UN MILLÓN DE VÍCTIMAS DE ABUSO SEXUAL

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El año pasado, tras haber escrito regularmente sobre la problemática del Sodalicio desde noviembre de 2012, me sometí finalmente a unas sesiones de psicoterapia para ver qué efectos había dejado en mí la experiencia de haber estado vinculado unos 30 años a la institución (desde 1978 hasta 2008).

Ciertamente, no es éste el tema de esta columna. Pero sirve de introducción lo que sucedió cuando se lo comuniqué a mi asesora de la Oficina de Trabajo, tras yo haber terminado abruptamente una práctica fallida para ser cuidador de ancianos en un asilo de Caritas. La asesora, una mujer de buen corazón pero de carácter nervioso, me señaló lo importante que era someterse a terapia cuando se había sido objeto de abusos, pues eso mejoraba las perspectivas laborales de uno mismo. Y me confesó que su padre —un señor católico comprometido con la parroquia— había abusado sexualmente de ella desde su tierna infancia hasta entrada la adolescencia. Y que su madre se había hecho de la vista gorda, hasta que ella decidió alejarse de la casa paterna. A consecuencia de ello, le era imposible seguir creyendo en Dios y en la Iglesia, y había tenido una vida afectiva y laboral azarosa, llena de contratiempos y frustraciones, hasta que por fin había conseguido ese puesto en la Oficina de Trabajo, que esperaba mantener hasta su jubilación.

Su historia no es un caso aislado. Lo acaba de confirmar recientemente el informe preliminar de la Comisión Independiente para Afrontar los Abusos Sexuales de Menores (Unabhängige Kommission zur Aufarbeitung sexuellen Kindesmissbrauchs), hecho público en junio de este año.

La Comisión, formada por encargo del Parlamento Federal Alemán (Bundestag), inició sus labores el 26 de enero de 2016 y tiene programado seguir en funciones hasta el 31 de marzo de 2019. Su misión consiste en investigar todas las formas de abuso sexual de niños y jóvenes ocurridos en la República Federal de Alemania y en la desaparecida República Democrática Alemana. El objetivo es determinar las dimensiones, tipos y consecuencias de la violencia sexual contra menores y así impulsar un amplio debate político y ciudadano sobre un tema que sigue siendo considerado tabú. Y que afectaría a alrededor de un millón de menores en Alemania, según declaraciones de Sabine Andresen, presidenta de la Comisión.

Hasta ahora se ha escuchado a 200 testigos y se ha recibido 170 testimonios escritos. Son alrededor de 1000 personas las que se han comunicado con la Comisión. Tantas, que resulta imposible atenderlas a todas, más aún cuando el presupuesto asignado resulta insuficiente.

Entre los testigos, las mujeres superan ampliamente en número a los hombres. Las víctimas tienen en promedio una edad de entre 30 y 50 años. Y el 70% de los casos de abuso ocurrieron en la familia o en el entorno más cercano. Con frecuencia, otros familiares supieron del abuso, pero no hicieron nada para proteger a los menores. En especial las madres de familia —que en algunos casos también abusaron de sus propios hijos— fueron en su mayoría cómplices silenciosas, que toleraron el abuso, ya sea por impotencia ante los hechos, ya sea por hallarse en una situación vulnerable de dependencia o de violencia en la relación de pareja. Además, influyeron el miedo a perder la pareja o a desintegrar la familia, así como experiencias propias de abusos sufridos. Algunos menores fueron incluso agredidos sexualmente por más de un familiar —por ejemplo, primero por el abuelo y años después por el padre—, hasta el punto de que varios expertos hablan de un abuso organizado dentro de la familia.

El abuso no sólo genera consecuencias traumáticas de por vida en las víctimas, sino que también tiene consecuencias sociales: la mayoría de ellas no alcanzan un estatus social por encima del nivel de la pobreza.

«La violencia sexual ejercida sobre muchachos y muchachas puede destruir vidas», declaró Katarina Barley, la actual Ministra Federal de Familia.

