EL PAPA SOÑADO POR UN PERIODISTA CRÍTICO

Hanspeter Oschwald (1943-2015), periodista

Hanspeter Oschwald (1943-2015), periodista

Hanspeter Oschwald (1943-2015), educado en un ambiente católico en una localidad tradicional de la Selva Negra, fue un periodista que se especializó en el tema de la Iglesia católica desde una perspectiva muy crítica. En un capítulo de uno de sus últimos libros Fugando del capellán. Cómo la Iglesia nos quitó la fe (2011) —amargo ajuste de cuentas con una Iglesia católica en crisis— hace una descripción profética de lo que sería para él el Papa ideal.

Todavía con Benedicto XVI como Pontífice, Oschwald sueña ingenuamente con un Papa proveniente de Sudamérica, un pastor de almas dedicado a los pobres, intelectualmente modesto y de vida sencilla y austera. En vez de presentarse como custodio de la tradición y como maestro y pastor supremo, simplemente pide a la multitud congregada en la Plaza de San Pedro que rece por él para conducir a la Iglesia hacia un futuro mejor.

Este Papa quiere concentrarse en lo esencial de la fe y regresar a las raíces, relativizando lo históricamente condicionado. Una vez asumido el cargo, ordena suspender toda investigación contra teólogos críticos de la Iglesia. En su primera encíclica invita a todos los católicos a buscar respuestas en el amor de Dios y a confiar conscientemente en la Iglesia, no obstante todos sus errores. No hay condena de nadie por ninguna parte. Y promete una mayor descentralización en la gestión eclesial.

Aunque Oschwald vio su sueño cumplido antes de morir, su pronóstico era reservado. Un Papa así encontraría resistencia de parte de la curia y los católicos tradicionales, y finalmente poco es lo que podría hacer. Pues el Vaticano actual sigue siendo hostil a las necesarias reformas.

(Columna publicada en Exitosa el 20 de febrero de 2016)

________________________________________

El capítulo de su libro donde Hanspeter Oschwald hace la descripción de lo que para él sería el Papa ideal lleva el título de “Pedro Pablo I: Mi cándido sueño de un Papa de los orígenes”. Aunque hay algunos detalles que no se han cumplido en la persona del Papa Francisco, son asombrosas las coincidencias con la figura pontificia descrita en este texto cuasi profético, publicado en julio de 2011 —dos años antes de la elección del actual Pontífice—. He aquí el texto del periodista alemán.

«Desde el inicio de mi época de periodismo eclesial, más exactamente a partir de 1969, el año de mi primer trabajo como corresponsal en Roma, me mueve un sueño. Éste siempre ha ido cambiando y se ha ido profundizando en consonancia con mis experiencias respecto a la Iglesia. Se trata de la pregunta por el Papa adecuado. ¿Cómo debería ser? En 1969 conocí a Pablo VI, el indeciso, en 1978 a Juan Pablo II, el amable y sencillo catequista, que se atrevía a ver en Dios también a una madre. En el mismo año siguió Juan Pablo II, abierto en las formas pero en lo interior un freno ultraconservador de reformas y un supuesto luchador por la libertad, para el cual no tenía importancia la libertad de los oprimidos, sino el deseo de que pudieran ser católicos sin cortapisas. Después vino el Papa alemán Benedicto XVI, que ya años antes había cimentado teológicamente el fundamentalismo de Karol Wojtyla y del cual los alemanes olvidaron, en su repentina euforia papal, que hasta el martes 19 de abril de 2005 a las 18:00 horas había sido la personificación de todos los problemas que los católicos alemanes modernos tenían con Roma.

