UN CUENTO INSPIRADO EN TARATA

atentado_tarata

El 16 de julio de 1992 estallaron dos coches bomba colocados por Sendero Luminoso en la calle Tarata del distrito de Miraflores (Lima). El saldo fue de 25 muertos y 155 heridos. Pero lo que se me grabó a fuego en la retina fue el panorama de destrucción que se vio en vivo y en directo por la televisión, poco tiempo después de que llegara a mis oídos el estruendo de la explosión. Pues yo vivía entonces en la comunidad sodálite “Nuestra Señora del Pilar” en la calle Lizardo Alzamora, que desemboca en la avenida Pedro de Osma, en el distrito vecino de Barranco.

El horror de ese momento tuvo la difusión mediática que no habían tenido las masacres de campesinos en los Andes, pues el limeño promedio, desde que tengo memoria, siempre ha percibido las localidades andinas como un territorio ajeno a su realidad y a sus costumbres. Y se horrorizaba ante los crímenes perpetrados por militantes de Sendero Luminoso en Ayacucho y Huancavelica —sólo por mencionar un par de regiones— pero no las sentía cual heridas en carne propia. Eso cambió definitivamente con el atentado de Tarata.

Ese mismo año se iba a celebrar en ámbitos católicos los 500 años de la Evangelización de América Latina, tomando como fecha de referencia el 12 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón pisó por primera vez tierras americanas. Y la Conferencia Episcopal Peruana había convocado a un concurso de cuento para esa ocasión.

El cuento que escribí para esa ocasión comenzaba con una cruda descripción en clave poética del atentado de Tarata, y seguía con una extensa metáfora cargada de imágenes descriptivas de una América Latina de raíces cristianas pero herida salvajemente por la violencia. Y aunque en ese momento todavía era un sodálite consagrado que vivía en comunidad, independientemente del condicionamiento mental al cual estaba sujeto, dejé las tripas en ese cuento, reflejando mi percepción acongojada y visceral de la violencia que asolaba el país, pero manifestando una confianza esperanzada en el triunfo remoto del amor.

Años más tarde, cuando en el año 2000 reuní mi escasa producción literaria y la publiqué en mi primer esbozo de página web, escribí a modo de introducción lo siguiente:

«Mi producción literaria es escasa todavía. Consta de cinco cuentos y un poema. Sin embargo, cada uno de ellos me ha costado sangre y sudor. Aunque sean ficción, son fragmentos de mi vida los que han quedado plasmados en ellos. Quisiera poder escribir más (y en el futuro lo voy a hacer), pero me arredra el esfuerzo que ello me va a costar.

Si tienes el ánimo como para adentrarte en la lectura de estas narraciones, aquí están. No esperes historias dulces o descripciones placenteras. Lo que he tratado de tocar a través de estos ejercicios literarios es la gracia de Dios actuando en lo más hondo de la miseria humana. Y estremecer tu conciencia hurgando detrás del disfraz de lo aparente, detrás de la fachada de paraíso en una aldea global repleta de miserias, que sólo puede ser redimida por el amor.»

En este blog ya he publicado mi cuento “Noche de paz, noche de amor” (1987) en el post CUENTO DE NAVIDAD PARA PEQUEÑO BURGUESES y mi poema “Sangrifixión” (2000) en el post SEMANA SANTA Y UN POEMA.

El presente cuento, que lleva el título de “Genitrix” (“madre” en latín), si bien no ganó ningún premio —quizás por su estilo críptico y exuberantemente barroco—, sea probablemente el mejor de los que he escrito, pues su intención apologética no logra desvirtuar un contenido poético de imágenes descarnadas y evocadoras, abierto a múltiples interpretaciones.
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GENITRIX
Autor: Martin Scheuch (agosto de 1992)

Madre mía, qué te han hecho, cómo se te ha agazapado el horror en cada arruga, cómo se te ha ensanchado el ojo con una garra de miedo empozada en el espejo del terror al que nos asomamos los aquí presentes, oliendo en ese reflejo todo el olor a pólvora de la noche, imaginándote errabunda sobre los cascotes desgajados de la fachada como un maquillaje inservible, haciendo equilibrio sobre los charcos de sangre espesa, acremente olorosos como la orina recién vertida, intentando taparte el oído con un brazo inexistente para no escuchar el pandemonio de lamentos y gemidos de esta ola del infierno que destripó los intestinos de tu casa, sin aviso, sin trompetas, solamente el ángel del paraíso revolando con su espada de fuego, el cancerbero del infierno ladrando con ojos sanguinolentos, vomitando llamas a través de sus tres fauces, banqueteándose con las enredaderas de odio que se van arrastrando por el paisaje lunar, inhumano, de los lares heridos, los fratricidas ausentes y las tumbas improvisadas bajo las piedras asesinadas.

