SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN.

San Bartolo, Ribera Sur

San Bartolo, Ribera Sur

Era la mañana del 21 de diciembre de 1992. Ya había amanecido. Me encontraba al lado de la Carretera Panamericana Sur, en medio del paisaje desértico típico de la costa peruana, a la altura de San Bartolo, balneario situado a unos 50 kilómetros al sur de Lima. Estaba sucio, cansado y con el alma hecha trizas, tras una noche sin pegar ojo, después de haber realizado una larga caminata de madrugada en una ciudad bajo toque de queda y después de un viaje en autobús, donde había dormitado un poco tras vaciar el contenido de una lata de leche condensada Nestlé. Sólo tenía que atravesar un breve trecho de arenal hasta el arco de hormigón que señala la entrada a San Bartolo y caminar aproximadamente un kilómetro hasta llegar a la calle que baja hacia la Ribera Sur, donde se hallan las comunidades Inmaculada del Rosario y Nuestra Señora de Guadalupe, centros de formación para jóvenes que aspiran a una vida consagrada en el Sodalicio de Vida Cristiana.

Ya en el año 1992 esos centros gozaban de una especie de aura mítica entre los miembros de la Familia Sodálite. Eran considerados como lugares donde se aprendía a vivir una exigencia heroica acorde con la espiritualidad sodálite, un compromiso cristiano llevado hasta sus últimas consecuencias, una disciplina que debía ser sustento de la fidelidad dentro de la vocación a la vida consagrada. Ir a vivir a San Bartolo implicaba tener el valor para someterse a prácticas físicas y psicológicas que ponían a prueba la resistencia personal de uno mismo.

Lo que pocos sabían era que San Bartolo también era el centro de rehabilitación de aquellos sodálites de comunidad que pasaban por momentos personales difíciles y entraban en crisis. Y que, por eso mismo, era conocido coloquialmente en tono humorístico como “la Siberia”. Porque una vez superada la etapa de formación, no era un lugar adonde se quisiera regresar. Pues el estilo de vida que allí se practicaba podía llevar a algunos hasta los límites de su resistencia. Si bien muchos jóvenes consideraban como una bendición ser elegidos para pasar un tiempo en San Bartolo, para aquellos sodálites de mayor rango ser enviado de vuelta a ese lugar era percibido como una sanción que usualmente venía acompañada de una sensación de fracaso. Y para algunos fue la última estación antes de iniciar su viaje hacia la libertad.

La primera de estas comunidades de formación, Nuestra Señora de Guadalupe, comenzó a funcionar el año 1983 en una casa ubicada cerca del último espigón o muelle de la bahía, donde terminaba la calzada para vehículos. Posteriormente la casa, que inicialmente contaba sólo con dos plantas, sería ampliada con una terraza y más plantas con dormitorios adicionales, aprovechando la ladera que subía hacia el malecón que recorría toda la Ribera Sur. En medio de la bahía, a unos 300 metros en línea recta desde la casa y cerca del Club Náutico, se eleva un peñón de roca desnuda, donde se posan habitualmente bandadas de gaviotas y alcatraces. Este peñón, conocido como “la isla”, adquiría un significado simbólico para todo aquel que pasaba su etapa de formación en San Bartolo. Era de precepto nadar varias veces al día hacia esta formación rocosa, lo cual implicaba un esfuerzo físico al que no estaban acostumbrados los recién llegados, pero a medida que pasaban las semanas se iba convirtiendo en una cuestión de rutina. La “isla” entraría a formar parte de la mitología sambartolina y, en cierto sentido, dominaría con su presencia simbólica todo el período de formación de los que estaban allí.

Inmaculada del Rosario, la segunda casa de formación, está ubicada en la bajada hacia la Ribera Sur, cerca del primer espigón. Esta casa fue adquirida en 1984 y remodelada para adecuarse a las necesidades de una comunidad de formación. A fines de ese año, cuando los trabajos de acondicionamiento arquitectónico aún no habían terminado, yo fui elegido para formar parte de la primera comunidad que habitaría esa casa de formación, siendo superior de ella Emilio Garreaud, miembro de la generación fundacional del Sodalicio y actualmente sacerdote sodálite. También formaron parte de esa comunidad Alejandro Bermúdez ‒el actual director de ACI Prensa‒, Javier Len, Juan Carlos Quiñe y Juan Carlos Rivva ‒los tres, sacerdotes sodálites en la actualidad‒, Humberto del Castillo, Rafael Álvarez-Calderón, José Luis Zavala y Mario “Pepe” Quezada, uno de los fundadores del grupo musical Takillakkta ‒los otros fueron el mismo Alejandro Bermúdez, Ricardo Trenemann y quien les habla‒.

Las comunidades de formación de San Bartolo fueron en realidad centros de experimentación, donde Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, podía ensayar “métodos de formación” con aquellos que aspiraban a ser sodálites consagrados, con promesas de obediencia, celibato y comunicación de bienes ‒una peculiar manera de querer conjugar el voto clásico de pobreza con la posesión de bienes personales‒. El objetivo era configurar a los candidatos de acuerdo al ideal de hombre que proponía Figari en su ideología religiosa. Y para ello se buscaba modelar todos los aspectos de la persona: el físico, el psíquico, el espiritual. Para lograr esto no se escatimaba en medidas que llegaban hasta el límite de lo humanamente tolerable. Y con el fin de garantizar en lo posible que no hubiera influencias ajenas, se generaba un entorno aislado del mundo externo, lo cual implicaba no tener acceso a periódicos, revistas, televisión, radio durante todo el período de formación. Por lo general, no estaban permitidas las visitas de familiares, aunque ocasionalmente se hacían excepciones. Asimismo, se tenía programadas y controladas todas las actividades de la persona, desde que se levantaba hasta que se acostaba. La vida privada era reducida a su mínima expresión. Ni siquiera era posible recibir correspondencia sin restricciones, pues todas las cartas eran abiertas y revisadas por el superior, quien decidía después de haberlas leído si las entregaba al destinatario o no.