Una tarea pendiente que abordará la Comisión es el abuso en instituciones educacionales y formativas, como la Iglesia católica, las iglesias evangélicas, los jardines de infancia, escuelas e internados, las asociaciones deportivas, los movimientos juveniles, etc.

Se trata de una labor esclarecedora necesaria, a fin de combatir un crimen sistemático enquistado en la sociedad.

(Columna publicada en Altavoz el 17 de julio de 2017)

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FUENTES

Unabhängige Kommission zur Aufarbeitung sexuellen Kindesmissbrauchs
Geschichte die zählen – Zwischenbericht (Juni 2017)
https://www.aufarbeitungskommission.de/wp-content/uploads/2017/06/Zwischenbericht_Aufarbeitungskommission_Juni_2017.pdf

Kölner Stadt-Anzeiger
Bericht zu Kindesmissbrauch Insbesondere Mütter haben Übergriffe häufig geduldet (14.06.17)
http://www.ksta.de/politik/bericht-zu-kindesmissbrauch-insbesondere-muetter-haben-uebergriffe-haeufig-geduldet-27795018
Kindesmissbrauch in Deutschland: Zwischen Liebe und Hass (14.06.17)
http://www.ksta.de/politik/kindesmissbrauch-in-deutschland-zwischen-liebe-und-hass-27796460

stern
Sexueller Missbrauch in Familien oft geduldet (14. Juni 2017)
http://www.stern.de/news/sexueller-missbrauch-in-familien-oft-geduldet-7494612.html

ZEIT ONLINE
Sexueller Kindesmissbrauch: Mütter glauben ihren Kindern nicht (14. Juni 2017)
http://www.zeit.de/politik/2017-06/sexueller-kindesmissbrauch-kommission-aufarbeitung-bericht

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MONS. BAMBARÉN Y LOS MARICONES

Mons. Luis Bambarén, obispo emérito de Chimbote, y el congresista homosexual Carlos Bruce

Mons. Luis Bambarén, obispo emérito de Chimbote, y el congresista homosexual Carlos Bruce

No obstante que admiro a Mons. Bambarén por haber hablado claro y haber puesto los puntos sobre las íes cuando era necesario, sin temor de llevarle la contra a Mons Cipriani, sobre todo en el asunto aún pendiente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, no puedo compartir su opinión personal de que la palabra peruana correcta para designar a un gay es “maricón”, término vulgar y ofensivo que se le aplica también despectivamente a cobardes y afeminados.

El problema no son los “maricones”, que aspiran a un trato normal e igualitario tanto en la sociedad peruana como en la Iglesia. Y que prefieren ser designados con el término más objetivo de “homosexuales”. El problema está en el concepto de sexualidad que todavía se maneja en muchos ámbitos cristianos, contemplando esta dimensión del ser humano como una realidad incómoda, que sólo encuentra su justificación en la reproducción de la especie. En ese sentido, la atracción sexual entre personas del mismo sexo aparece como una aberración.

Sin embargo, el erotismo que desprende el bíblico Cantar de los Cantares no menciona ni matrimonio ni hijos, y se regocija en la pura belleza tanto física como espiritual de los amantes, que buscan entregarse y poseerse mutuamente.

No logro entender la atracción entre iguales llamada homosexualidad, por la misma razón de que yo soy heterosexual. Pero dado que «su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado», como admite la Iglesia, prefiero abstenerme de juzgar a quienes he de considerar antes que nada como seres humanos con todo el derecho a amar y a ser respetados. Y a no ser objeto de discriminación ni de “mariconadas”.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 18 de marzo de 2015)

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Las palabras exactas de Mons. Bambarén el 9 de marzo, en declaraciones a Radio Programas del Perú respecto al proyecto de Unión Civil entre personas del mismo sexo promovido por el congresista Carlos Bruce, fueron las siguientes (ver http://www.rpp.com.pe/luis-bambaren-carlos-bruce-noticia_776377.html):

«El congresista Bruce está haciendo un papelón con todo eso, apareciendo —perdón la palabra— como un maricón en medio de todo. Porque él mismo ha dicho que es homosexual, es gay. “Gay” no es palabra peruana; la palabra peruana es “maricón”.»

