EL ÚLTIMO CARNAVAL

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Alcanzar una edad avanzada es un sueño para muchos. Sin embargo, cuando se trabaja en un asilo de ancianos, se descubre una realidad menos idílica.

Pues con la edad disminuyen las fuerzas, las capacidades cognitivas se ven afectadas y se impone la implacable convicción de que ya no hay futuro adonde dirigir los propios pasos. Y se intenta buscarle sentido a la vida en los recuerdos de tiempos pasados, que muchas veces comienzan también a perderse en la niebla del olvido.

La señora N tiene cerca de 90 años, está atada a una silla de ruedas y sufre de demencia senil, pero canta con toda su alma cuando entono canciones populares alemanas en el asilo donde trabajo, en un pueblo alemán de provincia.

A pesar de recibir continuas visitas de su hijo y su hija, la señora N come y bebe cada día menos y le han comenzado a temblar las manos cada vez que quiere coger algún objeto. Siente que ya no puede más y lo único que quisiera es poder morir lo más pronto posible.

El martes se efectuó el tradicional desfile de carnaval, del cual participaron algunos ancianos del asilo. Le prometí a la señora N que la iba a llevar ante una ventana del segundo piso, para que pudiera ver desfilar los tractores y carretas motorizadas con gente disfrazada, bailando alegremente.

«No sabemos si estará usted con nosotros el año que viene. Por eso quiero que vea el desfile y recuerde cuando usted era joven». «Gracias», me dijo con una mirada agradecida que casi me arranca lágrimas, mientras acompañaba a esta cuasi nonagenaria que presenciaba quizás su último carnaval.

(Columna publicada en Exitosa el 4 de marzo de 2017)

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POST SCRIPTUM (25 de octubre de 2017)

La señora N acaba de morir ayer en horas de la tarde, poco después de que su hija y yo la dejáramos sola en su habitación, tras acompañarla unos momentos mientras ella respiraba dificultosamente en medio de su agonía. Me despedí de ella con unas breves palabras, sin saber con certeza si me escuchaba, pues tenía la mirada perdida.

Mientras tanto, la gran mayoría de los ancianos del asilo participaban bulliciosamente de una celebración de origen bávaro en la planta baja: el “Oktoberfest”. Pero eso debía importarle muy poco a la señora N, al igual que a mí. Pues en el instante en que una persona muere, todas las alegrías pasajeras de nuestra morada terrenal adquieren una fugaz levedad difícil de explicar a quien no ha tenido aún la experiencia de tener a la muerte de compañera consuetudinaria de camino. Y verla asomarse poco a poco en el rostro de las personas con las que uno tiene que trabajar a diario.

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