Este sueño que se ha ido actualizando esporádicamente desde hace 40 años trata de un Papa que habría podido dar fin a la crisis de la Iglesia ministerial que ya se preveía desde 1969. Al final, me hice la siguiente imagen: es elegido un pastor de almas dedicado a los pobres proveniente de Sudamérica, un sacerdote intelectualmente modesto, un pastor que convence por su sencillez y pobreza. Después de haber sido elegido se halla, como manda la tradición, en la Sala de las Lágrimas en la Basílica de San Pedro. Éste es el momento silencioso en el cual el nuevo Papa, tras aceptar la elección, se introduce en su nueva identidad. Simbólicamente, con el cambio de vestidura consuma el paso de obispo a representante de Cristo en la tierra, a Pontifex Maximus y todos aquellos títulos no bíblicos que le es permitido llevar. Ahora se cubre con las blancas vestiduras papales, que llevará hasta su muerte. Lo asaltan, mientra tanto, muchos pensamientos. ¿Por qué me han elegido precisamente a mí, después de un prestigioso teólogo intelectual y después de un seductor de los medios de comunicación? ¿Por qué a mí, proveniente de un barrio pobre en Sudamérica? ¿Qué tengo yo que me haya predestinado a guiar a la Iglesia católica, que cuenta con más de mil millones de miembros? ¿Es la ausencia de esperanzas, la carencia de alternativas, después de que la Iglesia en todo el mundo ha perdido en convocatoria, perfil y credibilidad, incluso allí donde su imagen se presenta ostensiblemente hermosa, como en África?

Había dudado en la elección del nombre. Ratzinger quería la conversión de Occidente y tomó a San Benito (Benedictus, en latín) como modelo. Juan Pablo I y II querían continuar la herencia de sus predecesores. Él, sin embargo, quiere regresar a los orígenes, y así fue su humilde propuesta electoral en el cónclave. Reflexión sobre lo que es importante, y no sobre lo que está históricamente condicionado, lo que es prescindible, concentración sobre todo lo que es indispensablemente necesario para la fe, lo que la caracteriza auténticamente. A eso aspira. Primero quería por eso llamarse sólo Pedro II, después se decidió por Pedro Pablo I, sabiendo bien, según la tradición, que sólo con Pedro se inició el papado. Pero con Pablo el cristianismo tomó forma. Entonces debía remitirse a ambos. Los electores hallaron sugestivo el pensamiento y estaban convencidos de que en la crisis el intento valía la pena. Si fracasaba, los reaccionarios, que habían sido neutralizados momentáneamente debido a que no habían hallado ninguna respuesta a la crisis, podrían imponerse de nuevo.

En mi escenario, entre tanto, el nuevo Papa se ha cambiado de ropa y está listo para su gran aparición en el balcón central de la Basílica de San Pedro. Que el Papa esta vez tampoco sería italiano estaba claro para los observadores ya desde antes de la elección, pues ya en 2005 durante la elección de Ratzinger su mayor competidor era de América Latina, el cardenal Jorge Mario Bergoglio. Italia, entonces como ahora, ni tenía cardenales destacados adecuados para ser Papa, ni el país laicizado, que de católico sólo tiene la apariencia, presentaba una personalidad que pudiera mostrarle a la Iglesia un futuro mejor. Las respuestas italianas, y con ellas las europeas, a la crisis de la Iglesia no convencían. Los reformadores, que podrían haber estado a favor de una segunda Reforma, no habían sido admitidos en la cúpula. Y el Tercer Mundo carecía de personalidades, pues junto a la deficiente formación universitaria de los teólogos, los nuncios papales, según las instrucciones, proponían a Roma para los nombramientos de obispos y cardenales predominantemente a oportunistas. Únicamente en Sudamérica de manera puntual, obedeciendo a la necesidad y no siguiendo el impulso romano, se imponían purpurados irrelevantes. Cuando finalmente ya ha llegado el momento de su aparición, no esperan tantos creyentes en la plaza, como ocurrió con sus predecesores, para celebrar al nuevo Papa. Anteriormente la Plaza de San Pedro desbordaba, y los reporteros escuchaban con devoción las primeras palabras del nuevo Pontífice, que eran entendidas en el estilo del “No tengáis miedo” de Karol Wojtyla.

