TERROR EN BARCELONA: EL TESTIMONIO DE UN MADRILEÑO

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Patio de Butacas es un foro privado de cine en Internet, fundado en el año 2010 por un guatemalteco, un argentino y un español, con la finalidad hacer accesible material sobre el cine como arte —cine clásico, cine de autor, cine independiente, cine experimental, art films— a sus usuarios, que llegan actualmente a la cifra de unos 28,800 aproximadamente. Allí se puede encontrar una ingente cantidad de películas alternativas al cine mainstream comercial, así como libros y ensayos sobre el Séptimo Arte.

Como cinéfilo apasionado, muy pronto llegué a formar parte del staff, integrado actualmente por 11 personas de diversas nacionalidades (España, Argentina, Chile, Perú, Uruguay y Venezuela). Uno de ellos es un madrileño residente en Barcelona, que estuvo en las Ramblas en el momento del atentado terrorista del 17 de agosto. A continuación, su vívido testimonio:

Yo subía por uno de los laterales de las Ramblas en dirección Plaza Cataluña —vivo cerca del sitio— cuando ha pasado, visto y no visto, una furgoneta a toda velocidad por la acera central de peatones. Cuando digo “visto y no visto” me refiero a que el asunto ha sido cosa de 2 ó 3 segundos. He visto volar toda clase de objetos y todo el momento ha venido acompañado de un magma sonoro compuesto por gritos de todo tipo e intensidad y el jaleo típico de gente que huye despavorida corriendo hacia todas direcciones. En menos de un minuto, las Ramblas, que habitualmente está hasta los topes de gente a esas horas (yo diría que el 70% de ella compuesto por turistas), se ha vaciado completamente de transeúntes. Es entonces cuando he visto que había decenas de cuerpos de personas en el suelo. Algunos se movían torpemente, otros estaban inertes. Alrededor de ellos se podía ver todo tipo de souvenirs, papeles y trastos varios esparcidos por el suelo, además del reguero de flores que ha dejado a su paso la furgoneta al llevarse por delante también parte del stock de los famosos quioscos de los floristas de la Rambla.

He vivido bastantes momentos de tensión —de aquellos digamos “fuertes”— a lo largo de mi vida —huelgas, manifestaciones en pro de todo tipo de derechos, enfrentamientos con las diferentes fuerzas de (in)seguridad, asaltos a locales (neo)fascistas, etc…— y creo que es por ello que he sido uno de los pocos —de entre los que no habían sufrido daño físico o que era acompañante de los que lo habían sufrido— que ha podido aguantar el miedo y la presión y quedarse por allí y ver si podía ayudar en algo. Debo decir, de todas maneras, que me ha impresionado notablemente el panorama desolador que ha quedado en todo ese trozo de calle minutos después del paso criminal de la puta furgoneta. Está claro que no es lo mismo ver estas cosas por la TV que estar allí en directo viviendo el momento.

De entre todo el reguero de víctimas me he fijado en un niño llorando —me contó después que tenía 9 años—, apostado de rodillas al lado de un cuerpo femenino estirado boca abajo en el suelo. Me he acercado y le he preguntado quien era la mujer y no me ha contestado. Me ha parecido que el chico era extranjero y he repetido la pregunta en inglés, y entonces me ha contestado a su vez en inglés y entre gimoteos que era su madre. La mujer respiraba pero estaba inconsciente. Siguiendo antiguos consejos, no la he movido —tampoco habría sabido hacer mucho más, la verdad—, y me he dedicado básicamente a tranquilizar al niño mientras esperábamos la ayuda médica, que ha llegado como a los 10-12 minutos más o menos. En ese intervalo de tiempo intenté calmar y sobre todo distraer al niño, dándole conversación (con mi inglés justito), tratando de convencerle que enseguida iba a llegar la ayuda y que todo iba a ir bien. Conseguí que dejase de llorar un poco, pero en diálogo no le saqué más que la edad y que era de Dublin. Acabó interrumpiendo la conversación —o su intento, porque solamente hablaba yo— uno de los paramédicos, que le hizo a la madre una primera (escueta) exploración para ver como era su estado. Todavía pasarían unos 25-30 minutos más hasta verla subida, ya estabilizada, a una ambulancia —ruido ensordecedor de las sirenas de las que iban llegando, de los coches de policía y de algún que otro coche/camión de bomberos—, pues parece que no estaba entre las más graves del momento —esto es pura suposición mía, pues veía que se llevaban antes a otr@s—. El caso es que la presencia de los médicos si pareció tranquilizar bastante más al chico, al cual se acabaron llevando dentro de una de las ambulancias mientras atendían —ahora ya más plenamente— a la madre, que no sé al final que habrá sido de ella.

A medida que iba pasando tiempo desde el momento del atentado, si parecía que se acercaba más gente/vecinos para ayudar o interesarse por los heridos. En medio de esto la policía, que había llegado al mismo tiempo que la ayuda médica, iba diciendo a todo el mundo que no fuese víctima o familiar de víctima que abandonase la zona, cosa que yo al final hice.

La experiencia, desde luego, ha sido extraña y bastante intensa.

Condolencias y abrazos a todas las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 21 de agosto de 2017)

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