EL PELIGRO DE SER SODÁLITE

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Cascada en el Cañón de Autisha

Cuando yo tenía tan sólo 15 años, el Sodalicio me ofreció un mundo de aventuras en territorios incógnitos de la existencia. Y no sólo aventuras espirituales, sino también una que otra osada aventura terrena, donde —sin ser yo plenamente consciente de ello— mi vida correría peligro. Guardo un recuerdo muy vívido de una de esas aventuras.

En ese lejano año de 1978, un joven José Ambrozic era animador de nuestra agrupación mariana, de la cual saldrían varias “vocaciones” sodálites. Sólo una de esas vocaciones ha permanecido hasta el día de hoy en la institución, a saber, Miguel Salazar.

José, a quien conocíamos coloquialmente como “Pepe”, de barba poblada, trato amable y gesto tímido, tenía una personalidad tranquila pero enigmática, como si continuamente estuviera mirando un secreto que guardaba celosamente en lo más recóndito de su alma. Tenía una sonrisa franca, pero aún en conversaciones íntimas irradiaba una especie de distancia impenetrable, que me inspiraba a la vez respeto y admiración. Pero cuando se ponía al volante de un coche, que manejaba con la destreza de un Fittipaldi, era capaz de ponernos el corazón en la boca. O los huevos de corbata, como decíamos en nuestro coloquial y vulgar lenguaje adolescente.

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José Ambrozic

No era extraño que condujera por avenidas de la urbe limeña a más de 80 kilómetros por hora. Dios sabe por qué nunca tuvo un accidente. Y si se trataba de conducir un coche en carretera, era a tal punto de temer, que el P. Armando Nieto SJ llegó a decir que tuvo más miedo cuando Pepe lo llevó a un retiro por la Carretera Central que cuando una vez casi se cae la avioneta en que volaba sobre la selva peruana. Y lo más increíble es que Pepe era miope como una tapia y usaba lentes de contacto de gran aumento.

Un fin de semana, Pepe decidió llevarnos a correr una aventura en un remoto lugar de la sierra, a sólo dos horas en coche de Lima. Nuestro destino: Autischa, a 2200 metros de altura sobre el nivel del mar en el distrito de Huarochirí. En ese entones Autisha todavía no se había convertido en la ruta de turismo de aventura que es ahora, donde los viajeros son guiados a través de escarpados caminos de montaña hasta llegar a un austero puente de hormigón, sólido pero sin barandas, que cruza el cañón de más de 100 metros de profundidad, para finalmente descender por las escalerillas metálicas de un profundo y oscuro pozo que llega hasta la herrumbrosa sala de máquinas de una antigua represa abandonada, desde la cual se puede salir a través de una oquedad, previo cruce de unos rieles tendidos a cierta altura, hacia un claro en las profundidades del cañón donde la caudalosa corriente de un río subterráneo sale de la roca formando una estruendosa cascada.

Ninguno de nosotros contaba con los equipos especiales (cascos, lentes de protección, arneses y cuerdas, etc.) que se utilizan actualmente para efectuar ese recorrido. Teníamos tan sólo 15 ó 16 años de edad, y ni siquiera sabíamos los peligros a los que nos íbamos a exponer bajo la guía de Pepe, a quien algunos apodaban “Huevos de Acero”, porque cuando jugaba fulbito y le caía un pelotazo en la zona genital, ni se inmutaba y seguía jugando con la rudeza que lo caracterizaba, como si nada hubiera pasado.

No recuerdo exactamente cuántos fuimos los participantes a esa excursión, pero si la memoria no me falla, estaban allí Miguel Salazar, Eduardo Field, George Wille, Alfredo Bushby, Tato Felices y un joven de sonrisa abierta y trato cariñoso y acogedor, Gonzalo “Canito” Velaochaga, que no pertenecía a nuestra agrupación pero que en ese entonces era una de las vocaciones más prometedoras del Sodalicio. Y que no duró mucho, pues al año siguiente, cuando formábamos parte del mismo grupo de sodálites mariae, tomó la decisión de dejar la institución. Se despidió con una amplia sonrisa, pero nunca nos dijo las razones que motivaron su decisión. Espero que la vida le haya sonreído de ahí en adelante. Por lo menos, tuvo la suerte de irse en una época temprana del Sodalicio y le fueron ahorrados los abusos psicológicos y físicos que sufrimos quienes permanecimos durante décadas en la institución.

