SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO.

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Era fines de diciembre de 1992 y mi vida había sufrido cambios dramáticos en el lapso de una semana. Me encontraba viviendo en la comunidad Inmaculada del Rosario en San Bartolo, un balneario situado a 50 kilómetros al sur de Lima. Atrás quedaban mi fuga en la madrugada de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), las horas de angustias pasadas ante el derrumbe de mis sueños e ilusiones, las amargas lágrimas vertidas, y en esos días de fresca brisa marina con que se iniciaba el verano me asaltaban las dudas sobre los pasos que tenía que dar de ahora en adelante y las decisiones que debía tomar en el camino que la vida me deparaba. Me sentía cogido de la mano de Dios, de una presencia siempre cercana y que ahora, más que nunca, percibía a flor de piel. Como si la hubiera visto con mis propios ojos. Había terminado hace poco una semana de ejercicios espirituales, alejado de las preocupaciones cotidianas que a veces no nos permiten concentrarnos en lo esencial y ver qué equipaje llevamos para la ruta, y en esa soledad despojada de requerimientos y urgencias, tuve más que nunca la certeza de que Dios estaba conmigo y nunca me abandonaría.

Miguel Salazar, superior general de las dos casas de formación de San Bartolo que existían entonces y que residía habitualmente en la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, al otro extremo de la Ribera Sur, había sido un amigo muy cercano desde que ambos nos unimos al Sodalicio de Vida Cristiana en el año 1978. Él era el motivo principal por el cual había decidido encaminarme hacia San Bartolo después de mi huida nocturna. En las aciagas circunstancias que estaba viviendo, sentía que él era la única persona en la que podía depositar mi confianza. A diferencia de mí, él hizo una carrera meteórica dentro de la institución, ascendiendo rápidamente dentro de la jerarquía de rangos hasta llegar a emitir su promesa de profeso perpetuo ‒sodálite consagrado que ha emitido de por vida promesas formales de obediencia, celibato y comunicación de bienes‒, ocupando muy pronto puestos de responsabilidad, sobre todo en áreas que tuvieran que ver con el trabajo intelectual y la formación de candidatos a la vida consagrada, mientras que mi ascenso había sido lento y prolongado, pues a criterio de los responsables, yo tenía muchos problemas que resolver y no era tan dócil y maleable como otros. Además, se me catalogaba como un “marciano”, es decir, como una persona que vivía en otro planeta y no andaba con los pies en tierra. Y no es que no percibiera lo que pasaba en la realidad, sino que mi percepción se movía a otro nivel, lo cual, unido a una capacidad reflexiva y una intuición penetrante, me permitía ver con mayor profundidad algunos aspectos que a otros se les escapaban. Este proceso intuitivo podía ser muy lento, pero por lo general era certero. Pero como contraparte, tenía el problema de que pasaba por alto muchos aspectos inmediatos y prácticos de la vida que a otros les eran evidentes. Es algo difícil de explicar para quien no lo ha experimentado. Asimismo, estaba dotado con un cierto don de sensibilidad artística, que ya me había abierto ciertas vetas de libertad interior en un medio donde las ideas, sentimientos y actitudes solían estar parametrados y encorsetados en una ideología que se erigía como único pensamiento válido. Es decir, en el Sodalicio se prescribía qué se debía pensar, qué se debía esperar, qué se debía sentir. Como cuando en las celebraciones litúrgicas sodálites quien dirige la ceremonia indica en cada comentario qué es lo que debe sentir la asamblea: “con alegría”, “con el corazón arrepentido”, “con entusiasmo”, “con actitud reverente”, etc.

Terminado el retiro, Miguel vino a comunicarme que se había decidido a alto nivel que me quedara por tiempo indeterminado en San Bartolo y que entraba en una etapa de “discernimiento vocacional”. Lo cual quería decir que quedaba abierta la posibilidad de que dejara de ser un consagrado con obligación de obediencia y celibato y tendría libertad para casarme si quería, pero en el fondo significaba que iban a mover cielo y tierra para convencerme de que me quedara en comunidad, pues dentro del concepto rígido de “vocación” que se ha manejado en el Sodalicio, quien ha sido llamado por Dios a una vocación determinada sólo puede realizarse personalmente, ser feliz en este mundo y alcanzar la salvación en la otra vida si es fiel y persiste en el camino al que ha sido llamado. Por el contrario, si lo abandona, supuestamente nunca será feliz en este mundo y pondrá en riesgo su salvación eterna. Y así fue como se me plantearon las cosas. En otras palabras, en el tiempo que me quedaba por delante tenía que tomar una decisión que era de vida o muerte, y de ella dependía toda mi vida, mi destino, mi futuro.

Seguir un camino para el cual Dios no lo había llamado a uno significaba optar por la muerte. La vida matrimonial era considerada también una vocación, por lo cual también se pensaba que debía ser objeto de un llamado especial de Dios. En realidad, cualquier camino que se siguiera era considerado una vocación, por lo cual, antes de seguirlo, había que tener alguna señal de que ésa era la senda a la cual Dios lo estaba llamando a uno. Equivocarse de camino constituía una desgracia, pues implicaba atraer sobre sí a los heraldos de una infelicidad segura tanto en esta vida como en la otra.

Al hallarme ante esa alternativa ‒que veía tan real e inexorable como todo aquello que me habían metido en la cabeza‒ y ante el miedo de tomar una decisión equivocada que podría arruinar mi vida por completo, se iría generando en mí una intensa angustia que me acompañaría durante todo el tiempo que estuve en San Bartolo, hasta el punto de desear que me sobreviniera algún accidente fatal que segara mi vida y me hiciera descansar plácidamente en brazos de la muerte, con la certeza de haber sido fiel a mis promesas hasta el último momento. Me aterraba la posibilidad de tomar una decisión equivocada y prefería que ese momento nunca llegara. Sentí que me hallaba entre la vida y la muerte. Ideas suicidas nunca pasaron por mi cabeza. La muerte tenía que llegarme de la mano de Dios, y diariamente rezaba para que en su misericordia tuviera a bien acogerme pronto en su seno. Tenía la sensación de haber llegado al final del camino.

A partir de ese momento, cumplí con todas las actividades, incluso la más riesgosas, sin importarme mi integridad física. Cuando un ser humano siente que no tiene ya nada que perder, está dispuesto a soportar la pruebas más duras sin importarle nada. A decir verdad, nunca estuve en real situación de riesgo, dado que en ese entonces contaba con un físico saludable acostumbrado a los ejercicios corporales. Y sabía como moverme en la mar cuando ésta estaba movida y las olas reventaban con bravura. Una muerte por ahogamiento en el mar era altamente improbable. Confiaba más bien en que ocurriera un fatal accidente de tránsito en el momento más inesperado. O una caída con consecuencias letales. En fin. Todavía no sabía que la muerte asomaría fugazmente por un segundo de una manera insólita, para irse sin dejar huella ni sombra en esas circunstancias de mi vida.

De la comunidad Nuestra Señora del Pilar de Barranco (Lima) ya me habían enviado mis enseres personales, principalmente ropa y zapatos. Mi nutrida biblioteca personal todavía se hallaba allá y no sabía qué iba a ser de ella. Lo que sí se me comunicó es que Alfredo Garland, superior de esa comunidad, había decido donar al Colegio Santa María de Chincha (Ica) ‒que estaba bajo responsabilidad del Sodalicio‒ mi colección de música clásica, conformada en su mayoría por cassettes originales de colecciones de Salvat ‒Los Grandes Compositores, Musicalia y Los Grandes Temas de la Música‒ en aplicación de un artículo de los estatutos del Sodalicio de Vida Cristiana que estipulaba que el uso de los bienes personales de los sodálites de vida consagrada se regían por la obediencia. Como se recordará, mi caída en desgracia estaba relacionada con una “desmedida” afición por la música. Y a grandes males, grandes remedios.

Esto contribuyó a aumentar mi sensación de desamparo. Ya había sido despojado de mi anterior vida y de toda certeza y seguridad respecto a mi futuro, para además ser despojado de una de las cosas que más apreciaba entonces: la música clásica. Aún así, no protesté y me mantuve en silencio, alimentando sin embargo el deseo de recuperar algún día mi colección cuando hubiese salido del hoyo en que me hallaba ‒si es que lograba salir‒. Garland había interpretado los estatutos en el sentido de que tenía la potestad para disponer como creyera conveniente de mis pertenencias, sin consultarme previamente. Mi propia interpretación era distinta: como superior mío, Garland podía darme una orden respecto a qué hacer con mis pertenencias, ante lo cual yo podía obedecer, o simplemente negarme a hacerlo ‒lo cual podría hacerme merecedor de una sanción‒, pero de ninguna manera podía hacer con mis cosas lo que quisiera prescindiendo de mi voluntad y pasando por encima de mi libre albedrío. Pues si algo se rige por la obediencia, entonces debe haber un acto de voluntad y respuesta libre por parte de la persona que está sometida a régimen de obediencia. Y a mí no se había ordenado nada. Además, en ese momento Garland ya no era mi superior. Aún así, había dispuesto de mis pertenencias sin respetar mi libertad, condición esencial para que se pueda hablar de obediencia consciente y voluntaria. Yo estaba convencido de la ilegitimidad de lo que había hecho Garland. Pero no me hallaba en situación de protestar ni de reclamar lo que me correspondía. Debía tener paciencia y esperar a que llegara el momento oportuno.

Esta forma de proceder con los bienes de aquellos sodálites que han entrado en crisis o han decidido desligarse de la institución no era cosa nueva en la institución. Eso lo sabe el primer profeso perpetuo que decidió salirse de una comunidad sodálite. La persona a la que me refiero vivía en la comunidad San Aelred en Magdalena del Mar (Lima) allá en el año 1983, cuando yo también era uno de sus integrantes. Poseía una camioneta que había comprado con dinero propio a nombre de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), una de las entidades fachada del Sodalicio que tenía como fin captar donaciones para poder cubrir gastos diversos ‒como, por ejemplo, los presupuestos de las comunidades‒. La adquisición del vehículo se había hecho a través de esta modalidad a fin de reducir el precio a pagar, ya que APRODEA, como asociación sin fines de lucro, estaba exenta del pago de impuestos. El día en que decidió irse de la comunidad, buscó las llaves del vehículo y no las encontró. El encargado de APRODEA las tenía en sus manos y no quiso devolvérselas. Si se iba, la camioneta se quedaba. Y así sucedió. Legalmente no se podía hacer nada. El Sodalicio “adquirió” de esta manera una camioneta relativamente nueva a costa del bolsillo ajeno.

