SODALICIO: LECTURAS PARA EL APOCALIPSIS

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Desde sus inicios, el Sodalicio ha tenido una visión negativa del mundo. El Folleto Azul “Sodalitium Christianae Vitae”, ideario fundacional del año 1971, comienza con un diagnóstico lúgubre de la condición humana en el mundo actual:

«el hombre, en vez de ordenar sus actos a la voluntad de Dios consagrándolo todo a Él y adorándole en gratitud, encaminó mal el maravilloso don de la libertad, “se envaneció en sus razonamientos y oscureció su insensato corazón (Rom 1,21), “cambiando la verdad de dios por la mentira, y adorando y dando culto a la criatura en lugar del Creador” (Rom 1,25). El rechazo de la invitación de Dios a amarle: el pecado fruto del egoísmo —olvido de su condición de creatura respecto de Dios, por exceso de afianzamiento en el centro que el hombre mismo es— tuvo sus gravísimas consecuencias para los hombres. El mismo caos que sufre hoy el mundo es consecuencia del egoísmo».

Desde entonces, una reflexión introductoria sobre los “males del mundo” ha formado parte imprescindible del discurso sodálite, lo cual ha encontrado plasmación en charlas, retiros, jornadas espirituales, Convivios (congresos de estudiantes católicos), e incluso en conversaciones personales de cariz proselitista, donde a la toma de conciencia de lo mal que estaba el mundo se añadía el suscitar el sentimiento de que uno estaba mal en lo personal, literalmente “hasta el culo”. Y si uno era católico creyente, se le incitaba a pensar que uno era un mal católico, de esos que van a misa los domingos y después hacen su vida como si Dios no existiera. Pues los sodálites se consideraban a sí mismos entre los pocos que aspiraban a vivir un catolicismo consecuente y radical. Los demás eran, por lo general, cristianos mediocres, “parroquieros”, católicos aburguesados, carne de cañón si no para el infierno, por lo menos para el purgatorio. Pues, según se nos repetía hasta la saciedad, «el infierno está empedrado de buena intenciones».

A decir verdad, nunca he escuchado en ámbitos sodálites una valoración del mundo que mencionara sus aspectos positivos. Los aspectos negativos eran los únicos que contaban para ellos. Un recuento dramático, pesimista y excesivo de los males del mundo aparecía en el folleto Un mundo en cambio de Luis Fernando Figari, que era de lectura obligatoria en los grupos de formación de la Familia Sodálite. Se partía de una perspectiva muy distinta a la que presentaba la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II, donde hay una visión más balanceada, no sólo describiendo los problemas del mundo de ese entonces, sino también sus aspectos positivos y sus fortalezas.

Ideológicamente, para los sodálites el mundo en que vivimos no llega ni siquiera al nivel de humano, sino que es “salvaje”, sub-humano. Así lo expresaba Figari hace cuatro décadas:

«Ni por un solo momento se ha dejado olvidada la tarea que nos hemos propuesto de “rehacer todo un mundo desde sus cimientos, de salvaje volverlo humano, y de humano, divino”. Todo lo contrario, la consigna del muy venerado Pío XII ha guiado el trabajo infatigable, desde el primer campo de apostolado, que para cada uno es él mismo, hasta la proyección exterior hacia un mundo que sufre y se angustia por la falta de luz, para iluminar y saciar las mentes, y fuego para calentar los corazones y mover las voluntades que sólo el Señor Jesús puede proporcionar. Me parece que siempre hemos tenido en cuenta que los males visibles-externos son como emanaciones de los males espirituales. Por ello hay que combatir contra las consecuencias, pero también contra el foco de la enfermedad» (Memoria 1977).

Por eso mismo, una de la metas que se propuso el Sodalicio desde un principio fue “humanizar” el mundo:

«No hay duda de que el hombre debe humanizar el mundo y conducirlo hacia su meta, por ello el cristiano es el especialmente sindicado para realizar esa tarea integral y compleja. Esta idea, que a tenemos en el Sodalitium desde hace mucho tiempo, es expresada por von Balthasar […] de una manera categórica: “sólo el cristiano y únicamente él, dado que conoce de la involucración de Dios en el mundo, en Cristo, será capaz de dirigir rectamente las inquietudes del hombre en este mundo, y sus esfuerzos para adquirir la trascendencia”» (Memoria 1976).

