EL EXORCISMO

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Cuando uno pasa por la experiencia de tener un hijo adolescente, recién comprende lo difícil que debe haber sido para los padres de uno lidiar con los problemas que genera un hijo que está en proceso de desarrollo y de conquista de su propia independencia, muchas veces a trompicones, más aún cuando este hijo decide a los 15 años de edad unirse a un grupo católico más papista que el Papa, que fomenta el fanatismo y que amenaza con convertirse en un obstáculo para que viva una juventud normal y siga una carrera profesional que le permita desarrollar sus talentos y ganarse el pan en la vida.

Pues eso es lo que prácticamente sucedió cuando yo en mis años mozos me uní al Sodalicio y me interesaba más salir con gente del grupo católico que participar de actividades profanas propias de la edad juvenil. Lo cual ciertamente también hacía al comienzo, pues no fue de un día para otro que dejé de ir a fiestas e interesarme por salir con chicas, pero a medida que iba avanzando el proceso de involucración con el grupo, dejé de sentir el gusto por estar con gente normal y me fui identificando con el modelo de militante cristiano ajeno a las preocupaciones mundanas que proponía el Sodalicio.

Mi padre, aquejado por una enfermedad degenerativa que paulatinamente iba minando sus capacidades —a saber, el mal de Parkinson—, nunca me hizo problemas, pues no se hallaba en situación de oponerse a las decisiones que yo estaba tomando. Además, yo no sé si le importaban las opciones religiosas de las demás o si él mismo tenía fe, pues consideraba las escasas prácticas religiosas de la cuales él participaba —como ir a Misa, por ejemplo— solamente como buenas costumbres sociales. Aún así, me consta que era un hombre de buen corazón, trabajador, tranquilo, risueño y de una paciencia extraordinaria.

Mi madre, una mujer rebosante de vida, extrovertida, generosa, pero de un carácter fuerte, dominante e impredecible, miraba con suspicacia al nuevo grupo de amigos y, con la intuición catherine_pool_andujar_de_scheuchque le daba una conciencia ética indoblegable, olía que algo no andaba bien en el grupo. Educada en el Sophianum, un colegio para mujeres gestionado entonces por monjas de un catolicismo puritano y una moral conservadora que castigaba con bajar la nota de conducta a las chicas que levantaran la mirada para dirigirla hacia cualquier joven que desde la calle se acercara a las rejas del centro educativo, mi madre había terminado vacunada contra toda mojigatería piadosa y fanatismo religioso, y si bien se consideraba católica y cumplía con los deberes religiosos mínimos, también mostraba una flexibilidad muy humana, al punto de que no le importaba llegar a Misa recién durante el sermón del cura, pues con eso bastaba para que la asistencia a la ceremonia religiosa le valiera para poder decir que había cumplido con el precepto dominical. O si nos íbamos de campamento un fin de semana y no podía ir a Misa el domingo, argumentaba que Dios era comprensivo en esas circunstancias y, por consiguiente, no había motivo para tener sentimientos de culpa.

En el Sodalicio que yo conocí no sólo no había comprensión para este tipo de actitudes, sino que en general considerábamos a la mayoría de los católicos que participaban regularmente de las actividades de sus parroquias como cristianos mediocres que no aspiraban a la santidad y no seguían el mensaje de Jesús hasta sus últimas consecuencias. En cierto sentido, el Sodalicio fomentaba un sentimiento de élite entre los jóvenes que reclutaba, como ocurre con frecuencia en las sectas cristianas: nosotros somos los elegidos que seguimos fielmente a Jesús, mientras que la mayoría de los demás mortales, aunque digan ser cristianos, lo son solamente de mentira, pues no asumen el seguimiento de Cristo con radicalidad. Y para recalcar que nosotros seguíamos sin medias tintas todas las palabras de Jesús, se repetía continuamente el siguiente eslogan: «No hay que arrancar las páginas incómodas del Evangelio». Por supuesto, esas páginas eran interpretadas de una manera peculiar, casi al pie de la letra, de acuerdo a una lectura rígida y fundamentalista.

