EL BAILE DE LOS QUE SOBRAN

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Ya estando en Alemania, concretamente en la ciudad de Wuppertal, y antes de que mi mujer y mis dos hijos se reunieran conmigo en marzo de 2003, acepté en febrero del mismo año un pequeño trabajo de tipo social en un asilo de ancianos. Lamentablemente, tuve que dejar después esa ocupación para dedicarle más tiempo a mi familia.

Éste es el relato de lo que significó para mí esta experiencia. Este escrito forma parte de mis “Crónicas desde Wuppertal”.

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EL BAILE DE LOS QUE SOBRAN

Wuppertal, 21 de febrero de 2003

Durante la semana pasada he comenzado a ir de 18:30 hrs. a 21:30 hrs. a un asilo de ancianos, el Altenzentrum St. Suitbertus, administrado por Caritas Wuppertal. Se trata de un cachuelo que me ofrecí a realizar. Consiste en ir de lunes a jueves, dos semanas al mes, a ayudar en una actividad que se conoce como el Abendcafe (el café de noche). A esa horas, los ancianos que así lo quieran pueden asistir a esa actividad, que comienza a las 19:00 hrs. y se prolonga hasta las 21:00 hrs. La media hora anterior es de preparación, y la media hora siguiente sirve para ordenar y ayudar a los viejitos a ir a sus habitaciones. Durante la primera hora del Abendcafe se realizan actividades como cantar, escuchar historias, jugar a los dados, las adivinanzas, charadas, etc., y durante la segunda hora se ve el Tagesschau, noticiero televisivo que dura 15 minutos, y luego algún programa sobre música popular alemana, alguna serie o algún documental. Generalmente asisten entre 10 y 15 de los residentes del asilo, en su mayoría mujeres. De vez en cuando está también presente algún anciano varón. La mayoría de los ancianos están por encima de los 80 años de edad, y están en el asilo porque ya no pueden valerse por sí mismos, física o mentalmente. Y detrás de cada rostro arrugado hay una historia que contar.

La Sra. Martin, de 90 años, mira con atención a las personas. Pero siempre tiene miedo. Una vez que la ayudé a ir a su habitación ‒ella caminando despacio con la ayuda de un carrito para discapacitados, yo a su lado‒, me dijo que tenía miedo y que no sabía por qué, y casi se pone a llorar. La Sra. Schulten, trabajadora social, una de las responsables de esta actividad, me contó que cuando era joven, la Sra. Martin tenía un padre excesivamente estricto, que la gritaba o incluso le pegaba si llegaba después de las 8 de la noche a la casa. Y ésa es la hora en que la anciana Sra. Martin comienza a ponerse intranquila.

La Sra. Marquardt está casi completamente ciega. Se retira a las 20:00 hrs., cuando se enciende el televisor. Pero conversa lúcidamente, con un rostro marcado siempre por la tristeza. Y sólo se alegra cuando ha recibido visita de alguno de sus dos hijos.

La. Sra. Reuter es una mujer menuda de 86 años, que siempre tiene comentarios agudos y graciosos, y está siempre dispuesta a ayudar. Sus facultades mentales y físicas están bastante bien para su edad. Me hacer recordar a mi tía Chabela. Cuando llegó al asilo tenía neurosis de persecución y no estaba mentalmente sana. Pero la actitud con la que ha tomado su estadía en el hogar de ancianos, siempre dispuesta a ayudar y a conversar, ha permitido que mejore. Su vida ha cobrado un nuevo sentido a partir de una ayuda activa a los otros residentes del asilo.

La Sra. Kalsbach no escucha muy bien, y ya no puede caminar. Es traída siempre en silla de ruedas. Repite frecuentemente que no ha entendido nada, aun cuando haya escuchado bien lo que se le dice. Emite gemidos ronroneantes cada cierto tiempo. Y cuando termina el Abendcafe, hay que ponerla en el living del segundo piso y dejarla allí hasta que venga la enfermera a llevarla a su habitación. Siempre hay allí dos chicas de la guardia nocturna, que, cuando la anciana pide ser llevada a su habitación, le repiten que tenga paciencia, mientras ella se queja de que no la atienden y que no puede hacer nada debido a su desamparo físico. Luego de media hora es llevada a su cuarto.

