SODALICIO Y LAVADO DE CEREBRO

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Escena del lavado de cerebro en “La naranja mecánica” (Stanley Kubrick, 1971)

Quien no haya pertenecido nunca a una asociación religiosa, política o de cualquier índole de estructura vertical y pensamiento único, donde se considere la obediencia a las instancias superiores como la norma suprema, le resultará difícil entender cómo es que personas normales terminan realizando acciones que nadie en su sano juicio realizaría. O que se hagan de la vista gorda ante abusos cometidos contra terceros.

Haciendo memoria, recuerdo que yo mismo, cuando todavía estaba en el Sodalicio, fui testigo de abusos psicológicos y físicos contra otros, y no dije esta boca es mía. Pues lo que sucedía ante mis ojos me parecía lo más normal del mundo dentro de los parámetros que regían en las comunidades sodálites. Más aún, me demoré décadas en darme cuenta de que yo mismo había sido víctima de abusos y que éstos habían dejado huellas negativas en mi psique que no había podido reconocer.

Lo peor del asunto es que yo mismo apliqué castigos corporales a algunas personas que estaban a mi cargo en grupos que se reunían semanalmente, ordenándoles hacer ejercicios físicos (planchas, cuclillas, abdominales, etc.) como castigo por llegar tarde, por no haber leído un texto que se había mandado leer como tarea o por dar respuestas incorrectas a preguntas referentes al pensamiento sodálite. Y ni qué decir de los métodos invasivos de la intimidad personal de individuos que estaban a mi cargo. Pues una vez que uno ha entrado en la moledora de carne que es el Sodalicio, por lo general se comienza siendo víctima y se termina siendo victimario.

Cuando finalmente uno se da cuenta de lo que le han hecho a uno, se tiene uno que reconocer que la propia capacidad de decisión estuvo condicionada y secuestrada por una ideología y disciplina de tipo totalitario y, en razón de eso, uno mismo terminó siendo autor o cómplice de acciones reprobables. Aun cuando yo creía estar tomando decisiones libres sin coacción externa ni interna alguna —como manifesté en dos cartas escritas de puño y letra a Luis Fernando Figari, una en 1988 solicitando hacer mi profesión temporal de tres años, y otra en 1991 solicitando renovar este compromiso por un año más—, en realidad yo había sido condicionado a pensar y actuar de determinada manera, pues había sido sometido a procedimientos y técnicas de manipulación psicológica que habían formateado mi cerebro en consonancia con el paradigma sodálite. En otras palabras, había sufrido una especie de lavado de cerebro.

Esto, que también suele designarse como control de la mente o reforma del pensamiento, se inició en mi caso en época muy temprana, cuando yo ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad. Uno de los síntomas es que de un momento a otro dejé de escuchar la música que tanto me había fascinado durante mi adolescencia (Pink Floyd, Yes, Genesis, Queen, Led Zeppelin, Deep Purple), considerándola a partir de entonces como música mundana totalmente ajena a una vida entregada a un ideal cristiano y perjudicial para la salud espiritual. En cierto sentido, una parte integrante de mi ser quedó sepultada durante décadas debajo de los muros de una ideología religiosa fundamentalista que se creía con potencial para evangelizar el mundo y la cultura, pero que rechazaba como cuasi diabólicas muchas manifestaciones culturales del mundo contemporáneo. Recuerdo que en la década de los ’80, la desaparecida San José Producciones —empresa productora de música y video gestionada por el Sodalicio— produjo un documental de media hora dedicado al rock satánico, que llevaba el título de La música encantada. Asumiendo una hipótesis que con el tiempo ha demostrado ser inconsistente e infundada, se señalaba la presencia de mensajes subliminales ocultos con invocaciones satánicas en los temas “Revolution 9” de The Beatles y “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin, los cuales sólo se podían escuchar si se reproducían los vinilos en el tornamesas en sentido inverso de rotación.

Otro elemento constante entre los sodálites era el distanciamiento de la familia, a la cual se la designaba como “familia carnal”, donde los padres prácticamente sólo cumplían una función progenitora de tipo biológico, mientras que el Sodalicio consideraba —y se sigue considerando hasta ahora— como “familia espiritual”, y como tal es revestida de una consistencia metafísica mayor, a tal punto que un sodálite asume que la familia a la cual se debe totalmente en cuerpo y alma es el Sodalicio, mientras que su familia natural pasa a ocupar un lugar secundario, e incluso llega a ser considerada una molestia que hay que tolerar.