Los ejercicios físicos constituían uno de los mayores retos cuando se pasaba un período de formación en San Bartolo. Tras ser despertados a tempranas horas de la mañana, a eso de las seis, venían dos horas que debíamos dedicar a hacer ejercicios fisicos (abdominales, cuclillas y planchas de diferentes tipos), correr una determinada distancia y, finalmente, nadar una o dos veces ida y vuelta hacia la “isla”. Estos ejercicios se repetían al mediodía durante aproximadamente una hora, con el consiguiente recorrido a nado hacia la “isla”. Poco antes de las cuatro de la tarde, después de la siesta, había que nadar otra vez hacia la “isla”. Al principio, era duro acostumbrarse a esta rutina, pero con el tiempo se conseguía, aunque nunca faltaron problemas de salud o lesiones en alguno que otro de los candidatos debido a algunos excesos en los ejercicios.

Curiosamente, las tres veces que viví en San Bartolo, en la comunidad Inmaculada del Rosario ‒de diciembre de 1984 a mayo de 1985; de agosto a diciembre de 1987; de diciembre de 1992 a julio de 1993‒, me sobrevinieron dolencias de cierta gravedad, aunque sólo dos de ellas estén relacionadas directamente con los ejercicios físicos.

La primera vez se debió a que Emilio Garreaud, observando los materiales de construcción que había por todas partes en los exteriores, debido a que todavía no habían terminado los trabajos de remodelación de la casa, tuvo una ocurrencia y me ordenó que hiciera cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilogramos sobre los hombros. Cuando Garreaud le dijo a Juan Carlos Quiñe que hiciera yo mismo, yo le indiqué lo peligroso que podía ser esto, pues Juan Carlos sufría de la espalda. Garreaud hizo caso omiso de mis indicaciones, y tuvimos que hacer los ejercicios con esta carga, convencidos de que era lo mejor, pues al superior había que obedecerle y «el que obedece, no se equivoca», además de que «el superior sabe mejor que uno mismo lo que es bueno para uno». Paradójicamente, no fue Quiñe quien sufrió las consecuencias de los ejercicios, sino yo, pues me sobrevino ese día un dolor de espalda fuerte y persistente. Y sucedió que en aquellos días el Papa Juan Pablo II venía por primera vez de visita al Perú y se había previsto que los miembros de la comunidad debíamos estar en la Plaza Mayor de Lima para recibir con toda la multitud al Sumo Pontífice. Yo no quería perderme ese momento. De modo que Emilio me prestó una faja ortopédica que él usaba en ocasiones, para que por lo menos ya no sintiera tanto el dolor. El remedio terminó siendo peor que la enfermedad. El día 1° de febrero tuvimos que acudir con anticipación al centro de Lima para poder acceder a la Plaza Mayor de la ciudad. Y cuando digo «con anticipación», me refiero a una cantidad considerable de horas. De este modo, llegamos temprano a nuestro destino y la espera del Papa se prolongó ocho horas, durante las cuales estuve de pie en medio de la multitud, soportando estoicamente los dolores como mejor podía. Al final hizo aparición Su Santidad, hubo la euforia esperada, los gritos de aclamación y la sensación de estar presenciando un acontecimiento único, pero después, cuando regresamos a San Bartolo, mi situación era tal, que no podía doblar el cuello para mirarme la punta de los pies sin que me asaltaran fuertes punzadas en la espalda que me hacían retorcerme de dolor. De modo que durante los siguientes días yo fui el designado para quedarme en la casa, acompañado de Rafael Ísmodes ‒uno de los sodálites de mejor calidad humana que he conocido‒, el cual vivía en la otra comunidad y había sido elegido para quedarse precisamente porque era quien más ansiosamente había manifestado sus deseos de ver al Papa en vivo. Al día siguiente hubo un encuentro de los jóvenes con el Papa Juan Pablo II en el Hipódromo de Monterrico, y Rafael y yo nos quedamos viendo el evento por televisión ‒yo sentado en posición vertical sin apenas moverme‒, mientras todos los demás miembros de la comunidad acudían al encuentro, ante la sana envidia de Rafael. Necesité una semana de reposo para recuperarme.

La segunda vez que estuve en San Bartolo me apareció un punto blanco en la garganta que pronto se extendió hasta convertirse en una bola de materia infectada. No sé qué pudo ocasionar la infección. Lo cierto es que tuve que ser llevado a un médico especialista en Lima y recibir una inyección de antibióticos para luego continuar el tratamiento con pastillas.

La tercera y última vez, probablemente debido a los ejercicios severos y a que yo ya no contaba con el físico requerido ‒estaba por cumplir los 30 años de edad‒, se me inflamaron los tendones de la espalda al punto de que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. El médico que me trató me puso una inyección directamente en los músculos dorsales afectados, y durante la siguiente semana tuve que guardar cama y recibir a diario inyecciones intramusculares. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé en cama.

Desde la primera a la última vez que estuve en San Bartolo, poco cambió en el estilo de vida que se lleva en las casas de formación. He de reconocer que las medidas que se tomaban para salvaguardar la salud e integridad física de los candidatos no siempre fueron suficientes, sobre todo cuando el oleaje era fuerte y el riesgo de estrellarse contra las rocas en la “isla” o en los espigones era grande. Pues la obligación de nadar ida y vuelta hacia la “isla” se mantenía aunque la mar estuviera brava. Si a eso le sumamos otras imprudencias, como, por ejemplo, hacernos entrar de noche al mar en una zona llena de rocas y peñas cubiertas de estrellas de mar y erizos marinos, donde la olas reventaban con fuerza, debemos dar gracias a Dios de que no hayan pasado cosas peores.

