ACOSADO EN LA MATRIX

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito HACKEANDO LA MATRIX.matrix_acosadoDurante los últimos meses que pasé en la Matrix, me vi sometido a un acoso constante que terminó por afectar mi salud. En ese entonces traté de poner por escrito lo que estaba viviendo e inicié un relato que quedó inconcluso, pues los hechos me sobrepasaban y me resultaba difícil plasmar en textos el horror en el que me sumergía cada día. Lo que sigue es lo que ha quedado de ese relato, que tenía como título provisional Al borde de la locura – La Matrix desbocada:

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Kirrweiler, 29 de junio de 2007

La Matrix sigue respirando sus bocanadas de vidas humanas y expeliendo los desechos digeridos de almas cansadas y enloquecidas. Casi sin percibirlo he ingresado en el ciclo digestivo de este organismo cancerígeno y he comenzado a ser devorado, comenzando por el alma, que se resiste tercamente a ser transformada en un nuevo Gollum, un fantasma sin verdadera conciencia ni voluntad que sólo obedece los dictados del poder y del dinero. Pues quien se somete a los mecanismos de la organización ‒trabajador comprometido le dicen en algunos círculos‒ termina por perder toda esperanza. Y hay quienes la han perdido y no se han dado cuenta todavía de ello, aprisionados en el último círculo de un infierno que se revela tan frágil como su sinrazón de ser.

Ha habido más caídos desde la última que me atreví a relatar lo vivido. Lupita, mexicana de habla sabrosa y simpatía humana, fue despedida por “ser demasiado amable con los clientes” y querer disponer de tiempo para sí y su familia, negándose a hacer horas extras y cumpliendo con lo estrictamente pactado en el contrato. Como no podía ser despedida sin causa alguna ‒pues luego de haber laborado seis meses en la empresa, gozaba de estabilidad laboral‒, el Cerdo Capitalista le ofreció el despido, indicándole que pondrían en el certificado correspondiente que había sido despedida debido a reducción de personal debido a la situación de la empresa (aquí en Alemania un despido sólo es válido legalmente si hay falta grave por parte del trabajador o si la situación a peor de la empresa requiere de una reducción de personal). Lupita aceptó el trato, porque en el fondo no se imaginaba su existencia bajo la férula de la Matrix, porque le convenía en caso de buscar otro trabajo y porque no tenía ganas ni energías para enfrentarse en una lucha abierta al monstruo. En el fondo, el motivo aducido para el despido era una gran mentira, pues Laura, española y catalana de gran aplomo, fue contratada para ocupar el puesto que dejaba libre Lupita. Así como ésta, ella se desempeñaba muy bien en español, francés y alemán (y catalán, por supuesto). El Cerdo Capitalista, en su consuetudinaria ignorancia, creyó al contratarla que el catalán era un dialecto más en España, como lo era cualquiera de los dialectos que se hablan a lo largo y ancho de la geografía alemana.

Laura tampoco pudo con el monstruo. El poco tiempo que sobrevivió en la Matrix fue una prueba para su entereza, a punto de que se le enfermó la esperanza. Contó con mi apoyo para aprender estratagemas ‒del todo legítimas‒ que le permitieran sortear las trampas constantes que nos ponía la Matrix a fin de que nos someternos a su infame mecanismo. Se trataba de saber dominar a la bestia, saber accionar las clavijas correctas para no dejarse absorber por la máquina ‒como en la canción “Welcome to the Machine” de Pink Floyd‒, saber establecer prioridades y tramitar primero lo que puede ser objeto de control, y dejar para después lo que no es controlado de inmediato (método para evitar excesivas horas extras), saber cómo ocultar papeles, etc.

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Hasta aquí llega el relato inconcluso. Un año después, habiendo conseguido un trabajo decente y gozando de cierta tranquilidad, escribiría, como si se tratara de un cuento, un relato más detallado de lo que fueron mis últimos días en la Matrix. Lo que sigue a continuación es ese relato corregido y con el añadido de un par de párrafos.

