REFLEXIONES APÁTRIDAS

apatridaEn marzo de 2003 mi mujer y mis dos hijos pequeños, Carolina y Alexander, entonces de 5 años y 1 año de edad respectivamente, lograron reunirse conmigo en Alemania para iniciar una nueva etapa de nuestra vida. Si bien yo había logrado migrar sin ningún problema a Alemania, ingresando a este país con pasaporte alemán, la salida de mi familia del Perú estuvo plagada de obstáculos, generados en su mayoría por la ineficaz burocracia peruana. Los trámites, además de engorrosos y costosos, corrieron el riesgo de quedarse entrampados debido a la falta de transparencia en los requisitos legales necesarios para que uno sólo de los padres viajara con dos niños menores, por lo cual tuvimos que recurrir a influencias para agilizar las cosas.

A raíz de todo esto, escribí el 17 de marzo una de mis “Crónicas desde Wuppertal”, relatando los problemas por los que habíamos tenido que pasar. De esta crónica ‒que intitulé Perú, ¿campo de prisioneros?‒ transcribo las siguientes reflexiones:

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Wuppertal, 17 de marzo de 2003

Ante las dificultades experimentadas, y visto lo costoso que es emigrar del Perú, debido principalmente a las barreras puestas por la burocracia peruana, he llegado a la conclusión de que son pocos los peruanos que pueden sortear esos obstáculos de manera legal para poder salir del país. El Perú se asemeja a un enorme campo de prisioneros, donde el derecho a trasladarse libremente aparece en la letra de las leyes, pero en la práctica resulta una quimera para la mayoría de los peruanos.

Pero las semejanzas no terminan ahí. Un campo de prisioneros es un lugar donde las leyes y los derechos personales quedan en suspenso, aunque existan en el texto, y sólo son favorecidos por ella los que se congracian con los carceleros, mediante favores o entregas de dinero. ¿No ocurre algo similar en el Perú? Sabemos lo complicado y tedioso que es llevar adelante un proceso judicial. Siempre sospechamos que se trata de una labor inútil donde es difícil conseguir un resultado que respete la justicia, no obstante las reformas judiciales pregonadas a diestra y siniestra. A ello se suma un dato revelado por un estudio de la UNESCO del año pasado: que sólo el 18% de las sentencias son ejecutadas. Eso significa que ganar un juicio no es garantía de conseguir que se haga justicia. Pero si hay dinero de por medio, probablemente sí se consiga este objetivo.

En un campo de prisioneros existe el trabajo forzado. Es decir, se tiene que trabajar duro sólo para conseguir un sustento mínimo. Demás está decir que el Perú es uno de los países donde más duro se trabaja, y donde menos posibilidades hay de recibir un salario que corresponda verdaderamente al trabajo realizado. Es decir, se trata de una especie de trabajo forzado, donde se labora sólo para poder sobrevivir.

Además, el campo de prisioneros es un lugar del cual se quiere escapar. En diciembre del año pasado, en una encuesta, más del 70% respondió que, si tuviera la oportunidad, se iría del Perú. Actualmente son aproximadamente dos millones y medio los peruanos que están viviendo fuera del país, la mitad de ellos como ilegales.

En una situación así, hay cosas que todavía se mantienen. La solidaridad se convierte en una necesidad, que brota del corazón de mucha personas, solidaridad que a veces se olvida en las así llamadas sociedades libres, donde la opulencia es algo accesible a la mayoría de sus habitantes. La solidaridad se convierte en una herramienta necesaria para poder sobrevivir a los rigores de la prisión, cuyo panorama recién se percibe con claridad cuando uno ha salido de ella.

Es triste ver en qué se ha convertido un país tan hermoso, debido a la codicia y falta de solidaridad de ciertas minorías, que quieren seguir obteniendo jugosas ganancias a costa del sometimiento de todo un pueblo a condiciones infrahumanas de vida. Y todo esto lo digo, no sin que la tristeza me embargue el corazón por tantos hermanos que siguen siendo prisioneros de tan vano e inútil infortunio, sin que se vea en el horizonte esperanzas de un cambio cercano.

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El 18 de marzo recibí como respuesta a mi crónica un e-mail de un miembro del MVC (Movimiento de Vida Cristiana), al que llamaré Paisano Emevecista, con la frase «El Perú es más grande que sus problemas… Sí, cómo no…» como asunto, y con la imagen de una bandera peruana y un archivo de sonido con el Himno Nacional del Perú como únicos contenidos.

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RESPUESTA DE MARTIN SCHEUCH
Fecha: 19 de marzo de 2003

Los peruanos son más grandes que sus problemas, pero no todos, pues los problemas que tiene el Perú los han causado muchos de esos peruanos que maltratan a sus mismos compatriotas. Y son más los buenos, pero los malos tienen el palo, y les dan duro con él a los buenos. Y los buenos quieren irse de la prisión, pues las dificultades de afuera son más tolerables que los palazos de adentro.

Además, los problemas siguen creciendo de tal manera, que puede suceder algún día que sean más grandes que el Perú. La grandeza de la gente estará en seguir sobreviviendo con esperanza, cantando el Himno Nacional con su estrofa cargada de complejo de inferioridad y de recuerdos de servidumbre, y enarbolando los colores rojo y blanco ‒colores también de la bandera austríaca‒ como un símbolo que se cree único.

El Perú es una nación forjada a puro sentimiento dentro de un valle de lágrimas. Las canciones populares están cargadas de tristeza, sentimientos frustrados e invitaciones al llanto. Y eso deja una huella imborrable en el alma. En el Perú se aprende a sufrir y a vivir de la esperanza. En el Perú la fe es grande, y va a la par con la sensación de destierro que se tiene en la misma patria. Y ése es un tesoro que no tiene precio.