Algo similar, aunque en menor escala, pasó en ocasiones con las bibliotecas personales de quienes renunciaban a la vida consagrada, adquiridas con dinero propio. Sucedía a veces que esos libros terminaron engrosando las bibliotecas de las casas sodálites. Algunos libros de mi biblioteca personal, por ejemplo, habían pertenecido a la persona que Pedro Salinas llama Eugenio Poggi en su novela Mateo Diez. Poggi recuperaría posteriormente gran parte de su biblioteca personal, pero no sin que hubiera un pequeño saqueo previo. El mismo José Enrique Escardó ha detallado esta práctica en su caso personal (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/del-sodalicio-luis-fernando-figari-y-de.html):

«Otro mandamiento que no respetan los líderes del SCV es “no robar”. Cuando vivía en sus comunidades, recibía un dinero mensual de la renta de un departamento de mi propiedad que en ese momento tenía alquilado. Unos 250 dólares mensuales. Entregaba la mitad al superior de la casa, Miguel Salazar, y la otra mitad la guardaba para mis gastos personales. Y todos los meses compraba solo dos cosas: ropa y libros. Considerando que viví en comunidad alrededor de un año y gastaba unos cien dólares en literatura, mi inversión total en lectura fue de unos 1 200 dólares. Además, llevé todos los libros que había comprado antes, incluyendo colecciones completas de uno que otro autor. Mi colección de libros costaba en total unos dos mil dólares. Días después de irme del SCV, solicité la devolución de los textos y me la negaron. En buen cristiano, se los robaron. Y, por supuesto, en ese momento yo aún tenía mucho miedo de enfrentarme a ellos.»

No siempre se procedió de esta manera. Me parece que mucho dependía de quién era la persona que se iba. De todas maneras, siempre había una categoría de publicaciones que eran requisadas en el momento en que se sabía de la defección de un miembro: todas las publicaciones sodálites de uso interno, entre ellas los folletos conocidos como Memorias de Luis Fernando Figari. Si algunos ejemplares de las Memorias de Figari lograron superar esta purga, hasta ahora no hay ‒que yo sepa‒ ningún ejemplar de los Estatutos o Constituciones del Sodalicio de Vida Cristiana que lo haya hecho. Se trata de uno de los documentos más celosamente guardados en el Sodalicio, que rige todos los aspectos de la vida institucional, pero cuyos contenidos se mantienen en secreto. El texto es inaccesible incluso para gran parte de los sodálites de comunidad, pues sólo tienen derecho a poseer un ejemplar quienes hayan emitido por lo menos la promesa de profeso temporal. A los demás sólo les era permitido acceder a los 16 primeros artículos que forman la primera parte, y se llegaba al conocimiento de algunas normas meramente por transmisión oral. Lo cual constituía un problema y se prestaba a abusos, pues la vida de los sodálites de rangos inferiores terminaba siendo regida por normas cuya formulación textual exacta les era desconocida.

En fin, retomando el hilo de mi relato, a partir de ese momento formaría parte de la comunidad Inmaculada del Rosario y me convertiría, con 29 años de edad, en su integrante de mayor edad, por lo cual recibiría durante el tiempo que pasé allí el apodo de “El Abuelo”. Ni siquiera el superior, Gonzalo Len ‒quien sería posteriormente ordenado sacerdote‒, me superaba en edad. Sin embargo, debido a mi situación particular, mi régimen de vida iba ser distinto. Iba a compartir la disciplina de los “monjes”, dentro de la cual se hallaban en esa comunidad otras dos personas: Rafael Ísmodes y Francisco Rizo-Patrón. Lo cual significaba, en primer lugar, que nuestro horario era distinto que el de los demás miembros de la comunidad. Nos levantábamos temprano, a eso de las cuatro de la madrugada, nos dábamos un chapuzón en el mar, después nos duchábamos y aseábamos, y luego nos dedicábamos a actividades espirituales durante unas dos horas más o menos, cumpliendo con algunas de estas cosas: oración mental o lectio divina, lectura bíblica, lectura de algún autor espiritual, lectura de un texto de Figari, rosario y, sobre todo, debíamos recitar las horas principales de la Liturgia y de las Horas, que comenzaban con Maitines. Las Laudes las rezábamos después, poco antes del desayuno, junto con la comunidad. Y las demás horas (Hora Intermedia, Vísperas y Completas) las intercalábamos en el transcurso del día. Cuando los demás miembros de la comunidad se levantaban, hacíamos ejercicios junto con ellos, pero después asumíamos las actividades de servicio como preparar el desayuno, y más tarde en el día poníamos la mesa para el almuerzo y la cena. El resto del día lo dedicábamos a completar las actividades de oración que nos faltaran y a los estudios de teología, espiritualidad y temas de formación. Nos acostábamos para dormir a las ocho y media de la noche, después de la cena, mientras que el resto de la comunidad recién se iba a la cama poco antes de la medianoche.

Si bien Luis Fernando Figari había propuesto la categoría de “monjes” como un estilo de vida que quería incluir en el Sodalicio, esta propuesta nunca llegó a cuajar del todo. Resulta curioso que quienes vivieron en el Sodalicio bajo un régimen “monacal” eran personas que estaban pasando por una crisis, que habían cometido alguna falta grave o que, como supe después, tenían tendencias homosexuales. Lo cual me lleva a preguntarme si alguna vez hubo la intención de oficializar este estilo de vida dentro del Sodalicio, o simplemente fue una fachada para justificar a ojos de los demás sodálites la disciplina especial a la que se sometió a ciertas personas. Lamentablemente, no dispongo de datos suficientes para sustentar una u otra posición, y la pregunta queda abierta.

Que a mí se me consideraba inmerso en una crisis existencial grave lo demuestra el hecho de que Miguel Salazar me propusiera someterme a un examen psicológico. Pues según la mentalidad sodálite aquel que se sentía inclinado a abandonar el camino de la vida consagrada no podía estar mentalmente sano. Se partía del principio de que Dios no se equivoca y, por lo tanto, el llamado divino a una vocación como la sodálite era irrevocable. En consecuencia, quien quería abandonar ese camino tenía que estar mal de la cabeza. Ahora bien, tampoco me podían enviar donde cualquier psicólogo. Luis Fernando Figari siempre nos había inculcado que un buen psicólogo debía tener una concepción filosófica correcta y verdadera del ser humano. De lo contrario, podía hacer mucho daño al recetar soluciones contrarias a la naturaleza humana. De ahí su desconfianza hacia la mayoría de los psicólogos, sobre todo si seguían principios de la teoría freudiana. Dado que el único concepto del hombre que se admitía como válido es el que postulaba la doctrina cristiana, el psicólogo tenía que ser expresamente cristiano para poder ayudar terapéuticamente a las personas. En opinión de Figari, los demás psicólogos, por más profesionales que fueran, junto con el bien que pudieran hacer terminaban también haciendo daño a las personas. Con el paso del tiempo, el Dr. Carlos Mendoza, miembro de larga trayectoria en la Familia Sodálite, ha terminado convirtiéndose en el psicólogo del Sodalicio. A él le envían los casos problemáticos, asegurándose también de esta manera en la medida de lo posible que nada de lo ocurrido al interior de las comunidades llegue a conocimiento de psicólogos profesionales independientes y ajenos a toda la parafernalia del estilo de vida sodálite.

En mi caso, la persona elegida para hacerme el análisis psicológico en ese entonces fue una estudiante de psicología, Liliana Casuso, que actualmente forma parte de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la asociación de vida consagrada para mujeres fundada por Figari. Los resultados de los tests que me tomaron le fueron enviados a Miguel Salazar, quien se reunió después conmigo para comentarlos. No hubo ninguna sorpresa ni novedad, nada fuera de lo común ni que yo no supiera antes, salvo el hecho de que se indicaba que yo podía tener una cierta tendencia homosexual. Miguel, quien siempre se ha caracterizado por poseer grandes dosis de sentido común, relativizó este dato, indicándome que no le diera importancia, pues tanto el como yo sabíamos perfectamente que yo era heterosexual.

Aunque en su momento no le di ningún peso a este detalle, con el paso del tiempo y luego de haber recibido algunos testimonios, se ha convertido en un asunto que me ha llamado la atención. Han habido varios casos en de jóvenes que estuvieron en el Sodalicio, a los cuales se les hizo dudar de su orientación sexual, sugiriéndoles la posibilidad de que fueran homosexuales. Ciertamente ha habido muchachos homosexuales en el Sodalicio, a los cuales se admitía teniendo los responsables conocimiento de su orientación sexual, e incluso hubo quien fue admitido como candidato al sacerdocio. Si bien en lo doctrinal el Sodalicio siempre ha sido explícitamente homófobo, a Figari y compañía no parecía molestarles en lo absoluto tener entre sus filas a homosexuales. Pero en los casos a los que me refiero más arriba, se trata de jóvenes que tenían cierta indefinición sobre su identidad sexual ‒cosa que ocurre con cierta frecuencia en la adolescencia‒ o eran claramente heterosexuales. Cito al respecto dos comentarios que se han hecho en mi blog en el post SODALICIO Y SEXO.

Santiago dijo: 30 de enero de 2013 en 7:57

«A modo de anécdota recuerdo que en un consejo comunitario a los que habíamos pasado a vivir una experiencia comunitaria (de 5 a 10 chiquillos), a uno de nosotros a voz en cuello le preguntaban si ya había comenzado a soñar con hombres desnudos, que eso era común cuando en comunidad se vive…»

Isaias dijo: 2 de febrero de 2013 en 17:59

«Cuando entré a vivir a comunidad siendo muy joven, en la pared de la casa había una frase grandota al lado de una imagen de Luis Fernando que decía: “EL SODALICIO ES LO QUE LOS SODÁLITES SON”, lo que me pone a pensar mucho, cuando dicen que esto es sólo de casos aislados y no de la comunidad.