Algunas de las lesiones que uno adquiría en San Bartolo eran curiosas, como la costra que se formaba en el lugar donde la espalda pierde su nombre debido a los cuantiosos abdominales que teníamos que hacer, o las fisuras en la zona anal que adquirieron un par de muchachos por saltar desde un peñón de la “isla” al mar, sin tener noción ni experiencia de qué posición adoptar a fin de no hacerse daño cuando se salta al agua desde esa altura. Pero todo eso también era parte de la formación. La seguridad de las personas tenía una prioridad menor que el cumplimiento de los objetivos o el aprendizaje del arrojo y la valentía, aunque ello implicara cometer actos que pusieran en riesgo la integridad física de las personas. O incluso que pusieran en riesgo su vida.

El 29 de julio de 2011 se ahogó en la playa Santa María ‒ubicada muy cerca del balneario de San Bartolo‒ un muchacho brasileño que estaba en compañía de miembros de las comunidades sodálites de formación. Todo parece indicar que se trataba de un emevecista del Brasil al que se consideraba como un posible candidato al Sodalicio y, por lo tanto, se le había llevado de visita a las comunidades de formación de San Bartolo para mostrarles el lado benévolo y atrayente del estilo y la disciplina sodálites. Era una práctica común hacer esto con muchachos que todavía estaban indecisos, para que se sintieran alentados por el tipo de vida aventurera y la exigencia “heroica” que se practica en San Bartolo, además de hacer que se sintieran acogidos en una comunidad que supuestamente respondía a las inquietudes propias de esa edad. José Enrique Escardó, quien se halla en las antípodas de mis convicciones personales sobre temas como la fe, Dios y el sentido de la existencia, ha hecho sin embargo un análisis con una lógica sólida y rigurosa sobre cómo los medios “informaron” ‒o mejor dicho, “desinformaron”‒ sobre este asunto (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/misterios-no-tan-santos-detras-de-la.html).

En ese entonces, frente a uno de los comentarios de alguien que afirmaba:  «Accidentes así pasan. […] Así que en una noticia [se] diga que existen responsables sobre la muerte de Joao es totalmente injusto y parcial», yo repliqué lo siguiente:

«Es cierto que un accidente es un evento inesperado, no previsto, no deliberado, no querido por nadie. Sin embargo, eso no significa que no hayan responsables, pues en la mayoría de los accidentes hay una fuerte dosis de falta de previsión e irresponsabilidad por parte de alguno o algunos de los participantes. Por eso mismo se suele investigar las circunstancias que llevaron a que ocurriera el accidente para determinar las responsabilidades.

Dado que es peligroso ingresar a un mar con fuerte oleaje y corrientes traicioneras, me pregunto:

  • ¿Se tomaron todas las medidas de seguridad del caso?
  • ¿Se aseguraron los acompañantes de que estuviera presente un salvavidas o alguien con una formación profesional similar?
  • ¿Se contaba con chalecos salvavidas, boyas o botes inflables para prevenir una situación de riesgo?
  • ¿Había la certeza de que el joven brasileño podía afrontar el oleaje con éxito?
  • ¿Se alentó al muchacho a entrar al mar, sin medir las consecuencias que ello podía tener?
  • ¿O se subestimó el peligro, asumiendo la irresponsable filosofía del “no pasa nada”, es decir, como nunca ha pasado nada de trágicas consecuencias, tampoco ahora tiene por qué pasar?

Si me dicen que el muchacho entró por voluntad propia, sin que nadie lo haya alentado a eso, más bien habiendo los otros buscado impedir que lo haga, la responsabilidad recaería principalmente sobre la víctima. Pero no fue esto lo que pasó, según se deduce de los hechos. Lo injusto y parcial sería no investigar nada, y enterrar el asunto como si nadie hubiera tenido la culpa. Porque aquí estamos hablando de algo que podría ser considerado como un caso de homicidio culposo o por negligencia.»

Lo cierto es que parece que el asunto nunca fue investigado a fondo, y, como suele ocurrir en el Perú, no hubo responsables ni culpables del accidente. Sería interesante conocer la versión del Sodalicio, pues podría aportar información que confirme o refute las hipótesis que hemos planteado. Mientras tanto, que cada quien saque sus conclusiones.

Como anéccdota curiosa en relación a los ejercicios físicos, puedo contar lo siguiente. José Luis Zavala, un muchacho alto, simpático y de carácter sencillo, a quien llamábamos con el sobrenombre de “Babalu”, originó, sin quererlo, un término propio de la jerga sodálite y emevecista, que se usa hasta ahora. Como no le era tan fácil hacer los abdominales, con frecuencia hacía pausas prolongadas, quedándose echado. El superior o el encargado de supervisar los ejercicios, cuando se deba cuenta de esto, le decía: «no te eches, Babalu, no te eches». Con el tiempo, la expresión “no te eches” llegó a ser equivalente a “esfuérzate, no te rindas, sigue adelante”, y el adjetivo “echado” comenzó a utilizarse para designar a toda persona que no hacía esfuerzos para superar los retos que se le presentaban. Esta terminología sólo se entiende dentro de los ámbitos de la Familia Sodálite, y resulta extraña e incomprensible para quien viene de otros ambientes. Forma, junto con otros términos, una jerga propia de los sodálites y emevecistas, que no es otra cosa que un un lenguaje plagado de frases hechas o clichés con la función de adoctrinar, a la vez que mantener un cierto control del pensamiento verbal mediante el control del lenguaje.

Una vez terminados los ejercicios, el resto de la jornada estaba dedicado a las actividades espirituales (Laudes, Completas, oración mental o meditación, rosario, lectura bíblica, lectura espiritual y lectura de los escritos del Fundador, visitas al Santísimo Sacramento, ocasionalmente Misa) y al estudio, siguiendo un programa de formación. Quien había estado siguiendo estudios en alguna universidad, solicitaba licencia para dejar de estudiar durante uno o dos semestres. Pero quienes estudiaban en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima, iban temprano en un minibús que pertenecía a la comunidad y regresaban a la hora del almuerzo. También se programaban cursos internos para inculcarnos la visión propia del Sodalicio en temas teológicos, bíblicos, históricos y de doctrina social. A Figari no le interesaba que los candidatos desarrollaran un pensamiento propio, sino que asumieran el que él tenía y usaran sus capacidades intelectivas sólo para profundizarlo y difundirlo, nunca para cuestionarlo.