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Kirrweiler, 24 de junio de 2008

Yo sabía que mis días en la Matrix estaban contados, pero tenía que resistir el mayor tiempo posible mientras buscaba otro trabajo. Era un juego peligroso estar metido en un sistema, buscando aprovechar sus debilidades para hacerles un servicio efectivo a los clientes ‒lo cual a su vez era beneficioso para la empresa‒, tratando de mantenerse al margen de esa maraña absurda de órdenes y contraórdenes y mentiras obligadas, perjudiciales para la salud mental y física de cualquiera.

En marzo del año pasado la situación se agudizó cuando el Moro, mi superior inmediato, comenzó a hacer más frecuentes sus actos de hostigamiento. Además de sentirme encadenado mentalmente al teléfono mediante el cable que terminaba en el auricular ‒del cual no me estaba permitido soltarme hasta que terminara el horario de servicio‒ y estar continuamente bombardeado por e-mails, faxes y solicitudes online que debía procesar, el Moro comenzó a llamarme la atención a diario, frecuentemente por minucias que no ameritaban el despliegue de histrionismo que efectuaba el tal sujeto.

No obstante conocer yo el sistema casi a fondo y efectuar mi trabajo con dedicado profesionalismo y efectividad, el Moro se acercaba casi a diario a mi escritorio a echarme en cara algún error ‒verdadero o supuesto, eso no interesaba‒ para inflarlo a dimensiones exageradas y concluir tácita o explícitamente que yo era un mal ‒si no pésimo‒ trabajador. Ocurría por lo menos una vez cada día, donde, para mi frustración, una reconstrucción racional de los hechos que determinaran si había habido o no error y qué dimensiones tenía el supuesto error era absolutamente inútil. El Moro no parecía venir a buscar una solución, sino a acosar a quien subjetivamente percibía como una amenaza. Esta situación, donde a veces me era imposible demostrar nada ‒o si tenía argumentos, el Moro o no los entendía o no quería entenderlos‒, llegó a afectarme la salud: mareos y dolor de cabeza, que ‒lo sabría después de boca del médico‒ se debían a un aumento de la presión arterial. Esta situación no era nueva en la Matrix. El mismo Moro estuvo en ocasiones enfermo en casa, a consecuencias del stress sofocante a que lo sometía el sistema de la empresa. Laura, una española con la que entablé amistad, estuvo también un mes enferma, con una mezcla de presión, mareos y dolores de cabeza, indecisa de si debía o no debía regresar a trabajar a la empresa. Al final regresó, y aprendió de mí algunas tácticas de supervivencia.

Este acoso sumado al mal ambiente laboral que había en la empresa me llevaron a la decisión de dar un contragolpe para ponerle fin a esta situación ‒por lo menos momentáneamente, mientras seguía buscando un nuevo trabajo‒. Aproveché que el Moro salió de vacaciones ‒lo cual significó tranquilidad para mí, para Laura, Cornelia, Heike y Andrea, compañeras de trabajo que encontraron en mí apoyo y yo a la vez en ellas‒, y que, a excepción de Cornelia, terminaron por irse antes que yo de la Matrix por voluntad propia. A cargo del centro de atención al cliente quedó la asistenta del Moro, una chica holandesa de voluntad débil que había permitido que la Matrix le sorbiera el cerebro y había sufrido con resignación que la ternura se alejara de su rostro, dejando sólo una máscara anodina. Precisamente su sumisión y su aparente o real falta de neuronas habían contribuido a que le dieran el puesto que tenía.