¿Estamos todos aquí, madre? ¿Somos todos los que somos en esta habitación del hospital donde intentarán salvarte la vida, con punzadas y cortes que tal vez desfiguren aún más tu carne fecunda? ¿Seguirás viviendo, cicatriz, origen misterioso del día que aun no termina, vientre de flores donde las manos son siempre abrazo o aplauso, matriz de una niñita de nada siempre parida y resucitada de tantos entierros, o iremos a tu sepelio, entonando canciones milenarias, recordando tu tesoro de leyendas centenarias, olvidando tu historia de infancia esplendorosa y de juventud pujante, deseando que nunca hubieras nacido y que todavía flotaras en tu limbo de serpientes emplumadas, corazones arrancados sobre pirámides milenarias, tambores de pieles humanas marcando el ritmo de la cacería de víctimas, los hijos del sol postrándose ante un fuego inevitable, desconociendo la luz del corpus christi ahora bendito en los caminos peregrinantes de las vértebras del ande?

He aquí las técnicas de la parafernalia numérica, la soberbia del diagnóstico geográfico de tu miseria acumulada durante los años del hambre, los gabinetes de decisiones inhumanas sobre cuáles hijos son los que deben morir para poder pagar los honorarios clínicos de los médicos que, dudosos de tu recuperación mundial y prestos para poner distancias fuera del quirófano, te examinarán hasta tus selvas más íntimas, hasta tus quebradas de pellejo habitado, intentarán levantar tus pechos caídos de leches nutricias para poder cortar tu abdomen de monte socavado por la dinamita estallada en tu callejón de las ánimas, cuando era de noche y tu sólo esperabas dormir para poder levantarte con la esperanza de tus hijos al otro día, vendiendo sus huesos entre los desechos de hormigueros sin trabajo, trasegando el vinagre último de la esponja cotidiana, comejenes masticando la última madera de la vida para escapar de su condición de larvas descompuestas y recuperar su imagen de mariposas del mediodía. Pero los médicos no se asomaron a la ventana de tu cuerpo para respetar tus vísceras, sino para ver si el corazón, tu espíritu en órgano, podía ser arrancado sin que señas de cadáver aparecieran en tu frente bordeada de canas ultrajadas.

Y dijeron lacónicamente: Está muy vieja. Es dudoso que sobreviva. Todavía podemos sacarle el oro, y se lo daremos a la mujer sin rostro que ocupará el recuerdo de su silueta.

Y los hijos idólatras dijeron: ¿Por qué recorriste la vida, madre? ¿Por qué llegaste a ser lo que eres? Ojalá hubieras permanecido siendo simplemente la madre de tu madre, la mujer de los pies de barro, pachamama del sol naciente, hermana de la luna y de la huaca, pero eso ya no puede ser. ¿Para qué te han de salvar? Lo que quede de ti luego del hospital lo barreremos con fuego de metralla, sembraremos pólvora en tus agujeros, para que florezca tu cuerpo en un descuartizamiento de medusas rojas, para que del cuerpo de tu cascarón salga del huevo de la serpiente la piel intocada del tambor primigenio, que redoblaremos con furia hasta que los que no creen lo que nosotros creemos sean devorados por el inkarri nuevamente capitado y habiten para siempre la necrópolis del tiempo que nunca debió haber sido, y desaparezcas en cuanto madre de tantos bastardos.

