SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN

El siguiente es un texto autobiográfico, donde plasmo recuerdos que han quedado grabados vivamente en mi memoria. He omitido los apellidos de los protagonistas y varios nombres han sido cambiados.

Playa Naplo

Playa Naplo

El día en que tuve mi primer encuentro con el Sodalitium Christianae Vitae fue también el día en que hojeé por primera vez en mi vida un ejemplar completo de la revista Penthouse. Curiosamente, entre este hecho y mi primer encuentro con un sodálite mediaron sólo unos cuantos minutos. Y tengo que confesar que ambas experiencias me produjeron satisfacción –aunque de distinto signo– en ese momento concreto del año 1978, cuando estaba cerca de cumplir 15 años de edad y tenía ese interés en el sexo propio de la adolescencia, a la vez que buscaba un derrotero para encauzar mis inquietudes y mis interrogantes sobre el sentido de la existencia.

Fue también el día en que asistí por primera vez a un concierto en vivo de rock progresivo, ejecutado por un grupo local de cuyo nombre no me acuerdo. Aunque sí recuerdo que quien tocaba la flauta traversa era Atanasio, un anárquico y atípico sodálite, fan de Jethro Tull, de presencia semejante a la de un hippie y cuyas bodas serían celebradas a lo grande unos cuantos años más tarde como las primeras de un sodálite llamado a la vocación matrimonial. Por razones que ignoro, Atanasio se mudó a los Estados Unidos y abandonó posteriormente el Sodalitium, sin que nunca haya sabido nada más de él. Al igual que muchas otras vidas, cuyos caminos se cruzaron de imprevisto con el del Sodalitium, corrieron un momento –tal vez años– paralelas a su historia y luego se separaron para evaporarse en la niebla de lo incógnito. Lo cierto es que el Sodalitium no guarda registro de los nombres –por lo menos, de manera pública– de aquellos que apartaron sus huellas de su sendero y, más aún, intenta borrar su recuerdo de su memoria colectiva. Como si nunca hubieran existido. Sus nombres dejan de mencionarse, o se transmiten entre susurros en conversaciones sin testigos, como si se tratara de ahogados que se han hundido en un mar de perdición y cuyas sombras se ven a lo lejos como señales fantasmales de un destino maldito que hay que evitar a toda costa.

Pero en este momento me hallaba yo recién ante el inicio de una aventura que se extendería a lo largo de tres décadas. Y que marcaría mi vida a fuego y hierro. Sin que yo pudiera adivinarlo en ese momento, carente de toda solemnidad, tan pedestre y cotidiano como la reunión eventual de un grupo de jóvenes amigos, la mayoría de ellos estudiantes del Colegio Santa María (Monterrico, Lima), conocido en ese entonces por albergar a los hijos varones de familias de clase media y alta de la sociedad limeña. Había también uno que otro estudiante del Colegio Markham y estábamos también Gabriel y yo, de centros educativos de tradición alemana. En realidad nos había invitado a la reunión Felipe, con quien compartíamos una especial afición por el rock progresivo y en cuya casa podíamos escuchar discos de Yes y Rick Wakeman, traídos de Estados Unidos, pues en esa época de gobierno militar la importación de esos productos estaba prohibida y, no obstante que las disqueras nacionales obtenían licencias para fabricar localmente vinilos de esos músicos, no sacaban al mercado todo lo que hasta el momento ellos habían sacado a luz. El gancho había sido precisamente el concierto de rock progresivo, previo al cual íbamos a tener una reunión en casa de Felipe.

