EL CLIENTE DE LA PROSTITUTA

Fotograma de “La última tentación de Cristo” (Martin Scorsese, 1988)

Fotograma de “La última tentación de Cristo” (Martin Scorsese, 1988)

Es moneda corriente que quienes se llaman cristianos y dicen seguir a Jesús tengan una imagen idealizada del profeta de Nazaret, ajustada a su modo de vida y su condición social. Y a su ideología personal o colectiva. Recuerdo que durante mis primeros años en el Sodalicio de Vida Cristiana nos leían con frecuencia la descripción de Jesús que hace Karl Adam, un teólogo católico que en los años ’30 fue miembro del partido nazi, el cual se imaginaba a un Jesús robusto, exigente, siempre sano, amante de vivir a la intemperie y cuidadoso de su presencia física, según los ideales de las Juventudes Hitlerianas.

Sin embargo, el Jesús real debe haber sido distinto. Los cristianos prefieren alejar la idea de un Jesús tan humano que apestaba al igual que sus congéneres, que cagaba y orinaba a campo abierto, que tuvo adolescencia e impulsos sexuales, que aprendió de la experiencia, pasando por los fracasos propios de toda vida humana. Sin pecar ni rebelarse contra Dios.

En ese sentido, la imagen que aparece en la película La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988) de un Jesús esperando junto a los demás clientes de la prostituta María Magdalena, a fin de poder hablar con ella y nada más, aunque ficticia me resulta más conmovedora y apelante que aquellas imágenes monolíticas de Jesús que reflejan una pureza aséptica y tan distante de lo humano.

Estamos ante un Jesús que sentirá la seducción natural de un amor de mujer para formar un hogar donde gozar de la felicidad terrena. Pero que decidirá finalmente aceptar otro destino: una muerte temprana en fidelidad a principios superiores.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 1° de abril de 2015)

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La Sagrada Escritura afirma claramente que Jesús, Dios hecho hombre, fue en todo semejante a nosotros menos en el pecado.

«Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo.» (Hebreos 2,17)

«Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado.» (Hebreos 4,15)

Aún así, a muchos cristianos les resulta difícil llegar hasta las últimas consecuencias de un enunciado que ya desde tiempos antiguos generó resistencia de parte de la razón humana. Y es así que cuando se presenta a un Jesús tan pero tan humano, al punto de compartir muchas de nuestras flaquezas y debilidades, algunas sensibilidades religiosas se sienten ofendidas y llegan a acusar de blasfemia a quien ose representar en toda su crudeza esas cosas.

Además, el Jesús de los Evangelios se rodeaba de gente considerada por la sociedad judía de entonces como personas de mal vivir y pésima reputación: publicanos (recaudadores de impuestos) y pecadores, entre los cuales podemos incluir a los delincuentes, las prostitutas, las personas con enfermedades graves, congénitas o mentales —según la concepción de la época que atribuía este tipo de dolencias al pecado—. Y no pocas veces los fariseos (judíos decentes y practicantes de buen nivel social) le recriminaron por andar en compañía de esa gentuza.

Lamentablemente, muchos representantes actuales de Jesús ante el pueblo cristiano —entre ellos incontables obispos, sucesores de los Apóstoles—, si bien no ven ningún problema en visitar a los enfermos, prefieren no tener nada que ver con gente considerada de mal vivir y buscan mantener sobre todo una buena reputación ante la burguesía católica. No tengo ningún recuerdo contemporáneo de algún obispo que se haya sentado a la mesa a comer con prostitutas, ladrones de bajos fondos, jóvenes pandilleros, drogadictos, alcohólicos o enfermos mentales, como lo hubiera hecho Jesús si hubiera vivido en la actualidad. Pero si el delincuente es un empresario de alto nivel social y buena reputación protegido por la ley, que incluso puede estar matando gente lentamente aplicando estrategias capitalistas usuales en nuestras sociedades enfermas, son muchos los obispos que se sentarían a la mesa con él, con actitud complaciente y callando en todos los colores las injusticias ocasionadas por tal sujeto. En fin, nunca hay que disgustar a un posible donante.

