EL SODALICIO AL DESNUDO: REFLEXIÓN CRÍTICA DESDE ADENTRO

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César Oga, ex-sodálite peruano

El presente artículo fue publicado el 2 de mayo de 2017 en Altavoz con el título de SODALICIO: Publican revelador texto de exsodálite cuando aún estaba dentro del Sodalicio. Por motivos de formato periodístico, el texto fue abreviado sin eliminar nada esencial. Para quien tenga interés y paciencia, pongo aquí el texto completo a disposición de los lectores. Agradezco al equipo de Altavoz, en especial a Ariana Lira, por el interés que están poniendo en seguir ventilando el tema aún no resuelto del Sodalicio de Vida Cristiana.

El 10 de noviembre de 2015, a poco de estallar el escándalo del Sodalicio a fines de octubre del mismo año, me llegó un e-mail de una persona a la cual yo no conocía. Se trataba de César Oga, sodálite peruano residente en Colombia, entonces rector del Colegio San José en Cajicá, al norte de Bogotá. Allí me decía lo siguiente:

«Martín, he venido siguiendo desde hace mucho tu blog. Sigo siendo sodálite consagrado y creo firmemente que existen dramáticos vicios en el sistema sodálite. Quiero mandarte un escrito sobre críticas que ya venía expresando a mis autoridades varios años atrás. Ciertamente este escrito lo hice y lo envié al Consejo superior antes que suceda la actual catástrofe. Te lo envío solamente por si en algo alimenta tus reflexiones, al ser un testimonio de alguien que está adentro. Creo en tu crítica honesta y creo, además, que hay que criticar mucho desde fuera para ayudar a salvar la institución. Te pido eso sí discreción, no cites textualmente mi escrito ya que, como te dije, es de conocimiento del Consejo Superior y algún otro hermano. Por lo pronto, quiero manejar una prudencia. He visto también que mantienes los principios éticos de confidencialidad.»

El texto en cuestión, fechado el 6 de marzo de 2015, era un extenso y brillante análisis de las deficiencias y carencias del sistema sodálite, sin mención alguna a abusos de tipo sexual, pero con una descripción acertada de las condiciones y supuestos que permitieron que se cometieran abusos psicológicos y físicos, que —como ya se sabe— culminarían en algunos casos en abusos sexuales.

El comentario que le envié ese mismo día a César fue el siguiente:

«Desde hace años he venido insistiendo en que las ovejas negras que aparecían en la comunidad sodálite no eran casos aislados, sino síntomas de un sistema que tenía que ser sometido a análisis y autocrítica. Veo que en tu escrito haces precisamente eso que yo he estado indicando desde hace años. Y lo haces de manera estructurada, resumiendo de la mejor manera algunas intuiciones que yo he puesto en mis escritos, además de añadir otras más que son cosecha personal tuya.

Mi hermano Erwin y otra personas me han insistido continuamente en que el Sodalicio había cambiado y, por lo tanto, mis análisis eran injustos y faltos de caridad. Pero nunca se me dio detalles sobre en qué habían consistido los cambios. Y el feedback que yo recibía me hacía recordar los mismos vicios de siempre. Según leo en tu escrito, los problemas medulares han permanecido y los cambios parecen haberse limitado a aspectos cosméticos. Me queda claro que respondían a una buena intención, pero han sido del todo insuficientes.

Quiero recalcar lo que señalas sobre el aislamiento de la realidad. Te lo puedo poner con un ejemplo. Nunca escucharás de boca de un sodálite que los Beatles y Pink Floyd constituyan un aporte sustancial a la cultura musical de todos los tiempos. O que las películas de Federico Fellini, Luis Buñuel y David Lynch sean importantes para comprender la problemática del hombre de nuestros tiempos, incluso en su aspecto religioso. Ser a la vez teólogo y un amante del cine de Fellini y Buñuel, como lo era el P. Francesco Interdonato SJ —que fue profesor mío en la Facultad de Teología— es algo impensable en un sodálite. Y algo similar se puede decir decir de muchos campos de la cultura. En los temas de doctrina social, historia, arte en general, sexualidad, etc., etc., el Sodalicio se ha dedicado a repetir fórmulas propias de una ideología, en vez de confrontarse con la realidad en todos sus matices.

Sobre la inseguridad de Luis Fernando, no sé sí sabes de su miedo obsesivo a las enfermedades, hasta el punto de que alguien fue testigo de que desinfectaba con pañitos de alcohol toda manija o picaporte de puerta que tuviera que tocar con sus manos. Yo recuerdo que bastaba con que un sólo miembro de la comunidad estuviera resfriado para que cancelara una visita planeada. Y algo que le molestó mucho fue que la línea del arte en la palma de mi mano fuera más larga que en la suya.

En fin, el texto es sumamente interesante, como para leerlo varias veces. Es una lástima que no se pueda publicar ahora. Ten por seguro que lo guardaré en secreto, así como tengo otras comunicaciones más que no estoy autorizado a revelar.»

César Oga ya no es sodálite. Ni tampoco rector del colegio sodálite San José. Como ocurre con muchos miembros del Sodalicio que asumen una posición crítica —aunque ésta sea constructiva y formulada con las mejores intenciones—, las autoridades sodálites los invitan a poner las barbas en remojo y a efectuar una revisión de vida —o discernimiento, como lo llaman— para impulsarlos a encontrar en sí mismos y en sus problemas personales —reales o ficticios— la causa de sus dudas y su espíritu crítico. César no fue la excepción a la regla.

Ahora que ya tiene su vida bien encaminada fuera del Sodalicio, César me ha autorizado a publicar sus reflexiones, a fin de que quede constancia de los serios problemas que él vio en la institución y que —en su opinión— aún podrían solucionarse si se toman medidas drásticas correspondientes. Pero para eso, debe haber la voluntad de hacerlo. No vemos que la haya, pero —como siempre he sostenido— nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto.

A continuación, ponemos a disposición el texto redactado por César Oga cuando todavía era sodálite. Por razones confidenciales, se ha omitido los nombres de algunas personas. Nos hallamos ante un documento importante, que amerita ser leído varias veces y que constituye una radiografía certera de la seria problemática que aún aqueja a la institución.

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6 de marzo de 2015

PERCEPCIONES DE UNA ERRADA CULTURA COMUNITARIA SODÁLITE

Autor: César Martín Oga Miranda

Antes de desarrollar mi percepción sobre aspectos de la vida y cultura interna de la comunidad es importante aclarar que la descripción que se realiza en este escrito se ubica en los años en los que Luis Fernando [Figari] fue Superior general y luego Eduardo [Regal] como continuador de sus políticas. La intención es poner en discusión percepciones y reflexiones personales de elementos de esta etapa de nuestra comunidad para llamar la atención de aquellos aspectos negativos que puedan estar vigentes en la cultura de la comunidad.

La base de este análisis parte del principio de que una obra es reflejo de su autor. En este orden de ideas el Sodalicio es una organización que en su etapa fundacional se ha fundamentado en un liderazgo único y absoluto de su fundador Luis Fernando. Esta personalidad estuvo acompañada de un colaborador incondicional que fue Germán Doig. Germán fue una especie de traductor e intérprete de las intuiciones de Luis Fernando. Su trabajo conjunto fue cerrado, no hubo una persona relevante que haya sido influyente en esta co-dirección.

Esto es más relevante aún por la cantidad de años que estuvo Luis Fernando a cargo del Sodalicio directamente, e indirectamente durante el gobierno de Eduardo Regal. Esta influencia se prolonga desde la fundación del Sodalicio (´71) hasta el 2013 cuando es elegido Sandro [Moroni] como nuevo Superior General. Por lo tanto se trata de una influencia prolongada que marcará la configuración del Sodalicio tanto en aspectos formales como en la cultura interna.

Luis Fernando va a proyectar su comprensión de la fe en la institución. Y esa comprensión y su posterior conceptualización van a configurar lo que hemos entendido como espiritualidad. Pero la figura de Luis Fernando en la institución va a desbordar dicha plasmación conceptual. Irá más allá. El día a día de la comunidad, como en cualquier realidad social, va a estar entretejida por relaciones humanas, sistemas de valor, comprensiones de la realidad y juicios que se desarrollarán en el gobierno de la comunidad y que, a la vez, irán configurando la cultura sodálite: ese ámbito intangible que constituye el “mundo” que influenciará la vida del sodálite.

Es por ello, que más allá de los aspectos formales y doctrinales que Luis Fernando establecerá como principios de la comunidad, su carácter y personalidad permearán la estructura de toda la comunidad y sobre todo, lo que vengo llamando, la cultura interna.

Este principio mencionado, de la influencia de Luis Fernando en la comunidad, tal vez tiene un par de consideraciones. La primera se refiere a la naturaleza misma del carácter de Luis Fernando. Su influencia no será como la de cualquier líder en su entorno. Una de las primeras características de su persona siempre fue su carácter fuerte, vehemente, impositiva y radical. Su palabra era incuestionable. Por lo menos para la generalidad de los sodálites. Esta inflexibilidad en su personalidad es una expresión de un aspecto más profundo y caracterológico: la auto-referencia a sí mismo. Pienso que este elemento se convertirá en una fuerte característica de la comunidad general: una institución auto-referente con, incluso, connotaciones mesiánicas.

Él es la personificación de una organización que se ha experimentado, por muchos años, como una espiritualidad con una exclusividad por encima de otras en la Iglesia. No son pocas las veces que he escuchado a Luis Fernando hablar de la espiritualidad sodálite como la decisiva en esta etapa de la historia de la Iglesia.

Un elemento que ha influenciado a esta especie de exclusividad de la espiritualidad sodálite es que la hemos considerado como una espiritualidad integral, no limitada a un aspecto de la realidad. Por ejemplo, nuestra visión de la fe. En nuestra espiritualidad le hemos añadido a la fe el adjetivo de “integral”. La espiritualidad sodálite tiene como característica la fe integral a diferencia de otras espiritualidades que enfatizan tan sólo alguna de sus dimensiones. Y precisamente por ello nuestro carisma, supuestamente, goza de una especial capacidad crítica de la realidad. Como resultado de esto nuestra posición para criticar la realidad es más completa y objetiva. A partir de allí creernos la medida de las cosas es un error en el que es fácil caer.

La segunda consideración sobre la influencia de la personalidad de Luis Fernando es que la comunidad por muchos años jamás cuestionó las actitudes y personalidad del Fundador. Todo lo contrario, incluso en aquellas cosas difíciles de aceptar por no ser razonables se le atribuía una especie de intuición sobrenatural propia de una persona iluminada por el Espíritu Santo.

Luis Fernando ha expresado por diversas conductas una personalidad egocéntrica, impositiva y caprichosa que podía llegar a atropellar la dignidad de las personas y era justificada por un falso concepto de celo por el Evangelio. Todo aquello que se interfiriera en su camino era considerado como un obstáculo para el desarrollo del Plan de Dios del cual él era un elegido para llevar a cabo.

PERSONALIDAD INSEGURA

Sin embargo, la contraparte de esta personalidad tan imponente era una inseguridad muy profunda frente a la realidad. Incluso diría que esto podría reflejar algunos rasgos de un escrúpulo espiritual. En este sentido puedo citar una frase que me dijera el padre Jaime [Baertl] acerca de Luis Fernando: “es la persona más insegura que he conocido en mi vida”. Sacando la exageración que pudiese tener por el momento coloquial de la conversación, definitivamente pienso que expresa un aspecto significativo de esta realidad.

Luis Fernando, creo yo, reflejó esta inseguridad de su personalidad en el estilo de vida que llevó. Fue un personaje que en la mayor parte de su vida, como fundador de la familia sodálite, vivió un estilo de vida ermitaño. Eran pocas las veces que él se exponía socialmente y cuando lo hacía, estas situaciones se desarrollaban en ámbitos controlados. Para ello se desplegaba una supervisión minuciosa de dichos espacios o situaciones. Luis Fernando repasaba los detalles de las situaciones en las que se iba a exponer. A eso se le llamó reverencia. A mi parecer esa atención escrupulosa a los detalles que podían ser factores “fuera de control” refleja algo de una tendencia obsesiva e insegura a la realidad.

Estos espacios controlados tenían como fin poner las condiciones para que Luis Fernando pudiese presentarse como el centro único de ese momento, para que pudiese ser escuchado con reverencia por un público dócil y que no cuestionase ninguna de sus palabras. Recuerdo que en alguna charla en donde era importunado por una pregunta que no fuese de su agrado la persona era avasallada por una reacción irascible y descalificadora de su parte.

Las personas no podían contradecirlo. Ni siquiera a modo de suscitar una sana discusión constructiva. Recuerdo una vez que hice un aporte luego de una charla que nos dio a unos superiores. Si bien mi comentario no fue, para nada, una crítica a sus ideas tampoco estuvo en sintonía con el ánimo de lo que él había expresado. Como respuesta me dijo que me pusiera un cuaderno frente a los ojos para tapar mi vista. Y me dijo que esa era mi comprensión de las cosas: “ciega”.

Por otro lado, su horario de vida cotidiana invertido me parece que refleja una especie de lejanía de la vida social convencional. Para llegar a él había que pasar por el control de sus asistentes y en los lugares públicos siempre tenía un séquito de personas que estaba pendiente de su seguridad. Luis Fernando siempre estaba rodeado de protocolos: su llegada a lugares públicos, las citas con él, las ceremonias litúrgicas, las reuniones en las comunidades, etc. Los excesivos protocolos son, muchas veces, maneras de evitar que las cosas tomen rumbos indeseados e inseguros.

PROTAGONISMO SODÁLITE

Este egocentrismo y auto-referencia de Luis Fernando, me parece, ha influenciado en el perfil de los sodálites en general. El protagonismo tan afianzado de los sodálites en medio de la familia espiritual me parece que es una expresión de ello. No son pocos los lugares en donde el Movimiento [de Vida Cristiana] ha tenido una sodálite-dependencia. Incluso han existido figuras caudillistas en medio del MVC como una especie de líderes religiosos en medio de la masa. En mi opinión personal los sodálites, como rasgo general, expresan un cierto deseo de protagonismo. No me parece descabellado pensarlo cuando antiguamente había un cierto imaginario acerca de los sodálites como personas “especiales”. Hasta hoy en día escucho el famoso calificativo “buena voz” para aquellos que consideramos podrían tener una vocación a la vida consagrada. Si los llamados a la vida consagrada somos los “buena voz”, los “patas bacanes”, entonces es obvio que pensemos que tenemos algo especial del común de personas. El deseo de reconocimiento o protagonismo sería consecuencia natural de ello. Alguna vez una persona adulta, que no carece de agudeza, me definió el MVC en Bogotá como una corte de aduladores de los sodálites. Sacando los filtros personales creo que algo de la realidad refleja esta expresión y algo de esto puede haber en otros lugares.

