VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

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La violencia sexual contra menores de edad no es sólo un problema en el Perú, sino también a nivel mundial. La historiadora alemana Marion Detjen —especializada en historia de la migración interna en Alemana, en cuestiones de género y en los límites entre el ámbito público y el privado— publicó en junio de este año en el prestigioso semanario Die Zeit una reflexión sobre el contexto social en que se efectúa la violación de una menor de edad, sobre la base de su propia historia personal. Lo que allí dice se aplica también —salvando las diferencias— a la realidad peruana. Una violación no es un mero asunto privado, sino un acto del cual toda la sociedad es responsable. Y, por ende, le compete a toda la sociedad efectuar los cambios estructurales necesarios a fin de garantizarle a los menores de edad una infancia libre de violencia sexual.

A continuación, el artículo de Marion Detjen traducido al español.

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VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

Toda agresión sexual tiene lugar en un contexto social. Lo que se nos escapa de la vista cuando privatizamos el delito.

por Marion Detjen (8 de junio de 2016)

Cuando cumplí 18 años y obtuve mi licencia de conducir, conduje de vuelta a la escena del delito: un claro en el bosque, situado a unos 100 metros de la vía solitaria que unía la fábrica de papel y la casa de mis abuelos con el pueblo y la estación del tren. Estaba comenzando la primavera, los árboles aún no tenían follaje, la misma estación del año que siete años atrás, cuando esa vía era mi camino a la escuela. En el lugar donde yo, la niña, me había arrodillado al alba ante el hombre y luego había escupido el líquido blancuzco, brotaba ahora una pequeña mata. Brotes purpúreos, en febrero, precisamente en ese lugar y sólo allí. Las ramas fibrosas no se quebraban fácilmente, y tuve que ayudarme con los dientes. De vuelta al coche, me ardían la boca y la garganta. La daphne que había mordido, también llamada yerba ardiente [“Brennwurz” en alemán], es venenosa, y los brotes que yo quería llevarme a casa como recuerdo se marchitaron de inmediato.

El sabor del delito. Que del producto escupido de la eyaculación haya crecido una planta venenosa poco común y me trajera de vuelta el sabor del delito, me confirió poder sobre mi historia. El delito puede ser explicado por mí en los contextos sociales y políticos en que tuvo lugar.

Yo ya no sé cómo llegué a casa. En la sala de estar de la casa de mis abuelos me hallaba yo sola, mientras esperábamos a la policía y el estigma de la violación se extendía lentamente. Mi entorno mantenía distancia. Yo notaba cómo los complicados procedimientos desarrollados durante más de cien años, que mantenían en vida la casa grande y la fábrica, continuaban su marcha y no me necesitaban. Ese día no hubo escuela para mí, yo percibía la vida de los demás como ralentizada, en la cocina, en el sótano de planchar, en el jardín, en las habitaciones superiores y en las oficinas al otro lado del canal de la fábrica, en las grandes, ruidosas y humeantes máquinas. La casa, al fin y al cabo, ofrecía protección, era tranquila y segura.

Una niña debería poder atravesar sola sin miedo un bosque oscuro. Dado que esto no se dio, ¿quién envía a una niña al alba sola a través de un bosque oscuro? En muchos niños se trata de la pobreza y el desarraigo, cuando se les envía a la huida, como hoy en día a los menores refugiados sin acompañamiento, que “desaparecen” en gran número. ¿Qué nos une a a ellos, donde está nuestra participación en su pobreza y su desarraigo y su explotación por parte de delincuentes, y en que atraviesen el oscuro bosque no sin miedo? Quisiera saberlo en cada caso particular.

También el contexto que me envió a través del bosque es tan grande y amplio, que nadie puede eximirse de responsabilidad. Son las estructuras puritanas y patriarcales, que constituyen la columna vertebral de la prosperidad alemana, con toda su ambivalencia. También me resulta difícil atacarlas, porque yo también me he beneficiado de ellas así como he sufrido bajo ellas y siempre me parecen mejores que otras plasmaciones del capitalismo, las cuales ocasionan a nivel mundial millones de veces crímenes peores y abusos incluso peores. ¿Pero no deberíamos dejar de comparar unos con otros los contextos que permiten que ocurran los delitos contra niños? Toda violación es una muestra de poder.

Mi violación, por ejemplo, tuvo como premisa que el mando medio empresarial alemán instalara sus fábricas en la provincia y allí obligara a una subsistencia rural a todos los que tenían que ver con ellas. Que en los años ‘70 y ‘80 no se pretendiera de los hijos de esa coyuntura empresarial que fueran a un internado, sino más bien el esfuerzo de ir una escuela secundaria humanista pero de ninguna manera humana en la capital de distrito más cercana. Que el régimen patriarcal ocasionara que las madres se enfermaran y que los padres fueran enajenados de sus hijos y que se considerara como completamente normal que una niña de once años se levantara sola a las seis de la mañana, se preparara sola el desayuno y see fuera sola en bicicleta a la estación del tren. Que predominara un ordenamiento de géneros que consideraba a las mujeres como objetos para satisfacer necesidades masculinas. Que el capitalismo corporativo practicara una especie de conciliación entre propiedad y trabajo, la cual encubría desigualdades y encontraba su clímax absurdo en la violación de la hija del propietario por parte del trabajador que tuvo acceso a esa niña.

