ELOGIO DE LA CERVEZA

cerveza

Alemania no es el país con más variedades de cerveza. Ese honor le corresponde a Bélgica. Tampoco es el país dónde más litros de cerveza se consume por habitante. Ese lugar lo ocupa la República Checa. La cerveza tampoco es la bebida que más se consume en las tierras germanas. Ese puesto lo tiene el agua mineral, seguida del café. Aún así, en el imaginario popular se sigue considerando la cerveza como parte integral de la cultura germana. No en vano, pues la cerveza tiene aquí un significado social más allá de ser una bebida refrescante.

El siguiente texto forma parte de mis “Crónicas desde Wuppertal”, una colección de escritos sobre temas variados que redacté entre los años 2002 y 2004.

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ELOGIO DE LA CERVEZA

Wuppertal, 12 de marzo de 2004

Queridos amigos:

El fin de de semana del 13 al 15 de febrero lo pasé en una casa de retiros en Horrem, localidad cercana a Colonia, para ser informado sobre los detalles del trabajo eclesial como agente pastoral al que estoy postulando. Éramos 21 los participantes en este evento.

Como toda buena casa de retiros alemana que se respete, ésta, además de salas de reuniones, dormitorios, comedor y capilla, contaba con un sótano donde, al final el día, se podía departir bebiendo alguna bebida, jugo, cerveza, vino e incluso espumante. No perdí, pues, la ocasión de degustar cada noche un litro de cerveza alemana dentro de un ambiente de comunicación abierto y fraterno. Lamentablemente, sólo había un tipo de cerveza, Kölsch, que es la típica de la zona de Colonia, y que es similar a la Pilsen ‒el tipo de cerveza que más se bebe a nivel mundial‒, aunque de cuerpo más ligero y menos amarga. Aún así, un buen litro de cerveza luego de un día de reflexiones ahuyenta el cansancio del espíritu.

Algo hay que decir sobre el tema de la cerveza en Alemania. Tiene un significado que va más allá de ser una simple bebida alcohólica o un medio para emborracharse. Como esto último suele ser asumido por los desempleados y jóvenes marginales que rondan las estaciones de los trenes, donde suelen reunirse para rumiar en compañía su falta de autoestima y su soledad, trasegando una otras otra botellas de cerveza barata. No les importa qué tipo de cerveza están bebiendo, con tal de que sea embriagante y económica para sus bolsillos.

Para la gran mayoría de los alemanes, en cambio, la cerveza es un motivo para reunirse en las tabernas o lugares similares, simplemente para conversar, bromear, departir alegremente sobre los acontecimientos cotidianos de sus vidas. La cerveza es un símbolo de encuentro y comunicación, pues es muy rara la ocasión en que el burbujeante líquido se beba en soledad. Por lo general, acompaña los ambientes que invitan a la vez a la alegría y el descanso. No resulta extraño que esté presente al final de la jornada de trabajo, cuando se llega para reposar al hogar. Nada sienta tan bien como una cerveza en compañía del ser amado, luego de un día de trajines.

La cerveza también tiene un sentido de identidad regional, que resulta extraño para quienes no viven en este país. Cada región suele manifestar como una especie de orgullo patriótico al referirse al tipo de cerveza local que se produce en ella. Incluso hay alemanes que se negarían a beber el tipo de cerveza de otra región con la que guardan cierta rivalidad. Esto se percibe con claridad aquí en Renania del Norte-Westfalia, el estado donde vivo, en el caso de la rivalidad existente entre Colonia y Düsseldorf. Si bien esta última ciudad es la capital del estado, tiene menor tamaño y población que Colonia y cuenta con menor atractivo turístico. Ambas ciudades mantienen una rivalidad ancestral, compitiendo por importancia dentro de la región, y cada una tiene, por supuesto, su cerveza típica: en Colonia se bebe Kölsch, y en Düsseldorf, Altbier (literalmente “cerveza vieja”, de color oscuro y amarga).

En la casa de retiros se me ocurrió preguntarle a uno de los postulantes al puesto de agente pastoral, oriundo de Colonia, cuál era la diferencia entre una cerveza Pilsen y una Kölsch. Aprovechó mi pregunta para referirse a la antigua rivalidad cervecera entre Colonia y Düsseldorf. Su respuesta fue la siguiente: “Cada uno es lo suficientemente grande como para saber qué se echa al gaznate. No descarto la posibilidad de que exista un colonés que sean tan cobarde como para beber una Altbier, pero yo he nacido en Colonia, y por eso mismo sólo bebo Kölsch”. Con eso estaba dicho todo. Me quedó claro que querer beber Altbier en Colonia podía constituir un atentado contra la identidad regional y un acto de manifiesta descortesía, un insulto a la comunión de la bebida, un ultraje al orgullo ciudadano.

Pero también es cierto que nunca faltan negocios donde se puede conseguir la cerveza que uno quiera en cualquier región. Además de las variedades mencionadas, también hay Weissbier (“cerveza blanca”), una cerveza turbia que se hace a base de trigo y no de cebada. En Berlín se mezcla la cerveza con diversos jugos de frutos. Y también hay una bebida muy refrescante ‒particularmente en el verano‒, conocida como Radler, que consiste en una mezcla de cerveza pura y bebida gaseosa de limón. También es relativamente popular la mezcla de cerveza oscura con bebida cola. La cerveza de malta es una bebida oscura, con cierto sabor a pan negro de centeno y sabor dulce, que no contiene alcohol y se la da principalmente a los niños. Quien tenga problemas con el alcohol, puede beber también una cerveza sin alcohol. Y debo estar quedándome corto al describir las variedades existentes.

Sin embargo, la cerveza más sabrosa es la que se bebe en las cervecerías mismas, en aquellos lugares amplios destinados a recibir a los bebedores, donde el pan líquido se escancia directamente del tonel al vaso. En Wuppertal existe una famosa cervecería, al lado de la alcaldía. Este lugar es además el punto de confluencia de toda la gama de individuos y y clases sociales que pueblan la ciudad, hombres y mujeres, desde los más jóvenes hasta los más viejos, desde los más pobres hasta los más ricos, oriundos de la zona como inmigrantes, de todos los oficios y profesiones, e incluso los niños tienen una zona destinada para ellos donde, mientras juegan, pueden beber malta, jugos o bebidas gaseosas.

Definitivamente, este país no sería lo que es sin la cerveza, que constituye uno de los motivos de alegría más festivos para celebrar y para darle sabor a la vida.

Quiero terminar con una anécdota. El agente pastoral que fue mi mentor durante la práctica de medio año que realice desde el 1° junio del 2003 hasta el 6 de enero del 2004, me contó que, cuando hizo su retiro final terminados sus estudios teológicos, los organizadores habían decidido que a ninguno a de los participantes le sería permitido reunirse para beber cerveza. Si mal no recuerdo, eran miembros del movimiento carismático o de algunas de esas comunidades de impronta espiritualista. Para ellos, un retiro no admitía actividades ligeras como el departir acompañados de vasos de cerveza. De modo que se escapaba por la noches a través de una ventana en el sótano para irse a una taberna y sumergirse en esa espíritu de calor humano que rodea el ritual de la cerveza.

Por eso mismo, luego de un intenso día de trabajo o de oración, un buen vaso de cerveza y ¡salud! ¡Prost!

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