Yo me pregunto: de verdad, objetivamente, tenemos algo que nos hace especiales en medio de la familia espiritual y por eso hemos ocupado en justicia ese lugar; o nosotros hemos generado conductas y actitudes para colocarnos allí. Evidentemente, para mí, lo que ha sucedido es la segunda opción.

Pero asumir este centralismo y protagonismo no es fácil para personalidades comunes y corrientes como son la mayoría de sodálites. Y es que la gran mayoría de nosotros no somos nada cercanos a esa personalidad especial que está en nuestro imaginario inconsciente. Para poder tener este protagonismo, pienso que hemos desarrollado mecanismos análogos a los usados por Luis Fernando. Es decir: crear un entorno para posicionarnos en ese lugar de reconocimiento. En el caso de la generalidad al no contar con un séquito de personas y recursos como los de Luis Fernando que propiciaran este entorno, lo hemos hecho por nuestros propios medios con actitudes, formas y mecanismos de defensa para ser cercanos a la gente pero a la vez lejanos y así no se percaten de nuestros defectos. Hemos buscado tener el control de las cosas y nos hemos presentado como los intérpretes legítimos de la espiritualidad.

Como consecuencia de esta aproximación no natural a la realidad se ha generado más bien una torpeza para relacionarnos con ella. Expresión de ello es la rigidez con la que nos perciben algunas personas. Adicionalmente, ejemplo de estas maneras “cercanas-lejanas”, es que las personas de la familia espiritual les ha sido difícil, históricamente, criticarnos o cuestionar nuestras acciones.

Hace muy poco un agrupado me comentaba que para él la típica propuesta de un sodálite para conversar es una especie de cuestionario que busca hurgar en la otra persona y casi nunca hay una exposición del sodálite. Cuando lo hay, es más una apertura controlada que busca una respuesta del interlocutor.

Debo precisar que esto no se aplica a todos y cada uno de los sodálites sino que se trata de una generalidad pero que vale la pena considerar también como cultural.

LA AUTORIDAD

Una de las muchas inseguridades de Luis Fernando como fundador y superior general ha sido que la comunidad no funcione como un cuerpo sólido y sin fisuras. La unidad ha sido una aspiración de la comunidad como lo expresa las mismas Constituciones: unidad de ideales, de vida, de pensamiento, de oración; y podríamos añadir varios aspectos más no explicitados en este documento. Para lograr esta cohesión comunitaria me parece que Luis Fernando organizó un sistema basado en una autoridad fuerte y una obediencia irrestricta en todo.

La formación sodálite ha enfatizado una obediencia fundamentada en sí misma, sin otra razón que la misma obediencia. En el documento Huellas, se habla del valor en sí de la obediencia desde el punto de vista antropológico y cristológico. Por lo tanto, aquel que obedece, ya de por sí, opta por un camino de crecimiento humano. Un recurrente principio en la comunidad, aunque no escrito en un documento, ha sido “el que obedece nunca se equivoca”. Si bien se critica la obediencia ciega de la espiritualidad jesuita, con otras prácticas se ha llevado a que los sodálites obedezcan sin cuestionar a la autoridad. Antes el superior se entendía como la voz de Dios per se, sólo por haber recibido esa responsabilidad. Pienso que si bien para la mayoría de sodálites no se podía asumir racionalmente que el superior era siempre la voz de Dios, también se defendió el principio de que era un bien mayor obedecer antes que cuestionar la autoridad.

Una práctica formativa que se usaba en las experiencias comunitarias y en el centro de formación, aunque ya se ha moderado, eran las famosas dinámicas de la obediencia “irracional”. Eran prácticas para obedecer sin preguntar, sin pedir razones, especialmente de órdenes extremas y hasta absurdas. Una dinámica emblemática era la de comer ese revoltijo vomitivo de “comida” en las experiencias comunitarias. La irracionalidad de la orden era el sentido formativo de esta dinámica. Creo que hasta hace poco en San Bartolo esta práctica se llevaba a cabo en un semana llamada, eufemísticamente, semana del amor. ¿Acaso con eso no nos estaban formando para obedecer en toda circunstancia y sin pedir razones?

La autoridad era pues ejercida bajo una premisa de inseguridad: la inseguridad de la división comunitaria y la infidelidad. Una expresión de esto era también que años atrás el retenimiento de los miembros a la organización para que no se desvincularan era exagerada. Se evitaba a toda costa la salida de cualquier integrante. En varios casos, a pesar de haber manifestado un deseo honesto de salida, el sodálite era casi forzado a pasar por procesos indefinidos y prolongados para evitar aquello que era una mal en sí: la desvinculación de la comunidad. Se dieron casos dramáticos de personas no idóneas para la vida consagrada o personas que habían cometido faltas graves que, lógicamente, debían salir de comunidad y por el contrario se forzó una permanencia que terminaba siendo traumática y dolorosa. Hay varios casos que atestiguan esta lógica.

Podría decir que en el plano práctico y como un sistema de valor inconsciente de la comunidad había una equivocada inversión en la jerarquía de valores: el valor de la autoridad estaba por encima de la conciencia moral individual. Cuando, definitivamente, la conciencia moral nunca debe ser conculcada bajo ningún argumento. Es lo más sagrado de la persona humana; y la congruencia de la conciencia con la obediencia externa es un ámbito que no se puede forzar ni siquiera en nombre de Dios.

Finalmente quiero afirmar que en ningún ámbito social existe una autoridad sin límites. La autoridad sin límites se convierte en autoritarismo y puede llegar a la tiranía. En mi concepto varias acciones de Luis Fernando han rayado en actos tiránicos. Además este esquema de autoridad ha llevado, y tengo ejemplos de ello, a que los caprichos y limitaciones del superior de turno se filtren en decisiones que han afectado la vida y bienestar de los hermanos. Pienso que no se ha reflexionado y establecido con claridad los límites de la autoridad. Todo lo contrario se ha dilatado sus alcances hasta llegar a campos absurdos ya que son propios de la opinión y de las opciones personales. El respeto de Dios a la libertad humana debe iluminar este aspecto de la reflexión.

ANTROPOLOGÍA NEGATIVA

Un aspecto con el que se ejerció la autoridad en el Sodalicio fue la aproximación negativa a la persona. En la práctica las autoridades manifestaban, sin querer, que lo más patente de la persona era la posibilidad de su infidelidad. Esta aproximación ha sido una clara influencia directa de Luis Fernando a quien cada salida de un hermano le generaba una frustración que enfatizaba más esta aproximación.

Creo que esta aproximación negativa a la persona estaba representada de manera patente en la valoración de Luis Fernando de la sexualidad en el sodálite. Este me parece un tema complejo a tratar pero sólo puedo decir que había en Luis Fernando una recurrencia distorsionada en los temas de la sexualidad o de la homosexualidad manifestada en bromas y comentarios de doble sentido.

Por otro lado, la aproximación valorativa de la mujer en el Sodalicio siempre me ha parecido “medievalesca”. Ejemplo de esto es que en el argot sodálite a las mujeres comúnmente se les llamaba la “mostra”. También cualquier relación de un sodálite con una mujer era considerada sospechosa de plano. Un testimonio que tengo a mi alcance es que para Eduardo Regal los sodálites, como ideal, no debían dar consejería a mujeres. Incluso llegó a decirle a un sacerdote sodálite que los sacerdotes tampoco debían hacerlo.

Una persona cercana a Luis Fernando alguna vez me compartió que la disposición de que ningún sodálite estuviera solo, sino acompañado por alguien, tenía de fondo el temor a una infidelidad en el plano sexual. Para Luis Fernando esta compañía debía darse en todos los casos y sin ninguna excepción. Si no se llegó a aplicar esta norma de manera radical fue por la inviabilidad práctica de esta. Pero en la comunidad en donde él vivía esta medida sí se aplicaba hasta extremos antinaturales y difíciles de entender en la sociedad actual.

Yo mismo puedo dar testimonio que hace tan solo un par de meses se me presentó una excelente oportunidad de crecimiento profesional y personal realizando un viaje de seis semanas a Inglaterra, la cual se me negó, por medio de mi autoridad, por la sospecha de que fuera una causa de desvinculación. Cuando esta oportunidad tuve que ofrecérsela a otra persona, una mujer casada con tres hijos, se alegró enormemente por lo que significaba para ella, o para cualquier persona. Cuando le pregunté si tenía que preguntarle a su marido, en ese momento, ella me respondió con naturalidad que él entendería perfectamente y hasta se alegraría mucho. Lo que yo me pregunto es, por qué algo tan bueno en sí mismo y que lo es para una persona con responsabilidades familiares, o para cualquier persona común y corriente, no lo es para un consagrado.

Finalmente, creo, que un factor que ha influenciado en estos esquemas de desconfianza es la influencia de la idiosincrasia limeña marcada por un complejo social, que ve en el otro alguien que quiere sacar provecho subrepticiamente de los demás.

CONTROLISMO

Como esta visión desde la patología humana, evidentemente, implicaba un riesgo latente para la unidad de la comunidad, para evitar cualquier riesgo de infidelidad se creó una cultura controlista desde la autoridad. Para fundamentar esta autoridad se desarrolló una justificación de corte religioso en la línea de: el superior es la voz de Dios y el sodálite obedece en todo a semejanza de Cristo. Obviamente la falacia estaba en ese “todo” aplicado hacia una autoridad humana. Y para evitar cualquier posible rebeldía o engaño por parte del que obedece entonces se ejerció, lo que he llamado, un controlismo como cultura de gobierno. En la época más rancia se llegó a controlar la correspondencia de los sodálites o intervenir sus computadores. El sodálite debía estar bajo la supervisión detallada de la autoridad y no debía tener ámbitos personales que no estuvieran contemplados por ella. Esto generó una cultura en donde no había un límite claro entre el fuero interno y el control del superior. Si bien alguien con formación o una personalidad fuerte, podía cuestionar alguna intromisión de su superior, hay que tomar en cuenta que muchos sodálites jóvenes o sin criterio aceptaban sin mayor protesta y hasta con “generosidad” estos excesos.

Pienso que esta aproximación ha generado muchas anomalías en el desarrollo de la personalidad, afectividad y conciencia moral de sodálites. Incluso lo percibo como un marco que ha propiciado desviaciones en las conductas y consiguientemente caídas en contra de la propia vocación. Existe un principio en la educación humana que consiste en “tratar a la persona como quieres que ésta sea”. Este principio, evidentemente, está mediado por la dosificación de los espacios de autonomía de la persona. Pero prima la confianza en ella y su capacidad y deseo natural de hacer el bien, y que es más fuerte que su tendencia al mal. Creo que este principio no ha sido el más notorio en la pedagogía y en el gobierno del Sodalicio.

Aquí quisiera dar una apreciación personal. Creo que este controlismo también ha generado una estructura paternalista que castra la personalidad de los sodálites. Son muy pocos los sodálites que para mí expresan una personalidad de arrojo y diálogo intrépido con la cultura contemporánea. El controlismo es un entorpecimiento a la capacidad de iniciativa y audacia que pudiese haber en algunos; antes, a veces, la mata planteando, siempre, una suspicaz pregunta de: ¿no será que esto puede terminar siendo perjudicial? Entendiendo perjudicial como mundano o antievangélico. Mi limitación para hacer un viaje de crecimiento profesional a Inglaterra para un mejor servicio apostólico lo guardo como un ejemplo de ello.

Veo, hoy en día, la estructura comunitaria sodálite como un sistema proteccionista para personas que tienen miedo al mundo porque se los puede “comer”. Muy lejano está la imagen de ser punta de lanza en la cultura para transformarla en sus raíces, ideal con el que nos formaron de jóvenes.

En otros términos plantearía la siguiente pregunta, ¿hoy como comunidad podemos decir que una de nuestras características es estar en las periferias culturales, si salir unos “metros” fuera de la protección de la comunidad ya es motivo de inseguridad y sospecha?

ESTILO SODÁLITE

Un concepto que favoreció el controlismo en el Sodalicio fue el del estilo. Estilo en la definición de la comunidad era “el modo de vivir la espiritualidad”. Era la expresión vital de la espiritualidad sodálite. Como tal reflejaba lo esencial de la vocación y por lo tanto debía expresarse en todas las dimensiones de la vida. Por ello, el estilo abarcaba la totalidad de la persona.

He podido constatar en mi vida comunitaria que estilo sodálite podía abarcar desde una melodía de música, gustos en decoración, el estilo literario, la comida, la arquitectura, las lecturas, las películas, las maneras de expresarse, formas de hablar, sentimientos que podían producirte las cosas, en detalles minuciosos de la ropa: zapatos, pantalones, camisas, abrigos, lentes, etc.

El estilo como expresión de la vocación se expresaba en todo. Y así se caía en una visión absolutista que a la vez era formalista y rígida. Sin que se percatara de ello el estilo adquiría connotaciones culturales peruanas y connotaciones conservadoras provenientes de los sodálites que legislaron los distintos aspectos de este estilo en la historia del Sodalicio. Evidentemente por las razones antes expresadas los gustos de Luis Fernando configurarán algunos rasgos del estilo sodálite. Hoy por hoy me pregunto por qué y en qué momento un modelo de zapatos marca Clarcks se convirtieron en un criterio objetivo de nuestro estilo.

Otro criterio, relacionado al estilo, que se estableció en el imaginario sodálite fue el expresado en la pedagogía del silencio: la educación de afuera hacia dentro. Ello terminó siendo un criterio para darle un gran peso a los aspectos externos del estilo y una manera de juzgar, por medio de ellos, la intencionalidad y la conciencia de las personas. Así, algún aspecto que no estuviera dentro de los cánones del estilo podía reflejar un espíritu de mundanidad y hasta infidelidad evangélica.