La Sra. Bart es una viejita que habla con voz aguda en falsete, anda siempre con la cabeza agachada y tiene siempre cogida una cartera blanca de la cual nunca se desprende. El primer día había sufrido una caída y tenía miedo de volverse a caer.

La Sra. Sibbel y la Sra. Millinghausen son dos viejitas que frecuentemente sonríen y me miran con dulzura. Son tranquilamente encantadoras.

La Sra. Achilles casi no mueve ningún músculo del rostro cuando se realizan las actividades del Abendcafe. Cuando se le habla, responde elevando la voz con una mirada extraviada. La Sra. Schulten me dice que es, entre los participantes del Abendcafe, quien tiene el mayor grado de demencia senil. Su mente ha perdido toda conexión con la realidad que la circunda.

La Sra. Stöver padece de reuma agudo y tiene las extremidades deformadas. La enfermedad ha afectado también la expresión de su rostro y se le hace difícil hablar con claridad. Con el cuerpo retorcido, tiene que permanecer en una silla de ruedas. Por una foto que hay en su habitación, vi que alguna vez fue una mujer hermosa. Pero dentro de ese cuerpo deteriorado hay un carácter dominante difícil de manejar. Canta como puede las canciones populares que entonamos en el Abendcafe. Quiere levantarse a toda costa de su silla para caminar, aunque eso sea imposible. Y exige que le coloquen ciertas cosas de determinada manera o le hagan favores precisos cuando uno la lleva a su habitación. Una vez me pidió que le alcanzara los dos bastones que hay en su habitación. Simplemente hay que negarse, porque si no, continúa pidiendo y exigiendo con carácter autoritario, por más que le cueste hablar.

La Sra. Englisch, sentada en una silla de ruedas, refleja dignidad en su presencia. No habla mucho, pero expresa en todo su cuerpo la paz del descanso merecido.

La Sra. De Bonni es una anciana delgada que camina con dificultad, y necesita también la ayuda de un carrito para caminar. A veces pierde el sentido de la orientación, pero mayormente participa activamente en las reuniones y lanza de vez en cuando algún comentario irónico. Tiene una clara conciencia de las limitaciones a que está sometida debido a la edad, y lo lamenta. Pero enfrenta su propia adversidad con realismo.

El Sr. Diehl se viste como un caballero en las reuniones, y tiene comentarios galantes, aunque muestra señales de declive mental. Contrariamente a la Sra. Englisch, quien es capaz de sumar los puntos de seis dados de un solo vistazo con una rapidez sorprendente para su edad, el Sr. Diehl se desorienta cuando tiene que hacerlo, y generalmente se equivoca.

El Sr. Nilles también recuerda a un caballero con su presencia física, más bonachona que la del Sr. Diehl. La vez que estuvo presente trajo como regalo dos tabletas de chocolate, que dijo haber comprado en Aldi, una cadena de supermercados muy popular aquí en Alemania, debido a sus precios bajos. Lo de haber comprado allí los chocolates es una de las tantas fantasías seniles que tiene el Sr. Nilles.

Estos son los dos únicos varones que he visto en las reuniones, y cada uno ha asistido una sola vez. Luego hay otras ancianas, cuyos nombres no me vienen ahora a la memoria. Una de ellas, de 90 años de edad y de mente perfectamente lúcida, no vino el jueves, debido a que sufrió una caída, se hirió en la cabeza y tuvo que ser hospitalizada. Ese mismo día regresó al asilo. Sólo le pusieron unos cuantos puntos en la cabeza, pero tenía que guardar reposo.

