¿POR QUÉ SIGO SIENDO CATÓLICO?

Fotograma de "El Evangelio según San Mateo" (Pier Paolo Pasolini, 1964)

Fotograma de “El Evangelio según San Mateo” (Pier Paolo Pasolini, 1964)

Hay quienes han pasado por malas experiencias en la Iglesia Católica y han abandonado la fe. Hay quienes han pasado por lo mismo y, no obstante, siguen considerándose creyentes. O han tomado las cosas con humor, como aquel ex miembro del Opus Dei que publicó sus experiencias bajo el seudónimo de Satur Sangüesa en un libro intitulado La recomposición de la crisma (Guía para sobrevivir a los grandes ideales).

¿Por qué seguir siendo católico cuando hablamos de una institución que suele estar a la retaguardia del mundo; que no les ha permitido a las mujeres asumir puestos de responsabilidad a la par de sus congéneres varones; que ha estado salpicada de escándalos financieros de mano del Banco Vaticano y de escándalos de abusos psicológicos y sexuales cometidos por sacerdotes, religiosos y laicos renombrados; que todavía no ha asumido una visión más positiva de la sexualidad humana y que, en general, sigue tratando como miembros de segunda y tercera clase a los divorciados vueltos a casar y a los homosexuales?

Se trata de una pregunta difícil de responder, más aun cuando la respuesta se halla en circunstancias incomunicables de la conciencia propia. Pues sólo se puede ser auténtico como humano si se obedece a la propia conciencia —aun cuando esa obediencia conduzca al agnosticismo o al ateísmo—.

Y en ese recinto sagrado he tenido vislumbres de una presencia inexplicable que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa existencia. Y esa presencia me permite soñar con una Iglesia que sea un pueblo de hombres libres —no de burgueses acomodados— caminando tras la huella aún fresca y revolucionaria de Jesús de Nazaret.

(Columna escrita para la edición del 11 de marzo de 2015 de Exitosa Diario)

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En el cristianismo, quien tiene verdadera fe sabe que ese don se asienta en experiencias muy subjetivas, pero no por eso menos reales. Tan reales que es difícil negarlas, hacer como si no existieran, como tratando de tapar el sol con un dedo. Experiencias que muchas veces uno no ha buscado sino que simplemente se han presentado en las circunstancias de la vida, iluminando momentáneamente la opacidad de la existencia como una luz invisible cuya procedencia se barrunta pero a la vez se desconoce. Quien es consciente de este carácter nebuloso e inextricable de la fe —pero a la vez promisorio y generador de valor y esperanza—, se halla ante la perplejidad de no poder encontrar las palabras precisas para poder comunicar esa vivencia (o experiencia de vida, pues personalmente es la fuente que me mantiene vivo y aleja de mí los seductores cantos de sirena de la muerte).

La fe no es una conclusión que se obtenga a partir de un razonamiento lógico, como pretenden ciertos apologistas de la doctrina católica, que enarbolan combativamente argumentos sacados de catecismos y compendios de apologética, como si a punta de explicaciones racionales se pudiera convencer a la gente de abrazar la fe cristiana. Tampoco es un sentimiento dulce y placentero, que nos hace derramar lágrimas de emoción. Pues lo que yo llamo la experiencia de Dios es algo que a uno lo deja marcado de por vida, sin que necesariamente la existencia se vuelva más agradable y llevadera.

Tener fe es a la vez una bendición y un estigma, pues se logra ver más allá de la realidad que uno comparte con todos los mortales, pero a la vez se está condenado a sufrir la incomprensión y la consecuente marginación social, como le ocurrió a aquel que en el platónico mito de la caverna ve la luz y termina siendo considerado un loco desquiciado por aquellos que se contentan con ver solamente las sombras. Es una explicación que también puede aplicarse a Jesús de Nazaret, en quien como creyente confío, intentando evitar con sinceridad todas las interpretaciones falsificadas de su persona que son moneda corriente incluso en las confesiones cristianas, sin excluir a la Iglesia católica.