Uno de los textos preferidos era el capítulo 10 del Evangelio de Mateo, del cual transcribo el siguiente texto:

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada, porque he venido a poner en enemistad al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Así que los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halle su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» (Mateo 10, 34-39)

De arranque se nos planteaba que el seguimiento de Jesús, como primera prioridad, debía necesariamente llevar a conflictos en nuestro entorno familiar, y que eso era una señal de que estábamos en el buen camino. No debe extrañar, pues, que desde un inicio se excluyera a los padres del proceso de reclutamiento que efectuaba el Sodalicio entre los adolescentes. Mis padres nunca fueron consultados sobre sí estaban de acuerdo con que su hijo menor participara de un grupo particular de la Iglesia católica, grupo que tenía entonces la categoría de asociación pía de fieles aprobada por el entonces arzobispo de Lima, el cardenal Juan Landázuri Ricketts.

En este punto quisiera reproducir unos párrafos de la denuncia que presenté ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación y ante la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma):

«Entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, fui sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.

Asimismo, emití una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores a la edad de 15 años, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.

Se me fomentó la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propios a su pensamiento y su voluntad.»

Muchos de los jóvenes candidatos al Sodalicio de ese entonces ya traíamos, como es común entre los adolescentes, una carga de conflictos con por lo menos uno de nuestros progenitores, y el Sodalicio se encargaba de ahondar aun más el conflicto y nos hacía sentir que éramos nosotros los que teníamos la razón en todo. Esto se expresaba más o menos así: si tú quieres seguir al Señor Jesús, vas a tener la oposición de tu padres porque ellos son cristianos mediocres —o escépticos, agnósticos o ateos, dependiendo del caso— y no entienden que tú quieras seguir una vocación a la vida consagrada. E incluso cuando el candidato gozaba de una relación saludable y armónica con sus padres, era frecuente que el mismo Sodalicio se encargara de introducir la discordia y hacerle creer al adepto que la institución era el único hogar donde podría encontrar una familia con todas las de la ley, una familia espiritual donde todos estaban animados por los mismos ideales, tenían el mismo pensamiento, una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo destino, una sola meta.

Creo que mi madre se dio cuenta de esta situación, pero, al igual que muchos padres de familia que frecuentemente se sienten sobrepasados por los problemas que ocasiona la adolescencia de los hijos, no supo manejar bien el asunto y al final terminó perdiendo la batalla, quedando yo atrapado en la telaraña de un ente colectivo absolutista durante más de una década.

Aún así, mi madre siempre estuvo dispuesta a ayudarme para que yo saliera adelante y, todo el tiempo que mi vida se desenvolvió dentro de los parámetros de la institución, ella pagó los costos de mis estudios de teología y me pasaba una mensualidad para solventar algunos gastos.

He de reconocer que mi madre tomó algunas situaciones con humor e ironía. Recuerdo que en mayo de 1978 iba a celebrar mi cumpleaños y había invitado a los compañeros de mi agrupación mariana, a los cuales se sumaron también José Ambrozic, Germán Doig y Rafo Martínez. Mi madre me preguntó si iba a invitar chicas, a lo cual dije que no. Eso fue motivo para varios comentarios humorísticos y burlones. Les decía a mis dos hermanas menores que si entraban a la sala cuando todos estuviéramos reunidos, íbamos a salir corriendo despavoridos ante la presencia de dos féminas adolescentes. No faltaron las ocurrencias sobre una posible homosexualidad de los miembros del grupo —recuérdese que en la década de los ’70 la sociedad limeña era tanto o más homofóbica que ahora—. En un momento determinado mi madre entró con una bandeja y se puso a preguntar con sonrisa insinuante y socarronería inconfundible: «¿Quieren tecito o cafecito?» Para colmo de los males, uno de los muchachos de la agrupación no tuvo mejor idea que traer una rosca para el lonche. Y en el habla coloquial de la clase media limeña la rosca se asociaba despectivamente con personas del tercer sexo o del otro equipo —como se les designaba en son de burla—, por lo cual en la memoria colectiva de las comunidades sodálites ese cumpleaños mío sería recordado entre sonrisas cómplices como la “fiesta de los rosquetes”.