Yo mismo fui cortando los lazos familiares con mi madre y mi padre, mis hermanas y otros parientes, hasta el punto de apenas participar en eventos familiares. Me negué a asistir al matrimonio civil de una prima que me había invitado, sólo porque se estaba casando con un divorciado. Fui rompiendo todos los lazos familiares hasta donde me fue posible, pues me habían metido entre ceja y ceja que la familia natural podía ser incluso un obstáculo para alcanzar la santidad, mientras que la familia espiritual que era el Sodalicio debía convertirse en el centro de referencia de toda mi vida personal y social. Para reforzar esta idea, se mandaba leer repetidas veces el Tratado Quinto de la Parte Segunda del libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del P. Alonso Rodríguez, un jesuita del siglo XVI, que lleva el sugerente título “De la afición desordenada de parientes”. Y parece que en el Sodalicio toda afición hacia los parientes se consideraba desordenada, de manera que la actitud que se fomentaba hacia ellos era mantenerlos lo más lejos posible y limitar los contactos a lo estrictamente necesario.

La influencia del Sodalicio fue tan fuerte, que a partir de cierto punto de mi vida toda mi existencia se centró exclusivamente en la institución, como ya lo he señalado en mi relato SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN: «Lo cierto es que a partir de ese mes de mayo de 1978 toda mi vida comenzó a girar en torno al Sodalitium: mis deseos y aspiraciones, mis amigos, mis estudios, mi futura carrera profesional, mi vida afectiva, absolutamente todo».

En la documentación que en enero de este año envié tanto a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, constituida por el Sodalicio, así como a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, en Roma, denuncio

«la mentalidad inculcada, que establece una separación entre el Sodalicio y el resto del mundo, estableciéndose que hay entregar toda nuestra confianza a los responsables de la institución y hay que mantener una cierta desconfianza hacia lo que está fuera del Sodalicio. Al mismo Luis Fernando Figari le he escuchado frases como “un sodálite sólo debe confiar en otro sodálite”, “sólo un sodálite puede ser amigo de otro sodálite; los demás pueden ser compañeros de camino, pero nunca serán amigos”. Esta mentalidad es reforzada por el concepto rígido de obediencia que se maneja al interior del Sodalicio, donde la crítica al superior —aunque sea legítima— es considerada como una falta grave, pues “el superior sabe mejor que tú lo que es bueno para ti” y “el que obedece, no se equivoca”, lo cual en el fondo induce a una renuncia a la propia conciencia y responsabilidad. Además, esta mentalidad de separación entre el Sodalicio y el resto del mundo también se aplica al interior de la Iglesia. Pues durante mucho tiempo a mí se me inculcó que la espiritualidad y el pensamiento sodálites constituían una de las maneras más radicales y auténticas de vivir el cristianismo en la actualidad, junto con un menosprecio de muchos grupos y espiritualidades que forman parte de la diversidad eclesial. Había un particular desprecio por los grupos parroquiales, los carismáticos, los neocatecumenales, entre otros, y en particular por los partidarios de la teología de la liberación, aun en sus formas legítimas. Se nos inculcaba que el diálogo con personas que siguieran estas espiritualidades particulares no era una opción válida. Eso explica por qué se ha tenido una actitud muy agresiva —e incluso se han tomado medidas represivas— contra quienes tuvieran simpatía hacia la teología de la liberación. Quiero además recalcar que superar esta mentalidad de separación intraeclesial entre el Sodalicio y los demás grupos me ha costado mucho esfuerzo, además de que los rezagos de esa mentalidad me han generado más de un problema durante mi reinserción en la vida normal en el mundo».

Esta mentalidad característica de grupos sectarios sólo puede lograrse a través de lo que llamamos lavado de cerebro, que puede ser definido como «una influencia social tan fuerte que cambia la forma de pensar, actitudes y acciones mediante la persuasión y uso de elementos psicológicos de forma invasiva, ya sea mediante un líder carismático o propaganda capaz de cambiar la forma de pensar en contra de la voluntad de la persona, pero sin que ésta lo note» (ver http://www.batanga.com/curiosidades/6329/como-es-posible-el-lavado-de-cerebro). O también como «una serie de técnicas psicológicas de reforma o modificación del pensamiento y el condicionamiento de la conducta. Se busca, de esta manera, debilitar la capacidad de pensamiento lógico, de análisis crítico para crear en la persona un estado de confusión. A partir de ahí se produce la reforma radical del pensamiento para que el sujeto abandone su entorno social, sus antiguas normas de vida y pase a vivir exclusivamente para el grupo» (ver http://www.extj.com/showthread.php?17729-Lavado-cerebral-¿cómo-se-hace-Profr-D-E-Ferrero).