Aquí en Alemania existen muchos asilos para ancianos. Es el último refugio de aquellos de los cuales ya no quiere encargarse nadie en casa. Cuidar a un anciano es una labor sacrificada, y la mayoría de los alemanes prefiere dejar esa actividad a veces repelente a profesionales pagados por el Estado o por instituciones de beneficencia. Y los asilos están provistos con todo lo necesario para que ninguna de las necesidades básicas de los ancianos sean desatendidas. En el Altenzentrum St. Suitbertus incluso se permite que los ancianos conserven muebles y objetos que formaron parte de su entorno hogareño. No hay que ser rico para poder estar en un asilo, pues existen subsidios del Estado para quienes no puedan asumir todos los costos.

Sin embargo, los asilos tienen mala fama. Cuando Rony John ‒un amigo‒ y yo nos fuimos al Sauerland, a unos 80 kmts. de Wuppertal, para recoger los muebles de cocina de una vivienda que estaba siendo desalojada por los familiares de una anciana que iba a ser enviada a un asilo, debido a que ya no podía valerse por sí misma, tuve ocasión de escuchar la resignada opinión de la anciana: «Asilo es asilo». Es decir, sea como sea, no es un lugar al que uno quiera ir. La misma Sra. Schulten, la trabajadora social mencionada antes, me dijo que ella no querría jamás ser internada en un asilo.

¿A qué se debe esa visión amarga de los asilos? Probablemente a lo que ello significa en la vida de una persona. El anciano se ve arrancado de un entorno familiar y conocido para vivir en otro entorno, donde nada le es familiar, donde poco tiene en común con los otros moradores, salvo el hecho de tener avanzada edad y no poder valerse por sí mismo. Hay por ello como un aura de tristeza que rodea a estas instituciones.

Pero lo peor es ese sentimiento de no significar ya mucho para la sociedad, para esa comunidad de personas en la cual se tenía un puesto, donde se era necesitado. El contacto con los familiares, la única alegría a la cual muchos se aferran, también se hace esporádico, en algunos casos de manera dramática. Hay ancianos que no ven a sus hijos, mucho menos a sus nietos, en meses. Y alguna vez se ha dado también el caso extremo de algún anciano que fue internado en un asilo, y murió años después sin jamás volver a ver a un familiar suyo.

Una de las mayores miserias que se puede experimentar es la situación de ya no ser necesitado de nadie. Los ancianos de los asilos son vistos como seres humanos a quienes se debe cuidar, pero ya no como personas de la cuales se tenga necesidad. Forman parte del baile de los que sobran. Y hasta ahora no he visto a ningún alemán menor de 60 años que esté dispuesto a aprender algo de un anciano. ¿Será esa una de las razones que conduce a tantos ancianos a la demencia senil, como en el Altenzentrum St. Suitbertus, donde el 60% de los internos padecen este mal? Se olvida que una de las mayores manifestaciones de amor es hacerle experimentar a una persona que se le necesita. Tal vez por eso el ingreso en el asilo fue una especie de renacimiento para la Sra. Reuters. Descubrió que allí se le necesitaba, y encontró la alegría en ayudar como pueda, dentro del límite de sus capacidades, a los otros ancianos que comparten la misma morada.

Cuando acepté trabajar en el asilo, se me dijo que era un trabajo duro. Y acepté hacerlo, porque sabía que en ese sitio iba a encontrar a algunos de los pobres de Alemania. Y así fue. El mayor acto de amor que puedo manifestarles a esos desterrados de la existencia común es hacerles sentir que yo los necesito, que son necesarios para que yo pueda aprender a vivir, que sus dolencias son para mí maestras de amor, y que su fugaz alegría en el Abendcafe es una de los mayores dones de Dios que yo pueda recibir, y que no es una carga pesada sostenerlos en sus debilidades físicas y mentales, sino uno de los mayores regalos que me pueden hacer. Estoy rodeado de abuelitas, yo que he perdido a todas las que tenía. Y lo que alguna vez dejé de hacer por mis abuelas carnales, lo puedo hacer ahora en esta oportunidad como pocas. Quiero ver de cerca ese mundo tan rico en posibilidades de aprender a caminar con dignidad hacia la decadencia física y luego la muerte inevitable. Quiero aprender de quienes ya han vivido, de quienes por su situación de abandono espiritual y moral están mucho más cerca de Dios.