En líneas generales, se vivía una exigencia extrema, que producía una continua tensión, a lo cual se sumaban los castigos más insólitos frente a cualquier falta. Incluso había sanciones que no obedecían a ninguna falta que pudiera haber cometido el implicado, sino que tenían la única finalidad de romper toda resistencia interna y hacer que el sujeto estuviera dispuesto a obedecer ciegamente sin rechistar. Una de estas medidas, por ejemplo, era conocida como el “huracán”, que consistía en que alguien enviado por el superior ingresaba al espacio asignado a la víctima en alguno de los dormitorios compartidos, cuando ésta se hallaba ausente, desordenaba la cama, incluso retirando el colchón de su sitio, y sacaba toda la ropa de los armarios y la desperdigaba por todas partes, convirtiendo el aposento de la persona afectada en una zona de desastre. Si bien esta medida se aplicaba con toda seguridad al menor desorden que hubiera en el sitio que a uno le correspondía, también era factible que se efectuara cuando todo estaba impecable y en su sitio. El inquilino del cubículo tenía la obligación de volver a poner todo en su lugar, de manera impecable, sin manifestar la más mínima queja, pues ello podía conllevar la aplicación de castigos adicionales.

También podía ocurrir durante alguna de las comidas que el superior le volteara el plato de comida en la cabeza a uno de los comensales. Una vez entré a la cocina durante un almuerzo para traer platos servidos, y cuando regresé quien estaba sentado al lado del superior tenía una raja de tomate encima de la cabeza y una hoja de lechuga sazonaba le colgaba de la oreja. El sujeto permanecía tranquilo con cara de palo, pues protestar o manifestar desagrado podía ser motivo de que se repitiera la medida en otra ocasión o se aplicaran otras medidas penitenciales.

Sea como sea, era frecuente que las penitencias no guardaran proporción con las faltas que se pretendía castigar. Recuerdo que a “Pepe” Quezada le correspondía ir de compras al mercado de San Bartolo y cometió el error de poner una papaya en el fondo de la bolsa. Cuando llegó a la casa, la papaya estaba completamente aplastada bajo el peso de todos los demás productos. Su castigo fue dormir en la noche con la papaya amarrada al cuello. Amaneció al día siguiente embarrado con la pulpa de la fruta y sobre unas sábanas llenas de manchas de color naranja. Otro castigo podía ser, por ejemplo, pasar hasta una semana alimentándose sólo de pan y agua, o incluso peor, de lechuga y agua. Quienes eran sometidos a este régimen debían estar presentes durante todas las comidas y ver cómo los demás se llevaban a la boca los alimentos que a ellos les estaban prohibidos. Uno de los castigos más frecuentes era el incremento de los ejercicios o de las veces que se tenía que nadar hacia la “isla”.

La privación de sueño también era moneda corriente en San Bartolo. Comenzando porque la hora de acostarse siempre se hallaba alrededor de la medianoche. Podía ocurrir que se programara vigilias nocturnas durante la madrugada para rezar en adoración al Santísimo Sacramento en la capilla, en turnos de una hora. Uno se tenía que despertar en la madrugada para cumplir con su turno. Pero también podía ocurrir que, sin motivo alguno, el superior entrara pasada la medianoche a despertar a todos para hacer un poco de ejercicios y luego darse un chapuzón nocturno en la mar fría.

José Enrique Escardó fue el primero que detalló por escrito estas prácticas en unos artículos incendiarios que escribiera para la revista Gente. En estos artículos hay que distinguir entre los mismos hechos que se narran y el estilo anticlerical exaltado y florido que emplea el columnista, empleando el recurso retórico de presentarse como una especie de Anticristo ‒reminiscente del discurso del filósofo alemán Nietzsche‒ que viene a denunciar “proféticamente” a una Iglesia hipócrita y abusadora. Lamentablemente, la forma que empleó fue utilizada como argumento en su contra y finalmente hubieron presiones de tipo económico sobre Enrique Escardó, su padre y director de la revista, para que su hijo dejara de redactar artículos con esa temática. Los contenidos mismos de los artículos quedaron sin respuesta, y José Enrique fue desacreditado como una persona que había perdido los cabales y, que por lo tanto, no era fiable ni creíble en lo que contaba. Es ésta la táctica que siempre ha usado el Sodalicio para silenciar a aquellos que lo critican.

Sin embargo, no obstante que yo mismo no puedo estar de acuerdo con la postura anticristiana y anticlerical de José Enrique, tengo que admitir que los hechos que narra sucedieron efectivamente y eran prácticas comunes en San Bartolo. Entre ellas se cuenta:

  • hacer dormir a algunos miembros de la comunidad en la escalera;
  • burlarse de los complejos y defectos físicos y psíquicos de algunos, con el pretendido fin de que aprendieran a reírse de sí mismos y tener una actitud independiente y desprendida hacia sus propios defectos;
  • pasar la noche en vela en la capilla;
  • hacer mezclas repugnantes con la comida (como, por ejemplo, echarle ketchup, mostaza, sal y pimienta al arroz con leche) y hacérsela comer a la persona afectada;
  • hacer en ocasiones que la gente nadara hasta la “isla” con ropa puesta.

Muchas veces se ha comparado todas estas medidas con las que se aplican en la formación militar. De hecho, el estilo de vida que se llevaba en San Bartolo pretendía ser la plasmación perfecta de la máxima “Mitad monje, mitad soldado”, considerada en el Sodalicio hasta los años ’80 como irrenunciable, pero que sin embargo fue vetada y retirada de circulación en la década de los ’90.