Mirando para atrás, veo que mi madre, en lo tocante a su percepción de la realidad, no andaba tan descaminada, pues a lo largo del tiempo se han verificado prácticas de sometimiento homosexual en el Sodalicio, además de que era relativamente frecuente por parte de algunos guías espirituales inducir dudas sobre la propia identidad sexual. Recuerdo que Humberto del Castillo, cuando vivía en una de las casas de formación de San Bartolo, nos decía burlonamente durante la siesta, cuando nos echábamos boca abajo a dormir en nuestras camas: «Cuidado, que el aire es macho».

Lo que terminó enturbiando irreparablemente las relaciones con mi madre fueron las recomendaciones que me dio Jaime Baertl, quien fue mi consejero espiritual durante mis primeros años de sodálite. Según él, yo tenía que rebelarme contra mi madre a fin de romper el dominio que ella ejercía sobre mí, y la mejor manera era haciendo uso de la ironía y el sarcasmo. De este modo, lo que pudo haber sido una situación pasajera producto de la crisis de la adolescencia terminó convirtiéndose en una brecha que nos separaría afectivamente durante décadas, un abismo donde el diálogo cordial era imposible y la reconciliación una meta inalcanzable. Con la distancia de los años compruebo que conquisté mi autonomía y logré una alcanzar una cierta libertad, pero se trataba de una libertad aparente, lisiada, pues quedaría atrapada entre los barrotes de un sistema que me impediría decidir en conciencia sobre mi propia vida, al haber enajenado mi voluntad en beneficio de una institución totalizante donde la obediencia ciega era la norma suprema.

De entre las muchas anécdotas que tachonan este camino de ruptura puedo señalar dos como las más significativas, aunque hay otras más.

Yo realicé estudios escolares en el Colegio Peruano-Alemán Alexander von Humboldt. En la década de los ’70, durante el gobierno militar, se implementaron algunas medidas experimentales. De este modo, en el año 1976 se creó la Escuela Superior de Educación Profesional (ESEP) Ernst Wilhelm Middendorf, que debía formar en un oficio de mando medio a los alumnos que terminaban 3er. año de secundaria en el Humboldt. En consecuencia, dejaba de haber 4to. y 5to. de secundaria en el colegio. A fin de evitar la migración a otras escuelas, se logró que el Ministerio de Educación aceptara convalidar el primer año de ESEP como equivalente a 4to. de secundaria. Pero quien no quería hacer los cuatro años de ESEP para poder postular a una universidad, tenía que terminar 5to. de secundaria en otra escuela. Y ése fue mi caso.

Dado que yo tenía amigos en el Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico y éste quedaba cerca de mi casa, se decidió que yo terminara 5to. de secundaria en ese colegio. Pero la cosa no era tan fácil, pues había que hacer varios trámites en el Ministerio de Educación para convalidar mis estudios de 1er. año de ESEP como equivalentes a 4to. de secundaria. Además, la cosa se complicaba, porque en ese verano de 1980 Jaime Baertl me había asignado para participar en un viaje de misiones a Sabandía y Characato (departamento de Arequipa) a cargo de Emilio Garreaud. Iba a ir un grupo mixto de estudiantes que participaban de la Coordinadora Universitaria, entre los cuales se encontraba Gaby Cabieses, una persona buena y cariñosa de la me hice amigo durante el viaje y a quien siempre he tenido en gran estima. Nuestra tarea iba a consistir en ayudar al párroco de la zona en actividades pastorales y catequéticas .

Mi madre insistió en que yo tenía que quedarme en Lima para ayudarla con los trámites, pero yo me moría de ganas de participar de ese viaje de misiones, no sólo por lo aventurero sino también por el hecho de sentirme un apóstol de veras, trabajando codo acodo con jóvenes universitarios. Así que, ante las continuas y acuciantes objeciones que me ponía mi madre, llamé por teléfono a Baertl y le pregunté qué es lo que tenía hacer. “¿Tú quieres ir?” “Sí.” “Entonces, anda”, fue su escueto consejo. No tenía por qué hacerle caso a mi vieja, qué era cómo él irrespetuosamente la llamaba.