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En sus lineamientos básicos, la doctrina sobre la sexualidad que enseña actualmente la Iglesia es correcta y conforme con la dignidad humana. Así la resume el Catecismo de la Iglesia Católica:

2332 La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.

2333 Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

2334 «Creando al hombre “varón y mujer”, Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer» (FC 22; cf GS 49, 2). “El hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal” (MD 6).

Sin embargo, hay todavía temas puntuales que deben ser profundizados e incluso replanteados.

Algunos católicos interpretan la comunión de personas y la fecundidad inherentes a la sexualidad propiamente humana como que estos fines deben estar presentes en cada uno de los actos sexuales que realiza la pareja. La experiencia muestra, sin embargo, que la unión amorosa —junto con la alegría y el placer que ella conlleva— es siempre buscada por aquellos que se aman íntimamente, pero no la fecundidad, que viene a ser un fin de la vida conyugal en su totalidad, siempre que no haya algún obstáculo que lo impida (como, por ejemplo, la esterilidad de uno de los cónyuges). A fin de salvaguardar este problema, hay quienes han acuñado la famosa frase de que todo acto sexual debe estar “abierto a la vida”. ¿Pero cómo puede estar abierto a la vida un acto donde los esposos, por razones legítimas, no desean engendrar un hijo y evitan la concepción recurriendo a métodos naturales efectivos admitidos por la Iglesia, o la esposa ya no se encuentra en condiciones de concebir debido a una enfermedad, a una operación o a su avanzada edad? ¿Deja por eso de ser bueno y legítimo el acto sexual?

Un acto sexual cuyo fin sea únicamente la reproducción puede ser inmoral en grado sumo, como el caso de los soldados alemanes que fueron enviados por la dictadura hitleriana a una Noruega ocupada con la misión de fecundar a mujeres consideradas de raza aria a fin de engendrar hijos. En cambio, la unión sexual que es producto de una entrega amorosa y comprometida no es vista como algo reprobable, aunque la fecundidad tendiente a la reproducción de la especie esté ausente en ese acto concreto. A fin de cuentas, sólo el amor justifica la unión sexual, como nos dice el sentido común, sin negar por ello que una fecundidad razonable también forma parte de la vida amorosa de la pareja en el tiempo, aunque no tenga por qué darse en cada acto sexual concreto.

Otro problema que veo en la moral sexual de la Iglesia es que ha sido formulada históricamente por teólogos y moralistas célibes, la mayoría de ellos eclesiásticos o religiosos. Es decir, por hombres ajenos a la experiencia de una sexualidad cotidiana tal como se vive en pareja y muchas veces ignorantes de la dinámica y los problemas concretos inherentes a la vida amorosa y sexual. No debería extrañarnos, por lo tanto, que se haya llegado a una situación como la actual, en la que una cosa es lo que enseña el Magisterio de la Iglesia y otra cosa es lo que viven los fieles comunes y corrientes en su vida amorosa.

Además, debemos tener en cuenta que la moral sexual católica se basa mucho en la Tradición y la “ley natural” —que en el fondo no es más que una interpretación filosófica formulada en la Edad Media— y muy poco en los datos bíblicos. En la enseñanza de Jesús en los Evangelios encontramos muy poco sobre sexualidad humana. Jesús condena la infidelidad, incluso de pensamiento (ver Mateo 5, 31-32), y habla sobre la unión matrimonial del hombre y la mujer (ver Mateo 19, 3-9), condenando el divorcio por cualquier motivo —salvo el caso de porneia, término griego sobre el cual hasta ahora no se han de puesto de acuerdo los teólogos y biblistas respecto a qué significa exactamente—. Pero en ninguna parte señala la fecundidad y la procreación como un deber de los esposos. Y mucho menos menciona el tema de la homosexualidad.