Poco antes de que llegara el sodálite al amplio dormitorio de Felipe, situado en la planta alta de una mansión miraflorina, donde iba a efectuarse la reunión, la Penthouse desapareció prestamente en uno de los cajones de la mesa de noche. Aparentemente este tipo de publicaciones no era compatible con la presencia del hombre alto, corpulento y de mirada penetrante, de algo más de 20 años, que dijo llamarse Pepe. Lo acompañaba Martino, también barbado pero de físico más bien delgado y flexible, amplia frente y ojos luminosos. La pertenenencia de Martino al Sodalitium no pasaría de ese año. Martino decidió ingresar a la casa de formación de los Carmelitas, pues –según él– esta orden religiosa tenía tras de sí siglos de tradición, mientras que el Sodalitium contaba entonces sólo con siete años de existencia y no podía ofrecerle lo necesario para una formación sólida que le permitiera acceder a la carrera sacerdotal. Martino terminó también abandonando a los Carmelitas, y –según me contaron, aunque no lo puedo confirmar– hizo estudios en la Universidad de Lima, donde una vez prestó su colaboración al Concurso Miss Primavero, y finalmente, ya involucrado en una relación de ambiguas connotaciones con otra persona de su mismo sexo, trabajó para una compañía de aviación como auxiliar de vuelo, de donde lo despidieron por apropiarse de cierto dinero que no le pertenecía. Aún así, si me lo volviera a encontrar, le agradecería por las palabras que en su momento nos brindó a mí y a Gabriel y que, de algunas manera, sirvieron para desbrozar el camino en el que estamos y que conduce de manera misteriosa hacia ese Dios que espera y al cual no podemos definir ni imaginar ni comprender, sólo desear desde lo más íntimo de nuestras recónditas esperanzas. Como he escuchado repetir muchas veces en el Sodalitium: «Dios escribe derecho con líneas torcidas». Y si esto es verdad, debemos desconfiar entonces de las líneas rectas, pues lo que está escrito con ellas será frecuentemente una mera imitación de lo eterno, un espejismo engañoso, mas nunca carne de realidad, barro palpable, escritura de Dios, esa ambigüedad fecunda que rodea nuestras existencias y en las cuales se manifiesta de manera inesperada lo que buscamos y que no podemos expresar con nuestro limitado lenguaje. Y ni siquiera concebir con nuestros pensamientos humanos, tan humanos, tan miserablemente humanos, tan torcidos como esas líneas a través de las cuales se manifiesta lo auténtico.

Pongamos de nuevo pies en tierra y volvamos a retomar el hilo de los acontecimientos. Pues bien, nos habían invitado a una reunión de una Agrupación Mariana, donde se iban a tocar temas relacionados con la religión. Aunque la forma en que se planteó el tema principal no tuvo nada que ver con el discurso edulcorado de curita de parroquia o monja celestial con el cual asociábamos por entonces lo religioso. Toda la discusión giró en torno a una sola pregunta: ¿qué razones teníamos para no suicidarnos? La labor de Pepe era sabotear todas las respuestas que le dábamos, desmantelándolas hasta quedar en escombros. Ninguno de los motivos que teníamos era suficiente como para seguir en vida. Cada vez sentíamos más cerca la nube negra del sinsentido, y se despertaba en nosotros el deseo intenso de encontrar una razón poderosa que le diera un norte a nuestras mediocres existencias.

Curiosamente, no era la primera vez que pasaba por semejante experiencia. La misma pregunta ya me había sido formulada el año anterior por Machuca, un extraño sujeto de costumbres bohemias –tal vez otra línea torcida más–, que fuera mi profesor de religión en el Colegio Humboldt. Ese año llegó, como ave de paso, para hincar sus cuestionamientos hondo en mi carne, tratar de levantar nuestras miradas por encima de la mediocridad que la gente suele llamar normalidad, y abandonarnos a fin de año por motivos de fuerza mayor –llámese director de colegio indignado por contenidos impropios y subversivos vertidos durante las clases de religión–. Pues Machuca tenía la libertad de hablar con nosotros de todo aquello que pudiera interesarnos –drogas, sexo, rock, política, psicología, etc., etc.– y acogía las críticas que nosotros teníamos frente a ese mundo en que estábamos viviendo la transición de la infancia hacia la mayoría de edad, pero a la vez iba más más allá, haciéndonos quedar como rebeldes a medio camino, revolucionarios de medio pelo, candidatos a ser absorbidos por esa sociedad que criticábamos y que terminaría disolviendo nuestras esperanzas, relegándolas a la condición de meros síntomas hormonales de la adolescencia febril. Como decía cínicamente alguien de mi entorno cercano perteneciente al mundo adulto: todos hemos querido alguna vez cambiar el mundo, pero al final maduramos y nos adaptamos a él. Y uno, después de madurar de esa forma, se termina pudriendo, añadiría yo. Para no dejar en el mundo más que una mancha húmeda y maloliente en la tierra que le sirva de última morada. Y eso fue todo.