Admito que todo esto no era cosa que una persona joven y con cierto temple físico no pudiera aguantar. Y aún cuando muchas de las prácticas de formación eran humillantes y llevaban la resistencia humana hasta el límite, los que estaban allí formándose aceptaban todo como si fuera lo más normal del mundo. Más aún, sabían lo que les esperaba en San Bartolo ‒aunque nunca faltaban las sorpresas‒. Y tomaban todas las pruebas como retos que había que asumir y superar, con ánimo alegre y entusiasta, sin que se les ocurriera protestar o negarse a cumplir las órdenes. ¿Cómo se explica esto?

Una persona en sus sanos cabales no aceptaría este tipo de trato. Muy distinto es el caso de personas cuya capacidad de decidir con libertad ha sido secuestrada y condicionada mentalmente, sin que ella sea consciente de ello. Veamos. El terapeuta Steven Hassan, autor del libro Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Combatting Cult Mind Control, 1988), señala cuatro componentes de lo que él llama “control mental”:

  1. Control del comportamiento, que «es la regulación de la realidad física del individuo. Incluye el control de su entorno ‒el lugar donde vive, qué ropas viste, qué come, cuántas horas duerme‒ así como su trabajo, rituales y otras acciones que realiza».
  2. Control del pensamiento, que «incluye un adoctrinamiento tan profundo de los miembros que éstos interiorizan la doctrina del grupo, incorporan un nuevo sistema de lenguaje, y utilizan técnicas de interrupción del pensamiento para mantener la mente “centrada”».
  3. Control emocional, que «intenta manipular y reducir el alcance de los sentimientos del individuo. El miedo y la culpa son las herramientas necesarias para mantener a la gente bajo control. La culpa es, con toda probabilidad, el arma emocional más sencilla y eficaz que existe para conseguir la conformidad y la sumisión».
  4. Control de la información, que «es el último componente del control mental. La información es el combustible que utilizamos para que nuestra mente funcione correctamente. Niéguele a un individuo la información que necesita para emitir un juicio acertado y será incapaz de hacerlo. La gente permanece atrapada en las sectas destructivas porque no sólo se le niega el acceso a una información crítica sino que además ha sido despojada del mecanismo interno necesario para procesarla. El control de la información tiene un impacto tan dramático como devastador».

Estos cuatro componentes han estado presentes de una u otra manera en las estrategias que ha empleado el Sodalicio para captar adeptos y mantenerlos. De este modo, todas las actividades de la persona ya están programadas desde que se levanta hasta que se acuesta y se le exige dar cuenta de ella través de un control minucioso que se expresa en el “examen de conciencia” diario y en las listas de actividades cumplidas que había que rellenar, además de que se controla hasta la apariencia física y la ropa que se viste (control del comportamiento). El adoctrinamiento era constante, de modo que había que asumir como propia la ideología religiosa de Luis Fernando Figari, leer y estudiar sus escritos continuamente, y aprender y utilizar una terminología propia de la institución sodálite y organismos asociados y que sólo se usa en esos ámbitos, así como cortar de raíz cualquier pensamiento crítico que a uno se le pasara por la cabeza (control del pensamiento). Las frecuentes intromisiones en la propia psique a través de dinámicas grupales agresivas y conversaciones personales que asemejaban interrogatorios, buscando que uno se autoinculpara continuamente y se sintiera una mierda, así como la inducción del miedo a desobedecer, más aún a irse, por las supuestas terribles consecuencias que ello podría traer consigo, no son otra cosa que un control emocional que disminuye la libertad de los individuos. Y la supervisión de lo que uno leía y veía (libros, revistas, televisión, películas), habiendo incluso libros permitidos y de lectura obligatoria, y otros cuya lectura estaba vetada, no es otra cosa que un control de la información, que llegaba a extremos cuestionables con la interceptación y revisión de la correspondencia escrita.

Todo esto encontraba su máxima expresión en San Bartolo. La mayoría de los muchachos que se han formado allí no eran conscientes de que estaban siendo sometidos a mecanismos de control mental. Por lo tanto, resulta problemático afirmar que todos se encontraban allí por libre voluntad. Y eso se reflejaba en el hecho de que, para muchos de ellos, el período de formación en San Bartolo sólo era soportable gracias a que se sabía que en algún momento iba a terminar. Se aceptaba pasar un año allí, o a lo más dos años, porque se tenía la certeza de que no toda la vida se iba a vivir bajo el mismo régimen. Aunque también se han dado muchos casos de personas que no aguantaron ese estilo de vida y terminaron yéndose antes. Como sucedió en el caso del mismo José Enrique Escardó, o aquel otro caso que él menciona en uno de sus escritos, «cuando uno de los chicos que se escapó de ahí antes que yo y todos nos reunimos para que el superior de nuestra comunidad nos dijera que “ya ni siquiera vale la pena rezar por él porque se ha perdido”».

San Bartolo era incluso para los sodálites un lugar donde valían otras leyes, donde estaba permitido correr riesgos que no se permitirían en otros contextos. Recuerdo que cuando llegué a Inmaculada del Rosario en el año 1987, en Nuestra Señora de Guadalupe tenían un problema serio con los desagües. Como ocurre en muchas casas del balneario, las tuberías de desagüe terminaban en un silo subterráneo, donde se iban sedimentando los excrementos que se degradaban biológicamente y eran absorbidos de manera natural por el subsuelo. Cualquier sustancia extraña que terminara en el silo, como, por ejemplo, papel higiénico, interfería con este proceso de absorción y podía generar incluso un atoramiento del sistema. Y eso era precisamente lo que había pasado. Los excrementos habían llegado a rebalsar el silo y en toda la casa se sentía un penetrante olor a mierda. La solución no fue llamar a un servicio técnico de mantenimiento. Ya sea porque los costos de un servicio de esta naturaleza no estaban en el presupuesto, ya sea porque el superior consideró que se presentaba una ocasión para formar a los miembros de la comunidad en la resistencia y reciedumbre, se dio la orden de vaciar el silo para eliminar los cuerpos extraños que podían estar causando la obstrucción. Pero esto no podía hacerse a plena luz del día. De modo que durante un par de semanas los miembros de la comunidad tuvieron que pasar la noche en vela por turnos de una hora, sacando cubos cargados de mierda que era arrojada directamente a la bahía, en los mismos lugares destinados a los bañistas. Afortunadamente, como era temporada de invierno, casi nadie se metía al mar en esa época. Digo “casi” nadie, porque los miembros de la comunidad siguieron nadando hacia la “isla” todos los días. Pero el mayor riesgo para su salud no estaba en las zambullidas marítimas, sino en el trabajo mismo en el silo. Para poder resistir el hedor y las emanaciones gaseosas provenientes de la mierda acumulada, trabajaban con pañuelos en la cara y ocasionalmente recibían un trago de ron. Finalmente, el problema del silo se solucionó, aunque no creo que la solución haya contribuido precisamente a mejorar el medio ambiente, ni que las autoridades municipales, de haberse enterado, hubieran visto con satisfacción lo que hacían los sodálites de noche.