Pero no cualquier cristiano está capacitado para esta tarea, sino solamente aquél que aspira a ser santo. Este ideal ciertamente forma parte de la enseñanza de la Iglesia católica, pero en el Sodalicio se ha pretendido llevarlo a extremos radicales, descalificando de paso cualquier iniciativa social realizada por personas comunes y corrientes que no tienen la santidad entre sus fines personales. Así lo encontramos expresado en uno de los textos que aún se siguen utilizando en la Familia Sodálite para la formación espiritual y la oración, el Camino hacia Dios 203. Sólo los santos cambiarán el mundo (ver http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/233-203-solo-los-santos-cambiaran-en-el-mundo):

«Sabemos bien que debemos trabajar por cambiar el mundo. Esta tarea, sin embargo, sólo tendrá frutos duraderos si se hace a partir de un compromiso decidido por la santidad personal. Seguramente conocemos muchas personas de bien. Personas que no sólo no le hacen daño a nadie, sino que incluso se embarcan en proyectos positivos y de ayuda social. Hemos escuchado hablar de hombres y mujeres que dan su tiempo y dinero, su preocupación, que orientan sus afanes y esfuerzos en bien de los demás. Ciertamente sus proyectos e iniciativas son loables y de mucho bien en un mundo signado por el egoísmo y la mezquindad. Aun así, con todas las buenas intenciones, todos estos proyectos que nacen de buenos corazones y nobles intereses, si no parten de un radical anhelo por la santidad, no bastan para lograr aquel cambio hoy cada vez más urgente. […]

La tarea que se abre ante nosotros es realmente enorme. La sociedad de hoy se aleja de Dios cada vez más, y los retos y obstáculos para el anuncio del Evangelio se multiplican. Para el santo, sin embargo, esto no es ocasión de desaliento ni desánimo. […] Encendiendo en nosotros la llama del amor de Dios no sólo se ilumina nuestro alrededor, sino que se encienden también otras tantas llamas, formando poco a poco un hermoso manto de luces que disipa las tinieblas de la noche. Es así, y sólo así, que lograremos transformar el mundo”».

Si bien en el Sodalicio siempre ha repetido como un axioma que el cambio del mundo comienza por uno mismo, la resonancia que podria tener ese cambio en el mundo actual se ve anulada desde el momento en que los miembros de la institución son sometidos a una especie de aislamiento de las condiciones del mundo real. Las comunidades se convertían entonces en minúsculos territorios donde cada cosa estaba en su lugar según el Plan de Dios —en teoría, porque ahora sabemos que en la práctica se trataba de pura fachada—, mientras que el mundo externo seguía sus propias reglas, ajeno e indiferente a la sigilosa presencia de los sodálites en su territorio.

Eso explica por qué —desde que tengo memoria— los sodálites, más preocupados en buscar la santidad personal en sus pequeños mundos protegidos, nunca han realizado una evaluación de cuánto han contribuido a cambiar el mundo en el sentido que ellos mismos proclaman. Porque ese objetivo no parece interesarles mucho en realidad. Siempre han repetido que el mundo está mal y que cada vez está peor, y lo seguirán haciendo, pues eso forma parte de su esquema ideológico. Su propuesta de cambiar el mundo ha servido únicamente de carnada para captar y reclutar jóvenes idealistas para la institución, en la cual lo único que cambiaría radicalmente son las vidas de estos muchachos, y no precisamente en dirección hacia la santidad personal. Los ejemplos sobran. Vidas prometedoras que se convierten en existencias truncadas, mutiladas psicológicamente, cautivas de una ideología absolutista y sectaria, incapaces de entender el mundo, mucho menos de manejarse con desenvoltura en él. Y esto desde antes de ser mayores de edad, pues la inmensa mayoría de los miembros del Sodalicio fueron objeto de proselitismo y se comprometieron interiormente con la institución en la adolescencia, antes de cumplir los 18 años de edad.

Uno de los instrumentos que se empleaba para insuflar en las mentes jóvenes la idea de un mundo en crisis permanente y literalmente al borde del apocalipsis era una lista de libros de lectura obligatoria que fue confeccionada originalmente en la década de los ‘70.

fundacionUna gran parte de los libros eran novelas de ciencia-ficción, ya sea describiendo sociedades futuras distópicas, donde los elementos negativos del mundo actual son llevados narrativamente hasta extremos indeseables; ya sea relatando historias de elegidos que tienen una misión que cumplir para guiar el devenir histórico y social hacia buen puerto.