Yo siento que fui agredido sexualmente de una manera muy cruel y nunca me tocaron mis partes íntimas (pues la sexualidad no sólo es el acto carnal), ya que entré al Sodalicio sin ninguna experiencia sexual carnal y salí de la misma manera, pero en los 10 años de mi estadía no hubo un día en que no se me insistiera en el mismo tema, con las preguntas casi enfermizas de si me gustaban los hombres, de si los miraba y que si lo hacía en qué parte los miraba, hasta llegar al punto de que en una reunión de comunidad el superior afirmó que él sabía los actos indebidos que yo hacía en la ducha, cuando puedo jurar que en el tiempo que estuve en comunidad nunca ni siquiera me masturbé. Siento que fue tal su insistencia, que en el momento de salir de comunidad me generé la necesidad de pagarle a una mujer trabajadora sexual para salir de la duda, pero de igual manera accedí a tener relaciones con un hombre para sopesar qué me gustaba más. Para lo cual hoy después de haber madurado un poco veo innecesarios los métodos que utilice de autoafirmación, pero en ese tiempo tenía bien poca información sobre lo sexual, sólo las voces contantes de prohibir la homosexualidad pero siempre estar hablando de ella. Pero creo sinceramente que tanta insistencia en el tema generó grandes dudas en mí, que me llevaron a vivir en una inseguridad constante sobre mí mismo.

Recuerdo también como mi consejero, hoy sacerdote sodálite, disfrutaba a cabalidad de que le contara con detalles mis sueños nocturnos para después terminar con una bofetada en mi cara.»

Otro caso lo cuenta un ex-miembro de las Agrupaciones Marianas ‒que forman parte del Movimiento de Vida Cristiana (MVC)‒ a través de un testimonio que me ha llegado por correo electrónico, el cual, durante un viaje de misiones a algún lugar de la serranía peruana, fue involuntariamente testigo de un acto indebido por parte de Jeffery Daniels, un ex-sodálite a quien varios testimonios señalan como un abusador sexual. Reproduzco los párrafos correspondientes con autorización del testigo, aunque por razones evidentes deba omitir su nombre:

«Lo que siguió a ese evento fue una obra de arte de manipulación psicológica por parte de un depredador sexual como Jeffery.

Ese mismo día en la noche Jeffery nos juntó alrededor de él, sacó una Biblia, puso cirios y comenzó a hablar del pecado y dijo que sentía la presencia del demonio entre nosotros. Por supuesto, todos con miedo y hasta llanto… Él controlaba todo… Luego dijo que cada uno de los presentes estaba en falta con Dios y los mandó a dormir a todos menos a mí. Quería conversar conmigo. El camino ya estaba trazado psicológicamente: ya me sentía pecador.

Fue en ese momento que me preguntó sobre lo que había visto y me dijo que eso no ocurrió, que yo estaba mal, me dijo que yo podía tener tendencias homosexuales… ¡Cómo será de astuto ese huevón que llego a explorar en mi pasado y sacar un evento en el cual el tío de un amigo del colegio una vez me tocó el trasero y yo me asusté, y por miedo y por vergüenza no se lo conté a mi padre! Y como era algo que me perturbó de niño y en parte era mi secreto, se valió de eso para decirme que yo era cabro y que veía en otros cosas que no pasaban y que él no iba contar nada, que esto era un secreto entre los dos. Y así fue de ese momento en adelante. Nada tenía sentido. […]

Regresé de misiones pensando que podría ser cabro, que veía cosas que no eran y para colmo tenía un secreto con este pata que no podía contar por mi bien y por el bien del MVC (Movimiento de Vida Cristiana), ya que si yo estaba equivocado, podría causar mucho daño. […]

Semanas después ya no continué en el grupo de posibles sodálites. […] [Mi instructor] me mandó donde Carlos Mendoza, el cual, como era psicólogo, me iba ayudar a sacar el pecado, ya que su teoría era que cómo de niño me manosearon, yo pude sentir placer y ése era mi pecado. Y por esa razón me mandó donde un Padre que decían que era santo y se llamaba Muguiro. Fui donde el Padre, confesé mi supuesto gran pecado, que ‒a decir verdad‒ tuve que aceptar. Cuando se lo dije al Padre, ni le prestó atención . Al final, pecado inventado quedó reconciliado, pero de mi cabeza nunca salió la imagen de Jeffery tocándole el trasero a ese futuro sodálite. Lo peor es que nunca se lo dije a nadie, porque pensaba que él revelaría lo que me había ocurrido de chibolo.»

Sea o no sea verdad lo que aquí se cuenta, lo cierto es que hay indicios de que la insinuación de una orientación homosexual en personas que no lo eran supuestamente se usó en ocasiones como un medio de manipulación de las conciencias en el Sodalicio. Miguel Salazar nunca se prestó a esto. En mi caso, él consideraba que el resultado mencionado del test al que yo había sido sometido entraba dentro del margen de error.

Como ya he señalado, yo tenía clara mi orientación heterosexual. Incluso, en eso meses de angustia donde deseé a diario estar muerto, algo que fue alimentado en mí el deseo de vivir y la esperanza de un futuro mejor fueron las ilusiones de poder amar a una mujer como nunca lo había hecho en mi vida. A medida que pasaban los días, esa mujer ideal comenzó a tener nombre, el de una chica de ancestros alemanes a la cual en algún momento de mi vida había ayudado personalmente. Por supuesto que ella no sabía nada de lo que me estaba sucediendo, ni yo tenía ninguna importancia en su vida, salvo el hecho de ser un amigo que la había ayudado en un momento crítico de su vida. Más bien, los pensamientos que comenzaron a rondar mi cabeza tenían mucho de amor platónico, de construcción idealizada e inmadura de una relación que se me presentaba como un salvavidas en medio de las turbulencias que agitaban mi paisaje interior. Yo nunca había tenido una enamorada antes de conocer al Sodalicio, aunque sí me enamoré perdidamente una vez de una joven chica de mi salón de clase en el Colegio Alexander von Humboldt, sin ser nunca correspondido. En este aspecto, mi afectividad se había estancado en la adolescencia y no había madurado, debido a que desde muy joven me entregué al ideal sodálite. Gracias al control mental que allí se practicaba, muy pronto aprendí que debía controlar mi vida sentimental y guiarme unicamente por criterios racionales. Mi desarrollo afectivo quedó interrumpido en esa área concreta y todo ese mundo quedó sepultado, aunque todavía latente, bajo la disciplina que se vive en las comunidades sodálites. De alguna manera, afloró a través de mi vena artística en las canciones que componía, cargadas de una emotividad que se sustraía al corsé de las prescripciones tácitas que había sobre el tipo de canciones que quería Luis Fernando Figari que se compusieran en el Sodalicio.

Y precisamente fue en esa época de San Bartolo donde compuse una de mis canciones más sentidas y autobiográficas, a la cual le he puesto posteriormente el título de Sueño de amor en mi soledad desnuda. Esta canción, que refleja mi estado de ánimo de entonces, permanece inédita en la actualidad. La letra, que mezcla simbolismo religioso con pasión y sentimiento, es como sigue:

SUEÑO DE AMOR EN MI SOLEDAD DESNUDA

en mi soledad desnuda
el gusano de la nada
perforaba a bocanadas
un infierno sin salida
por la angustia acumulada
en el fondo de la herida
y la costra envejecida
de mi carne avergonzada
por la llaga tan temida
de la esperanza podrida
en mi espalda lacerada
por la mano abandonada
de vestigios de la vida
y la piel ennegrecida
y mortal

aún confiando en mi resurrección
puse en espera mi muerte anunciada
en alas de una luciérnaga viajera
crucé las sombras de un territorio en guerra
y tembloroso como el ave toqué a tu balcón
mi fiel amor

fue como un sueño de dulce ensoñación
como el encanto de un cuento de hadas
tu voz volando como una mariposa
sobre el dragón en mi oscuridad frondosa
lloviendo flores y los duendes cantándole al sol
mi fiel amor

con tu sonrisa amada
y tu suave mirada
tu ternura encendida
en mi memoria urgida
del sol sin demora
un rayo en la aurora
que calme la ira
de la marejada
en mi sangre caída
por gracia vertida
en tu copa de orquídeas
y fue como el amanecer
que ahuyenta los cuervos de mi tarde
fue como volver a ser
un niño en brazos de su madre
mi fiel amor
mi fiel amor

ya se muere la homicida
mala víbora engendrada
en la entraña avinagrada
por la fiera malparida
que agoniza malherida
por el tajo de la espada
del arcángel y su armada
en cruzada contra el mal

la mujer de la alborada
de luz solar vestida
sobre la luna erguida
y de estrellas coronada
besó con su mirada
mi fe robustecida
mi esperanza crecida
y mi amor

enamorado me puse a caminar
entre las ruinas de un largo pasado
te apareciste en mi senda dolorosa
como la brisa en una mañana hermosa
como el lucero de la tarde que refleja el sol
mi fiel amor

acompañado en mi peregrinar
por los fantasmas de lo derrumbado
tu aparición fue como la primavera
y ahora te canto y te llamo compañera
mi compañera de la espera, mi vida, mi amor
mi fiel amor

Como ya he señalado, no se trataba de una relación sentimental correspondida que existiera realmente, sino de un mundo de fantasía que yo había construido para encontrar una salida a la angustia que me acosaba diariamente. Pues a pesar de que los días transcurrían aparentemente plácidos con su rutina de ejercicios físicos, estudio, oración, meditación espiritual, continuamente me atormentaba la inseguridad de no saber cuándo y cómo iba a terminar todo esto. Yo me sentía atado bajo el peso de la promesa de profeso temporal que había hecho, cuya vigencia vencía en octubre de 1993. En virtud de esa promesa yo me había comprometido a vivir en celibato y obediencia a mis superiores en el Sodalicio. Romper esa promesa me parecía inconcebible, ya sea por dignidad personal ‒pues yo siempre he sido de cumplir lo que he prometido‒, ya sea porque se me presentaba como un rechazo a Dios. ¿No era el quién me había llamado a esa vocación? Además, si por esas cosas del destino tenía que dejar la vida consagrada en comunidades sodálites, debía hacerlo “por la puerta delantera”, después de un discernimiento serio y habiendo cumplido con todas las formalidades del caso. Lo que no me imaginaba era la intensidad de angustia que me iba a acompañar durante esos siete meses. El tener que pasar por este purgatorio es algo que han experimentado muchos de aquellos que decidieron abandonar la vida consagrada “por la puerta delantera” sin escabullirse por “la puerta trasera”, que consistía en tomar las de Villadiego entre gallos y medianoche o aprovechando cualquier oportunidad que se presentara para huir furtivamente de la comunidad. Pero eso significaba convertirse de un día para otro en una especie de “apestado” o “renegado”, ser tratado automáticamente como un “traidor” y perder de golpe todas las amistades que se tenía en la Familia Sodálite.