Pero no es por eso que se convirtió en un criterio controlista, sino porque al ser un criterio para medir la unidad sodálite y una línea de fidelidad, entonces el superior era el legislador último del estilo. Recuerdo que en varias reuniones de superiores se hablaba de que el superior era el “custodio del estilo”. De hecho la reunión de superiores de 2005 tuvo esa idea como lema: “el superior, custodio del estilo”. Bajo esa ecuación los aspectos más insignificantes de la vida del sodálite quedaban sometidos al juicio del superior, juicio que podía llegar hasta el fondo de la conciencia personal.

Esta concepción rígida y exteriorista del estilo también ha contribuido a que los sodálites sean percibidos como personas hechas con el mismo molde. Al final de cuentas creo que si bien eso puede contribuir a una imagen de solidez institucional, creo que a la larga nos aleja de las personas y nos hace ver como gente ajena a sus vidas.

Lo más paradójico es que mientras en nuestras Pautas se habla de no caer en la uniformidad se ha establecido, en la cultura interna, un criterio de fidelidad en aspectos ridículos de formas.

COSMOVISIÓN DE LA REALIDAD

Al final de cuentas, la visión integral de la fe, el estilo propio y una aproximación a la realidad acuñada como sodálite han creado toda una cosmovisión intelectual en el Sodalicio. El Sodalicio se enorgullecía de tener una antropología “propia” que incluso se definía como integral.

Todo esto ha constituido un gran cuerpo doctrinal en donde el sodálite se tenía que “mover” intelectualmente. Era tan preciso este cuerpo que gozaba de su propia terminología para ser nombrado. Incluso se reinventaba los conceptos porque gozábamos de la aproximación correcta a la realidad. Entre algunos conceptos redefinidos están: Voluntad de Dios por Plan de Dios, Nuestro Dios por Dios Amor, Doctrina Social por Enseñanza Social, Esclava por Sierva, Jesucristo por Señor Jesús, Redención por Reconciliación, etc.

Eran tan evidente la estructuración de nuestra mente en este paradigma que la forma de expresarnos en los conceptos, las palabras, la aproximación era un molde para casi todos los sodálites. El escrito o producción literaria de un sodálite es difícil reconocerla con un sello personal. Y es que por lo general se sigue un patrón definido que condiciona el pensamiento particular.

Este cuerpo doctrinal tan universal, definido y sólido, así como esa auto-referencia institucional, ya descrita, ha propiciado un rasgo espiritual institucional tanto sutil como peligroso. Es un riesgo en toda la historia humana y religiosa que describe con agudeza Guardini y que prefiero transcribir:

«Desde el momento que existe una conciencia creyente que conoce la pura doctrina, y una autoridad que se encarga de defenderla, surge el peligro de la “ortodoxia”, esa mentalidad que cree que conservar la recta doctrina es ya la salvación, pero que en virtud de la pureza de la doctrina, atenta contra la dignidad de la conciencia. Desde el momento en que se instituye una regla de salvación, un culto y un ordenamiento comunitario, surge el peligro de pensar que su realización exacta es ya la santidad a los ojos de Dios. Desde el momento en que existe una jerarquía de las funciones y de los poderes, de la tradición y del derecho, surge el peligro de ver ya el reino de Dios en la autoridad y en la obediencia mismas. Tan pronto como en lo sagrado se establecen normas y se distingue entre correcto e incorrecto, amenaza el peligro de coartar desde allí la libertad de Dios y de enmarcar como en derechos lo que viene exclusivamente de su gracia… Por muy noble que sea un pensamiento, tan pronto como penetra en el corazón humano genera en él contradicción, mentira y maldad. Esto es lo que ocurre también con lo que viene de Dios.»

Pienso que las palabras de Guardini expresan rasgos de nuestra fisonomía espiritual como comunidad. Las posibles consecuencias no me atrevo a expresarlas por temor a convertirme en lo que él mismo advierte, que es el peligro del fariseísmo. Pero pienso que el condicionamiento doctrinal sodálite, nuestra “cosmovisión” cerrada, puede llegar a influenciar lo más profundo de nuestra conciencia moral. Yo lo he descubierto en mí y creo que no es fácil desarraigarse de estas visiones que comprometen la misma vida espiritual. Obviamente que en ello influye, en primer lugar, mis propias características personales, pero habernos creído en algún momento “la respuesta” ¿no tiene influencia en otros aspectos más sutiles en nuestra vida comunitaria y personal?

Creo que como comunidad hemos juzgado lo correcto e incorrecto, hemos llamado traidor al que se ha ido, hemos establecido la obediencia como el más alto valor para juzgar a las personas, hemos creído como comunidad que tenemos la verdad indiscutible en diversos debates, hemos determinado quién tiene vocación y quién no, hemos inventado la famosa categoría de “buen pata”, hemos ideologizado el concepto de lo “mundano”, hemos caído en proselitismos y creado mecanismos de convencimiento, etc.

Por otro lado, debemos preguntarnos qué tanto podemos percibir la realidad con toda su riqueza pensando desde dentro de este cuerpo doctrinal tan cerrado y que hemos considerado la verdad absoluta. Toda doctrina cerrada tiene el riesgo de convertirse en absolutismo y yo creo que hay rasgos de éste en nosotros. Hace unas semanas un hermano que participó en la VI Asamblea plenaria del MVC me decía que se sorprendía de como los sodálites siempre hablan con el tono de tener la razón.

Un ejemplo intelectual de reduccionismo sodálite, a mi parecer, es el de acercarnos a la realidad desde los conceptos de objetivo y subjetivo. Creo que filosóficamente hablando es muy reductivo pensar que podemos comprender las cosas dividiéndolas en esos dos conceptos incluso tan pobremente desarrollados por nosotros.

DESAJUSTES PERSONALES

Estoy seguro que muchas de estas reflexiones no harán eco en la sensibilidad de varios sodálites. Hasta es probable que se señalen como parte de mi problemática personal. Pero lo que sí pienso es que este sistema cerrado ha llevado a que muchas personas terminen por no encontrar un lugar en ella. La lista de personas inconformes y agobiadas en el Sodalicio es grande. Y si el motivo directo fue alguna caída o infidelidad habría que preguntarse qué influencia tuvo el sistema en ello.

Adicionalmente a esto planteo una hipótesis personal. Pienso que el desajuste personal que han sufrido y vienen sufriendo tantos hermanos en la comunidad expresado en sobrecargas de estrés, recurrencia en ayuda siquiátrica, enfermedades físicas ligadas, muchas de ellas, a crisis sicológicas, etc., no es consecuencia propiamente de un exceso de trabajo o falta de oración como está centrado en la reflexión actual sobre los ritmos de vida. En mi opinión, considerando la complejidad de cada caso, este desgaste tiene como una de sus causas un desajuste de la persona con respecto a la realidad.

Esto sería consecuencia del sistema sodálite ya que éste en sí está constituido sobre fundamentos que no responden al orden de la realidad. Por lo tanto, ha sometido a los sodálites a presiones antinaturales que terminan por quebrar sus estructuras humanas. Pongo el siguiente ejemplo: si a una autoridad se le dice, culturalmente hablando, que el rendimiento de su comunidad está ligada a “meter vocaciones” y hasta se le pone una meta numérica, algo que no depende de ninguna voluntad humana sino exclusivamente de Dios, es obvio que en algún momento, por la presión que la persona misma se autoimpone, su estructura se quiebre pues se trata de un requerimiento en contra de la lógica de la realidad. Si una persona vive permanentemente con exigencias de este tipo en su vida, la naturaleza reaccionará tarde o temprano. Lamentablemente, en muchos casos, ésta ha tenido que colapsar para dar signos de alarma.

Quiero acotar al ejemplo que di que hace tan sólo un par de meses el padre Jaime en una visita a la comunidad de Bogotá afirmó que lo único que nos falta a nuestra comunidad es “sacar vocaciones”. Así, que si hay personas que piensan que estas cosas ya no están vigentes debería considerar que, tal vez, la cultura de lo antinatural está más arraigada de lo que piensa.

CONCLUSIÓN

Quisiera terminar aclarando que esta es una descripción de mis impresiones personales de los hechos que he vivido en el Sodalicio. Julian Marías dice que la realidad no es un dato abstracto (objetivo), sino más bien una realidad insondable que se comprende en la complementariedad de miradas:

«Cuando se mira, por ejemplo, una cordillera, lo que se ve desde uno de sus lados es forzosamente distinto de lo que se ve desde el otro, justamente porque se trata de una realidad y de visiones reales de ella. Pueden y deben completarse, no desaparecer en una visión única que sería abstracta, que podría justificarse si se tratara de algo irreal, por ejemplo una figura geométrica.»

Planteo estas cuestiones como parte de mi percepción de la realidad con el deseo de que sean complementadas con las percepciones de otros. Soy consciente que mis resonancias a todos estos hechos son propias de mi sensibilidad personal, pero no por ello deja de ser un reflejo de la realidad, tal vez parcial, pero a la espera de ser complementada y enriquecida. Soy consciente de que Dios está en los entresijos de toda esta historia. Pero a la vez entiendo que la libertad humana puede ocultar o mostrar más claramente esa presencia. Por ello es necesario la auto-crítica, la aceptación y la reparación de los errores de nuestra cooperación.

Por último, no pretendo una condena de Luis Fernando. Él tiene su oportunidad de cambio como todos nosotros. Pero tampoco debemos pensar que esa personalidad y sus circunstancias no han influido en nuestra comunidad. Mi hipótesis es que ha influenciado más de lo que se reconoce hoy en día. Si en los años de nuestra historia el 90% del tiempo hemos estado bajo la influencia directa, en distinta medida, de Luis Fernando y su prolongación en Eduardo, ¿cómo podríamos pensar que la influencia no es profunda, o mejor dicho, cultural? Dejo el tema abierto para el diálogo.

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CARTA ABIERTA A LA FAMILIA SODÁLITE

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Kleinfischlingen, 27 de julio de 2015

A todos los integrantes de la Familia Sodálite:

Quiero dirigirme a ustedes con sinceridad y a corazón abierto, pues formamos parte de una misma Iglesia y existen lazos espirituales que nos unen íntima y fraternalmente como miembros vivos del Pueblo de Dios que peregrina por los caminos de este mundo.

Durante treinta años (de 1978 a 2008) yo también formé parte de la Familia Sodálite, como miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, primero como laico consagrado y, después de casarme en el año 1996, como adherente sodálite. Son treinta años que no me arrepiento de haber vivido, pues formaron parte de mi desarrollo personal. Pues a través del Sodalicio, cuando sólo tenía 15 años, descubrí la fe que me acompaña hasta ahora, fe que fui madurando, nutriendo a través de la experiencia de vida en comunidades, la liturgia y los sacramentos, el estudio y sobre todo el apoyo y el cariño de muchas personas de buena voluntad que conocí. Guardo con devoción en mi memoria varios momentos compartidos con quienes fueron compañeros en el peregrinar, entre ellos las celebraciones navideñas en comunidades sodálites, el viaje a Roma como integrante del conjunto Takillakkta en abril de 1984 para hacer acto de presencia en el Jubileo de los Jóvenes, los retiros espirituales, los grandes momentos litúrgicos del año en la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación, como Semana Santa, especialmente las Vigilias Pascuales y las Misas de Nochebuena, los almuerzos de 8 de diciembre compartidos en alegre camaradería, entre otros.

Mi contribución a la Familia Sodálite todavía está presente en muchas canciones que compuse y que todavía se siguen cantando. Y que nos unen en un mismo sentimiento de alabanza a Dios por manifestarse en nuestras vidas y acompañarnos con su presencia.

Nunca ha sido mi intención quitarle legitimidad al camino que sigue la Familia Sodálite en la Iglesia, pues soy consciente de que muchísimas personas han encontrado allí una manera de vivir activamente su fe y ponerse al servicio del Pueblo de Dios. Lejos de mí el querer disuadir a nadie de seguir participando de los diversos grupos que conforman la Familia Sodálite, aun cuando en estos momentos yo ya no suscriba los acentos y doctrinas peculiares de la espiritualidad que le sirve de base. Y eso es del todo legítimo, pues las diferencias que hay entre católicos en cuanto a pensamiento y forma de entender la vida cristiana no tendrían por qué generar divisiones entre quienes son sarmientos de una misma viña, ni tendrían tampoco que generar un sentimiento de superioridad de unos sobre otros porque unos consideren que tienen una lectura más auténtica del mensaje cristiano en comparación con otros, a los cuales consideran laxos, relajados y faltos de compromiso. La pertenencia a una misma Iglesia, unida en el vínculo del amor, está por encima de la pertenencia a una determinada familia espiritual. Eso lo sé yo, eso lo saben ustedes. Y la Familia Sodálite tiene un aporte que prestar, en comunión no sólo con los católicos que pertenecen a otros grupos o que simplemente van a sus parroquias, sino también con todos los cristianos en general.

Ello no debe cegarnos a los graves problemas que se han presentado a lo largo de su historia y que se ciernen actualmente como una sombra, muchos los cuales tienen sus raíces en los orígenes del Sodalicio y en algunas turbias circunstancias que involucrarían a miembros importantes de la institución, algunas de las cuales no han sido suficientemente aclaradas mientras que otras han sido silenciadas y encubiertas, incluso a quienes como ustedes participan de buena fe en las actividades de la Familia Sodálite.

Algunos textos que han aparecido en este blog fueron originalmente escritos sin que yo tuviera la intención de hacerlos públicos. Los textos que llevan como título SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN, OBEDIENCIA Y REBELDÍA y SODALICIO Y SEXO constituyeron para mí una especie de catarsis y un intento por comprender con nuevos ojos mi experiencia en el Sodalicio tras el golpe que significó para mí a fines del año 2007 la inexplicable expulsión de Germán McKenzie, entonces Vicario General del Sodalicio, y la posterior detención y encarcelamiento de Daniel Murguía, ambos eventos ocurridos en el lapso de un mes. Todo esto me olía a podrido, considerando que no podía entender como un hombre bondadoso y de tan gran calidad humana como Germán hubiera tenido que sufrir la vergüenza de verse expulsado públicamente de una institución a la cual le había dedicado los mejores años de su vida. Asimismo, no encajaba en el cuadro que un ser humano de un carácter tan dulce e ingenuo como Daniel se viera de pronto arrastrado por pasiones inconfesables y hubiera sido detenido en circunstancias comprometedoras de graves implicaciones.

