LA INSTITUCIÓN Y LAS VÍCTIMAS

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P. Klaus Mertes SJ, ex rector del Colegio Canisio de Berlín

El P. Klaus Mertes SJ (nacido en Bonn en 1954), siendo todavía rector del Colegio Canisio de Berlín, envió una carta fechada el 20 de enero de 2010 a unos 600 ex alumnos, revelando que había habido casos de abusos sexuales en la institución en las décadas de los ’70 y los ’80 por parte de dos sacerdotes jesuitas, que posteriormente colgaron los hábitos. En la misiva, el P. Mertes les pedía perdón a aquellos que pudieran haber sido víctimas de tales abusos. Con este valiente escrito desencadenó una avalancha de revelaciones de casos de abusos en la Iglesia católica alemana y en otras instituciones que trabajan con niños y jóvenes, lo cual le valió ser galardonado en el año 2011 con el Premio Ciudadano Gustav Heinemann, que otorga el Partido Socialdemócrata de Alemania a personas que destacan por su coraje civil.

Desde entonces ha concedido entrevistas a diversos medios y ha publicado artículos donde reflexiona sobre el problema de los abusos sexuales en la Iglesia católica. La siguiente ponencia resulta de interés para todo aquel que haya seguido el caso del Sodalicio de Vida Cristiana, pues de alguna manera explica cómo reaccionan las instituciones ante los testimonios de las víctimas y da algunas pautas y principios para afrontar el problema desde una perspectiva eclesial y cristiana.

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DECLARACIÓN EN EL CONGRESO ECLESIAL ECUMÉNICO EN MÚNICH, 14/05/2010
por el P. Klaus Mertes SJ

1. Víctimas e institución

Forman parte del abuso dos aspectos: el hecho del abuso en sentido estricto así como la reacción desmesurada de la institución en la que ocurre el abuso. Este segundo aspecto les duele aún hoy a muchas víctimas, con frecuencia mucho más que el primer aspecto del abuso. Los afectados, efectivamente, se comunican con la institución (en mi caso, el Colegio Canisio), no con los perpetradores. Muchos ya no quieren tener nada que ver con los perpetradores reales. Pero quieren esclarecer su relación con la institución, quizás reconciliarse.

Ante esta situación la institución interpelada debe tomar la decisión fundamental de cómo quiere encarar a las víctimas. Las víctimas quieren hablar con los representantes de la institución en la cual fueron sometidas a abusos. De modo que salgo a hacerles frente en cuanto tal. Yo, en mi condición de jesuita, de sacerdote y de rector de la escuela, pertenezco a la institución y no me distancio de la institución, precisamente mucho menos en mi encuentro con las víctimas. No les haría ningún servicio a las víctimas si yo me solidarizara con ellas en contra de la institución. Las víctimas necesitan de alguien que les confirme lo siguiente: Sí, vosotras estáis donde mí en la dirección correcta, para narrar vuestras historias, mostrar vuestro enojo, denunciar y poner exigencias.

Todos los intentos de la institución por su parte de presentarse como víctima de los perpetradores o incluso como víctima de las declaraciones de las víctimas yerran el blanco. En cierto modo estas reinterpretaciones del propio punto de partida son una continuación del abuso. Asumir la perspectiva de las víctimas significa para sí mismo como representantes de la institución lo siguiente: nosotros no somos las víctimas, sino que las víctimas son las víctimas.

2. Víctimas en conflicto con la institución

En el simposio de los jesuitas en Semana Santa hemos hablado unos con otros sobre lo que significa como Iglesia o como orden en concreto asumir la perspectiva de las víctimas. O dicho de otro modo, darle prioridad a la perspectiva de las víctimas sobre los intereses de imagen de la institución. La prioridad de la perspectiva de las víctimas es algo que se desprende claramente del Evangelio. Pero es muy difícil asumir realmente esta perspectiva. Un hermano informaba en su grupo de conversación de lo difícil que le resultó descubrir que, contra toda retórica, estaba de facto tan fuertemente cautivo de la perspectiva de la institución, que requirió de semanas para comprender lo que significaba el cambio hacia la perspectiva de las víctimas.

