EL CULO DEL TÍO SAM O DE LA INSÓLITA REALIDAD

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El Carnaval de Colonia no sólo es una de las celebraciones más festivas de Alemania, sino también una circunstancia para dejar en suspenso el orden y la disciplina que los estereotipos asocian con lo propiamente alemán. Y también ocasión para la burla socarrona, el chiste grueso y la sátira política más mordaz y sin concesiones. Lo cual se expresa en algunos de los carros alegóricos que circulan por las calles en medio del mar de bufones y gente disfrazada que pueblan la ciudad durante estos días.

La última vez circuló un carro alegórico que representaba al Tío Sam, símbolo de los Estados Unidos, inclinado hacia delante y con el culo al aire, del cual salía Angela Merkel, la canciller alemana, sonriendo y con actitud oronda, enarbolando dos banderas estadounidenses. No era la primera vez que el culo del Tío Sam era paseado por el centro de Colonia albergando a huéspedes ilustres.

Y esto que es una simple alegoría refleja una realidad que molesta a muchos alemanes, a saber, la obsequiosidad que siempre ha manifestado el gobierno actual de la Tía Angela hacia el país imperialista de América del Norte. Y que ha llevado a la implementación de algunas medidas prestadas del capitalismo neoliberal, con el consiguiente debilitamiento del estado social alemán. Además de que, a diferencia del anterior canciller Gerhard Schröder, que se negó a colaborar con los Estados Unidos en la invasión de Irak, la Merkel ha prestado su dudosa colaboración a las empresas comerciales, expansionistas y militaristas del Imperio Americano. Y esto se ha hecho más evidente cuando ha salido a la luz, gracias a las revelaciones del informante Edward Snowden, que el BND (Bundesnachrichtendienst – Servicio Federal de Inteligencia) no sólo ha empleado el software XKeyscore, suministrado por la NSA (National Security Agency), para espiar masivamente a ciudadanos alemanes, sino que ha compartido toda esta información con sus pares de los Estados Unidos. La credibilidad de la Tía Angela se ha venido en picada desde sus primeras declaraciones diciendo que no sabía nada hasta las consiguientes respuestas evasivas, sin dejar nada en claro ni plantear una propuesta definida de qué medidas se van a tomar.

No obstante que la CDU (Christliche Demokratische Union) de los democristianos, liderada por Angela Merkel, en eterna alianza con los socialcristianos de la CSU (Christlich-Soziale Union) de Baviera, dice basarse en los principios éticos y sociales del cristianismo, nunca ha gozado de mis simpatías debido a una ideología tendiente hacia el capitalismo neoliberal y su falta de preocupación por lo social. Nunca he votado por ellos. Mis votos siempre han ido al SPD (Sozialdemokratische Partei Deutschlands, partido de los socialdemocrátas), Die Grünen (Los Verdes, el partido ecologista), Die Linke (La Izquierda) o incluso al Partido Pirata Alemán (Die Piraten). Aún así, en las próximas elecciones a efectuarse este año, la Merkel lleva todas las de ganar, no porque sea la mejor opción, sino porque los candidatos de los demás partidos carecen de carisma y son actualmente peores que ella. Va a suceder lo que pasa en las elecciones peruanas desde que tengo memoria: hay que elegir entre el malo y el peor. O dicho de otra manera, de entre todas las mierdas, la que menos apesta.

Toda esta situación, que nos muestra lo surrealista que puede llegar a ser la realidad, donde no impera la razón sino la locura y la desmesura ‒como en el Carnaval de Colonia‒, me ha llevado a desempolvar un antiguo texto que escribí allá en el año 2006 y que reproduzco a continuación.