Cuando el Cardenal Jean Daniélou falleció el 20 de mayo de 1974 de un paro cardíaco en la casa de una prostituta parisiense, hubo escándalo. Sin embargo, este eclesiástico de inmensa profundidad intelectual y tendencias renovadoras, encarnó en su vida la figura de Jesús de manera más cercana que otras eminencias católicas de nuestro tiempo, tal como lo describe su hermano homosexual Alain en su autobiografía:

«Jean tuvo siempre hacia mí una amabilidad perfecta. Durante toda su vida sintió remordimientos por el modo como la familia me había tratado y dejado sin sustento. Se lo decía a menudo a amigos comunes. Cuando mi amigo Raymond murió le confió a Pierre Gaxotte, en los pasillos de la Academia de Francia, que sentía una gran tristeza pensando en lo afectado que debía de estar yo.

Ser nombrado cardenal fue para Jean una liberación. Era finalmente libre de la constricción jesuítica de la que, estoy seguro, había sufrido. Los últimos años de su vida fueron los más felices.

Su muerte y el escándalo que ésta provocó, pues él ya era una de las mayores figuras de la Iglesia, ha sido una especie de venganza póstuma, uno de los favores hechos por los dioses a los que aman. Si hubiera muerto unos instantes antes o después, o si hubiera estado visitando a una señora del distrito dieciséis con el pretexto de obras de beneficencia, en lugar de llevar las ganancias de sus escritos teológicos a una pobre mujer necesitada, no habría habido ningún escándalo.

Desde siempre, Jean se había dedicado a las personas mal vistas. Durante un cierto periodo había celebrado una misa por los homosexuales. Intentaba ayudar a los detenidos, a los delincuentes, a los jóvenes con dificultades, a las prostitutas. He admirado profundamente este final de vida, similar al de los mártires, cuyo aroma sube al cielo entre la abominación y el sarcasmo de la multitud.

Ha muerto como mueren los verdaderos santos, en la ignominia, entre risas burlonas, con el desprecio de una sociedad resentida y vil. En los últimos años de la vida de mi hermano yo vivía cerca de Roma y era, según la opinión del clero, un apóstata de cierto relieve. Había quien nos confundía y algunos críticos habían incluso atribuido a mi hermano mi libro L’érotisme divinisé, diciendo: “Ya sabemos la libertad de espíritu que tienen los jesuitas, pero…”. Mi hermano tuvo que demostrar que el escándalo no lo ocasionan nuestras creencias o nuestros actos, sino la ironía de los dioses, que se ríen de este tropel de reglas de vida y de las denominadas “verdades que hay que creer”, de las cuales los hombres se atribuyen la paternidad.»

Parece que la gracia de Dios se muestra reacia a actuar donde reina la autocomplacencia de los decentes, aquellos que podríamos llamar los fariseos de hoy. Porque, como decía San Pablo, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Romanos 5, 20). Y el mismo Jesús les espetó a los fariseos en su cara una frase que aún hoy puede resultar dura de oír para muchos: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios» (Mateo 21, 31).

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El texto de Alain Daniélou aparece citado en:

Sandro Magister
Mi hermano homosexual (12.2.2015)
http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350992?sp=y

Sobre el teólogo Karl Adam, se puede leer mi post LOS TEÓLOGOS NAZIS.

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3 pensamientos en “EL CLIENTE DE LA PROSTITUTA

  1. Entender a Xto como una persona de carne y hueso, verlo frente a tí como ves a alguien ‘x’ y conversar con él, como quién se toma un café con alguien y conversas sobre esto y aquello, y percibes su olor, su tono de voz, su presencia física, sus gestos naturalmente humanos, o sea pareciera estar en abierta contradicción con quienes dicen que lo conocen …

    Como entender la luz si no se tiene conciencia de la oscuridad o si no se le visita ? Sólo quedaría pensar que uno está iluminado, cuando uno tapa la fuente de luz con su presencia, cuando uno pretende reemplazarla, pero uno no lo está.
    Como una nube.

    Pero las nubes pasan… 🙂

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  2. Un autor muy genial y que retrató a un Jesus tan humano como cualquiera es Jose Saramago (premio Nobel de 1998) en su novela “El evangelio segun Jesucristo”, literatura absolutamente recomendable, debo advertir que al ser una novela contiene escenas ficticias nacidas de la imaginacion del autor que pueden parecer contradictorias a los testimonios biblicos o suponer actos de Jesus que la biblia no dice, sin dejar de ser respetuoso contiene un humor fino no apto para mentes cerradas. Leanlo
    Saludos
    P.s. Para mi la mejor escena es la que narra como en una barca en medio de la neblina Jesus se encuentra con Jehová y Pastor y mantienen una conversacion poco convencional. Quien es Pastor y que conversan los tres? lean la novela, les aseguro que no se arrepentiran.

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