Pero para mí era recién el comienzo. La conversación que mantuvimos con Pepe, en un lenguaje salpicado de palabras malolientes propias de la juventud limeña –lenguaje que yo recién estaba aprendiendo y al cual nunca llegué a acostumbrarme– resucitó en mí recuerdos de los cuestionamientos suscitados por Machuca, dándome el presentimiento de que se abría un nuevo camino en el cual podría por lo menos buscar respuestas a mis inquietudes, y saber por qué valía la pena vivir, aunque en ese entonces aun no veía las dimensiones que llegaría a tomar ese camino.

Era entonces marzo de 1978. Dos meses después Gabriel y yo, luego de un campamento de Semana Santa en Playa Gallardo, donde tuvimos nuestros primeros escarceos con el alcohol, aunque sin caer en los excesos de una borrachera, fuimos invitados a un retiro, que sellaría el cambio que se estaba operando en nosotros. Frisábamos los 15 años de edad y vivíamos esa etapa de incertidumbres que muchos llaman adolescencia, dando los primeros pasos dentro del descubrimiento de la propia identidad, buscando experiencias en las que se mezclaban lo más sublime con lo más sórdido, aunque, quién sabe por qué designios divinos, no llegamos nunca a caer en ninguno de esos abismos que destruyen existencias humanas y que acechan a sus víctimas en edad tan temprana. Nos gustaba el rock progresivo (Pink Floyd, Yes, Rick Wakeman, Emerson Lake & Palmer, Queen) y pesado (Led Zeppelin y Deep Purple), así como la música clásica y folklórica (fue Gabriel quien me inició en la escucha de Chabuca Granda y del argentino Jorge Cafrune). Gustábamos de introducirnos en el mar, particularmente cuando las olas eran más peligrosas, y disfrutábamos de los veranos en las playas calurosas de Lima, todavía sin haber conocido nuestro primer amor. Este conocimiento se vería postergado en el caso de Gabriel de manera perdurable, pues llegó a consagrar su vida entera al Sodalitium, y en mi caso por más de una década, cuando volví a andar por senderos de barro tras años de vivir en un mundo aparte que se regía por leyes distintas a las del común de los mortales. Y ese primer amor fallido desató un torbellino de emociones encontradas, como si hubiera retomado mi adolescencia interrumpida y la estuviera terminando concentrada en un tiempo recuperado que yo sabía breve. Esa fue la primera vez en que me sentí teniendo varias edades a la vez. Y hasta ahora me siento tan viejo como aparento y tan niño y tan joven a la vez, hasta el punto de que ya nadie logra adivinar con exactitud mi edad, pues las señales corporales del tiempo transcurrido revelan algo distinto que la mirada o la sonrisa jovial, a veces irónica.