La lista incluía Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; Fundación, Fundación e Imperio, Segunda fundación y El fin de la eternidad, de Isaac Asimov; Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, de Ray Bradbury; Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl & C.M. Kornbluth; El hombre demolido, de Alfred Bester; Cántico a San Leibowitz, de Walter M. Miller Jr.

La novela en clave de fábula moderna Rebelión en la granja, de George Orwell, también entraba en el paquete, como sátira contra el régimen político soviético y como manera de fomentar en las mentes juveniles un anticomunismo sin concesiones.

Otros dos libros claves para llevar a los jóvenes a un cuestionamiento profundo de sus existencias eran las novelas Demian y Siddharta, de Hermann Hesse, historias de maduración y autodescubrimiento personal protagonizadas por personajes jóvenes  y llenas de elementos gnósticos y esotéricos que resultaban apelantes para quienes se hallaban en la crisis de la adolescencia. Para fines de cuestionamiento personal también se utilizaba El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

Y para profundizar en aspectos como la comunicación, la amistad y el sentido de la existencia eran imprescindibles dos libros del sacerdote católico francés, psicoanalista y ex militante comunista Ignace Lepp: La comunicación de las existencias y La existencia auténtica.

Para afianzar una conversión personal comprometida hacia la fe católica se mandaba leer Nostalgia de Dios, de Pieter van de Meer de Walcheren, diario de un converso holandés que fue amigo del filósofo francés católico Jacques Maritain.

los_nuevos_curasTambién habían algunos libros con narrativa de contenido cristiano, que tenían como características comunes la presentación de un catolicismo conservador y una exaltación mistificada de la cristiandad medieval, así como una actitud intolerante y agresiva no sólo hacia lo no cristiano sino incluso hacia aquellos que se apartan de una interpretación tradicionalista del catolicismo, y también una militancia combativa a favor de la Iglesia católica.

Entre esos libros se cuentan una trilogía del monje trapense norteamericano M. Raymond, que narra en forma novelada episodios de la orden monástica de los cistercienses, desde sus orígenes hasta su presencia en territorio estadounidense: Tres monjes rebeldes, La familia que alcanzó a Cristo e Incienso quemado; dos novelas del tradicionalista monárquico francés Michel de Saint-Pierre, que critican el progresismo católico y defienden un catolicismo preconciliar: Los nuevos curas y La pasión del Padre Delance; dos clásicos de la literatura católica del siglo XIX, novelas autobiográficas escritas por el atormentado Léon Bloy: El desesperado y La mujer pobre; y finalmente, El coraje de vivir, del escritor francés Maxence van der Mersch, que sitúa a sus personajes en el marco de las luchas de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Francia en la década de los ‘30.

No podía faltar algún relato católico en forma de pequeñas parábolas modernas, algo que tiene mucho atractivo entre los adolescentes, a saber, El jardín del Amado, de Robert E. Way.

Pero los libros cuya lectura era más cotizada en el Sodalicio de los ‘70 y ‘80 pertenecen a Hugo Wast, seudónimo del escritor católico nacionalista argentino Gustavo Martínez Zuviría (1883-1962). Me refiero a las novelas El Kahal / Oro (1935) y Juana Tabor / 666 (1942), cada una escrita en dos partes publicadas originalmente por separado.

juana_taborLa trama de la primera novela mencionada se desarrolla en el marco de un supuesto complot judío para dominar el mundo. La segunda novela es una historia imaginaria sobre el fin de los tiempos, donde confluyen todas las taras ideológicas del catolicismo conservador más reaccionario: clericalismo, papismo, interpretación fundamentalista de los textos bíblicos, nacionalismo de características fascistas, antisemitisimo, antiislamismo, anticomunismo, autoritarismo, militarismo, monarquismo, elitismo y desprecio del pueblo, defensa de la obediencia como virtud fundamental, rechazo de la democracia como sistema político y defensa de la dictadura como forma de gobierno, rechazo del derecho a la igualdad de todos los hombres, rechazo de la libertad religiosa y de la tolerancia como base de la convivencia social, rechazo del estado laico y defensa de la teocracia —unión entre Iglesia y Estado—, crítica de la modernidad tecnológica, idealización de la cristiandad medieval y justificación de las Cruzadas, admiración por el dictador Francisco Franco y justificación de las atrocidades cometidas por los nacionalistas en la Guerra Civil Española, etc.