Lo cierto es que durante ese tiempo el deseo de abandonar definitivamente la comunidad fue madurando en mí. Descubría en mí características personales que encajaban mal dentro del estilo de vida de un sodálite consagrado y que me habían generado más de un problema, como mi libertad de pensamiento, mi espíritu crítico, mi sensibilidad artística ‒con una creatividad musical que se resistía a encasillarse en los parámetros fijados por Figari‒, mi gusto por la literatura no religiosa, mi afición a la música en sus expresiones más variadas, mi afición cinéfila orientada hacia la cinematografía artística y el cine alternativo, mi rechazo hacia todo lo que pareciera censura o restricción de la libertad de expresión, entre otras cosas. Además de que cada vez se me hacía más difícil guardar el celibato. Lo femenino se me presentaba como un misterio que necesitaba descubrir.

En ese tiempo hubo varias personas que conversaron conmigo, tratando de disuadirme de abandonar el camino de la vida consagrada, entre ellas Miguel Salazar, el P. Jaime Baertl y mi hermano. No dudo de que lo hicieran de buena fe y con las mejores intenciones. El problema estaba en que el concepto de vocación que manejaban era muy estrecho y rígido, como he descrito anteriormente. No se concebía una vocación ‒entendida como llamado de Dios‒ que fuera un proyecto de vida compuesto por diferentes etapas, entre las cuales podía estar el pertenecer durante un tiempo a una institución de vida consagrada. El compromiso definitivo con el Sodalicio se entendía como un acto irrevocable, con consecuencias imperecederas. Como un sello que quedaba grabado a fuego en el alma. Por eso mismo, quien decidía abandonar ese camino ‒sin importar lo legítimos que pudieran ser sus motivos‒ era considerado como un “traidor” y se consideraba que ponía en riesgo su salvación eterna. Quienes hablaron conmigo querían librarme de terminar algún día en el fuego infernal, sin importarles mucho el infierno interior que estaba viviendo dentro de la institución. Aun hoy en día hay quien ha manifestado preocupación por mi salvación. Ello es consecuencia lógica de haber absolutizado la institución y haberle atribuido características que sólo corresponden a la Iglesia como un todo.

El deseo de que me sobreviniera la muerte nunca dejó de acompañarme durante ese tiempo, aunque se fue mitigando debido a un incidente que relataré a continuación. Todos los días le rezaba a Dios para que acabara de una vez con mi vida a través de una muerte rápida e imprevista. Ese momento pareció estar muy cerca un día a temprana hora. Después del acostumbrado chapuzón matutino en el mar a eso de las cuatro de la madrugada, fue a darme el duchazo de rigor ‒cuyo sentido no veía muy claro, ya que el agua que salía de las tuberías en San Bartolo no era potable sino salobre como el agua de mar‒. Las duchas, en número de tres, consistían en unas cabinas adosadas al cerro, ubicadas en el patio externo de la casa. Cada cabina estaba conformada por la ducha propiamente, más un espacio previo de reducidas proporciones que hacía de vestidor. Ese espacio estaba iluminado por una bombilla de luz, que colgaba del techo a baja altura. Fue entonces que, después de salir de la ducha desnudo y mojado, cogí la toalla húmeda con las dos manos y la levanté por encima de mi cabeza para secarme la espalda. La toalla tocó la bombilla y sentí el golpe de una descarga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo. Afortunadamente, esa misma descarga ocasionó que doblara las piernas por efecto de la contracción muscular, lo cual hizo que la toalla dejara de estar en contacto con la bombilla. La cosa no pasó de un susto, pero a partir de entonces tuve la certeza de que mi hora definitiva, aunque se sintió cercana, había pasado de largo, pues aparentemente no estaba en los planes de Dios que recibiera la estocada final en ese momento y se me estaba concediendo una nueva oportunidad. No sé si debido a este incidente, o debido al hecho de que durante tanto tiempo la muerte fuera un huésped continuo de mis pensamientos, lo cierto es que le perdí todo miedo a la muerte y aprendí a convivir con ella. Me fui acostumbrando cada vez más a la idea de que algún día tendría que morir, y ese pensamiento le ha ido quitando gravedad a los contratiempos y desventuras que me han sobrevenido en la vida, permitiéndome vivir siempre con una actitud de esperanza. Pues todo lo que sucede, todo lo que uno tiene y acumula es pasajero, y algún día quedará atrás para siempre. Los únicos lazos que me atan a la vida son los que se generan a partir de alguna misión que tenga que cumplir, de la responsabilidad que tenga hacia otros, del deseo de compartir lo vivido, del amor que le debo a las personas queridas y a los amigos. Y a fin de cuentas, todo está en manos de Dios.

Por cierto, comenté el incidente durante el desayuno, pero todos lo tomaron a la ligera y fue motivo de sonrisas y bromas. Pero nadie, ni siquiera el superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒a quien sigo teniendo en alta estima por su actitud respetuosa y su trato humano‒, decidieron que se debía aplicar alguna medida de seguridad para evitar que este tipo de incidentes volviera a ocurrir. No los culpo. Ni yo mismo le tomaba entonces el peso a lo que era seguridad. Como tampoco se le daba mucha importancia en el Sodalicio en general, lo cual hizo que en ocasiones se pusiera en riego la integridad física, la salud y e incluso la vida de la personas. Recuerdo que una vez en San Bartolo a unos muchachos se les hizo nadar tantas veces ida y vuelta al islote que quedaba en medio de la bahía, que comenzaron a tener síntomas de hipotermia. El superior de la comunidad, tranquilo y con actitud risueña, hizo que les midieran la temperatura. El termómetro marcaba alrededor de los 35 grados centígrados. Sin alarmarse ni nada, como si lo que estaba sucediendo fuera la cosa más normal del mundo, hizo que les dieran vino de misa caliente, con lo cual poco a poco recobraron la temperatura normal.

He de admitir que de los tres períodos que estuve en San Bartolo, éste último fue el más suave y tolerable, a no ser por la angustia que me atenazaba a diario. Gonzalo Len y Miguel Salazar me trataron siempre con mucho respeto y me ayudaron, dentro de lo posible, a atravesar el trance por el que estaba pasando. Las actividades del día a día se inscribían dentro de una rutina de costumbre, dentro de la cual no hay ningún acontecimiento destacado que señalar. Tal vez el hecho de que hubiera la sensación de que yo estaba de salida hizo que no se pusiera sobre mis hombros exigencias fuera de lo común bajo cuyo peso terminara sucumbiendo interiormente. Quizá una de las cosas que cabe señalar es una inflamación de los músculos dorsales que me sobrevino, a tal punto que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. Tuve que guardar cama durante varios días y, por prescripción médica, recibir inyecciones dos veces al día. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé postrado, y sólo bajé a estar en la comunidad el día anterior en la noche para recibir esa fecha a la medianoche con saludos y abrazos. Parece que la lesión había sido ocasionada por los ejercicios físicos rigurosos que se acostumbraban en San Bartolo. En fin, nada del otro mundo.

A medida que pasaban los meses, cada vez estaba más convencido de que yo no estaba hecho para la vida en comunidades sodálites. Sin embargo, no tenía la intención de abandonar el Sodalicio, pues éste había orientado mi vida desde que yo tenía 15 años. A través del Sodalicio, una línea torcida más, yo había descubierto la fe cristiana que conservo hasta ahora. En esas circunstancias de mi vida, no concebía una vida fuera del Sodalicio. Además, yo no quería echar por la borda los años que había vivido en comunidad. Lo que viniera después tenía que darse sin solución de continuidad con lo que había vivido hasta ese momento. Y en el Sodalicio había la posibilidad de un cierto modo de pertenencia a la institución dentro de la vocación al matrimonio, a saber, la de los adherentes sodálites. El tiempo transcurrido en comunidades sodálites se me presentaba como una preparación necesaria para el camino que tenía por delante.

Es así que un día Miguel Salazar me comunicó que en julio de ese año podría dejar la comunidad e iniciar una vida en el mundo. Se me concedía licencia para poder reflexionar ante la mirada de Dios y en circunstancias distintas cuál era mi camino. Si decidía retomar la vida consagrada en el lapso que faltaba hasta octubre ‒que es cuando vencía mi promesa de profeso temporal‒ tenía las puertas abiertas para regresar. Si tomaba la decisión de no hacerlo, tenía la opción de entrar a formar parte de un grupo de sodálites que se estaban preparando para el matrimonio. Los once años pasados en comunidades me habían servido para resolver algunos problemas personales que tenía, encontrarme conmigo mismo, recibir mal que bien una formación cristiana, y ahora Dios me llamaba para seguir una senda distinta, que me permitiera no sólo desarrollar personalmente mis talentos y capacidades, sino también estar al servicio de los demás de manera más eficaz. La vida que yo había llevado en comunidades no era precisamente la idea que yo tenía de contribuir a cambiar el mundo, y ahora se me presentaba la oportunidad de aportar mi grano de arena para cumplir con esa tarea.