El primer retiro al que fuimos invitados tuvo lugar un fin de semana de mayo de 1978. Martino participó como miembro del equipo organizador junto a Germán, el Gordo Valdez y Alejandro. No me acuerdo de los nombres de los otros participantes. Sólo sé que además de nosotros dos estaban Freddy, Galletón, Tato, mi primo Miguelito y otros rostros que se han borrado de la memoria. Formábamos un grupo de unos ocho jóvenes. Tuvimos una primera conversación el día viernes en la noche, luego de haber dejado nuestras pertenencias en el vestíbulo de la casa de playa en Naplo –un balneario en decadencia al sur de Lima–. He de suponer que nuestros maletines fueron revisados sin que nosotros tuviéramos conocimiento de ello, a fin de requisar todo lo que pudiera caer bajo la categoría de bebida alcohólica, tabaco o droga –marihuana, por ejemplo–. Digo que he de suponer, pues esta práctica se aplicaba por norma a todo retiro, como después pude comprobar yo mismo con mis propios ojos en otras ocasiones. Del mismo Germán se contaba que, antes de haberse convertido a la fe, fumaba marihuana y que en el primer retiro al que fue como joven participante convenció al Gordo Joaquín, miembro del equipo organizador, de fumarse un troncho de marihuana junto con él. De la verosimilitud de esta anécdota da testimonio la Biblia Nácar-Colunga que Germán tenía en su propia habitación en su casa –y que yo tuve la oportunidad de ver y tener en mis manos–, a la cual le faltaban las introducciones y los índices, pues Germán había utilizado las hojas para liarse algunos tronchos de marihuana. Pero Germán pudo librarse de las garras de la droga, suerte que no correría mi primo Miguelito cuando años más tarde tuvo que ser internado y pasar por terapias intensivas de desintoxicación, que le permitieron después llevar una vida normal, pero no sin que la droga hubiera marcado para siempre su cerebro y su mirada.

El retiro comenzó con una charla de introducción, en que se nos invitaba a cuestionar nuestras vidas, de cara a un compromiso cristiano y un descubrimiento de la persona de Jesús. ¿Para qué estábamos ahí? Para descubrir quiénes éramos personalmente y encontrarle un sentido válido a nuestras jóvenes existencias. Ni qué decir que esa manera de hablar sobre el cristianismo proveniente de personas jóvenes, con un lenguaje procaz y atrevido semejante al de jóvenes como nosotros, con inquietudes semejantes a las nuestras y tan llenas de convicción, resultaba sumamente atrayente. Era una forma de hablar muy distinta a la que asociábamos con los curas de parroquia y los educadores religiosos, tan aburridos, tan sosos, tan irrelevantes para nuestras ansias de aventura y de nuevas experiencias.

De los miembros del equipo, la persona que más recuerdo es a Germán, quien frisaba por entonces los veintiún años y lucía ya su barba característica, siempre con su mirada jovial y fresca. A pesar de su corta edad, mostraba señales de madurez muy por encima de otros jóvenes de su edad y tenía esa calidez acogedora y humana que mencionan los que lo han conocido. Ya en ese entonces mostraba esa energía concentrada que lo llevaba a entregarse generosamente a las tareas que surgían de su compromiso cristiano, energía que era de temer cuando por algún motivo se indignaba y daba rienda suelta a una ira controlada, nunca explosiva. Si bien he de admitir que esos ocasionales arranques de indignación se hicieron menos frecuentes con el pasar de los años.

Germán jugó un papel muy importante en la “introspección” a la que fuimos sometidos esa noche, y que marcaría un punto de quiebre en mi vida. ¿A qué me refiero cuando hablo de “introspección”? Se trata de una práctica que se empleaba en los retiros en la primera epoca del Sodalitium, pero que luego fue abandonada, debido a que se prestaba a abusos. La “introspección” era un método para sacar a la luz lo más íntimo de la persona, lo que se creía protegido de toda mirada extraña, incluso aquello que la persona no sabe que esconde en su interior, pero que reconoce como verdadero cuando se le muestra en toda su crudeza. Era considerado un proceso doloroso, pero necesario para confrontarse con la verdad sobre uno mismo. Y era a la vez un despojamiento, que llevaba a una desnudez interior forzada, a una indefensión emocional que abría la puerta a una conversión inicial, producida por la necesidad de encontrar un punto de sustento frente al horror de una sobredosis de verdad revelada sobre uno mismo.