Mi estrategia consistió en solicitar información por e-mail a un par de personajes importantes de la empresa respecto a algunos asuntos no aclarados referentes al servicio y cuya aclaración yo había solicitado hace semanas por e-mail al Moro, sin recibir respuesta. Había algunos clientes esperando semanas a que les hiciéramos un canje o reparación en garantía de su monitor LCD, y hasta ahora no se había hecho nada porque no estaba claro si hacíamos el servicio para determinados modelos de una marca, que eran precisamente los que habían comprado esos clientes. Aproveché para presentar algunas sugerencias de mejora del servicio. Mis sugerencias también indicaban de paso algunos problemas generados por la última actualización del software administrativo principal de la empresa, Núcleo, y qué cambios podían introducirse en la siguiente versión (algunos de estas actualizaciones, en vez de facilitar el trabajo, ocasionaban que algunos procesos fueran efectuados en el doble de tiempo, pues consistían mayormente en un recorte de derechos y privilegios de los diversos usuarios respecto a lo que se podía hacer; era más un medio de control que un instrumento al servicio de la eficacia). Esas personas importantes en puestos claves me respondieron y conseguí en poco tiempo la información de la cual había carecido en semanas. Aun así, lo que debía hacerse no se hizo, a saber, ingresar los datos de los nuevos tres modelos de pantallas LCD en la base de datos para poder abrir registros de servicio, y cuando el Moro regresó de vacaciones, los clientes todavía esperaban a que alguien se hiciera cargo de sus casos.

Lo primero que hizo el Moro fue llamarme la atención por haber dirigido e-mails a otros departamentos, sin haberlo consultado antes con él. Le prometí que no volvería a pasar, pero que había sido necesario debido a su ausencia. A fin de generar distancia y lograr respeto, dejé de tutearlo como de costumbre y, a partir de ese momento, me dirigí a él únicamente como Sr. Moro (es decir, su apellido, no el seudónimo que estoy utilizando en este escrito). De todos modos, le dirigí un e-mail, con copia al gerente, el Cerdo Capitalista, donde le volvía a preguntar si hacíamos el servicio de los tres modelos de la marca de referencia, recordándole que ya se lo había preguntado hace semanas sin recibir respuesta, mientras los clientes seguían esperando a que se hiciera el servicio. Era una manera de dejarlo en evidencia.

Su respuesta, que me llegó por e-mail al día siguiente, también con copia al Cerdo Capitalista, consistió en una furibunda llamada de atención indicándome que uno de los modelos ya había sido incluido en la base de datos y que era yo el que, por no colocar el caso, había estado haciendo esperar semanas al cliente. Cuando entré al programa para verificar cuándo habían sido introducido los datos del modelo, encontré que la fecha era la del día anterior, por lo cual era imposible que hubiera podido abrir con anterioridad un registro de servicio para el cliente que tenía ese modelo. Los datos de los otros dos modelos seguían esperando su inclusión en la base de datos.

Lo que hice a continuación me deparó varias semanas de tensa tranquilidad ‒tranquilidad, al fin y al cabo‒, pero a la vez fue la causa no declarada de mi despido un par de meses después ‒pues los motivos que pusieron en la carta de despido fueron otros, ninguno de ellos en conformidad con la verdad‒. Redacté un e-mail cortés y amable, ordenado y bien estructurado, pero a la vez filudo y venenoso, sin caer en ningún momento en la ofensa ni el insulto. Le pedí al Moro que prefería que no se dirigiera en ese tono ni a mí ni a ninguno de los colegas del centro de atención al cliente, pues eso sólo ocasionaba que el ambiente de trabajo empeorara. Asimismo, le hacia notar que el modelo que él indicaba recién había sido introducido el día anterior, y que los otros dos modelos seguían estando ausentes de la base de datos. También le hacía unas sugerencias para mejorar el servicio que prestábamos: por ejemplo, que internamente no se calificara a los clientes como “idiotas”; que hubiera mejores flujos de información; que se hiciera cambios en el formulario online de solicitud de servicio de garantía, a fin de evitar recibir una enorme cantidad de faxes, de los cuales sólo una pequeña parte eran relevantes para el servicio, ocasionándonos pérdida de tiempo al tener que revisarlos todos; que se analizara la duración de las tareas asignadas a los trabajadores, a fin de de lograr una distribución razonable de tiempos y tareas, y evitar de este modo que tuviéramos que trabajar horas extras prácticamente todos los días.

Como quería que el contenido de este e-mail fuera de conocimiento de todos los colegas del centro de atención al cliente, además de enviarlo con copia al gerente, puse en copia al “Grupo Centro de Atención al Cliente”. Sin saberlo yo, esa fue mi condenación. En ese grupo de Outlook estaban incluidas no sólo las direcciones de los miembros del centro de atención al cliente, sino también por lo menos una dirección de cada una de las demás secciones de la empresa. De modo que lo que yo escribí llegó a ser de conocimiento de todos los trabajadores de la empresa, pues quien no recibió de manera directa este e-mail, lo recibió remitido de otro. La falta de orden y método del encargado de informática de la empresa me había jugado una mala pasada.