Lo que yo no sabía era que esta visión de la cosas no era compartida por muchos miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite. Pasaría mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que para ellos yo era solamente un fracasado, alguien que había abandonado el camino para el cual estaba originalmente llamado, una especie de “traidor” arrepentido, y como adherente sodálite mi compromiso era de segunda categoría y no ostentaba la radicalidad y entrega del compromiso de los sodálites de vida consagrada. Sólo Miguel Salazar seguiría confiando en mí, aconsejándome en mi vida espiritual y permitiéndome ayudar en algunas tareas de formación de comunidades sodálites, hasta que las circunstancias de la vida impidieron que siguiera prestándome ese apoyo. Fue enviado posteriormente a Colombia, y la distancia física junto a las obligaciones contraídas hicieron que nuestros caminos se separaran y la comunicación fuera cada vez más rala y distante. Aún así, si hoy me preguntaran a quien considero el sodálite mas honesto, sensato y generoso que haya conocido y que todavía forma parte de las filas del Sodalicio, no dudaría ni un solo momento en mencionar su nombre. Aunque Rafael Ísmodes y Manuel Rodríguez también estarían entre mis candidatos.

Es así que en julio de 1993 me mudé a la antigua casona de mi difunta abuela en El Olivar de San Isidro (Lima), donde vivía actualmente sólo una tía abuela muy querida acompañada de una empleada huancavelina que tenía dos hijos y de la hija adulta de una antigua cocinera de la casa que había muerto tras una larga y penosa enfermedad. De mi biblioteca personal, recuperé algunos libros que me servían para la docencia y todas las obras literarias que había ido adquiriendo a través de los años. El resto de libros, en su mayoría de teología, los doné a la comunidad Nuestra Señora del Pilar. Era imposible encontrar lugar para todos esos libros dondequiera que estuviera. También recuperé mis colecciones de música clásica casi completas. Me comuniqué con Juan Fernando Trivelli, sodálite que estaba a cargo del Colegio Santa María de Chincha, le expliqué la situación y por qué yo consideraba ilegítima la “donación” que había hecho Garland y accedió gentilmente a devolverme los cassettes.

Los pocos ingresos que tenía venían de mis clases como docente de teología en el Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), un instituto del arzobispado de Lima donde se formaba a profesores de religión católica. Durante mi estadía San Bartolo había pedido licencia para el primer semestre del año, y ahora retomaba mis actividades docentes en el segundo semestre a partir de agosto. Tenía sólo un título de licenciado en teología otorgado por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. La tesis para optar al grado la había sustentado en enero de ese mismo año, durante mi estadía en San Bartolo. Y ahora, con 30 años a cuestas, tras haber pasado más de once años de mi vida en comunidades sodálites, debía comenzar una vida nueva, en una realidad en la que me sentía como pez fuera del agua.

Vendrían años difíciles donde retomaría la educación sentimental interrumpida en mi adolescencia, conocería fugazmente el primer amor, sufriría penurias económicas, trabajaría aquí y allá como profesor y docente sin encontrar nunca un lugar donde quedarme, sería poco a poco marginado de actividades intelectuales y formativas en el Sodalicio, sería tachado de “loco” y “excéntrico” en el boca a boca del chismorreo de la Familia Sodálite. De entre los miembros de comunidades sodálites, con los cuales había compartido tantos momentos de mi vida, serían muy pocos los que me tenderían una mano para poder seguir adelante. Pero también conocería a mi mujer, el amor de mi vida, tendría la hermosa experiencia de fundar una familia y ver crecer a dos hijos, Carolina y Alexander. En fin, aprendería a vivir.

Aún así, la experiencia vivida ha dejado heridas en mi psique que se han manifestado en sueños hasta hace algunos años. He tenido pesadillas donde, aún estando casado, se me hacía volver a una comunidad para volver a pasar por una etapa de discernimiento. Sólo que esta vez el discernimiento era eterno y me era imposible salir de la comunidad, atado por unas cadenas invisibles y encerrado tras barrotes interiores, esperando en vano que me dieran la orden de irme y pudiera regresar por fin al lado de mi mujer. He tenido que romper esos barrotes del alma para poder ser libre. Y esa libertad de los hijos de Dios, garantizada por el amor inefable de Jesús, pase lo que pase, nadie me la podrá quitar. Que así sea.

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AGRADECIMIENTOS

Quisiera agradecer a las siguientes personas:

– A Miguel Salazar, por su amistad y comprensión, sin las cuales no hubiera podido salir del hoyo en que me encontraba.

– A mi difunta madre Catherine, que me apoyó y me ayudó en la medida de sus posibilidades, no solo para salir adelante en la vida en momentos aciagos, sino también para poder migrar a Alemania junto con mi familia y siguió preocupandose por nosotros y apoyándonos desde lejos hasta su muerte.

– A Miguel y Patty Rodríguez, amigos que con inmensa generosidad me ayudaron a insertarme en el mundo en momentos en que muchos aún mantenían actitudes de desconfianza y recelo hacia mí.

– A Eliana Elías, amiga entrañable que me dio varias lecciones de vida.

– A la Hna. Julia Estela, directora del Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), por la confianza que siempre depositó en mí, y por su entrega generosa y sacrificada para formar buenos profesores de religión entre la gente de pocos recursos.

– A César Augusto Chiappe, por haber defendido mi capacidad docente y mi libertad académica cuando fue director del Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de la Reconciliación”.

– A José Luis Pérez Guadalupe, por haberme convocado a participar en Santa Anita y San Juan de Lurigancho como docente del Curso de Teología a Distancia organizado por el Instituto de Teología Pastoral Fray Martín de la Diócesis de Chosica, lo cual me permitió tener una experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios como nunca la había tenido en el Sodalicio.

– A Genaro Matute, ex-Contralor de la República, el cual, cuando era decano de ESAN (Escuela de Administración de Negocios para graduados), siempre me dio ánimo y me apoyó para que finalizara la maestría en un área de estudios para la cual nunca me sentí capacitado.

– A Carlos Scerpella, Javier Pinto, Gustavo Kennedy, Julián Echandía y Carlos Aguilar, adherentes sodálites, por haber estado siempre dispuestos a escucharme y darme su consejo de amigos cuando lo necesitaba.

– A Manuel Rodríguez, adherente sodálite que también vivió alguna vez como consagrado en comunidades sodálites, por su amistad, honestidad y comprensión.

– A Gerardo Barreto, amigo leal e incondicional de buen corazón.

– A todos aquellos que, de una u otra manera, contribuyeron a que me librara del condicionamiento mental fundamentalista y sectario que tuve durante años y que todavía padecen muchos integrantes de la Familia Sodálite.

– Por último quiero agradecer a mi esposa María Eleana, quien me ha soportado durante los 17 años que estamos casados, y que sigue amándome a pesar de todo.

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Sobre el concepto de vocacion como llamado de Dios, vale la pena citar a Antonio Ruiz Retegui (1945-2000), quien fuera sacerdote del Opus Dei. En su libro El ser humano humano y su mundo. Algunas claves de la antropología cristiana ‒nunca publicado por el Opus Dei debido a sus velados contenidos críticos hacia la institución‒ incluye unas reflexiones sobre el sentido de la vocación cristiana, que se diferencian bastante del concepto rígido y esquemático que se ha manejado en el Sodalicio (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/capitulo_11.htm). Reproduzco aquí unos párrafos.

«…cuando se concibe la vocación como una llamada unívoca a una situación en una institución de este mundo, aunque sea con miras hacia la vida eterna, parece que si abandona ese camino, la persona quedaría definitivamente frustrada para Dios. La práctica demuestra que no es así, ni siquiera en el modo de actuar de las instituciones más “sobrenaturalistas”.

El sentido de la perseverancia tiene un fundamento más “humano” y, por eso mismo, más comprometido y divino.

En el caso de la entrega “vocacional”, la irreversibilidad no debe considerarse deducida necesariamente de la relación directa con Dios, como si Dios mismo hubiera llamado explícitamente a esa persona. No tendría sentido, por ejemplo, que San Pablo abandonara la misión recibida de Jesucristo aduciendo, por ejemplo, que no tenía capacidad para realizarla. En su caso, no cabe duda de que la llamada era explícita y que el mismo que le había llamado era el que le daba las condiciones para llevarla a cabo. Pero eso no se puede afirmar, como es evidente, en el caso de la entrega común en las instituciones vocacionales. Por eso, es posible que después de un tiempo de prueba haya que reconocer que no se está en condiciones de mantenerse en ella.

Además es posible que la misma institución vocacional experimente cambios substanciales, al menos en la relación con algunas personas. En cualquier caso hay que tener en cuenta que lo esencial es la unión con Cristo en su Iglesia, y que todas las instituciones que nacen en ella, son esencialmente “parte” de la Iglesia, y nunca pueden arrogarse un carácter absoluto, como única situación posible, para la persona, de unión con Dios.

La presunta irreversibilidad de la entrega vocacional debe deducirse más bien de la naturaleza de las cosas, de modo semejante ‒no estrictamente idéntico‒, a como quien ha hecho una opción importante en su vida, no debe variarla si no es por razones graves. La exigencia de irreversibilidad no es absoluta, ni el abandono del proyecto primero supone necesariamente un apartamiento de Dios. De hecho, a pesar de los vínculos jurídicos o canónicos que haya contraído, hay siempre un camino legítimo, jurídicamente establecido, de “dispensa”. Y, obviamente, emprender un proceso legítimamente reconocido, no puede significar por eso apartarse de Dios. Es cierto que quien se ve inclinado a desistir de un camino vital emprendido años atrás, sufre una quiebra en su vida. Esa ruptura que puede ser muy dolorosa y en ocasiones, casi imposible de soportar, pero no supone inequívocamente y de suyo un mal moral. A veces, la unidad consigo mismo y con Dios puede reclamar una ruptura con muchas relaciones menos radicales o decisivas.

