidarme del asunto me parecía una cobardía, más aun cuando era consciente de que había víctimas que habían visto arruinadas sus vidas por causa de los abusos. Además, había otra razón de fe: no quería tener que rendirle cuentas a Dios de haber callado, cuando tenía la capacidad de ver a fondo el quid los problemas y disponía de abundante información sobre el tema, enriquecida con lecturas diversas.

Lo demás es historia conocida. En noviembre de 2012 comencé a publicar en este blog por decisión propia los textos que había ido preparando, a fin de ir desmenuzando paso a paso el sistema ideológico y disciplinario del Sodalicio. Fue una tarea ardua que al final rindió sus frutos. Aún antes de que estallara el escándalo, a través de artículos y entrevistas que aparecieron en Diario16 y La República, e incluso en una revista ecuménica de Alemania, Welt-Sichten, en su edición de noviembre de 2014. El artículo lleva el título Option für die Reichen [Opción por los ricos] (ver https://www.welt-sichten.org/artikel/25553/option-fuer-die-reichen?page=all) y fue redactado por Hildegard Willer, una periodista alemana que reside habitualmente en Lima (Perú), quien se puso en contacto conmigo a través de Skype para conversar largo y tendido sobre el Sodalicio. Como quería tener también la versión sodálite y no solamente la de la parte crítica, me comuniqué con mi hermano Erwin Scheuch, quien accedió a concederle una entrevista. El resultado, aunque adolece de algunas imprecisiones menores, constituye uno de los artículos más equilibrados y objetivos sobre el Sodalicio que haya sido escrito por alguien ajeno a la institución.

Por último, he de reconocer que la investigación de Pedro Salinas y Paola Ugaz siempre se desarrolló con la más absoluta discreción. Nunca se me dio a conocer los contenidos de los testimonios anónimos, ni nunca supe quienes eran los verdaderos nombres detrás de los seudónimos. Nunca supe los nombres de las víctimas de Germán Doig y Luis Fernando Figari. Atando cabos y hurgando en el desván de mi memoria podía deducir algunos hechos y circunstancias, y a veces le planteaba estos razonamientos a Pedro, a ver qué opinaba y si podía confirmarme que andaba por el buen camino. Debo admitir que a veces él mismo se sorprendía, pues lo que yo le planteaba no se le había ocurrido hasta ese momento, y en ocasiones se convertía en un dato interesante que le ayudaba a hacer avanzar la investigación, que a fin de cuentas es de mérito suyo y de Paola.

Como ya he señalado, yo mismo no puedo confirmar ningún abuso sexual, salvo el que se cometió conmigo cuando tenía 16 años. Sin embargo, fui testigo de muchos abusos psicológicos y físicos, y yo mismo fui víctima de ellos. Yo mismo puedo corroborar la veracidad de otros testimonios que aparecen en Mitad monjes, mitad soldados, sobre todo los de Pedro Salinas y José Enrique Escardó. Lo cual constituye una razón suficiente y de peso para ser contactado por la Fiscalía. Hasta ahora eso no ha ocurrido, no obstante que yo mismo he manifestado abiertamente que el testimonio de Matías es el mío, además de que tengo una dirección de e-mail conocida de todos.

A fin de ahorrarle tiempo y esfuerzo a la fiscal María del Pilar Peralta, en caso de que quiera comunicarse conmigo por otra otra vía, incluyo aquí mis datos personales:

Nombre completo: Teodoro Martín Scheuch Pool
Nombre en Alemania: Martin Scheuch
Documento de identidad: DNI 07732277
Teléfono: 0049-6347-9829882
Correo electrónico: lineastorcidas@yahoo.de
Usuario de Skype: martinscheuch

Espero que se tomen cartas en el asunto y se haga una investigación seria, que permita establecer la existencia de delitos en perjuicio de quienes somos víctimas del Sodalicio. No sería poco, aun cuando no se pueda castigar a los culpables. Que así sea.