El modelo tradicional de familia que ciertos grupos de la Iglesia proponen —hombre y mujer con la mayor cantidad de hijos posibles— refleja el concepto burgués de los valores familiares, y está en contradicción con otros tipos de familia que encontramos en la Biblia, como por ejemplo la familia patriarcal al estilo de Abrahán, donde el hombre tenía mujer y concubinas, siendo todos los hijos considerados como legítimos. O la costumbre que existía todavía en la época de Jesús, de que si un hombre moría sin descendencia, su hermano podía fecundar a su mujer para darle un hijo al hermano muerto.

Más aún, el modelo propuesto de la Sagrada Familia presenta varios problemas que ponen en aprietos el modelo de familia burguesa. La historia de la familia de Jesús se inicia con un amago de separación por sospecha de infidelidad. Finalmente, es un ángel enviado por intervención divina el que tiene que confirmarle a José que el hijo de María no es producto de la semilla de otro hombre. José adopta entonces a Jesús como hijo suyo, y tal cual será considerado por la sociedad de entonces. Durante el resto su vida José se verá obligado a ocultar el verdadero origen de su hijo y a representar ante los demás una farsa, a fin de salvaguardar la buena reputación y la vida de la madre y garantizarle un hogar al hijo.

Por otra parte, tal como nos lo han transmitido la Tradición, el de María y José fue un matrimonio donde no hubo intimidad carnal. Es decir, en ellos ni siquiera se cumplen las palabras del Génesis, repetidas luego por Jesús: «Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Génesis 2, 24; ver Mateo 19,5). Según la legislación actual de la Iglesia, este matrimonio hubiera podido ser disuelto a petición de una de las partes por una causa justa. Los cánones correspondientes del Código de Derecho Canónico son bastante claros:

1061 § 1. El matrimonio válido entre bautizados se llama sólo rato, si no ha sido consumado; rato y consumado, si los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole, al que el matrimonio se ordena por su misma naturaleza y mediante el cual los cónyuges se hacen una sola carne.

1141 El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte.

1142 El matrimonio no consumado entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada, puede ser disuelto con causa justa por el Romano Pontífice, a petición de ambas partes o de una de ellas, aunque la otra se oponga.

En la Sagrada Familia hubo un solo hijo carnal de la madre y adoptivo del padre. La familia de Nazaret no fue numerosa, ni estuvo orientada a la procreación. Al contrario, tal como nos lo transmite la Iglesia, estuvo cerrada a ella. José y María habrían vivido en abstinencia sexual absoluta, dedicando su vida al cuidado de Jesús. Además, a diferencia de muchas familias burguesas actuales, los miembros de esta familia habrían vivido durante mucho tiempo en calidad de refugiados en Egipto, para luego desarrollar su vida en el hogar de Nazaret en condiciones de pobreza.

Por otra parte, históricamente no se sabe casi nada sobre los detalles de la vida conyugal y hogareña de la familia de Nazaret, por lo cual difícilmente podría ser presentada como un modelo válido. En realidad, la Sagrada Familia ha sido tratada como un comodín sin muchos contenidos propios y ha sido instrumentalizada por ciertos representantes de la Iglesia para proponer valores familiares —históricamente condicionados— que ellos consideraran vigentes, en la actualidad los valores de la familia tradicional burguesa. Y a decir verdad, no vemos cómo se puedan compaginar estos valores con la realidad de una familia pobre, no numerosa, donde no hay vida sexual activa y donde el hijo ni siquiera ha sido engendrado por ambos cónyuges, sino sólo por la madre fuera de la relación marital, sin negar el hecho de que esto sea por intervención divina.

Más adelante veremos a Jesús relativizar los lazos sanguíneos y proponer nuevos lazos familiares sobre la base del seguimiento de la voluntad de Dios, que no es otra que el amor a Él y el amor entre los seres humanos.

«Entre tanto, llegaron sus hermanos y su madre y, quedándose afuera, enviaron a llamarlo.
Entonces la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo:
—Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan.
Él les respondió diciendo:
—¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo:
—Aquí están mi madre y mis hermanos, porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» (Marcos 3, 31-35)

Si bien Jesús habló de la unión matrimonial de hombre y mujer, nunca propuso un modelo de familia. Simplemente nos dio el mandamiento supremo que debe regir las relaciones humanas, incluidas las familiares, sea cual sea la modalidad que éstas adopten: «Éste es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Juan 15,12)

Ante todo esto, me pregunto cuál habría sido la actitud de Jesús hacia las personas homosexuales, en caso de vivir hoy. ¿Habría tenido la actitud despectiva y discriminatoria que encontramos en varios círculos cristianos? Creo más bien que habría compartido las palabras del Papa Francisco: «Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?»