El deber de la perseverancia está normado por la naturaleza de las cosas, en concreto, por la naturaleza del ser humano, cuya unidad reclama una cierta continuidad en los proyectos más importantes. Por eso, en muchos casos ha de contar el deber de mantener la propia identidad, en el sentido de proyecto vital, también ante las personas más próximas y queridas: hay ocasiones en que el cambio brusco de proyecto vital equivale casi a “desaparecer” de la vida de esas otras personas y, en consecuencia, a romperles también a ellas sus vidas. Este deber de caridad puede plantear el deber de aceptar sacrificios personales muy grandes, según sea el vínculo con esas personas cercanas.

Pero la unidad de la historia vital no debe considerarse solamente desde el punto de vista de su coherencia, digamos, narrativa. Su fundamento radical no está en el hecho de que sea una historia unitaria o lineal, sino en que sus actos estén fundamentados sobre la eternidad de Dios. […]

…debería evitarse hablar con excesivo tremendismo de la no perseverancia. Sin embargo, es frecuente referirse al abandono del camino concreto vocacional, en un tono trágico, como si quien lo hiciera estuviera apartándose de Dios y abocándose a una vida necesariamente infeliz, lo cual es probadamente falso. Cuando en el lenguaje institucional se dan muchos juicios de ese tipo, se predetermina además la opinión de las personas sobre los que no perseveraron.

Probablemente ese cúmulo de “expresiones condenatorias” del abandono de la institución vocacional, sea debido a la conciencia implícita de que la perseverancia de muchos está constantemente en peligro, y, en consecuencia, al empeño por asegurar la perseverancia de personas que no pueden estar “atadas” por otros vínculos externos, como es, en el caso de los religiosos, la situación pública y social. Pero el recurso a las presiones referidas resulta contrario a la naturaleza de las cosas, y, en la medida en que incluye esos juicios morales, es además violentador de las conciencias. Éste es uno de los casos en que aparece el intento de dominar a las personas a través de la conciencia.

Por todo esto, una muestra segura de que se protege la libertad de las personas y de que se confía en la voluntariedad actual de los que perseveran, es que no se dramatiza excesivamente la no perseverancia de algunos. Y esto por dos razones. La primera porque, como hemos dicho, no se identifica el abandono de la institución vocacional con el abandono de Dios o con el pecado. La segunda es la convicción de que esos casos no pondrán en crisis la perseverancia de las demás personas que siguen ese mismo camino, porque se presupone que esas personas saben a qué se han entregado y por qué. Si los motivos de la entrega se presuponen vivos y actuales, y además se da la importancia que tiene realmente la perseverancia, no se considerará una tragedia el que algunos se sientan inclinados a abandonar, por los motivos personales que sean.

Ciertamente, todos somos muy influidos por las conductas que contemplamos en el ambiente que vivimos, y cuando un ambiente es dominado por el capricho o la mera emotividad sentimental, la perseverancia se resiente. Pero en la Iglesia hay muchas instituciones que han acogido serenamente en sus propios ámbitos a personas que abandonaron la pertenencia estricta a ellas, sin que eso suponga como una invitación a que los demás abandonen también. Desde luego, si la perseverancia se fomenta sólo a base de quitar de la perspectiva de todos la posibilidad del abandono, esa perseverancia será poco segura y, seguramente en muchos se mantenga en un nivel un tanto “formalista”.

La perseverancia ha de fomentarse ciertamente, pero el cauce propio es cuidar que la finalidad que estuvo en el principio de la entrega, es decir, el ideal de la institución vocacional, esté constantemente vivo y encendido, sin que la misma institución se convierta en un absoluto, es decir, que no tenga ninguna referencia ulterior a sí misma.»

Reflexiones similares sobre la relación entre la vocación y lo institucional, que pueden servir de ayuda a muchas personas que se hallan en proceso de discernimiento vocacional, se pueden leer también en el interesantísmo escrito de Ruiz Retegui Lo teologal y lo institucional. Reflexiones íntimas (ver http://www.opuslibros.org/libros/Teologal/indice.htm).

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19 pensamientos en “SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

  1. Pingback: SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO | LAS LÍNEAS TORCIDAS

  2. Mi estimado Martin muchas gracias por tu testimonio. Siempre he admirado tu inteligencia y ahora admiro la humildad con que has desnudado tu corazón.
    Dios te bendiga a ti y a los tuyos y la Virgen los proteja siempre. Un abrazo.

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  3. Martin, siempre es muy grato leer tus relatos, me siento identificado en muchos puntos.
    Quiero agregar que hacia finales del 1998 estando en San Jose II, fui presionado por George Wille y sobretodo por Eduardo Regal, (2 personas muy cercanas a LFF) a pensar que yo era homosexual. Varios años después de dejar la vida en comunidad entendí que era en realidad lo que estaba pasando.

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  4. He leído con atención tu experiencia en desde el Pilar hasta San Bartolo. Si bien percibo que buscas ser sincero, creo que hay una sobre dimensión y exageración de la realidad, lo cual hace que la distorsiones. Si bien es tu experiencia y por tal tienes el derecho de contarla, me atrevería a decir que mucho intensidad negativa que viviste, se debió, en mi humilde opinión, a una falta de libertad producto de tus propias enredos internos y no a la Comunidad en sí. Mucha de tu narrativa, propia a una novela de terror, solo fueron fantasmas de prejuicios al que le has cargado en demasía la tinta. No creo conocerte, solo describo lo que percibo. Y sinceramente he hecho el ejercicio de mientras leerte ponerte en la perspectiva de pertenecer a cualquier otra orden religiosa o castrense o incluso a algo no tan rígido como miembro de un club y en ninguno de los casos he percibido un abuso psicológico o emocional con el que estos tratan a sus miembros. Creo que eres algo atípico, muy profundo y muy inteligente y por eso no menos especial para Dios. Pero debes entender que en tu forma particular de que expresar ser, encajas perfectamente en la vida matrimonial que Dios te llamó. No creo al Sodalicio perfecto, pero tampoco la secta lava cerebros que dices que es. Espero que algún día mires tu pasado con la bendición que el Señor te dió y que nos narres alguna vez que marca dejaste tú en algún hermano de tu comunidad.

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    • La realidad es tan compleja y multifacética, que resulta prácticamente imposible que nadie tenga una versión adecuada de ella. Sólo hay aproximaciones. Por eso mismo, no sé en qué te basas para decir que yo exagero. ¿En la versión que tú tienes de la realidad? Yo, en todo aquello de lo que doy testimonio, no pretendo abarcar toda la realidad, sino solamente lo que me tocó vivir a mí. Y he tenido el máximo cuidado para presentar las cosas en sus justas proporciones tal como sucedieron, sin añadir ni quitar nada.

      Lo que sí me parece insólito es tu explicación sobre mi “falta de libertad”. ¿Fruto de mis propios enredos? ¿Qué tienen que ver mis enredos con la prohibición de escuchar música clásica, las restricciones para tomar decisiones propias, el control de lo que piensan y sienten los subordinados, los castigos donde se confina a una persona a una habitación, el plantear la decisión respeto a un camino vocacional como una cuestión de vida o muerte eternas? Ciertamente, yo tenía problemas y conflictos interiores. ¿Quién no los tiene? Pero de ahí a concluir que fui yo mismo el causante de mi “falta de libertad”… ¡Vamos, no estarás hablando en serio! ¿Quién es libre en el Sodalicio entonces? ¿El que se acomoda en todo al sistema de disciplina, sin cuestionar nada y sin preguntarse si todo está conforme con el respeto debido a la dignidad humana?

      Te puedes poner en la perspectiva de otras instituciones religiosas, y ciertamente encontrarás semejanzas con los Legionarios de Cristo, el Opus Dei y organizaciones afines. Lamentablemente, estas instituciones no constituyen criterio para determinar si lo que se hace en otra es correcto. El criterio es el Evangelio. Asimismo, la comparación con la institución castrense ‒que difícilmente puede servir de modelo para otras instituciones‒ o con un club es desafortunada. Dime en qué clubes se hacen cosas similares a las que me hicieron, para denunciarlos.

      Por otra parte, ¿cuáles son los prejuicios que dices que yo tengo? Tengo que hacerte notar que durante 30 años mantuve una valoración benigna del Sodalicio. Después de salir de comunidad me esforcé en tenerla a pesar de todos los problemas. Eso sí, me habían llenado la cabeza de prejuicios contra el mundo y contra otros grupos eclesiales. Me ha costado mucho sacarme de la cabeza esos prejuicios. De modo que mi valoración actual del Sodalicio es consecuencia de un proceso de maduración, y no de prejuicios. Pues al Sodalicio lo conocí yo por dentro y por fuera. Y hablo de lo que conozco.

      Veo que también asumes la interpretación que pretende explicar todo diciendo que yo no tenía vocación a la vida consagrada. De este modo, el problema no estaría en el Sodalicio mismo, sino en mí que me equivoqué de camino. En verdad, lo uno no excluye lo otro. Si bien es cierto que en el Sodalicio no está mi vocación, también es cierto que la institución presenta problemas serios que terminan haciendo daño a las personas. Por lo menos era así cuando yo pasé por ella. Y quién sabe… Tal vez Dios me llamó a estar durante un tiempo bastante largo en la institución como una etapa de preparación para otras cosas a las cuales me tenía destinado. El asunto de la vocación no es como el tiro al blanco, donde uno acierta o se equivoca, o donde uno gana el premio o lo pierde en un solo lance. Las sendas de Dios son inescrutables, y no se puede saber de antemano cómo van a ser los recorridos existenciales de aquellos a quienes él llama.

      Finalmente, el Sodalicio no será una secta lavacerebros. Pero características sectarias tiene. Y el control mental que se practicaba allí es más común de lo que uno cree, y deja marcas en la psique. Sabemos también de algunos hermanos de comunidad que han dejado ciertas marcas en la vida de otros que difícilmente se borrarán. Yo, más bien, espero dejar otro tipo de huella con las cosas que he escrito sobre mi experiencia. Por el bien de los sodálites y de la Iglesia.