Cuando le comuniqué a mi madre la decisión que había tomado, me pidió visiblemente alterada que llamara a Baertl y la pusiera en comunicación con él. Tras pasarle el teléfono, se desarrolló una conversación tensa y chirriante. Finalmente, mi madre tuvo que colgar el teléfono crispada, pues Mario “Pepe” Quezada —quien también iba como participante del viaje de misiones— estaba a la puerta en su automóvil para llevarme al terrapuerto de donde partía el bus hacia Arequipa y yo ya había cogido mis cosas para irme. De modo que que tuvo a aceptar a regañadientes que me fuera y ella se quedó en Lima realizando los engorrosos trámites en el Ministerio de Educación. Antes de irme me dio una suma de dinero para gastos eventuales que pudiera tener durante el viaje.

Posteriormente sabría a través de Jaime las cosas que él había hablado con mi madre. En un momento ella le espetó: «Me están robando a mi hijo». «Los ladrones creen que todos son de su misma condición», le replicó Jaime sonriendo irónicamente. Y esto me lo contaba matándose de risa.

Pero ésta no había sido la gota que había colmado el vaso. Había otra circunstancia anterior a ésa que probablemente había abierto una brecha más honda en la relación materno-filial. Me refiero al exorcismo que le practiqué a mi madre. Tal cual.

Sucedió que yo vivía apesadumbrado por los continuos conflictos y discusiones que tenía con mi progenitora debido a mi involucración con el Sodalicio y mi temprano deseo de seguir una vocación de vida consagrada, cosa que mi madre no veía con buenos ojos. Lo de laico consagrado, al igual que el común de la gente, no llegaba a entenderlo del todo. Ella pensaba que yo iría a terminar formando parte de esa casta de gente intelectualmente mediocre y de aura grisácea que constituían la mayoría de los curas que ella había conocido. Creía que si uno tenía inteligencia y talentos, era un desperdicio seguir una carrera clerical. Razón y sentido común no le faltaban. Pero yo estaba obstinado en ser laico consagrado y llevar una vida donde pudiera dedicarme a un intenso trabajo intelectual y a la docencia de alto nivel, anhelo que nunca se cumplió, pues el nivel promedio de vida intelectual en el Sodalicio era mediocre, ya que estaba hecho a la medida del pensamiento de Luis Fernando Figari, que no pasaba de ser un sumario ideológico de unas cuantas ideas básicas formuladas en un lenguaje complicado y repetidas hasta la saciedad. Aún no sabía que allí tendría en algún momento que luchar a contracorriente para sacar adelante algunas inquietudes intelectuales y sería tratado como una persona díscola que no tiene claro lo que quiere, además de que mi talento musical y literario sería minusvalorado en la medida en que no se ajustaba a los lineamientos y directivas que proponía Figari para la producción escrita y musical de los sodálites, quienes tenían que contentarse con ser meros satélites de su suprema filosofía y espiritualidad, supuestamente inspirada por el Espíritu Santo.

En fin, llorando penas sobre las desavenencias con la autora de mis días en un grupo variopinto de sodálites, entre los cuales estaba Javier Len, y confesando que no sabía cómo lidiar con la oposición que mostraba mi progenitora, algunos de los allí presentes comenzaron a bromear sobre el tema, y entre broma y broma salió la propuesta de hacerle un exorcismo a mi madre. Esto fue motivo de chacota, pero el tema se extendió, y algunos riendo me comenzaron a dar detalles de cómo efectuar el ritual. Tomando el asunto medio en broma, medio en serio, decidí aplicar la medida y así lo dije expresamente, recibiendo como réplica sonoras carcajadas.