Un buen resumen de las técnicas que se suelen aplicar para realizar un lavado efectivo de cerebro lo encontramos en un artículo de Juan Carlos Martínez García, publicado en la Revista de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (ver http://www.revistacienciasunam.com/es/149-revistas/revista-ciencias-109-110/1246-lavado-de-cerebro-el-control-del-alma.html):

«el proceso de lavado de cerebro se sirve básicamente de los siguientes métodos: el control total de la comunicación del individuo con el mundo externo (esto implica en la víctima la desintegración de su percepción independiente de la realidad); la inducción en la víctima de patrones de comportamiento y emociones por medio de la tortura, esto es, la imposición de castigos extremos como consecuencia de la desobediencia; el uso e insistencia de la confesión para minimizar la privacía individual; la inducción en la víctima, mediante la mecánica de la recompensa, de la creencia de que su interacción privilegiada con el agente la protege contra un entorno social que se le presenta como nocivo e incluso peligroso; el establecimiento de los dogmas básicos de la ideología del agente como ajenos al desafío y como racionalmente exactos; el desarrollo en la víctima de mecanismos de comprensión de ideas complejas por medio de frases simplistas con la finalidad de eliminarle la introspección y el análisis critico de sus vivencias; la imposición, por parte del agente, de la idea de que un dogma es más verdadero y real que cualquier cosa que experimente un ser humano individual; la imposición por parte del agente del derecho de controlar la calidad de vida y el destino último de la víctima».

Todos estos métodos han encontrado aplicación, de una u otra manera, en el Sodalicio de Vida Cristiana, y de manera más moderada en algunas de las asociaciones que conforman el Movimiento de Vida Cristiana. Y al igual que en los grupos totalitarios, los fines eran semejantes: tener militantes que compartan un único pensamiento, nunca cuestionen a la institución, sean totalmente acríticos y leales hacia ella, actúen sólo en función de los intereses institucionales de manera disciplinada y con obediencia absoluta, y estén dispuestos a a sacrificar su yo personal —incluyendo talentos, planes de vida y futuro profesional— en aras del ideal colectivo propuesto por el líder.

Para ello se requiere anular la personalidad individual, que debe ser reemplazada por otra personalidad modélica común a todos los miembros de la institución. Evidentemente, no es posible destruir la personalidad original del individuo. Lo que se hace es montar una personalidad nueva, que concuerda con los rasgos que el líder y el grupo prescriben en su ideología, sobre la personalidad original, que es opacada y permanece latente en los subterráneos del subconsciente.

Para lograr esto, no se encontró mejor excusa que valerse del concepto bíblico de “hombre nuevo”, tal como lo expresa San Pablo: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4, 22-24). En el Sodalicio, bajo el manto de la doctrina de la conversión cristiana expresada como conformación con el Señor Jesús, se ha aplicado con frecuencia procedimientos manipuladores de reprogramación que responden a lo que sería un lavado de cerebro. Con frecuencia se ha llevado a los individuos a desagregar los componentes de su personalidad para luego reconstruir un “hombre nuevo” totalmente dócil a la ideología sodálite y a los requerimientos de la institución.

Uno de estos métodos era el ejercicio psico-espiritual de no identificación con los elementos que conforman la identidad de la persona humana y que se puede expresar en la máxima: «yo no soy mis pensamientos, yo no soy mis sentimientos, yo no soy mis roles o personajes, yo no soy mi cuerpo». Esto todavía se enseña en los grupos de la Familia Sodálite, como consta por un texto de data reciente que aparece en la página web Camino Hacia Dios —fuente de textos de meditación basados en la espiritualidad sodálite destinados al Movimiento de Vida Cristiana—, donde se dice: «el Señor Jesús me lleva a apartarme de toda ilusión, a no creerme lo que no soy, a no identificarme reductivamente con mi cuerpo, mis personajes, mis pensamientos, mis sentimientos. Por otro lado, me lleva a ahondar en lo que verdaderamente soy, a ir a lo esencial, a lo constitutivo, a aceptarlo y valorarlo, a vivir de acuerdo a ello» (ver http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/124-94-vale-la-pena-ser-hombre-porque-tu-senor-te-has-hecho-hombre).