El sudamericano Pedro Pablo I no se sirve a sí mismo y no habla del humilde siervo en la viña del Señor. No obstante la elección de su nombre, que ciertamente suscita incógnitas, no se pone a sí mismo en la lista de más de 365 nombres del ministerio petrino, sobre el cual estaría edificada la Iglesia. No habla de su autoridad como custodio de la tradición, como maestro y pastor supremo. Les pide a los allí congregados sólo su oración, para que pueda guiar a todos y junto con ellos a la Iglesia hacia un futuro mejor.

A los prefectos y presidentes de los ministerios curiales, de los dicasterios, de las congregaciones y consejos los deja por el momento en el cargo. Al cardenal secretario de Estado y a los sustitutos, al ministro del interior del Vaticano, los confirma asimismo, pero a todos les da una clara instrucción. Hasta nueva orden no se iniciará ningún proceso contra críticos de la Iglesia, ninguna investigación magisterial contra supuestos desviacionistas y no se emitirá ningún nuevo decreto, sea cual sea la materia.

La curia es conminada a guardar silencio, lo más difícil para ella, pero lo que sin embargo mejor hace. Esto no llama la atención particularmente, dado que de todos modos las directivas romanas sólo tenían un eco restringido. Por momentos parecería que ya no hay curia, pero nadie la echa de menos. Con algunas excepciones, que poco tienen que ver con el pueblo. Ardorosos tradicionalistas y reaccionarios intentan de la manera habitual forzar al Papa mediante reclamos y protestas a comprometerse en desistir de las libertades modernas y darle su bendición a formas tradicionalistas. Pero nada sucede. Incluso los denunciantes chocan con un silencio pasivo. El Papa deja que se ignore a los progresistas y que los conservadores caigan en el vacío.

Casi un año dura esa inusual situación de enmudecimiento romano. Los vaticanistas ya apenas visitan la sala de prensa. Los casilleros de la prensa rara vez se llenan, y lo poco que puede ser compartido de comunicaciones cotidianas sobre celebraciones de misas y actividades papales, lo buscan en Internet. Algunos periódicos consideran si no deberían retirar a sus corresponsales permanentes del Vaticano.

La tranquilidad, sin embargo, sólo encubre engañosamente una actividad del todo inusual. Pues el Papa prepara su declaración de gobierno, que, como de costumbre, tendrá la forma de una encíclica. Al respecto, la curia ha estado sumamente activa, pero no hacia afuera. Cada dicasterio debe elaborar una evaluación de las situación, que se remonte por lo menos hasta el Concilio en 1965. El nuevo Papa espera una justificación histórica y actual de su existencia. ¿Cómo y en qué situación han surgido los cargos, y que han hecho favor de los creyentes (no a favor de la Iglesia)?

La otrora todopoderosa Congregación para la Doctrina de la Fe debe de pronto reflexionar sobre la estela de sangre que ha dejado en la historia como Santa Inquisición, sobre de qué manera tan contraria a la dignidad humana y anticristiana ha perseguido a herejes y críticos, sobre qué poco ha tenido en cuenta los derechos fundamentales y las enseñanzas de Cristo. ¿Cómo ha justificado los dogmas de la Iglesia? ¿Gozan éstos todavía de consistencia o el mundo ha cambiado de tal manera, que incluso habría que suprimir de repente algún dogma?

