LAS NAVIDADES DE LAS GENERACIONES PASADAS

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Como trabajador social especializado en el acompañamiento de ancianos con demencia, suelo vivir una serie de experiencias que me confrontan con los enigmas de la existencia desnuda, de esta vida nuestra que bascula entre la nada y la muerte, entre el misterio del nacimiento y un agónico final que a nuestros ojos humanos parece ser la extinción definitiva de toda una biografía cargada de recuerdos, momentos inolvidables y golpes de destino que dejan siempre un poso de amargura en el alma. Y cuando se acerca la Navidad, todo esto aflora con mayor intensidad, sobre todo entre los seres humanos que viven sus últimos días en un entorno no familiar como es el de un asilo de ancianos.

El 19 de diciembre fue oficialmente el almuerzo navideño en el asilo donde trabajo. A sus moradores, la mayoría de ellos octogenarios y nonagenarios, se les sirvió una comida especial: asado de res acompañado de col morada, vainitas envueltas en tocino y papas, regado con vino tinto y blanco de la región. De postre hubo helado de vainilla y canela en forma de estrella y tiramisú. Estuvo también presente un músico aficionado, un sexagenario del pueblo, que cantó canciones navideñas alemanas al compás de un ukelele y una armónica. Y varios ancianos, aquellos a los que la demencia y las enfermedades aún no les habían robado la memoria y las facultades auditivas y comunicativas, cantaron también esos cantos preñados de nostalgia y de una época que se fue.

Porque en la era de las comunicaciones digitales y las redes sociales, la mayoría de los jóvenes ya no le dedican tiempo a cantar los villancicos tradicionales, o a preparar galletas navideñas como lo hicieron sus ancestros, o a dedicar parte de su tiempo a las manualidades que ocuparon las horas libres de sus abuelos y les dieron un sentido creador y satisfacción generosa a las Navidades ancestrales. Pues, como se cree comúnmente en Alemania, lo que se hace en casa es mejor, sabe mejor y se siente mejor que lo que se obtiene ya hecho en el supermercado.

Y en estas épocas suele resurgir esa nostalgia por el hogar y por la familia, siendo particularmente difícil mi tarea de explicarles a ancianas con facultades cognitivas disminuidas que no pueden irse a la casa donde alguna vez vivieron —porque ya nadie vive allí o ha cambiado de dueño— y que continuamente buscan la manera de alcanzar la calle para cumplir un sueño ahora imposible.

En general, los ancianos suelen contentarse con poco, siempre que sea ofrecido con amabilidad y generosidad sinceras. Pues, a diferencia de las generaciones actuales que miden el valor de los regalos por lo que han costado y ambicionan mucho, los miembros de esa generación que están en el epílogo de sus vidas padecieron pobreza, carestía y escasez en una infancia desplegada en los difíciles años de la posguerra, marcada también por la ausencia de varios seres queridos que nunca regresaron, a quienes ahora recuerdan entre las nieblas de la demencia como si aún estuvieran vivos, como si en cualquier momento pudieran presentarse para hacerles una visita.

Ellos siguen siendo la memoria de una época donde el fenómeno comercial del presente aún no existía y donde los rituales navideños seguían un ritmo pausado que permitían el encuentro de las personas en un ambiente de alegría y acogida. Y de recogimiento hogareño, pues tanto en Alemania como en los países nórdicos —donde el frío invernal invita a buscar el íntimo calor del hogar— la Navidad se vive como una celebración de gozosa melancolía y expresivo sosiego y tranquilidad.

También hay uno que otro anciano que no recibirá la visita de nadie en estas Navidades, para los cuales poco consuelo será la tradicional cena de Nochebuena con salchichas vienesas, mostaza y ensalada de papas. Ancianos a los cuales se les han muerto los familiares más cercanos, o éstos viven demasiado lejos, o simplemente no quieren volver a verlos por desavenencias familiares irreconciliables. Los que trabajamos en el asilo haremos nuestros mejores esfuerzos para que también sientan compañía y calor humano en estas Navidades.

Y, sobre todo, buscaremos rescatar y conservar el espíritu de la Navidad de esas generaciones pasadas.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de diciembre de 2017)

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EL ÚLTIMO CARNAVAL

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Alcanzar una edad avanzada es un sueño para muchos. Sin embargo, cuando se trabaja en un asilo de ancianos, se descubre una realidad menos idílica.

Pues con la edad disminuyen las fuerzas, las capacidades cognitivas se ven afectadas y se impone la implacable convicción de que ya no hay futuro adonde dirigir los propios pasos. Y se intenta buscarle sentido a la vida en los recuerdos de tiempos pasados, que muchas veces comienzan también a perderse en la niebla del olvido.

La señora N tiene cerca de 90 años, está atada a una silla de ruedas y sufre de demencia senil, pero canta con toda su alma cuando entono canciones populares alemanas en el asilo donde trabajo, en un pueblo alemán de provincia.

A pesar de recibir continuas visitas de su hijo y su hija, la señora N come y bebe cada día menos y le han comenzado a temblar las manos cada vez que quiere coger algún objeto. Siente que ya no puede más y lo único que quisiera es poder morir lo más pronto posible.

El martes se efectuó el tradicional desfile de carnaval, del cual participaron algunos ancianos del asilo. Le prometí a la señora N que la iba a llevar ante una ventana del segundo piso, para que pudiera ver desfilar los tractores y carretas motorizadas con gente disfrazada, bailando alegremente.

«No sabemos si estará usted con nosotros el año que viene. Por eso quiero que vea el desfile y recuerde cuando usted era joven». «Gracias», me dijo con una mirada agradecida que casi me arranca lágrimas, mientras acompañaba a esta cuasi nonagenaria que presenciaba quizás su último carnaval.

(Columna publicada en Exitosa el 4 de marzo de 2017)

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POST SCRIPTUM (25 de octubre de 2017)

La señora N acaba de morir ayer en horas de la tarde, poco después de que su hija y yo la dejáramos sola en su habitación, tras acompañarla unos momentos mientras ella respiraba dificultosamente en medio de su agonía. Me despedí de ella con unas breves palabras, sin saber con certeza si me escuchaba, pues tenía la mirada perdida.

Mientras tanto, la gran mayoría de los ancianos del asilo participaban bulliciosamente de una celebración de origen bávaro en la planta baja: el “Oktoberfest”. Pero eso debía importarle muy poco a la señora N, al igual que a mí. Pues en el instante en que una persona muere, todas las alegrías pasajeras de nuestra morada terrenal adquieren una fugaz levedad difícil de explicar a quien no ha tenido aún la experiencia de tener a la muerte de compañera consuetudinaria de camino y verla asomarse poco a poco en el rostro de las personas con las que uno tiene que trabajar a diario.