Esto, que se presenta como correcto e inocuo, resulta en realidad un arma de doble filo, pues al miembro de la Familia Sodálite se le invita a identificarse con un yo profundo vacío de contenido concreto. En la práctica conduce a un abandono progresivo de la antigua personalidad.

Pues en el momento en que uno quería defender ideas, si éstas no coincidían con los del pensamiento único sodálite, se le acusaba a uno de estar identificándose con su pensamiento y se le conminaba a dejar de lado esas ideas y no aferrarse a ellas. El sólo hecho de debatir y discutir era tomado como un acto de soberbia y egoísmo de alguien que prefería elegir los propios pensamientos en lugar de asumir los del Señor Jesús, que en realidad no eran los de Jesús tal cual sino una versión fuertemente interpretada de las enseñanzas que encontramos en los Evangelios, pasadas por el crisol de la ideología sodálite. En el Sodalicio no era factible tener pensamientos propios, por lo menos en lo que respecta a los temas esenciales.

Algo similar se aplicaba a los sentimientos. La estrategia consistía en llevar a una disociación del yo respecto a los sentimientos que surgieran en uno e ignorarlos, a no ser que fueran aquéllos permitidos por la espiritualidad sodálite. Los sodálites han sido programados para hacer caso omiso de sus sentimientos, para sentirse culpables si los sentimientos que tienen no son los que se esperan de ellos y para generar sentimientos que estén de acuerdo con el modelo ideal. Esto se reforzaba durante la práctica de la oración mental, donde se debía suscitar prácticamente de la nada sentimientos “correctos” que estuvieran en consonancia con el tema que se meditaba.

La renuncia a mantener cierta identificación con los roles o personajes que uno asume en la vida (por ejemplo, la profesión u oficio uno desempeña) ha permitido que se lleve a los sodálites a renunciar a las propias aspiraciones respecto a su futuro laboral o profesional, a fin de someterse a los requerimientos de la institución, muchas veces en actividades y tareas no remuneradas y sin ningún tipo de seguridad social o seguro de enfermedad. Todavía hay muchos sodálites sin estudios terminados y sin perspectivas laborales fuera de la institución, pues siempre se ha recalcado en ella, de acuerdo a lo que enseñaba el fundador, que lo primordial es ser sodálite y buscar la santidad, y que lo demás es accesorio y se rige por la disciplina de la obediencia.

Finalmente, la no identificación con el cuerpo lleva a exigir la renuncia a todo tipo de comodidad y placer corporal, pues hay que hacer oídos sordos a lo que pide el cuerpo y no dejarse dominar por él. Más aún, cuando uno ya no se identifica con su cuerpo, éste deja en cierto modo de pertenecerle y queda a merced de los rigores impuestos por la disciplina sodálite. De este modo, queda abierta la puerta a todos los castigos corporales y abusos físicos, como aquellos que se han dado a conocer. Y que eran frecuentes en las comunidades sodálites. En mi caso, lo que constituyó una tortura permanente fue la continua sustracción de horas de sueño, tal como lo he descrito en mi post YO TE PERDONO, SODALICIO, cuando señalo «el agotamiento físico a través de ejercicios corporales intensos y prolongados, sumándose a ello la continua sustracción de horas de sueño, y dado que el hecho de quedarse dormido era sancionado con penitencias, sin importarle a nadie que uno estuviera cansado, ello me generaba miedo a quedarme dormido, lo cual a su vez producía un stress que me ocasionaba más agotamiento y tensión, y con ello más cansancio y sueño, en lo que era un círculo vicioso sin salida».

Lo cierto es que todos los aspectos de la vida de un sodálite eran reprogramados. A través de procedimientos psicológicos, medidas de formación y supuestas prácticas espirituales se identificaban los pensamientos y sentimientos propios, con los cuales uno se tenía que desidentificar —pues eran parte del “hombre viejo”, dominado por el pecado— para luego asumir los pensamientos y sentimientos correctos de acuerdo al prisma de la ideología sodálite. Las funciones que uno asumía en la vida —roles o personajes— dejaban de ser parte de uno mismo, y uno quedaba disponible para asumir cualquier función que el superior considerara adecuada para los fines de la institución, aunque eso significara sacrificar las aspiraciones personales y el propio futuro profesional. Y, finalmente, uno quedaba alienado de su propio cuerpo, el cual quedaba disponible para con él se hiciera lo que a los superiores les viniera en gana.