Había algo que no estaba funcionando en el Sodalicio y que afloraba en casos como éstos, sin que hasta el momento nadie diera explicaciones satisfactorias. La imagen que hasta entonces había tenido de la institución a la cual me sentía ligado había saltado de pronto en pedazos, y junto con ella treinta años de mi propia vida. Tenía ante mí como piezas de un rompecabezas que debía volver a armar. Nada encajaba e incluso tenía la sensación de que faltaban piezas. Las claves que me permitieran reconstruir el cuadro tenía que buscarlas en mi experiencia, mirando lo que yo había vivido ya no a través del cristal de la interpretación sodálite de la realidad —que a todos los que hemos pasado por la formación sodálite nos han metido entre ceja y ceja—, sino desde una perspectiva más libre, sin ataduras, aplicando un sano espíritu crítico. Y todo esto fue un proceso doloroso, pues a medida que las cosas iban ocupando su lugar, me fui dando cuenta de que los problemas del Sodalicio eran más graves de lo que yo había imaginado.

Los tres textos mencionados, que fui redactando durante el año 2008 y que constituyeron como ensayos para comenzar a armar el rompecabezas y descifrar el enigma, se los di a conocer primero a algunos amigos cercanos, a fin de conocer su opinión. Todos coincidieron en que eran reveladores e interesantes, y que acertaba en líneas generales en lo que respecta a los problemas que había presentado el Sodalicio a lo largo de su historia. Más aún, en ese entonces adquirí la certeza de que el caso de Daniel Murguía —quien, por su carácter tranquilo y bondadoso probablemente haya sido víctima antes de convertirse en perpetrador— no iba a ser el último caso que saliera a luz, pues el problema no parecía radicar en las personas mismas, sino en el sistema y las estructuras del Sodalicio, que terminaban desatando deseos turbios e inconfesables, como yo mismo lo he descrito en mi escrito testimonial SODALICIO Y SEXO.

Durante los años 2008 y 2009 mi conciencia se vio atormentada por estas cosas que ahora veía con más claridad, sin saber cómo debía proceder. ¿Debía contárselas a alguien de mayor responsabilidad en el Sodalicio, para que se tomaran las medidas correctivas del caso? En ese caso, ¿a quién? La mayoría de aquellas personas con las cuales mantenía un cierto grado de confianza o ya no pertenecían a la institución, o estaban ubicadas en su periferia, sin poder de influencia. Finalmente, decidí consultar el asunto con un sacerdote del Movimiento Schönstatt que también entendía español, a quien le envié previamente los textos que había redactado. Este sacerdote me recomendó que comunicara estas cosas a alguien con responsabilidad en la institución, y si no querían escucharme o hacerme caso, yo quedaba libre de toda responsabilidad, sobre todo ante Dios, en quien siempre he mantenido mi confianza. Mi intención era que en el Sodalicio se dieran cuenta de que tenían como una bomba de tiempo que en cualquier momento podía estallar, y si bien yo ya no me podía identificar ni ideológica ni espiritualmente con la institución, era consciente —como lo sigo siendo ahora— de que sigue siendo con todo derecho parte del Pueblo de Dios. Y yo, como miembro de ese Pueblo de Dios, tenía una responsabilidad ante todos los miembros de la institución y las personas que de ella dependían, a saber, todos aquellos que como ustedes forman parte de la Familia Sodálite.

La oportunidad llegó a inicios de 2010 durante un breve viaje a Lima, cuando mi madre se hallaba muy enferma y se hallaba cercana su muerte. Con anterioridad yo le había enviado los tres escritos mencionados a un sodálite conocido con un alto cargo de responsabilidad. Ya en Lima, mientras pasaba momentos dolorosos junto a mi madre, cuya salud se deterioraba cada vez más, aproveché una mañana para tomar un desayuno junto con ese sodálite en un café-restaurante ubicado en el distrito de Miraflores. Contra lo que yo esperaba, se desarrolló una conversación muy tensa, donde en vez de conversar sobre aquellos aspectos problemáticos que yo veía en el Sodalicio, esta persona buscó primero hacerme “tomar conciencia” de que yo tenía serios problemas espirituales y psicológicos, juego al cual no me presté y que corté desde un inicio. Después se mostró más preocupado en saber con quién había compartido esos escritos que en aclarar los aspectos que yo detallaba, que es lo yo hubiera esperado que ocurriera. Finalmente, me dijo que todo lo que yo ponía allí era falso y que el Sodalicio podía denunciarme por difamación, aun cuando mis textos hasta el momento hubieran tenido sólo un carácter privado, pero que en acto de condescendencia, iba a borrar los archivos que yo le había enviado y olvidarse totalmente del asunto. Si el Sodalicio efectivamente había cambiado —como me aseguró este sodálite—, yo no noté ninguna diferencia en la manera como manejó el asunto que yo puse a su consideración.

Lo cierto es que esta conversación me dejó un mal sabor de boca, y tuve la certeza de que nada se iba a hacer para solucionar los problemas que yo creía ver en la institución. Y la culpa de ello no estaba en esta persona ni en otros sodálites de buena voluntad, sino en un estilo que terminaba configurando la mente y personalidad de los sodálites, haciéndolos sentir la necesidad de defender la institución a toda costa como si se tratara de una obra divina intocable y volviéndolos impermeables a toda crítica —aunque fuera constructiva—. Sentí que las puertas del diálogo no estaban abiertas, como no lo estuvieron cuando en el año 2003 tuve un desagradable intercambio de correos electrónicos con el sodálite Alejandro Bermúdez, director de ACI Prensa, e informé del asunto a otros sodálites con altos cargos en la institución, sin recibir jamás una respuesta.

Regresé a Alemania antes de que mi madre falleciera. Por lo menos, ella sabía que yo había estado a su lado —pues me había esperado antes de dar el paso definitivo hacia la otra vida— y pude acompañarla en algunos momentos de su agonía. Y ahora me dejaba un legado que no podía ignorar: aunque había cometido errores durante su vida, siempre había buscado lo mejor para nosotros sus hijos, siguiendo su conciencia. Cuando me uní al Sodalicio, ella se opuso —pues como muchos padres y madres de familia de esa época, sospechaba de un grupo que ya desde entonces presentaba características sectarias—, pero cuando vio que era inevitable que yo tomara esa decisión, me apoyó personalmente en lo que pudo. Incluso cuando tomé la decisión de tomar otro camino que el de laico consagrado, no hubiera podido salir adelante sin su ayuda.

Ahora me encontraba ante un dilema. ¿Debía dejar las cosas como estaban, callar, dar vuelta a la página y contentarme con tener una vida burguesa al lado de mi familia, ajeno cualquier problema de este tipo? ¿O debía dar a conocer lo que sabía, para que alguien se animara a buscar una solución a los problemas? En mi primer blog LA GUITARRA ROTA ya había hecho públicas algunas críticas veladas al Sodalicio, sin mencionarlo por su nombre. Pero eso no era suficiente para que se hiciera algo. Y yo tenía entonces el presentimiento de que en algún momento iban a aparecer uno o más casos de abusos sexuales. No podía ser de otra manera en un sistema rígido de disciplina estricto que pretendía la santidad de aquellos que se sometían a él, pero que manipulaba sus conciencias, aplicaba técnicas de control mental y restringía su libertad. Lo que entonces era una suposición se iría convirtiendo después en certeza, sobre todo cuando a partir de 2011 en adelante comencé a recibir varios testimonios de gente que había sufrido daño psicológico bajo ese sistema disciplinario.

Por el momento decidí dejar el asunto en stand by, mientras buscaba nuevas vías para mantener mi inserción en la Iglesia. Seguí frecuentando a algunas personas del Movimiento Schönstatt, con las cuales sigo manteniendo relaciones de amistad. Guardo muy buena opinión de ellos y sigo dispuesto a apoyarlos en lo que hagan, aunque no comparta todas sus aproximaciones a la vida cristiana. Su sede principal en Vallendar, cerca de la ciudad de Coblenza, es un lugar de encuentro donde se respira paz y espiritualidad, y que atrae a peregrinos de todo el mundo. Es un oasis religioso en una Alemania donde, si bien siempre hay en las parroquias un pequeño grupo de gente que participa de la vida parroquial y mantiene viva la fe de las siguientes generaciones, la cosa no suele ir más allá de un estilo de vida cristiana acomodada, sin mayores riesgos. Y la escasez de sacerdotes se hace sentir, pues con el paso del tiempo se fusionan cada vez más parroquias, sin que se vislumbre un cambio de tendencia en el futuro. También dediqué mi tiempo libre a leer y seguir informándome sobre otras asociaciones con muchas características en común con el Sodalicio: el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, sobre todo.

Cuando en febrero de 2011 se hizo público que Germán Doig, ya fallecido, quien había sido Vicario General del Sodalicio (es decir, el segundo en la cadena de mando después del Superior General), había cometido abusos sexuales en perjuicio de tres jóvenes varones, no me llamo la atención que hubiera ocurrido un hecho así en el Sodalicio. Lo que sí me sorprendió fue quién era el abusador, una persona que yo había conocido personalmente de cerca y con quien había compartido techo y mesa durante años. Si alguien gozaba de prestigio y fama merecida de santidad en el Sodalicio, ése era Germán Doig. Además, la vida de Germán Doig sólo tenía sentido dentro del marco del Sodalicio, pues no solamente le había dedicado toda su vida desde que era adolescente, sino que él mismo había contribuido a configurarlo tal como era en la actualidad y se le consideraba la encarnación ejemplar del ideal sodálite, incluso más que el fundador Luis Fernando Figari.

Si Germán Doig había cometido los reprobables actos que se le atribuían, entonces la conclusión caía por su propio peso: el mismo sistema de vida y disciplina tenía graves fallos que podían estar afectando la vida otros sodálites, así como me afectaron a mí, generándome angustia y obsesiones sexuales, que —gracias a Dios— nunca me llevaron a abusar de otras personas. Además, tenía la certeza de que el Sodalicio, fiel a su costumbre de mantener en secreto todo lo relacionado con los interines de la institución y de sólo dar a conocer lo que se podía saber por otras fuentes, estaba ocultando el verdadero alcance del problema. La versión oficial del Sodalicio —para mi indignación— fue que Germán Doig había sido un caso aislado  y que eso, si bien les dolía en el alma, en nada afectaba la naturaleza buena de la institución como obra querida por Dios. Sólo se admitió públicamente que había tres víctimas, cuando lo más probable es que eso sólo fuera la punta del iceberg y hubiera más víctimas que por el momento guardaban silencio. No sólo suponía yo que podrían haber más víctimas, sino también que probablemente habían más abusadores. Y si esto era así, yo no podía seguir callando y seguir viviendo como si nada hubiera pasado, sin convertirme con mi silencio en cómplice de los autores del delito. Y en cierto sentido también en victimario, pues quien posee información relevante para aclarar ciertos delitos y prefiere guardarlos bajo siete llaves a fin de no crearse problemas, se convierte en un encubridor y causa por su omisión mayor sufrimiento en las víctimas.

El problema radicaba en cómo comunicar lo que yo sabía y las reflexiones que ello había suscitado en mí. Durante ese año conversé con un par de amigos cercanos al respecto y pude tomar contacto con algunas personas que habían estado en primera línea en lo referente al caso de Germán Doig. A su vez, seguía lo que iba apareciendo en la prensa con gran decepción, pues siempre se mezclaban medias verdades e información incorrecta con los datos ciertos que se publicaban. Sobre todo percibía que había una falta de comprensión de lo que era el Sodalicio y la manera de ser de los sodálites. Poco a poco me fui convenciendo de que sólo alguien que hubiera experimentado el Sodalicio desde dentro podía presentar información adecuada y pertinente sobre la institución y poner el dedo en la llaga. Sabiendo cómo reaccionaba el Sodalicio ante quienes lo criticaban públicamente, la tarea no se presentaba nada fácil.

Sabía que me hallaba en una encrucijada de la vida, pues la decisión que estaba tomando iba a tener consecuencias indeseables sobre mi vida, pues como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia —tal como se manifestó de manera modélica en la vida de Jesús—, quien muestra lo que los demás no quieren ver y habla de aquello que el común de la gente —en aras de su tranquilidad burguesa— prefiere no saber que existe, termina siendo objeto de desprecio, difamación y ostracismo. La historia de la humanidad está atravesada de cabo a rabo por actos de complicidad a fin de guardar las apariencias.

Y efectivamente ocurrió así. Desde que comencé a publicar lo que sabía, no he tenido un solo momento de paz. Incluso he sufrido la dolorosa oposición de aquellas personas a las que más amo. Aún así, no me arrepiento de haberlo hecho. Además de que me he librado de un ominoso cargo de conciencia que me hubiera atormentado por el resto de mi vida, soy consciente de que con mis escritos he contribuido a darle una luz de esperanza a las víctimas no sólo de abusos sexuales sino también psicológicos e incluso físicos, y, en cierta medida, a que el Sodalicio tome conciencia de algunos problemas y, mal que bien, se abra a la posibilidad de efectuar cambios y reformas. Sé que esto va a tomar mucho tiempo, pues es difícil lidiar con una estructura rígida que hunde cimientos en los tiempos fundacionales de la institución.

He perdido amigos y he ganado otros, pero también me he ganado el respeto de muchos, que me consideran una persona que dice las cosas con franqueza y transparencia y que no se deja llevar por la corriente sino que habla con libertad desde su propia experiencia y no teme abrirse a nuevas perspectivas. Razón por la cual algunos católicos de mentalidad conservadora han juzgado erróneamente que he perdido la fe o que estoy en contra de la Iglesia católica, cuando en realidad nunca me he sentido más católico que ahora, sobre todo cuando el actual Papa Francisco regresa a las raíces del Evangelio y proclama un mensaje renovado que entronca directamente con la predicación de Jesús y por ello causa escándalo entre los acomodados y aquellos que creen que su propio estilo de vida burgués es del todo compatible con las exigencias de la vida cristiana.

He sabido a través de las noticias y de otras fuentes que el periodista Pedro Salinas va a publicar en breve un libro de investigación sobre el Sodalicio, donde se van a conocer detalles de la vida de Luis Fernando Figari de los cuales muchos preferirían no enterarse. ¿Contaremos ahora con evidencias que demuestren fehacientemente lo que ya se sospecha desde hace tiempo respecto a Figari?

