LA ESCUELA DE ODENWALD Y EL SODALICIO

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Alumnos delante de la Casa Goethe de la Escuela de Odenwald (Odenwaldschule) en los años ’70

Andreas Huckele (nacido en 1969) es una de las primeras víctimas en denunciar lo que constituye el mayor escándalo de pederastia de la historia alemana reciente. En la Escuela de Odenwald (estado de Hesse), el internado más famoso de Alemania, Gerold Becker, director entre 1972 y 1985, junto con otros 17 docentes identificados, abusaron sexualmente de manera sistemática de niños y adolescentes escolares.

Las juristas encargadas de la investigación dieron a conocer en su informe final (2010) que hay 132 víctimas identificadas entre 1965 y 1998. Pero se calcula que en la sombra podrían haber unas 300 víctimas más.

Huckele se basa en su propia experiencia para llegar a conclusiones sobre las condiciones estructurales que permiten la aparición de violencia sexual en las instituciones, a fin de poder tomar las medidas preventivas correspondientes. Encuentra que hay cuatro errores típicos —propios de una cultura de la disociación— entre los responsables y representantes de la institución afectada, a saber:

  • Eso no sucede aquí; el mal siempre se da en otra parte.
  • Eso no sucede ahora; en el pasado hubo uno que otro caso.
  • Se trata de casos concretos e individualizados (los famosos “casos aislados”).
  • No es tan grave (banalización) o “sí, pero…” seguido de una argumentación positiva, es decir, los abusos son compensados por los servicios buenos y positivos que ha prestado la institución.

Cualquier semejanza con el Sodalicio no es producto del azar, sino inevitable. Hasta ahora los responsables del Sodalicio han caído en estos errores de disociación y se resisten a cuestionar su propio sistema institucional. ¿Terminarán cerrando como ocurrió con la Escuela de Odenwald en septiembre de 2015?

(Columna publicada en Exitosa el 2 de enero de 2016)

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Andreas Huckele fue alumno de la Escuela de Odenwald de 1980 a 1988. Tratándose de un internado, los alumnos eran asignados a “familias”, cuyas cabezas eran los mismos docentes de la escuela. Cada “familia” tenía reservados unos aposentos, donde los hijos naturales compartían dormitorio con los alumnos “adoptados”. El director Gerold Becker era soltero y no tenía hijos propios. Es así que en 1982, cuando tenía 13 años de edad, Andreas entra a formar parte de la “familia” de Becker.

En el libro que escribió bajo el seudónimo de Jürgen Behrens —«Wie laut soll ich denn noch schreien?» Die Odenwaldschule und der sexuelle Missbrauch, Rowohlt, Reinbeck bei Hamburg 2011 [«¿Cuán fuerte debo aún gritar?» La Escuela de Odenwald y el abuso sexual]— narra cómo ocurrió el primer abuso. Venía de jugar fútbol con una mano vendada debido a una herida que se había hecho al caerse. En las duchas tuvo dificultad para abrir el frasco de shampoo y, de repente, se apareció Becker desnudo y le preguntó amablemente sí podía ayudarle. Andreas, quien veía en él una figura paternal y maternal a la vez, aceptó de buen grado. Becker le empezó a enjabonar el cabello y luego lentamente pasó a los genitales. El adolescente, confundido, sin saber si esos masajes extraños era correctos o no, pero aún así sintiendo incomodidad y hasta repugnancia, no se resistió, hasta que Becker terminó con su perversa tarea.

A partir de aquel día Becker se hizo presente cada mañana junto a la cama del adolescente para manipular su miembro viril, a veces su ano, sin que éste psicológicamente estuviera en capacidad de resistirse. Y siempre con actitud amable y trato cuasi paternal. Hasta que en algún momento del año 1985 Andreas se resistió violentamente. Enfurecido, cargado de odio y dispuesto a poner de una vez por todas un límite a una situación que lo había llevado al borde del alcoholismo, empujó a Becker cuando éste intentó, como tenía costumbre desde hacía tres años, abusar sexualmente de su pupilo. Poco tiempo después Andreas entraría a formar parte de otra “familia” dentro del internado.

En una carta que le dirigió a Gerold Becker el 10 de enero de 1998 le decía:

«Durante mi época escolar en tu “familia” me acosaste y agrediste sexualmente de manera continua. Entrabas a nuestra habitación al momento del despertar matutino, metías tu mano debajo debajo de mi colcha y me tocabas los genitales. Intentaste repetidas veces besarme en la boca contra mi voluntad. Me desvestiste, me llevaste a tu cama y me practicaste sexo oral.»