La reacción no fue inmediata. Se vivió unos días de tranquilidad y tensa espera en la oficina. Cornelia, Heike, Andrea y Laura también esperaban lo que pudiera pasar, en el fondo confiando en que hubiera cambios en base a mis sugerencias. Cambios, sí que los hubieron. Y muchos de esos cambios casi hicieron que la Matrix terminara devorándome, llevándose de paso mi salud física y mi equilibrio mental.

No hubo una respuesta directa a mis sugerencias, ni al e-mail que le había enviado al Moro. Solamente se me acercó para indicarme que a partir de entonces sólo iba a atender la línea telefónica en español, y que se me desconectaba de la línea en alemán (clientes de Alemania, Austria y Suiza) y la línea en inglés (clientes del Reino Unido, Irlanda y eventualmente Suecia), sin darme mayores explicaciones. Cuando le exigí por e-mail que me diera las razones que sustentaban la medida tomada, recibí un e-mail del Cerdo Capitalista, indicándome que la decisión provenía directamente de él y no del Moro, y que la decisión se basaba en quejas provenientes de los clientes de habla alemana y del supuesto hecho de que mi alemán era sumamente deficiente como para poder hacerme entender correctamente de los clientes.

Luego se tomó la decisión de nombrar a una especie de coordinadora entre el centro de atención al cliente y la gerencia, una mujer entrada en carnes, felliniana, desbordante, descomunal, a quien llamaré a partir de aquí como la Gamonala, quien asumió en realidad la dirección del centro de atención al cliente, en calidad de mano derecha del Cerdo Capitalista. Si bien no hubo una destitución formal del Moro y, por el contrario, oficialmente se le confirmó en su puesto, en la práctica dejó de ejercer la autoridad y pasó a estar bajo la supervisión de la tal por cual. Digo la tal por cual, porque eso es lo que manifestó ser desde un principio la gorda esa. Lo bueno del asunto es que el Moro dejó de acosarme como lo había estado haciendo.

La siguiente medida consistió en que el Cerdo Capitalista me invitara a una conversación personal, en presencia de la Gamonala ‒que decía saber español‒, a fin de conversar sobre los problemas surgidos en los últimos tiempos. La tal conversación fue en realidad una trampa. El Cerdo Capitalista me habló de las quejas que había recibido de clientes alemanes, de que les resultaba difícil entenderme, pues supuestamente mi alemán era bastante deficiente (era curioso que recién hubiera tomado conciencia de estas quejas a raíz de los incidentes relatados, o que recién se hubiera dado cuenta de mi falta de aptitud lingüística, tras haber estado yo más de un año atendiendo a clientes de habla alemana). Cuando le manifesté mi sorpresa ante lo que se me imputaba y le dije que estaría muy agradecido si me presentaba pruebas escritas de lo que decía, me dijo que no podía esperar yo que él le presentara nada, pues se trataba de conversaciones telefónicas que había recibido. A la vez, el Cerdo Capitalista frecuentemente simulaba no entender lo que yo le decía, obligándome a reformular frases que ya habían sido formuladas de una manera comprensible, no digo que 100% libre de errores, pero sí en un alemán bastante pulido. La Gamonala, fingiendo su papel de mediadora pacífica, trataba de poner siempre la nota conciliadora. Una vez se dirigió mi en un pésimo castellano, como si yo no hubiera entendido lo que me había dicho el Cerdo Capitalista y tratando de fungir de intérprete, a lo que le respondí que no necesitaba tomarse la molestia, pues entendía perfectamente todo lo que me decía el Cerdo Capitalista. A su vez, le recalqué a éste que, si bien no encontraba fundados los motivos para desconectarme de la línea telefónica en alemán, él estaba en su derecho de decidir qué hacia en su empresa. Le indiqué no obstante que no veía motivo alguno para que yo no atendiera la línea telefónica en inglés. Ese mismo día volví a tener acceso a esta línea (y eso, considerando que mi inglés no es tan bueno como mi alemán, ¡quién los entiende!). De todos modos, era una especie de triunfo parcial, pues le demostraba que no eran precisamente ganas de trabajar lo que me faltaba.