Fuimos a Autisha a través de una carretera afirmada no pavimentada en dos coches, en uno de ellos Pepe Ambrozic al volante, conduciendo a su manera acostumbrada, y en el otro, Alfredo Garland.

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Alfredo Garland

Garland, sodálite de la primera generación que ad intra de la institución tiene fama de ser un hombre de buen corazón, era una persona de carácter timorato y delicado y de costumbres burguesas. Se contaba que, a fin de que endureciera su carácter y venciera sus miedos, Luis Fernando Figari lo había mandado a ver la película de terror Granja macabra (Motel Hell, Kevin Connor, 1980), que cuenta la historia de una pareja de granjeros de la Norteamérica rural que secuestraban a los viajeros que pasaban por la región para luego cortarles la lengua, enterrarlos hasta el cuello y cebarlos adecuadamente, a fin de utilizarlos como materia prima para fabricar la carne ahumada que vendían. El objetivo era someterlo a una especie de terapia de shock con el propósito de adormecer su sensibilidad y hacerlo apto para los rigores de la disciplina sodálite. Y parece que funcionó, pues cuando Garland llegó a ser superior de comunidades sodálites, se convirtió en una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde convivían en una misma persona el lado amable y bondadoso junto con un talante implacable e inmisericorde cuando se trataba de aplicar castigos a sus súbditos.

Una vez yo mismo apliqué esta técnica de tratamiento de shock a través del cine cuando invité a un aspirante sodálite que estaba bajo mi cargo a ver la película Fuerza siniestra (Lifeforce, Tobe Hoper, 1985), donde dos hombres y una mujer extraterrestres se pasean desnudos durante todo el rodaje por un Londres apocalíptico, succionando la energía vital de las personas y convirtiéndolas en zombis, desatando de esta manera una epidemia de muertos vivientes plasmada en escenas terroríficas y desagradables. Esta estrategia de shock fue también aplicada de manera masiva en los dos primeros Convivios (o congresos de estudiantes católicos para escolares de 4to. y 5to. de secundaria) de 1977 y 1978, donde se proyectó respectivamente las películas Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) — clásico moderno que, sin embargo, no deja de ofrecer una visión deprimente de un entorno social determinado y termina en un baño de sangre de violencia inusual para la época— y Centinela de los malditos (The Sentinel, Michael Winner, 1977) —película de terror que presenta escenas de gran impacto, sórdidas y repugnantes—. La exhibición de estas películas en ambos Convivios tenía la intención de generar en los jóvenes participantes una especie de ablandamiento psicológico, a fin de hacerlos tomar conciencia de los “males del mundo” y hacerlos más receptivos al mensaje que se les quería transmitir.

Voviendo a Garland, éste también tenía pretensiones intelectuales. En el año 1978 escribió, bajo la supervisión de Luis Fernando Figari, Germán Doig y Virgilio Levaggi, una investigación periodística —en realidad, un panfleto derechista y reaccionario— contra la teología de la liberación, bajo el título de Como lobos rapaces – Perú: ¿una Iglesia infiltrada? Se trata de un libro cuya existencia el mismo Sodalicio trató de ocultar posteriormente, pues las fuentes que menciona hacen patente el pensamiento católico tradicionalista con dosis de fascismo del cual se nutre su análisis, así como los libros de autores ultramontanos que leíamos habitualmente los sodálites en la década de los ’70.