Pero son pocas las personas con talento que llegan a triunfar en el Perú mismo, cuyo tejido social está contagiado de resentimiento, envidia e hipocresía. Fruto de eso es tener un presidente tan mediocre como Toledo, sin contar también con los ministros que están ocupando actualmente muchas de las carteras ministeriales, luego de haber desplazado a personas más capaces y talentosas. Alguien dijo alguna vez: «No soy tan mediocre como para poder tener éxito en el Perú.»

Hago estas reflexiones en momentos en que el mundo está cambiando y los estados-nación se están convirtiendo en un rezago del pasado. Lo nacional, esa abstracción por la cual se han cometido tantas injusticias, está retrocediendo ante un mundo globalizado, donde la vinculación más importante es con la gente concreta y con los lugares que han tenido vital importancia en la vida de las personas, sin que tenga mayor relevancia que estén encerrados dentro de los límites de un país ‒o de una prisión‒.

Saludos,

Martin

P. D. Hasta ahora no me han crecido pelos en la lengua.

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RESPUESTA DE PAISANO EMEVECISTA
Fecha: 20 de marzo de 2003

Te creo que te veas bien con pelos en la lengua.

Un abrazo,

Paisano Emevecista

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RESPUESTA DE MARTIN SCHEUCH
Fecha: 21 de marzo de 2003

Los únicos pelos que tengo fuera de la cabeza están en otras partes no visibles que no pienso mostrarte.

Por otra parte, todos los 28 de julio [Día Nacional del Perú] escucho el poema Viva el Perú ¡¡¡Carajo!!! [de Rafael Donayre, grabado por el gran actor Luis Álvarez (1913-1995), con el acompañamiento de guitarra de Óscar Avilés] y lloro con él.

El Perú tiene un potencial muy grande, pero lamentablemente son peruanos mismos los que lo están echando a perder. Estoy seguro de que tú no te encuentras entre ellos.

Recuerda lo patrioteros que fueron Alan García y hasta el mismo Fujimori, pulsando las fibras nacionales, con el fin de poder ganar terreno para hacer todas las cagadas que hicieron.

Sí, el Perú es grande, pero sigue postrado por causa del maltrato de peruanos por otros peruanos. Lamentablemente, creo que los extranjeros son mejor tratados por nuestros compatriotas que los mismos nacionales. Hay un chiste en que un niño le dice a su papá: «Papá, cuando yo sea grande, quiero ser extranjero.» «Y seguramente vas a querer irte del país cuando seas grande.» «No, papá, yo quiero ser extranjero en el Perú.»

Te lo digo sin pelos en la lengua.

Saludos,

Martin

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Otro emevecista a quien aprecio mucho, quien había migrado a Canadá, tras manifestarme su alegría por el hecho de que por fin haya podido reunir a mi familia conmigo, me comentaba en un e-mail del 20 de febrero de 2003:

«Con respecto al Perú, creo que poco a poco puede ir encontrando el camino para salir de los problemas que tiene. Lo mejor que se puede hacer es trabajar por nuestra propia santidad y tratar de añadir algo de bien frente a tantos problemas que tenemos en el país y en el mundo.»

Me decía que en el país donde ahora vivía encontraba «el mismo tipo de problemas, pero de alguna manera, por lo menos en lo económico, las necesidades básicas están resueltas para la población, pero por otro lado eso los hace conformistas y sin aspiraciones». Me mencionaba como ejemplo el caso de algunos alcaldes que habían hecho contratos de cifras increíbles sólo con sus amigos, y que también en Alemania se había denunciado a algunos políticos por tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito. Asimismo, consideraba que «es un error considerar que somos los peruanos el peor país del mundo con los peores gobernantes y con los peores ciudadanos. Fíjate nomás cómo los gringos han elegido a Bush como presidente, con fraude electoral y todo. En fin, creo que debemos tratar de aportar cada uno desde su lugar.»

Mi respuesta fue la siguiente:

«Estoy plenamente de acuerdo contigo. Sucede lo mismo que tú describes aquí en Alemania. Pero cuando hablo de los problemas del Perú, no quiero decir de rebote que aquí en Alemania todo es una maravilla. Y creo que muchos me han malinterpretado de esa manera.

Lo que sucede es que aquí es posible pensar en posibilidades de desarrollo personal y familiar, mientras que en Lima los atentados contra la esperanza eran pan de cada día. Tú mismo sabes cómo se me marginó de cierta manera dentro del mismo SCV [Sodalitium Christianae Vitae]. Efectivamente, creo que algún día el Perú podrá salir adelante. Pero primero tienen que morirse todos esos malditos que lo han cagado desde sus inodoros de oro y dólares, sentados con orgullo sobre sus propias ambiciones de poder y ganancias. En sentido metafórico, me refiero a un cambio de generación. Y eso es algo que probablemente nosotros no veamos.»

¿Han cambiado las cosas desde entonces? No mucho en realidad. Actualmente el Perú vive un boom económico que, debido a la enorme desigualdad social y una corrupción presente en todos los niveles, no beneficia a la mayoría de la población. Y en años recientes la cuota de emigración ha alcanzado cifras récord. Es sintomático que durante el reciente periodo de bonanza económica sean más los peruanos que hayan huido del país cada año que durante la época de la violencia terrorista. Como si siguieran escapando de un campo de prisioneros, de una patria inhóspita donde se sienten condenados día a día a no ser otra cosa que meros sobrevivientes de la existencia. Lo digo con inmensa tristeza.

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