¿Cómo se hacía esto en la práctica? Cada uno de los participantes del retiro tenía que comenzar hablando sobre sí mismo, sobre quién era –evidenciando cuánta capacidad de análisis propio tenía–, sobre las cualidades y defectos propios, sobre sus relaciones de amistad con los otros participantes –en el caso de que las hubiera–, sobre lo que él creía que los demás pensaban de él. A continuación los demás, por turno, decían lo que pensaban de él. Había aquí una primera discrepancia, pues la imagen propia solía diferir de la imagen que tenían los demás sobre uno. Todo esto podía durar más de una hora, pues los miembros del equipo del retiro animaban a los participantes a hablar, hacían presión, sugerían nuevos puntos. Poco a poco ese conflicto entre la propia imagen y la ajena iba erosionando los muros del yo, generando angustia, dolor, frustración y, al final, lágrimas liberadoras. Si llegado un determinado momento nada había ocurrido, Germán, con intuición penetrante como un cuchillo, resumía lo que había observado y daba la estocada final, o en caso de que las lágrimas ya hubieran sido vertidas, aportaba la palabra consoladora y hacía propuestas de lo que uno debía hacer para cambiar y convertirse en una persona mejor. Escapar era imposible, en la sala de una casa de playa alejada decenas de kilómetros de Lima, rodeada por la oscuridad de la madrugada marítima. Pues parte de la efectividad de las “introspecciones” residía en que comenzaban bien avanzada la noche y continuaban hasta horas de la madrugada, cuando las defensas personales están bajas y cuando una huida se percibe como imposible, pues no hay lugar afuera donde refugiarse.

Cuando me llegó el turno, y tras casi una hora de asedio, Germán me habló y, como si su lengua fuera una espada afilada, fue cortando y separando lo verdadero de lo falso en todo lo que yo había dicho. Terminé sientiéndome como un pulpo al que lo hubieran volteado desde adentro hacia afuera. Ya no quedaba nada de la imagen de mí mismo como una persona tranquila, de pocas emociones, con amigos verdaderos. Salió a la luz mi complejo de inferioridad –que curiosamente casi todos los participantes teníamos–, mi carácter reprimido, mis frustraciones sentimentales, en fin, todo lo que yo hubiera querido retener en el núcleo de mi intimidad. Y, curiosamente, este acto de violación psicológica –donde mi libre asentimiento quedaba fuera de juego y donde la única resistencia posible hubiera sido un acto de violencia– iba acompañado de un sentimiento de liberación, pues Germán cuidaba de ajustar las tuercas donde fuera estrictamente necesario y buscaba abrirme el camino hacia una realidad superior.

Pero no todos eran como Germán, y ocurrió a veces que esta práctica fue aplicada con efectos nefastos, sobre todo cuando se quería a toda costa llevar a la persona a romper en lágrimas, única señal reconocible de que se había “quebrado”. Hubo quienes se regocijaban en el poder que este procedimiento les confería, hubo algunas de las víctimas que adquirieron problemas adicionales a las que ya tenían. Pero imperó la sensatez, y se decidió en los ’80 abolir esta práctica. Aun así, puede considerarse la “introspección” una línea torcida más por medio de la cual Dios comenzó a escribir historias personales fascinantes.

Sin embargo, permanecieron sus secuelas –o alguna maneras similares de aplicarla con menor crudeza–, pues en el Sodalitium se mantuvo siempre el principio tácito de que todo tipo de vida privada es un peligro para la vida comunitaria y, por lo tanto, todo lo íntimo que la persona guarda en su interior debe ser sacado a la luz. La decisión de no hacerlo se consideraba un acto de rebeldía. Serían incontables las veces que durante mi vida como sodálite se me presionaría para que revelara lo que yo hubiera preferido guardar en mi interior, y no se cejaría hasta haber logrado el objetivo. Incluso aquello de lo cual profundamente me avergonzaba llegaría a conocimiento de otros. Si se quería permanecer como miembro de la comunidad sodálite, se tenía que aceptar que los secretos personales fueran arrancados de su nido y puestos bajo la mirada de otros.