El 10 de junio de 1998, Andreas Huckele y otro antiguo compañero de clases de la Escuela de Odenwald, habiendo tenido noticias de que Gerold Becker había regresado a la institución para encargarse temporalmente de algunos cursos, entre ellos el de religión, decidieron enviarle una carta a Wolfgang Harder, director de la escuela, con copia a otros 26 docentes, informándole que durante años habían sido objeto de abusos sexuales por parte del renombrado pedagogo. En esa carta ponían una frase que debería haber hecho sonar más de una alarma: «y nosotros no somos los únicos». Si bien para algunos destinatarios la carta significó un shock, finalmente lo que primó fue la indiferencia. Más aún, nadie quiso saber quiénes eran las otras víctimas además de los dos remitentes.

Aún así no se rindieron y el 17 de noviembre de 1999 lograron que el periodista Jörg Schindler publicara en el Frankfurter Rundschau un informe sobre los abusos en la Escuela de Odenwald (ver http://www.fr-online.de/missbrauch/odenwaldschule—fr-anno-1999-der-lack-ist-ab,1477336,2823512.html). El artículo pasó sin pena ni gloria, y no hubo reacción por parte de la opinión pública. Como si se tratara de un hecho cualquiera del cual uno se entera mientras toma el desayuno, y después mientras se hace la digestión, uno se sumerge en la rutina diaria y se olvida de lo que leyó en el periódico. Total, son cosas que pasan y poco tienen que ver con las preocupaciones cotidianas del día a día.

Pasarían unos diez años antes de que en el primer trimestre de 2010 el asunto lograra una repercusión mediática de tales proporciones, que llevó a que la fiscalía de Darmstadt investigara y determinara las proporciones del problema, con un resultado de 18 docentes perpetradores de abusos sexuales y 132 víctimas identificadas.

Andreas Huckele ha seguido escribiendo y publicando sobre el tema de la violencia sexual contra menores de edad y fustigando la indiferencia de la sociedad ante esta dolorosa realidad. Por ejemplo, el 21 de agosto de 2013 escribía lo siguiente en la Süddeutsche Zeitung (ver http://www.sueddeutsche.de/panorama/sexualisierte-gewalt-kinder-gehen-uns-alle-an-1.1750867):

«En 2010 se hicieron públicas innumerables historias sobre violencia sexual contra niños gracias a la cobertura informativa de los medios y de este modo se convirtieron en parte de nuestra realidad social. Mediante relatos pavorosos se hizo palpable de manera plástica lo que los adultos les pueden hacer a los niños. A través de testimonios de la Escuela de Odenwald, de orientación pedagógica reformista, y el Colegio Canisio, católico, se hizo visible la punta del iceberg, que esconde bajo la superficie de lo percibido sus verdaderas proporciones: el horror de la violencia sexual contra niños en el entorno social cercano. Quien quería enterarse en el año 2010, podía enterarse. Quien no quería enterarse, también se enteraba. No había vuelta atrás después de ese reconocimiento.

En la página web del Parlamento Alemán se puede leer ahora: “Uno de cada cinco niños en Europa experimenta violencia sexual”. Estas cifras sobre violencia sexual se conocen desde hace décadas. En ese entonces sucedió poco o nada a favor de los niños afectados. Sólo que este “poco o nada” ha cambiado. Actualmente es un “poco o nada” distinto.

¿Qué sucede en instituciones en las que hay niños? ¿En las escuelas, jardines de infancia, asociaciones deportivas? Allí los responsables han construido algo extraño, lo que yo llamo los cuatro errores básicos sobre la violencia sexual.

Primero: no ocurre aquí. La violencia sexual se da en todas partes en la sociedad, en todos los contextos sociales, independientemente del estatus socio-económico, pero no entre nosotros.

Segundo: no ocurre ahora. La violencia sexual es un delito del pasado. Ahora todos los niños en nuestra institución están seguros.

Tercero: se trata de casos aislados. El lenguaje traiciona al sistema. El caso aislado se menciona en plural. Un humorista de cabaret ha designado a la Iglesia católica como una víctima del “mayor tumulto de casos aislados de la historia”.

Y cuarto: no es tan grave; ya pasó. Los hechos ocurrieron hace mucho; el tiempo, como se sabe, sana todas las heridas.

De estos errores se aprovechan todos los que quieren que las cosas continúen como hasta ahora.»

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3 pensamientos en “LA ESCUELA DE ODENWALD Y EL SODALICIO

  1. El conformismo y la comodidad provocan una inercia. Sospecho que esos 4 puntos están relacionados con esto. De esta inercia, que toma forma a través de la cultura, se aprovechan las mentes retorcidas para ejercer sus vejámenes.
    Darles poder y dejar que armen su estructura alrededor de él es estadísticamente esperar a que en algún momento se den esos horrores. Hasta que esos horrores salten a la vista o al oído. Luego vienen las catástrofes y las lamentaciones.

    Nadie debería tener tanto poder, menos los que tienden a una autocracia : usualmente los más enfermos. Las instituciones necesitan un control, basado en un principio de control mutuo. Creo que no queda otra. Si no, cómo defendemos a nuestros niños y menores ? Otra idea ?

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  2. Pingback: PREGUNTAS A LA COMISIÓN DEL SODALICIO | LAS LÍNEAS TORCIDAS

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