Si bien se invitaba a una lectura crítica de la mayoría de los libros incluidos en la lista, los libros de Hugo Wast eran considerados como confiables por el catolicismo del autor, y finalmente se convertían en un herramienta útil para implantar una ideología católica retrógrada en jóvenes que no habían alcanzado la mayoría de edad.

la_hora_25Me olvidaba mencionar una novela que incidía en la deshumanización del hombre en el siglo XX, y que fue llevada a la pantalla grande en 1967 con Anthony Quinn en el papel principal. Me refiero a La hora 25, del escritor rumano Constantin Virgil Gheorghiu, el cual fue ordenado sacerdote ortodoxo en 1966. En 1952, cuando ya llevaban viviendo varios años en París, se descubrió que antes de dejar Rumania había escrito un libro con contenido antisemita y elogioso de las tropas hitlerianas. Si bien nunca hizo un claro deslinde respecto a ese escrito, en 1986 escribió en sus memorias: «Me avergüenzo de mí mismo. Me avergüenzo porque soy rumano, como los criminales de la Guardia de Hierro».

Menciono esto, porque uno de los libros de lectura obligatoria en la década de los ‘70 —aunque nunca fue incluido oficialmente en la lista— era Codreanu el Capitán, de Carlo Sburlatti, una biografía de Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938), líder de la Legión de San Miguel Arcángel, organización fascista, ultraortodoxa, antisemita y ultranacionalista, que a la vez contó con una rama paramilitar, la Guardia de Hierro, la cual recurrió a la violencia y cometió varios crímenes en defensa del proyecto de una sociedad cristiana. Figari quería que aprendiéramos través de la lectura de este libro la actitud que debíamos tener ante la vida y el mundo que nos rodeaba, una actitud combativa que implicaba la posibilidad de llegar incluso al sacrificio supremo de la vida por defender la fe cristiana.

piloto_de_stukasOtros libros que también debían leer los sodálites con vocación intelectual en los ‘70, pero que no estaban incluidos en la lista, eran las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, líder de la Falange Española, un partido político adscrito al fascismo católico que brotó en territorio ibérico en la década de los ‘30; y Piloto de Stukas, de Hans-Ulrich Rudel, libro autobiográfico del piloto de aviones de combate más condecorado del ejército hitleriano, quien nunca renegó de su filiación nazi y justificó incluso el Holocausto judío. Además, Izquierdas y derechas: Su sentido y misterio, del argentino Jorge Martínez Albaizeta, que identificaba “derecha” con un orden jerárquico sujeto a leyes y tendiente al dogmatismo, mientras que la “izquierda” tiende al igualitarismo, al a-legalismo y al escepticismo. Dentro de esta visión que se inclina por una valoración positiva de las ideologías de derecha, «la historia de la cultura occidental desde el siglo XIV es, en esencia, una izquierdización», siendo la Edad Media el paradigma de la cultura cristiana, y el devenir histórico posterior de Occidente, un acto de progresiva decadencia.

Otro libro de la primera época, más recomendado que obligatorio, fue Los protocolos de los sabios de Sión, que eran supuestamente las actas secretas de los judíos reunidos en el Primer Congreso Sionista de Basilea (Suiza) en 1897, donde se describe el plan que tienen para la dominación del mundo, pero que en realidad fue un texto fraguado por la policía secreta del Zar en 1902 a fin de justificar ideológicamente los pogroms contra la población judía en la Rusia zarista. Es una de las fuentes sobre las cuales construye Hugo Wast su novela antisemita El Kahal / Oro. Dice este autor sobre estos documentos: «Sin pronunciarme sobre la insoluble cuestión de la autenticidad de los “Protocolos”, me limitaré a decir que con buenas palabras de judíos alegan que son falsos; pero con hechos, todos los días nos prueban que son verdaderos. Los “Protocolos” serán falsos… pero se cumplen maravillosamente». Y esta misma opinión fue la que yo escuché en mi juventud de boca de los sodálites Germán Doig y Alejandro Bermúdez.

Otros libros recomendados por Figari eran los del periodista mexicano Salvador Borrego (1915- ), apologista y simpatizante del fascismo, quien ha sostenido persistentemente una postura antisemita y negacionista del Holocausto judío.