De modo que busqué entre los disfraces que se guardaban en mi casa un hábito negro con capucha que me había servido varias veces para disfrazarme de monje loco en las festividades de Halloween. También me proveí de una vela grande y un crucifijo, y con todo ya preparado, una noche entré en acción. Mi madre se hallaba en el cuarto de costura, cosiendo ropas de baño que luego vendía para obtener algunos ingresos adicionales, pues la enfermedad de mi padre hacía cada vez más difícil que éste pudiera seguir trabajando —era ingeniero civil— y eso hacía que la economía doméstica estuviera pasando por algunas dificultades. Ataviado con el siniestro atuendo monacal, caminando lenta y fantasmagóricamente con la vela encendida en una mano y el crucifijo en la otra, entré dónde ella estaba. Sentada ante su máquina de coser, me escuchó entrar, se volteó sorprendida y exclamó: «¡Martin!» «¡Satanás, sal de ella!», declamé con voz fuerte mientras blandía ante ella la vela y el crucifijo. «Martin, ¿qué te pasa?», preguntó atónita. «¡Cállate, demonio, y sal de ella!», repliqué con voz enérgica y más fuerte. Mientras ella no podía pronunciar palabra, me retiré a mi dormitorio y me acosté, satisfecho conmigo mismo por haberme atrevido a tanto y riéndome de las expresiones que se habían dibujado en su rostro. No pasó mucho tiempo antes de se abriera estrepitosamente la puerta del cuarto que compartía con mi hermano Erwin y mi madre entrara anegada en llanto gritándome: «¿Dónde están las velas? ¿Dónde están las velas?» Asustado, le indiqué con el dedo dónde las guardaba, tomó todas las que encontró y las partió de golpe por la mitad. No dijo ni una palabra más y volvió a salir de la habitación hecha un mar de lágrimas.

Al día siguiente ni me mencionó el incidente, pero yo me sentía aturdido por las consecuencias emocionales que había tenido. Así que fue a hablar con Luis Cappelleti, quien entonces era el instructor de mi grupo de sodálites mariae, y le conté lo que había pasado. Luis, una persona muy cálida y sencilla a la cual el Sodalicio nunca pudo arrebatarle la bondad natural que irradiaba, me dijo que estaba mal lo que había hecho y que tenía que ir a pedirle disculpas a mi madre. Así que me tragué mi orgullo y fui a disculparme por la locura de la noche anterior. No recuerdo con qué actitud recibió mis disculpas, pero de alguna manera algo se había terminado por romper de manera irreparable entre nosotros.

En el año 1981, cuando yo ya tenía 18 años y había alcanzado la mayoría de edad, se me comunicó que había sido admitido en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima). Recuerdo que un día de diciembre mi madre me llevó en coche con todos mis bártulos a la casona cercana al Museo Pedro de Osma, se despidió muy afectuosamente de mí y luego partió sin poder contener las lágrimas.

Durante los más de once años que viví en comunidades sodálites, los contactos con mi madre fueron muy esporádicos, como si yo me hubiera ido a vivir a un país extranjero. Para hacer cualquier llamada telefónica, necesitábamos permiso expreso del superior. Estaba prohibido llamar por iniciativa propia a cualquier miembro de la familia carnal. A mis padres yo los veía un sábado cada dos semanas alrededor de la hora del almuerzo por dos o tres horas, y mi actitud era siempre correcta pero distante.

Mi madre siguió tratando de que yo participara por lo menos de eventos importantes de la familia como el cumpleaños de un tío o la boda de una prima o el bautismo del hijo de un primo, por poner algunos ejemplos, pero mi respuesta avalada por órdenes superiores era: «Gracias, pero no puedo ir». Terminé totalmente aislado de la familia que me había visto nacer, ajeno a las historias personales de cada uno de sus integrantes. De este modo, fui derruyendo poco a poco lo que quedaba de la ruina en que se había convertido el vínculo familiar ya antes de que iniciara mi periplo a través de ese mundo extraño de las comunidades sodálites, hasta que no quedó piedra sobre piedra.

Cuando finalmente salí de comunidades y tuve que pasar por la difícil experiencia de reinsertarme en la vida civil, allí estaba mi madre para ayudarme en lo que pudiera. Yo todavía no era del todo consciente de ello, pero traía en la piel del alma los rezagos de la devastación operada por el Sodalicio. De modo que tuve que construir un nueva relación con mi madre. Para ello conté con la ayuda de varios amigos, de mi enamorada y futura mujer, de mis hermanas, a todos los cuales quiero pedirles disculpas por alguna excentricidades y modos extraños de comportarme que tuve. Yo no sabía entonces que durante los años transcurridos el sistema de disciplina sodálite había terminado por lavarme el cerebro, y que se necesitan años para darse cuenta de ello y poder extirpar los patrones antinaturales de conducta que a uno le implantaron mediante una disciplina inhumana que no retrocedía ante prácticas de coerción psicológica.