Y lo más perverso de todo este proceso es que uno no se daba cuenta de que le habían reprimido su propia identidad y se había convertido en un militante más con el cerebro lavado, dispuesto a justificar todos los abusos cometidos contra él y contra terceros, incapaz de reconocerlos como tales.

Sin embargo, la verdadera personalidad sigue latiendo, aunque debilitada, en los sótanos del subconsciente. Sólo necesita los estímulos adecuados para reaccionar y volver a tomar el control que se le ha quitado. Se trata de un largo proceso que puede tomar décadas.

Lo que a mí me salvó fue que nunca pude observar estrictamente la obediencia respecto a la información que estaba permitido recibir, lo cual sirvió para se abrieran algunos resquicios de luz en el muro interior que me aprisionaba. No obstante que no se podía leer lo que uno quisiera en las comunidades sodálites, salvo que se tratara de un libro recomendado o autorizado por los superiores, yo nunca me atuve estrictamente a esa norma y leí algunos libros sin permiso y a escondidas. como, por ejemplo, las novelas de Ernesto Sabato (El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abbadón el exterminador). Asimismo, el cine como arte y ventana a las realidades humanas —no estoy hablando del cine comercial producido por Hollywood y similares— me permitió conocer aspectos de la vida humana a los cuales no tenía acceso y desencadenó en mí un proceso de reflexión que, poco a poco, me haría recuperar la libertad perdida. Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), obra maestra de David Lynch, jugaría un papel importante en el desciframiento de la angustiosa situación por la que estaba pasando y en el cuestionamiento de las coordenadas existenciales en que estaba sumergido. Ciertamente, ésta y otras películas las vi en escapadas vespertinas al que era entonces el Cine Julieta (sala de arte y ensayo ubicada en Miraflores) sin conocimiento de los superiores ni de la comunidad.

Pero todo eso es parte de otra historia que contaré más adelante.

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En la página web de ACI Prensa, la agencia de noticias que dirige el sodálite Alejandro Bermúdez, se puede leer el excelente artículo “Las sectas y el lavado de cerebro” (ver https://www.aciprensa.com/Familia/sectas.htm), donde hay una sucinta descripción de los síntomas que ocasionan «movimientos totalitarios, caracterizados por la adscripción de personas totalmente dependientes de las ideas de un líder, que pueden presentarse bajo las formas de identidad religiosa, asociación cultural, centro científico o grupo terapéutico; que utilizan las técnicas de control mental y de persuasión coercitiva para que todos los miembros dependan de la dinámica y del grupo y pierdan su estructura y su idea de pensamiento individual en favor de la idea colectiva, creándose muchas veces un fenómeno de epidemia psíquica».

No me van a negar que esta definición de lo que es una secta se aplica con todas sus letras al Sodalicio de Vida Cristiana. Asimismo, la gran mayoría de los síntomas señalados en el artículo se han verificado en personas que son y han sido miembros de la institución.

No creo que Bermúdez llegue a percibir estos detalles, pues una de las características de aquellos a los que les han lavado el cerebro es que no se dan cuenta de lo evidente, aunque lo tengan delante de sus propias narices. Y siguen defendiendo agresivamente a su líder y la organización que fundó, aunque ellos mismos hayan sufrido abusos y presenten signos palpables de desequilibrio psicológico.

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12 pensamientos en “SODALICIO Y LAVADO DE CEREBRO

  1. Excelente post, describe literalmente lo que pasa en el sodalicio y lo digo con conocimiento de causa. Mi esposo fue sodálite y por experiencia sé el daño que causaron en él.