Figari era consciente del carácter especial que tenía San Bartolo como laboratorio donde podía moldear a los jóvenes de acuerdo al ideal de “hombre nuevo” que él planteaba. Por eso mismo, visitaba con frecuencia las comunidades de San Bartolo, cosa que no hacía con las demás comunidades de Lima. Durante esas visitas, el encargado de temporalidades (el responsable en cada comunidad de administrar el dinero de acuerdo a un presupuesto y de adquirir los suministros necesarios en alimentos y artículos de aseo y limpieza de la casa) debía proveerse de lo necesario para satisfacer cualquier antojo que tuviera Figari. De preferencia, había que preguntarle con antelación, antes de que saliera de Lima y viniera a la casa, qué le gustaría comer. Y había que tener en stock diferentes bebidas gaseosas ‒productos que, por lo general, no se consumían en las comunidades sino muy excepcionalmente‒. En caso de que no hubiera disponible lo que a Figari se le antojaba, el encargado corría el riesgo de ser castigado, pues Figari consideraba que todo sodálite debía adelantarse a los deseos del superior y comenzar a cumplirlos incluso antes de que hubieran sido formulados verbalmente.

Cuando Figari estaba presente, todas las actividades de la casa se paralizaban y todos los miembros de la comunidad se reunían con él y estaban pendientes de cualquier palabra que dijera. No era extraño que el superior preguntara después, una vez que Figari había regresado a Lima, qué era lo que había dicho, y pobre de aquel que no tuviera memoria suficiente para recordarlo. Figari, quien siempre venía acompañado, por lo general de Juan Carlos Len, su sempiterno secretario personal, solía hacer preguntas insólitas que incomodaban a los presentes pero a la vez generaban en ellos una especie de fascinación, desarrollando una especie de juego psicológico que quería transmitir la impresión de que conocía a todos hasta lo más profundo de su alma y nada se le podía ocultar, con la aparente finalidad de inducir una dependencia hacia su persona.

Por otra parte, Figari solía mostrar interés por la contextura física de los jóvenes que estaban en formación y verificaba palpándolos si los músculos abdominales se habían desarrollado y fortalecido lo suficiente de acuerdo a su criterio. O le pedía a alguno de los presentes que le diera un puñetazo en el vientre al candidato que estaba examinando, a fin de verificar la resistencia física del susodicho. Lo paradójico es que el ideal de un sodálite como un hombre sano espiritual y físicamente, expresado en un cuerpo vigoroso capaz de una resistencia por encima del promedio, se aplicaba a los más jóvenes, pues los sodálites de mayor edad ‒incluyendo al mismo Figari‒, salvo algunas excepciones, no tenían contexturas físicas apolíneas ni tampoco la costumbre de ejercitarse físicamente. Una de esas excepciones era Germán Doig, quien siempre mantuvo un físico saludable y practicaba deporte (fulbito) con regularidad, por lo cual su temprana muerte a los 43 años de edad debido a una insuficiencia cardíaca sorprendió a más de uno. Figari quería que los jóvenes fueran corporal y espiritualmente sanos, y sobre todo que le rindieran una obediencia absoluta, que implicaba estar pendientes de su voluntad incluso antes de que la expresara manifiestamente. Algunos de estos jóvenes serían seleccionados posteriormente para ir a formar parte de la comunidad que habitaba la amplia casa de Santa Clara (en las afueras de Lima) donde vivía el mismo Figari, en la misma zona donde se hallan el exclusivo hotel El Pueblo y el restaurante Granja Azul.

Ciertamente era un mundo raro. Y a ese mundo raro me había dirigido yo, no con la intención de quedarme, sino para hablar con un amigo en quien podía confiar, Miguel Salazar, entonces superior de la comunidad de Nuestra Señora de Guadalupe. Llegué como una figura fantasmal al centro de formación Inmaculada del Rosario, donde los jóvenes ya estaban realizando en la terraza los ejercicios de la mañana. Uno de ellos, Antonio, me hizo pasar a la casa, con un rostro que no ocultaba su consternación ante lo inaudito de la situación. El superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒actualmente sacerdote sodálite‒ se comunicó por teléfono con Miguel Salazar, avisándole que yo lo estaba buscando. Después vino Miguel a la casa, donde pude conversar con él y descargar mi corazón entre amargas lágrimas. Me dijo que se había puesto en comunicación con Alfredo Garland, el superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), y habían tomado la decisión de que terminara mi retiro espiritual en San Bartolo. De modo que tomé posesión de una habitación con una sola cama, dispuesta para visitantes o para sodálites que tuvieran que hacer ejercicios espirituales en San Bartolo. El retiro se efectuó sin las restricciones draconianas que me habían impuesto en Barranco, lo cual me permitió reflexionar sobre mi vida, mi situación actual, mis aspiraciones, mi relación con Dios ‒en quien nunca perdí la confianza‒ y mis perspectivas a futuro. La primera noche, en una pesadilla que tuve, sentí que el Diablo en persona se reía cruelmente de mí. Fue algo tan vívido, que tuve la impresión de que efectivamente había sucedido en la realidad lo que había experimentado en sueños. Pero más allá de esto, esos días me permitieron recobrar cierta tranquilidad.