Así y todo, cuando regresé a casa al mediodía, me esperaba un almuerzo con sopa, segundo y postre. Mi madre, hija de refugiados, debió en sus años de subsistencia como escolar transeúnte arreglárselas sin almuerzo y pasar las tardes en el otro pueblo antes de que el autobus la trajera a casa. Mi abuela, también hija de refugiados, no tuvo en los años ‘20 ningún hogar en absoluto. En sus memorias señala el abuso del cual estuvo a merced. Esta abuela, eso lo percibía, aún cuando no hablaba conmigo, sentía pánico por mí. Ella tenía de entre todos el mejor motivo para no llevarme en coche a la estación del tren: como casi todas las mujeres de su generación, no tenía licencia de conducir, porque su esposo no quería.

Cuando vino la policía fui interrogada de manera intensiva, pero no tenía palabras para aquello que debía contar. La profunda vergüenza. Más tarde en la mañana me fue traído un hombre que vestía hasta los calzoncillos la misma ropa que llevaba el agresor: jeans, una casaca de cuero rellena de pelaje de oveja, un calzoncillo floreado, los trabajadores no tenían mucha elección en cuestión de guardarropa. Luego los sentimientos de culpa, porque fue acusado erróneamente. Mi padre ofreció una recompensa elevada, finalmente el perpetrador fue aprehendido gracias a las informaciones de otro trabajador, que había visto el coche del perpetrador sospechosamente estacionado en la linde del bosque. Todos en la fábrica sabían. Yo entonces quise recibir también una indemnización por daños personales, dinero para rehabilitarme, yo quería cobrar la recompensa, todavía no sé cómo se lo propuse a mi madre. En teoría, una demanda civil hubiera sido posible, pero el contexto puritano-patriarcal excluía reclamaciones en dinero del dueño de la fábrica hacia los trabajadores.

Fue elogiada por no haberme defendido. Podría haber sido peor. Allí estaba mi viejo y horrible abrigo de paño tirolés, un híbrido entre el puritanismo y el mimetismo con el entorno altobávaro, que debía llevar y que odiaba. Debía quitame ese abrigo, fue la primera orden del agresor. Mi angustia mortal, mientras comenzaba a desabotonarme el abrigo. Entonces ocurrió algo inesperado, un titubear y reflexionar, también de parte del agresor. Yo no sé qué lo movió a eso, pero finalmente dijo que podía quedarme con el abrigo puesto y que debía arrodillarme. Cuando se hubo aplacado y yo hube escupido, tuve que contar despacio hasta cien. Él se esfumó, y yo conté, despacio, exactamente como él había ordenado, antes de ir a buscar mi bicicleta, que él había arrojado en el bosque.

En las semanas después del delito noté en las reacciones de los hombres en mi entorno que a sus ojos había perdido mi inocencia. El estigma de la violación estaba allí antes de que yo hubiera madurado sexualmente en absoluto. Sin preguntarme, se decidió que no era necesaria una terapia. Sin preguntarme, se decidió que yo no debía declarar en el juzgado.

Quisiera saber hoy si se pagó un precio y si el agresor hubiera sido castigado más duramente con mi declaración. Anteriormente a mí había abusado de otra niña. Finalmente, fue condenado a dos años de prisión, no sé si bajo libertad condicional. Para poder examinar el expediente judicial necesitaría un abogado. ¿Por qué no tengo derecho, incluso sin asistencia legal, a examinar el expediente? A través del proceso judicial el Estado tiene participación en el contexto a partir del cual yo me explico a mí misma el delito.

Sólo puedo suponer que el juzgado favoreció al agresor debido a que yo no me resistí. Sólo puedo suponer que el juzgado no se imaginó que una niña hallara los actos sexuales forzados, incluso con la boca, como menos amenazantes que la idea de estar ella misma desnuda.

Este delito, que pudo haber sido peor, me empujó hacia una juventud que no fue hermosa, pero que ciertamente pudo haber sido peor. Al final de esta juventud la daphne venenosa me dio una señal y ésta señal quisiera transmitírsela a todas las otras víctimas de violación: está en nosotros el que se acabe con la privatización del delito. El delito no es un asunto que debamos arreglar solos con el perpetrador, con Dios o con la naturaleza, sino que es algo que se relaciona con toda la sociedad.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Artículo original en DIE ZEIT
Der Geschmack des Verbrechens (8. Juni 2016)
http://www.zeit.de/kultur/2016-06/sexueller-missbrauch-kind-vergewaltigung-10-nach-8

Un pensamiento en “VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

  1. Sí, no es necesario ahorrar energía para decirle a un abusador, sea cual fuere su área de acción, que en el fondo no es más que un cobarde y un niño de teta. Uno que no se atreve a confrontarse a sí mismo, muchas veces porque siente que hay una institución que lo protege, ‘fortalece’ o motiva lo suficiente como para agredir a un débil. Simplemente un cobarde que alardea y se rehuye a sí mismo. Aún para los cobardes que consideran a la mujer como un ‘regalo de Dios’, si este sujeto le da un regalo valioso a un niño, y este abre el paquete y destruye su contenido, lo desprecia y lo rompe, como se sentiría ? Someter es de cobardes, pero es cómodo buscarse una institución que lo celebre.

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