Por otra parte, Garland era un buen repetidor de ideas ajenas, siempre y cuando fueran relativamente sencillas, pero carecía de la capacidad analítica y creatividad conceptual de quien toma las riendas de su propio pensamiento. «Tu nunca serás un intelectual; sólo eres un diletante», me dijo una vez debido al amplio interés que yo mostraba en varios temas, no todos relacionados directamente con la fe católica. Y a decir verdad, yo nunca he pretendido ser un intelectual, sino solamente un católico que se atreve a pensar por cuenta propia siguiendo su conciencia y mantiene un enorme interés por las manifestaciones culturales y sociales del mundo en que vivimos. Garland tampoco ha cumplido su sueño de ser un intelectual, no obstante que fue fundador y primer director de ACI (Agencia Católica de Informaciones) —la cual, bajo la conducción de Alejandro Bermúdez, se llamaría luego ACI Prensa— y creador del Centro de Estudios Católicos, en cuya página web se ofrecen artículos sobre diversos temas desde una perspectiva católica conservadora y con el denominador común de ser tediosos, con tendencia al didactismo y poco estimulantes de las células grises del cerebro. No obstante sus limitaciones cognitivas —o precisamente gracias a ellas— Garland se convirtió en un buen divulgador de ideas básicas de la doctrina cristiana, siempre y cuando no intentara abordar temas más complejos como las Cruzadas y la teología de la liberación, pues allí es donde suele caer en la pura propaganda ideológica disfrazada de análisis intelectual.

Retomemos el hilo de nuestra historia.

Cuando llegamos a Autisha, lugar que se nos presentaba cargado de misterio por su paisaje inhóspito y sobre todo por lo que Garland contaba de las ratas grandes como perros que merodeaban de noche en la zona, éste se quedó cuidando nuestras cosas y leyendo, mientras todos los demás nos dirigimos en fila india, guiados por Ambrozic, hacia un camino que iba subiendo pegado a una ladera. Para el trayecto que íbamos a realizar, donde no sabíamos lo que nos esperaba, nuestro único equipo consistía en un par de linternas de bolsillo.

El camino iba subiendo cada vez más y se hacía más escarpado y estrecho, mientras a nuestro a lado izquierdo la pendiente se iba convirtiendo poco a poco en un precipicio. Hasta que llegamos al borde del cañón que teníamos que cruzar. No sé si entonces existía el arco de hormigón que se usa actualmente como puente para cruzar el abismo, pues eso no es lo que vimos en esa parte del camino. Ante nosotros teníamos un destartalado puente colgante, de estructura metálica y piso de madera. Uno de los cables que lo sostenía estaba roto. El puente estaba peligrosamente ladeado, y la única manera de pasarlo era agarrándose con ambas manos del cable sano y pisando con cuidado las tablas inclinadas para no resbalar hacia una muerte segura. Al principio, nadie de nosotros se atrevía a pasarlo. Hasta que Ambrozic nos dijo que teníamos que demostrar nuestro valor y cruzarlo de todas maneras.

Finalmente, vencimos nuestros miedos y comenzamos uno a uno a cruzar el puente, que se balanceaba ligeramente debido al viento que soplaba en el cañón. Algunos pasamos más rápido que otros, pero siempre con las dos manos agarradas como tenazas al único cable colgante intacto que tenía el puente y evitando en lo posible mirar hacia abajo, mientras movíamos los pies lentamente pero con firmeza. El único de nosotros que cruzó con ligereza y sin señales de miedo en el rostro, como si con él no fuera la cosa, fue “Canito” Velaochaga.

Fue entonces que Ambrozic se agarró con una sola mano del cable sano y alegremente, como quien estuviera paseando por la vereda de su casa, llegó raudamente hasta la mitad. Allí se detuvo, levantó una pierna y la estiró al aire, mientras nos miraba burlonamente como si fuéramos una manada de cobardes. Luego caminó hasta el otro extremo y regresó de manera rápida y desenfadada, con la audacia que la costumbre le otorga al equilibrista que camina por la cuerda floja. Fue el único que cruzo el puente dos veces, cuando a los demás nos bastaba y sobraba con haber alcanzado el otro lado sanos y salvos.

En la otra ladera del cañón, el camino continuaba al borde del precipicio. En unas pocas partes del trayecto las piedras que servían de asiento al camino se habían caído con el tiempo, por lo cual teníamos que saltar para pasar al otro lado. Al poco tiempo llegamos a una pequeña edificación ruinosa, dentro de la cual se abría un pozo que descendía a las profundidades a través de una herrumbrosa escalera metálica. Las únicas indicaciones que recibimos de Pepe fue que tuviéramos cuidado al pisar las rejillas que hacían de descansillos, pues habían piedras en ellos que se habían ido acumulando con el tiempo y podíamos hacer que alguna cayera sobre el que estaba bajando primero que nosotros. Asimismo, no debíamos mirar hacia arriba, pues nos podía caer polvo y tierra en los ojos. Con apenas un par de linternas, el descenso se realizó casi a oscuras, donde uno tenía que guiarse prácticamente por el tacto para poder tomar el siguiente tramo de escalera en el descansillo. No faltó una que otra piedra que cayera, no obstante el cuidado que se tuvo, seguido de un grito de aviso: «¡Cuidado! ¡Piedra!»