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La homofobia existente en la sociedad peruana ha sido abordada en toda su crudeza por algunos cineastas peruanos en filmes que vale la pena revisar:

  • Episodio “Los amigos” (Francisco J. Lombardi), en la película Cuentos inmorales (1978)
  • No se lo digas a nadie (Francisco J. Lombardi, 1998)
  • El pecado (Palito Ortega Matute, 2006)
  • Contracorriente (Javier Fuentes-León, 2009)

VENTILANDO LA IGLESIA

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El Sínodo de Familia que se realiza ahora en Roma ha publicado un documento de trabajo que resume las intervenciones de los obispos durante este evento. El texto oficial contiene novedades que auguran cambios importantes en la pastoral de familia.

Por ejemplo, las convivencias (o uniones de hecho) y los matrimonios civiles ya no son condenados de antemano como situaciones inmorales en sí, sino que se los considera como manifestaciones incompletas e imperfectas de unión de pareja que contienen valores positivos y que pueden ser encauzadas hacia el matrimonio.

Si bien se recalca que no se puede equiparar la unión de parejas homosexuales al matrimonio entre un hombre y una mujer, «se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas. Además, la Iglesia tiene atención especial hacia los niños que viven con parejas del mismo sexo…».

Y hasta se plantea la posibilidad —aun no sancionada definitivamente— de darle la comunión a los divorciados vueltos a casar.

La reacción de los conservadores —que quieren que la Iglesia siga igual que siempre, aunque ello signifique condenarla a la irrelevancia— no se ha hecho esperar. El cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, declaró que «no hay nada nuevo». El secretario del Sínodo, monseñor Bruno Forte, dijo: «La Iglesia no comparte que la palabra ‘familia’ se pueda aplicar a una unión homosexual».

La mayoría de fieles católicos no se sienten representados por estas opiniones. Y apoyarán al Papa Francisco en su labor de ventilar las habitaciones vetustas y mohosas de la institución eclesial.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 15 de octubre de 2014)

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Por razones de espacio, sólo he podido reproducir en mi columna de Exitosa Diario una breve cita de la parte que el documento Relatio post disceptationem le dedica a los homosexuales. Incluyo aquí los párrafos correspondientes, para que se vea que no he sacado las palabras de contexto:

50. Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana: ¿estamos en grado de recibir a estas personas, garantizándoles un espacio de fraternidad en nuestras comunidades? A menudo desean encontrar una Iglesia que sea casa acogedora para ellos. ¿Nuestras comunidades están en grado de serlo, aceptando y evaluando su orientación sexual, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio?

51. La cuestión homosexual nos interpela a una reflexión seria sobre cómo elaborar caminos realísticos de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual: por lo tanto se presenta como un importante desafío educativo. La Iglesia, por otra parte, afirma que las uniones entre personas del mismo sexo no pueden ser equiparadas al matrimonio entre un hombre y una mujer. Tampoco es aceptable que se quieran ejercitar presiones sobre la actitud de los pastores o que organismos internacionales condicionen ayudas financieras a la introducción de normas inspiradas a la ideología gender.

52. Sin negar las problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas. Además, la Iglesia tiene atención especial hacia los niños que viven con parejas del mismo sexo, reiterando que en primer lugar se deben poner siempre las exigencias y derechos de los pequeños.