Recuerdo que el 9 de septiembre de 2003, cuando yo todavía era adherente sodálite, mi amigo Carlos Aguilar me escribió en un e-mail (que aún conservo) lo siguiente: «Para mí mismo, si Luis Fernando Figari empezara a blasfemar y resultase incluso un pedófilo (Dios nos libre), tengo claro lo que quiero, lo que sigo y cómo lo sigo. Y no implica la falta de santidad de las personas debajo suyo. En este sentido ya estamos grandecitos». Este criterio me sigue pareciendo válido. La fe y el compromiso no deben depender de la buena o mala reputación que tenga alguien en quien depositamos nuestra confianza o de la buena o mala imagen que tenga una institución que forma parte de la Iglesia, pues la inenarrable experiencia de sentirse llamados por Jesús trasciende todas esas realidades frágiles y efímeras. Lo único que permanece es ese lazo invisible que nos une bajo el influjo del Espíritu Santo en un solo Pueblo de Dios, donde todos somos hermanos en Cristo y estamos llamados a amarnos y respetarnos mutuamente.

Guardo en mi corazón los testimonios de las personas que se han comunicado conmigo, tanto para contarme sus experiencias positivas como las negativas, y soy consciente de que no puedo defraudar a ninguna. Sé que vienen tiempos difíciles para los miembros de la Familia Sodálite, cuando al final se sepa lo que durante tanto tiempo ha permanecido oculto. Será motivo para discernir en quién se ha puesto la confianza y para observar la amplitud y grandeza de la Iglesia, con toda su riqueza de historias personales, que no pueden quedar encerradas en pequeños rediles de carneros de actitud autocomplaciente que sólo se miran el ombligo. Hay muchas más estrellas en el horizonte de las que uno puede imaginar.

Tengan en cuenta que las instituciones eclesiales (órdenes, congregaciones, institutos, etc.) son pasajeras: nacen, crecen y luego se estancan, o decaen para finalmente desaparecer, según aprendí en mis primeros años de formación en el Sodalicio, cuando Vida y muerte de las órdenes religiosas de Raymond Hostie era un libro de lectura frecuente entre nosotros. No importa que un bote se hunda, si sabemos que la barca de la Iglesia no se hundirá, según la promesa de Jesucristo. De modo que a remar todos juntos, y por favor sin intentar tirar a otros pasajeros por la borda solamente porque juzguemos erróneamente que no son dignos de estar en el mismo navío. No vaya a ser que al final terminemos hundiéndonos nosotros mismos por no tener el pasaporte del amor fraterno en nuestras manos.

Recuerden a este humilde hermano, que aceptó el camino del ostracismo y del olvido —olvido que alcanza también a la mayoría de las 92 canciones que he compuesto hasta ahora— sólo porque decidió actuar en conciencia y contar su propia historia, hacer uso del pensamiento crítico y dar a conocer los tesoros que ha descubierto en la libertad de los hijos de Dios. No quiero nada a cambio, sino sólo la satisfacción de haber ayudado a otros hermanos para que abran los ojos y vean la luz sin ningún temor, esperando que no pierdan la fe cuando se cierna sobre ellos la noche de la desilusión. Pues allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, como decía San Pablo en la Carta a los Romanos (5, 20).

A todos un cariñoso saludo en Cristo y María,
unidos en la fe, la esperanza y el amor,

su hermano peregrino en el mismo Pueblo de Dios,

Martin

SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO.

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Era fines de diciembre de 1992 y mi vida había sufrido cambios dramáticos en el lapso de una semana. Me encontraba viviendo en la comunidad Inmaculada del Rosario en San Bartolo, un balneario situado a 50 kilómetros al sur de Lima. Atrás quedaban mi fuga en la madrugada de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), las horas de angustias pasadas ante el derrumbe de mis sueños e ilusiones, las amargas lágrimas vertidas, y en esos días de fresca brisa marina con que se iniciaba el verano me asaltaban las dudas sobre los pasos que tenía que dar de ahora en adelante y las decisiones que debía tomar en el camino que la vida me deparaba. Me sentía cogido de la mano de Dios, de una presencia siempre cercana y que ahora, más que nunca, percibía a flor de piel. Como si la hubiera visto con mis propios ojos. Había terminado hace poco una semana de ejercicios espirituales, alejado de las preocupaciones cotidianas que a veces no nos permiten concentrarnos en lo esencial y ver qué equipaje llevamos para la ruta, y en esa soledad despojada de requerimientos y urgencias, tuve más que nunca la certeza de que Dios estaba conmigo y nunca me abandonaría.

Miguel Salazar, superior general de las dos casas de formación de San Bartolo que existían entonces y que residía habitualmente en la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, al otro extremo de la Ribera Sur, había sido un amigo muy cercano desde que ambos nos unimos al Sodalicio de Vida Cristiana en el año 1978. Él era el motivo principal por el cual había decidido encaminarme hacia San Bartolo después de mi huida nocturna. En las aciagas circunstancias que estaba viviendo, sentía que él era la única persona en la que podía depositar mi confianza. A diferencia de mí, él hizo una carrera meteórica dentro de la institución, ascendiendo rápidamente dentro de la jerarquía de rangos hasta llegar a emitir su promesa de profeso perpetuo ‒sodálite consagrado que ha emitido de por vida promesas formales de obediencia, celibato y comunicación de bienes‒, ocupando muy pronto puestos de responsabilidad, sobre todo en áreas que tuvieran que ver con el trabajo intelectual y la formación de candidatos a la vida consagrada, mientras que mi ascenso había sido lento y prolongado, pues a criterio de los responsables, yo tenía muchos problemas que resolver y no era tan dócil y maleable como otros. Además, se me catalogaba como un “marciano”, es decir, como una persona que vivía en otro planeta y no andaba con los pies en tierra. Y no es que no percibiera lo que pasaba en la realidad, sino que mi percepción se movía a otro nivel, lo cual, unido a una capacidad reflexiva y una intuición penetrante, me permitía ver con mayor profundidad algunos aspectos que a otros se les escapaban. Este proceso intuitivo podía ser muy lento, pero por lo general era certero. Pero como contraparte, tenía el problema de que pasaba por alto muchos aspectos inmediatos y prácticos de la vida que a otros les eran evidentes. Es algo difícil de explicar para quien no lo ha experimentado. Asimismo, estaba dotado con un cierto don de sensibilidad artística, que ya me había abierto ciertas vetas de libertad interior en un medio donde las ideas, sentimientos y actitudes solían estar parametrados y encorsetados en una ideología que se erigía como único pensamiento válido. Es decir, en el Sodalicio se prescribía qué se debía pensar, qué se debía esperar, qué se debía sentir. Como cuando en las celebraciones litúrgicas sodálites quien dirige la ceremonia indica en cada comentario qué es lo que debe sentir la asamblea: “con alegría”, “con el corazón arrepentido”, “con entusiasmo”, “con actitud reverente”, etc.

Terminado el retiro, Miguel vino a comunicarme que se había decidido a alto nivel que me quedara por tiempo indeterminado en San Bartolo y que entraba en una etapa de “discernimiento vocacional”. Lo cual quería decir que quedaba abierta la posibilidad de que dejara de ser un consagrado con obligación de obediencia y celibato y tendría libertad para casarme si quería, pero en el fondo significaba que iban a mover cielo y tierra para convencerme de que me quedara en comunidad, pues dentro del concepto rígido de “vocación” que se ha manejado en el Sodalicio, quien ha sido llamado por Dios a una vocación determinada sólo puede realizarse personalmente, ser feliz en este mundo y alcanzar la salvación en la otra vida si es fiel y persiste en el camino al que ha sido llamado. Por el contrario, si lo abandona, supuestamente nunca será feliz en este mundo y pondrá en riesgo su salvación eterna. Y así fue como se me plantearon las cosas. En otras palabras, en el tiempo que me quedaba por delante tenía que tomar una decisión que era de vida o muerte, y de ella dependía toda mi vida, mi destino, mi futuro.

Seguir un camino para el cual Dios no lo había llamado a uno significaba optar por la muerte. La vida matrimonial era considerada también una vocación, por lo cual también se pensaba que debía ser objeto de un llamado especial de Dios. En realidad, cualquier camino que se siguiera era considerado una vocación, por lo cual, antes de seguirlo, había que tener alguna señal de que ésa era la senda a la cual Dios lo estaba llamando a uno. Equivocarse de camino constituía una desgracia, pues implicaba atraer sobre sí a los heraldos de una infelicidad segura tanto en esta vida como en la otra.

Al hallarme ante esa alternativa ‒que veía tan real e inexorable como todo aquello que me habían metido en la cabeza‒ y ante el miedo de tomar una decisión equivocada que podría arruinar mi vida por completo, se iría generando en mí una intensa angustia que me acompañaría durante todo el tiempo que estuve en San Bartolo, hasta el punto de desear que me sobreviniera algún accidente fatal que segara mi vida y me hiciera descansar plácidamente en brazos de la muerte, con la certeza de haber sido fiel a mis promesas hasta el último momento. Me aterraba la posibilidad de tomar una decisión equivocada y prefería que ese momento nunca llegara. Sentí que me hallaba entre la vida y la muerte. Ideas suicidas nunca pasaron por mi cabeza. La muerte tenía que llegarme de la mano de Dios, y diariamente rezaba para que en su misericordia tuviera a bien acogerme pronto en su seno. Tenía la sensación de haber llegado al final del camino.

A partir de ese momento, cumplí con todas las actividades, incluso la más riesgosas, sin importarme mi integridad física. Cuando un ser humano siente que no tiene ya nada que perder, está dispuesto a soportar la pruebas más duras sin importarle nada. A decir verdad, nunca estuve en real situación de riesgo, dado que en ese entonces contaba con un físico saludable acostumbrado a los ejercicios corporales. Y sabía como moverme en la mar cuando ésta estaba movida y las olas reventaban con bravura. Una muerte por ahogamiento en el mar era altamente improbable. Confiaba más bien en que ocurriera un fatal accidente de tránsito en el momento más inesperado. O una caída con consecuencias letales. En fin. Todavía no sabía que la muerte asomaría fugazmente por un segundo de una manera insólita, para irse sin dejar huella ni sombra en esas circunstancias de mi vida.

De la comunidad Nuestra Señora del Pilar de Barranco (Lima) ya me habían enviado mis enseres personales, principalmente ropa y zapatos. Mi nutrida biblioteca personal todavía se hallaba allá y no sabía qué iba a ser de ella. Lo que sí se me comunicó es que Alfredo Garland, superior de esa comunidad, había decido donar al Colegio Santa María de Chincha (Ica) ‒que estaba bajo responsabilidad del Sodalicio‒ mi colección de música clásica, conformada en su mayoría por cassettes originales de colecciones de Salvat ‒Los Grandes Compositores, Musicalia y Los Grandes Temas de la Música‒ en aplicación de un artículo de los estatutos del Sodalicio de Vida Cristiana que estipulaba que el uso de los bienes personales de los sodálites de vida consagrada se regían por la obediencia. Como se recordará, mi caída en desgracia estaba relacionada con una “desmedida” afición por la música. Y a grandes males, grandes remedios.

Esto contribuyó a aumentar mi sensación de desamparo. Ya había sido despojado de mi anterior vida y de toda certeza y seguridad respecto a mi futuro, para además ser despojado de una de las cosas que más apreciaba entonces: la música clásica. Aún así, no protesté y me mantuve en silencio, alimentando sin embargo el deseo de recuperar algún día mi colección cuando hubiese salido del hoyo en que me hallaba ‒si es que lograba salir‒. Garland había interpretado los estatutos en el sentido de que tenía la potestad para disponer como creyera conveniente de mis pertenencias, sin consultarme previamente. Mi propia interpretación era distinta: como superior mío, Garland podía darme una orden respecto a qué hacer con mis pertenencias, ante lo cual yo podía obedecer, o simplemente negarme a hacerlo ‒lo cual podría hacerme merecedor de una sanción‒, pero de ninguna manera podía hacer con mis cosas lo que quisiera prescindiendo de mi voluntad y pasando por encima de mi libre albedrío. Pues si algo se rige por la obediencia, entonces debe haber un acto de voluntad y respuesta libre por parte de la persona que está sometida a régimen de obediencia. Y a mí no se había ordenado nada. Además, en ese momento Garland ya no era mi superior. Aún así, había dispuesto de mis pertenencias sin respetar mi libertad, condición esencial para que se pueda hablar de obediencia consciente y voluntaria. Yo estaba convencido de la ilegitimidad de lo que había hecho Garland. Pero no me hallaba en situación de protestar ni de reclamar lo que me correspondía. Debía tener paciencia y esperar a que llegara el momento oportuno.

Esta forma de proceder con los bienes de aquellos sodálites que han entrado en crisis o han decidido desligarse de la institución no era cosa nueva en la institución. Eso lo sabe el primer profeso perpetuo que decidió salirse de una comunidad sodálite. La persona a la que me refiero vivía en la comunidad San Aelred en Magdalena del Mar (Lima) allá en el año 1983, cuando yo también era uno de sus integrantes. Poseía una camioneta que había comprado con dinero propio a nombre de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), una de las entidades fachada del Sodalicio que tenía como fin captar donaciones para poder cubrir gastos diversos ‒como, por ejemplo, los presupuestos de las comunidades‒. La adquisición del vehículo se había hecho a través de esta modalidad a fin de reducir el precio a pagar, ya que APRODEA, como asociación sin fines de lucro, estaba exenta del pago de impuestos. El día en que decidió irse de la comunidad, buscó las llaves del vehículo y no las encontró. El encargado de APRODEA las tenía en sus manos y no quiso devolvérselas. Si se iba, la camioneta se quedaba. Y así sucedió. Legalmente no se podía hacer nada. El Sodalicio “adquirió” de esta manera una camioneta relativamente nueva a costa del bolsillo ajeno.