La murmuración sobre este examen de conciencia se desborda entonces hacia afuera. Y el Vaticano como tema se vuelve otra vez interesante, aun cuando ninguno de los observadores, que pudieron así mantener sus trabajos, sabe adónde va. El nuevo Papa suscita incógnitas, y nadie puede interpretarlo correctamente. ¿Qué significa todo esto? Algún que otro cardenal de curia ya especula en conversaciones privadas sobre la posibilidad de destituir al Papa. Cuestionar verdades proclamadas, tomar en serio las teologías modernas, que no ponen a la Biblia como absoluta, sino que reconocen los análisis históricos, hermenéuticos, religioso-científicos y filosóficos, todo esto resulta incompatible con la certeza de sí misma que tiene la Iglesia católica. Cuando el Papa interroga de manera tan crítica a la propia Iglesia, roza de manera tan cercana la herejía, que los cardenales se verían en el derecho de destituirlo. Todavía nadie se atreve a especular en voz alta al respecto. Pero en los periódicos romanos se filtran de tanto en tanto indiscreciones que, por el momento, son difíciles de interpretar. […]

Pedro Pablo reflexiona y escribe finalmente su encíclica. En ella convoca a todos los católicos a buscar respuestas a todas las preguntas en el amor de Dios, a seguir con confianza a la Iglesia a pesar de todos sus errores, pues el designio misterioso de Dios guiará todo hacia el bien. Así y todo no hay ninguna condena. Algunos procesos son archivados, y la Congregación para la Doctrina de la Fe sufre recortes. El Papa también asegura que permitirá más descentralización en la Iglesia católica. Ha despertado esperanzas, pero ha logrado poco, porque el miedo a la responsabilidad, el miedo a las consecuencias, tal vez un cisma, bloquean al Papa. La memoria temerosa del antiguo orden es más fuerte. Las mejores intenciones se desmenuzan de este modo ante el peso de la tradición.

Finalmente, Pedro Pablo debe reconocer que de Roma no se puede esperar una verdadera reforma. Pero esto se lo guarda para sí mismo. Éste y el siguiente cónclave no van cambiar nada. Ahí termina mi sueño.»

(Traducción al español: Martin Scheuch)

________________________________________

FUENTE

Hanspeter Oschwald, Auf der Flucht vor dem Kaplan. Wie uns die Kirche den Glauben austrieb [Fugando del capellán. Cómo la Iglesia nos quitó la fe], Piper, München 2011.

2 pensamientos en “EL PAPA SOÑADO POR UN PERIODISTA CRÍTICO

  1. QUE INTERESANTE ESTE ARTICULO ACERTO EN MUCHAS COSAS PERO TIENE RAZON EN QUE EL MIEDO AL CAMBIO ES MUY FUERTE EN ESPECIAL LOS QUE HAN BASADO SU PROPIA DOCTRINA EN UN FALSO CONSERVADURISMO ESO ES UN ENGAÑO QUE SIEMPRE HA EXISTIDO AFERRARSE A UN CONSERVADURISMO SIN MISERICORDIA NI HUMILDAD QUE SOLO ES UNA IDEOLOGIA Y NO UNA RELACION CON DIOS COMO UN AMIGO MUY INTIMO.

    Me gusta

  2. “Pedro Pablo debe reconocer que de Roma no se puede esperar una verdadera reforma…(…)”

    Bueno, toda reforma comienza en el propio corazón. Si se da a través de un proceso de disquisición o tras la experiencia vivida, o de a una, eso lo decide Dios. Sin embargo en lo que respecta a la institución Iglesia : parece que tenemos un problema …

    A fin de cuentas, si veo que una institución comete errores graves, siempre será mi conciencia asistida por la Gracia Divina la que me dará las llaves hacia las nuevas desiciones. Pero para que esto sea posible es necesario mantener el corazón abierto para no perder la confianza con y en ella. El problema empieza cuando uno lo cierra desvinculándose de la gracia, muchas veces como consecuencia de no querer asumir una responsabilidad. El miedo a errar es un sentimiento y no un área de desiciones, y desde que hay culpa hay responsabilidad, se quiera o no se quiera. Si no, es como regalarle tu brújula a un enfermo, o a uno que no sabes si está o no enfermo, y si te desvías le echas la culpa a él. La única solución es beber de la fuente, buscar en los orígenes.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s