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      • “Justas proporciones, tal como sucedieron” Un hecho real pueden ser contado de distintas formas y no por ello imposible dejar de percibir una exageración en su contenido.

        Ciertamente los conflictos internos (unos más que otros, como creo es tu caso) suelen llevar a la persona a actuar con menor libertad. Claro que contribuye el hecho de encontrarse en un régimen especial, como lo es el de un consagrado o el de un seminarista, que está supeditado a la obediencia, puede llevar como en tu caso a tomar la más simple indicación como una forma de imposición. Conozco muchas historias de santos que pasaron por aceptar y obedecer ordenes de sus superiores que iban en contra de lo que Dios les estaba mostrando. Pero tu caso te llevó a decodificar como imposiciones inhumanas algo que en la práctica es parte de la vida ascética y exigente para quienes han elegido este tipo de vida. Y eran precisamente esos conflictos internos (evidentemente fuera de lo normal) las que te llevaron a tener pensamientos suicidas. Esa no es una experiencia común de alguien que ha pasado o quien vive en el régimen del SCV.

        ¿En una institución católica cual según tú debería ser el criterio evangélico que se debe regir? Sé de algunos que incluso han sido capaces de soportar torturas físicas permitidas por el mismo Señor Jesús como parte de haber optado por consagrarse a su vocación y que tuvieron como única misión anunciarlo. Y no sólo lo han aceptado, sino que incluso lo han promovido y han alentado a que otros lo soporten con humildad. Quejarse por no dejarte escuchar música clásica o aislarte en un dormitorio, alejado de los demás hermanos (en una casa con dimensiones medianas), no podría ser catalogado como alguna forma de tortura. Y es que la grandilocuencia con la que cuentas tus historias serían coherentes con algún trato excesivamente inhumano, propio de una denuncia internacional para que algún gobierno cierre esa secta.

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      • Ciertamente, un hecho real puede ser en sí mismo exagerado. Como lo fueron muchas cosas que pasaron en el Sodalicio. Quien relate estos hechos exagerados tal como sucedieron, no peca de exageración, aunque lo que cuente parezca sacado de una intriga de suspenso. Con mucha frecuencia, la realidad supera la ficción.

        Por otra parte, aunque los conflictos internos tienen una influencia sobre el ejercicio de la libertad, también es cierto que la falta de conflictos internos puede ser una señal de una absoluta falta de libertad, como ocurre con los seguidores de una ideología totalitaria o los adeptos más fieles de un grupo de características sectarias, que no se hacen ningún problema de conciencia. Además, muchas crisis personales constituyen el preludio para lograr una mayor libertad. No conozco libertad que no se haya alcanzado sin conflicto previo. Por eso mismo, rechazo tus insinuaciones de que los problemas que experimenté en el Sodalicio tienen como fuente exclusiva mi propia subjetividad. ¿Te parece una “simple indicación” ordenarle a una persona que se quede recluida en una habitación durante tiempo indefinido? ¿O qué se le prohíba escuchar música clásica de por vida? Claro, por supuesto, para ti debe ser lo más normal del mundo… Por algo eres emevecista.

        El hecho de estar supeditado a la obediencia no justifica ciertas cosas, ni tampoco justifica la práctica de dar órdenes absurdas, que no tienen un fin en sí mismas sino sólo buscan consolidar la sujeción de la persona que obedece. Esto es considerar la obediencia como un fin, donde la persona tiene que renunciar a pensar y decidir por sí misma, relegando su responsabilidad en un superior que no tiene que dar explicaciones de su proceder. Se sabe ahora que esto constituye un perfecto caldo de cultivo para que se cometan abusos de todo tipo. Como efectivamente se cometieron en el Sodalicio y en los Legionarios de Cristo. Pues una sana obediencia implica el respeto a la conciencia de las personas y a su naturaleza racional. Y en muchos regímenes sanos de obediencia, el superior tiene que dar cuenta de las órdenes que manda y ofrecer las explicaciones del caso si los subordinados preguntan por ellas. No tiene nada de santo obedecer poniendo entre paréntesis la capacidad racional y la propia conciencia. Eso es precisamente lo que buscaron ideologías como el nazismo, el fascismo y el comunismo soviético. En todo caso, te remito a mi post OBEDIENCIA Y REBELDÍA, donde trato este tema con más detalle.

        Habría que añadir que el régimen especial del consagrado se entendió desde un principio como el de un “laico consagrado”, no como el de un religioso. La obediencia y el celibato se entendían como medios para cumplir una labor evangelizadora eficaz, y no como signos de la vida futura en el Reino de Dios, sentido que tienen los votos de un religioso. En ese sentido, la vida del consagrado sodálite ‒a no ser que fuera sacerdote‒ no debía diferenciarse sustancialmente de la de un laico que vive en el mundo. Nada más lejos de la realidad. El consagrado sodálite vive en una realidad aparte, desde la cual se asoma a un mundo que no llega a entender del todo. Además, si uno de los carismas de la institución es la evangelización de la cultura, ¿cómo se pretendía cumplir con esta misión prohibiendo escuchar música clásica, negando también la oportunidad de ver muchas películas artísticas y de cine alternativo, restringiendo muchas veces de manera arbitraria lo que se podía leer? Ni qué decir de otras manifestaciones culturales de la música (el blues, el jazz, el rock), cuya importancia en la conformación de la cultura actual es innegable. Como consagrado sodálite, por ejemplo, era imposible cultivar una sana afición por la música de los Beatles. O escribir poesía sobre temas no directamente religiosos. Al final, bajo estos presupuestos, muchos de estos esfuerzos terminan en lo que hace ACI Prensa: pura propaganda católica sin una verdadera comprensión del mundo en que vivimos. ¿Dónde quedan entonces los esfuerzos de actuar como levadura en el mundo, a fin de que fermente la masa? La actividad de los consagrados termina yendo sobre un carril paralelo al curso actual de los acontecimientos, y la historia sigue su curso sin importarle que haya consagrados sodálites o no. Algo muy diferente de lo que ocurrió con los franciscanos, los dominicos y los jesuitas.

        Yo acepté seguir el camino del consagrado sodálite no para convertirme en un religioso, sino para contribuir a cambiar el mundo y reconducirlo a sus raíces cristianas. Fue otra cosa lo que encontré. Un voluntarismo donde se exige poner la propia voluntad al servicio de una obediencia que no tiene otro fin más que ella misma, y donde todos compiten a ver quién obedece mejor, más pronto y con mayor sumisión. No es éste el estilo de vida que yo había elegido. ¿Es más exigente? No sabría decirte. Por lo menos, si eres consagrado no tienes que preocuparte de qué vas a comer, dónde vas a dormir, si vas poder pagar el alquiler o si vas a poder conservar tu puesto de trabajo. La vida corriente del común de los mortales ya es bastante exigente, más aún si tienes una familia que sacar adelante. Y si has sufrido todos los contratiempos que yo he tenido que sufrir en la vida hasta ahora, las exigencias sobran.

        Respecto a tu expresión “torturas físicas permitidas por el mismo Señor Jesús como parte de haber optado por consagrarse a su vocación”, no sé si te habrás dado cuenta de la barbaridad que has dicho. No creo que formen parte de un seguimiento de Jesús las torturas físicas que mencionas. Otra cosa es si te torturan contra tu voluntad por declararte seguidor de Jesús. En todo caso, el control mental que se aplicó en el Sodalicio incluía procedimientos de manipulación de la conciencia que tenían algunos rasgos de torturas psíquicas. Las denuncias ya han sido presentadas ante las autoridades eclesiales competentes. Esperemos que se haga algo. ¿O, más bien, tendremos que esperar a que se vaya Cipriani, amigo del Sodalicio, para que las denuncias sigan su curso normal?

        Por último, los deseos que tuve de morir ‒que nunca llegaron a ser “pensamientos suicidas”‒ responden a una enseñanza de Luis Fernando Figari que nos habían metido entre ceja y ceja: “Quien ha sido llamado a la vocación sodálite y sigue otro camino, nunca será feliz en esta vida y pone en riesgo su salvación eterna”. ¿Y dónde en los Evangelios dice eso? Citaban Lucas 9,62: “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es digno del Reino de los Cielos”. Como comprenderás, el Sodalicio todavía no existía en esa época y la frase se refiere al seguimiento de Jesús. En ese sentido, aun cuando ya no soy sodálite, sigo teniendo la mano puesta en el arado, pues sigue siendo mi intención seguir tras las huellas de Jesús ‒tal como lo presentan los Evangelios‒ como miembro vivo del Pueblo de Dios. Esos pensamientos de muerte no tuvieron directamente nada que ver ‒cómo tú lo enuncias‒ con los conflictos que tenía respecto a la vida ascética y exigente que se me planteaba. Es otra de las explicaciones parche que se dan en la Familia Sodálite: si se fue, es porque no aguantaba la exigencia. A decir verdad, la exigencia la aguanté bastante bien, pero lo que no aguanté es ese control absoluto que se pretendía tener sobre todos tus pensamientos, tus opiniones, tu creatividad, tu originalidad y tu conciencia.

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  5. Ja, ja, ja…más de lo mismo. ¿sólo los movimientos tradicionales son tan represivos y opresores?
    Aquí el problema está también en las cabezas de algunos de sus miembros que salen con mucho resentimiento y quieren curarse echando la culpa a los otros…

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    • Hola, Renata:

      Te doy aquí una definición de “resentimiento”, que es la que me parece que tiene el término dentro del contexto de lo que dices.

      Resentimiento: actitud que le atribuyen ciertas personas que creen que saben o se consideran superiores a aquellos que no están de acuerdo con ellos o los critican.

      En Lima, donde se aplica bastante el término, especialmente por parte de aquellos que le tienen alergia al diálogo o que se quieren evitar el molesto expediente de tener que responder con argumentos racionales, se considera con frecuencia “resentidos” a los cholos, los negros, los pobres, las feministas, los izquierdistas, etc., es decir, a todo aquel que no encaje dentro del esquema de gente bien con buena posición económica, ideas conservadoras y sentimiento empresarial capitalista. Ejemplo: los socios del Club Regatas nunca serán tachados de “resentidos”, pero sí la gente del pueblo que acude a la Playa Pescadores.