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DE LA INSÓLITA REALIDAD

Kirrweiler, 4 de enero de 2006

Está muy difundida la creencia de que Alemania es el país del orden, de las reglas, de lo sistemático. Si bien hay algo de cierto en esto, la misma realidad no se deja encorsetar y suele escaparse frecuentemente por válvulas de irracionalidad, fantasía y surrealismo. Comenzando porque en este país, donde la puntualidad se da por sobreentendida, es frecuente que los trenes lleguen retrasados, hasta media hora inclusive. Por más que el sistema genera reglas a fin de que la realidad se vuelva cada vez más previsible y manejable, lo insólito surge en el momento más inesperado. Les cuento aquí algunas de las cosas que he visto:

– Cuando en noviembre del 2002 llegué a Berlín, me comuniqué con la Mitfahrtzentrale a fin de conseguir un viaje barato hacia Wuppertal, mi siguiente destino. La Mitfahrtzentrale es un servicio que media entre personas que quieren viajar a determinados destinos y personas poseedoras de vehículos que viajan precisamente a esos destinos y buscan gente que les acompañe, a fin de compartir los gastos de viaje. De este modo, se viaja más barato que en tren. En este caso, mis acompañantes fueron una chica y dos chicos totalmente vestidos de cuero negro, el pelo pintado de amarillo, verde, rojo y naranja y el rostro cubierto en orejas, narices, labios y cejas de múltiples piezas de metal (piercing le dicen). Fue un viaje de ocho horas al compás de la música de los Rolling Stones. Una total experiencia punk. La apariencia fue lo único salvaje en estos muchachos, que se comportaron en todo momento amablemente, como buenos miembros del sistema.

– En el último carnaval de Colonia ‒que se celebra durante los días anteriores al Miércoles de Ceniza‒ uno de los carros alegóricos portaba una enorme estatua del Tío Sam, símbolo de los EE.UU., agachado hacia adelante y con el trasero al aire, del cual salía a modo de mierda una imagen del Presidente Bush. El año anterior habían paseado a Gerhard Schröder y Angela Merkel, el anterior y la actual canciller, totalmente en cueros ‒es decir, no con trajes de cuero, sino sin ningún traje en absoluto‒, con las partes que ustedes ya saben perfectamente reconocibles. Las celebraciones de Colonia también repercuten en las ciudades de alrededor, especialmente Düsseldorf, donde trabajé por dos años y medio. En los días cercanos al carnaval las estaciones de trenes pululan de brujas, piratas, vampiros, payasos, presos con trajes de rayas, bufones, animales humanizados, arlequines, etc., y la cerveza y el espumante corren a raudales, convirtiendo los vagones de los trenes en un regadero de botellas y latas tiradas. Son días de euforia en los que la gente baila, canta y bebe sin regla ni medida. Las oficinas del Arzobispado de Colonia también cierran en estos días.

– Este año la celebración de Navidad de la empresa donde actualmente trabajo fue en un hotel de Landau. A fin de amenizar la noche, sazonada con manjares exquisitos y bebidas abundantes ‒principalmente cerveza, vino y espumante‒, hubo algunas presentaciones cómicas de parte de algunos miembros de la empresa. La más alucinante consistió en ver al gerente general junto con su hijo y su yerno ‒que también trabajan en la empresa‒ y tres técnicos, todos con pañales, babero, chupón y un gorrito de Papá Noel, gateando y bailando al compás de la tonada nuevaolera “Speedy González” en español.

En cualquier momento uno puede encontrarse con personajes de lo más extraños y grotescos en estas tierras, como cuando vi una vez en Berlín en la estación del tren a una mujer de más de 60 años con vestimentas juveniles blancas y rosadas ‒blusa, falda, zapatillas y medias‒ al estilo de las muñecas Barbie, no pudiendo ocultar la patética juvenil envoltura los pliegues trágicos de una mustiedad decadente. O cuando uno se encuentra de repente a jóvenes que parecen pertenecer a tribus de la calle de un futuro apocalíptico ‒cuero negro, pantalones rotos, púas metálicas, pelo pintado‒, contoneándose al ritmo del punk-rock de Die Toten Hosen ‒el nombre del grupo se traduciría como “los pantalones muertos”‒.

Las imágenes de brujas, fantasmas y animales fantásticos adornan muchos de los paisajes que uno visita en estas tierras alemanas. El supuesto orden se halla salpicado siempre por cotas de fantasía y onirismo. El mundo moderno y tecnológico convive con tradiciones y creencias que se remontan al tiempo de los druidas y caballeros andantes.