Todo ello no significó para mí una carga menor de trabajo, pues había tanto que hacer, que busqué en qué podía apoyar a los demás trabajadores del centro de atención al cliente. Sabía que que el Cerdo Capitalista, el Moro y la Gamonala estaban con los ojos puestos en mí, buscando cualquier motivo para despedirme sin más, y ese motivo yo no se los había dado ni se los iba a dar.

A estos efectos, es necesario que sepan que Alemania cuenta con una legislación laboral muy elaborada, la cual ciertamente no impide que se cometan abusos y arbitrariedades, pero sí los limita en cierto sentido. Yo, por ejemplo, gozaba de estabilidad laboral, lo cual significa que sólo procedía un despido por falta grave o por deterioro de la situación de la empresa. En el primer caso, antes del despido tiene que haber dos amonestaciones formales previas, con derecho a réplica por parte del trabajador. Si éste demuestra que la amonestación es infundada, ésta debe ser retirada. Si el empleador no quiere hacerlo, se puede acudir a tribunales de trabajo, el cual puede obligar al empleador a retirar la amonestación en caso de demostrarse infundada. Asimismo, en caso de despido infundado, el tribunal puede obligar al empleador o a reponer al trabajador en su puesto o a indemnizarlo por el daño ocasionado, generalmente con el pago de medio sueldo por cada año trabajado. También existen faltas gravísimas que permiten el despido de un trabajador sin amonestaciones previas.

Cuando el despido es por la mala situación de la empresa (necesidad de reducir el personal debido a contratiempos comerciales, por ejemplo), ésta debe asegurarse de que no ha encontrado otro puesto similar donde reubicar al trabajador y que ha hecho una selección social, es decir, que no se ha despedido al trabajador a dedo, sino que se ha seleccionado entre varios trabajadores que ocupan un puesto similar y se ha despedido al menos desfavorecido respecto a sus posibilidades de encontrar un nuevo trabajo. Se consideran criterios para medir el grado de “desfavorecimiento”, la edad, el tiempo de pertenencia a la empresa, las obligaciones de manutención (esposa, hijos, etc.) y el grado de invalidez, en caso de que lo haya. De este modo, deberá despedirse, entre aquellos que desempeñan similar función, a quien tenga mejores oportunidades de salir del desempleo.

Después de la conversación personal con el Cerdo Capitalista, tuve un mes de respiro, donde se me dejó trabajar sin problemas. Pero no por eso mejoraron las relaciones con el Moro y la Gamonala. De alguna manera, sentían que se comportaban como buitres observando desde las alturas de su árbol, esperando a que yo diera la menor señal debilidad para saltar sobre su presa y ultimarla. A veces me enviaban a la Holandesa para aclarar algún asunto, y sentía que la pobre Holandesa sentía respeto, si no miedo, hacia mí. Probablemente esto último, pues ella en el fondo también quería deshacerse de mí, pero era incapaz de decirme las cosas claras en mi cara. Y era tal debilidad de la Holandesa, que aceptaba jugar el mismo juego del Cerdo Capitalista, el Moro y la Gamonala y ser parte de esa gavilla mafiosa, aunque ella misma también estuviera buscando una salida de la Matrix a través de un nuevo empleo, que todavía no había encontrado. Ese deseo suyo se había evidenciado en algunas frases que sin darse cuenta había dejado escapar.

Sea como sea, ya la situación había comenzado a minar mi salud: a veces sentía mareos y no podía dormir bien. Para ese entonces ya tenía la certeza de que mi suerte estaba echada. Desde hacía un par de meses que me había puesto a buscar otro trabajo. Pero tenía que resistir en la Matrix hasta que ese nuevo empleo se concretara. Si bien aquí en Alemania hay un seguro de desempleo ‒que consiste en recibir del Estado durante un año un porcentaje del sueldo neto: 60% en el caso de personas sin obligaciones familiares, 67% en el caso de personas con familia‒, este derecho queda suspendido por tres meses en caso de que se haya cesado en un trabajo debido a renuncia voluntaria ‒salvo en el caso de que se pueda demostrar que las condiciones de trabajo eran perjudiciales para la propia salud física o mental, lo cual resulta bastante complicado‒.