Y mientras desciende ante tu mirada el bisturí definitivo, para moldearte el cuerpo desfigurado, tu mirada se entrompa hacia la retina, girando hacia tu pensamiento lustral, trepando por las retamas encaracoladas de tu recuerdo, hasta el momento donde viste nacer a tantos hijos de tus entrañas benditas, y anegadas de lágrimas las cavidades oculares donde anida el recuerdo de los hijos del amor, dejaste que los pliegos amarillos del otoño cayeran sobre tu primavera ancestral, y te dormiste en la memoria, descendiendo por los laberintos de la evocación hasta un mar de corales eternos, surcado por tres estelas de naves que ya pasaron, inaugurando una nueva edad de oro, mientras tú no habías abierto los ojos todavía y flotabas en el limbo de un útero de cálidas esponjas, estrellas marinas, moluscos relucientes y criaturas de las tinieblas, bajo los cielos no hollados todavía por tu deseo, hasta que un calzado nunca fabricado por manos caribeñas, jubón, calzas y borceguíes, dejó por vez primera su huella en la arena intocada de un mundo irredento, la patria de la mujer paria, de la fauce sanguinolenta y de las plumas de la serpiente, y eso fue tu salir a la luz por entre las piernas abiertas de la madre que moría de espera del tiempo del rito y la palabra, de la época de la materia ennoblecida, de la gloria divina estrechando los invisibles átomos palpables de lo visible. Y tu piel dejó de ser oscura para tomar todos los colores, todas las sangres anegando tus venas abiertas de sacrificio abierto a la vida que empezaba a inundarte, y tu corazón se lleno de un oro hasta ahora nunca visto en los socavones de tu misterio telúrico, mientras tu espalda dejaba de ser transitada por el pedernal guerrero y la lanza homicida, para dejar relucir bajo tu frente purificada por el agua los ojos abiertos al padre, al hijo y al espíritu santo. Madre, quién te viera bajo el manto del sol, conduciendo a tus hijos de la mano hasta el cerro tutelar, poniéndose de hinojos a la sombra del árbol de la vida, levantando al señor de la caída del polvo del camino de los siglos venideros, peregrinando desde tu vientre de tierra hasta el vientre de otra tierra sin tierra, sin polvo del camino, donde el polvo del polvo que fuimos se amasará con el sudor de la frente de Dios postrado bajo el peso de un amor indescriptible, pidiendo consuelo en el regazo del penitente, para consolar con una dulzura desconocida hasta ahora la imagen del dolor de los hijos de la dolorosa, los siete puñales clavados en el mismo corazón intocado aún por las manos enguantadas que, más allá del sueño, se preparan para la carnicería inmisericorde de lo humano y lo divino, dejando sólo en pie la técnica del oro fluyente, pero ni con ésas podrán lacerar aún más tu corazón de jesús coronado de espinas, tu incendio de amor sin límites, tu gozo volcánico preparado para la epifanía definitiva. Y desfilan por el recuerdo rumoroso las hileras de luciérnagas cordiales prodigando un santo calor al tropel de tus hijos, reunidos alrededor de la calidez de la mano tendida desde un corazón contemplativo, compartido por los toribios, las rosas, los martines, los franciscos, los juanes —y los pedros ignotos, los nicolases difusos, las marías de nombre ignorado, los fernandos anónimos, y los jorges, los pablos, las isabeles, reposando en la tumba del santo desconocido—, extendiendo la punta de sus almas a los pies de las heridas, los llantos, los sinsentidos del dolor de los postrados a la vera del camino, una procesión de menesterosos avanzando sin piernas, mirando sin ojos, oyendo sin oídos, riendo sin dientes, construyendo sin manos lo que no puede ser construido sino por la fuente de la gracia divina lloviendo torrencialmente sobre esta efusión de gozo de tus liturgias generosas, amasadas con la arcilla humana y la saliva de Dios, un resplandor estallando desde dentro de la puerta aherrojada de la iglesia pletórica, abundando de velas los altares cosmogónicos de los santos, ángeles sonrientes revolando alrededor de viñas arreboladas, tritones y sirenas de colas doradas flotando entre volutas, todo el universo apuntando hacia ese centro desde el cual el Hijo, gaviota arrancada de su vuelo de altura, aprisionada a la barca de caronte de los maderos cruzados, cumple la promesa de amor pronunciada antes de todos los siglos, mientras la otra madre —no tú, madre querida, sino la de la maternidad aún más verdadera que la tuya— se yergue cercana encima de la multitud de los hijos, que cargan sobre sus hombros de hombría, junto a las benditas mujeres, la fe esplendorosa que ha irradiado desde este lugar sobre los surcos arados, los pasos cansados de las calles polvorientas, las ventanas silenciosas de misterio de los pechos creyentes, hasta expandir su verano ferviente sobre los años venidos y los venideros —sí, es algo digno de verse—, llegando a arrullar con su renacimiento de estaciones la abulia de las viejas señoras repúblicas, ahora sentadas en la sala de espera del hospital sin milagros, chachareando entre sorbos de té económico y café político, aguardando el resultado incierto de la operación.

Pero no morirás, madre, no dejaremos que eso suceda, no permitiremos que la cirugía de lo efímero te penetre las grasas vitales, impediremos que se consume tal escarnio, y por eso hemos tirado abajo las puertas del quirófano y te hemos arrancado de los guantes antisépticos sin nervio de pasión, te hemos bañado en agua bendecida con el viento del espíritu, te hemos prendido los detentes y escapularios que tanta plegaria han costado, hemos puesto ante tu mirada el retrato doliente de tu fundador crucificado, hemos hecho tocar tu corazón con el corazón traspasado de la cristófora, te hemos acariciado las arrugas, hemos untado los labios de tus heridas con ungüentos y pomadas sagradas, y te hemos dicho levántate, aquí estamos los hijos de los hijos de la madre de las madres para decirte que te amamos, que siempre hemos creído, que la esperanza está respirando en nuestro aliento, que saldremos a las puertas de este nosocomio de la locura para ofrecer nuestros pechos a las balas de los hijos ingratos, para que tu puedas salir caminando, resucitada, con la misma vida que se te dio al nacer.

Y vimos a la madre, sin arrugas, los ojos abiertos de gozo, rejuvenecida con una belleza de mujer eterna, sin cicatrices ni recuerdos de los ultrajes recibidos de los hijos de la infamia, levantarse de la mesa de operaciones y salir con nosotros para festejar los quinientos años de su nacimiento, en una mañana esplendorosa.

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