Una vez finalizado el retiro ‒que se extendió hasta después de Navidad‒, esperaba que todo hubiera sido sólo un incidente pasajero y pudiera reincorporarme a la comunidad de Barranco. No fue así. Miguel Salazar vino a traerme la noticia que me cayó como un baldazo de agua fría: se había decidido que me quedara en San Bartolo por tiempo indefinido. Tuve la sensación de haber sido enviado a la Siberia, pues lo que hacía soportable todos los rigores de ese estilo de vida era precisamente su carácter de experiencia temporal. Estar allí sin saber cuándo iba a tener fin la estadía era una idea difícil de soportar, y que poco a poco haría germinar en mí el deseo de abandonar la vida consagrada. Pero ello implicaba un riesgo, pues según lo que nos habían metido entre ceja y ceja, quien estaba llamado por Dios a una vocación determinada, ponía en riesgo su felicidad y su salvación eterna si seguía otro camino. Fue de este modo que se iniciaron siete meses de tortura interior, donde vacilaría entre la opción de encontrarme con la muerte ‒no por mano propia, sino en virtud de algún accidente fatal que ansiaba que me ocurriera‒ o de encontrarme con la vida ‒gracias a alguna señal divina que me indicara que debía recorrer los caminos del común de los mortales, aunque todavía a la sombra del Sodalicio‒. Fue esto último lo que sucedió, aunque el recorrido interior que tuve que realizar fue tortuoso y estuvo cargado de dudas e incertidumbre. Aunque todavía no era plenamente consciente de ello, había por fin iniciado mi largo camino hacia la libertad.

Continúa en SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE.

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A través de los enlaces correspondientes se puede acceder a los siguientes materiales de referencia:

Los artículos de José Enrique Escardó en su columna “El quinto pie del gato” en la revista Gente (N° 1348-1353), publicados entre octubre y noviembre de 2000.
https://www.scribd.com/doc/286079728/Los-abusos-de-los-curas

Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Steven Hassan, 1988)
https://libroweb.wordpress.com/2007/10/18/como-combatir-las-tecnicas-de-control-mental-de-las-sectas-steve-hassan/

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15 pensamientos en “SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO

  1. La casa de Figari no estaba al lado del Hotel “Granja Azul”. Estaba al lado del hotel “El Pueblo” y del restaurante La Granja Azul.
    ¿Qué sugerirías a los sodálites actuales? ¿Crees que la institución es capaz de reformarse? ¿Sería necesario refundarla? ¿Crees que lo más sano sería que se suprimiera? Sé que no está en tus manos hacer ninguna de estas cosas pero tu opinión al respecto sería interesante.

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    • Gracias por la corrección, que ya he incorporado al texto.

      En realidad, creo que los sodálites deberían hacer cuentas y revisar su pasado, sus estructuras institucionales, su doctrina y su disciplina. Ojalá ya lo estén haciendo. No se pueden hacer los cambios requeridos negando todos los aspectos problemáticos y negativos que puedan tener ni encubriendo a quienes tengan responsabilidad en ello. Ahora bien, uno de los grandes obstáculos es el condicionamiento mental que han sufrido los miembros de la institución, que suele venir junto con la ilusión de estar actuando con conciencia y en libertad, cuando en realidad genera restricciones para un pensamiento crítico y para tomar las medidas necesarias con todas sus consecuencias. En todo caso, no veo la supresión como algo factible, pues también hay que tener en cuenta los innegables aspectos positivos que tiene el Sodalicio y su aporte a la vida de la Iglesia, que se manifiesta en las innumerables personas que participan activamente de la fe católica a través de las diferentes iniciativas que promueve la institución.

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  2. Gracias por publicar la continuación de la primera parte que había quedado en suspenso.
    En cierto modo el SCV ha hecho su “revisión” pero a mi juicio para entrar en una especie de mentira existencial.
    Textos canónicos -la ‘Memoria del 76’ por ejemplo – de lectura obligatoria, frases y lemas que definían su identidad suprimidos, además de borrar todo vestigio de personajes incómodos como G. Doig, vano intento en caso de este último pues se trata de alguien que construyó y le dio forma a la institución.
    Lo mencionado sobre la jerga interna es cierto, al principio la usaban jóvenes sodálites, agrupados, AMIs, con el tiempo se extendió a sus padres cuando fueron incorporados a la llamada “familia sodálite” a través de diversos anexos y grupos.

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  3. Realmente al leer puedo reconocer inmediatamente las formas y estilos que se aplican o se aplicaron en el sodalicio y aunque no viví en Lima si pude escuchar esas experiencias por parte de algunos sodalites que vinieron a mi ciudad AQP y oírlos contar con entusiasmo y alegría lo vivido en San Bartolo, en mi caso me llenaban de admiración y me daba ganas de pasar por lo mismo… pero como nunca fui escogido ni mucho menos me preguntaron si quería ser más que un agrupado… me siento tranquilo pues además no contaba con los requisitos necesarios para serlo, como tú debes saber muy bien, o como me dijeron por ahí, hay que tener vocación muy especial para ser Sodalite y si no para eso están las otras congregaciones. Te cuento que me toco estar bajo la mirada fulminante de uno de ellos que de paso me rompió el esquema y la figura que tenia de un sacerdote bueno amable y comprensivo porque su manera de corregir lo que estaba mal era demasiado dura y llena de palabrotas para un joven de 16 años como yo en ese entonces … y no me refiero al comportamiento de uno sino a la manera de preparar las cosas para sus misas, sino le parecía o algo estaba mal, la sacristía se llenaba de mucho temor y miedo y bastaba que algo saliera mal o nos olvidáramos algo en plena misa… ya sabíamos lo que nos esperaba, para empezar, era momento de temblar por el miedo… y aunque no hubo golpes, si hubo creo yo bastante maltrato psicológico y si no me fui es porque pensé que eso era parte de la preparación para alcanzar la santidad en la vida cotidiana, además sabía que iría después a mi casa. Ahora entiendo porque algunos actuaban así, quizás porque así fueron formados y aplicaban las mismas tácticas aprendidas en los agrupados más comprometidos, pero con menos rigor y sin nada de caridad. Y también es muy cierto que no todos actuaron así, conozco a varios que salvan la mala imagen que a veces ha caído sobre ellos. Martin Admiro tu valentía y claridad para contar los hechos tal como te sucedieron y si las nuevas generaciones me dicen que es mentira o que estas fantaseando, pues por lo contado por varios sodalites, puedo decir que si tiene que ser cierto todo lo que mencionas y que para entender al sodalicio también hay que conocer su pasado, y no ocultarlo, que todas las nuevas generaciones conozcan que hubieron grandes caídas, pero que también muchos hombres se siguen levantando y siguen caminando con la frente en alto ya sea dentro o fuera de la familia sodalite..