Vendrían después trabajos docentes mal pagados y la precariedad emocional de tener que retomar mi desarrollo sentimental interrumpido durante la adolescencia, junto con otros problemas de adaptación que harían de mi vida un continuo temporal. Me rompería la pierna jugando fulbito y, sin seguro médico, tuve que atenderme en el Hospital de Emergencias Casimiro Ulloa de Miraflores, entidad sanitaria estatal donde no cobran la consulta ni el servicio pero uno tiene que agenciarse los materiales. Mi madre estuvo ahí y fue quien me consiguió unas muletas para poder caminar con la pierna enyesada. Ella misma fue quien me alquilaría posteriormente un departamento a precio módico y quien me animaría a seguir estudios para obtener el Master of Business Administration en la Escuela de Administración de Negocios para Graduados (ESAN), cuyos costos serían asumidos por una tía muy querida y por ella. La guitarra Falcón que hasta ahora poseo fue un regalo conjunto de mi esposa y ella. Fue ella quien me animó a tentar suerte en Alemania y quien pagó el pasaje de los vuelos que me llevarían primero a Múnich en noviembre de 2002. Y cuando estábamos en Alemania y teníamos que mudarnos de Wuppertal al pueblo de Kirrweiler mucho más al sur, pues yo había encontrado trabajo en esa región, ella estuvo al lado de ni mujer ayudándola a empacar nuestras cosas y a prepararse para la mudanza. Y aquí paro de contar, pues la lista es interminable.

En el año 2009 le detectaron a mi madre un cáncer incurable. La enfermedad avanzó rápidamente, y yo recién pude viajar a Lima en enero de 2010. Sólo le quedaban pocos días de vida, pero parece que sacó fuerzas de flaqueza y esperó hasta poder verme y despedirse de mí. Se disculpó por todo lo que me había hecho, aunque —a decir verdad— era yo el que le tenía que pedir disculpas, pues era mucho más lo bueno que ella había hecho por mí que lo que yo había hecho por ella.

En los días siguientes fue entrando en esa nebulosa confusa y agónica que precede al momento definitivo. Y ahí estuve regalándole como un deber filial mis horas, tratando de aliviar con mi compañía un dolor que venía de dentro y que se hacía por momentos intenso hasta besar las playas de la locura. Como si en esos pocos días disponibles yo hubiera querido terminar de recuperar del todo hasta la última partícula de un vínculo que nunca debió romperse de la manera tan trágica en que se rompió.

Cuando regresé a Alemania, a los pocos días nos enteramos del fallecimiento de mi madre. Mi hermano Erwin, superior de una comunidad sodálite, se había encargado de que no le faltara ninguno de los auxilios espirituales que ofrece la Iglesia católica a sus fieles. Continuamente fue visitada por sacerdotes sodálites. Y al final tuvo un entierro solemne, dado que era la madre de un alto cargo del Sodalicio. Era lo menos que se podía hacer por ella, considerando los sufrimientos que tuvo que pasar en varios momentos de su vida por causa del Sodalicio. O por causa de quien se convirtió en la oveja negra de la familia debido a su adhesión fanática y entrega total a una institución sectaria y fundamentalista: su hijo Martin.

No ha sido fácil contar esta historia. Pero era necesario para mostrar mi solidaridad con todos aquellos padres de familia que vieron a sus hijos ser absorbidos por el vórtice sodálite, para luego recuperarlos psíquicamente dañados y enfermos, o para perderlos definitivamente mientras contemplaban el arrasamiento de los vínculos familiares. A todos aquellos padres de familia que también han sido víctimas silenciosas del Sodalicio dedico la memoria de mi amada madre Catherine Pool Andújar de Scheuch.

11 pensamientos en “EL EXORCISMO

  1. Muy conmovedora historia la que nos has contado, Martìn. Cuàntas cosas comprendo ahora. Yo criticaba a una vecina cuyo hijo recién salido del colegio querìa ser aspirante, y ella a toda costa querìa quitarle esa idea de la cabeza. Me contaba ella que querìa ver a su único hijo convertido en un profesional, querìa verlo enamorarse, casarse y que le diera nietos. Yo pensaba, pero què tonta es esta chica, su hijo allì està a salvo del mundo. Y mira ahora, todo lo que hemos aprendido al caerse la venda de los ojos. Dios te ilumine, Martìn, gracias a Èl que tu madre te pudo recuperar. Un abrazo.