Fue así que saqué una cita en la KAB (Katholische Arbeitnehmer-Bewegung – Movimiento Católico de Empleados) de la diócesis de Espira (Speyer, en alemán), a fin de tener una consultoría gratuita respecto a mi situación laboral. Tras exponer los hechos ante la persona indicada, ésta concluyó que mi situación era crítica y que poco se podía hacer para mejorarla. Al respecto, la falta de un Consejo de Empresa (Betriebsrat) era un factor decisivo. El Consejo de Empresa es una entidad compuesta por trabajadores de la empresa y cuya principal tarea es velar por los intereses de los trabajadores. Entre las facultades que le otorga el derecho alemán está la de verificar los despidos efectuados por los directivos de la empresa. Si el Consejo de Empresa considera un despido como injustificado, éste queda automáticamente sin efecto. Además, los miembros del Consejo de Empresa no pueden ser despedidos durante el tiempo de ejercicio de sus funciones, que suele ser de cuatro años. Las empresas con más de 999 empleados están obligadas a tener un Consejo de Empresa. En el caso de empresas más pequeñas, pero con un mínimo de cinco empleados, la existencia de un Consejo de Empresa depende de la iniciativa de los trabajadores ‒o incluso de los directivos, que pueden convocar a la elección de uno si creen que es conveniente que exista uno en su empresa‒. Según la ley, todo intento de impedir la elección de un Consejo de Empresa debe ser castigado y los primeros tres empleados que hayan efectuado una convocatoria para la elección de un Consejo de Empresa no pueden ser despedidos, a no ser que se cuente con la autorización de la Oficina Regional de Trabajo.

En una entidad como la Matrix, donde este tipo de organismo no existía, el gerente tenía todas las de ganar. No obstante, a fin de que pudiera defender legalmente mis derechos, el representante de la KAB me sugirió que me uniera a un sindicato. ¿Cuál, a saber? IG Metall, representante de los trabajadores metalúrgicos, textiles, informáticos y últimamente de los trabajadores de servicios de personal, siendo con más de dos millones de miembros el sindicato más numeroso de Alemania y del mundo.

Una de las ventajas de pertenecer a un sindicato es la de que se cuenta con asesoría legal gratuita y, en caso de ser necesario, se puede hacer uso de un seguro de protección jurídica que cubre todos los costos en un proceso ante un tribunal laboral. De modo que me fui a casa pensativo, reflexionando sobre la posibilidad de unirme a un sindicato, lo cual en Alemania es una de las cosas más normales que existe, pues impide que los empleadores tengan pista libre para cometer los abusos que quieran. En ésas estaba, cuando ocurrió un incidente que terminó de convencerme de que ése era el camino que debía tomar.

El centro de atención al cliente, debido a su carácter internacional ‒se atendía los clientes en alemán, inglés, francés, holandés, italiano, español y portugués‒, también debía funcionar en días festivos, pues sucedía con frecuencia que en otros países los días festivos no coincidían con los festivos de otros países. Aunque la ley del estado alemán donde me encontraba permitía que los centros de atención telefónica trabajaran en días festivos, había festividades (por ejemplo, Navidad) donde el trabajo estaba absolutamente prohibido. Una de esas festividades era el 1° de mayo. Aún así, la Gamonala ya había enviado un e-mail para preguntar quién estaba dispuesto a trabajar en ese día. Cornelia y yo nos fuimos donde el Cerdo Capitalista a pedirle explicaciones sobre este asunto, indicándole lo que estipulaba la ley. Recibimos las explicaciones estándar, diciendo que eso no se aplicaba en este caso y que la empresa tenía un compromiso con los fabricantes y distribuidores, que no podía dejar de cumplir. Inútil argumentar, pues por principio el Cerdo Capitalista siempre tenía la razón y el capitalismo no entiende otra cosa que la lógica del dinero y la ganancia, aunque para aplicarla tenga que poner en suspenso las leyes, los mecanismos democráticos, la razón y el bien de las personas. Una hora después se acercó la Gamonala a Cornelia y a mí, y nos indicó que habíamos sido seleccionados para venir a trabajar el 1° de mayo, preguntándonos con sorna si teníamos alguna objeción o problema al respecto. Por supuesto, no objetamos abiertamente la decisión y vinimos a trabajar ese día. Para no perder el humor, lo celebramos a la hora del almuerzo con una botella de vino, aún cuando el consumo de cualquier bebida alcohólica estaba prohibido en horas de oficina. Pero qué nos importaba. Estábamos sólo nosotros dos, y el beber vino era un signo gozoso de rebeldía contra un sistema que aplastaba a quienes lo mantenían en vida.