Algo similar, aunque en menor escala, pasó en ocasiones con las bibliotecas personales de quienes renunciaban a la vida consagrada, adquiridas con dinero propio. Sucedía a veces que esos libros terminaron engrosando las bibliotecas de las casas sodálites. Algunos libros de mi biblioteca personal, por ejemplo, habían pertenecido a la persona que Pedro Salinas llama Eugenio Poggi en su novela Mateo Diez. Poggi recuperaría posteriormente gran parte de su biblioteca personal, pero no sin que hubiera un pequeño saqueo previo. El mismo José Enrique Escardó ha detallado esta práctica en su caso personal (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/del-sodalicio-luis-fernando-figari-y-de.html):

«Otro mandamiento que no respetan los líderes del SCV es “no robar”. Cuando vivía en sus comunidades, recibía un dinero mensual de la renta de un departamento de mi propiedad que en ese momento tenía alquilado. Unos 250 dólares mensuales. Entregaba la mitad al superior de la casa, Miguel Salazar, y la otra mitad la guardaba para mis gastos personales. Y todos los meses compraba solo dos cosas: ropa y libros. Considerando que viví en comunidad alrededor de un año y gastaba unos cien dólares en literatura, mi inversión total en lectura fue de unos 1 200 dólares. Además, llevé todos los libros que había comprado antes, incluyendo colecciones completas de uno que otro autor. Mi colección de libros costaba en total unos dos mil dólares. Días después de irme del SCV, solicité la devolución de los textos y me la negaron. En buen cristiano, se los robaron. Y, por supuesto, en ese momento yo aún tenía mucho miedo de enfrentarme a ellos.»

No siempre se procedió de esta manera. Me parece que mucho dependía de quién era la persona que se iba. De todas maneras, siempre había una categoría de publicaciones que eran requisadas en el momento en que se sabía de la defección de un miembro: todas las publicaciones sodálites de uso interno, entre ellas los folletos conocidos como Memorias de Luis Fernando Figari. Si algunos ejemplares de las Memorias de Figari lograron superar esta purga, hasta ahora no hay ‒que yo sepa‒ ningún ejemplar de los Estatutos o Constituciones del Sodalicio de Vida Cristiana que lo haya hecho. Se trata de uno de los documentos más celosamente guardados en el Sodalicio, que rige todos los aspectos de la vida institucional, pero cuyos contenidos se mantienen en secreto. El texto es inaccesible incluso para gran parte de los sodálites de comunidad, pues sólo tienen derecho a poseer un ejemplar quienes hayan emitido por lo menos la promesa de profeso temporal. A los demás sólo les era permitido acceder a los 16 primeros artículos que forman la primera parte, y se llegaba al conocimiento de algunas normas meramente por transmisión oral. Lo cual constituía un problema y se prestaba a abusos, pues la vida de los sodálites de rangos inferiores terminaba siendo regida por normas cuya formulación textual exacta les era desconocida.

En fin, retomando el hilo de mi relato, a partir de ese momento formaría parte de la comunidad Inmaculada del Rosario y me convertiría, con 29 años de edad, en su integrante de mayor edad, por lo cual recibiría durante el tiempo que pasé allí el apodo de “El Abuelo”. Ni siquiera el superior, Gonzalo Len ‒quien sería posteriormente ordenado sacerdote‒, me superaba en edad. Sin embargo, debido a mi situación particular, mi régimen de vida iba ser distinto. Iba a compartir la disciplina de los “monjes”, dentro de la cual se hallaban en esa comunidad otras dos personas: Rafael Ísmodes y Francisco Rizo-Patrón. Lo cual significaba, en primer lugar, que nuestro horario era distinto que el de los demás miembros de la comunidad. Nos levantábamos temprano, a eso de las cuatro de la madrugada, nos dábamos un chapuzón en el mar, después nos duchábamos y aseábamos, y luego nos dedicábamos a actividades espirituales durante unas dos horas más o menos, cumpliendo con algunas de estas cosas: oración mental o lectio divina, lectura bíblica, lectura de algún autor espiritual, lectura de un texto de Figari, rosario y, sobre todo, debíamos recitar las horas principales de la Liturgia y de las Horas, que comenzaban con Maitines. Las Laudes las rezábamos después, poco antes del desayuno, junto con la comunidad. Y las demás horas (Hora Intermedia, Vísperas y Completas) las intercalábamos en el transcurso del día. Cuando los demás miembros de la comunidad se levantaban, hacíamos ejercicios junto con ellos, pero después asumíamos las actividades de servicio como preparar el desayuno, y más tarde en el día poníamos la mesa para el almuerzo y la cena. El resto del día lo dedicábamos a completar las actividades de oración que nos faltaran y a los estudios de teología, espiritualidad y temas de formación. Nos acostábamos para dormir a las ocho y media de la noche, después de la cena, mientras que el resto de la comunidad recién se iba a la cama poco antes de la medianoche.

Si bien Luis Fernando Figari había propuesto la categoría de “monjes” como un estilo de vida que quería incluir en el Sodalicio, esta propuesta nunca llegó a cuajar del todo. Resulta curioso que quienes vivieron en el Sodalicio bajo un régimen “monacal” eran personas que estaban pasando por una crisis, que habían cometido alguna falta grave o que, como supe después, tenían tendencias homosexuales. Lo cual me lleva a preguntarme si alguna vez hubo la intención de oficializar este estilo de vida dentro del Sodalicio, o simplemente fue una fachada para justificar a ojos de los demás sodálites la disciplina especial a la que se sometió a ciertas personas. Lamentablemente, no dispongo de datos suficientes para sustentar una u otra posición, y la pregunta queda abierta.

Que a mí se me consideraba inmerso en una crisis existencial grave lo demuestra el hecho de que Miguel Salazar me propusiera someterme a un examen psicológico. Pues según la mentalidad sodálite aquel que se sentía inclinado a abandonar el camino de la vida consagrada no podía estar mentalmente sano. Se partía del principio de que Dios no se equivoca y, por lo tanto, el llamado divino a una vocación como la sodálite era irrevocable. En consecuencia, quien quería abandonar ese camino tenía que estar mal de la cabeza. Ahora bien, tampoco me podían enviar donde cualquier psicólogo. Luis Fernando Figari siempre nos había inculcado que un buen psicólogo debía tener una concepción filosófica correcta y verdadera del ser humano. De lo contrario, podía hacer mucho daño al recetar soluciones contrarias a la naturaleza humana. De ahí su desconfianza hacia la mayoría de los psicólogos, sobre todo si seguían principios de la teoría freudiana. Dado que el único concepto del hombre que se admitía como válido es el que postulaba la doctrina cristiana, el psicólogo tenía que ser expresamente cristiano para poder ayudar terapéuticamente a las personas. En opinión de Figari, los demás psicólogos, por más profesionales que fueran, junto con el bien que pudieran hacer terminaban también haciendo daño a las personas. Con el paso del tiempo, el Dr. Carlos Mendoza, miembro de larga trayectoria en la Familia Sodálite, ha terminado convirtiéndose en el psicólogo del Sodalicio. A él le envían los casos problemáticos, asegurándose también de esta manera en la medida de lo posible que nada de lo ocurrido al interior de las comunidades llegue a conocimiento de psicólogos profesionales independientes y ajenos a toda la parafernalia del estilo de vida sodálite.

En mi caso, la persona elegida para hacerme el análisis psicológico en ese entonces fue una estudiante de psicología, Liliana Casuso, que actualmente forma parte de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la asociación de vida consagrada para mujeres fundada por Figari. Los resultados de los tests que me tomaron le fueron enviados a Miguel Salazar, quien se reunió después conmigo para comentarlos. No hubo ninguna sorpresa ni novedad, nada fuera de lo común ni que yo no supiera antes, salvo el hecho de que se indicaba que yo podía tener una cierta tendencia homosexual. Miguel, quien siempre se ha caracterizado por poseer grandes dosis de sentido común, relativizó este dato, indicándome que no le diera importancia, pues tanto el como yo sabíamos perfectamente que yo era heterosexual.

Aunque en su momento no le di ningún peso a este detalle, con el paso del tiempo y luego de haber recibido algunos testimonios, se ha convertido en un asunto que me ha llamado la atención. Han habido varios casos en de jóvenes que estuvieron en el Sodalicio, a los cuales se les hizo dudar de su orientación sexual, sugiriéndoles la posibilidad de que fueran homosexuales. Ciertamente ha habido muchachos homosexuales en el Sodalicio, a los cuales se admitía teniendo los responsables conocimiento de su orientación sexual, e incluso hubo quien fue admitido como candidato al sacerdocio. Si bien en lo doctrinal el Sodalicio siempre ha sido explícitamente homófobo, a Figari y compañía no parecía molestarles en lo absoluto tener entre sus filas a homosexuales. Pero en los casos a los que me refiero más arriba, se trata de jóvenes que tenían cierta indefinición sobre su identidad sexual ‒cosa que ocurre con cierta frecuencia en la adolescencia‒ o eran claramente heterosexuales. Cito al respecto dos comentarios que se han hecho en mi blog en el post SODALICIO Y SEXO.

Santiago dijo: 30 de enero de 2013 en 7:57

«A modo de anécdota recuerdo que en un consejo comunitario a los que habíamos pasado a vivir una experiencia comunitaria (de 5 a 10 chiquillos), a uno de nosotros a voz en cuello le preguntaban si ya había comenzado a soñar con hombres desnudos, que eso era común cuando en comunidad se vive…»

Isaias dijo: 2 de febrero de 2013 en 17:59

«Cuando entré a vivir a comunidad siendo muy joven, en la pared de la casa había una frase grandota al lado de una imagen de Luis Fernando que decía: “EL SODALICIO ES LO QUE LOS SODÁLITES SON”, lo que me pone a pensar mucho, cuando dicen que esto es sólo de casos aislados y no de la comunidad.

Yo siento que fui agredido sexualmente de una manera muy cruel y nunca me tocaron mis partes íntimas (pues la sexualidad no sólo es el acto carnal), ya que entré al Sodalicio sin ninguna experiencia sexual carnal y salí de la misma manera, pero en los 10 años de mi estadía no hubo un día en que no se me insistiera en el mismo tema, con las preguntas casi enfermizas de si me gustaban los hombres, de si los miraba y que si lo hacía en qué parte los miraba, hasta llegar al punto de que en una reunión de comunidad el superior afirmó que él sabía los actos indebidos que yo hacía en la ducha, cuando puedo jurar que en el tiempo que estuve en comunidad nunca ni siquiera me masturbé. Siento que fue tal su insistencia, que en el momento de salir de comunidad me generé la necesidad de pagarle a una mujer trabajadora sexual para salir de la duda, pero de igual manera accedí a tener relaciones con un hombre para sopesar qué me gustaba más. Para lo cual hoy después de haber madurado un poco veo innecesarios los métodos que utilice de autoafirmación, pero en ese tiempo tenía bien poca información sobre lo sexual, sólo las voces contantes de prohibir la homosexualidad pero siempre estar hablando de ella. Pero creo sinceramente que tanta insistencia en el tema generó grandes dudas en mí, que me llevaron a vivir en una inseguridad constante sobre mí mismo.

Recuerdo también como mi consejero, hoy sacerdote sodálite, disfrutaba a cabalidad de que le contara con detalles mis sueños nocturnos para después terminar con una bofetada en mi cara.»

Otro caso lo cuenta un ex-miembro de las Agrupaciones Marianas ‒que forman parte del Movimiento de Vida Cristiana (MVC)‒ a través de un testimonio que me ha llegado por correo electrónico, el cual, durante un viaje de misiones a algún lugar de la serranía peruana, fue involuntariamente testigo de un acto indebido por parte de Jeffery Daniels, un ex-sodálite a quien varios testimonios señalan como un abusador sexual. Reproduzco los párrafos correspondientes con autorización del testigo, aunque por razones evidentes deba omitir su nombre:

«Lo que siguió a ese evento fue una obra de arte de manipulación psicológica por parte de un depredador sexual como Jeffery.

Ese mismo día en la noche Jeffery nos juntó alrededor de él, sacó una Biblia, puso cirios y comenzó a hablar del pecado y dijo que sentía la presencia del demonio entre nosotros. Por supuesto, todos con miedo y hasta llanto… Él controlaba todo… Luego dijo que cada uno de los presentes estaba en falta con Dios y los mandó a dormir a todos menos a mí. Quería conversar conmigo. El camino ya estaba trazado psicológicamente: ya me sentía pecador.

Fue en ese momento que me preguntó sobre lo que había visto y me dijo que eso no ocurrió, que yo estaba mal, me dijo que yo podía tener tendencias homosexuales… ¡Cómo será de astuto ese huevón que llego a explorar en mi pasado y sacar un evento en el cual el tío de un amigo del colegio una vez me tocó el trasero y yo me asusté, y por miedo y por vergüenza no se lo conté a mi padre! Y como era algo que me perturbó de niño y en parte era mi secreto, se valió de eso para decirme que yo era cabro y que veía en otros cosas que no pasaban y que él no iba contar nada, que esto era un secreto entre los dos. Y así fue de ese momento en adelante. Nada tenía sentido. […]

Regresé de misiones pensando que podría ser cabro, que veía cosas que no eran y para colmo tenía un secreto con este pata que no podía contar por mi bien y por el bien del MVC (Movimiento de Vida Cristiana), ya que si yo estaba equivocado, podría causar mucho daño. […]

Semanas después ya no continué en el grupo de posibles sodálites. […] [Mi instructor] me mandó donde Carlos Mendoza, el cual, como era psicólogo, me iba ayudar a sacar el pecado, ya que su teoría era que cómo de niño me manosearon, yo pude sentir placer y ése era mi pecado. Y por esa razón me mandó donde un Padre que decían que era santo y se llamaba Muguiro. Fui donde el Padre, confesé mi supuesto gran pecado, que ‒a decir verdad‒ tuve que aceptar. Cuando se lo dije al Padre, ni le prestó atención . Al final, pecado inventado quedó reconciliado, pero de mi cabeza nunca salió la imagen de Jeffery tocándole el trasero a ese futuro sodálite. Lo peor es que nunca se lo dije a nadie, porque pensaba que él revelaría lo que me había ocurrido de chibolo.»

Sea o no sea verdad lo que aquí se cuenta, lo cierto es que hay indicios de que la insinuación de una orientación homosexual en personas que no lo eran supuestamente se usó en ocasiones como un medio de manipulación de las conciencias en el Sodalicio. Miguel Salazar nunca se prestó a esto. En mi caso, él consideraba que el resultado mencionado del test al que yo había sido sometido entraba dentro del margen de error.