Los fines de la “introspección” –aunque no la manera específica en que se practicaba– han estado siempre presentes en la aproximación del Sodalitium a las personas concretas, especialmente aquellas a las que se buscaba incorporar a las propias filas: introducirse en el interior de las personas de manera violenta y manipuladora, exponerlas ante la mirada ajena y luego proponer un compromiso con la fe cristiana, que pudiera llenar el vacío producido. No se puede negar que esta línea torcida conducía verdaderamente a muchos a la fe y, con el tiempo, se iba madurando en un compromiso libre y consciente, asumiendo la fe de manera responsable. Pero también es cierto que esto se hubiera podido lograr también con métodos más respetuosos de la dignidad humana.

A la búsqueda activa de prosélitos se le llamaba “hacer apostolado”. El objetivo era lograr el compromiso cristiano de la persona objetivo, no sin antes haber derribado sus defensas personales y haber sacado sus intimidades a la luz. Era necesario confrontar a la persona consigo misma y hacerle descubrir su “vacío existencial”, que se expresaba en una “nostalgia de Dios”. Para llegar a este punto no se retrocedía ante actos de manipulación psicológica, aunque sin llegar a la crudeza de una “introspección”. Toda resistencia era catalogada de maligna: era parte del “hombre viejo” de pecado que se resistía a morir. Había algo de violento en esta aproximación, lo cual se reflejaba en el lenguaje coloquial de los sodálites cuando relataban en encuentros y reuniones informales cómo se había logrado que la persona se “quebrara”, en frases cargadas de agresión como “le saqué la mierda” o “le di con palo”, o utilizando un simbolismo sexual alusivo a la violación: “le bajé los pantalones” o “le entré con todo”, ya que se pudo lograr al fin que el sujeto “se abriera de piernas”. Si bien este lenguaje no era fomentado de manera explícita, tampoco era censurado de ninguna manera. Pues nuestro compromiso tenía un “estilo viril”, ya que éramos jóvenes a los cuales “ya les apestaban las bolas” y debíamos comportarnos y luchar como hombres, no como “hembritas”, que lloran y se quejan por cualquier minucia. Teníamos que estar dispuestos a todo, a “sacarnos la mierda”, pues “lo único que no puede hacer un sodálite es parir”. Pues la meta a alcanzar era la santidad, ¡qué carajo! ¡Y había que conquistarla como hombres a través de la lucha contra uno mismo! Había que estar “arrechos por Cristo”, según palabras oídas de boca del mismo Superior General del Sodalitium.

¿Cómo armonizar este lenguaje tan procaz y sexualizado con la moral cristiana en lo que al campo de la sexualidad se refiere? Pues no parecía haber ningún problema. Todavía recuerdo que el sábado Pepe nos dio una charla sobre sexualidad, en la cual explicó este asunto dentro del marco de la visión católica-cristiana, con profundo respeto y delicadeza hacia quienes le oíamos. ¿Tendría esta aproximación personal suya algo que ver con el hecho de que tanto a él como a Germán nunca les escuché ninguna frase de contenidos sexualizados y vulgares para referirse a realidades elevadas? Muy probablemente. Pepe siempre me inspiró un profundo respeto, en especial por sus constantes esfuerzos de vivir siempre la reverencia, sus silencios que evidenciaban o bien su incertidumbre ante los misterios de la fascinante y ambigua realidad que nos acompaña en cuanto humanos, o bien su sufrimiento ante lo que intuía en el corazón de las personas a las que llegaba a conocer, su elevación de miras a la vez que una mirada compasiva ante la debilidad humana. Rara vez lo vi enojarse.