Abajo nos esperaba la abandonada sala de maquinarias de la represa, donde se respiraba un olor a moho y humedad. La oscuridad era total. Del fondo venía un poco de luz. Se trataba de una abertura en la roca que daba al otro lado del cañón, a un paisaje de rocas y peñascos iluminados tenuamente por la luz que se filtraba desde lo alto y donde lo más impresionante era el chorro de agua que salía caudalosamente del acantilado pétreo que formaba el cañon a nuestra lado izquierdo. Para llegar al pie de la cascada, donde el agua fresca y cristalina formaba una lagunilla, había que descender de la altura en la que estábamos a un peñón a través de un herrumbroso riel que fue colocado allí cuando la represa todavía funcionaba. «No pisen los travesaños de madera», fue la única recomendación de Pepe, pues con el paso del tiempo y la humedad casi todos estaban podridos, y si uno se apoyaba en uno y perdía el equilibrio, la caída podía ser fatal, o en el mejor de los casos, producir lesiones graves. En ese entonces el riel no había sido dotado de la red con que cuenta ahora, a fin de evitar desenlaces trágicos. De modo que caminando al estilo araña, con los pies por delante sobre los listones metálicos y con las manos atrás apoyadas en los mismos, fuimos deslizándonos lentamente hacia el peñón. No faltó uno que pisara uno de los travesaños de madera, que se partió por la mitad. Afortunadamente, la cosa no pasó de un susto.

El regreso se dio sin mayores sobresaltos. Después de cruzar nuevamente el riel, salimos por el otro lado en la parte baja del cañón y llegamos caminando al sitio donde Garland se había quedado esperándonos, y comimos lo que habíamos traído, comentando la adrenalínica experiencia que habíamos vivido. Por supuesto, mis padres nunca se enteraron de nada. Pues en el fondo yo era consciente de lo peligrosa que había sido la aventura vivida, y me sentía orgulloso de haber vencido el miedo que me habían generado las situaciones de riesgo en las que habíamos estado.

No sería la última vez que visitaría Autisha. Tres años después, Garland se convertiría en el instructor de nuestro grupo de aspirantes sodálites y en una ocasión emprendimos un viaje en coche que tenía como destino a Huancayo. Nunca llegamos a nuestra meta, porque empezó a llover torrencialmente y decidimos acampar en Autischa. La lluvia era tal, que una inundación era inevitable, así que Garland tomó la decisión correcta de levantar el campamento y terminanos pasando la noche en un hotel de carretera.

Las excursiones a Autisha que organizaban otros sodálites serían canceladas de manera abrupta, cuando, estando yo viviendo en la comunidad de Nuestra Señora del Pilar de Barranco, dos integrantes de ella, Rafael Álvarez-Calderon y Mario “Pepe” Quezada, junto con Raúl Guinea, un sodálite casado de la primera generación, llevaron de excursión a ese lugar a un grupo de alumnos menores del Colegio Markham. Al final se quedaron atrapados en una ladera y se tuvo que organizar una acción de rescate con participación del cuerpo de bomberos de Chosica. El superior de la comunidad, Germán Doig, castigó a ambos sodálites de comunidad poniéndolos durante un tiempo a régimen de pan y agua. Y, por supuesto, quedó prohibida toda excursión a Autisha.

Pero eso no significa que se abandonara la mala costumbre de ocasionalmente poner en riesgo la salud, e incluso la vida, de muchos sodálites. Pues la seguridad nunca ha sido una prioridad frente a los retos que había que enfrentar con el fin de alcanzar la santidad. Muestra de ello son muchas de las pruebas por las que tuvieron que pasar quienes estuvieron algún tiempo en las casas de formación de San Bartolo, entre ellas, los recorridos a nado ida y vuelta hacia el islote que había en medio de la bahía hasta el borde del agotamiento, los saltos obligados desde lo alto de un peñasco que había cerca del islote, los chapuzones en horas de la madrugada aun cuando la mar estuviera brava y peligrosa, los ejercicios físicos extremos hasta el punto de generar lesiones físicas y enfermedades, etc. Sin contar los tormentos psicológicos que llevaron a más de uno a pensamientos suicidas.