Los alemanes se jactan de tener uno de las sociedades mejor organizadas del mundo. Aquí es común que las llaves estén numeradas y registradas, y no se puede hacer copias sin presentar la documentación que acredite que uno está autorizado a hacerlo. No hay tramo de pista automovilística que no esté debidamente señalizado. Hasta las aceras están señalizadas, de modo que se puede saber por dónde deben ir los peatones, por dónde los ciclistas y por dónde los caballos con sus jinetes. Para cada necesidad hay una institución responsable, que, previo rellenado de formularios detalladísimos, tramita las correspondientes solicitudes. Un cambio de vivienda implica informar al municipio del lugar ‒bajo pena de pagar una multa si no se hace‒ de que se está cambiando de dirección, a la vez que informar en el municipio del lugar de destino de la nueva dirección, junto con los datos de las personas que se están mudando. De este modo, se puede tener un control de quién vive dónde en todo el país.

Sin embargo, el exceso de normas y reglamentaciones no suele contemplar la flexibilidad y riqueza de la realidad, que suele presentar incontables excepciones. Y muchos alemanes se sienten incómodos ante estos casos excepcionales, que requieren de flexibilidad y comprensión humana. Me sucedió cuando estaba buscando trabajo que algunos de los puestos requerían llenar un formulario online en Internet. Una vez que constaté que mi currículum vitae no se adecuaba a los esquemas presentados ‒lo cual significaba que iba a tener que dejar muchos espacios sin rellenar y otras cosas no podía ponerlas en absoluto, pues no había espacio previsto para ellas‒, tuve que renunciar a presentar solicitudes para esos puestos. Por poner un ejemplo, se requería que indicara mi profesión. ¿Qué poner, cuando soy licenciado en teología, máster en administración y he trabajado como docente y traductor? El esquema prefijado sólo preveía una profesión. Y no contemplaba la posibilidad de que la experiencia laboral fuera divergente de la formación recibida. Es un caso más de muchos en que la realidad se presenta más compleja que los esquemas en que se la quiere encasillar.

La realidad suele ser tan insólita como la manera en que Dios actúa. Querer encorsetarla en formulismos no impide que ésta eclosione en manifestaciones de surrealismo en lugares y tiempos inesperados. Y mientras más fijas y esquemáticas sean las fórmulas en las que se quiere encasillar a la realidad, más insólitas serán sus fantásticas manifestaciones de surrealismo, afines al mundo de los sueños, que también forman parte de la inconmensurable realidad.

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Hasta aquí mis reflexiones. Y yo que vengo de un país, el Perú, conocido coloquialmente como “el país de las maravillas” ‒pues hasta lo más inimaginable puede suceder allí‒, encuentro que lo insólito también está presente aquí en Alemania, en una sociedad que se considera estructurada según principios racionales y donde todo parece funcionar eficazmente. Y no es así.

En todo caso, hay algunas cosas comunes con el Perú. Como el culo del Tío Sam, por ejemplo. Pues la mayoría de los políticos peruanos, desde que tengo memoria, encajarían perfectamente en ese honroso lugar: Alan García, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Lourdes Flores, Pedro Pablo Kuczynski, Keiko Fujimori, Luis Castañeda y el actual Presidente Ollanta Humala. No es de extrañar, pues, que uno tenga la impresión de que el panorama político peruano ha sido siempre, en líneas generales, una gran cagada, donde los intereses del gigante del Norte, actualmente en decadencia, siempre han prevalecido sobre los intereses y aspiraciones de la población peruana común y corriente. Esperamos que algún día las cosas cambien. Pero ese cambio no podrá venir de una clase política que cree que el desarrollo sólo se logra mediante inversiones “canallas” que se pitorrean en las leyes laborales y sociales, en la identidad cultural de la gente y en el medio ambiente, sino de un pueblo que toma las riendas de su destino y hace nacer finalmente una democracia participativa regida por los principios de la justicia, la solidaridad y el bien común. No sé cómo se logrará esto. Pero es un sueño que tengo. Y de sueños también está hecha la realidad.

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