El tema de la sexualidad humana, explicado en un lenguaje apropiado para jóvenes adolescentes, aparecía iluminado y adquiría sentido en el amor. Y se manifestaba como lo más natural del mundo prescindir de su ejercicio en aras de un amor más grande, sobrenatural, omnipresente. Las relaciones prematrimoniales y la masturbación, dos de las prácticas más comunes entre jóvenes varones en los cuales se había iniciado el despertar sexual, se revelaban como actos de egoísmo, que marchitaban el amor de manera temprana. La honesta finura de Pepe era todo lo opuesto a lo que nos había espetado teatralmente el Gordo Valdez a todos en la “introspección” de la noche anterior: «¡Mírate las manos! ¡Con las mismas manos con las que acaricias a tu madre, con esas mismas manos te pajeas!» «¡Nooooo!», gritó uno de nosotros, llevándose las manos a la cara. Igual efecto buscaban lograr frases sensacionalistas en las que se mencionaba lo más rastrero junto a lo más sublime: «¡Cada vez que te masturbas, estás crucificando de nuevo a Cristo!» Ni qué decir, en ese entonces creíamos intensamente en el poder sacrílego de un acto de debilidad tan bajo. Como si el poder de destruir lo más excelso del mundo estuviera en nuestras manos.

Durante ese retiro también se aplicaron otras tácticas de manipulación psicológica, como la de hacerle gritar a uno de los participantes «¡Soy un hombre!» repetidas veces, señalándole cada vez que no había gritado lo suficientemente fuerte e instándole a hacerlo de manera más estentórea cada vez. Gritó y gritó hasta que no pudo más, y rompió en lágrimas con el ego quebrado. Probablemente nadie haya escuchado sus gritos, pues era otoño y las playas del balneario de Naplo lucían una oscura soledad esa noche, tan oscura como los terrenos del alma en los que nos estábamos adentrando.

Asimismo, nuestra joven sensibilidad quedaba impresionada cuando veíamos llorar a nuestros coetáneos, una vez que sus dramas personales eran sacados a la luz. Todavía en la adolescencia, no habíamos aprendido a comunicarnos a ese nivel y vivíamos la liviandad y ligereza de las cosas. De pronto nos veíamos arrojados a pozos profundos y la única mano salvadora nos venía de gente joven, aunque algo mayor que nosotros, que quería conducirnos a la presencia de un Cristo tan novedoso a nuestros ojos, nunca visto en los mediocres ambientes parroquiales que eran para nosotros la imagen medio muerta de una Iglesia aburrida por naturaleza.

Por lo demás, hubo las charlas propias de un retiro, en que se tocaron temas como los males que aquejaban al mundo, la necesidad del conocimiento personal, una aproximación muy humana a la persona de Jesús, la importancia de la Iglesia y el compromiso cristiano, todo ello en medio de bromas y comentarios picantes. Y en los intermedios realizábamos dinámicas de grupo que reforzaban lo que estábamos aprendiendo. Una de estas dinámicas y a la vez ceremonia ritual, que se ha mantenido a lo largo del tiempo, era la “quema de pecados”. Cada uno escribía en un papelito sus pecados más graves. Los papeles eran luego quemados todos juntos en una fogata, simbolizando la ruptura con nuestra vida anterior y el inicio de una nueva etapa. Por supuesto, también venía un sacerdote para confesarnos a todos e impartirnos la absolución sacramental. Había quienes no se habían confesado en años, pero que ahora lo hacían con buena disposición.

En el retiro había también momentos de esparcimiento, que eran aprovechados para juegos rudos y bromas varoniles, en espíritu de camaradería. El domingo en la mañana jugamos un partido de fulbito en la playa, donde Germán mostró el dominio de la pelota que siempre lo caracterizó.