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    • Estimado Arequipeño:

      Los hechos sucedieron efectivamente. Así han quedado regisrados en mi memoria. Lo pueden corroborar aquellos que estuvieron presentes ‒algunos de cuyos nombres menciono‒, si son sinceros de corazón y no tienen miedo de hablar de lo que saben. Es indispensable conocer estas experiencias para entender la manera de proceder de los sodálites. Y es bueno que salgan a la luz, incluso para la misma institución, pues de esta manera se pueden hacer las correcciones de rumbo que sean necesarias. Me consta que hay personas que siguen estando dentro de la Familia Sodálite y que luchan por actuar con dignidad, sin buscar encubrir lo cuestionable con actitud cómplice. Pero lamentablemente hay quienes también siguen prisioneros de unos condicionamientos mentales difíciles de arrancar, y no llegan a ver las cosas con claridad, ya sea por miedo ya sea porque no están en capacidad de hacerlo. El asunto es bien complicado. Esperamos que haya señales de una mejoría y de cambios radicales. Sólo así podré nuevamente a sentarme a conversar con viejos amigos y conocidos, sin rencores ni resquemores, que yo por cierto no guardo en mi corazón.

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  4. Hay algo que no termino de entender: el poder que tiene el Sodalicio como institución en la sociedad peruana.
    Cuando refieres el caso del chico Escardó dices que el Sodalicio presionó de tal manera al padre ( como sabemos
    propietario de la revista “GENTE” ) para que no difunda más las denuncias fundamentadas de su propio hijo.
    ¿De dónde procede tanto poder al punto que es capaz de lograr esto?
    ¿Es un poder vinculado a grandes empresas, a anunciantes en los medios o algo así….o tal vez que tengan un formidable (y oculto) poder mediático capaz de enfilar la artillería contra los que denuncian algo?
    ¿Qué se esconde en la tramoya?

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    • Estimado Patrick:

      La cosa es más o menos como tú supones. Hay como una red de relaciones con gente vinculada al mundo de la política y de las empresas, que se desarrolla bajo la mesa, sin que se sepa hasta donde llegan sus tentáculos. Lo que me consta con certeza es que el Sodalicio goza del favor de los medios vinculados a El Comercio, y cuenta con el apoyo casi incondicional de los arzobispados de Lima, Arequipa y, por supuesto, de Piura-Tumbes. Lo cual ya es mucho decir.

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      • Martín
        No tienes idea de los contactos que se tiene, evidentemente la gente que pertenece al MVC o perteneció al SCV ahora tiene mejores puestos de trabajos en instancias de gobierno y empresas, las personas van creciendo profesionalmente y con ello su radio de acción e influencia. Así que no puedes medir el nivel de contactos e influencia que se tiene. Sigue especulando es muy interesante ver como logras eso.

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  5. Al principio leí el nombre de Humberto del Castillo el ser que a mi parecer ha logrado captar al 100% la idea de “hombre nuevo” totalmente patán y totalmente repulsivo creo que la formación sodalite caló profundamente en él.

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  6. Pingback: SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN | LAS LÍNEAS TORCIDAS

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  8. Debo confesar que he leído con avidez tus tres artículos. Me han impresionado muchisimo por que, si bien soy agrupado, de alguna manera lo he vivido, aunque en menor intensidad.

    Recuerdo que en mis primeras misiones nos levantaron bastante temprano (5:30 a.m) para hacer la dinámica “short y sin polo”, que consiste en vestir simplemente un short y hacer ejercicios al aire libre, a lo que lamentablemente agregaron caminar sobre el campo frío y pedregoso. Varios nos lastimamos las plantas de los pies. Luego tocaba el baño en las heladas aguas de un riachuelo cercano. El grupo estaba conformado por tres animadores e igual numero de agrupados menores, encontrandome entre estos últimos. Nadie chistó, más por miedo a no comer, la “entrada nocturna” o algún tipo de humillación, que en verdad no sentir dolor. Angustiado pensaba que era el más débil del grupo y que no servía para estas cosas, no veía la hora de irme. Más que un encuentro con el Señor me lleve una ansiedad que aparece cada vez que voy de misiones o tengo que demostrar mi limitada fuerza física. Hoy todos somos buenos amigos sin embargo. Las cosas sí han cambiado, y seguiran cambiando mientras anime o tenga influencia.

    Recuerdo también haber oído amenazar a los agrupados misioneros con botar sus pertenencias por el suelo y la calle si no dejaban todo ordenado luego del baño. No proteste pues lo consideraba normal, parte de nuestro estilo. Jajajja Que iluso fuí.

    Sin embargo, entiendo que estas personas lo hacían pensando, al igual que yo, que es parte de nuestra disciplina y que así se encontrarán más con el Señor. No por joder.

    También me sorprende saber lo similares que somos, lamentablemente yo no tengo la vena artística. Pero es torno a perspectiva de las cosas que nos parecemos, no tan atentos a lo inmediato, sino soñando siempre. Fantaseando con tiempos mejores, con deseos casi inalcanzables. Un abrazo.

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