Ciertamente, todos los escritos provenientes de la pluma de Luis Fernando Figari y de Germán Doig eran de lectura obligatoria y debían ser asumidos sin espíritu crítico.

jesucristoOtros libros de no-ficción incluidos en esta lista de formación eran La aceptación de sí mismo y La esencia del cristianismo, de Romano Guardini; Jesucristo, del teólogo alemán adscrito al nazismo Karl Adam; El arte de vivir, de Dietrich y Alice von Hildebrand; Semillas de contemplación y Los hombres no son islas, del monje trapense Thomas Merton; Control cerebral y emocional y Eficiencia sin fatiga en el trabajo mental, del jesuita Narciso Irala; Voluntad y sexualidad, de Paul Chauchard; El criterio, de Jaime Balmes; Introducción a la filosofía, de Jacques Maritain; Vida y muerte de las órdenes religiosas, de Raymond Hostie; El orden natural, de Carlos A. Sacheri; La Iglesia y el orden temporal, de Octavio Derisi, obispo argentino que justificó la dictadura militar en la Argentina de los ‘70; La realidad nacional y Peruanidad, de Víctor Andrés Belaúnde.

Con el tiempo se añadieron otros libros —sobre todo algunas novelas piadosas cristianas, vidas de santos, clásicos de la la literatura y obras de temática diversa relacionadas con la doctrina católica— pero el núcleo literario permaneció intacto.

Varias de estos libros son ya clásicos modernos de la literatura, pero fueron utilizados para generar una mentalidad apocalíptica en jóvenes entusiastas y afianzar la idea de un grupo elegido destinado a cambiar un mundo siempre en crisis, sometido a la maldad y al pecado, con el cual no se puede hacer ninguna componenda. Decía Figari en 1980: «la vocación sodálite está en enemistad con el mundo. Quiero pedir que se entienda que justamente por la naturaleza misma de nuestra espiritualidad encarnatoria que opta por el mundo que desea Dios, que aspira a la reordenación de todo el universo hacia Él, hay una enemistad radical con aquel mundo cuyos frutos se oponen al Plan de Dios» (Memoria 1980). Una contradicción en sus términos: optar por el mundo significaría estar siempre enemistado con él. En estas circunstancias, cambiar el mundo se revela como una imposibilidad metafísica. Pero eso nunca pareció importarle a Figari y compañía, pues el único fin parecía ser el engrosamiento de las filas sodálites con nuevos reclutas, convencidos de estar luchando por evitar el cataclismo universal de un mundo al borde del abismo, siendo en realidad víctimas de una ilusión apocalíptica, donde lo único que se iría al abismo serían sus vidas truncadas, despojadas de su libertad y de sus mejores años. Y de toda la belleza y profundidad que, no obstante sus innegables problemas, encierra el mundo en que vivimos.

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2 pensamientos en “SODALICIO: LECTURAS PARA EL APOCALIPSIS

  1. Buen trabajo de síntesis en esta compilación comentada, estructurada e iluminada por las asociaciones que llevan a explicar una de las peores fuentes de fascismo estructural en la familia sodálite.

    Figari nunca entendió el camino personal. Un ejemplo despersonalizador sería : Figari obligaba a la lectura de LIBROS QUE A EL, según su criterio, le habían servido para cambiar su ‘mentalidad’, sin entender que este camino es personal y por lo tanto para cada quién, diferente. Lo interesante es que estos libros no le sirvieron realmente ni al mismo Figari, quien de víctima de una ideología se convirtió en victimario ideológico (como siempre pasa).
    Esta herencia sigue presente en el sodalicio, en parte no solamente por los contenidos de Figari, más bien por la manera despersonalizante de entender todo esto. Esa es la peor herencia del archiconocido ‘estilacho’ sodálite.

    El ‘estilo’ sodálite tiene como núcleo a la soberbia, esto lo hace efímero y vacío.

    Figari debe haber tenido (y debe seguir teniendo) una inmensa agresividad hacia la sociedad en general, no me cabe duda. Qué enfermedades o patologías se conocen en la psicología para entender su psyche, y cuánto coinciden con todo lo que ahora sabemos de él ?
    Me pregunto qué tan conciente es él de la proporción de seres humanos a quienes ha contribuído a alejar de la fe, comparándolos con aquellos que dicen tenerla, y de los cuales hemos visto tanta pasividad mentirosa e hipocresía acomodada y convenida. Como que si con esto no estuvieran promoviendo un apocalípsis real ?

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