¿Qué decir de aquella vez, cuando antes de comenzar el Abendcafe, y estando ya varias viejitas reunidas, se pusieron a acompañar con sus voces unas canciones populares alemanas que sonaban en un antiguo tocadiscos? Y la que con mayor esfuerzo cantaba, con mayor terquedad, era la decrépita Sra. Stöver. Era un canto a la vida ante la cercanía de la muerte que tarde o temprano ha de llegar.

POSTDATA TRISTE

Una vez que me dirigía al asilo, me encontré en el tren con un ruso que apenas sabía hablar alemán. Se hallaba en Wuppertal desde hace un año y 8 meses. Había abandonado su país con su familia, dejando atrás a una anciana madre y una hermana. Por no saber el idioma, le costaba encontrar trabajo, y en ese momento se encontraba desempleado. Por razones que desconozco, su esposa lo había expulsado del hogar. Y, por las lágrimas que asomaron a sus ojos, supuse que lo que le había pasado no le interesaba a nadie y que yo era la primera persona que encontraba a quien había podido contárselo. Y me lo contó sólo porque supo que yo también era cuasi extanjero en este país, que también estaba solo, con mi familia lejos. Nicolai ‒así se llamaba este hombre‒ no entendía por qué le había sucedido todo esto. Y en su balbuciente alemán me repetía que no había nada que hacer, que no podía encontrar trabajo, pero que tampoco era posible regresar a Rusia, donde le esperaba un destino similar. Cuando me preguntó cómo me llamaba, le dije simplemente “Martin”. De este modo entendió que se había encontrado con alguien distinto del común de los alemanes, que suelen presentarse con su apellido, y sólo usan el nombre de pila con las personas que les son muy familiares. Sólo pude darle palabras de ánimo, tomar sus dos manos entre las mías en un fuerte y cariñoso apretón, y decirle que confiara en que Dios lo iba a ayudar, pues él permite que pasen cosas que no comprendemos, para luego darnos su ayuda. No sé si algún día vuelva a encontrar a Nicolai. Pero su historia me dejó desolado. No me importaba lo que hubiera hecho para que su esposa no quisiera tenerlo en casa. Sólo sé que me partía el alma en pedazos saber que había dejado todo buscando una oportunidad en el país de las oportunidades, y aquí había terminado por perder lo poco que le quedaba, incluyendo la esperanza.

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3 pensamientos en “EL BAILE DE LOS QUE SOBRAN

  1. La mala fama que tienen los asilos no es gratis, se la tienen bien ganada muchas veces les gritan a los viejitos y los reniegan de tonterias. Estos viejitos estuvieron en la guerra y creo que el tema de reconciliacion despues de la guerra no estuvo bien manejado lo cual a provocado que las siguientes generaciones no tengan una cercania con los viejos.
    Por otro lado hay mas viejitas que viejitos, y estas viejitas perdieron sus hijos y esposos en la guerra y bueno ahora estan solas.

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    • Algo de eso hay también en los asilos alemanes, pero tampoco se puede generalizar. Sobre la reconciliación después de la guerra, se trata de un tema bastante complejo, y no creo que se puedan sacar conclusiones apresuradas sin antes analizar más a fondo el asunto. Por otra parte, el problema de la soledad de las viejitas en el asilo que visité no creo que tenga que ver mucho con lo que tú señalas. Por la edad que tienen, deben haber tenido su primer hijo en el período de post-guerra. Y es poco probable que se hayan casado antes de terminar la guerra.

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  2. Yo voy todos los lunes a “une maison de retraite” como se llaman en Francia. Cuesta entre 2 500 y 4 000 euros al mes, segun el estado de la persona. En general los tratan bien, pero cuando alguien se pone pesado, en generla son siempre los mismos, no tienenningun reparo en gritarles y decirles que son odiosos. Yo Cuando salgo, le ruego a Dios que no me haga eso, que me deje ir antes de tener que ir a un sitio semejante. Qué suerte tuvo mi madre de poder permanecer hasta el final en su casa, tranquila y bien cuidada.

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