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  2. Hola es muy cierto lo que dice Martin, pero podría yo decir algunas cosas más, que es que llegado cierto momento te hacen leer para que entiendas cada libro a la manera que ellos desean y/o lo entiendas bajo sus propios parámetros y puntos de vista, así tuve varios amigos que en principio no entendían porque interpretaban de manera errada muchos libros, y por ejemplo el libro que mencionas de ejecicios de perfección cristiana dice y explica claramente que al padre y madre hay que retribuirles su cariño por ser quienes son visitándoles una o dos veces al año y mas adelante da a entender (capitulo 2) que la decisión de ir o no a visitar a los parientes la toma uno mismo, y si se equivoca, o no es parte del crecimiento de cada uno (lo que no existe cuando se imponen reglas), es decir a mi entender la interpretacion sana de estas lecturas han sido tergiversadas hacia los intereses propios del Sodalicio.
    Por otro lado esa forma de actuar y tener confianza sólo en su grupo es muy deplorable y en toda institucin religiosa sólo provoca cerrarse y como consecuencia anquilosarse, si uno se abre a los demás caerá, se equivocará, pero crecerá; ésa es la desesperacion de LF al querer muy paternalistamente controlar todo al hacer eso, sólo ha logrado un grupo en decadencia que aunque fuerte para ellos mismos está en absoluta decadencia por tener miedo a interactuar con los “demas”.

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  3. Felicitaciones por el valor y la sinceridad, siempre la mejor tierra para sembrar la madurez !

    No quisiera dejar de mencionar que varias de las características descritas aquí se encuentran presentes en la mayoría de instituciones sociales que visita un individuo a lo largo de su vida, e implican gran parte del aprendizaje social de su identidad, siempre en diferentes grados e intensidades. De allí (p.ej.) que tantas personas critiquen el egoísmo de otros y sin embargo sean capaces de andar frente a las narices de un ‘sin techo’, sin estar dispuestas a hacer absolutamente nada para mejorar su situación – y eso, todos los días – es una de las grandes contradicciones que generan las instituciones en las estructuras sociales. Formas de ceguera alienante que nos llevan a una pasividad inexplicable. Quién sabe : porque en la sociedad misma abundan estas taras es tan fácil que en el sodalicio se de una eficacia, esto desde el aspecto social, hacia adentro y hacia afuera.

    En el caso del sodalicio & Co la situación es mucho más explícita, hasta que uno se pregunta : hasta qué punto la cúpula y el mismo figari actuaron estratégicamente de esa forma de una manera 100% intencional y conciente (?).
    Otra pregunta que me hago es : porqué hubimos tantos que nos dimos cuenta con prontitud de estas situaciones ? En mi caso, apenas sentí que me estaba alienando, en una situación en la que caminábamos con Frank Schreier a través de la plaza San Martín, empecé a formular preguntas incómodas (Doig no pudo contestar siquiera una). De allí hasta mi salida no duró mucho. Ni yo quería quedarme ni ellos querían que me quede. Por igual recuerdo los comentarios de otras personas que también se retiraron, categóricamente por las razones explicadas en este artículo. Esto desde el aspecto individual psicológico.

    Creo que es necesaria una forma de predisposición para admitir el grado de ceguera al que obligaron allí a la gran mayoría. Yo me pregunto si las condiciones para caer en ese juego se traen ‘de casa’ o no (?). Si hay debilidades de las que el sodalicio se ha aprovechado con toda conciencia y premeditación (?). Es una pregunta amarga y difícil, pero para redondear el tema prefiero – con toda honestidad – no dejar de formularla. La pregunta sobre la resiliencia al fascismo.

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    • Gerundio la sana inquietud que expresas en tu pregunta es recurrente en tus comentarios y de algún modo ha sido contestada aunque no de manera directa. ¿Por qué nos quedamos o se quedaron y por tanto tiempo? Contesto algo:
      Por la edad de captación, por los problemas en la situación familiar, por todos los recursos del sistema sodalite, porque se apelaba a la dimensión religiosa, porque se confiaba de parte también de los familiares de que aquello era bueno por venir de la Iglesia. Y aquí, por esto último manifiesto lo siguiente para llamar la atención desde nuestra experiencia. Los padres son (o quienes asumen esa función) insustituibles y además de que el camino religioso o el de la búsqueda de la felicidad respeta la propia conciencia y la libertad.
      De algún modo hubo complementación entre sus pendejadas y nuestras vulnerabilidades, y los padres, nuestros padres, claro que se equivocaron y de manera grave…
      Every Cerquín Zacarías

