LA MUJER EN LA CRUZ

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Manifestante en Santiago de Chile (octubre de 2016)

«Como todos sabemos, hay en el huerto de Dios una diversidad variopinta. No todos los que nacieron como seres masculinos se sienten varones, y lo mismo en el lado femenino. Como seres humanos, merecen el respeto al que todos tenemos derecho. Me alegro por Thomas Neuwirth, que tuvo semejante éxito en su presentación como Conchita Wurst. Le deseo que este éxito no se le suba a la cabeza, e imploro para él la bendición de Dios sobre su vida».

Con estas palabras saludaba el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, el triunfo en el Festival de la Canción de Eurovisión 2014 —realizado en Copenhague (Dinamarca)— del austriaco Thomas Neuwirth alias “Conchita Wurst,” un cantante de apariencia andrógina, cabellos largos, rostro suave y melancólico ornado por finos bigotes y barba, ojos y labios maquillados, vestimenta de mujer sobre un cuerpo de contornos femeninos y, sin embargo, una figura que, con sus brazos extendidos en cruz sobre el escenario, resultaba familiar para muchos austriacos.

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Imagen de Santa Librada en el Museo Diocesano de Graz (Austria)

Pues en el Museo Diocesano de Graz (Austria) existe un crucifijo del siglo XVIII que muestra a una figura con los brazos extendidos que cualquiera tomaría por Cristo, con rostro fino, cabello ondulado, barba y bigote semejante a las representaciones populares del Corazón de Jesús, pero con la peculiaridad de que su cuerpo es de mujer —evidente en el busto así como en las anchas caderas—, enfundada en un vistoso vestido femenino de la época. Cuando en el año 2015 el servicio de correos de Austria puso en circulación estampillas con esta imagen, no pocos hicieron notar la semejanza con Conchita Wurst.

¿Se trata de la figura de un Cristo femenino, cuyo culto y devoción se remonta al siglo XV?

Actualmente, en el Museo de la Mujer en Merano (Tirol del Sur, Italia) se efectúa una exposición sobre esta compleja imagen de culto en la cual se funden hombre y mujer (con asentimiento eclesiástico) y que refleja no sólo las circunstancias sociales y la vida cotidiana de las mujeres de tiempos pasados, sino también una historia de violencia y de ansias de liberación.

Cuenta la leyenda —originada a mediados del siglo XV— que una joven princesa llamada Wilgefortis, hija de un rey pagano, se convirtió al cristianismo, se hizo bautizar y se opuso al matrimonio forzado que había pactado su padre. Éste, como castigo, la mandó encerrar en una mazmorra. Wilgefortis, quien había hecho voto de castidad, le pidió a Dios que la convirtiera en un ser repulsivo que no resultara atrayente para los hombres. Sus oraciones fueron escuchadas y le creció barba. Su progenitor, lleno de ira, decidió que si no quería tener como esposo a otro que no fuera Jesús, debía morir como él y la mandó crucificar.

La imagen de esta santa que nunca existió, conocida en español como Santa Librada o Liberata, se difundió a través de volantes y xilografías, y se convirtió en el refugio espiritual no sólo de las mujeres con problemas maritales y relacionados con la educación de los hijos, sino también de víctimas de violencia en el matrimonio, incesto y abuso sexual. Pues mientras que la iconografía de la época presentaba a Jesús crucificado como un varón físicamente retorcido y cargado de dolores, Santa Librada permanecía erguida serenamente en la cruz, como si estuviera más allá del sufrimiento.

Las representaciones modernas de mujeres crucificadas han sido consideradas por muchos católicos conservadores como blasfemas, pues asumen que sólo un varón ostenta la presencia física como para estar en la cruz. La exhibición del cuerpo femenino, calificada de pecado contra una pureza ilusoria —sobre todo en un contexto sagrado y de culto al dolor—, les resulta irritante. Sin embargo, no veo mejor manera para representar lo que muchas mujeres experimentan en el mundo contemporáneo: maltrato, abusos, violencia, discriminación, desprecio, cosificación sexual, desigualdad de oportunidades, etc.

El enfoque de género nos brinda una clave de interpretación para entender lo que simboliza la imagen andrógina de Santa Librada, en la cual cristalizaron los deseos de liberación de tantas mujeres oprimidas de épocas pasadas. Y nos permite entender cuáles son los retos del presente, incluso en la Iglesia católica, donde la mujer sigue estando subordinada a los varones y relegada a la sombra.

(Columna publicada el 2 de abril de 2018 en Altavoz)

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2 pensamientos en “LA MUJER EN LA CRUZ

  1. Martín, podrías aclarar este punto? “El enfoque de género nos brinda una clave de interpretación para entender lo que simboliza la imagen andrógina de Santa Librada, en la cual cristalizaron los deseos de liberación de tantas mujeres oprimidas de épocas pasadas. Y nos permite entender cuáles son los retos del presente, incluso en la Iglesia católica, donde la mujer sigue estando subordinada a los varones y relegada a la sombra.”

    El enfoque de género es la única manera para poder entender la imagen andrógina de Santa Librada? Es la única forma de entender la liberación de las mujeres oprimidas en épocas pasadas y actuales? O de enfrentar los actuales retos de la Iglesia Católica?

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    • Según información que puedes encontrar en Wikipedia y que corresponde a lo que se conoce como enfoque o perspectiva de género, el género en sentido amplio se refiere a «los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres». El género es una construcción social y no un término destinado a explicar la separación de roles natural e inherente a la condición biológica de los sujetos —características anatómico-fisiológicas—.

      La doctrina conservadora y fundamentalista niega la distinción entre género y sexo, y considera que los roles y comportamientos sociales asignados a hombres y mujeres son inherentes a una psicología determinada por el sexo anatómico. No habría entonces distinción entre género y sexo. Esto es pura ideología, pues no cuenta con sustento científico. Y por eso mismo, esa ideología considera como enfermos, asociales o anormales a cualquier persona que asuma una función de género que, según ella, no se derive del sexo anatómico con el que se nació.

      La perspectiva de género permite entender ese deseo de muchas mujeres de no quedarse relegadas a las funciones que socialmente se les han impuesto por considerarse propias de su “naturaleza” femenina y que, en el fondo, encierran una tremenda injusticia al normalizar la desigualdad en derechos y oportunidades. Asimismo, permitiría cuestionar si las tareas asignadas tradicionalmente a las mujeres en la Iglesia se derivan de su femineidad (visión ontológica) o, por el contrario, si son son meras construcciones sociales y, por lo tanto, podrían cambiar y adaptarse a los tiempos actuales (visión histórica).

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