Un proceso particularmente difícil para nosotros jesuitas fue confrontarnos con la carta abierta de un grupo de víctimas dirigida a nosotros. El tono era duro, agresivo, acusatorio, exigente y, según nos pareció a muchos, injusto con nosotros. Es fácil permanecer en la perspectiva de las víctimas mientras las víctimas sean meramente pasivas. Pero las víctimas son más que sólo víctimas. Tienen una historia de supervivencia tras de sí, una lucha por sobrevivir, o siguen luchando aún, décadas después del abuso. El asumir la perspectiva de las víctimas no puede ir condicionado a que las víctimas sean amables y amistosas y le ahorren conflictos a la institución.

De ninguna manera se trata en la perspectiva de las víctimas de una especie romanticismo, con una visión idealizada de las víctimas. También esto corresponde al sentido del Evangelio: los pobres no son simplemente los buenos, los inocentes amables. No obstante y precisamente con su actitud espinosa, tienen algo que decirle a la institución. La promesa del Evangelio, tal como como yo la entiendo, es así: lo que Dios quiere de mí o de nosotros como Iglesia, lo hallamos en el encuentro con las víctimas. Eso no quiere decir que las víctimas siempre tengan la razón. Pero una Iglesia que cierra sus oídos a las víctimas, o que las escucha para ayudarlas de arriba para abajo, no hallará lo que el Espíritu tiene que decirle ahora y hoy.

3. Abuso y sexualidad

Algunos alumnos del Colegio Canisio escribieron en 1981 a las autoridades entonces accesibles para ellos: “El ámbito de la pedagogía sexual se halla bajo la única responsabilidad del guía espiritual. Un intercambio razonable no tiene lugar. No hay una persona femenina de referencia para muchachas adolescentes. La sexualidad es declarada tabú, y se intenta guiar e influenciar la sexualidad con prohibiciones. Nos remitimos más en concreto al problema tampoco resuelto en la doctrina católica de los jóvenes homosexuales, que se ven sometidos a cargas pesadas y son muchas veces abandonados con sus problemas y tiene que enterarse de que tienen opiniones sobre la sexualidad que van contra las buenas costumbres y son antinaturales”. Sabemos hoy que quienes aquí hablan fueron víctimas. La pregunta que me atormenta es la siguiente: ¿Que nos ha impedido escuchar tales quejas y preguntar qué experiencias concretas se hallan detrás? ¿Y qué nos impide hoy escuchar cuando las víctimas hablan de nuestra pedagogía y pastoral? ¿Nos bloquea de tal manera la idea de que podría haber ciertamente víctimas de nuestra pastoral, que no escuchamos más?

Quisiera mencionar un aspecto: no poder escuchar y no poder hablar van juntos. Quien no puede hablar, tampoco puede escuchar. Por supuesto que quien quiere escuchar, también debe poder callar. Aquí no nos referimos al silencio oyente. Más bien me refiero a ese quedarse sin palabras que tiene que ver con ocultamiento, con callar temeroso. El quedarse sin palabras es el precio del silencio. Esto también es válido para las instituciones. Me parece que aquí se halla una pregunta importante: ¿Hay temas para los cuales nosotros como Iglesia no tenemos palabras? ¿Nos quedamos sin palabras porque la verdad que hay que enunciar es demasiado amarga, demasiado desagradable? ¿Nos quedamos sin palabras hasta el punto de que debemos hacer callar a las víctimas cuando hablan?