Por lo demás, esta experiencia personal mía se dio en el marco del catolicismo. No quiero decir con ello que sólo en la Iglesia católica se dan experiencias religiosas auténticas. Pero en mi caso fue así. He sido bautizado en la Iglesia católica, he recibido los sacramentos en ella y mi sensibilidad hacia lo sagrado se desarrolló en el marco de un catolicismo de impronta burguesa, que he dejado de tomar como marco absoluto de referencia, si bien conservo varios de sus elementos, aprendidos particularmente durante mi pertenencia al Sodalicio de Vida Cristiana. Trato de que lo burgués no prime sobre el carácter universal inherente a la religión cristiana, que en su esencia está con los brazos abiertos hacia todos los hombres sin juzgarlos moralmente y sin hacer distinciones según procedencia étnica o social. Más aún, son los despojados, marginados y oprimidos quienes deben tener preferencia en la Iglesia católica, aunque a veces se dan circunstancias que muestran que no todos los católicos respetan este principio que se deriva de las palabras de Jesús.

No soy católico porque crea que debo defender a la Iglesia católica, o someter mi conciencia a los dictados de cualquier obispo o cura que crea tener autoridad sobre las almas sin necesidad de ostentar él mismo una calidad humana que muestre en sus actos que haya entendido hasta las últimas consecuencias el estilo de vida que se desprende de las palabras y obras de aquel a quien llamamos Maestro, el Jesús de los Evangelios. Hasta el mismo Papa puede ser criticado en ocasiones, si dice o hace algo que no esté en conformidad con las enseñanzas de Jesús. Así hizo Pablo con Pedro en una ocasión, así debería hacerse en la actualidad. Pues la Iglesia —tal como yo la entiendo— es un pueblo donde los creyentes somos hermanos y, por lo tanto, debemos preocuparnos unos por otros. Sin privilegios para nadie. «Los hombres de Iglesia no son la Iglesia», fueron las palabras que Juana de Arco le dirigió a los jueces eclesiásticos que la condenaron a muerte en nombre de la Iglesia.

Creo en los seres humanos y tiendo fácilmente a entregar mi confianza a las personas que conozco. No pocas veces esta confianza ha sido traicionada, particularmente por personas que se mostraron especialmente amables conmigo. Los pocos amigos que me quedan y que no me han dado la espalda aprecian mi estilo directo y transparente para decir las cosas, y saben que pueden esperar absoluta lealtad de mi parte. Y aunque he tenido tropiezos y fracasos en abundancia a lo largo de los años, la fe me ha sostenido como un cayado impidiéndome caer en la desesperación. Y es la fe, en última instancia, la que me inspiró una canción que compuse cuando cumplí cincuenta años, cuya letra transcribo a continuación:

ANTES DE PARTIR
(Autor y compositor: Martin Scheuch)

el viento danza
desperdigando sus cangrejos en la arena
viejos de pena
y las estrellas de mar
se sienten dueñas
de la inmensidad serena
y culminan la faena
de las olas al pasar

el tiempo avanza
y va sirviendo los recuerdos en la cena
de la existencia
y mis urgencias
se tornan insurgencia
contra la mera insolencia
de este siglo en decadencia
que me mata de pesar

nunca he sido parte del rebaño
no he querido ser como uno más
en la vida nunca tuve escaño
nunca tuve dónde reposar

yo seguiré andando
yo seguiré luchando
mientras tenga aún respiro
mientras me quede un motivo
para hilvanar canciones
y exhumar mis ilusiones
sin lucir más pretensiones
que ofrecer mi corazón

yo partiré
en un ciego atardecer
con alforjas llenas de confianza,
de pan, de amor y fe

yo pariré
como si fuera mujer
los retoños de las esperanzas
que acuno en mi querer