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      • Gerundio me gustaría responder a tu pregunta:
        Hubieron casos (muchos diria) en que los padres no estuvieron de acuerdo con la decisión de sus hijos (los consideraban muy jóvenes y tenían razón) esto fue aprovechado para separar al chico de su familia haciéndoles creer que la familia actuaba así por egoísmo o por falta de fe, muchos de esos chicos (sobre todo de provincia) fueron llevados a otra ciudad y esto contribuyó a un alejamiento mayor, ahora pónganse en el caso de estos chicos muy jóvenes todavía, cualquier duda que tuvieran no tenían cerca a ninguna persona que no fuera del movimiento para manifestarla, fueron manipulados para creer que su familia estaba en contra de ellos y ya la confianza en su familia estaba quebrada, eso y la idea (que supieron inculcar muy bien) que retroceder en una decisión de esa índole es un fracaso personal y sabemos que los jóvenes a lo que más temen es al fracaso, fueron determinantes para no tomar la correcta decisión de separase del movimiento, me imagino que es como cuando alguien toma la decisión de divorciarse y deja pasar años para hacerlo aunque sepa que es lo mejor para ambos.
        Tuvieron la mala suerte de encontrarse en el camino con gente que supo muy bien como manipular mentes jóvenes y por lo mismo vulnerables, estas malas personas estaban en sus colegios y después de escogerlos no les dieron tregua, los acosaron hasta que cumplan 18 años para luego separarlos de sus familias.

        No estoy de acuerdo contigo Every: en ningún caso los padres se equivocaron, los que apoyaron a sus hijos pensaron que era lo mejor para ellos y los que se opusieron pensaron que sus hijos eran muy jóvenes para tomar esa decisión, de ambos casos se aprovecharon estas malas personas.
        De esta manipulación muy bien estudiada y hecha a propósito para beneficio propio, para beneficiar su movimiento (mientras más miembros tuvieran más rápido serían reconocidos por las autoridades de la iglesia) hay muchas víctimas, chicos a los cuales se les invento una vocación y padres de familia que vieron de un momento a otro su familia rota, quebrada, sus hijos lejos y distantes, aunque hayan pasado los años no encuentran explicación que los consuele, sienten que sus hijos fueron secuestrados y en el caso de los que volvieron (se separaron de movimiento) sienten angustia de solo pensar que sus hijos fueron dañados y que ellos como padres no pudieron ayudarlos, chicos y padres fueron utilizados por malas personas.
        Un padre por naturaleza aleja a sus hijos del peligro (drogas, violencia) después de los hechos difundidos ¿tendremos también que alejar a nuestros hijos de hombres ligados a la religión? en el colegio donde estudiaron mis hijos hay una petición para que no se encarguen los sodalites de la educación espiritual de los chicos, se está llegando al extremo que hay padres de familia que no quieren que ninguna persona se encargue de la educación espiritual, ósea que se suspenda todo lo relacionado a asuntos religiosos ¿es justo esto? personas que tienen fe están llegando a estas penosas conclusiones…estos padres de familia aunque no les hayan dañado a un hijo también son víctimas del sodalicio.
        Tendrán mucho por que responder.

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      • Mil gracias por las respuestas.
        A ver, chequando un caso concreto. Yo estaba paseando y conversando con otro sodálite en la plaza San Martín, a lo que nos encontramos con Frank Schreier. Entablamos conversación de a tres hasta que se apareció un sr. que vendía condones. Se acercó a nosotros y susurró “jebe, joven – jebe, joven”. A esto Frank le encajó un grito que se debe haber escuchado hasta la avenida Emancipación : “No, carajo, no !!! “. El sujeto se fue un poco cabizbajo, no sin arremeter otra vez pasado un minuto con su “jebe, joven”. Entonces yo le grité de la misma forma que Frank : “No, no, carajo !!!”.
        No pasó ni dos segundos hasta que me di cuenta que había repetido algo ajeno a mí, algo que yo nunca hubiese hecho por mi mismo. Entonces me sentí alienado, sentí que algo había estado pasando en mi, que era capaz de lograr que yo asuma actitudes que no eran connaturales a mi forma de ser. Allí nomás se lo comenté al 2do sodálite con quien había estado conversando al principio. Frank se fue apurado, diciendo que tenía algo que hacer en la Catedral. Me quedé conversando sobre este conflicto con el que quedó, y me di cuenta que para salvaguardar mi propia personalidad estaba con el grupo de personas equivocada, ya que éste justificaba todo y no quería entender el conflicto que yo planteaba.

