SOBRE EDIFICACIONES, EDIFICANTES Y EDIFICADOS

«edificante. 1. adj. Que edifica (‖ infunde sentimientos de piedad y virtud).»
DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Cuando inicié en noviembre de 2002 mi exilio en Alemania, mi primer lugar fijo de residencia fue Wuppertal, una ciudad enclavada en la región industrial del Ruhr, donde un párroco católico me acogió con benevolencia y generosidad. Tras un par de semanas de un recorrido incierto y aventurero que se inició en Múnich y que me llevó tras una breve estadía en Erlangen –cerca de Núremberg– hasta Berlín, en diciembre de 2002 puse pie en la ciudad que atraviesa el río Wupper, famosa por su tren colgante y porque en ella nació el filósofo socialista Friedrich Engels (1820-1895), antes de que la ciudad llevara el nombre con el que se la conoce en la actualidad.

En esos primeros meses de soledad –ya que mi mujer y mis hijos recién vendrían a reunirse conmigo en marzo de 2003– experimenté lo que se conoce como “shock cultural”, al encontrarme con costumbres diferentes a las de la gente de Lima y una sociedad que funciona de manera distinta. Tuve la suerte de contar con el apoyo del párroco y de su secretaria polaca, la cual había pasado por esa experiencia hacía aproximadamente una década, cuando junto con su esposo y sus hijos decidieron abandonar Polonia tras la caída de la Cortina de Hierro por razones similares a la que yo había dejado el Perú: la falta de oportunidades de trabajo, los bajos sueldos y la corrupción imperante. Fue entonces que comencé a plasmar mis experiencias y compartirlas por e-mail con amigos y conocidos en una serie de escritos que llame “Crónicas desde Wuppertal” (diciembre de 2002 a marzo de 2004).

El presente escrito forma parte de esas crónicas, y podría en realidad servir de prólogo a muchos textos que han salido de mi inspiración. Es una especie de declaración de principios frente a aquellos que criticaban mis escritos por parecerles demasiado polémicos, negativos o desedificantes, y me reclamaban que escribiera solamente cosas que pudieran edificar a los lectores. A pesar de los años transcurridos, el texto sigue manteniendo una pasmosa frescura y vigencia.

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Wuppertal, 11 de marzo de 2004

Queridos amigos:

Luego de haber “desedificado” a algunas personas con un par de e-mails de contenido polémico, retomo estas crónicas para volver a narrarles retazos de mi experiencia personal en estas tierras alemanas. Tal vez este testimonio sea edificante para algunos, tal vez no. De todos modos, no me he propuesto intencionadamente que lo sea o no. En realidad, esta ambigua categoría (“lo edificante”) me tiene sin cuidado, pues suele servirle a algunos de criba para filtrar la realidad y, en cierto sentido, obtener una imagen mutilada de ella. Digo ambigua, si consideramos que no hay nada más desedificante que la pureza de los puritanos, ni nada más edificante que el pecado de los santos. Como tampoco hay nada más desedificante que quien pretenda ser intencionalmente edificante en todo momento.

Nos encontramos ante una paradoja. El cristiano ciertamente debe ser edificante, pero cuando se propone como fin ser edificante, en ese momento deja de serlo. Porque sólo edifica quien se ve a sí mismo como pecador ‒por lo tanto, no como un ejemplo‒ y vive agarrado de la gracia divina.

Lo edificante considerado como valor que se debe buscar a priori suele nutrirse de una visión parcial de la realidad y sirve de etiqueta para mostrar los residuos que el filtro de una interpretación simplista ha dejado de unos trozos palpitantes de realidad inasible.