Cuando regresamos a Lima, todos estábamos convencidos de que se había operado un cambio sustancial en nuestras vidas y que desde ahora seguiríamos para siempre la senda señalada por el Señor Jesús. Con el paso del tiempo, muy pocos permaneceríamos en ese camino, más que nada por convicción propia y habiendo superado lo que vivimos ese fin de semana de mayo de 1978.

Ése fue para mí un año lleno de experiencias. Me enamoraría de una chica de mi edad sin ser correspondido. Comencé a independizarme psicológicamente de mis padres –¡cuánto les debe haber hecho sufrir esto!–. Comencé a hacer cuentas conmigo mismo y a conocerme más a mí mismo. Sobre todo comencé a romper las corazas de timidez que me aprisionaban, pues en esa época era un chico tranquilo, muy encerrado en mí mismo, no por decisión propia, sino por incapacidad de exteriorizarme adecuadamente. La posibilidad de dar una caricia, de usar el lenguaje corporal para tocar físicamente a alguien, de gozar con soltura de una cierta alegría vital eran ajenas a ese muchacho adolescente, dominado por una cierta tristeza y atraído por el aspecto desolador de la existencia, donde creía encontrar una veta de profundidad que eran ajenas a los triviales gozos que adornan las vidas del común de los mortales. Eso explica por qué El lobo estepario de Hermann Hesse fue uno de los libros cuya lectura devoré con urgente ahínco en esos días.

Lo que por entonces me ofrecía el Sodalitium parecía compaginarse perfectamente con esa búsqueda de algo más profundo en la vida, considerando que ahí se leía sobre temas referentes al sentido de la existencia, se conversaba sobre ellos, se sacaban a la luz los problemas personales de cada uno y se prestaba una ayuda para poder manejarlos. Previo compromiso con la comunidad, por supuesto. Lo cierto es que a partir de ese mes de mayo de 1978 toda mi vida comenzó a girar en torno al Sodalitium: mis deseos y aspiraciones, mis amigos, mis estudios, mi futura carrera profesional, mi vida afectiva, absolutamente todo.

Pasarían décadas antes de que volviera a sentir el sabor de una libertad verdadera ganada a pulso y descubriera lo vastos y misteriosos que son los caminos que va abriendo Dios al ritmo de las pisadas humanas en nuestro mundo.

9 pensamientos en “SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN

  1. “Pero imperó la sensatez, y se decidió en los ’80 abolir esta práctica. Aun así, puede considerarse la “introspección” una línea torcida más por medio de la cual Dios comenzó a escribir historias personales fascinantes.”

    Yo me vinculé a mediados de los 90 y estas prácticas eran de rigor en todo retiro, osea yo pasé por las mismas técnicas, técnicas que yo mismo utilicé como organizador años más tarde, prácticas de las que yo estoy 99% seguro se siguen utilizando hasta el día de hoy, quizás bajos otros nombres y de forma mas sutil y privada.

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  2. Yo he visto estas practicas desde los 90 hasta pasado el año 2000. Siempre dicen que ya no la usan, que ya se dejo de lado, pero hasta donde estuve, siempre se usaron. El tema es si los que la usaron estaban preparados para todas las heridas que encontraban. Si podían manejar bien la psicología de la persona a la que le abrían el corazón. Muchas veces creo que no fue así.

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  5. He leído tus post y me parece que en algunas afirmaciones tuyas hay algunas verdades, creo que eres una persona también muy intuitiva aunque puedes llegar a exagerar. Pero yo intuyo ( y puedo equivocarme) que en el fondo de tu ser sabes que sin el sodalicio no tendrías ahora las cosas fundamentales de tu vida tan claras!!! Y me alegro 🙂 es una bendición!, que sería de ti si no las tuvieras?
    Me cuestiona mucho que no te puedas desvincular del todo de una institución en la que “no crees”.
    (si quieres no publiques este comentario, talvez consideres que es demasiado personal y no se refiere exactamente a lo que publicaste)
    Mis oraciones por ti, y la paz que buscas!

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