        De un ejemplo tan fácil, inocuo y simple como este, y pasando a docenas de otros ejemplos en los que una enajenación sodalizante era evidente, veía cómo alrededor mío habían tantos otros jóvenes que copiaban conductas sin tener el menor problema en hacerlo, al parecer no les incomodaba sentirse extraños a sí mismos. De la misma forma habían algunos pocos con quienes hablaba abiertamente de este problema, algunos de los cuales eran aspirantes y que decidieron retirase y hasta alejarse por completo de la familia sodálite, lo que yo también tuve que hacer.

        La pregunta que hice persiste – sin embargo – que (en ese entonces y según mis cálculos) una cuarta parte de los jóvenes no entramos en ese juego. Lo que está claro es que esa cuarta parte fuimos los que teníamos una actitud y capacidad crítica y que sabíamos quiénes éramos. Es importante saber quién es uno !
        A veces tiene que ver con la educación de casa, a veces no. A veces es una pésima base, en esto de autovalorase (!), que engendra jóvenes acríticos dispuestos a que les venden los ojos con tal de aceptar algo de reconocimiento de jerarquías corruptas. Y esto pasa también en la sociedad, no sólo en el sodalicio.
        En fín, creo que seguimos en un área hipotética … Sin embargo, otra cosa que quedó clara – disculpen lo grosero – pero los más tontos, menos críticos, más superficiales y menos sensibles fueron los que se quedaron. Tarde o temprano algunos pocos se separaron por igual de ‘eso’, entre ellos el autor de este blog, quien cultiva una envidiable cultura crítica, y algunos otros que ya son conocidos. Pero no todos sucumben al fascismo, no todo el mundo es corrupto y me sigo preguntando porqué (?).

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      • @ Gabriela,

        No puedo sino celebrar que POR FIN hayan padres de familia que reconozcan los peligros de las técnicas manipulativas de los sodálites en colegios y universidades. Hay más colegios donde los padres de familia hayan asumido una estrategia con todo esto ?
        Ahora que tantas, pero tantas falacias sodálites han quedado descubiertas, me preocupa que todavía existan colegios – que a pesar de toda la evidencia – no tengan una reacción responsable con sus niños y jóvenes > y se subordinen innecesariamente a un tutelaje sodalizante. NO SE LO RECOMIENDO A NADIE.

        Pero cuál es el interés de esos colegios en mantener lazos con toda esa locura, acaso reciben dinero de los sodálites o cómo es eso ? Cómo es allí el esquema de intereses ? Quedan padres que quieran vender a sus hijos o cómo ? Allí hay rectores a quienes habría que denunciar penalmente.

        Está también el problema de meter a Xto y al sodalicio en el mismo paquete, grave error, a estas alturas debería estar totalmente claro que no son lo mismo (!!!).

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  4. Sobre la música, se decía que debía ser “edificante”, no debía ser “música del mundo”, y que antes de escuchar uno debía preguntarse si era “acorde con el plan de Dios”….

    No creo que Jon Anderson, Roger Waters, Jimmy Page se hayan hecho esa pregunta. Ellos tuvieron una inspiración, una idea musical y se lanzaron a componer y tocar sin importarles si era “mundano”,
    alienante, no edificante.

    Hoy Yes, Pink Floyd, Led Zeppelin son hitos, referentes de estilo, su música perdura porque las nuevas generaciones se dan cuenta de la calidad comparada con lo que se produce hoy (con honrosas excepciones).

    El SCV en cambio, si no se reforma pasará a la posteridad como una secta lavacerebros, refugio
    de maltratadores y abusadores.

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  5. Claro, si no qué se supone que es la cúpula sodálite ? Un coro de angelitos ? Toda música es del mundo, aún si bien la hay como forma de oración. Desde Fripp hasta Holdsworth, desde Dowland hasta Penderecki o aún W. Rihm, quien escribe motivado religiosamente con mucha frecuencia, igual. Yo nunca dejé que me dicten qué escuchar. La música no es más que un lenguaje muy íntimo donde se leen todas las dudas, temores y cariños que deambulan por el alma. Quién es perfecto ? El hombre acaso ? Y los más enfermos tienen que decirle a uno qué escuchar ? … imagínate, qué locura !

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  6. Pingback: EL TOTALITARISMO SECTARIO DEL SODALICIO | LAS LÍNEAS TORCIDAS

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