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  2. Muy querido Martín, viví en Barranco durante mi tiempo de aspirante en el SCV. Periodo en el que ocurrió el sensible fallecimiento de tu mamá. Recé por ella en esos momentos. Cuenta con mis oraciones por ella hoy también, así como para ti y toda tu familia.
    Mi madre y yo también hemos sufrido, ciertamente en menor medida, muchas de las cosas que has descrito en este post. Muchas veces tengo la rabia de haberme dejado influenciar tanto, al punto de tratar mal a mi mamá y rechazarle tantas muestras de afecto.
    Sigo tu blog desde hace varios meses. En el he encontrado aliento y luces para iniciar mi propio camino de curación tras las secuelas que dejó el sistema de formación sodálite en mi y te agradezco mucho tus escritos.
    Hoy me llevo la esperanza y el ánimo de trabajar por convertir en gozo todos los sufrimientos que le cause a mi mamá en mis aproximadamente dos años de aspirante.
    Un abrazo cordial!

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  3. Si bien triunfó el cariño, es una historia triste. El tiempo es implacable y no perdona, hagas lo que hagas no lo puedes detener. Sin embargo el tiempo cura heridas y exorciza a su manera, si Dios quiere.

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  4. Martín, “Estupendo artículo”, tengo en mi corazón hace muchos años a todos los chicos que siendo muy jóvenes y engañados tomaron la errada decisión de romper el vínculo con sus familias, también a los padres de familia, a los que apoyaron la decisión de sus chicos y recogieron hombres dañados, a los que no apoyaron, se opusieron y perdieron a sus hijos, porque el vínculo ya está roto.
    Ambos son víctimas padres e hijos, me apena muchísimo que hayan pasado tantos años para recién conocer todo el daño causado.
    Dios ayude a todos los que fueron dañados, rezo para que recuperen la paz y tengan la oportunidad de reconstruir sus vidas.
    Muchas Gracias Martín.

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  5. No sería un mal acto de contrición si todas las fraternas, sodas, agrupados y demás se disculpasen con sus progenitores, quienes permitieron que aterricen en esta tierra y, mal que bien, los alimentaron, vieron por ellos, los vistieron, los acobijaron bajo el manto de una familia, a veces completa y a veces incompleta ; que se disculpen e intenten restablecer una relación familiar de una forma reconciliante. Inentarlo no puede hacer daño, en cambio puede aligerar el peso de la mochila.

    Esta fue otra herramienta con la que el sodalicio trató de segregar y tirar piedras contra sus padres, en un contexto en el que nadie debió haber tirado alguna. Pero parece que casi nadie intentaría esto de una forma masiva si es que “Moroni no da antes el visto bueno”. :/

    A ver Moroni, porqué no realizas un evento : “la fiesta de la familia”, e invitas a todos los progenitores para que te conozcan a tí y se conozcan entre ellos y para que tú los conozcas mejor, no sería esto un acto de reconciliación ? No les es posible integrar sin poner como condición a un imperativo categórico ? Algo me dice que, de darse un evento como éste, la escena ínicial sería similar a ésta de “encuentros cercanos del tercer tipo” en la que los ETs no se atrevían a cercarse a los humanos sin haber establecido contacto antes a través de la música. 😀

    Y por favor, los que quieran tomar la iniciativa individual (o por fin > personal) y quieran solucionar esto con una “llamada telefónica a casa”, que se vayan figurando que esto sería un insulto a.quienes les armaron la primera cuna.

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  6. Otro aspecto a considerar sería el haber cortado los caminos para conciliarse con la propia niñez, lo que es posible en gran parte cuando uno se reconcilia con su familia, y en especial con sus padres. Digo esto tomando en cuenta el cuadro común de patologías, en especial en la cúpula sodálite, en la que el narcisismo debe haber hecho de las suyas.
    Tras una fase de confrontación es bueno que personas que viven tras los barrotes de esta dolencia entiendan de dónde proviene su problemática. Al haber roto relaciones con los padres el afectado destruye una de las vías más importantes de regreso a una conciencia propia : el entendimiento de las consecuencias de la configuración familiar (muchas veces de procedencia inestable) en la autovaloración y en la estructura personal.