      Lo que yo viví en el Sodalicio no tiene nada que ver con “resentimientos” ni con culpabilidades propias o ajenas. Es simplemente una toma de conciencia que, en mi caso, se prolongó durante mas de 15 años desde que salí de comunidad. Y lo que yo viví ‒que no es ajeno a otros grupos conservadores de la Iglesia‒ habla de una manipulación sistemática de las conciencias y la libertad de personas concretas. Allí está la raíz del problema. Ése es el caldo de cultivo para que se den abusos psicológicos, y eventualmente abusos sexuales. ¿También te da risa que se den ese tipo de abusos? Claro, será también más de lo mismo… Si hay tanto clérigo y consagrado abusador, ¿por qué el Sodalicio no va a tener también el dudoso “honor” de contar con algunos de ellos entre sus filas? A decir verdad, eso a mí no me da risa. Te aseguro que los abusos no están en mi cabeza. Yo no he inventado ninguna de las denuncias que se han hecho. A ver, si sigues riendo…

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  6. Hola, Herr Scheuch. Hace más de 10 años que no le llamo así. Qué raro encontrarme con ud después de tanto tiempo y de esta manera, mediante lineas. Soy exalumna de un colegio aleman en san Isidro en el cual ud enseñó un corto período, y me acuerdo de ud xq fue el único profe hombre de alemán que tuve. Me acuerdo de sus lentes grandotes, su laptop (me intrigaba que no tenia mouse sino que había un botoncito en medio del teclado desde donde lo controlaba todo, hasta ahora no he visto mas que un modelo mas de esas) y tb me acuerdo de que a veces, para que nos callaramos, gritaba en la clase (y se reía nervioso x eso).

    Nada, lo encontré vagando e informándome un poco sobre el tema del sodalicio y lo q paso con Jason Day (Alguien en fb puso su blog como referencia, ya sabe cómo son las cosas), y me sorprendí mucho al reconocerlo en la foto.

    No tengo mucho que decir, pero a la vez bastante, xq hay pasajes en las cosas que cuenta que las he vivido en carne propia. Y escribir del celular es tedioso. No relacionadas al sodalicio y la religión católica, mas sí al tener que pasar por años de trabajo y oscuridad interior para por fin encontrar el camino y la identidad propia. Y eso que a mis casi 26 sigo en ello. En fin, supongo que a algunos nos toca pasarla difícil, como una especie de “karma” por ver mas allá de lo evidente, ser sensibles y pensar de más. Pero al fin y al cabo, a todos nos tocará en algún momento de nuestras vidas, jóvenes o viejos, durante años o quizás solo días, el tribular filosóficamente para encontrar un sentido y una respuesta. Lástima que no todos tienen fe en Dios, en el destino, en la vida o en el Universo, que a muchos nos guía y ayuda a salir de esa “Dark night of The soul”. Y mayor lastima aun que no a todos les interesa, sino el mundo seria mejor (y no existirían lugares como la Matrix y gente como la que ud describe).

    En fin, solo le escribo para comentarle que me ha provocado sensaciones encontradas leerle, un poco de miedo y desazón porque encontrarlo me hace retroceder a cierta época que no quiero tener presente, y gusto porque he conocido a una persona que guardaba mas de lo que parecía y que guarda relacion con las cosas que yo conozco y valoro. Ojalá que lo que escribe contribuya a hacer de este un mundo mejor 🙂

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  7. A veces “creo” (porque no puedo estar en la mente de todos) que muchos de los que pasamos por el scv, y volvemos la mirada atrás, valoramos mucho de lo que el scv nos dio. Creo que lo valoramos muchísimo, e incluso a los que nos formaron y nos enseñaron un estilo de vida que nos cambio radicalmente la vida, obviamente para bien. No podemos negar el bien que nos hizo.

    Pero, en el terreno personal, a pesar de que han pasado muchos años alejado totalmente del scv, y que me dedique a otras actividades buenas, no puedo olvidar al scv. Ni dejar de sentirme culpable por errores que cometí con ellos. O de sentirme un traidor. O con complejo de inferioridad frente a ellos. Claro que ellos también cometieron errores. Pero por mucho tiempo creí que solo yo era el equivocado. O deba decir que ellos me hicieron creer que solo yo era el equivocado.

    Quisiera que el scv diera conclusiones sobre sus errores, que se pronuncien sobre lo que “algunos de sus miembros hicieron” que estaba mal y que es lo que deben cambiar, para así poder ayudar a los que se fueron ( y que no creo que regresen por nada del mundo) a que sigan su vida entendiendo mejor su propia experiencia ahí.

    Se que lamentablemente no lo van hacer nunca. Y por ello, para poder seguir con mi vida, debo sacar yo mismo mis propias conclusiones. Y creo que este blog me ayuda a entender y comprender mas el proceso por el que muchos pasamos.

    Creo que comprendo a aquellos que odian al scv, yo diría que primero le tuvieron mucho cariño, luego muchísimo miedo, y por ultimo lo odiaron. Pero no es mi intención odiar, no lleva a nada bueno. Para mi lo mejor es entender y así reconciliar.

    Quisiera entender pero desde el punto de vista interno, oficial, el canal formal, etc. De verdad quisiera, lo espero. Creo que le haría bien a muchísima gente un documento oficial donde indiquen que aspectos formativos fueron un exceso y constituyeron una falta de caridad hacia otros. Y que aspectos de su formación si son buenos y recomendables par la vida cristiana.

    Por ejemplo: El libro el silencio de GDK, fue una lectura obligatoria y los conceptos expresados ahí fueron llevados a la practica por muchos sodalites. Y ahora, la pregunta es: ¿Sigue siendo vigente esa practica desde el punto de vista que se expresa ahí, o ya no es algo recomendado por el scv?

    Se que algunos dirán, busca a un scv y conversa con el, pero les responderé. Como puedes hablar con una pared que te responde con un psicoanálisis de tu personalidad, como comenta Martin en una de sus reflexiones. Y por otro lado incluso los scv de mediano rango, no han sabido responder esta pregunta que les he hecho.

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  8. Al igual que muchas otras personas que han comentado aquí, pienso que en el Sodalicio ni en ninguna otra Orden Religiosa sea como tu lo has dicho. Cargas mucho resentimiento, de repente por los años que pasaste allí sin querer o porque no te atreviste a salirte antes. Lo principal es que ahora lleves una vida junto con tu esposa y con Dios. Tampoco veo necesario contar cosas que deberían estar en reserva, trabajé en Telefónica y manejé documentación super confidencial y aún guardo muchos de esos documentos pero nunca se me ocurriría exponerlos en público. Tuve la confianza de mis jefes y nunca los defraudaría. Cuando ingresó la competencia, lo que hoy es Claro, Nextel, etc. me ofrecieron hasta dinero por un documento sobre lo que en Telefónica considerábamos que eran debilidades, etc. También recibí ofertas de trabajo de la competencia para revelarles información pero por ética y cariño a mi empresa, nunca los abandoné y aún ahora que ya no estoy allí lo haría. De repente no te das cuenta el daño que le haces a la Orden así como el desprestigio que le ocasionas a muchos jóvenes que habían elegido pertenecer a ella. Hay gente que vive enlodando al Sodalicio y eso no está bien.

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    • Hola, emilrosa:

      Gracias por comentar.

      No es la primera vez que me quieren poner el servilismo y la complicidad como modelos de virtud.

      A decir verdad, era más fácil y cómodo quedarse callado. Sin embargo, eso me convertía en cómplice de quienes aplicaron y realizaron prácticas cuestionables en el Sodalicio. Sacar a la luz estas cosas constituye una invitación al cambio y a reformar lo que haya que reformar.

      Yo no le he tirado lodo al Sodalicio, sino mostrado el lodo que hay en la institución. Si el Sodalicio quiere dejar ese lodo ahí sin tocarlo y seguir enlodado, no se le puede echar la culpa a quienes quieren evidenciar que está allí. Es precisamente eso lo que no está bien.

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    • @ emilrosa,
      La responsabilidad no la tienes con quien te paga o te da un reconocimiento, sino con toda la sociedad, con las personas con nombre y apellido que viven en ella. Así como tú lo explicas serías el buen esclavo, el buen cómplice, el buen corrupto sin ninguna responsabilidad social. No te parece ?

      Yo también pase por el ‘sistema’ agrupaciones y scv y no me cabe la menor duda de que lo que narra Martin es más que cierto, por no decir preciso. Hasta tal punto que generan individuos que son capaces de tomar desiciones como la tuya.

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  9. Es un mes de frio y he sido testigo de los chapuzones a las 6 de la mañana que tienen que hacer estos jóvenes, están como hipnotizados, se lanzan al agua y salen congelados y se van corriendo de regreso a casa sin toallas y descalzos. Cuando llegué a San Bartolo no encontraba la entrada a mi hotel y vi una casa hermosa con la imagen del arcangel Miguel y pensé que era una pequeña iglesia y un joven estaba en la parte de la terraza y le pregunté: que iglesia era y me dijo que era un lugar de formación de laicos, conversamos breve tiempo sobre temas eclesiásticos y me despedí porque tenía que registrarme en mi hotel. Al día siguiente quería despedirme del joven porque regresaba a Lima, y cuando pedí que lo llamaran, parece que estaba prohibido de socializar. Me sorprendió que se le restrinja la libertad de hablar con otros. En fin sólo pido a Dios que los iluminen y no les causen traumas psicológicos cuando despierten y que se den cuenta que Dios no reprime a los seres humanos el los quiere libres y viviendo con dignidad.

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    • Gracias por tus comentarios, Perla. He recibido hasta críticas insultantes por contar mi propia experiencia, y me alegra mucho cuando recibo bendiciones y felicitaciones. Concuerdo contigo en que Dios quiere que seamos libres y que no debemos aceptar nada que vaya contra nuestra dignidad. ¡Que Dios te bendiga!

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