El documento completo se puede leer en el siguiente enlace:
http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2014/10/13/0751/03037.html

La agencia de noticias ACI Prensa informa sesgadamente sobre la publicación de este documento, con un titular que refleja la persistente manía homofóbica de su director, Alejandro Bermúdez:

Sínodo de la Familia: Uniones gay no se pueden equiparar a matrimonio entre hombre y mujer
https://www.aciprensa.com/noticias/sinodo-de-obispos-uniones-gay-no-se-pueden-equiparar-a-matrimonio-entre-hombre-y-mujer-93494/

Además, la nota omite mencionar otros temas más importantes relacionados con el matrimonio y la familia abordados por el Sínodo, en los cuales se muestra una apertura inédita hacia soluciones pastorales más inclusivas que enfocan con misericordia la debilidad humana, y se abstienen de juzgar y condenar a las personas desde el único rasero de la moral cristiana.

En un reciente Punto de Vista (“Lo que pasa en el Sínodo”, 14/10/2014; ver https://www.aciprensa.com/podcast/puntodevista/lo_que_esta_pasando_en_el_sinodo.mp3), el director de ACI Prensa se empecina en restarle importancia al documento, incidiendo en su carácter temporal y su nula validez magisterial, señalando además que habría sido sacado de contexto por la prensa secular.

Si bien es cierto que se trata sólo de un documento de trabajo sin carácter definitivo, los enunciados contenidos en el documento señalan por dónde van las reflexiones de los obispos y contradicen lo que Alejandro Bermúdez pretende presentar como un hecho, aunque en realidad se trate solamente de un deseo suyo, es decir, que «nada ha cambiado». Quiéralo o no Bermúdez, lo cierto es que después de este documento las cosas no volverán a ser iguales. Como ha ocurrido con frecuencia con otros temas a lo largo de la evolución histórica de la Iglesia.

Asimismo, en las elucubraciones de Alejandro Bermúdez se hace evidente el mismo esquema que ACI Prensa suele aplicar cuando las autoridades eclesiales emiten un comunicado —sea una declaración oficial o semioficial de una personalidad vaticana importante, sea cualquier documento proveniente de la Santa Sede— y que se puede formular como sigue:

  1. La Iglesia se pronuncia sobre un tema.
  2. La prensa secular y la prensa católica que no siguen la ideología conservadora de ACI Prensa malinterpretan el mensaje, o lo sacan de contexto.
  3. ACI Prensa —junto con los medios afines a ella— es la única capaz de explicar cómo se debe entender correctamente ese mensaje.

De esto modo, la agencia de noticias implícitamente se autoproclama auténtica intérprete de los comunicados provenientes de la Santa Sede, además de considerarse a sí misma como ejemplo destacado de periodismo profesional. Y de paso, nos da a entender que la Santa Sede es incapaz de emitir un mensaje que pueda ser entendido claramente sin mayores complicaciones, pues siempre se requeriría de la “autorizada” voz de Alejandro Bermúdez y su medio “informativo” para que por lo menos los fieles católicos de habla hispana no sean engañados y comprendan qué es lo que realmente quiso decir la Santa Sede. O dicho de otra manera, sin la labor de ACI Prensa, la generalidad de los lectores hispanohablantes nunca llegarían a comprender los comunicados provenientes de la jerarquía eclesiástica, que fácilmente son manipulados por la prensa secular y la prensa católica no conservadora. Si esto es así, qué duda queda de que tal vez lo mejor sería designar a Bermúdez vocero oficial de la Santa Sede —puesto al que probablemente aspira—. O mejor aún, Sumo Pontífice, a fin de evitar mediaciones innecesarias.

Alejandro Bermúdez concluye su audiocomentario con un supuesto remedio a las “malinterpretaciones” e “intimidaciones” de la prensa secular: «Sigamos la prensa católica, y en específico sigamos la prensa que realiza ACI Prensa, que —honestamente— por lo robusta de su oficina en Roma, es simplemente la mejor».

No sé si tomar esto como un ejemplo casi perfecto de humor involuntario, como una penosa falta de conciencia de las limitaciones e insuficiencias de ACI Prensa desde el punto de vista periodístico o simplemente como una muestra de arrogancia que bordea el campo de lo neurótico. En todo caso, se trata de un enunciado que no merece mayor comentario. Así como ACI Prensa no merece mayor atención de parte de quien quiera informarse adecuadamente en toda su complejidad sobre lo que ocurre realmente en la Iglesia católica y en el mundo.