    Apartar de las familas debe haber empeorado todo el esquema. Por eso critico a la “psicología de la reconciliación” de del Castillo y Figari, porque al ser de procedencia ideológica no vió la evidencia, que la reconciliación es una cosa de corazones y no de intereses ni de concordancias con ideas ni reglas de juego. La “reconciliación segregante” del sodalicio y de origen ideológico es una falacia, y le ha cerrado las puertas a padres, madres, hermanos y hermanas, amigos reales y potenciales, entre otros. Y ni hablar del aspecto social, allí le cerró las puertas al mundo !

    Porqué los padres de familia no juntan firmas, le mandan una carta a Moroni, y le piden que los invite a una fiesta y a conocer las casas de formación ? Güerisdeproblem ?

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  7. Otro versículo de Mateo 10 que martillaban a rajatabla era:
    “Miren que los envío como ovejas en medio de lobos…”
    Pero resultó que los lobos estaban entre ellos comenzando por su fundador.

    Gracias por compartir esta historia de tu madre,
    lo importante es que el vínculo se deterioró pero nunca se rompió del todo.

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  8. Conmovedor tu testimonio, Martin. Tengo un hermano sodálite, y vi como se fue alejando de la familia, para finalmente irse a vivir en comunidad, y al poco tiempo regresar para pedirles dinero, ya que decía que en su comunidad todos tenían que aportar, lo que se volvió una constante generando tensiones, conflictos y angustias entre mis padres, que hacían todo lo posible para proporcionarle dicho dinero, y a sabiendas de que mi padre se había jubilado con una pensión muy baja, por lo tanto la calidad de vida se había deteriorado. Aparte de dinero era ropa interior para él y su comunidad, dejaba los discos de Takillakkta para que se los vendan sí o sí, que al final ellos terminaran comprándolos.
    En una oportunidad en esas “vísitas de médico” que hacía, le conté de un problema que había entre mis padres. Lejos de interesarse, me dijo: “Yo no puedo involucrarme emocionalmente en problemas familiares”.
    Ahí lo dejo, molesta recordar.

    Un abrazo, Martin. Hace mas de 2 años que sigo tu blog.

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    • Los sodas obligan a las familias con problemas económicos y en necesidad a comprar CDs para ‘financiarse’, independientemente del daño que les infringen ?

      Pero si el balance actual del sodalicio es de 450 millones de dólares !!! ***

      A esa cantidad llegaron en la asmblea del 2012. Esto lo menciona Pedro Salinas en su blog, cito :
      “Pero a lo que iba. Presumo además que Figari no sale misio de la institución, sino forrado. Estoy especulando, obviamente, pero con alguito de fundamento. Y aquí les suelto una primicia, chocheritas. En la Asamblea General del año 2012 se reportó el balance económico de la institución, que, hasta ese año, amasaba la friolera de casi 450 millones de dólares (tres veces la fortuna del recientemente fallecido Prince, dicho sea de paso). Y adivino que hoy el número es un ‘poquito’ más grande y abultado. ”

      Aquí la fuente :
      https://lavozatidebida.lamula.pe/2016/04/28/haciendo-de-nostradamus/pedrosalinas/

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  9. Martin ,
    Quiero hacer un público reconocimiento a tu trabajo de desenmascar a esa perversa organizacion que tanto daño ha hecho a tu familia y tantos otros . Se que ha sido un camino duro y que te ha ocasionado muchos problemas . Mi admiración y respeto por tu valentia y esfuerzo .
    Maria Luisa Martinez
    Periodista

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  10. Duro y triste testimonio Martin. Imagino cuanto habrá sufrido Katie …y tu también al despertar de esta terrible pesadilla, a Dios gracias pudiste reconciliarte con ella antes de su partida y nunca es tarde para recuperar la amistad y cariño de tus amigos y familiares. Un fuerte abrazo de mi parte…soy Rocío, mama de tus sobrinos Derek y Patrick.

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