perdonaré
cualquier revés
como a mí me han perdonado
los reveses de mi proceder

la piel se cansa
y van marcando sus estrías el camino
igual que el vino
que calma el ansia
del fuego vespertino
y arrulla al peregrino
que masculla su destino
no sabiendo aún volar
no hay pasión que aguante tantos años
no hay razón para dejar de amar
y aunque voy sintiéndome un extraño
saco fuerzas del peregrinar

yo seguiré cantando
yo seguiré bailando
como el rey de los mendigos
que suspira por el trigo
de humildes emociones
y suplica bendiciones
para entrar sin precauciones
en la gloria del umbral

yo tomaré
las cenizas del ayer
de las trizas de mis remembranzas
un sueño haré nacer

yo robaré
los luceros del taller
tras agüeros de lejana infancia
me iré al anochecer

no moriré
sin recoger
las cosechas de mi arado
a la espera de un amanecer

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3 pensamientos en “¿POR QUÉ SIGO SIENDO CATÓLICO?

  1. Esta es una diferenciación valiosa que implica una postura fiel y abierta
    Si la Iglesia es un llamado, y la tristísima respuesta que le hemos dado hasta hoy es como ya la conocemos, eso no quiere decir que la Iglesia no tiene sentido, sino que tenemos que cambiar la respuesta, y es que …

    … las campanas siguen sonando.

    Me gusta

  2. Estimado Martín,

    Muchas gracias por compartirnos estas valiosas y honestas reflexiones. Su pregunta me interpela, pues muchas veces también me lo he preguntado: ¿sigo siendo católico?, ¿por qué? Comparto principalmente dos de las razones que Ud. apunta. La respuesta es que sí, me sigo declarando católico, y los porqués son mi fe y el hecho de que dicha fe me la alimentó la Iglesia católica, herencia de mis padres que asumí como propia y donde fui bautizado. Luego de que cuando niño y adolescente fui un católico devoto, sumamente practicante, conservador, muy ortodoxo y con inquietud por el sacerdocio, es difícil percibirme como excomulgado ‘de facto’, pero me ayudó mucho a asumirlo mi formación profesional en humanidades, que me permitió forjar un espíritu crítico y racional.

    Sí, racionalicé mi fe, no para empecinarme en una sola versión inmutable y para pretender poseer el monopolio de la verdad (como algunos entienden la relación entre fe y razón, incurriendo más bien en un fideísmo combativo y excluyente), sino para asumir que sin razón, apertura y diálogo, la fe es ciega y absurda, y para intentar (intentar solamente) adoptar la actitud del sabio, que es crítico porque saborea los conocimientos y, de tal modo, puede discernirlos con sensatez. En efecto, no puedo aceptar creer que es de día, aunque yo vea que es de noche, sólo porque se me indica que es artículo de fe. Por otro lado, esa misma razón me impide aceptar la versión monolítica de la Iglesia, que estoy convencido de que es un edificio de piedras muy diversas, lo cual no podría ser de otro modo con 2,000 años de historia y 1,200 millones de creyentes actuales.

    Por ello, pese a los Bermúdez, los Ciprianis, los Sandovales, los Burkes, los Bambarenes, los Reig Plas, etc., conservo la fe, mi derecho sagrado a tener fe, a amar a Jesucristo y a sentirme parte de la Iglesia, aunque sea como habitante de los suburbios, de las periferias, excluido de una plena participación sacramental. Asumo mi condición porque concibo a Dios y a la Iglesia como infinitamente mayores que un conjunto de dogmas, rituales y reglas de férrea obligatoriedad. O Dios es más que eso, o no es Dios. Y o la Iglesia trasciende ese atrincheramiento en murallas inexpugnables (como afirmaba Lutero) o no es la Iglesia de Dios, sino un selecto y exclusivo club de autocomplacientes, casi una sociedad secreta.

    Saludos a todos.

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