Como ya he señalado, yo tenía clara mi orientación heterosexual. Incluso, en eso meses de angustia donde deseé a diario estar muerto, algo que fue alimentado en mí el deseo de vivir y la esperanza de un futuro mejor fueron las ilusiones de poder amar a una mujer como nunca lo había hecho en mi vida. A medida que pasaban los días, esa mujer ideal comenzó a tener nombre, el de una chica de ancestros alemanes a la cual en algún momento de mi vida había ayudado personalmente. Por supuesto que ella no sabía nada de lo que me estaba sucediendo, ni yo tenía ninguna importancia en su vida, salvo el hecho de ser un amigo que la había ayudado en un momento crítico de su vida. Más bien, los pensamientos que comenzaron a rondar mi cabeza tenían mucho de amor platónico, de construcción idealizada e inmadura de una relación que se me presentaba como un salvavidas en medio de las turbulencias que agitaban mi paisaje interior. Yo nunca había tenido una enamorada antes de conocer al Sodalicio, aunque sí me enamoré perdidamente una vez de una joven chica de mi salón de clase en el Colegio Alexander von Humboldt, sin ser nunca correspondido. En este aspecto, mi afectividad se había estancado en la adolescencia y no había madurado, debido a que desde muy joven me entregué al ideal sodálite. Gracias al control mental que allí se practicaba, muy pronto aprendí que debía controlar mi vida sentimental y guiarme unicamente por criterios racionales. Mi desarrollo afectivo quedó interrumpido en esa área concreta y todo ese mundo quedó sepultado, aunque todavía latente, bajo la disciplina que se vive en las comunidades sodálites. De alguna manera, afloró a través de mi vena artística en las canciones que componía, cargadas de una emotividad que se sustraía al corsé de las prescripciones tácitas que había sobre el tipo de canciones que quería Luis Fernando Figari que se compusieran en el Sodalicio.

Y precisamente fue en esa época de San Bartolo donde compuse una de mis canciones más sentidas y autobiográficas, a la cual le he puesto posteriormente el título de Sueño de amor en mi soledad desnuda. Esta canción, que refleja mi estado de ánimo de entonces, permanece inédita en la actualidad. La letra, que mezcla simbolismo religioso con pasión y sentimiento, es como sigue:

SUEÑO DE AMOR EN MI SOLEDAD DESNUDA

en mi soledad desnuda
el gusano de la nada
perforaba a bocanadas
un infierno sin salida
por la angustia acumulada
en el fondo de la herida
y la costra envejecida
de mi carne avergonzada
por la llaga tan temida
de la esperanza podrida
en mi espalda lacerada
por la mano abandonada
de vestigios de la vida
y la piel ennegrecida
y mortal

aún confiando en mi resurrección
puse en espera mi muerte anunciada
en alas de una luciérnaga viajera
crucé las sombras de un territorio en guerra
y tembloroso como el ave toqué a tu balcón
mi fiel amor

fue como un sueño de dulce ensoñación
como el encanto de un cuento de hadas
tu voz volando como una mariposa
sobre el dragón en mi oscuridad frondosa
lloviendo flores y los duendes cantándole al sol
mi fiel amor

con tu sonrisa amada
y tu suave mirada
tu ternura encendida
en mi memoria urgida
del sol sin demora
un rayo en la aurora
que calme la ira
de la marejada
en mi sangre caída
por gracia vertida
en tu copa de orquídeas
y fue como el amanecer
que ahuyenta los cuervos de mi tarde
fue como volver a ser
un niño en brazos de su madre
mi fiel amor
mi fiel amor

ya se muere la homicida
mala víbora engendrada
en la entraña avinagrada
por la fiera malparida
que agoniza malherida
por el tajo de la espada
del arcángel y su armada
en cruzada contra el mal

la mujer de la alborada
de luz solar vestida
sobre la luna erguida
y de estrellas coronada
besó con su mirada
mi fe robustecida
mi esperanza crecida
y mi amor

enamorado me puse a caminar
entre las ruinas de un largo pasado
te apareciste en mi senda dolorosa
como la brisa en una mañana hermosa
como el lucero de la tarde que refleja el sol
mi fiel amor

acompañado en mi peregrinar
por los fantasmas de lo derrumbado
tu aparición fue como la primavera
y ahora te canto y te llamo compañera
mi compañera de la espera, mi vida, mi amor
mi fiel amor

Como ya he señalado, no se trataba de una relación sentimental correspondida que existiera realmente, sino de un mundo de fantasía que yo había construido para encontrar una salida a la angustia que me acosaba diariamente. Pues a pesar de que los días transcurrían aparentemente plácidos con su rutina de ejercicios físicos, estudio, oración, meditación espiritual, continuamente me atormentaba la inseguridad de no saber cuándo y cómo iba a terminar todo esto. Yo me sentía atado bajo el peso de la promesa de profeso temporal que había hecho, cuya vigencia vencía en octubre de 1993. En virtud de esa promesa yo me había comprometido a vivir en celibato y obediencia a mis superiores en el Sodalicio. Romper esa promesa me parecía inconcebible, ya sea por dignidad personal ‒pues yo siempre he sido de cumplir lo que he prometido‒, ya sea porque se me presentaba como un rechazo a Dios. ¿No era el quién me había llamado a esa vocación? Además, si por esas cosas del destino tenía que dejar la vida consagrada en comunidades sodálites, debía hacerlo “por la puerta delantera”, después de un discernimiento serio y habiendo cumplido con todas las formalidades del caso. Lo que no me imaginaba era la intensidad de angustia que me iba a acompañar durante esos siete meses. El tener que pasar por este purgatorio es algo que han experimentado muchos de aquellos que decidieron abandonar la vida consagrada “por la puerta delantera” sin escabullirse por “la puerta trasera”, que consistía en tomar las de Villadiego entre gallos y medianoche o aprovechando cualquier oportunidad que se presentara para huir furtivamente de la comunidad. Pero eso significaba convertirse de un día para otro en una especie de “apestado” o “renegado”, ser tratado automáticamente como un “traidor” y perder de golpe todas las amistades que se tenía en la Familia Sodálite.

Lo cierto es que durante ese tiempo el deseo de abandonar definitivamente la comunidad fue madurando en mí. Descubría en mí características personales que encajaban mal dentro del estilo de vida de un sodálite consagrado y que me habían generado más de un problema, como mi libertad de pensamiento, mi espíritu crítico, mi sensibilidad artística ‒con una creatividad musical que se resistía a encasillarse en los parámetros fijados por Figari‒, mi gusto por la literatura no religiosa, mi afición a la música en sus expresiones más variadas, mi afición cinéfila orientada hacia la cinematografía artística y el cine alternativo, mi rechazo hacia todo lo que pareciera censura o restricción de la libertad de expresión, entre otras cosas. Además de que cada vez se me hacía más difícil guardar el celibato. Lo femenino se me presentaba como un misterio que necesitaba descubrir.

En ese tiempo hubo varias personas que conversaron conmigo, tratando de disuadirme de abandonar el camino de la vida consagrada, entre ellas Miguel Salazar, el P. Jaime Baertl y mi hermano. No dudo de que lo hicieran de buena fe y con las mejores intenciones. El problema estaba en que el concepto de vocación que manejaban era muy estrecho y rígido, como he descrito anteriormente. No se concebía una vocación ‒entendida como llamado de Dios‒ que fuera un proyecto de vida compuesto por diferentes etapas, entre las cuales podía estar el pertenecer durante un tiempo a una institución de vida consagrada. El compromiso definitivo con el Sodalicio se entendía como un acto irrevocable, con consecuencias imperecederas. Como un sello que quedaba grabado a fuego en el alma. Por eso mismo, quien decidía abandonar ese camino ‒sin importar lo legítimos que pudieran ser sus motivos‒ era considerado como un “traidor” y se consideraba que ponía en riesgo su salvación eterna. Quienes hablaron conmigo querían librarme de terminar algún día en el fuego infernal, sin importarles mucho el infierno interior que estaba viviendo dentro de la institución. Aun hoy en día hay quien ha manifestado preocupación por mi salvación. Ello es consecuencia lógica de haber absolutizado la institución y haberle atribuido características que sólo corresponden a la Iglesia como un todo.

El deseo de que me sobreviniera la muerte nunca dejó de acompañarme durante ese tiempo, aunque se fue mitigando debido a un incidente que relataré a continuación. Todos los días le rezaba a Dios para que acabara de una vez con mi vida a través de una muerte rápida e imprevista. Ese momento pareció estar muy cerca un día a temprana hora. Después del acostumbrado chapuzón matutino en el mar a eso de las cuatro de la madrugada, fue a darme el duchazo de rigor ‒cuyo sentido no veía muy claro, ya que el agua que salía de las tuberías en San Bartolo no era potable sino salobre como el agua de mar‒. Las duchas, en número de tres, consistían en unas cabinas adosadas al cerro, ubicadas en el patio externo de la casa. Cada cabina estaba conformada por la ducha propiamente, más un espacio previo de reducidas proporciones que hacía de vestidor. Ese espacio estaba iluminado por una bombilla de luz, que colgaba del techo a baja altura. Fue entonces que, después de salir de la ducha desnudo y mojado, cogí la toalla húmeda con las dos manos y la levanté por encima de mi cabeza para secarme la espalda. La toalla tocó la bombilla y sentí el golpe de una descarga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo. Afortunadamente, esa misma descarga ocasionó que doblara las piernas por efecto de la contracción muscular, lo cual hizo que la toalla dejara de estar en contacto con la bombilla. La cosa no pasó de un susto, pero a partir de entonces tuve la certeza de que mi hora definitiva, aunque se sintió cercana, había pasado de largo, pues aparentemente no estaba en los planes de Dios que recibiera la estocada final en ese momento y se me estaba concediendo una nueva oportunidad. No sé si debido a este incidente, o debido al hecho de que durante tanto tiempo la muerte fuera un huésped continuo de mis pensamientos, lo cierto es que le perdí todo miedo a la muerte y aprendí a convivir con ella. Me fui acostumbrando cada vez más a la idea de que algún día tendría que morir, y ese pensamiento le ha ido quitando gravedad a los contratiempos y desventuras que me han sobrevenido en la vida, permitiéndome vivir siempre con una actitud de esperanza. Pues todo lo que sucede, todo lo que uno tiene y acumula es pasajero, y algún día quedará atrás para siempre. Los únicos lazos que me atan a la vida son los que se generan a partir de alguna misión que tenga que cumplir, de la responsabilidad que tenga hacia otros, del deseo de compartir lo vivido, del amor que le debo a las personas queridas y a los amigos. Y a fin de cuentas, todo está en manos de Dios.

Por cierto, comenté el incidente durante el desayuno, pero todos lo tomaron a la ligera y fue motivo de sonrisas y bromas. Pero nadie, ni siquiera el superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒a quien sigo teniendo en alta estima por su actitud respetuosa y su trato humano‒, decidieron que se debía aplicar alguna medida de seguridad para evitar que este tipo de incidentes volviera a ocurrir. No los culpo. Ni yo mismo le tomaba entonces el peso a lo que era seguridad. Como tampoco se le daba mucha importancia en el Sodalicio en general, lo cual hizo que en ocasiones se pusiera en riego la integridad física, la salud y e incluso la vida de la personas. Recuerdo que una vez en San Bartolo a unos muchachos se les hizo nadar tantas veces ida y vuelta al islote que quedaba en medio de la bahía, que comenzaron a tener síntomas de hipotermia. El superior de la comunidad, tranquilo y con actitud risueña, hizo que les midieran la temperatura. El termómetro marcaba alrededor de los 35 grados centígrados. Sin alarmarse ni nada, como si lo que estaba sucediendo fuera la cosa más normal del mundo, hizo que les dieran vino de misa caliente, con lo cual poco a poco recobraron la temperatura normal.

He de admitir que de los tres períodos que estuve en San Bartolo, éste último fue el más suave y tolerable, a no ser por la angustia que me atenazaba a diario. Gonzalo Len y Miguel Salazar me trataron siempre con mucho respeto y me ayudaron, dentro de lo posible, a atravesar el trance por el que estaba pasando. Las actividades del día a día se inscribían dentro de una rutina de costumbre, dentro de la cual no hay ningún acontecimiento destacado que señalar. Tal vez el hecho de que hubiera la sensación de que yo estaba de salida hizo que no se pusiera sobre mis hombros exigencias fuera de lo común bajo cuyo peso terminara sucumbiendo interiormente. Quizá una de las cosas que cabe señalar es una inflamación de los músculos dorsales que me sobrevino, a tal punto que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. Tuve que guardar cama durante varios días y, por prescripción médica, recibir inyecciones dos veces al día. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé postrado, y sólo bajé a estar en la comunidad el día anterior en la noche para recibir esa fecha a la medianoche con saludos y abrazos. Parece que la lesión había sido ocasionada por los ejercicios físicos rigurosos que se acostumbraban en San Bartolo. En fin, nada del otro mundo.

A medida que pasaban los meses, cada vez estaba más convencido de que yo no estaba hecho para la vida en comunidades sodálites. Sin embargo, no tenía la intención de abandonar el Sodalicio, pues éste había orientado mi vida desde que yo tenía 15 años. A través del Sodalicio, una línea torcida más, yo había descubierto la fe cristiana que conservo hasta ahora. En esas circunstancias de mi vida, no concebía una vida fuera del Sodalicio. Además, yo no quería echar por la borda los años que había vivido en comunidad. Lo que viniera después tenía que darse sin solución de continuidad con lo que había vivido hasta ese momento. Y en el Sodalicio había la posibilidad de un cierto modo de pertenencia a la institución dentro de la vocación al matrimonio, a saber, la de los adherentes sodálites. El tiempo transcurrido en comunidades sodálites se me presentaba como una preparación necesaria para el camino que tenía por delante.

Es así que un día Miguel Salazar me comunicó que en julio de ese año podría dejar la comunidad e iniciar una vida en el mundo. Se me concedía licencia para poder reflexionar ante la mirada de Dios y en circunstancias distintas cuál era mi camino. Si decidía retomar la vida consagrada en el lapso que faltaba hasta octubre ‒que es cuando vencía mi promesa de profeso temporal‒ tenía las puertas abiertas para regresar. Si tomaba la decisión de no hacerlo, tenía la opción de entrar a formar parte de un grupo de sodálites que se estaban preparando para el matrimonio. Los once años pasados en comunidades me habían servido para resolver algunos problemas personales que tenía, encontrarme conmigo mismo, recibir mal que bien una formación cristiana, y ahora Dios me llamaba para seguir una senda distinta, que me permitiera no sólo desarrollar personalmente mis talentos y capacidades, sino también estar al servicio de los demás de manera más eficaz. La vida que yo había llevado en comunidades no era precisamente la idea que yo tenía de contribuir a cambiar el mundo, y ahora se me presentaba la oportunidad de aportar mi grano de arena para cumplir con esa tarea.