Concuerdo con ese gran analista católico de la literatura que fue Charles Moeller [teólogo belga, autor de la fascinante obra en 6 volúmenes Literatura del siglo XX y cristianismo], quien afirmaba que no había literatura buena que fuera edificante u obra edificante que llegara a alcanzar la categoría de buena literatura. Según Moeller, las narraciones edificantes parten de la premisa de que hay que demostrar que el bien sale triunfante y el mal derrotado ya en este mundo. Para demostrar ese objetivo, se manipula la realidad y se termina con un final feliz para satisfacer al público lector. Por lo general, los buenos son recompensados y los malos reciben el castigo merecido, o también hay personajes malos que se transforman en buenos. De todos modos, suele haber esta división maniquea de los seres humanos entre los que están del lado del bien y los que están en el lado opuesto, el del mal. La complejidad del corazón humano, donde la luz se entremezcla con la sombra, donde hay muchas zonas que son simplemente grises, no tiene casi cabida en esta literatura para mentes piadosas. Resultaría desedificante que los buenos sean también malos, o que los malos tengan aspectos virtuosos, y en algunos puntos hasta mejores que los de los buenos. En fin, en la literatura edificante no cabe la ambigüedad que forma parte esencial de la vida.

Esto que se dice sobre la literatura se puede aplicar a toda manifestación humana que pueda ser calificada de edificante: el teatro, el cine, la televisión, las noticias, las obras de arte, etc. Los “edificantes” consideran que hay ciertos temas que no deben ser tocados –por lo menos de manera directa, pues se admite el eufemismo–, dado que resulta difícil disponer sus diversos elementos de manera que se obtenga el fin buscado: la dulce edificación de los corazones ansiosos de ver triunfar el bien en el mundo, como un adelanto de la consumación definitiva que se hará en el Reino de los cielos. ¿Se han olvidado de que mientras vivamos en este mundo, vivimos de la esperanza? ¿No recuerdan las palabras del mismo Jesús, quien dice que el trigo y la cizaña siempre estarán juntos hasta el fin de los tiempos, pues querer arrancar la cizaña implica el riesgo de arrancar también el trigo [ver Evangelio de Mateo 13,29]?

Aquellos que hayan visto esa maravillosa película que es Las hermanas de la Magdalena (The Magdalene Sisters, Peter Mullan, 2002, Gran Bretaña / Irlanda) recordarán esa escena donde la madre superiora de las monjas que regentan la casa para mujeres arrepentidas –en la Irlanda de los años ’60– derrama lágimas de emoción, totalmente edificada por la visión de la película clásica Las campanas de Santa María (The Bells of St. Mary’s, Leo McCarey, 1945, Estados Unidos), donde Bing Crosby e Ingrid Bergman interpretan el papel de un sacerdote y una monja respectivamente. Mientras tanto, la cámara nos muestra los rostros de las muchachas que la rodean, cargadas de amargura y sufrimiento, sometidas a una esclavitud de conciencia y falta de libertad personal, al serles impuesto un ideal de pureza a la fuerza, mediante humillaciones tanto físicas como psicológicas.

Frecuentemente se nos ha querido vender gato por liebre, dándonos una versión edificante de los hechos como sustituto de la realidad con todos sus ángulos y matices. De “edificaciones” –en el sentido de constructos edificantes– están llenas las narraciones oficiales de la historia, especialmente las historias de instituciones contadas por miembros que marchan con disciplina férrea dentro de sus mismas filas. La historia real hay que armarla como un rompecabezas, con piezas provenientes de diversas fuentes, y, aunque siempre sigan faltando algunas piezas, el cuadro que se forma es mucho más rico y más complejo que la máscara presentada a la opinión pública. Y contiene más lecciones de vida que esa ciudad de cristal llena de “edificaciones” que es la historia oficial, versión simplista de los hechos constituida por lo que la institución ha autorizado a decir sobre ella misma.

En fin, si el relato que viene continuación resulta edificante o no, me importa en realidad un carajo, pues sí edifica, lo será por la frescura de su labia o por su inmediatez vital a flor de piel, y, tal vez –¿por qué no?– por su misma falta de pretensión de ser edificante.

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