Las víctimas debieron confrontarse durante años con temas sobre los cuales no habían sido escuchadas, y tampoco lo fueron posteriormente, pero sobre los cuales se les había enseñado mucho y aún hoy se les enseña: obsesiones pedagógico-sexuales, cuyos frutos son sentimientos de culpa en el manejo de la propia sexualidad, sentimientos de culpa respecto a la propia homosexualidad, respecto a la masturbación iniciada por el perpetrador; pero también una relación infantil hacia las autoridades, miedo hacia los propios pensamientos y dudas que sean divergentes, y muchas otras cosas más. Para las víctimas estas experiencias forman parte del sabor católico del abuso. Esto debe ser tomado en serio. Aquí no se puede decir sencillamente que todo se debe a malentendidos. Si tomamos espiritualmente en serio que la Iglesia pude aprender algo del encuentro con las víctimas, entonces se presenta para la Iglesia y su Magisterio la oportunidad de aprender.

4. Poder espiritual y abuso

Con la ordenación se da un poder espiritual, que el Papa Benedicto ha desarrollado en este Año del Sacerdote tomando como ejemplo al Cura de Ars. Hay un poder sacerdotal particular en razón de la ordenación. Yo creo que pertenece a la esencia de la Iglesia.

Las víctimas de las cuales hablamos se vuelven víctimas dentro del marco de una desviación del poder; el niño es objeto de abuso por los padres; el alumno es objeto de abuso por el maestro; el paciente, por el médico. Todo esto ocurre en una relación de confianza que la víctima no puede eludir. En el caso del sacerdote se añade el abuso del poder espiritual. También la relación con la función espiritual es ineludible para aquellos que quieren encontrar a Cristo en la Eucaristía, en la absolución, pero también como Pastor y Maestro. Cuando aquel que actúa in persona Christi abusa, entonces el acceso a Cristo, a la fe en Cristo, queda dañado, si no destruido. Se trata de un hecho abominable.

La pregunta por el poder espiritual en la Iglesia y sus estructuras es una pregunta de interés eclesial general. Relacionado con el clero: ¿Qué significa el poder para nosotros clérigos? ¿Reflejamos que lo tenemos adecuadamente? ¿Que significa para nosotros el poder respecto a nuestras necesidades de relación y reconocimiento? ¿Dónde podemos compartirlo más? ¿Dónde podemos ser acogedores en la Iglesia? ¿Cómo nos comunicamos con los que no son clérigos? ¿Cómo enfrentamos el clericalismo, que por cierto no es sólo una característica de los clérigos?

La pregunta por el poder no es sólo una pregunta de la vida espiritual personal. El sentido de institución pertenece, en mi opinión, a lo católico. Precisamente por eso plantear la pregunta sobre las estructuras de poder en la Iglesia católica es plenamente católico. El abuso de poder debe ser prevenido también estructuralmente. Con gran preocupación busco que se disuelva la distinción de función y persona no sólo en la Iglesia católica, pero también en ella. Donde la crítica se considere delito de lesa majestad y una palabra abierta cuente como enlodamiento de la propia casa, allí huelo la predisposición al abuso de poder.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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TEXTO ORIGINAL

„Statement auf dem ÖKT in München“ (14. Mai 2010; PDF; 15 kB)
http://www.muenster.de/~angergun/klaus-mertes.pdf

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3 pensamientos en “LA INSTITUCIÓN Y LAS VÍCTIMAS

  1. Cuando nuestras víctimas son nuestros maestros y somos capaces de hacernos preguntas esenciales aprendemos a ser valientes, o no ? Nos acercamos al sentido vigente, esencial y genuino de nuestras instituciones, o no ? Cuando aprendemos a ser capaces de dudar, sin perder la brújula de nuestra humildad, algo nos empuja fuera de nuestro pedestal de arrogancia, o no ?

    Tendrá sentido esperar algún día una carta como esta de moroni y figari ?.
    Creo que no, son otro tipo de personas y ya se les pasó la misa … :/

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  2. … y cuando no somos capaces de aprender de nuestras víctimas, ni de nuestros errores porque ni nos interesa entender como ocurrieron, ni de comprender el sentido de nuestra institución, ni aprendemos a dudar de nosotros mismos, ni a ser humildes ; eso quiere decir que nuestra institución no es genuina, que hemos perdido la brújula y que no podemos desmontar la bandera de la arrogancia … toda una sinfonía a la tibieza.

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