Lo que yo no sabía era que esta visión de la cosas no era compartida por muchos miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite. Pasaría mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que para ellos yo era solamente un fracasado, alguien que había abandonado el camino para el cual estaba originalmente llamado, una especie de “traidor” arrepentido, y como adherente sodálite mi compromiso era de segunda categoría y no ostentaba la radicalidad y entrega del compromiso de los sodálites de vida consagrada. Sólo Miguel Salazar seguiría confiando en mí, aconsejándome en mi vida espiritual y permitiéndome ayudar en algunas tareas de formación de comunidades sodálites, hasta que las circunstancias de la vida impidieron que siguiera prestándome ese apoyo. Fue enviado posteriormente a Colombia, y la distancia física junto a las obligaciones contraídas hicieron que nuestros caminos se separaran y la comunicación fuera cada vez más rala y distante. Aún así, si hoy me preguntaran a quien considero el sodálite mas honesto, sensato y generoso que haya conocido y que todavía forma parte de las filas del Sodalicio, no dudaría ni un solo momento en mencionar su nombre. Aunque Rafael Ísmodes y Manuel Rodríguez también estarían entre mis candidatos.

Es así que en julio de 1993 me mudé a la antigua casona de mi difunta abuela en El Olivar de San Isidro (Lima), donde vivía actualmente sólo una tía abuela muy querida acompañada de una empleada huancavelina que tenía dos hijos y de la hija adulta de una antigua cocinera de la casa que había muerto tras una larga y penosa enfermedad. De mi biblioteca personal, recuperé algunos libros que me servían para la docencia y todas las obras literarias que había ido adquiriendo a través de los años. El resto de libros, en su mayoría de teología, los doné a la comunidad Nuestra Señora del Pilar. Era imposible encontrar lugar para todos esos libros dondequiera que estuviera. También recuperé mis colecciones de música clásica casi completas. Me comuniqué con Juan Fernando Trivelli, sodálite que estaba a cargo del Colegio Santa María de Chincha, le expliqué la situación y por qué yo consideraba ilegítima la “donación” que había hecho Garland y accedió gentilmente a devolverme los cassettes.

Los pocos ingresos que tenía venían de mis clases como docente de teología en el Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), un instituto del arzobispado de Lima donde se formaba a profesores de religión católica. Durante mi estadía San Bartolo había pedido licencia para el primer semestre del año, y ahora retomaba mis actividades docentes en el segundo semestre a partir de agosto. Tenía sólo un título de licenciado en teología otorgado por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. La tesis para optar al grado la había sustentado en enero de ese mismo año, durante mi estadía en San Bartolo. Y ahora, con 30 años a cuestas, tras haber pasado más de once años de mi vida en comunidades sodálites, debía comenzar una vida nueva, en una realidad en la que me sentía como pez fuera del agua.

Vendrían años difíciles donde retomaría la educación sentimental interrumpida en mi adolescencia, conocería fugazmente el primer amor, sufriría penurias económicas, trabajaría aquí y allá como profesor y docente sin encontrar nunca un lugar donde quedarme, sería poco a poco marginado de actividades intelectuales y formativas en el Sodalicio, sería tachado de “loco” y “excéntrico” en el boca a boca del chismorreo de la Familia Sodálite. De entre los miembros de comunidades sodálites, con los cuales había compartido tantos momentos de mi vida, serían muy pocos los que me tenderían una mano para poder seguir adelante. Pero también conocería a mi mujer, el amor de mi vida, tendría la hermosa experiencia de fundar una familia y ver crecer a dos hijos, Carolina y Alexander. En fin, aprendería a vivir.

Aún así, la experiencia vivida ha dejado heridas en mi psique que se han manifestado en sueños hasta hace algunos años. He tenido pesadillas donde, aún estando casado, se me hacía volver a una comunidad para volver a pasar por una etapa de discernimiento. Sólo que esta vez el discernimiento era eterno y me era imposible salir de la comunidad, atado por unas cadenas invisibles y encerrado tras barrotes interiores, esperando en vano que me dieran la orden de irme y pudiera regresar por fin al lado de mi mujer. He tenido que romper esos barrotes del alma para poder ser libre. Y esa libertad de los hijos de Dios, garantizada por el amor inefable de Jesús, pase lo que pase, nadie me la podrá quitar. Que así sea.

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AGRADECIMIENTOS

Quisiera agradecer a las siguientes personas:

– A Miguel Salazar, por su amistad y comprensión, sin las cuales no hubiera podido salir del hoyo en que me encontraba.

– A mi difunta madre Catherine, que me apoyó y me ayudó en la medida de sus posibilidades, no solo para salir adelante en la vida en momentos aciagos, sino también para poder migrar a Alemania junto con mi familia y siguió preocupandose por nosotros y apoyándonos desde lejos hasta su muerte.

– A Miguel y Patty Rodríguez, amigos que con inmensa generosidad me ayudaron a insertarme en el mundo en momentos en que muchos aún mantenían actitudes de desconfianza y recelo hacia mí.

– A Eliana Elías, amiga entrañable que me dio varias lecciones de vida.

– A la Hna. Julia Estela, directora del Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), por la confianza que siempre depositó en mí, y por su entrega generosa y sacrificada para formar buenos profesores de religión entre la gente de pocos recursos.

– A César Augusto Chiappe, por haber defendido mi capacidad docente y mi libertad académica cuando fue director del Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de la Reconciliación”.

– A José Luis Pérez Guadalupe, por haberme convocado a participar en Santa Anita y San Juan de Lurigancho como docente del Curso de Teología a Distancia organizado por el Instituto de Teología Pastoral Fray Martín de la Diócesis de Chosica, lo cual me permitió tener una experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios como nunca la había tenido en el Sodalicio.

– A Genaro Matute, ex-Contralor de la República, el cual, cuando era decano de ESAN (Escuela de Administración de Negocios para graduados), siempre me dio ánimo y me apoyó para que finalizara la maestría en un área de estudios para la cual nunca me sentí capacitado.

– A Carlos Scerpella, Javier Pinto, Gustavo Kennedy, Julián Echandía y Carlos Aguilar, adherentes sodálites, por haber estado siempre dispuestos a escucharme y darme su consejo de amigos cuando lo necesitaba.

– A Manuel Rodríguez, adherente sodálite que también vivió alguna vez como consagrado en comunidades sodálites, por su amistad, honestidad y comprensión.

– A Gerardo Barreto, amigo leal e incondicional de buen corazón.

– A todos aquellos que, de una u otra manera, contribuyeron a que me librara del condicionamiento mental fundamentalista y sectario que tuve durante años y que todavía padecen muchos integrantes de la Familia Sodálite.

– Por último quiero agradecer a mi esposa María Eleana, quien me ha soportado durante los 17 años que estamos casados, y que sigue amándome a pesar de todo.

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Sobre el concepto de vocacion como llamado de Dios, vale la pena citar a Antonio Ruiz Retegui (1945-2000), quien fuera sacerdote del Opus Dei. En su libro El ser humano humano y su mundo. Algunas claves de la antropología cristiana ‒nunca publicado por el Opus Dei debido a sus velados contenidos críticos hacia la institución‒ incluye unas reflexiones sobre el sentido de la vocación cristiana, que se diferencian bastante del concepto rígido y esquemático que se ha manejado en el Sodalicio (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/capitulo_11.htm). Reproduzco aquí unos párrafos.

«…cuando se concibe la vocación como una llamada unívoca a una situación en una institución de este mundo, aunque sea con miras hacia la vida eterna, parece que si abandona ese camino, la persona quedaría definitivamente frustrada para Dios. La práctica demuestra que no es así, ni siquiera en el modo de actuar de las instituciones más “sobrenaturalistas”.

El sentido de la perseverancia tiene un fundamento más “humano” y, por eso mismo, más comprometido y divino.

En el caso de la entrega “vocacional”, la irreversibilidad no debe considerarse deducida necesariamente de la relación directa con Dios, como si Dios mismo hubiera llamado explícitamente a esa persona. No tendría sentido, por ejemplo, que San Pablo abandonara la misión recibida de Jesucristo aduciendo, por ejemplo, que no tenía capacidad para realizarla. En su caso, no cabe duda de que la llamada era explícita y que el mismo que le había llamado era el que le daba las condiciones para llevarla a cabo. Pero eso no se puede afirmar, como es evidente, en el caso de la entrega común en las instituciones vocacionales. Por eso, es posible que después de un tiempo de prueba haya que reconocer que no se está en condiciones de mantenerse en ella.

Además es posible que la misma institución vocacional experimente cambios substanciales, al menos en la relación con algunas personas. En cualquier caso hay que tener en cuenta que lo esencial es la unión con Cristo en su Iglesia, y que todas las instituciones que nacen en ella, son esencialmente “parte” de la Iglesia, y nunca pueden arrogarse un carácter absoluto, como única situación posible, para la persona, de unión con Dios.

La presunta irreversibilidad de la entrega vocacional debe deducirse más bien de la naturaleza de las cosas, de modo semejante ‒no estrictamente idéntico‒, a como quien ha hecho una opción importante en su vida, no debe variarla si no es por razones graves. La exigencia de irreversibilidad no es absoluta, ni el abandono del proyecto primero supone necesariamente un apartamiento de Dios. De hecho, a pesar de los vínculos jurídicos o canónicos que haya contraído, hay siempre un camino legítimo, jurídicamente establecido, de “dispensa”. Y, obviamente, emprender un proceso legítimamente reconocido, no puede significar por eso apartarse de Dios. Es cierto que quien se ve inclinado a desistir de un camino vital emprendido años atrás, sufre una quiebra en su vida. Esa ruptura que puede ser muy dolorosa y en ocasiones, casi imposible de soportar, pero no supone inequívocamente y de suyo un mal moral. A veces, la unidad consigo mismo y con Dios puede reclamar una ruptura con muchas relaciones menos radicales o decisivas.

El deber de la perseverancia está normado por la naturaleza de las cosas, en concreto, por la naturaleza del ser humano, cuya unidad reclama una cierta continuidad en los proyectos más importantes. Por eso, en muchos casos ha de contar el deber de mantener la propia identidad, en el sentido de proyecto vital, también ante las personas más próximas y queridas: hay ocasiones en que el cambio brusco de proyecto vital equivale casi a “desaparecer” de la vida de esas otras personas y, en consecuencia, a romperles también a ellas sus vidas. Este deber de caridad puede plantear el deber de aceptar sacrificios personales muy grandes, según sea el vínculo con esas personas cercanas.

Pero la unidad de la historia vital no debe considerarse solamente desde el punto de vista de su coherencia, digamos, narrativa. Su fundamento radical no está en el hecho de que sea una historia unitaria o lineal, sino en que sus actos estén fundamentados sobre la eternidad de Dios. […]

…debería evitarse hablar con excesivo tremendismo de la no perseverancia. Sin embargo, es frecuente referirse al abandono del camino concreto vocacional, en un tono trágico, como si quien lo hiciera estuviera apartándose de Dios y abocándose a una vida necesariamente infeliz, lo cual es probadamente falso. Cuando en el lenguaje institucional se dan muchos juicios de ese tipo, se predetermina además la opinión de las personas sobre los que no perseveraron.

Probablemente ese cúmulo de “expresiones condenatorias” del abandono de la institución vocacional, sea debido a la conciencia implícita de que la perseverancia de muchos está constantemente en peligro, y, en consecuencia, al empeño por asegurar la perseverancia de personas que no pueden estar “atadas” por otros vínculos externos, como es, en el caso de los religiosos, la situación pública y social. Pero el recurso a las presiones referidas resulta contrario a la naturaleza de las cosas, y, en la medida en que incluye esos juicios morales, es además violentador de las conciencias. Éste es uno de los casos en que aparece el intento de dominar a las personas a través de la conciencia.

Por todo esto, una muestra segura de que se protege la libertad de las personas y de que se confía en la voluntariedad actual de los que perseveran, es que no se dramatiza excesivamente la no perseverancia de algunos. Y esto por dos razones. La primera porque, como hemos dicho, no se identifica el abandono de la institución vocacional con el abandono de Dios o con el pecado. La segunda es la convicción de que esos casos no pondrán en crisis la perseverancia de las demás personas que siguen ese mismo camino, porque se presupone que esas personas saben a qué se han entregado y por qué. Si los motivos de la entrega se presuponen vivos y actuales, y además se da la importancia que tiene realmente la perseverancia, no se considerará una tragedia el que algunos se sientan inclinados a abandonar, por los motivos personales que sean.

Ciertamente, todos somos muy influidos por las conductas que contemplamos en el ambiente que vivimos, y cuando un ambiente es dominado por el capricho o la mera emotividad sentimental, la perseverancia se resiente. Pero en la Iglesia hay muchas instituciones que han acogido serenamente en sus propios ámbitos a personas que abandonaron la pertenencia estricta a ellas, sin que eso suponga como una invitación a que los demás abandonen también. Desde luego, si la perseverancia se fomenta sólo a base de quitar de la perspectiva de todos la posibilidad del abandono, esa perseverancia será poco segura y, seguramente en muchos se mantenga en un nivel un tanto “formalista”.

La perseverancia ha de fomentarse ciertamente, pero el cauce propio es cuidar que la finalidad que estuvo en el principio de la entrega, es decir, el ideal de la institución vocacional, esté constantemente vivo y encendido, sin que la misma institución se convierta en un absoluto, es decir, que no tenga ninguna referencia ulterior a sí misma.»

Reflexiones similares sobre la relación entre la vocación y lo institucional, que pueden servir de ayuda a muchas personas que se hallan en proceso de discernimiento vocacional, se pueden leer también en el interesantísmo escrito de Ruiz Retegui Lo teologal y lo institucional. Reflexiones íntimas (ver http://www.opuslibros.org/libros/Teologal/indice.htm).