Unas horas más tarde en ese 1° de mayo, Día del Trabajo, llené el formulario online para hacerme miembro de IG Metall e inicié mi personal lucha social ‒por más paradójica que pueda sonar la expresión en sí misma‒ para lograr mejores condiciones de trabajo en el centro de atención al cliente de la Matrix. Una contradicción en los términos, pues la Matrix no admite ni verdad ni justicia en sus dominios, y me abocaba a una tarea imposible, sin solución. Pero eso ya es otra historia.

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4 pensamientos en “ACOSADO EN LA MATRIX

  1. Pingback: HACKEANDO LA MATRIX | LAS LÍNEAS TORCIDAS

    • Todos los que trabajábamos allí estábamos en una situación difícil. O simplemente te ponías de parte del sistema y te zurrabas en los clientes. O buscabas la manera de prestar un servicio efectivo a los clientes, burlando el sistema y haciendo de mediador entre el cliente y la Matrix. El problema estaba en que muchos clientes no lograban entender que uno estaba de su parte y quería ayudarlos, sino que lo veían a uno como parte del problema. Y no hay ánimo que resista mucho tiempo inconmovible la presión del sistema por un lado y la presión de varios clientes, que no tenían reparos en maltratarlo a uno de palabra. Ciertamente, hubo momento en que perdí la paciencia con algunos clientes. Pero no caí en la tentación de maltratar sistemáticamente a los clientes en defensa de la Matrix, como si lo hicieron aquellos que les prestaron su fidelidad incondicional.

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  2. Con toda la experiencia política que he tenido acá en Alemania, no me queda sino subrayar que una persona ‘A’ no puede – sea como sea – cambiar a una persona ‘B’. La única solución sería mirar hacia adentro y cambiarse a uno mismo. Eso sí es posible. Sólo cada quien puede cambiarse a uno mismo, si es que quiere. Lo típico es criticar – con tantas buenas razones – que ‘la cosa’ es injusta, que ‘la cosa’ está mal, que ‘la cosa’ debería ser diferente, y acto seguido nos ponemos a ver las ofertas para ver si es que podemos comprarnos algún mamarracho que realmente no necesitamos, y luego, cuando el mamarracho no funciona, iremos a llamar a una firma como esa, y nos convertiremos nuevamente en víctimas.

    Aquí de quién sería la culpa ?

    La verdad es que ese sistema lo inventamos todos, y lo apoyamos día tras día, minuto tras minuto, pero luego nos quejamos de que nos tratan mal, y hasta de que se ha generado un sistema en el que nos obligan a tratar mal a otros (‘ellos tienen la culpa’).

    No alimentes, pues, ese sistema. Vive como pobre. Porque allí si le vas a cortar las venas a ese sistema, y de una forma muy eficaz. El problema es que eso casi no lo hace nadie, todos queremos comprarnos mamarrachos. Así es que mejor es no quejarse y dedicarse cínicamente a consumir. y si no están de acuerdo, entonces ya saben qué hacer. Igual no creo que alguien tome en serio estas líneas, creo que lo primero que van a hacer es leer las ofertas y seguir soñando con mamarrachos.

    Para salir de una ‘situación de víctima’ hay que dejar de creerse una.

    Gerundio

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