Definitivamente, ser miembro del Sodalicio ha significado siempre un peligro para la integridad física y sobre todo psicológica de los sodálites. Quienes han pasado por todo eso y han salido relativamente indemnes, sin contar una que otra cicatriz en el cuerpo y en el alma, y todavía son capaces de enfrentar con entusiasmo las dificultades de la vida, merecen el justo apelativo de sobrevivientes del Sodalicio.

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7 pensamientos en “EL PELIGRO DE SER SODÁLITE

  1. Al parecer esa combinación de insensatez y temeridad infantil son parte de las raíces del sodalicio. Un pretexto para sentirse “héroes” o “especiales” y alimentar el ego, una forma de reaccionar a una ausencia en la propia personalidad – como mecanismo de compensación – sin asumir los riesgos reales, morales y espirituales en los que tantos sodálites cayeron como labiles pseudoprofetas cuyo entorno social responsable nunca les significó algo profundo. Es allí donde temían caer ?
    Y sí : por labil entiéndase “que resbala o se desliza fácilmente”. Entiéndase “frágil, caduco, débil” o “poco estable, poco firme en sus resoluciones”. Los jóvenes son jóvenes, pero dejarse guiar por adultos inmaduros ? Cuando sí, la consecuencia es sistémica.

    Creo que difícilmente puede afirmarse que esto haya sido una etapa, o producto de la inmadurez pasajera de quienes ya eran bastante ‘adultos’, y es que ese patrón se ha seguido dando a través de los años de diferentes formas sin que les importen las consecuencias, hasta que de las consecuencias se entere todo el mundo. Entonces recién reaccionan (y aún así se esconden, se justifican, se engañan).

    Moralmente : niños de teta, a oscuras frente al riesgo moral-social y con la malograda linterna de una ideología, ‘marchando’ con el paso facho de un niño con uniforme que espera condecoraciones.

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    • Fue una excursión temeraria quizá fruto de la juventud que no mide riesgos.

      Sin embargo hay que mencionar que en el Perú de los 70 y 80 la seguridad vial y de ruta
      prácticamemte no se tomdaba en cuenta.

      En los automóviles nadie usaba cinturón de seguridad ni ponía asientos para bebes,
      ningún ciclista usaba casco tampoco un considerable número de motociclistas.

      Hoy hay una muy pequeña mejora en esos aspectos, pero aún abundan los choferes
      de transporte privado y público que manejan como Ambrozic en sus años mozos.

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      • En los 70s y 80s habían adultos responsables, y el sodálite Ambrózic no era uno de ellos. Ponerse como ejemplo en semejante actitud insensata es no tener ni un halo de idea de lo que significa responsabilidad.

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  2. ahora q se conoce q es culpable LFF, cómo queda la situación del cura Jean Pierre?Moroni le pedirá disculpas al igual que él y todos los que salieron a dar “conferencias de prensa” diciendo que no pasaba nada y que el cura estaba demente? Por fuentes cercanas a miembros de la parroquia, me contaron que el cura Jean Pierre tiene prohibido pisar la Iglesia que él construyo, qué pasará ahora que sabemos que él tenia razón? el actual párroco reconcerá eso? las señoras de ahi comentan que la postura sigue siendo la misma pura soberbia. Porqué reconocer ahora lo de LFF y no cuando el visitador apostolico termine y dé su versión? Qué ha pasado al interior del SCV para que se den todas estas cosas? Recordemos que Sandro Moroni tambien tiene “casitos” “faltas” que han sido publicadas por Pedro salinas? Alguien le puede preguntar a Moroni?

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    • Creo que Moroni ha decidio esconderse atrás de la expulsión de figari, como que si éste tuviese toda la culpa. Recuerdo a los nazis tras la invasión británica – luego de perder la guerra – “no fué el sistema, tan sólo obedecíamos órdenes … “. Cero descripción del problema sistémico.

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